De españA (En defensa de doña Isabel I de Castilla, La Católica)



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Antecedentes de la Inquisición


Huroneando los viejos cuadernos de apuntes asoma el año 1477 con una noticia que nos concierne. Como la ojeriza y encarnizamiento contra los judíos fue creciendo en el reino, llegó a Sevilla el Nuncio del Papa Sixto IV (Francesco della Rovere) ante la corte de los Reyes Católicos, que fue el siciliano Niccolo Franco.
Traía este prelado un pedido del Sumo Pontífice de estudiar la conveniencia de instalar en Castilla un tribunal semejante a la antigua inquisición (la del Siglo XIII en Aragón, aunque en Tarragona había existido una efímera experiencia anterior), con la finalidad de reprimir y castigar a los cristianos nuevos principalmente (marranos), los que volvían a judaizar (relapsos) y de aquellos otros de los que se contaban multitud de abominaciones, irreverencias y profanaciones del género que hemos visto en la parte anterior.
Desde este principio vemos entonces que la idea de instalar la Inquisición en España no fue idea de la Reina, doña Isabel, ni de su esposo (a pesar de que éste luego se mostraría como el más diligente antisemita, siempre bajo el ojo penetrante de su cónyuge).
Por otra parte el origen de la Inquisición se remonta a los Siglos XI y XII cuando se intensificó la actividad en contra de las sectas maniqueas de los llamados genéricamente cátaros -los puros- (albigenses en el sur de Francia; puritanos en el norte; patarinos en la Dalmacia y norte de Italia , ketzer el la región del Rin y búlgaros en la región homónima).
Una indiscutible secta de anarquistas religiosos y civiles, de doctrinas panteístas y materialistas, de prácticas infames y criminales. Ella nos trae, por sus similitudes, el recuerdo de las sectas árabes formadas dentro del islamismo musulmán, como la de los terribles ashishiin (que dio origen a la palabra castellana asesino), la de los espantosos esenios, judaizantes de la Palestina, o de los judíos zelotes que son los primeros terroristas asesinos que se conocen en la historia como fundamentalistas en el concepto moderno de la palabra.
La persistencia de estos cátaros provocó fuetes reacciones de los príncipes cristianos adversarios de estas herejías, por el clamor de sus pueblos, que fueron más allá de una profanación o de una blasfemia.
Inicialmente los papas trataron de frenar o controlar estos impulsos que en sus opiniones eran brutales, pero en el Concilio de Letrán III (1179), undécimo de los ecuménicos por el cisma de Calixto III, incitaron a esos mismos príncipes a aplicar sanciones penales contra estos sacrilegios. Celebrado el Concilio de Letrán IV (1215), duodécimo de los ecuménicos presidido por Inocencio III, se codificaron las leyes existentes y su urgió al mundo cristiano a su cumplimiento. En 1218 la Inquisición comenzó a funcionar en Alemania, Inglaterra, Nápoles, Sicilia y la mayor parte de Italia.
En 1231 el Papa Gregorio IX aceptó para toda la Iglesia las constituciones de Federico II (1224) por la que se imponía la pena de muerte a los herejes y se formó el Tribunal de la Inquisición, el que se encargó, debido a la ineficiencia de los inquisidores anteriores, a la nueva Orden de los llamados oficialmente Hermanos Predicadores (Dominicanos) fundada por Santo Domingo de Guzmán en 1215. Al promediar el año 1232 la Inquisición Romana estaba funcionando en Cataluña efímeramente y en seguida en Prusia y Valaquia (principado danubiano de la antigua Dacia).
Transitando los primeros meses de 1376 y en vista del crecimiento del judaísmo (pues hasta los cristianos viejos llegaron a frecuentar las sinagogas), Gregorio IX nombró un inquisidor especial para Portugal aun que ineficiente y de vida efímera
Apreciamos consecuentemente que tampoco el Tribunal de la Inquisición fue un invento de España y que, muy por el contrario de lo que se dice, esta institución fue resistida en el suelo español (porque “hacía peligrar las libertades logradas en los fueros”, sostenían los Grandes y Prelados, casi todos sospechosos de ascendencia judía), y la prueba de ello es que en el único reino donde se aplicó lo que se llamó la Inquisición Antigua, hasta la llegada de doña Isabel, fue en el de Aragón.
No debió sonarle extraño el pedido de Monseñor Franco a los reyes castellanos: un informe parecido les había hecho llegar un poco antes el prior de los dominicos Fray Alonso de Ojeda en ocasión de la inspección de sus altezas a Sevilla. El documento gira en torno y a la vista de los desmanes anti judíos ocurridos en Toledo (21 de julio de 1467), en Córdoba (14 de marzo de 1472) y en Segovia (16 de mayo de 1474).
Por ese tiempo y según el informe del Obispo de Cádiz al Papa Sixto IV, sobre un total calculado de 20.000.000 de habitantes que tenía la Península, 300.000 eran judíos fieles a la sinagoga y 3.000.000 eran marranos. Cifras seguramente hinchadas, recayendo la sospecha de que fueron hechas al tanteo o proporcionadas por informantes poco serios. De todas manera sirven para dar una idea al lector.
Sin embargo y teniendo los antecedentes a la vista, debemos decir que el mayor impedimento que encontraron los del Consejo para establecer un tribunal inquisitorial en Castilla fue el corazón dulce y generoso de la Reina Católica. Es decir, todo lo contrario de lo que se piensa y de lo que se ha dicho en su demérito.
Respetuosa doña Isabel del pedido de Roma, porque el pontífice sus razones y evidencias tendría, llena ella de celo religioso por su educación en las máximas y sentimientos de devoción y de piedad, condescendió en que se solicitase una bula a Sixto IV que le fue otorgada el 1° de noviembre de 1478, confiriendo “la facultad a los Reyes Católicos para elegir tres prelados, u otros eclesiásticos doctores o licenciados, de buena vida y costumbres, para que inquiriesen y procediesen contra los herejes y apóstatas conforme a derecho y costumbres.”
Ya no se habla aquí de los cátaros porque estaban extintos y guardados bajo formas que pronto aparecerían completamente remozadas, al extremo que, si se hurga bien en el bargueño de la musa Clío, se puede llegar con sus satánicas ideas a la que los historiadores y el vulgo llaman Revolución Francesa (1789), heredera directa de las revoluciones Inglesa (1688) y de la Americana (1775) y otros fenómenos político-sociales de orígenes y características parecidas.
¿Pero qué vemos ahora? Documentalmente podemos apreciar que reincidiendo en sus convicciones fue doña Isabel la que impidió que se cumpliese la bula papal de inmediato. Antes de ponerla en marcha ordenó al venerable Arzobispo de Sevilla que fue don Pedro de Mendoza, Cardenal de España, que compusiera e hiciera circular un catecismo de doctrina cristiana acomodado a las circunstancias y recomendó a todos los párrocos, reyes, varones piadosos y doctos que explicasen a los cristianos nuevos ( los confesos) la verdadera doctrina del Evangelio.
La respuesta de los judíos no se hizo esperar. En el Jueves Santo de ese mismo año de 1478, mientras la Reina Católica resistía esta pugnada contra la opinión de todos, arreciaban las denuncias por blasfemias de los judíos contra la fe católica que han quedado plasmadas en los Anales de Sevilla de Ortiz de Zúñiga.
Como si esto fuese poco en 1480 un judío fanático, alborotador o imprudente escribió el terrible libro Açaç Bençalema que clavaron en los portones de iglesias y monasterios. Nosotros, con los ojos de nuestro acontecer, hemos leído parcialmente al panfleto blasfemo y concluimos en que, descontando la repugnancia, inventado como tal y a todas luces, porque es insostenible desde el punto de vista histórico, es derechamente una abierta provocación. Nos imaginamos la reacción que pudo generar en aquellas mentes sencillas de la España Medieval. Descarga su odio el hebreo en su panfleto contra toda la Divina Familia y cada uno de sus miembros y de Cristo dice: “adorades e tenedes por fillo de Dios como conçevido e feyto en adulterio.”
Otro judío converso de Ávila da a conocer públicamente un otro cáustico libelo contra las Santas Ordenanzas, condenando enérgicamente la administración clerical del país y lanzando invectivas contra las grietas que él visualizaba entre la teoría y la práctica de la religión cristiana. Nadie puede entender como este mentecato, marrano y relapso para más señas, dio a conocer estas teorías judaicas en un momento tan delicado como el que se estaba viviendo.
Los desarreglos excitaron aún más el odio popular contra el Pueblo del Señor. Tamañas manifestaciones y otras menores, pero igualmente hirientes para un público sensibilizado, dieron ocasión para que el prior Fray Alonso de Ojeda desde Sevilla, el provisor don Pedro de Solís, el asistente don Diego de Merlo y al secretario del rey don Fernando que era don Pedro Martínez Camaño, se dispusieran a sugerir a los reyes, aprovechando su visita a Sevilla, la insuficiencia de las medidas persuasivas que se habían empleado y la necesidad imperativa de adoptar otras más eficaces.
Este hecho, en verdad concluyente, ha servido para que los historiadores digan que el catecismo del Cardenal Mendoza fue un completo fracaso. En realidad el catecismo fue una especie de ley pasiva que ninguno de los aludidos tácitamente cumplió, porque no contenía sanciones severas para sus infractores, tal cual era el espíritu de la reina Isabel.
Lamentable es que las gentes de aquel ayer, los tercos judíos de entonces, así como los historiadores de hoy, no entendieron que el catecismo fue una acto disuasivo, un llamado de atención, una nueva oportunidad que todos perdieron y, si se quiere, una advertencia para que los prevaricadores cedieran en sus acciones. Y si vamos al hecho concretamente, decimos que su rechazo es la prueba suficiente de la envergadura, desproporción y soberbia que tenían estos insensatos, que prefirieron el enfrentamiento y la maquinación antes que el diálogo o la conciliación, que era lo que se les pedía al fin de cuentas.
Fisgoneando algunos casos que tenemos a la vista, parecería que el meridiano de este problema pasaba por otra parte. Por ello nos animamos a decir que lo que estaba aconteciendo era que los prelados y pesquisidores diocesanos eran incapaces para reprimir los excesos cometidos por la soberbia imprudente de los Hijos del Señor y sus acólitos. Porque ciertas familias poderosas, emparentadas con los judíos, o deudoras de éstos en crecidas sumas, o judaizadas parcial o totalmente, con no pocos de sus miembros, cristianos viejos en general, frecuentadores de las sinagogas, blandían permanentes amenazas contra los pesquisantes llegando, en algunos casos al empleo de la fuerza bruta o material contra ellos y en otros a la desembozada violencia para disuadirlos de indagar.

A este proceder mafioso puede agregarse el soborno, como otro medio de acción eficaz empleado por los israelitas y sus testaferros que no eran pocos, para que ciertas investigaciones comprometedoras fueran quemadas, birladas, demoradas o cayeran en el olvido.


El primer Tribunal Inquisidor
Armada de paciencia, examinó doña Isabel con el Cardenal de España, otros varones ilustres y doctos jurisconsultos la difícil situación planteada, decidiéndose a poner en práctica la bula pontificia que, desde casi dos años atrás, había quedado en suspenso.
Hallándose los reyes en Medina del Campo el 17 de septiembre de 1480, nombraron primeros inquisidores a los dominicos Fray Miguel Morillo, como asesor, y Fray Juan San Martín, como fiscal, facultándolos a establecer la Inquisición en Sevilla. El 9 de octubre se promulga una solemne orden a las autoridades laicas y a todos los súbditos leales (movilización de la Santa Hermandad) de Sevilla para que brinden la ayuda posible y necesaria a los inquisidores para el cumplimiento de la misión que les había sido confiada.
El 27 de diciembre la reina Católica emite otra orden y se libraron reales cédulas a los gobernadores y autoridades de la provincia para que prestasen a los dos frailes toda variedad de ayuda para el ejercicio del nuevo ministerio. También en este año y como medida conexa se había institucionalizado la figura del corregidor.
Unos días después, el 2 de enero de 1481, se inicia la campaña de la Inquisición con la lectura en la Catedral y en todas las iglesias del reino del edicto en el que se da cuenta de cuáles habrían de ser sus atribuciones.
Se instituyeron los inquisidores en el Convento de San Pablo de Sevilla, pero al poco tiempo cruzaron el puente sobre el Betis y se instalaron en la Fortaleza de Triana (1841) de amplios espacios. Sin embargo desde allí no operaron los inquisidores inmediatamente, sino que libraron un edicto de gracia por el cual se exhortaba a los que habían apostatado o incurrido en delitos contra la fe para que, en un tiempo prudencial, se denunciaran y confesaran sus errores y se los reconciliase con la Iglesia. Vencido este plazo se procedería contra los que permanecieran en su contumacia con todo el rigor conforme al derecho.
Cuentan que fueron 17.000 entre hombres y mujeres (número de donde se infiere que no todos fueron judíos, ni todos fueron sevillanos) los que se presentaron espontáneamente. A cada uno de ellos se les impuso una penitencia en razón directa con los pecados o excesos que dijeron tener o haber hecho, decretándose seguidamente su absolución definitiva.
Vencido este plazo que hemos dicho se publicó un segundo edicto. Por él se mandaba bajo pena de excomunión mayor delatar a las personas de quienes se supiese o sospechase haber incurrido en el crimen de judaísmo o de herejía. Se acompañaba al edicto con un interrogatorio donde se señalaban principalmente las prácticas, costumbre y ceremonias judías, con tanto detalle que muchas de las preguntas nos resultan hoy en día infantiles, pero está visto que en aquellos tiempos no era así, por la seriedad y solemnidad que circundaban a los autores y al documento.

El resultado de este segundo edicto fue el siguiente: se entregó a la justicia seglar 2.000 judíos para ser quemados vivos en lo restante de aquel año y todo el siguiente (1482), en el cadalso de piedra que se construyó en las afueras de la ciudad en un lugar llamado Campo de la Tablada, y que hasta fines del Siglo XIX se lo conoció como El Quemadero o Los Cuatro Profetas, por las cuatro estatuas de yeso que tenía el prisma en cada una de sus aristas verticales representando a los profetas mesiánicos.


Otro número parecido de israelitas fue quemado en estatua porque habían huido a Navarra, Portugal, Francia e Italia principalmente. Rastreando pacientemente hemos localizado dos grupos de estos prófugos: uno se dirigió hacia la barra del Guadalquivir, por vía de Soria o de la antigua ciudad de moros San Juan de Aznalfarache, con intención de arribar a Bonanza o a San Lúcar de Barrameda que está una legua más al sur, por lo que hubo de instruirse para su detención al Duque de Medina Sidonia que tenía allí su castillo que aún hoy se puede admirar; el otro grupo se habría marchado a Cádiz (íntimamente relacionada por el cabotaje con San Lúcar), por lo que también se puso en aviso al Marqués de Cádiz.

Otro conjunto numeroso fue condenado a penitencia pública; algunos a infamia y a los restantes que no fueron pocos a cárcel perpetua. Se mandó sacar de las tumbas a los difuntos que se probó habían judaizado en vida para quemarlos públicamente, pero a los hijos de éstos se les decretó la inhabilitación perpetua para obtener oficios o beneficios.


Recordando esto no podemos dejar de hacer lo mismo con G.K. Chesterton (Autobiografía): “Todas estas teorías son falsas en diversas maneras –nos advierte con ese genio que parece no errar nunca-; cómo olvidarse que las cazas de herejes medievales perdonaba más a los judíos y menos a los cristianos.” Sentencia verdadera, aunque nos deje sin aire, pero que explicaría muchas situaciones incomprensibles que ocurrieron en este período. Aunque nos da la impresión que para decir esto el autor inglés se inspiró en Llorente que lo había dicho un siglo antes (Historia Crítica), lo que nos descamina aún más conociendo al admirado pensador inglés.
Estos procedimientos que escandalizaron ayer y escandalizan a los desprevenidos que los conocen en la actualidad, no han sido tratados con el rigor científico que exige la Historia como ciencia, porque se los ha sacado, deliberadamente, del contexto histórico en el que estuvieron inmersos. No se ha dicho, por ejemplo, que el tormento entraba en las formas ordinarias de la justicia de aquellos tiempos y que los castigos eran más duros y crueles en los tribunales ordinarios que en los de la Inquisición.
Bastará echarle una ojeada a las penas impuestas en el antiguo Código de las Siete Partidas de don Alfonso El Sabio, al Fuero Juzgo, al Real y al Viejo de Castilla y León, al de Aragón y al de Jaca, a los Fueros Extensos, a los Vascos si se quiere y así siguiendo. Si el lector se introduce en estas legislaciones con espíritu investigador, rápidamente concluirá con nosotros que era preferible ser juzgado por este tribunal eclesiástico antes que por los ordinarios regido por los seglares.
“No se ha querido ver –nos hace recapacitar Jaime Balmes, escribiendo a principios del Siglo XIX sobre este asunto en particular-, que cada época tiene su espíritu, su modo particular de ver los objetos y su sistema de acción, sea para procurarse bienes, sea para evitar males. En aquellos tiempos, en que en todos los reinos de Europa se apelaba al fuego en las cuestiones religiosas, y que así los protestantes como los católicos quemaban a sus adversarios; en que Inglaterra, Francia y Alemania estaban presenciando las escenas más crueles, se encontraba tan natural, tan en el orden regular el quemar a un hereje, que nada chocaba a las idea comunes. Los reyes y los pueblos, los eclesiásticos y los seglares, todos estaban de acuerdo con este punto.”
Más aún, agregamos nosotros, el pueblo concurría a ver estas ejecuciones sin que a nadie se le cayera una lágrima y luego se pasaba el esparavel recolector de las limosnas para el entierro del reo, se racimaba la mandrágora que crecía al pie de los patíbulos para hacer infusiones y la cuerda de los ejecutados que se subastaba en pequeños trozos a buen precio, servía para que con sus delgadas fibras se compusieran brebajes revitalizadores y sanadores.
La conjuración de los marranos y relapsos no tardó en hacerse sentir. Ya había aparecido una en febrero de 1481 encabezada por el judío Diego de Susan (propietario de una fortuna de 10.000.000 de maravedíes) y numerosos secuaces en Sevilla. Rastreando a esta gavilla sabemos que es la misma que después armó los alborotos en Toledo en 1485.
Las medidas punitivas de los inquisidores provocaron un éxodo de judíos de tal magnitud que solamente en Andalucía en el término de un año quedaron vacías entre cuatro y cinco mil casas.
Temerosos los hebreos de mayores males enviaron al Papa una embajada encabezada por el Obispo de Segovia, Arias de Avila (hijo y nieto de judíos), en donde se arrebujaron muchos de los quemados en efigie residentes en el exterior, quejándose de la injusticia de los inquiridores en sus procedimientos.
Presentados en sede pontificia por buena parte de la judería romana que los acompañó para darles solvencia, Sixto IV los recibió y escuchó, resolviendo privar a los dos frailes españoles de oficio porque sus procedimientos no se ajustaban a derecho ni a sus directivas (nosotros no pudimos localizar estas directivas, a pesar del empeño que no fue poco, por lo que nos dimos a pensar que nunca existieron), pero no se animó a defenestrar a los sacerdotes actuantes porque el nombramiento había sido dispuesto por los reyes.
No obstante ello el pontífice, mientras dialogaba con los Hijos Predilectos del Señor usando la oreja izquierda, con la mano derecha siguió expidiendo bulas, ya sea para aumentar el número de inquisidores en España o para nombrar juez en las apelaciones en las causas religiosas al nuevo Arzobispo de Sevilla, que fue el insigne don Iñigo Manrique, en reemplazo del Cardenal Mendoza que había sido trasladado a la iglesia primada de Toledo.
Establecimiento de la Inquisición
Siguiendo este lineamiento Sixto IV continuó despachando instrucciones a los arzobispos y obispos sobre tan espinoso asunto, hasta el 2 de agosto de 1483 en que expidió un breve designando Inquisidor General de Castilla al prior del convento de los dominicos de Segovia que era Fray Tomás de Torquemada, cuyo nombramiento hizo extensivo a la corona de Aragón en otro breve de fecha 17 de octubre y más tarde a Cataluña y Valencia.
Torquemada, oriundo de Valladolid, era un hombre como de 63 años de edad cuando su nombramiento. Persona adusta y severa, enérgico y de actividad incansable a pesar de sus años que se ve no le pesaron en el ejercicio de sus funciones.
No han faltado algunos que hicieron aparecer a Torquemada como de linajes judíos. Fray Tomás era hijo del hidalgo don Pedro Fernández de Torquemada y sobrino de Juan de Torquemada que fuera Cardenal de San Sixto, hombre famoso como teólogo y autor de obras profundas sobre el dogma de la Inmaculada Concepción.
Su abuelo paterno Álvar Fernández de Torquemada se habría casado con una judía. De esta unión nacerían el hidalgo don Pedro y el Cardenal don Juan. En consecuencia fray Tomás, que sabemos vistió el hábito dominico desde su niñez, sería nieto de una judía cuyo nombre nos es desconocido. Si vamos al hecho dándolo por cierto, sería el mismo caso que su rey don Fernando.
Nosotros muy prudentes y honestos decimos que no hemos podido localizar al primero que lanzó esta versión, porque se nota claramente que los restantes la repiten como segura, guardándose de decirnos la fuente de donde la tomaron. Nos limitamos entonces a consignársela al lector haciendo esta aclaración y agregando que, ninguno de los historiadores españoles consultados, que han mostrado celo y enjundia en su labor, menciona este antecedente. Pero al mismo tiempo nada dicen de la ascendencia de Torquemada, apareciendo el fraile como de generación espontánea.
Procedió inmediatamente el antiguo párroco creando cuatro tribunales subalternos en España que recayeron en Sevilla, Córdoba, Jaen y Ciudad Real (en la llanura manchega, aunque éste pronto fue trasladado a Toledo). Seguidamente el nuevo dignatario nombró a Juan Gutiérrez de Chávez y a Tristán de Medina como asesores jurisconsultos. Ante estos hechos consumados los Reyes Católicos vieron la necesidad y conveniencia de crear a fines de 1483 un Consejo Real (llamado después Consejo de la Suprema y General Inquisición o vulgarmente la Suprema), para asegurar los intereses de la corona en las confiscaciones y la conservación de las jurisdicciones real y civil.
A poco de andar se dio cuenta Torquemada de la exigencia de reglamentar, para uniformar en el reino, el funcionamiento de los tribunales inquisitoriales. Asignó esta tarea a sus dos asesores eclesiásticos quienes redactaron las Instrucciones (digamos que un código de procedimientos, aunque no lo es), teniendo como fuente de inspiración y a la vista el Manual de la Antigua Inquisición (la que se aplicó en Aragón) recopilado por el antiguo inquisidor fray Nicolás Eimerich (Directorio de Inquisidores) un siglo atrás (ampliado y comentado por don Francisco Peña en el Siglo XVI).
Estas instrucciones, con un total de 28 artículos a los cuales se adicionaron otros con el tiempo, fueron reconocidos por todos los inquisidores y consejeros de Sevilla (1484), quedando organizada en Castilla la moderna Inquisición que por tres siglos ejercería sus potestades en España primero y seguidamente en los vastos dominios que comprenderían lo que después se llamaría Tierra Firme e Islas de la Mar Océano.
En demérito de la Inquisición también se ha dicho que era un Tribunal Especial, como queriendo expresar que a los sospechosos o culpables se los sacaba de los fueros ordinarios para aplicárseles una legislación específica, lo que es contrario a los principios jurídicos y a las garantías ciudadanas.
Pero no fue así, porque el procedimiento que se empleaba era el mismo que el de muchos tribunales existentes a la sazón por esos tiempos. Como la Inquisición aquellos tribunales fueron de jurisdicción privilegiada, de competencia especial y delegada, y empleaban el procedimiento secreto, general y propio de aquella época (citamos como ejemplos los Tribunales: de Guerra, de Marina, de cruzada, de universidades, de pósitos, de montes, de contrabando, etc.), sin que se haya dicho un céntimo de esto.
Menos que a nadie en su desvarío se le haya ocurrido decir que esto estaba mal porque se lo hubiese considerado atacado de locura u otra enfermedad del caletre, o bien se haría en penarlos a los que diciendo esto confunden, mandándolos a estudiar historia que, después de todo, es una actividad inofensiva y que mejora el tino de las personas, según nos ha dicho uno que sabe de esto, aunque él ha quedado deteriorado de la mollera estudiando a los heterodoxos argentinos, que es tarea insalubre y titánica.
De manera que con este presupuesto podemos decir que Torquemada no fue el primer inquisidor en España como se ha repetido hasta el cansancio, aunque sí su primer Inquisidor General lo que es distinto y que, hasta esta instancia, en lugar de condenarlo habría que agradecerle, porque fue el hombre que vino a entablar orden y poner fin a lo que principiaba asomando como una general improvisación, imponiendo jurisdicciones, instancias, formalidades en el proceso, encuadramiento, defensa en juicio, plazos, alcances, sanciones y penas, tribunal de apelaciones y reglamentando las misiones y funciones de los inquisidores.
“A los extranjeros –apestillaba Balmes desde su revista catalana-, cuando nos echan en cara (a los españoles) la crueldad (de la Inquisición), podemos responderles que mientras en Europa estaba regada de sangre por las guerras religiosas en España se conservaba la paz, y por lo que toca al número que perecieron en el patíbulo y murieron en el destierro (en clara alusión al Pueblo de Dios), podemos desafiar a las dos naciones que se pretenden colocar a la cabeza de la civilización, Francia e Inglaterra, a que muestren su estadística de aquellos tiempos sobre el mismo asunto y comparen con la nuestra.”
Tiene razón Balmes en esto. El balance de la Inquisición durante los trece años que Torquemada dirigió los once tribunales del Santo Oficio (casi al final del reinado de doña Isabel), arrojó las siguientes cifras: 100.000 pleitos, sobre los cuales se dictaron 17.000 sentencias a destierro y 2.000 a muerte, y 81.000 sanciones menores, multas y absoluciones. Y sin ir muy lejos mucho más duro que Torquemada fue su sucesor, el dominico Pedro de Deza (judío converso), al que sin embargo no se lo nombra.
Estas cantidades no son excesivas en una época en que la tolerancia era desconocida. Solamente en Inglaterra los pleitos por brujería arrojaron 30.000 sentencias a muerte y en Alemania, por la misma causa, 100.000.
La Inquisición en tiempos de la reina castellana ahorraron a España los horrores de las guerras religiosas y mantuvo la unidad espiritual de los españoles, sin comprometer su desarrollo cultural, ni su equilibrio económico-financiero. Prueba acabada de ello es que, contra todo pronóstico que han dado los historiadores, España entró, después de expulsar a los judíos de sus dominios, al Siglo de Oro y su extensión territorial no ha sido alcanzada hasta el día de hoy por ninguna nación de la Tierra.
Pero en esto debemos ser justos agregando lo que se le olvidó a Balmes. Porque de hacer tanta carnicera humana tampoco se escapan los judíos, aunque en otros tiempos. Al comentar las revueltas israelitas de los tiempos de Adriano, decía el historiador griego Dión Casio (Historia de Roma), considerado como el mejor historiador del Siglo III: “Los judíos destruyeron a griegos y romanos. Comieron la carne de sus víctimas, de sus tripas hicieron cinturones y se untaron con su sangre (...) En Total, 220.000 hombres fueron asesinados en Cirene y 240.000 en Chipre y por esta razón, ningún judío puede pisar Chipre hasta hoy.”
Creemos que 460.000 personas ajusticiadas en muy poco tiempo, sin juicio previo, ni defensa, ni tribunales a la vista, ni historiadores llorones que los recuerden en la posteridad, por el único delito de no pertenecer al Pueblo del Señor de Israel, ni tener la suerte de ser descendientes de Abraham ni de Moisés, como nosotros que nos jactamos de ello y damos gracias a Dios, hace despreciar la cifra de todos los ejecutados, con razón o sin ella, de la Europa medieval por causas de la Inquisición.
Un detalle aparte: los frailes del Santo Oficio no eran caníbales que se sepa, tampoco usaban la sangre humana como pintura, ni eran aficionados a la talabartería o marroquinería usando como materia prima las vísceras de los difuntos.
Recordamos al pasar que festividad anual de los judíos llamada Purim (“días de banquetes y alegría”) que se lleva a cabo entre los meses de febrero y marzo, se conmemora la masacre de 75.000 persas a manos de los israelitas según nos lo dice el libro de Ester (Est. 9, 16), sin contar los primeros 309 ahorcados en el patíbulo entre Amán, sus ocho hijos y sus trescientos seguidores (Est. 9, 14-15), luego de lo cual descansaron, dice el texto inspirado, y “celebraron ese día con banquetes de alegría” (Est. 9, 17).
Piense el lector lo que hubiese sido si a esta masacre la hubiese perpetrado algún cura tenebroso de la Inquisición y luego celebrarlo “con banquetes y alegría (...) por ser esos días en que (...) habían quedado libres de sus enemigos” (Est. 9, 22). Dejamos para el lector otras masacres perpetradas por el Pueblo de Elegido como la de Seijón (Deut. 2, 33-34), que además fue inspirada por el Señor (Deut. 2, 31), para que nadie dude de lo bien que hicieron y del amor que le tiene el Señor de Israel al resto de la humanidad (Deut. 7, 1-10) creada por él mismo.
Docenas de estas iniquidades, holocaustos y exterminios de etnias completas consumadas por los israelitas se encuentran derramadas en el Antiguo Testamento. Escritas por ellos mismos los pintan de cuerpo entero quitándonos la posibilidad de dudar: son los únicos antismitas, porque nadie a matado, perseguido y masacrado tantos semitas como los judíos.
Murió Fray Tomás de Torquemada “en paz y tranquilidad”, como dice el parte oficial, el 16 de septiembre de 1498 que fue domingo a los setenta y nueve años de edad. Sus restos fueron inhumados en el cementerio común de los frailes del monasterio y sobre su tumba se había colocado una lápida que guardase su memoria. Sesenta años después Felipe II juzgaría que esa tumba era tan sencilla como inadecuada “para un hombre tan santo y tan famoso.” Dispuso entonces que sus restos fueran trasladados a un artístico mausoleo en la Catedral de Sevilla.
Allí permanecieron los despojos casi trescientos años hasta que España tuvo la inigualable suerte de ser República. Entonces la tumba fue profanada y los huesos del fraile esparcidos por lugares alejados de la santidad. Nadie vaya a pensar por este accidente que la República estaba llena de marxistas, ateos, masones y judíos. No. Estas profanaciones, como tantas otras, fueron solamente una casualidad.
El asesinato de San Pedro Arbués
En abril de 1484 se celebró una junta de inquisidores en Tarazona de Aragón (valle de Queiles, en Zaragoza), al mismo tiempo que don Fernando reunía allí sus cortes de aragoneses que terminaron por aceptar al Santo Oficio. En esa oportunidad Torquemada nombró un inquisidor apostólico para Aragón, recayendo la elección en el doctor Pedro Arbués que era canónigo de Zaragoza y otro para Valencia que fue asumido por el dominico Fray Gaspar de Inglar. En noviembre de este año se practicaron nuevas juntas en Sevilla, aprobándose las Instrucciones y determinándose la forma de proceder en las causas de la fe.
Asimismo se nombraron los oficiales necesarios para el tribunal de Aragón y se estableció el Santo Oficio (nombre que le dieron los italianos a la Inquisición en los tiempos de Inocencio IV) en Zaragoza.
Aragón, como venimos diciendo, conocía la Inquisición Antigua, de manera que se pensaba que la Inquisición Moderna habría de aceptarse con mayor docilidad en este reino que en el de Castilla. Este razonamiento, apuntalado por el sentido común y otros antecedentes vigorosos como las nupcias de don Fernando con doña Isabel, no era incongruente , pero la realidad fue muy otra porque no se tuvieron en cuenta algunos detalles que, erizados por las circunstancias, pretendieron desestabilizaron el sistema prolijamente montado y que pasamos a referir.
Haciendo un esquema poco creíble y no muy ortodoxo, que hemos extraído de los historiadores haciéndolo nuestro, digamos que había en Aragón cuatro tipos de hebreos: los judíos recalcitrantes y refractarios a toda palabra y persuasión; los recientemente convertidos a la fe cristiana con toda la mar de dudas que se cernían sobre ellos; los israelitas convertidos desde muchos años atrás y que, aparentemente, habían renunciado definitivamente a su antigua fe y costumbres integrándose al resto de la población y, cerrando el escalafón, los descendientes de éstos últimos, muy numerosos por cierto, que no sólo llevaban una vida que parecía de cristianos como sus mayores, sino que además, se habían casado con cristianas ricas siendo ellos mismos muy ricos. Otros de éstos habían contraído matrimonio con mujeres emparentadas con familias nobles o con nobles directamente y, como es lógico de suponer, tenían ya una crecida descendencia cuyo núcleo principal no estaba precisamente conformado por criaturas de pecho.
Si este cuadro fuese verdadero, como todas las apariencias lo pintan, no entendemos por qué inmediatamente después de instalado el Santo Oficio en Zaragoza (noviembre de 1484), y sin que mediara otro hecho, este grupo de judíos que acabamos de describir idealizándolo en partes y que conformaban una sociedad plutocrática, comenzó a hostilizarlo valiéndose de ciertos pretextos y empleando una batería de recursos de apariencia contundente, entre los cuales se destacan nítidamente los monetarios.
Quiere decir entonces que el panorama pintado no fue del todo cierto, porque bajo eficientes maquillajes resultaban todos ellos, final y fatalmente, los antiguos judíos a secas que todos conocemos, sin aditamentos. Evidentemente ellos, conversos al fin, no soportarían las investigaciones de los fiscales, si sobre alguno se hubiesen formulado denuncias y de allí sus “temores”. Aflorarían en tal ocasión cuestiones de prácticas heréticas, de viejas deudas pendientes con los vecinos, la usura y el cohecho, el tráfico de esclavos, añejos negocios turbios, intimidades con gavillas de mal vivientes y asesinos, constantes trapisondas y el antiguo problema del incesto, la sodomía y pederestía entre los judíos, ligados siempre al abuso deshonesto.
Sintetizando: conciencias sucias recubiertas de una delgada capa de pintura que no resistirían un arañazo sin dejar que aparezca la vieja y perpetua personalidad conocida.
Para los pretextos los israelitas se apoyaron en dos cosas que decían estaban en los fueros de Aragón: la prohibición de confiscar bienes por delitos contra la fe y la ocultación de los nombres de los testigos que depusiesen en una causa contra un acusado. “Dos cosas nuevas –dice el muy preciso Jerónimo de Zurita en sus escritos que tanto nos hacen recordar a la retórica de Tácito-, y nunca usadas y muy perjudiciales al reino.” Pero el tiro estaba dirigido al corazón del sistema, porque sin las confiscaciones no podría sostenerse el Tribunal y sin éste no había Santo Oficio.
Entre los recursos empleados por los judíos para resistir al Santo Oficio podemos citar: se hicieron diversas reuniones y enjuagues para convencer a los conversos que rehusaban involucrarse en el desacato; se envió una embajada mendicante a Roma y otra lacrimógena a la corte del rey; trabajaron con ahínco para persuadir a la reina de que eliminase las confiscaciones; impidieron compulsivamente el ingreso de los inquisidores que se habían mandado a la ciudad de Teruel (en la unión del Turia con el Alfambra, en Aragón) y otros modos de acción directa que ayudaran a la general desobediencia.
Derramaron los hebreos en estas maquinaciones fabulosas sumas de dinero, sea para sobornar conciencias, sea para engrosar su partido convenciendo a los cristianos de mayor predicamento (que no fueron pocos los plutócratas que tomaron su bandería diciéndose justicieros, pero con alforja repolluda y no con pelusas precisamente), o para introducir en la corte, que en ese momento se encontraba en Córdoba, personajes que tratasen sus asuntos con los privados del rey o sus ministros y para darle, finalmente a su rebeldía, un carácter de protesta nacional contra lo que consideraban un atropello a sus fueros.
Tanto los pretextos como el arsenal de recursos, junto con el dinero que llegó a fluir a raudales para sublimarse de inmediato pasando al estado gaseoso, se estrellaron contra la firmeza y resolución del rey don Fernando que mandaba a decir desde Sevilla (febrero de 1485) a los inquisidores aragoneses “que usasen de su jurisdicción apostólica conforme los tenía ordenado, y procediesen al castigo de los herejes judaizantes.”
No cejaron por esto los integrantes del Pueblo del Señor en sus arremetidas y ante la evidencia del fracaso redoblaron el empleo de dinero. Pero llegó el día en que los judíos se cansaron (prueba de que a pesar de ser de origen divino también se cansan), o vieron la inutilidad de sus manejos escabrosos junto con el dinero que iba menguando al pasar al estado etéreo, y optaron por un medio de acción directa que les pareció más eficaz y económico, aunque violento y contrario a la moral y muy alejado de la gente noble y honrada, de lo que siempre se han preciado los Predilectos del Señor: resolvieron asesinar a tres (¿número cabalístico por antonomasia?) inquisidores. Alucinados pensaron los desalmados que con tal ejemplar escarmiento no habría nadie en el reino que se atreviese a tomar el cargo de inquisidor.
Para ejecutar este terrible designio los judíos contrataron a un célebre rufián en hazañas de este género que se llamaba Juan de la Abadía, que unos han dicho era judío y otros que no. El malhechor seleccionó, para la comisión de los crímenes, a otros tres o cuatro de su piara y comenzaron a estudiar los movimientos de las víctimas, tal cual vemos en los policiales de nuestros tiempos modernos. Los blancos predilectos resultaron ser don Pedro de Arbués, el asesor del Santo Oficio don Martín de la Raga y un tercero que podría ser cualquier ministro del tribunal. Presentado el proyecto a los conversos fue aceptado y se pusieron en marcha los complotados.
Al presbítero don Martín de la Raga intentaron arrojarlo en un atardecer al río desde el puente. Mas un incidente completamente casual, ocurrido cuando estaban en el forcejeo que demanda la faena homicida, puso en fuga a la cuadrilla quedando el fraile suspenso de la baranda por la sotana hasta que pudo ser auxiliado. Que no queremos decir lo que hubiese pasado con uno de estos que ahora andan vestidos de guayabera y chancletas y que para saber si son curas hay que preguntarles dos veces. En otros casos tres. Pero en voz muy baja en lo posible, porque pareciera que tienen vergüenza de serlo.
Esto fue para los conversos y la gavilla de facinerosos un llamado de atención. Por ello hubo nuevas juntas donde los judíos plutócratas, que ya habían pagado el dinero por adelantado, pusieron como exigencia matar al inquisidor Arbués cuanto antes y para ello fijaron una fecha que fue el viernes 14 de septiembre (de 1485).
Don Pedro que contaba entonces con unos 45 años de edad, tenía su casa dentro del recinto de la iglesia de la Seo. En la noche del día indicado intentaron arrancar una reja de las que dan a la calle, pero fueron escuchados y los cobardes se dieron a la fuga. A la noche del día siguiente, sábado, día del Señor de Israel, 15 de septiembre, ingresaron los asesinos disfrazados de monjes a la iglesia divididos en dos cuadrillas, aguardando desde distintos ángulos, inmóviles como estatuas, que hiciera su entrada el inquisidor.
A la hora de los maitines (que era entre las doce y la una, madrugada del domingo 16), entró el doctor Arbués por la puerta izquierda que da al claustro (tal cual hoy se la puede ver), con una linternilla en la mano izquierda y un asta corta de lanza en la derecha, como si presintiese que algo habría de ocurrirle o recelase de un atentado contra su vida, como posteriormente se verificó.
Cuando el inquisidor se hubo arrodillado, debajo del púlpito, del lado de la epístola, para rezar a coro frente al altar mayor, acudieron sus asesinos al mando de Juan de la Abadía: un tal Vidal Durando le dio una profunda cuchillada en el cuello y otro llamado Juan de Sperainedo le arremetió con su espada dándole dos estocadas por los costados. Hecha la proeza dióse a la fuga la cuadrilla de judíos creyendo muerto al desventurado inquisidor que quedó tendido sobre la loza del templo. Sin embargo don Pedro aún vivía y fue socorrido por los otros sacerdotes, pero falleció en las primeras horas del día lunes 17.
Según hemos indagado es probable que la herida que desencadenó la muerte de Arbués fuera la inferida en el cuello por el medio judío Vidal Durando (su madre era judía), porque el inquisidor cargaba al momento del atentado una cota de malla que le llegaba a la cintura debajo de la sotana clerical, de manera que las estocadas del otro forajido no debieron ser profundas ni letales. Por otra parte los cobardes golpes que le asestó en la cabeza Abadía solamente pudieron aturdirlo porque el prelado llevaba un casco de hierro oculto debajo de su gorro.
Así vivían estos clérigos vestidos más para dar batalla que para rezar maitines, charcones y huesudos, sobrios como buenos cristianos, con pinta ecuestre de serena bizarría tan alejada del sonrosado moflete sibarita. Más alerta y vigilante el ojo a las sombras que a los fragmentos de los rezos, tensa el alma como las cuerdas de un violín, con la vida pendiente de un hilo, puesta el alma en las manos de Dios.
Al atardecer del 16 de septiembre la noticia del atentado al canónigo no pudo ocultarse más al pueblo, y bramó éste cuando pocas horas después supo que había dejado de existir.
En la madrugada de ese lunes 17 centenares de personas formando grupos con hachos en las manos y al grito de “¡al fuego los conversos, que han muerto al inquisidor!”, se lanzaron por las calles a la caza de conversos para ajusticiarlos. Don Alfonso de Aragón con los pocos de la Santa Hermandad que tenía corrían a caballo por las calles para tratar de salvar del degüello a los principales judíos conversos. En unos casos lo lograron, en otros no. Porque, enterada de esto la turbamulta, hábilmente amagaba que irían hacia un lado para atraer a las cuadrillas sobre sí, mientras que otros grupos minoritarios en silencio marchaban en sentido contrario, seleccionando tranquilamente las casas de las víctimas que, hasta ese instante, se sentían seguras porque los gritos del frenesí popular se escuchaban lejanos, pero sus asesinos estaban a un metro.
La reacción, digamos que oficial y separada de estos incidentes, no pudo ser peor ni más completa. Se nombraron nuevos inquisidores; se fijó la Aljafería (el suntuoso alcázar árabe de Zaragoza), como lugar de funcionamiento del Santo Oficio en clara señal de que el tribunal estaba bajo la salvaguarda real (porque allí estaba el magnífico Salón del Trono de los Reyes Católicos, que aún se puede admirar); se inició la investigación por la muerte del canónigo Arbués donde aparecieron los autores materiales del crimen, sus cómplices en el homicidio, los instigadores ideológicos y financistas, y otro grupo numeroso que quedó con el mote de sospechosos.
Casi todos fueron aprehendidos por la justicia y la mayoría recibieron la sentencia de la hoguera; otros dieron con sus cuerpos en calabozos por largos años; pocas familias de conversos quedaron sin mancha al ver salir a la calle a uno de los suyos con el hábito de los penitenciados.
Cuenta Zurita –hacedor conspicuo de estas deducciones y analogías-, que es notable la coincidencia de que los tres primeros inquisidores de Francia (el beato cisterciense Pedro de Castelnau), de Italia (Pedro de Verona) y Aragón (Pedro de Arbués) fuesen todos los tres llamados Pedro como vemos; que ellos hayan sido asesinados, aunque en tiempos distintos y por manos de sicarios diferentes, y que igualmente los tres sean venerados como mártires.
Años después el cura apóstata y traidor a España Juan Antonio Llorente (1817) desde Francia, al comentar estos sucesos desgraciados (Historia de la Inquisición en España), repara en la misma concomitancia sin mencionar a los Anales de la Corona de Aragón de Zurita (1562) por lo que lo hacemos además plagiario.
Se hicieron solemnes exequias a don Pedro Arbués como santo varón que fue en vida y mártir en su muerte. En su memoria se erigió un magnífico mausoleo que hoy se puede admirar. Fue canonizado en 1867 y su fiesta es el día de su muerte: 17 de septiembre. No entendemos muy bien por qué siendo estos antecedentes tan claros y muy bien documentados, la Iglesia tardó 382 años para colocar en el martirologio a don Pedro.
Cerramos esta parte con una queja presentada a los reyes en 1486, porque los recaudadores judíos de Castilla se negaban a firmar las escrituras de liquidación de rentas si los escribanos la fechaban consignando “el año de Nuestro Señor Jesucristo”, lo que a su criterio era improcedente.

Los motivos del edicto
Nadie a explicado de manera contundente cuál fue la gota que rebasó la medida de los Reyes Católicos para promulgar el decreto de expulsión de los judíos. Modesto Lafuente, que en esto parece seguir al capellán Lucio Marineo Sículo, cronista del rey Fernando (Cosas Memorables) y al jesuita Pedro Abarca (Los Reyes de Aragón en los Anales Históricos) dice que “hubo una causa más fuerte que todas las consideraciones, que movió a nuestros monarcas a expedir aquel ruidoso decreto, y esta causa no fue otra que el exagerado espíritu religioso de los españoles de aquel tiempo, y que en muchos, bien puede decirse sin rebozo, un verdadero fanatismo.”
Visto esto, que se lo han copiado otros a don Modesto hasta recalentar las lapiceras como verdad revelada, cuidándose de decir de dónde lo sacaban, nos asaltan algunas preguntas. Si se habla, por ejemplo, de la expulsión de los judíos habría que sincerarse preguntándose primeramente cuál de ellas, porque a los ojos de la historia aparecen como expulsados en todo tiempo.
Seguidamente habría que decirse de dónde, porque son muy pocos los lugares de aquel mundo habitable del que no los echaran sin clemencia. Pero si de España se trata exclusivamente hemos visto que desde el año 300 al 1492 hay más de media docena de expulsiones de judíos encubiertas incluyendo verdaderas migraciones internas y éxodos hacia afuera de la Península, de las que muy pocos comentan, sin contar esta de los Reyes Católicos que estamos estudiando.
Más aún: ellos llegaron a España expulsados por Tito en la primera remesa y por Adriano en la segunda desde su propia Tierra Prometida o escapando de los campos de concentración en donde los recluyó Tiberio porque no sabía qué hacer con ellos (“cansado –dice la crónica romana- de los desórdenes y disturbios que promovían”), que fueron los primeros que se construyeron para el Pueblo Elegido y con este fin, lo que también está bien guardado u oculto en los anales históricos.

Finalmente habría que preguntar a los historiadores que han repetido a Lafuente (algunas enciclopedias enjundiosas también), sin meditar en lo que se dice, si puede adjudicarse al exagerado espíritu religioso o al fanatismo de los españoles el no permitir hazañas como: crucificar niños para desangrarlos o enterrarlos vivos en un pozo con una piedra sobre la cabeza hasta su agonía; asesinar sacerdotes frente a un altar; escribir imbecilidades y publicarlas en un libro para zaherir a los cristianos en lo más hondo de su fe mientras se pisa suelo cristiano; cobrar usuras salvajes; imponer el cohecho como norma; decir y hacer blasfemias; robar objetos sagrados del culto para su profanación; orinar dentro de un cáliz con ostias consagradas; aliarse con los enemigos de la nación que les dio asilo para invadirla, someterla y destruir su religión; traficar esclavos siendo por ello condenados en forma reiterada en varias naciones; pagar sobornos inauditos; fabricar bombas subterráneas para hacerlas detonar al paso de una procesión; castrar púberes para venderlos como eunucos de los harenes, para voces de los coros o para satisfacer a la clientela de pederastas y sodomitas judíos, siempre numerosa desde los tiempos bíblicos; secuestrar niñas adolescentes para las mancebías; aceptar públicamente una creencia religiosa para mofarse de ella en secreto; sacrificar animales para el consumo haciéndolos padecer una expiración que, como aún se practica, consterna a la humanidad (sacrificios según los rituales kosher para que los productos no resulten trefen, prohibidos), y mantenerse por más de dos mil años dentro de una nación como extranjeros, ajenos a la tradición y sus costumbres.


Seguramente se alzarán las veces diciendo que buena parte de todo esto es de leyenda. Ya lo han dicho, por otra parte, de manera que no será nada nuevo. Pero, ¿de dónde piensa el lector que nosotros hemos colectado todos estos horrores? De los cronistas e historiadores por cierto. Muchos de ellos testigos oculares de lo que escribieron y que en ninguna parte nos han advertido de que todo lo que dicen es una fábula.
De igual modo sería una quimera lo que ha aceptado la Iglesia al hacer santos algunos de los mártires muertos y torturados por los judíos. E igualmente sería una patraña todo lo que dicen de tal rey, de un príncipe, de un prócer o de una batalla, porque si han mentido una vez, ¿por qué no habrían de mentir también en esto? Siguiendo este razonamiento la verdad histórica, enclaustrada en la duda perenne, quedaría reducida a una comidilla de vecinas y dejaría de ser una ciencia.
Dice el Padre Juan de Mariana, indispuesto con el edicto de expulsión de los Reyes Católicos, que tal medida dio ocasión a muchos de “reprender esta resolución que tomó el rey don Fernando en echar de sus tierras gente tan provechosa y hacendada, y que sabe todas las veredas de llegar al dinero.” Dejamos aclarado que el que escribió esta sentencia era un sacerdote católico y no un calabacín azotacalles al que podríamos disculpar. Se le olvidaron al jesuita los santos niños martirizados por los judíos, los Concilios Toledanos, el articulado del Fuero Juzgo y su colega, el Santo Obispo Arbués, interesándole más las veredas de llegar al dinero, aunque muchas sean las que hemos citado arriba, diametralmente opuestas a la doctrina cristiana. Su Historia General de España (1592 a 1601) - del Libro XXVI se ha tomado la cita-, es famosa por incluir todo tipo de invenciones y deformaciones que la invalidan científicamente.
Por su parte Amador de los Ríos trae a colación la contribución hecha por los judíos al triunfo castellano sobre Granada al abastecer los ejércitos de víveres y vituallas, “a veces no dejando nada que desear a la viva solicitud de la reina Isabel.” En este sentido los Reyes Católicos habrían sido un par de desagradecidos con el Pueblo Bendecido por el Señor (se refiere concretamente a los servicios prestados a don Fernando por el judío Abraham Senior y su almojarife e Isaaq Abrabanel, judío fugitivo de Lisboa después de la desgracia del duque Fernando de Braganza, posterior a la entronización de Juan II en 1483). Dice el erudito de don José que “no hay quien absuelva al rey Católico de la nota de ingratitud que contra él resulta, ni quien por el contrario intente, bajo este concepto, presentar su conducta como modelo digno de imitarse.”
Ahora bien: no conocemos en realidad a los judíos como vianderos de un ejército en operaciones. Entonces le pedimos ayuda a Napoleón Bonaparte que parece los conocía muy bien en el oficio y nos dice (Pensamientos, Discursos pronunciados en las reuniones del Consejo de Estado): “Los judíos han provisto víveres a mi ejercito en Polonia; quise recompensarlos y me pesó; pues he visto que no son buenos sino para vender vestidos viejos (...) Decidí mejorar a los judíos; pero ya no quiero ninguno más en mi Reino, ciertamente he hecho todo lo posible para probar mi menosprecio hacia la nación más vil del mundo.”
Son estas palabras de un hombre que no se puede tildar jamás de anti judío. Fue Napoleón, por ejemplo, el que en 1806 convocó y armó a su medida su propio Sanhedrín (o Synedrión como lo llama en su correspondencia) en París, que fue antecedido por una sesión de la Asamblea General a la que asistieron 112 delegados hebreos (25 de ellos eran italianos de Venecia, Torino, Mantua y Ferrara), acaudillados por Abraham Hurtado, Isaac Rodríguez (por los sefardí), Beer Isaac Beer (por los ashkenazí) y el rabino David Sinzheim (por los talmudistas ortodoxos), todos ellos judíos terribles y la mayoría prófugos de la justicia (empezando por su presidente Hurtado que tenía captura recomendada en Burdeos por robo reiterado y estupro).
Este Sanhedrín parisino, tal vez el más grande del mundo en ese momento, sin igual por su cantidad y calidad, siguió funcionando hasta las sesiones del 9 de febrero de 1809, donde le hemos perdido el rastro.
Pero nosotros no decimos ni vamos a decirlo jamás, que este Sanedrín tenga algo que ver con la invasión francesa a España, el origen de la mal llamada Guerra de la Independencia española, el desmembramiento definitivo del Imperio Español y la ruina peninsular de mano con la nuestra que éramos su colonia.
Son coincidencias, nada más. Como es una coincidencia que la campaña libertadora de Wellington (de 1808 a 1814) haya sido pagada hasta el último penique por los judíos Rothschild: Meyer Amschel (el misterioso señor Anselmo o Arnoldi) desde la judería de Frankfurt y sus hijos Nataniel en Londres, Salomón en Viena, Karl en Nápoles, Jacobo en París y Lionel en Madrid, que fueron los nódulos nerviosos de la red, y los hijos y sobrinos de éstos que les hicieron de secuaces. “Constituían una combinación indestructible –concluye Federico Morton (Los Rothschild)-: la sobriedad metódica del burgués, animada por un impulso diabólico.”
Los Rosthschild “fueron los agentes del ‘poder oculto’ –dice un historiador-; pues, al tener en sus manos las finanzas de los pueblos, declaraban las guerras, organizaban las revoluciones, cambiaban los gobiernos, disponían de los territorios y orientaban la política de las naciones; obedecían siempre a las consignas secretas de la judería universal.”
Así que ya tiene el lector: judíos del lado invasor francés al suelo español y judíos del lado libertador inglés, lo que no deja de ser una maravilla. En el medio estaba España con nosotros, ya hechos colonia por los Borbones como las que tenía Francia en Canadá y Luisiana, a contrapelo de lo heredado de la dinastía de los Austria: así nos fue (recordar que a partir de Utrech en 1713 termina para nosotros el período hispánico propiamente dicho y los Reinos de Indias se transformaron en Colonias Americanas). Consecuentemente nuestra patria perteneció orgullosamente a un reino como los de España, gracias a España, y luego fue colonia de España como las africanas, gracias a los Borbones.
Que las invasiones inglesas a Buenos Aires por esos tiempos (1806) hayan salido de Inglaterra es otra eventualidad. Que los tesoros robados en Buenos Aires hayan ido a parar al Banco de Inglaterra (de los Rothschild) es una contingencia. Que los próceres libertadores de la América Española haya salido de Inglaterra (de 1804 a 1812) en barcos ingleses, es sólo un albur que se debió correr. Que luego de hacer estas hazañas libertadoras estos próceres hayan regresado a Inglaterra, no tiene nada de malo. Que, como dice Mitre, al lado de cada uno de estos próceres haya estado siempre un inglés, también es un accidente. Que hasta el 70% del comercio del Río de la Plata haya quedado en manos inglesas no es para alarmarse. Que en 1812 funcionaban en Buenos Aires 42 filiales británicas con sus casas matrices en Londres, es lo más normal del mundo. Todo es accidental o casual en nuestra historia o fruto, en último caso, de una paranoia que nos carcome el caletre.
Seguimos con lo nuestro recordando, para exonerar de estas responsabilidades a los Reyes Católicos, que los tales préstamos y servicios pedidos a los judíos, no se brindaron para que la monarquía los dilapidase en fiestas, se consolase con un capricho o se fuese de paseo. Se estaba en una guerra para la consecución de dos objetivos: la independencia de España y la ansiada unidad política y geográfica. Los españoles entregaron sus vidas en esta cruzada que era toda su fortuna, los judíos las viandas para el frangollo del rancho: ¿cuál de las dos cosas vale más a la hora de hacer balance?
Nos decía Dante Alighieri (La Divina Comedia): “Sed cristianos, más graves en vuestros movimientos. Sed hombres y no ovejas locas de manera que el judío entre vosotros no se ría de vosotros.” Parecería que doña Isabel y su esposo habían leído al Dante e hicieron las cosas seriamente. De paso Virgilio, Horacio y Ovidio, genios inspiradores del Dante, los aplaudirían seguramente desde el Parnaso.
Recordamos una cuestión traída al ruedo por escritores modernos sobre las intenciones de los Reyes Católicos al expedir el decreto de expatriación de los judíos. La versión tiene dos patas muy flojas a saber: no existen antecedentes probatorios, ni siquiera remotos, por una parte; por la otra, los principales damnificados, que serían los mismos judíos, no lo mencionan ni tangencialmente. Por lo tanto es un chisme denigrante, ergo es una calumnia. Por esta imaginería se atribuye a los Reyes Católicos la intención, al firmar el decreto de marras, de apropiarse de las riquezas de los hebreos y de todo lo otro que constituyera sus haberes. La cláusula del edicto en que quieren fundarse, la prohibición de exportar el oro y la plata, era una antigua ley por dos veces sancionada en las cortes del reino y no ad hoc como se ha pretendido.
Finalmente vienen a la memoria ciertos antecedentes que, emergiendo del proceder de los judíos en las plazas comerciales y financieras españolas y extranjeras, hacían pensar, en días previos al edicto de expulsión, un fuerte movimiento de oposición manipulado por ellos que afectaría a los campos estatal y económico del reino, para dejarlo postrado a caballo de una crisis. Podría ser esta la causa de la premura en expedir el decreto: corregir una efusión u ocultamiento de metálico que hubiese sido fatal para la corona y su pueblo.
No es esta una exageración. Los turcos de la Sublime Puerta se habían apoderado del canal Otranto (el 11 de agosto de 1480), perdiéndose la comunicación con el Adriático y el Mar Jónico; se iniciaban los ataques contra Rodas en el Dodecaneso, que finalmente cayó bajo la cimitarra de Solimán (1522 a 1523), y en general el peligro osmanlí se hacía sentir en toda la costa del Mediterráneo con decenas de piratas saqueando e incendiando ciudades e interfiriendo la navegación de cabotaje, y cuyas máximas expresiones serían Barbarroja y su terrible hermanito.
Existe la semiprueba de que el rey moro de Granada haya ofrecido a los turcos este reino para usarlo como cabeza de desembarco en España. Estratégicamente la concepción de la operación era genial: Europa sería tomada en un doble envolvimiento por el Oriente (de Constantinopla por la Macedonia) y el Occidente (de España y Portugal hacia el este), para buscar el punto de reunión en un país centro europeo (posiblemente Austria o Hungría). Esta podría ser la causa de los apuros de la Reina Católica en apoderarse de Granada primero, expulsar a los judíos “españoles” después (ya aliados de los turcos y judíos de Constantinopla) y luego a los moros (aliados también a los otomanos por su condición de islamitas).
Las cartas de Chamorro
Sin embargo concurre en esto otro grupo de historiadores que aprueban el edicto de expulsión apoyados en lo que nosotros llamamos las cartas de Chamorro.
Estas cartas comprenden las dirigidas desde España al Príncipe de los Judíos o Patriarca Judío de Constantinopla, por el judío llamado Chamorro (El Decalvado) a su correligionario Ussuf (o Yusuf: antropónimo árabe, muy usado por los hebreos que corresponde al del patriarca bíblico José), y las respuestas dadas por éste.
Este grupo documental, que evidentemente fueron conocidos por los Reyes Católicos por algún secuestro o infidencia anterior a 1492, pudo ser la gota que colmó la paciencia de monarcas tan humanos y magnánimos, que como dice el doctor Galíndez de Caravajal fueron “como padres para los varones de su tiempo.”
Los manuscritos fueron encontrados archivados unos años después, ya en la primera mitad del Siglo XVI, y presentados en sus originales por el erudito profesor de las universidades de París y Salamanca Cardenal Juan Martínez Silíceo (1540), que fuera además preceptor del infante don Felipe, en los tiempos de su padre el Emperador Carlos V.
Como el extremeño de don Martínez Silíceo fue aquel que al ser nombrado obispo en 1545 promulgara el primer estatuto sobre la limpieza de sangre, que viene a ser el antecedente más remoto sobre la segregación legal de los conversos, no faltó alguno que tendiera el manto de sospecha sobre los manuscritos hallados tildándolos de apócrifos por lo tendencioso que podría ser su autor.
Tiempo después (1633), vino a ocurrir que se fijaron carteles en todo Madrid que fueron atribuidos mayoritariamente a los judíos o a la mano de obra paga por ellos, donde se daban loas a las Leyes de Moisés y muerte a las de Cristo. La general indignación que provocó este hecho parece ser el punto de arranque por que el maestro del conceptismo español don Francisco de Quevedo y Villegas escribiera su Memorial (Execración contra los Judíos, julio de 1633) al rey don Felipe IV (1621 a 1665) o a su valido el Conde Duque de Olivares (Gaspar de Guzmán; a su camarilla, según J.H. Elliot, en Madrid se la llamaba La Sinagoga), que es una pieza de excepción que los profesores de literatura tienen bien guardada de los alumnos preguntones y ni mencionarla quieren, no por miedo, sino por que no sabrían qué decirles.
“Vulgar es, y de pocos ignorado, el papel que declara la causa de la postrera expulsión –dice Quevedo-; y con él anda el consejo de los malos judíos, Príncipes de la Sinagoga de Constantinopla, dieron a los que avisaron de España del destierro y castigos que padecían. Consejo tan habitado de veneno que inficiona leerle y molesta ver con cuánta maña le supieron ejecutar.”
En realidad Quevedo, Caballero de la Orden de Santiago y entonces Secretario de su Majestad (escribió además otro opúsculo anti judío titulado La Hora de Todos), se hacía eco en esta parte de su Memorial, de la publicación de la carta de Chamorro encontrada por el Cardenal Martínez Silíceo y que fuera publicada íntegramente un poco antes por el doctor don Ignacio del Villar Maldonado en su libro Silva responsorum juris (Libro I, 12ª Responsión, párrafo 51).
Quedaron así las cosas y a pesar de esto, como en agua de borrajas para alegría del judaísmo, hasta que otro ilustradísimo hombre, que fue el Padre Andrés Burriel, S.J., encontró con jesuítica paciencia, otro grupo de originales de este epistolario promiscuo en la Biblioteca Nacional de Madrid, lugar donde aún permanecen. Con este nuevo aporte que refrenda al anterior, descubiertos por hombres diferentes, en tiempos y lugares distintos, y tratados después por hombres igualmente desiguales, que es probable ni siquiera se conociesen, el camino se ha allanado y no creemos que alguien los ponga en duda en la modernidad ni ulteriormente. Por eso lo único que podrían hacer es lo que han hecho: ocultarlo de ojos inquiridores y de las lenguas importunas como la nuestra.
Puédese ver en estos protocolos las acibaradas

quejas del judío Chamorro a sus cofrades constantinopolitanos (donde no la estaban pasando tan mal con el sultán otomano Bayaceto II, amigo y protector, para traicionarlo luego con los mamelucos primero y los jenízaros después, como él había hecho traicionando a su hermano Yim), diciendo “que el rey de España, por pregón público, los hace volver cristianos, les quiere robar las haciendas, les quita las vidas, destruye sus sinagogas y les hace otras vejaciones.” En su desconsuelo El Decalvado le pregunta al distante hebreo Ussuf qué es lo que debería hacer.


El bueno de Ussuf le responde que, muy afligido por la situación que atormentaba a sus hermanos en España, llamó a un cónclave en el que participaron los más doctos e ilustrados rabinos de su férula, los que han opinado:
Que si les hacen volver cristianos, pasen con fervor y entusiasmo por ello, ya que no cabe otro remedio. Que si les quitan las haciendas, hagan hacer mercaderes a sus hijos, para que les quiten las suyas a los cristianos. Que si les quitan la vida, hagan ser médicos y boticarios a sus hijos, para que los maten con brebajes o tratamientos inadecuados, particularmente a los niños porque hablan mal y nadie les entiende ni cree, aprovechando para probar en ellos medicamentos que no se conocen. Que si destruyen las sinagogas, hagan ser clérigos a sus hijos para que en secreto profanen las iglesias, mancillen los objetos del culto, emponzoñen las parroquias e introduzcan ideas que destruyan a la religión católica.
Como si esto fuese poco agregaban que, si les hacen vejaciones, dediquen a sus hijos a los empleos civiles, para que puedan hacer delaciones, vengarse y extraviar documentos importantes. Que si sufren injusticias hagan letrados a su descendencia para que la justicia de los cristianos sea una burla, demorando las sentencias, premiándose al delincuente y castigándose al hombre honesto. Que si los despojan de sus bienes, lo recuperen prestando el dinero al doble de interés. Que si no los dejan hablar en público se reúnan en cenáculos secretos para hacerlo e inviten a cristianos envilecidos para convencerlos, y así siguiendo con una serie de seleccionadas guapezas llenas de hombrías de bien, que pintan de cuerpo entero a los Privilegiados del Señor de Israel que los exegetas bíblicos llaman el Pueblo de Dios. Si esto fuere así, nosotros no queremos ni saber lo hacendosos que serán los del Pueblo de Lucifer.
Cuenta el doctor Villar Maldonado a propósito de su publicación de un “médico que se le averiguó haber muerto más de trescientas personas con medicinas adulteradas y venenosas, y que, todas las veces que entraba en su casa cuando volvió de asesinar a los enfermos, le decía a su mujer, que era como él judía: ¡Bien venga el vengador!, a que el judío médico respondía, alzando la mano cerrada del brazo derecho: ¡Venga y vengará!”.
De esta noticia se engancha Quevedo para retrotraerla a su presente y decirle al rey: “Y hoy, señor, en Madrid son muchos los médicos y oficiales de botica los que hay portugueses desta maldita nación; y son infinitos los que andan peleando, con achaques de curar, por todos los reinos, y cada día el Santo Oficio los lleva de las mulas al brasero.”
Los tres meses corridos
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