De lo inconsciente



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C. G. JUNG

FORMACIONES

DE LO INCONSCIENTE

Este texto utiliza fuentes:

Spionic.ttf y Alchemy.ttf

EDITORIAL PAIDOS

Buenos Aires

L i b e r a l o s L i b r o s

Título del original alemán GESTALTUNGEN DES UNBEWUSSTEN

Publicado por RASCHER & CIE. A.G.

Zurich Copyright Walter-Verlag A.G., Olten

Versión castellana de ROBERTO POPE

IMPRESO EN LA ARGENTINA (PRINTED IN ARGENTINA)

Queda hecho el depósito que previene la Ley N° 11.723

La reproducción total o parcial de este libro, en cualquier forma que sea, idéntica o modificada, escrita a máquina, por el sistema "multigraph", mimeografo, impreso etc., no autorizada por los editores, viola derechos reservados. Cualquier utilización debe ser previamente solicitada.

la. edición, 1976

©Copyright de todas las ediciones en castellano by

EDITORIAL PAIDOS S.A.I.C.F

Defensa 599, ler. piso

Buenos Aires

ÍNDICE

Prólogo, 7

I. Psicología y poesía, 9

A. Introducción, 9

B. La obra, 10

C. El poeta, 20

II. Acerca del renacimiento, 25

A. Formas de renacimiento, 26

B. Psicología del renacimiento, 27

La experiencia de la trascendencia de la vida (28); La transfor­mación subjetiva (30);

Ejemplo de una serie de símbolos que ilustran el proceso de transforma­ción, 42

III. Sobre el empirismo del proceso de individuación, 55

Figura 1 (56); Figuras 2 y 3 (58); Figuras 4 y 5 (67); Figuras 6 y 7(74); Figuras 8 y 9(78); Figura 10(80); Figura 11(83); Figura 12 (91); Figura 13 (93); Figura 14 (96); Figura 15 (99); Figuras 16 a 22 (100); Sumario (101).

IV. Acerca del simbolismo mandala, 107

Figura 23 (108); Figura 24(110); Figura 25(111); Figura 26(112); Figura 27(114); Figura 28(114); Figura 29(115); Figura 30(116); Figura 31(116); Figura 32(116); Figura 33(117); Figura 34(117); Figura 35(117); Figura 36(118);

Figura 37(118); Figura 38(118); Figura 39(119); Figura 40(119); Figura 41(119); Figura 42(119); Figura 43(119); Figura 44(120); Figura 45(120); Figura 46(121); Figura 47 (122); Figuras 48 y 49 (123); Figura 50 (124); Figura 51(124); Figura 52(125); Figura 53(125); Figura 54(125); Figura 55(125); Figura 56(126); Figura 57(126); Figura 58(127); Figura 59(127); Figura 60(127); Figura 61 (128); Figura 62(128); Figura 63(128); Figura 64(128); Figura 65(129); Figura 66(129); Figura 67(129); Figura 68(129); Figura 69(130); Figura 70(130); Figura 71(130); Figura 72(131); Figura 73(131); Figura 74(131); Figuras 75 y 76(132);Sumario(132).

PROLOGO


Por cuanto la Poesía pertenece a esas actividades anímicas que confor­man contenidos inconscientes, no me parece inadecuado iniciar este tomo con un ensayo que se ocupa de ciertas cuestiones de principio tocantes al poeta y su obra. A esta discusión siguen dos conferencias sobre el tema del renacimiento, que han surgido en ocasión de un simposio sobre estas cuestiones. El drama, este principal objeto del arte poético, reposa origina­riamente sobre el acontecer, mágicamente eficaz, del culto, que en figura y sentido representa un δρώμενoν ο δράμα, lo actuado o lo hecho. Se trata de una tensión aumentada, que se vuelca en una περιπέτεια, un acmé, y se liberta. El espacio de la vida se restringe amenazante hasta la angustia mortal, y justamente de estas angustiae (estrechez, apuro, pobre­za, necesidad) se presenta nuevo nacimiento, que redime y expande. Co­mo es fácilmente visible, el drama es una copia de una situación eminente­mente psicológica que, frecuente y múltiplemente variada, se repite en el existir humano y por lo tanto constituye también expresión al mismo tiempo y motivación de un arquetipo, vestido en formas de diversa espe­cie, de difusión universal.

La tercera contribución es de naturaleza casuística. Contiene la repre­sentación de un proceso de transformación hecho visible mediante imáge­nes. Esta investigación es completada, en la contribución siguiente, me­diante una vista general sobre la casuística del simbolismo mandala. De manera correspondiente, la interpretación de las imágenes es principalmen­te formal y destaca, en oposición al trabajo precedente, más la concordan­cia general de las imágenes que su psicología individual.

C. G. JUNG

I

PSICOLOGÍA Y POESÍA 1



A. INTRODUCCIÓN

Sin duda la psicología —como ciencia de los procesos anímicos— puede ponerse en relación con la ciencia literaria. El alma es en verdad la madre y el vaso de todas las ciencias, así como de cada obra de arte. La ciencia del alma debiera, conforme a ello, estar en condición de señalar y explicar la estructura psicológica de la obra de arte, por un lado, y las condiciones psicológicas del hombre artísticamente creativo, por el otro. Ambas tareas son de naturaleza básicamente diferente: en el primer caso se trata de un producto "intencionalmente" conformado de complicadas actividades aní­micas; en el segundo, empero, del aparato anímico mismo. En el primer caso es la obra de arte concreta el objeto del análisis e interpretación psicológica, pero en el segundo lo es el hombre creativo bajo la forma de la personalidad induplicable. A pesar de que ambos objetos están en la más íntima correlación y en indisoluble acción recíproca puede, no obs­tante, el uno no explicar el otro. Por cierto es posible llevar conclusiones de uno a otro, mas nunca son estas conclusiones forzosas. Son, y quedan también en el mejor de los casos, probabilidades o felices aperçus. La especial relación de Goethe con su madre nos permite por cierto advertir algo, cuando percibimos la exclamación: "Las Madres — ¡Madres, eso sue­na tan extraño!". Pero no logramos penetrar en el cómo de que precisa­mente haya de resultar un Faust de la ligazón a la madre, aunque el presentimiento más profundo nos diga que en el hombre Goethe la rela­ción con la madre ha tenido un papel significativo y dejado tras de sí,

' liste ensayo ha aparecido por vez primera en Philosophie der Literaturwissens­chaft, 1930, pág. 315 y sigs., de Emil Ermatinger, y está aquí reproducido ligeramen­te retocado, con algunas alteraciones y adiciones.

precisamente en Faust, rastros que dicen mucho. También nos es imposi­ble, a la inversa, del Ring der Nibelungen discernir el hecho, o aun dedu­cir forzosamente, que Wagner tuviera inclinaciones hacia el travestismo, aunque también acá caminos secretos conducen de lo heroico de los Nibe­lungos a lo femenino enfermizo en el hombre Wagner. La psicología per­sonal del creador explica por cierto mucho de su obra, pero no esta misma. Si explicara empero esta última, y con éxito, se desenmascararía lo pretendidamente creativo suyo como mero síntoma, cosa que a la obra no reporta ni ventaja ni gloria.

El estado presente de la ciencia psicológica, que -dicho sea de paso-es la más joven de todas las ciencias, no permite en ningún caso establecer correlaciones causales estrictas en este campo, lo que como ciencia debiera en realidad hacer. La psicología rinde causalidades seguras sólo en el cam­po de los instintos y reflejos semipsicológicos. Pero donde comienza la propia vida del alma, es decir en los complejos, debe contentarse con dar prolijas descripciones de los acontecimientos y pintar acabadamente colo­ridas imágenes del tejido, a menudo extraño y casi sobrehumanamente ingenioso, con lo que tiene que renunciar a designar como "necesario" siquiera un solo proceso. Si no fuera así, y pudiera la psicología señalar causalidades seguras en la obra de arte y en el crear artístico, la ciencia del arte entera estaría despojada de su propio suelo y le caería en suerte a la psicología como una mera especialidad. A pesar de que esta última no puede cejar en su pretensión de inquirir y establecer la causalidad de los procesos complejos, sin renunciar a sí misma, nunca sin embargo le caerá en parte satisfacer esa pretensión porque lo creativo irracional, que preci­samente surge en el arte con claridad máxima entre todas, burlará, final­mente todos los esfuerzos racionalizantes. Todos los escapes psíquicos dentro de la conciencia pueden ser causalmente explicables, pero lo creati­vo, que se arraiga en la imprevisibilidad de lo inconsciente, se cerrará eternamente al discernimiento humano. Se lo describirá siempre sólo en su apariencia y se dejará presentir pero no ask. La ciencia del arte y la psicología se apoyarán una a la otra, y el principio de una no anulará el de la otra. El principio de la psicología es hacer aparecer el material psíquico dado como deducible de premisas causales; el principio de la ciencia del arte es contemplar lo psíquico como algo que simplemente es, se trate de la obra de arte o del artista. Ambos principios son válidos a pesar de su relatividad.

B. LA OBRA

La consideración psicológica de la obra de arte literaria se diferencia, por medio de su actitud específica, de la modalidad de la ciencia de la literatura. Los valores y hechos decisivos para esta última pueden, por decirlo así, carecer de importancia para la primera; sí, obras de valor literario altamente dudoso aparecen a menudo, al psicólogo, como espe­cialmente interesantes. La llamada novela psicológica, por ejemplo, no le ofrece desde hace tiempo lo que espera de ello la manera de considerar literaria. Esta novela, considerada como un todo cerrado en sí, se explica

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a sí misma, es por así decir su propia psicología, que el psicólogo al máximo tendría aún que completar o criticar, con lo que seguramente la pregunta, en especial importante en este caso, de cómo llega precisamente este autor a esta obra, no está todavía contestada. De este último proble­ma habremos de ocuparnos sólo en la segunda parte de este ensayo.



A la inversa, la novela no psicológica acuerda mejores posibilidades a la radioscopia psicológica en general, dado que la intención no psicológica del autor no anticipa ninguna psicología determinada de sus figuras, y por ese medio no sólo deja lugar al análisis y la interpretación sino que aún viene a su encuentro mediante la desprevenida descripción. Buenos ejem­plos al caso son las novelas de Benoit y las fiction stories inglesas al estilo de Rider Haggard que conducen, por sobre Conan Doyle, al más popular artículo literario de masa, a la novela de detectives. Pertenece asimismo a este lugar la más grande novela norteamericana de Melville, Moby Dick.

La apasionante descripción de hechos, que en apariencia renuncia por entero a la intención psicológica, es precisamente del máximo interés para el psicólogo, pues la entera narración se edifica ante un trasfondo psíqui­co inexpresado que, para la mirada crítica, se destaca tanto más puro y sin mezcla cuanto más inconsciente de su presuposición está el autor. En la novela psicológica, en cambio, el autor mismo hace la tentativa de elevar la materia primordial anímica de su obra de arte desde el mero acontecer a la esfera de la discusión y radioscopia psicológica, por cuyo medio el trasfondo anímico a menudo es oscurecido hasta la opacidad. Precisamente de novelas de esta clase deduce el lego "psicología", mien­tras que sólo la psicología es capaz de darle sentido más profundo a las novelas.

Lo que aquí comento sobre la novela es un principio psicológico que sobrepasa considerablemente los límites de esta forma especial de la obra de arte Literaria. Se hace notar también en la poesía, y separa en Faust la primera y segunda parte. La tragedia de amor se explica por sí misma; la segunda parte, en cambio, exige trabajo de interpretación. A la primera parte no sería el psicólogo capaz de añadir nada que no hubiera dicho ya mejor el poeta, la segunda parte, al contrario, con su enorme fenomenolo­gía ha consumido de tal manera o aun dejado tras de sí, la fuerza confor­mativa del poeta, que no se explica más por sí misma sino que, verso a verso, es provocada progresivamente la necesidad interpretativa del lector. Faust caracteriza por cierto mejor que nada ambos extremos de la obra de arte literaria desde el punto de vista psicológico.

En pro de la claridad quisiera designar a una como el modo de crear psicológico, a la otra empero como el modo visionario. El modo psicológi­co tiene como material un contenido que se mueve dentro del alcance de la conciencia humana, así por ejemplo, una experiencia vital, una conmo­ción, una vivencia de la pasión, destino humano en suma, conocido o al menos perceptible a la conciencia general. Este material está recogido en el alma del poeta, alzado de lo trivial a la altura de su vivencia y confor­mado de tal manera que su expresión lleva con fuerza convincente lo en sí común, sentido sólo obtusa o penosamente y por lo tanto también temido u omitido, a la más lúcida conciencia del lector y con ello lo

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transporta a una claridad más alta y una más amplia humanidad. El mate­rial primordial de esta conformación procede de la esfera del hombre, de su eternamente repetitivo sufrir y gozar; es contenido de la conciencia humana, explicado y transfigurado en su conformación poética. El poeta ha quitado al psicólogo todo trabajo. ¿O ha de ahondar este último por qué se enamora Fausto de Margarita? ¿O por qué Margarita se torna infan­ticida? Es destino del hombre, millones de veces repetido hasta la atroz monotonía de la sala de audiencias y del código penal. Nada queda oscuro pues todo se explica convincentemente a partir de sí mismo.



Sobre esta línea se mueven innumerables productos literarios, la novela de amor, de ambiente, de familia, de crimen y social, el poema didáctico, la mayoría de los poemas líricos, la tragedia y la comedia. Cualquiera que sea su forma artística, los contenidos de la creación psicológica de arte proceden constantemente del dominio de la experiencia humana, del pri­mer plano anímico de intensísimas vivencias. Por lo tanto llamo "psicoló­gico" a este modo de la creación de arte, porque se mueve por doquier dentro de los límites de lo psicológicamente comprensible y concebible. Desde la vivencia hasta la conformación, todo lo esencial transcurre en el campo de la psicología transparente. Inclusive el material psíquico primor­dial de la vivencia no tiene en sí nada foráneo; por el contrario, es lo primordialmente conocido: la pasión y sus destinos, los destinos y su padecer, la naturaleza eterna, sus bellezas y sus espantos.

El abismo que se abre entre Faust, parte I, y Faust, parte II, también separa el modo psicológico de la creación del arte del modo visionario. Acá se revierte todo: el material o la vivencia que se convierte en conteni­do de la conformación no es nada conocido; es de esencia foránea, de naturaleza de trasfondo, como proveniente de abismos de etapas prehuma-nas o como de mundos luminosos u oscuros de naturaleza sobrehumana, una vivencia primordial a la que la naturaleza humana amenaza sucumbir en debilidad e incomprensión. El valor y el peso se hallan en la enormidad de la vivencia, que emerge foránea y fría, o significativa y elevada, de profundidades intemporales; por un lado de modo atornasolado, demonía­co-grotesco, volando valores humanos y bellas formas, un ovillo aterrador del eterno caos o un crimen laesae majestatis humanae, para decirlo con­Nietzsche; por otro lado una revelación para ahondar, cuya altura y pro­fundidad apenas basta la vislumbre humana, o una belleza para concebir la cual en vano se fatigan las palabras. El perturbador espectáculo del vasto acontecer, que por sobre todos lados supera el alcance del sentir y conce­bir humano, demanda del crear artístico otra cosa que la vivencia de primer plano. Esta última nunca desgarra el telón cósmico, nunca vuela los límites de lo posible humano, por cuyo motivo aun a pesar de intensí­sima conmoción del individuo entra sin embargo dócilmente en las formas de la conformación artística humana. Aquélla empero desgarra el telón, sobre el que están pintadas las imágenes del cosmos, de abajo arriba, y abre una mirada en inconcebibles profundidades de lo no llegado-a-ser. ¿En otros mundos? ¿O en oscurecimientos del espíritu? ¿O en orígenes del alma humana previos al mundo? ¿O en futuros de generaciones no naci­das? No podemos ni asentir ni negar estas preguntas.

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"Conformación, reformación.



De la mente eterna eterna distracción."

La] visión primordial nos enfrenta en Poimandres, en el Pastor de Her­mas, en Dante, en Faust, parte II, en la vivencia dionisíaca de Nietzsche2, en las obras de Wagner (Nibelungenring, Tristan, Parzifal), en Olympischer Frühling de Spitteler, en los dibujos y poesías de William Blake, en la Hypnerotomachia del monje Francesco Colonna3, en el balbucear poéti-co-filosófico de Jacob Boehme4 y en las imágenes, en parte burlescas, en parte grandiosas del Goldnem Topf, de E.T.A. Hoffmann5. En forma más limitada y concisa esta vivencia constituye el contenido esencial en Rider Haggard, en tanto sus escritos se ordenan en torno a She, en Benoit (principalmente L'Atlantide), Kubin (Die andere Seite), Meyrink (princi­palmente el no subestimable Grüne Gesicht), Goetz (Das Reich ohne Raum), Barlach (Der tote Tag) y otros.

Con el material de la creación de arte psicológica nunca tenemos nece­sidad de plantearnos la pregunta de en qué consiste o qué cosa ha de significar. Acá, empero, en la vivencia visionaria, se impone esta pregunta de inmediato. Se exige comentarios y explicaciones; se está admirado, asombrado, confuso, desconfiado o, peor todavía, hasta disgustado6. Nada resuena del dominio de la humana vida diaria, pero se vivifican sueños, angustias nocturnas y vislumbres siniestras de las tinieblas anímicas. El público, en su gran mayoría, rechaza este material, por cuanto no habla a las sensaciones más bastas, y el experto literario mismo está a menudo marcadamente en apuros. Dante y Wagner le han hecho ciertamente la tarea algo más fácil, dado que en el primero el suceso histórico, y en el último el acontecimiento mítico, revisten la vivencia primordial y pueden por ende ser mal entendidos como "material". En ambos empero la diná­mica y el sentido profundo no se halla ni en el material histórico ni en el mítico sino en la visión primordial en él expresada. Inclusive en Rider Haggard, quien en general y a manera de disculpa pasa por escritor de fiction stories, el yam es sólo un medio —que eventualmente prolifera de manera considerable- para aprehender un contenido significativo y des­bordante.

2 Comp. a tal fin mis disquisiciones en Aufsätze zur Zeitgeschichte, 1946, pág. 6
y sigs.

3 Recientemente elaborado de manera prolija de acuerdo con los principios de la
psicología compleja por Linda Fierz-David: Der Liebestraum des Poliphilo, 1947.

4 Se encuentran algunas muestras de Boehme en mi disertación, contenida en
este volumen, Sobre el empirismo del proceso de individuación.

5 Véase la detallada investigación de Aniela Jaffé: "Bilder und Symbole aus
E.T.A. Hoffmanns Märchen 'Der Goldne Topf ", en C. G. Jung: Gestaltungen des
Unbewussten.
Zürich, Rascher Verlag, 1950.

6 Piénsese al respecto en producciones como Ulysses, de James Joyce, que a
pesar, o quizá precisamente a causa, de su desintegración nihilista posee una signifi­
cativa profundidad (Comp. mi ensayo en Wirklichkeit der Seele; Psychol. Abhandl,
vol. IV, pág. 132 y sigs.

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Es raro que, en la oposición más vigorosa al material del crear psiccoló-gico, se halle una profunda oscuridad sobre el origen del material visiona-rio, una oscuridad de la que a menudo se quisiera creer que no es impre­meditada. Se está en efecto inclinado naturalmente -y esto hoy en espe­cial bajo el influjo de la psicología de Freud- a suponer que tras de toda esta oscuridad, en parte grotesca, en parte plena de vislumbres, debieran estar vivencias personalísimas, a partir de las que podría explicarse la rara visión del caos, y a partir de las que se tornaría comprensible por qué tiene a veces la apariencia como si el poeta encubriera todavía intencional-mente los orígenes de su vivencia. De esta tendencia explicativa a la suposición de que se trata de un producto neurótico, enfermizo, hay sólo un paso, que no aparece por entero desautorizado por cuanto al material visionario se adhieren particularidades que también uno observa en las fantasías de los enfermos mentales. Y a la inversa, a menudo es inherente a la producción psicótica una pesantez de significación que, de otra mane­ra, sólo se encuentra en el genio. Uno se sentirá por tanto naturalmente tentado de considerar el entero fenómeno desde el ángulo de mira de la patología y de explicar las raras formas de la vivencia primordial como figuras sustitutivas y esfuerzos de encubrimiento. Se querría suponer que una vivencia personal e íntima ha precedido a lo que designo como "vi­sión primordial", una vivencia distinguida mediante el carácter de "incom-patibilidad", es decir la no aunabilidad con ciertas categorías morales. Se presupone que él suceso en cuestión sea por ejemplo una vivencia amoro­sa, de una cualidad moral o estética que aparece no aunable con el total de la personalidad o, al menos, con la ficción de la conciencia, por cuyo motivo el yo del poeta busque reprimir y hacer invisible ("inconsciente") esta vivencia como un todo o, al menos, respecto de partes esenciales. A este fin sería movilizado el arsenal íntegro de una fantasía patológica y, porque este esforzarse es una empresa sustitutiva insatisfactoria, debe ser repetido en series casi infinitas de conformaciones. De esta manera debiera entonces tener efecto la proliferante plenitud de figuras monstruosas, de­moníacas, grotescas y perversas, por una parte como sustituto de la viven­cia "no aceptada" y, por otra, sirviendo a su mismo encubrimiento.



Este punto de arranque para una psicología del hombre poético ha suscitado una sensación no poco considerable, y representa además la tentativa, hasta aquí sólo teórica, de explicar "científicamente" el origen del material visionario y. con ello, la psicología de estas peculiares obras de arte. Exceptúo de ello mi propia toma de posición, con la premisa de ser, en general, menos conocida y comprendida que la concepción justa­mente esbozada.

Remontar la vivencia visionaria a una experiencia personal la convierte en algo impropio, en un mero "sustituto". Con ello pierde el contenido visionario su "carácter primordial", la "visión primordial" se torna sín­toma y el caos degenera en trastorno anímico. La explicación retorna tranquilizada a los límites del cosmos bien ordenado, del que nunca la razón práctica ha presupuesto perfección. Sus inevitables imperfecciones son anomalías y enfermedades que, de acuerdo con la presuposición, per­tenecen también a la naturaleza humana. La sacudidora perspectiva dentro

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de abismos más allá de lo humano se devela como ilusión, y el poeta como engañado engañador. Su vivencia primordial era "humana, demasia­do humana", tanto es así que no pudo siquiera ponerse junto a ella sino que debió, aún disimularla.



Se hace bien en tener claramente a la vista estas consecuencias irrecusa­bles de la reducción a la anamnesia personal, pues de otro modo no se ve adonde apunta este modo de explicar: conduce en efecto fuera de la psicología de la obra de arte, a la psicología personal del poeta. Esta última no ha de negarse. La primera empero existe asimismo y no puede ser simplemente liquidada con este tour de passe-passe, transformándola en un "complejo" personal. No ha de interesarnos en esta sección para qué sirve al poeta la obra de arte, si le significa una prestidigitación, un encu­brimiento, un padecer o una acción. Nuestra tarea es más bien comentar psicológicamente la obra de arte, y para ello es necesario que tomemos tan en serio su base, es decir la vivencia primordial, como en el caso de la creación de arte psicológica, donde ciertamente nadie puede dudar de la realidad y seriedad del material que se halla en el fondo de la obra. Es acá por cierto mucho más difícil poner en pie la necesaria fe, pues tiene toda la apariencia como si la vivencia visionaria primordial fuera algo que en absoluto pudiera encontrarse en la experiencia universal. Recuerda así fatalmente una metafísica oscura, en que la razón bien intencionada siente pereza de intervenir. Y de manera inevitable llega a la conclusión de que en absoluto se puede tomar tales cosas tan en serio pues de otro modo recaería en verdad el mundo otra vez en la superstición más tenebrosa. Quien no es de índole directamente "oculta", se figura por tanto bajo la vivencia visionaria "rica fantasía", "capricho poético" o "licencia poéti­ca". Ciertos poetas ayudan todavía a esto, asegurándose una distancia saludable respecto de su obra por explicar, como por ejemplo Spitteler, ¡que se hubiera podido cantar igualmente bien "Mayo ha llegado" en lugar de Olympischer Frühling (Primavera olímpica)! Los poetas justamente también son hombres, y lo que un poeta dice sobre su obra a menudo no pertenece con mucho a lo mejor que sobre ella se podría decir. Se trata realmente, nada menos, de que debemos defender la seriedad de la viven­cia primordial incluso contra la resistencia personal del poeta mismo.

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