De la guerrilla peronista



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LA POLÍTICA Y LA ECONOMÍA DE GUERRA
Al iniciar una insurrección, que luego ha de transformarse en guerra, hay que tener, previamente, muy en cuenta la consecución de los primeros objetivos militares, políticos y económicos que facilitarán, .posteriormente. la victoria, ahorrando vidas con el mínimo esfuerzo militar.

Todas las revoluciones triunfantes surgieron de la creación de una psicología de protesta y de rebeldía general dirigida contra los gobiernos y las clases dominantes de cada época.

La victoria -los primeros triunfos-, nunca se consiguen yendo a la consecución de los objetivos más difíciles de alcanzar en vez de ir a los más importantes y fáciles de lograr para inclinar así la balanza de la victoria de parte del pueblo. Así, por ejemplo, mientras el pueblo parisién atacó el Palacio de las Tullerías sufrió descalabros sangrientos, ya que se lanzaba inerme contra las puertas blindadas del Palacio Real guardadas por los soldados suizos. Luego cuando el pueblo tomó la fortaleza de La Bastilla, es porque antes había asaltado el Cuartel de los Inválidos que era el mayor parque de artillería y de fusilería de París. Con esas armas, el pueblo venció en la Bastilla y luego en el Palais Royal. En consecuencia, es equivocada toda acción insurreccional de masas, que va al asalto de las Casas de Gobierno, cuando los verdaderos objetivos revolucionarios son, previamente, los Parques de Artillería (armas) y las Radios (propaganda política de la Revolución). Sólo cuando un pueblo arma sus ideas es invencible. Por eso, la técnica del golpe de Estado no comienza por los ministerios, sino por la conquista de las armas para el pueblo, en los arsenales y en los cuarteles24.

Antes de desencadenar una insurrección hay que utilizar todos los medios posibles para armarse (contrabando de fronteras, compras de armas ligeras en el mercado nacional y trabajo político intensivo entre los mineros que trabajan con la dinamita), a fin de disponer de los primeros elementos de asalto al poder. Por ejemplo, vistiendo a civiles con uniformes militares, ello facilita la entrada en cuarteles y parques de artillería. De otra parte, la juventud revolucionaria debe ser trabajada en los años previos a su entrada en el Ejército, a fin de ser coordinada luego en los cuarteles por los comités provinciales y nacionales de defensa. No debemos olvidar que el, poder de la reacción es un poder de organización. Sólo superándolo y desintegrando el edificio que lo sustenta éste se vendrá abajo, con el mínimo esfuerzo. Todo es cuestión de trabajar bien políticamente. La acción será acertada, si el pensamiento que la precede es dialécticamente justo.

Así, por ejemplo, el triunfo del pueblo español el 18 de julio de 1936 se debió a que, éste, previamente, asaltó los cuarteles para armarse; sus primeras victorias fueron fulminantes, aplastantes; pero como el pueblo carecía de dirigentes, que tuvieran una visión dialéctica de la revolución, perdió luego la guerra, porque a ningún partido se le ocurrió organizar racionalmente la economía, la política y, sobre todo, explotar, inicialmente, los primeros éxitos militares, para no dejar así organizarse al enemigo que estaba, prácticamente, vencido. Los obreros de Madrid y de Barcelona y en general los campesinos carecían de experiencia militar; se dedicaron a hacer la guerra esporádicamente; ello los condujo a cosechar las primeras derrotas y a un estado psicológico de pérdida progresiva de la moral del Ejército Popular que vio levantarse delante de él un ejército profesional, más ducho y disciplinado que éste, al par que mejor armado y más ágil en la aplicación de los principios tácticos y estratégicos.

Por tanto, para ganar una guerra hace falta cosechar menos derrotas que el enemigo y más victorias; hay que tener una clara noción de la estrategia; pues la táctica viene sola en el curso de las campañas. Por eso, es disculpable equivocarse tácticamente, pero hay que evitar errores estratégicos en la conducción de una guerra pues, desde que se inicia, sus primeras operaciones deben estar concatenadas con las últimas. La guerra, con sus enseñanzas duras y sangrientas, es la mejor escuela de Estado Mayor en materia de estrategia y de táctica. Así, pues, no debemos dejar "a posteriori" lo que ha de ser previsto estratégicamente en el curso de las primeras operaciones, que ya implican en sí parte de las últimas, en buena dialéctica de la guerra.

Durante la primera fase de la guerra, los jefes políticos y militares deben tomar las disposiciones necesarias para que sean utilizadas todas las posibilidades militares y económicas, tendientes a crear una economía bélica y una psicología de guerra inspirada en una moral combativa inquebrantable. A tal efecto, entre otras, deben tomarse las siguientes previsiones tácticas y estratégicas:


  • Requisar las necesarias herramientas de trabajo que puedan aportar medios para la formación de un cuerpo de fortificaciones y de rudimentaria ingeniería militar.

  • Utilizar las comunicaciones para formar un cuerpo civil y militar de transmisiones.

  • Requisar los medios de transporte necesarios para organizar la intendencia del ejército, el municionamiento y el transporte de tropas (Cuerpo de Tren).

  • Hacer de los conductores de tractores los futuros tanquistas. -Planificar los recursos económicos, a fin de que sea establecido el racionamiento y se asegure así la creación de un cuerpo de Intendencia Militar y un Comisariado Civil de Abastecimientos. -Utilizar todos los talleres y fábricas, dedicados a la metalurgia y a la química industrial, para procurarse medios de combate propios (municiones, armas, etc.).

  • Hasta las fraguas de las haciendas y las de los pueblos pueden ser utilizadas como industria de guerra de emergencia. -Movilizar a los médicos, practicantes y enfermeras para contar con un servicio de sanidad militar, en la retaguardia y en el frente.

  • Hacer de los estudiantes de ciencias y de ingeniería, los oficiales de artillería y de servicios especiales de E.M. así como los del cuerpo de cartografía militar y de otros cuerpos técnicos del Ejército Popular de Liberación.

En suma, todas las posibilidades de una región tienen que ser planificadas, racionalmente, para crear una economía bélica y un espíritu de guerra, a fin de aguantar, con seguridad y fe en el triunfo, los primeros choques con el enemigo, choques éstos que son los más difíciles de soportar y de superar.

En países, como los hispanoamericanos, una guerra global de liberación antiimperialista plantea operaciones sobre un espacio, que habla el mismo idioma y tiene un desarrollo desigual, de región a región y de nación a nación, ello tanto en el aspecto cultural como en el industrial y en la red de vías de comunicación. En algunas de estas regiones se podrá combatir, con ventaja, como tropas guerrilleras, mientras que en otras se requerirán tropas compactas y regulares, sobre todo, en operaciones de llanura donde el terreno no se presta a la guerrilla como la montaña.

En la mayor parte de los países hispanoamericanos coexisten, de un lado, una economía capitalista, tradicionalmente frágil y rudimentaria y, del otro, un régimen predominantemente feudal o semifeudal, en el campo. Muchas naciones hispanoamericanas tienen aún forma o apariencia de Estados y feudales. En muchos países centro y sudamericanos la composición de la población trabajadora está integrada por más campesinos que obreros. Así, pues, en ciertas regiones, la revolución deberá adquirir un marcado carácter de revolución agraria, mientras que en otras tendrá que revestir un carácter más proletario, más socialista, menos rural, ya que la contradicción social predominante existirá entre la burguesía declinante y un movimiento proletario ascendente.

En las regiones semifeudales, el gobierno central es débil y fácil de abatir; pero, en el campo, los señores, aunque son minoría, son fuertes apoyados en los gobernadores, en esta especie de condes medievales que imperan en las provincias hispanoamericanas. Para liquidar a los señores de la tierra como clase, hay que entregársela a los campesinos. Sin embargo, para ello, habrá previamente, que liquidar el poder de los gobernadores o de las fuerzas locales represivas; luego todo lo demás será fácil. También deberá intentarse ganar adeptos en las fuerzas de represión como política de división de las fuerzas armadas contrarrevolucionarias.

En una guerra por la liberación antiimperialista de Hispanoamérica, la lucha debe adquirir contornos similares a los de la guerra de liberación de China: primero liberar una región; luego paulatinamente las otras, a medida que el imperialismo, el feudalismo y capitalismo vernáculo se vayan debilitando. En principio, la región de donde parta la reconquista debe ser montañosa, carente de comunicaciones y no desprovista de recursos económicos. De esa región partirá el movimiento de liberación, cuando el imperialismo tenga las manos atadas en otros frentes internacionales; entretanto la zona de montaña impedirá operaciones enemigas de grandes unidades provistas de material pesado; puesto que es más inmune que la llanura a los grandes bombardeos aéreos.

En suma, la guerra en escala continental, por ejemplo, en Hispanoamérica debe ajustarse al desigual desenvolvimiento político y económico existente de país a país, no olvidando por consiguiente que, en principio, el imperialismo controla las comunicaciones, las posiciones económicas claves y la industria de América del Centro y de América del Sur, medios que habrá que arrebatarle en el curso de varias campañas consecutivas: unas después de otras y no todas a la vez.
LA ORGANIZACIÓN DE LAS CAMPAÑAS
Cuando un Ejército Revolucionario comienza a organizarse, su debilidad de fuerzas, de fuego y de preparación teórica y práctica le obligan, necesariamente, a realizar, sistemáticamente, operaciones defensivas combinadas, a menudo, con "acciones ofensivas de tipo avispa": 10 contra 1, cuando el enemigo posee estratégicamente 10 divisiones contra 1 propia.

Mientras el enemigo sea más fuerte tácticamente, el Ejército Revolucionario debe procurar, por todos los medios, ser superior estratégicamente, a fin de que la correlación de fuerzas en presencia pueda ser modificada favorablemente recurriendo a "la táctica de atacar 10 contra 1".

Sólo así la batalla será ganada en virtud de una dialéctica de la guerra que no deja al azar como lo hacían los viejos generales-, los problemas claves de la guerra, que deben ser conocidos, racionalmente, y no dejarlos a merced de improvisaciones de los tácticos y los estrategos empíricos que no saben utilizar el material humano, el terreno y el material de guerra.

Sólo un Ejército Revolucionario puede emplear alternativamente la táctica de "ataques de avispa", seguidos de retiradas fulminantes, antes de que el grueso de las tropas enemigas venga a restablecer el equilibrio de fuerzas y de fuego roto por las operaciones guerrilleras basadas, principalmente, en el factor sorpresa y en la superioridad de material humano sobre un solo sector y no en todo el frente.



Al constituirse un EPL, los jefes políticos y militares que lo manden, han de tener presente, para su doctrina militar, los siguientes preceptos tácticos y estratégicos:


  1. Hay que estar siempre preparado, a fin de que el enemigo no consiga realizar nunca operaciones de cerco, que copen el grueso de las fuerzas propias, pues si ello ocurriese, el EPL puede ser aniquilado o reducido, durante mucho tiempo, a la pasividad que es la antesala de la derrota, o que aleja las perspectivas de la victoria.

  2. Debe tenerse un especial tacto y oportunidad para detener una ofensiva enemiga, habiendo estudiado para ello, previamente, todos los elementos tácticos, estratégicos y logísticos que plantee una contra-ofensiva.

  3. En las retiradas hay que predeterminar, minuciosamente, la línea más favorable de repliegue y preparar, a tiempo, la movilización política de las zonas de retirada, a fin de que cuenten los soldados propios con la asistencia de la población civil en lo económico, lo militar y lo político. A tal propósito, hay que dejar numerosos guerrilleros, camuflados como campesinos en la retaguardia enemiga, para hostigar al adversario, lograr información y levantar la moral revolucionaria en territorio enemigo.

  4. Debe evitarse que el enemigo desencadene su ofensiva, cuando se inicia la propia. Por tanto, el día (D) y la hora (H) de una operación constituyen uno de los problemas claves a resolver para la mejor consecución del triunfo.

  5. El Servicio de Información en Campo Enemigo tiene que hacer detallados informes de la situación del adversario: (estado de opinión política, situación financiera, situación militar, etc.). No deben exagerarse los defectos del enemigo ni sus debilidades, limitándose a destacar las contradicciones en el seno de los cuadros de mando y entre las clases opuestas en la retaguardia. Tampoco han de hiperbolizarse las derrotas del adversario, pues ello hace cosechar falsas ilusiones y darse una moral alegre y confiada que puede ser funesta.

  6. Al atacar, es preciso hacerlo más bien pronto que tarde; pues hay más probabilidades de triunfo en el primer caso que en el segundo, porque así se asegura el factor sorpresa que tiene suma importancia en la psicología de la guerra.

  7. Las operaciones ofensivas del EPL nunca deben desplazarse hacia zonas políticas y económicas no favorables a los ideales del movimiento de liberación antiimperialista, antifeudal y anticapitalista.

  8. En toda operación, ofensiva o defensiva, hay que tener previamente resuelto los problemas de abastecimiento y los de carácter financiero y la política de policía sobre los elementos sospechosos del campo propio que pudieran, no vigilados a detenidos, convertirse en una "quinta columna" peligrosísima.

  9. Una de las condiciones primordiales de la victoria reside esencialmente en poder siempre escoger el terreno conveniente para dar la batalla, terreno que ha de prestarse al autoabastecimiento y al entrenamiento de las tropas, a fin de entrar en batalla en buenas condiciones morales y materiales.

  10. Para evitar una campaña de cerco es necesario. movilizar políticamente a la población civil de las zonas donde opere - el EPL; pues así se logra estar bien informado sobre los puntos más débiles del cerco, que podrá ser roto por su eslabón más flojo. Se debe preparar a la población políticamente para que coopere en la lucha armada por la defensa de sus conquistas sociales y económicas y de su territorio- Para ello, la población civil ha de estar bien informada sobre la gravedad de la situación, salvo en lo que respecte a secretos de alto valor militar. Esta tarea se realiza fácilmente, cuando se ganan, diariamente, nuevos cuadros de adeptos a la causa de la Liberación.

  11. Un Ejército Popular de Liberación -que realiza una guerra político-militar-, tiene que desarrollarse en dos direcciones: una política, que tiende a ganar la simpatía y la ayuda de la población civil, y otra, militar, que permita reponer y ampliar el material y los hombres perdidos en acciones de guerra. A este respecto, las cuestiones financieras y la economía de guerra son tan decisivas en la balanza de- la, victoria, como la estrategia y la táctica de un competente Estada Mayor (E. M.).

  12. En la política de guerra la propaganda no debe ocultar la verdad, siempre que ello no produzca el pánico; hay que hacer una política de guerra que despierte el entusiasmo; porque el entusiasmo, en política, es la mayor fuerza para alcanzar el triunfo, hay, pues, que crear un sano y firme entusiasmo, sin que éste tome contornos de falsas ilusiones sobre los triunfos y las victorias del EPL.

  13. En cuanto a los sectores de la población civil neutra, sospechosa o peligrosa, hay que proceder por gradación: inmovilizando a las personas peligrosas y vigilando de cerca a los sospechosos y neutros. Esta tarea debe ser encomendada al pueblo y no al ejército; pues el pueblo conoce a sus enemigos y se engaña menos que los policías.

La doctrina de la guerra revolucionaria tiene que inspirarse en una filosofía política que deseche la táctica y la estrategia vulgares, que exageran los triunfos propios y las derrotas del enemigo. Hay .que practicar una política que no se deje nunca seducir por los triunfos fáciles y por informaciones del enemigo poco seguras o fidedignas. Todo jefe militar tiene que reflexionar, concienzudamente sobre su propia situación y la del enemigo; pues de esa interacción dependerá su éxito o su fracaso en una operación ofensiva o defensiva, en el curso de una campaña.

Un E. M. avezado en los problemas de la estrategia y de la política global de guerra, no debe realizar planes que se contradigan con la realidad militar. Por tanto, éstos han de ser cambiados, radicalmente, en cuanto ellos comiencen a ser contradictorios. En la resolución de las contradicciones militares reside el secreto de la dialéctica de la guerra. Tal es la esencia de la estrategia; tal es la base del conocimiento de las leyes que gobiernan la guerra y que constituyen los principios de la estrategia moderna para la conducción de las guerras de emancipación nacional y social.

Un jefe militar y su E. M. tienen que conocer todos los detalles que puedan influir en el éxito de una operación: (conocimiento de las tropas propias y de las del enemigo, clase y cantidad de armamento en presencia, reservas de municiones y de abastecimiento civil y militar, características topográficas del terreno, clima, relieve y táctica habitual de los jefes enemigos que están, inmediatamente enfrente, en la línea de fuego.

En una guerra popular, hay que interesar al pueblo en ella; puesto que esa guerra acabará con el imperialismo, con los grandes terratenientes y los grupos capitalistas reaccionarios que impiden el desarrollo nacional y la industrialización acelerada de un país semi, colonial o colonial. Para hacer la guerra del pueblo, los cuadros políticos tienen que trabajar intensamente en la retaguardia, que es la base económica de los éxitos de vanguardia. Hay, por tanto, que presentar el EPL, como un dechado de heroísmo, como el arma de la justicia, como un ejército de liberación que acabará con los traidores de dentro y con el imperialismo apoyado interiormente en el capitalismo reaccionario y en los grandes señores que poseen la tierra en forma de feudos. Hay que decir al pueblo que el gran enemigo de la guerra de liberación, no es sólo el imperialismo, sino más aún la gran burguesía y los grandes terratenientes que se vinculan al capitalismo foráneo a través de un comercio ruinoso para la economía nacional, comercio que sólo enriquece al capitalismo de los "trusts" internacionales y a sus servidores en el seno de las burguesías y de las aristocracias indígenas vendidas al imperialismo.

La "estrategia del pueblo en armas" implica una política revolucionaria en el campo (revolución agraria) y en la ciudad (revolución industrial), lo que supone expropiar a los terratenientes en el campo y a los tiburones de la industria y de las finanzas en las ciudades al grito de: "las fábricas para los obreros y las tierras para los campesinos". La estrategia del pueblo en armas es invencible frente a los ejércitos reaccionarios que apoyan al imperialismo yante las fuerzas militares del propio imperialismo en tierra propia_

Bajo la protección del pueblo en armas, el EPL puede aguantar una época contrarrevolucionaria -replegado transitoriamente en determinadas regiones-, con la firme esperanza de alcanzar la victoria para mejor época. Así, China pudo replegarse sobre el Yunan, cuando el Japón, Alemania e Italia habían creado una época internacional contrarrevolucionaria a través de la política del Eje Berlín-Roma-Tokio. Cuando éste se quebró, los chinos volvieron al ataque, y de un ejército diminuto hicieron el Ejército Rojo de la? Revolución que venció a Chiang-Kai-Chek, a pesar de las armas y de la ayuda económica que le prodigaba el Pentágono. Cuando un pueblo se coloca, sinceramente detrás de su gobierno y de su Ejército, puede resistir los embates del imperialismo. En este sentido, la diminuta Corea es un ejemplo de heroísmo y de excelente política antiimperialista frente al poderío financiero y militar de Wall Street y del Pentágono.

Un ejército, que tenga una buena política de revolución agraria, nutre sus filas de soldados campesinos que son los más resistentes y de mayor rendimiento moral y físico en la guerra de guerrillas; soldados éstos que deben tener la firme convicción de que se están batiendo por sus intereses: (el derecho a la tierra que no quiere conceder el enemigo).

Hay que crear una base de Alianza Obrera y Campesina permanente contra el Feudalismo, el Capitalismo y el Imperialismo, haciendo así que las contradicciones sociales actúen contra estos grupos; y que desaparezcan, en la lucha, las contradicciones existentes entre los obreros, los campesinos, los intelectuales y la clase media.

En principio, el EPL no tiene poderío mientras que el enemigo lo es todo; el ejército propio está constituído al formarse por un puñado de hombres, por unos destacamentos que no tienen ni uniforme de soldados ni armas tan poderosas como el enemigo; pero ese ejército -que es inicialmente unas pocas unidades-, crecerá, luego numéricamente, si es justa su política con los campesinos, los obreros y las clases medias; si su política plantea, acertadamente, la revolución nacional de tipo democrático, en la etapa de lucha contra el imperialismo y la aristocracia de la tierra, o la revolución socialista en los países industrializados.

Cuando surge el ejército revolucionario, hay que economizar, usurariamente, las tropas; hay que conservar intactas las fuerzas propias para utilizarlas con ventaja, a fin de conseguir armas y abastecimientos de los que se carece y que los tiene el enemigo; pero que perderá parte de ellas en operaciones propias de ventaja. La estrategia estriba, entonces, en conservar la moral y evitar los errores. Al principio, hay que emplear la ofensiva estratégica (superioridad táctica) y la defensiva-activa (que es otra forma de la ofensiva), a fin de desgastar moral y materialmente al enemigo, al par que las tropas propias se amplían así con el botín conquistado al enemigo: (armas pesadas y ligeras y abastecimientos para-militares) .

Un ejército revolucionario no debe temer el resultado psicológico de operaciones basadas en planes de estrategia elástica. Las grandes potencias imperialistas son siempre partidarias de la ofensiva continuada, porque, cuando experimentan un gran revés, el pueblo, que no está políticamente con sus gobiernos, se subleva en las derrotas: (1905 en Rusia). En cambio, el ejército revolucionario puede operar, defensivamente, sin que su moral y sus adeptos disminuyan al ceder una cantidad de terreno al enemigo que obligue a éste a cansarse y entrar en tierra hostil.



Por tanto, durante la etapa de la guerra guerrillera, el EPL ha de tener presente, en su doctrina militar, estos preceptos:


  1. No transformar la guerra guerrillera en guerra nacional de frentes continuos hasta que el enemigo no esté debilitado.

  2. Para pasar a las grandes batallas, primero hay que superar la etapa de las contra-campañas (le cerco enemigo. En esta etapa todo cerco roto es una victoria táctica y estratégica que pesará, en lo futuro, en la última batalla que ya comienza a ser ganada en las primeras.

  3. No deben los jefes militares ni el pueblo, hablar de victorias mientras np se rompan los cercos enemigos tendidos a los ejércitos guerrilleros descentralizados. La victoria estratégica no se logra, si un cerco es estrechado hasta el aniquilamiento de las tropas propias.

  4. En las campañas de aniquilamiento, el enemigo se empeña en brutales ofensivas que deben ser contestadas con retiradas elásticas que en cierto momento y en terreno apropiado se transformen en ofensivas, cuando el adversario esté extenuado. Así, pues, cuando el enemigo ataque, uno debe defenderse y cuando él se defienda hay que atacarlo. Tal es el eterno proceso de la guerra como resultado de la interacción de dos fuerzas contrarias que se penetran e interdependen dialécticamente y que, finalmente, una de las dos se transforma en su contraria por la victoria.

  5. Dialécticamente, el cerco y la contracampaña que le debe seguir, constituyen las formas contradictorias de un todo, en que una de las partes se desarrolla a expensas de la otra.

  6. Para un buen estratego toda batalla difiere de otra, porque la guerra es un proceso cuantitativo que, en cierto momento, se transforma cualitativamente, cuando uno de los dos adversarios ha perdido cuantitativamente la partida. Vigilar ese proceso cuantitativo y cualitativo de la guerra constituye la esencia de la estrategia, de la filosofía y de la dialéctica de la guerra.

  7. Debe evitarse que un enemigo poderoso pueda enfrentar a las tropas propias en una sola batalla; pues el triunfo del más débil, en principio, reside en que su aniquilamiento sea imposible por un enemigo, inicialmente más fuerte.

  8. No hay que darle importancia al terreno: se puede avanzar y retroceder, pues para ganar hay primero que dar. Retirarse o avanzar, sólo tiene significación en el conjunto de los objetivos esenciales de guerra y de las operaciones. Así puede transformarse indistintamente la ofensiva en defensiva y la defensiva en ofensiva. Tal es la nueva estrategia de las guerras revolucionarias.

  9. La retirada es siempre necesaria cuando un enemigo fuerte impone sus decisiones. La gran marcha es conveniente entonces hacia posiciones más seguras; particularmente cuando se opera en zonas no ganadas aun políticamente, o cuando el imperialismo y sus secuaces poseen la fuerza militar más poderosa.

  10. Ante una política militar de cercos repetidos no cabe la defensiva sistemática,. sino alternada con "ofensivas avispa" en los puntos más vulnerables del enemigo que deben ser sometidos a frecuentes "operaciones golondrina".

  11. El Ejército Revolucionario parte de la nada para convertirse en la fuerza militar más potente. Cuando acabe la etapa guerrillera vendrán los uniformes, habrá un Estado, una economía segura, una industria y un poderío demográfico cada vez mayores. Por eso, toda revolución tiene sus períodos de defensa y de ataque; la victoria exige que éstos no sean confundidos. Así, pues, en principio, se retrocede para avanzar después, se defiende el ejército para atacar, se va en zigzag para seguir la línea recta; se abarca poco para apretar luego mucho, se va despacio para llegar más pronto.

Sin embargo, la retirada elástica nunca debe hacerse por temores infundados sobre el poderío del enemigo. Del mismo modo, no hay que tomar en consideración la política de los jefes militares, que envanecidos por una pequeña o gran victoria, ya quisieran seguir una ofensiva sistemática que podría consumir las fuerzas propias antes de tiempo, antes de la hora H en que la ofensiva será continuada, como consecuencia de que la correlación de fuerzas en presencia sea favorable al Ejercito Popular de Liberación.

En suma, para un Ejercito Revolucionario el terreno no es un fin sino un medio para realizar una guerra maniobrera inspirada en una estrategia que el enemigo sea incapaz de practicar, porque la guerra de movimiento, de salto, de avance y de retirada rápida, sólo es posible cuando no se es un general burgués que necesita un C. G., jefes de servicios de E. M., teléfonos, muchas tropas, material pesado, infinidad de medios de transporte, a fin de no moverse del Puesto de Mando, y contar con perfumería, peluquería y concubinas y otras comodidades poco castrenses.

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