De españA (En defensa de doña Isabel I de Castilla, La Católica)



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La Santa Hermandad Nueva


Mientras tanto en España sucedióse enseguida una guerra por las posibles pretensiones de la infanta doña Juana La Beltraneja, prometida de don Alfonso V de Portugal que veía escaparse de sus manos a Castilla y León, sumado al descontento por la asunción de Isabel de cierta parte de la nobleza, el clero y numerosas ciudades castellanas embargadas por un

sentimiento antiaragonés.


El ejército castellano-aragonés al mando del Duque de Alba puso fin a la guerra civil castellana en Toro (Paleagonzalo 1476), otorgando el triunfo a la causa isabelina. Doña Isabel fue reconocida reina por las Cortes reunidas en Madrigal de las Altas Torres (Tierra de Arévalo, también en Ávila). Sin embargo la guerra concluyó más tarde y definitivamente con la derrota del ejército portugués en la batalla de Albuera (1479).
Para afirmar la autoridad de la corona de Castilla y Aragón se fundó en 1476 la Santa Hermandad Nueva, dirigida por el piadoso obispo de Cartagena que disponía de un ejército permanente a las órdenes de don Alonso de Aragón, hermano de don Fernando y confundido siempre con su hijo bastardo que entonces era un niño.
En realidad desde fines de 1474 esta milicia, formada mayoritariamente por viejos soldados toledanos y segovianos, casi inorgánica y sin nombre específico que la distinguiera, como una guardia personal, fue acompañando para su seguridad a la Reina Católica en todos sus recorridos mientras duró la guerra contra los pretenciosos portugueses.
De esta creación también se ha acusado injustamente a los Reyes Católicos, como si la Santa Hermandad hubiese sido una guardia pretoriana o policía secreta que sembraba el terror en el reino para enderezar a los que pensaran de manera diferente. En Vizcaya, por ejemplo, la Santa Hermandad se creó para defender a los pobladores de la prepotencia de la nobleza: este solo antecedente serviría para desarticular definitivamente cualquier cuestión montada en su contra.
A lo largo del Siglo XII, esto es más de trescientos años antes de que existiera doña Isabel, se fundaron diversas hermandades en Castilla y León. Entre ellas se destacaron la Santa Hermandad Vieja de Toledo, Talavera y la de Villarreal que sobrevivió hasta el Siglo XVIII (trescientos años después de fallecida la reina castellana). En tiempos de don Juan II, padre de doña Isabel, se solicitaron en las cortes de 1451 la constitución de hermandades, “con el objeto de contener los abusos de los grandes señores”, y en las ordenanzas de Castronuño de 1467 se fijaron las finalidades de estas hermandades.
Ellas fueron integradas inicialmente por plebeyos voluntarios, como una fuerza armada con autoridad para hacer ejecutar la justicia y conservar el orden. Con el tiempo estas hermandades llegaron a tener un verdadero apogeo, sumando decenas de miles sus integrantes, incluso hasta los principios del reinado de Enrique IV. A esta altura del tiempo habían decaído completamente, sufriendo los efectos de la desorganización a causa de la guerra civil primero y de la guerra con Portugal después.
Precisamente fue don Enrique IV quien impulsó en las postrimerías de su reinado la creación de la que se llamó Santa Hermandad la Nueva y fueron estos hombres, reforzados con los veteranos que quedaban de Toledo y Villarreal y convocados ante la emergencia de la nueva guerra fratricida, los que aparecen en escena, no discutimos que sorpresivamente, al lado y siguiendo a la reina.
Lo que no se dice es que esta fue una auténtica milicia popular, una falange formada por individuos del pueblo que espontáneamente se adherían a la causa isabelina.
Lo único que hizo la Reina Católica con esta Hermandad, que asoma en la historia como una mesnada llamada a somatén que sigue a su caudillo a la vieja usanza castellana, fue centralizar su comando y delegarle mando, determinarle una dependencia y jurisdicciones que abarcarían ciudades, pueblos y villas del reino, reglamentar sus funciones y fijarle misiones como a cualquier cuerpo armado. Dado el medio donde habrían de actuar y las circunstancias particulares que vivía el país, estas fuerzas deberían conformarse por hombres y mujeres de sólida raigambre y formación cristiana.
Si fuese por esto, más habría que agradecerle a la reina Católica, que endilgarle culpas que no tiene, o bien iguales pareceres habría que tener cuando sujetó a la dependencia de su esposo a las órdenes militares de Santiago, Calatrava y Alcántara, o cuando puso en vereda a esa nobleza autora de tantas sangrientas insurrecciones, incluida la que se llevó a cabo en su contra por causa de su marido.
Pero, ¿por qué se ha mostrado a la Santa Hermandad como la sombra negra de los Reyes Católicos? Porque las cuadrillas de la Santa Hermandad persiguieron con suma prolijidad a toda la hez del reino, encarnada principalmente por asesinos despiadados, hábiles fulleros, terribles ladrones, borrachos empedernidos, vagabundos, haraganes tumultuarios, salteadores, adúlteros y violadores, espías y bribones asalariados de los portugueses principalmente, y saboteadores confesos.
Toda esta piara de forajidos, proveniente de los ejércitos disueltos formaron bandas, fueron la causa de la fatiga de los pueblos y verdadero azote en la Edad Media. Porque el labrador hecho soldado a la fuerza no quería volver como labrador a sudar la tierra o encadenarse al oficio de la corporación: montados sobre un capital que era su propio pellejo, un caballo y una faca descomunal, habían encontrado la forma rápida y fácil de hacer dinero.
Por esta causa fecundas comarcas se transformaron, como consecuencia de las desgraciadas levas, y en pocos años, en auténticos eriales, y los conurbanos y aldehuelas se llenaron de estos salteadores solitarios o formando gavillas, a veces numerosas, a la espera del botín propincuo que apareciese.
Estas masas de desheredados, errabundos como extranjeros en su propia patria, sin justicia, Dios ni familia, carentes de mínimos escrúpulos fueron la principal fuente de riqueza y la milicia de los Hijos del Señor. El producto del latrocinio que muchas veces seguía al homicidio, era vendido por esta ralea inhumana a los judíos, que los revendían haciendo una jugosa diferencia.

Fue un tráfico realmente cuantioso. Numerosas legislaciones que tenemos a la vista de Alemania, Francia, Italia, Inglaterra que ya citáramos en otra parte, y de la misma España les prohibía a los judíos estos tipos de adquisiciones penándolos con la confiscación, multas y la cárcel.


Se llegaron por este motivo a casos en verdad sorprendentes. En algunas ciudades de Alemania, por ejemplo, debió enviarse el caso para que diriman los tribunales, los que sentenciaron que la adquisición por parte de una persona de efectos robados por un tercero era lícita y debía considerarse a su nuevo dueño como legítimo. Al lado del fallo judicial colocaba su firma el monarca de turno, para que nadie tenga dudas. Hubo otros en donde llegó a reglamentarse qué debía hacerse cuando un propietario reconocía en poder de un judío un bien que le había sido robado un poco antes, quedando el hebreo en el papel de víctima inocente porque le habían vendido un efecto mal habido que ignoraba su procedencia.
La Santa Hermandad cortó este ciclo perverso poniendo las cosas en su lugar. Los judíos se quedaron sin su principal fuente de ingresos y los delincuentes fueron a dar a la ergástula, cuando no se transformaron en carne de patíbulo o “se les asaetaba hasta que se les saliese el alma.”
De esta manera “grandes cantidades de bienes robados fueron devueltos a sus legítimos dueños”, comenta W.T. Walsh (Isabel la Cruzada) y por ello muchos “asesinos y otros muchos delincuentes fueron colgados sin mayores ceremonias, después de darles tiempo para confesar.”
Se trataba entonces de una Guerra Santa, una verdadera Cruzada, pero intestina, que no tuvo mención, oscura, sin glorias ni confalones como en las guerras convencionales, ni generales rubios y buenos mozos, ni bardos ilustrados que les canten tan siquiera una coplilla en clave de sol. Una actividad deslucida, agria, opaca, sobre la que habrían de recaer culpas inventadas y ciertas haciéndolos hijos poco menos de Caracalla.
Las expropiaciones son el eje donde giran las acusaciones a la Santa hermandad, cuidándose los acusadores de decirnos a quiénes se confiscaba y por qué se les confiscaba si sus bienes eran bien habidos.
La Santa hermandad fue un proyecto con el que muchos otros reyes peninsulares soñaron, desde don Alfonso VI a esta parte de la historia que contamos, que fuera el único que lo pudo materializar, aunque parcialmente.
“Castilla soy yo” se oía repetir constantemente a doña Isabel. Su voz suave, femenina sonaba como una clarinada en los corazones de los españoles bien nacidos y como un hierro en ascuas para los turbulentos, ladrones y asesinos. Pueblos y aldeas se transforman en fuentes inagotables de soldados. Era la milicia popular de los cristianos que se había movilizado a una señal del jefe.
Con estas fuerzas armadas envía la reina a someter a todos los delincuentes, sean nobles o no, y destruirlos, junto con sus reductos y fortalezas, en caso de resistencia. Cuarenta y seis baluartes son arrasados, se mata o ajusticia a centenares de personas convictas de robos, homicidios y hasta de sodomía, y otros millares encuentran en la fuga la salvación de su cuerpo porque ya el alma se les había perdido. Y todos estos no fueron judíos ni víctimas de la Inquisición.
“En espacio de dos meses –comenta Hernando del Pulgar en su crónica-, se fenecieron y executaron muchos pleitos e debates, civiles e criminales. Otrosí fueron muertos por Justicia muchos malfechores e resituidas muchas personas en la posesión de sus bienes y heredamientos, que forzosamente les eran tomados.”
De manera que la justicia isabelina era darle a cada uno lo que le correspondía. “Los homes cibdadanos e labradores e toda la gente común deseosa de paz, estaban alegres –cuenta el doctor Galíndez de Carvajal-, e daban gracias a Dios (...) con esta justicia que administraba ganó el corazón de todos de tal manera, que los buenos le habían amor, e los malos temor.”

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