De los origenes a las primeras grandes luchas



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Los anarquistas en la crisis política española” de José Peirats

LOS ANARQUISTAS EN LA CRISIS POLÍTICA ESPAÑOLA

José Peirats



CAPÍTULO I
DE LOS ORIGENES A LAS PRIMERAS GRANDES LUCHAS

 

Desde la fundación de la Sección Española de la Primera Internacional (1869) el movimiento obrero de tendencia anarquista no dejó nunca de existir, pública o clandestinamente, bajo distintas denominaciones: como Federación Regional Española (declarada fuera de la ley en 1872, continuó existiendo secretamente hasta la disolución de la Internacional); como Federación de los Trabajadores de la Región Española (desde 1881 a 1888); como Pacto de Unión y Solidaridad (de 1889 a 1896); como Solidaridad Obrera (de 1904 a 1909); en fin, como Confederación Nacional del Trabajo (C. N. T.) hasta nuestros días.


A últimos del siglo XIX y primeros del XX el movimiento decae a causa de la clandestinidad forzada y de la crisis interior (escisión de los elementos autoritarios adictos a la política de Carlos Marx, cuyo mensajero en España es el francés Pablo Lafargue). También a causa de las fuertes represiones. La más encarnizada fue la que tuvo lugar contra la supuesta sociedad de malhechores denominada "La Mano Negra" (1882). Este famoso proceso tuvo el origen siguiente.
A causa de las persecuciones contra los internacionalistas funcionaban secretamente algunos núcleos. En Andalucía los componentes de uno de esos núcleos secretos se Habían organizado con un cierto rigor sistemático para la propia protección. Al militante que cayese preso, los demás compañeros se comprometían a ayudar a su familia o a vengarle si era asesinado. Ocurrió el hecho banal de que uno de ellos, por despecho amoroso, hizo delaciones a la Guardia Civil. Este desgraciado apareció un día asesinado. Los caciques terratenientes y la Guardia Civil aprovecharon la ocasión para montar un fantástico proceso. En un muro del pueblo de Villamartín aparecieron pintadas las huellas de una mano: la "mano negra". En el monte, bajo un montón de piedras, los guardias "descubrieron", también, un macabro reglamento de la sociedad secreta, "fundada para el robo y el asesinato de la gente de orden". La represión no se hizo esperar, y estuvo a cargo de dos personajes: el jefe de la Guardia Civil de Jerez, Tomás Pérez Monforte, y su ayudante Oliver. Todos los asesinatos, robos o incendios que se habían cometido o cometieron fueron introducidos en el proceso. El tormento les fue rigurosamente aplicado a los numerosos detenidos para arrancarles las declaraciones que de antemano se pretendían. La reacción se proponía estas dos cosas: desacreditar el movimiento anarquista y decapitarle de sus más influyentes elementos. Fueron condenados a muerte y ejecutados los hermanos Pedro y Francisco Corbacho y Juan Ruiz (de la Comisión Comarcal), y Cristóbal Fernández, Manuel Gago, Gregorio Sánchez y Juan Galán. León Ortega evitó el cadalso por haber enloquecido en la cárcel. Once más fueron condenados a cadena perpetua, de los cuales murieron varios en presidio antes de producirse el indulto al cabo de veinte años. Este indulto fue determinado por una campaña de agitación internacional.
Desde 1880 a fines de aquel siglo se produjo un cierto renacimiento intelectual en los medios anarquistas: fundación del periódico satírico La Tramontana, por José Llunas (Barcelona, 1881); Primer Certamen Socialista, organizado por el Centro de Amigos de Reus (Tarragona), en 1885; fundación de la revista Acracia (Barcelona, 1886); publicación del periódico El Productor (Barcelona, 1887); Segundo Certamen Socialista (Barcelona, 1889). A estos certámenes concurrieron los mejores escritores del anarquismo español y el más grande de sus pensadores: Ricardo Mella.
En 1892 tuvo lugar la famosa insurrección campesina de Jerez de la Frontera. Más de cuatro mil campesinos tomaron por asalto esta ciudad al grito de "Viva la anarquía". "Lo de la rebelión campesina del 92 no fue más que eso: un acto de soñadores. Con palos y hoces querían vencer a los señores de Jerez que vivían, bien guardados, de sus tierras sin verlas siquiera, mientras ellos, que las labraban, apenas si podían comer"1. El escritor Blasco Ibáñez ha glosado este episodio en su novela La Bodega. El apóstol ácrata andaluz Fermín Salvochea, que estaba en la cárcel de Cádiz cuando se desarrollaron los sucesos, fue hecho responsable del levantamiento y condenado a doce años de presidio. El fiscal había pedido ¡cincuenta y dos años! Por estos sucesos fueron condenados a muerte y ejecutados los nombrados Burique, Lamela, Lebrijano y Zarzuela. Dieciocho otros acusados fueron sentenciados a cadena perpetua y otras fuertes penas. Fueron también indultados a principios de este siglo mediante campaña internacional.
El siglo XIX español se despidió ruidosamente con las explosiones de la dinamita anarquista. En Barcelona, el 24 de septiembre de 1892, Paulino Pallás arrojó una bomba contra el general Martínez Campos, uno de los autores de la Restauración. El gesto de Pallás fue en represalia de las ejecuciones de Jerez. Ejecutado Pallás, otro anarquista, Santiago Salvador, queriendo vengar la muerte de aquel, arrojó a su vez una bomba sobre el patio de butacas del aristocrático Teatro del Liceo barcelonés (8 de noviembre del mismo año). Hubo veinte muertos. La policía efectuó una batida entre los anarquistas, y a fuerza de tormentos consiguió que algunos se declarasen autores del atentado. Fueron condenados a muerte José Codina, Mariano Cerezuela, José Bernat, Jaime Sogas, José Salvat y Manuel Archs. La policía, entretanto, consiguió descubrir al verdadero autor de las explosiones y, no obstante la confesión, llevó a cabo todas las ejecuciones.
El hijo de Archs recibió de su padre una carta que le escribió poco antes de ser ejecutado, en la que decía: "... Puede que maña alguien te diga que tu padre fue un criminal. Dile en voz alta que fue inocente del crimen que se le imputó... Así lo comprenderás tú y espero que no te amilane el fin de tu padre; antes a., contrario, que te sirva de estímulo y de móvil para difundir por todas partes los principios a los cuales ofrezco mi vida..." Este hijo de Archs fue asesinado años después por las bandas de pistoleros que actuaron impunemente cuando el virreinato de los generales Martínez Anido y Arlegui.
En junio de 1896, también en Barcelona, dos bombas fueron arrojadas en medio de una procesión en la que desfilaba el capitán general. Hubo varias víctimas y el gobierno se libró a una feroz como ciega represión. Es el negro capítulo de los martirios de Montjuich. Centenares de presos, muchos traídos de la región en conducción ordinaria (a pie por las carreteras), quedaron hacinados en los calabozos de la fatídica fortaleza barcelonesa. Había entre ellos destacadas personalidades del movimiento anarquista, como Anselmo Lorenzo, Tarrida del Mármol, Teresa Claramunt, Federico Urales y José Llunas.
Instruyó el proceso el comandante Enrique Marzo y se revelo como gran inquisidor el teniente de la Guardia Civil Narciso Portas. Cumpliendo órdenes de éste los esbirros trataban de arrancar determinadas declaraciones a los presos. Golpeándolos con látigos se les hacia trotar horas y horas hasta que se desplomaban sin sentido. Se les aplicaba el tormento del sueño. Para calmar su gran sed se les enseñaba el agua y en su lugar se les ofrecía bacalao seco. Desesperados llegaban a beber sus propios orines. Se les retorcía los testículos, se les aplicaba hierros candentes en las nalgas y cuñas entre carne y uña. Estos martirios tenían lugar en los calabozos más profundos de la fortaleza, donde no penetraba la luz del día ni el aire respirable.
A últimos de septiembre los verdugos habían clasificado ya a sus víctimas. Cinco de los más escogidos, Aschery, Más, Nogués, Molas y Alsina, fueron condenados a muerte y ejecutados en los fosos del castillo maldito. Otros 22 serían librados a los presidios con penas máximas (también fueron indultados por presión internacional en la primavera de 1900). Los restantes, en fin, fueron extrañados del país.
Durante el tan abominable proceso se formó un clima internacional que permitió su acogimiento en Inglaterra. Fernando Tarrida del Mármol, anarquista y profesor del Ateneo Politécnico de Barcelona, que por su significación intelectual y ser de familia acomodada había conseguido ser puesto en libertad en la primera fase de este proceso, movió el mundo intelectual y publicó un terrible libro denunciando el crimen que se estaba cometiendo2.
Impresionado por estos horripilantes relatos un anarquista italiano, Miguel Angiolillo, se traslada expresamente de Londres a España para ejecutar al presidente del Consejo de Ministros, Cánovas del Castillo (agosto de 1897). Angiolillo fue ejecutado el 20 del mismo mes. Un anarquista español, R. Sempau, atentó inútilmente al inquisidor Portas el siguiente mes.
Las represiones y los atentados anarquistas se encadenan hasta bien entrado el siglo XX, En 1898 España pierde los últimos vestigios de su imperio colonial ultramarino. El Ejército, derrotado en América y en Oceanía, pretende colonizar a España. Alfonso XIII inaugura su reinado en 1902 y empieza a mimar al Ejército. Las arrogancias de los militares producen las naturales reacciones en el sector liberal. En 1905 un grupo de oficiales asalta en Barcelona la redacción de un periódico satírico. Además el Gobierno tiene que ceder a su presión y promulga la llamada Ley de Jurisdicciones. Por esta ley toda ofensa de palabra o por escrito a las instituciones militares será juzgada por el fuero de guerra (Código de Justicia Militar). La organización obrera acomete en periódicos y mitines contra la extensión de la ley castrense al fuero civil. El rey sigue coqueteando con el Ejército.
En 1906 el anarquista Mateo Morral interrumpe las bodas reales arrojando una bomba al paso de la regía pareja. Los reyes salen ilesos y Morral se suicida. La represión se cierne sobre la persona de Francisco Ferrer, director de la Escuela Moderna de Barcelona, en cuya institución había figurado como profesor Mateo Morral. Francisco Ferrer había llegado a Barcelona a primeros de siglo siendo titular de una respetable fortuna, que heredó de una simpatizanate francesa. Revolucionario convencido y antiguo conspirador, se propuso hacer la revolución en dos amplios frentes: en el plano social mediante la huelga general; en el plano pedagógico cultural por medio de la enseñanza racionalista y la divulgación de la ciencia positivista. En 1901 abrió la primera Escuela Moderna en Barcelona ante 30 alumnos. Su editorial emprendió la traducción de las mejores obras del pensamiento científico y filosófico moderno. Su institución es en el plano social lo que la Institución Libre de Enseñanza en el plano universitario. Sus colaboradores fueron Elíseo Reclus, Juan Grave, Pedro Kropotkin, Carlos Malato, Anselmo Lorenzo, etc. Este movimiento, por su profundidad revolucionaria, sembró la alarma entre los elementos gubernamentales y clericales. Costó mucho trabajo poder arrancar a Ferrer inerme de esta primera celada, con una absolución total. Pero la reacción clerical y castrense no le perdería de vista en espera del momento propicio.
En 1907 la federación local de Barcelona denominada Solidaridad Obrera se constituyó en Federación Regional. En octubre del mismo año apareció el semanario del mismo nombre, Solidaridad Obrera, redactado por José Prat y Anselmo Lorenzo. En enero de 1908 el Gobierno de Maura y La Cierva presenta al Parlamento una ley de represión del terrorismo. La Cierva, desde el Ministerio de la, Gobernación, se libra a una activa labor de provocación en Barcelona. Todos los días y un poco por todas partes las bombas hacen explosión, especialmente en las sedes del nacionalismo catalán. Caso curioso, no se producen detenciones. El Gobierno tiene sus planes para poner en jaque el renacimiento político y social de Cataluña. Un detective privado logra establecer el verdadero origen de estas explosiones con quebranto por la Policía, el gobernador civil y el Ministerio de la Gobernación. Un pretendido anarquista, un desgraciado llamado Juan Rull, encuentra la recompensa a sus servidos en la horca. El proyecto de Ley de represión del terrorismo tuvo que ser retirado del Parlamento a causa de la viva campaña adversa que habían desencadenado los republicanos, los socialistas y los anarquistas.
En los primeros días de junio de 1909 se produjeron graves choques en las cercanías de Melilla (Marruecos español). Los indígenas se oponían violentamente a la construcción de un ferrocarril minero que entendían como un atentado a su soberanía. Un contraataque militar se saldó con fuertes pérdidas para las fuerzas españolas (desastre del Barranco del Lobo). El Gobierno tuvo la desafortunada ocurrencia de movilizar a los reservistas que licenciados del Ejército tenían ya constituido un hogar (Decreto de 11 de julio). En Cataluña, donde las campañas de Marruecos habían sido siempre impopulares, se produjeron manifestaciones espontáneas frente al puerto de mar donde se estaba embarcando a los reservistas. La organización Solidaridad Obrera declaró la huelga general. El pueblo convirtió aquel movimiento en motín. Se levantaron barricadas y se incendiaron 17 iglesias, 23 conventos y otros establecimientos religiosos. El gobierno proclamó la Ley marcial y Cataluña fue incomunicada del resto de España por las tropas. Una fuerte represión quedó desencadenada contra los amotinados. Se formaron Juntas de Defensa Ciudadana por los elementos reaccionarios civiles y un juez especial fue encargado de sumariar a los responsables. La prensa oficial se libró a una grosera campaña de difamación antipopular. De pronto se apuntó la responsabilidad del fundador de la Escuela Moderna, Francisco Ferrer. Se sacaron a la luz sus actividades revolucionarías en Francia y en España, se le definió como anarquista de acción y como enemigo de la patria, del Ejército y de la Iglesia. Se fabricaron testigos que decían haberle visto en las barricadas dirigiendo la sublevación. Alguno de estos falsos testigos, una vez pagado por sus infamias, pudo embarcar fácilmente para América.
El 31 de agosto Ferrer fue detenido y procesado como cabecilla del motín. Se abrió una información pública entre quienes quisieran acusarle y se apresuraron a ser testigos de cargo en el sumario policías, aristócratas y carlistas. El edicto del juez instructor de la causa invitaba descaradamente a que declarasen todos los que pudieran hacerlo contra Ferrer, no los que sabían algo en su favor. Este llamamiento público demuestra que no se tenían indicios sobre la responsabilidad del acusado. El capitán general de la guarnición dirigió a todos los jueces militares una orden circular invitándoles a entresacar de los sumarios "todos los indicios, antecedentes y cargos que resulten contra Ferrer y remitírselos al juez instructor Raso Negrín". Al mismo tiempo se eliminaban todas las pruebas y testimonios en favor del reo. El Gobierno previamente había desterrado a cuantos habían tenido íntima relación con el preso, los cuales hubieran podido aportar esclarecimientos favorables. En Teruel estaban desterrados Soledad Vilafranca, Cristóbal Litrán y Anselmo Lorenzo, entre otros de sus viejos colaboradores. Pidieron ser escuchados por el juez y nunca fueron atendidos. Las cartas enviadas al juez, en que solicitaban deponer, se "perdían" o se "retrasaban" misteriosamente. Sobre una de estas cartas "retrasadas" manifestó el juez Raso Negrín: "Ya se ha elevado la causa a plenario, y como en el plenario no pueden declarar más que los testigos que han depuesto en el sumario, con harto sentimiento mío no acepto esta diligencia de prueba". La causa fue elevada a plenario el 1 de octubre, y, sin embargo, dos días después aún pudo declarar un testigo contra Ferrer. El proceso adquirió a partir de entonces una velocidad fantástica. Estaba bien claro que se quería a toda costa fusilar a Ferrer. Y, sin embargo, la rebelión había carecido de jefes. Así tuvo que reconocerlo el gobernador civil de entonces, Ossorio y Gallardo. Pero a falta de una personalidad destacada a quien endosar espectacularmente la jefatura de los acontecimientos se escogió a Ferrer, víctima ya señalada por el odio oficial y clerical. Ferrer era una buena presa para la reacción. Había conseguido escapar indemne del proceso por el atentado contra los reyes y además de revolucionario era un renovador peligroso de la enseñanza, a quien odiaba profundamente el sector clerical. Este no podía perdonar cristianamente las expansiones populares de aquellos días de julio ante las Ramas que consumían conventos y templos.
Francisco Ferrer fue condenado a muerte como estaba prefijado, y fue ejecutado en el castillo maldito el 13 de octubre de aquel mismo año. Para suavizar el mal efecto, también se había fusilado a algunos oscuros ciudadanos: a José Miguel Baró, Antonio Malets, Eugenio del Hoyo (guardia de Seguridad) y Ramón Clemente.
El Gobierno de Maura no pudo sobrevivir a la indignación que se manifestó en toda España y en el extranjero, durante y después del proceso. Ferrer tiene un monumento en Bruselas; Maura vio quebrantada su carrera política por aquel crimen. En 1910 fue herido por un anarquista en Barcelona: Manuel Possá (en 1904 también había sido atentado por el anarquista Joaquín Miguel Artal). A principios de 1911 se produjo una vasta campaña por la revisión de1 proceso Ferrer. Esta campaña tuvo resonancia en el Parlamento. Aunque la revisión no se concedió jamás, de hecho lo revisaron con sus enjundiosos discursos los más brillantes parlamentarios.
Después de esta feroz represión, la organización Solidaridad Obrera convocó un congreso nacional en Barcelona. Los sindicalistas se daban cuenta, de que la ausencia de una organización obrera de carácter nacional había perjudicado enormemente la causa de los amotinados de 1909 y facilitado la monstruosidad cometida con Ferrer. Una especie de complejo de culpa impuso crear una central anarcosindicalista de carácter general. La Unión General de Trabajadores (U. G. T.), organización de inspiración socialista fundada en 1888, no era más que un sumiso satélite del partido de Pablo Iglesias. El Partido Socialista mismo había sido organizado entre 1879-81.
El Congreso de Solidaridad Obrera, llamado "Congreso de Bellas Artes", se reunió en la capital catalana los días 30 de octubre y 1 de noviembre de 1910 y estuvo concurrido por delegados de casi todas las regiones de España. Entre las adhesiones personales destacaba la de Anselmo Lorenzo, que había sido fundador de la vieja Federación Regional Española. Su mensaje había de ser profético: "Vais a celebrar un pacto destinado a influir en la marcha siempre progresiva de la humanidad. Ante vosotros el libro abierto de la historia presenta una página en blanco; preparaos a rellenarla con honra para vosotros, con provecho para todos, presentes y futuros."
El Congreso de Solidaridad Obrera fundó la Confederación Nacional del Trabajo a imagen y semejanza del sindicalismo revolucionario francés. El viejo Anselmo Lorenzo se sonreiría tal vez al ver copiar en España el prototipo sindicalista de la Carta de Amiens. Este sindicalismo, en verdad, ya había sido inventado por los internacionalistas españoles y fue llevado a la Conferencia de Londres de 1870 en un admirable dictamen que produjo asombro y admiración entre los reunidos. El mensajero había sido el propio Anselmo Lorenzo quien, siendo joven entonces, había sido designado delegado por primera vez a un comicio obrero internacional.
El Congreso de Bellas Artes definió el sindicalismo "como un medio de lucha (...) para recabar de momento todas aquellas ventajas que permitan a la clase obrera poder intensificar la lucha dentro del presente estado de cosas, a fin de conseguir (...) la emancipación integral de la clase obrera, mediante la expropiación revolucionaria de la burguesía, tan pronto como el sindicalismo (...) se considere bastante fuerte numéricamente y bastante capacitado intelectualmente para llevar a efecto la huelga general, que por propia definición debe ser revolucionaria, y hace suya la divisa de la Primera Internacional: La emancipación de los trabajadores ha de ser la obra de los trabajadores mismos. Por consecuencia, los sindicatos de la C. N. T. sólo pueden estar integrados por obreros que conquisten su jornal en las empresas o industrias que explotan la burguesía y el Estado"3.
En el otoño de 1911 la C. N. T. celebró en Barcelona su Primer Congreso4. Inmediatamente después se produjeron dos hechos de suma gravedad: la huelga de los metalúrgicos de Bilbao que se hizo general en España. Como consecuencia se produjeron hechos sangrientos en Cullera (Valencia). Un juez de Sueca, investido de plenos poderes, enfrentóse a la violencia popular. El juez resultó linchado y los supuestos responsables condenados a muerte. Hubo siete penas capitales (sentencia del 10 de enero de 1912); seis de los condenados fueron indultados, y el último, Juan Jover (Chato de Cuqueta), lo fue también finalmente por el rey.
En octubre de 1911 un juez de Barcelona declaró ilegal "la existencia de la C. N. T. y asimismo su funcionamiento". Los centros confederales ya habían sido clausurados a causa de su solidaridad con los huelguistas de la cuenca minera de Bilbao, dirigidos por el Partido Socialista. La C. N. T. no volvería a la vida pública hasta las vísperas de la primera guerra mundial (1914).
A causa del indulto por los hechos trágicos de Cullera, el presidente del consejo de ministros, José Canalejas, presentó la dimisión de su gobierno. El rey le ratificó la confianza y el gobierno continuó arreciando su furor antipopular. En septiembre de 1912 se produjo una huelga ferroviaria. Canalejas, tomando ejemplo del socialista Arístide Briand, militarizó a los huelguistas. Estos tuvieron que prestar servicio como soldados (Ley del brazalete). Pero el 12 de noviembre del mismo año Canalejas caía asesinado en la Puerta del Sol de Madrid. Su matador, Manuel Pardiñas, se suicidó en el acto. Canalejas, que sucedió en el Gobierno a Maura cuando los hechos trágicos de 1909, se había negado a revisar el proceso de Ferrer. No faltan otras hipótesis: entre las tareas reformadoras de Canalejas estuvo la llamada Ley del Candado, por la que se prohibía la constitución de nuevas órdenes religiosas. Esta ley produjo una agitación clerical en todo el país con procesiones presididas por obispos y damas aristocráticas (estropajosas)5.
Pese a su clandestinidad la C. N. T. siguió manifestándose, especialmente en una huelga textil en la que intervinieron 100.000 obreros. Vuelta a la legalidad en 1914, produce una extensa campaña contra la guerra europea. En 1915 se organiza en Galicia un congreso internacional antimilitarista. El congreso tiene lugar a pesar de la prohibición del gobierno, pero algunos de sus participantes van a parar a la cárcel. Los delegados extranjeros (Sebastián Faure, Malatesta) no pudieron penetrar en España. Kropotkin, Malato, Grave, encabezan en Europa una posición francamente favorable a la causa del bando aliado, que respaldaban en España algunos anarquistas y sindicalistas, el más significado Ricardo Mella, que desde el periódico Acción Libertaria polemiza con su digno rival José Prat, que escribe desde Tierra y Libertad. Esta lamentable disputa amargó los últimos días de Anselmo Lorenzo, que dejaría de existir el 30 de noviembre de 1914.
Ante la guerra el Estado español declara su neutralidad, por hallarse divididos sus elementos políticos en francófilos y germanófilos, y tal vez porque a Inglaterra y Francia interesaba más la neutralidad española que convertiría a nuestro país en proveedor de sus ejércitos. Para la burguesía la neutralidad es el paraíso de los negocios. Todos los fabricantes conseguían contratos de las comisiones de los beligerantes. Los navieros improvisados amontonaban grandes fortunas. Las minas, casi abandonadas, se ponían en actividad y no daban abasto a la demanda. Se creaban nuevas industrias o se transformaban las incipientes. El Banco de España hacia cosecha de oro.
La demanda de mano de obra llevó a Barcelona una riada de inmigrantes de otras regiones. Los exportadores exportaban hasta la despensa de los españoles. Los precios de los artículos de primera necesidad subían en flecha debido a la especulación y la escasez. Lo cual traería consigo una fermentación social de grandes alcances. A mediados de 1916 el Partido Socialista había adoptado un programa de agitación que le acercaba a la C. N. T. Ambos movimientos declararon en el mismo año una huelga general contra el alza de las subsistencias. El sindicalismo adquiere gran potencialidad y hasta se pone de moda.
La oficialidad subalterna del Ejército forma su propio sindicato: las llamadas juntas de Defensa, que quieren depurar la institución del nepotismo de las altas jerarquías militares. Los políticos liberales creen en una renovación de la mentalidad de los jóvenes oficiales y exigen la puesta en funciones del suspendido Parlamento y hasta una constitución federativa del Estado. Un frente único de estos parlamentarios se da cita en Barcelona. Es la famosa Asamblea de Parlamentarios. Los representantes del Gobierno irrumpen en sus sesiones y consiguen fácilmente que se disuelvan pacíficamente los asambleístas. Pero la C. N. T. y la U. G. T. han establecido un pacto revolucionario y el 12 de agosto de 1917 proclaman la huelga general en toda España. Las Juntas Militares de Defensa se apresuran a arrojar la careta. Los soldados irrumpen en las calles de Barcelona disparando a mansalva. A los siete días el movimiento subversivo queda sofocado. Cuatro lideres socialistas: Largo Caballero, Saborit, Besteiro y Anguiano, son declarados responsables. La condena es de presidio, y el año siguiente, por obra de unas elecciones legislativas, recobran la libertad. Refiriéndose a esta huelga revolucionaria, el líder socialista Prieto declararía ante el nuevo Parlamento: "Es cierto que dimos armas al pueblo, pero no le dimos municiones".
En julio de 1918 se celebró en Barcelona un importante congreso regional llamado a modernizar la estructura orgánica de los sindicatos. Se definen los "sindicatos únicos" para evitar las dualidades entre los órganos de lucha profesionales6. En diciembre del mismo año la C. N. T. organiza una campaña de propaganda por toda España. Los mejores oradores recorren las más apartadas provincias, pero muchos de ellos son detenidos e ingresan en las cárceles y en los barcos anclados en el puerto de Barcelona. La semilla, sin embargo, estaba echada. Por todas partes surgen sindicatos. La C. N. T. rebasa el millón de afiliados. El 21 de febrero se produce una de las huelgas generales más perfectas contra la poderosa compañía La Canadiense. Este movimiento, con ser el más glorioso para la clase obrera anarquista de aquella época, marca a la vez su punto culminante. Fue un movimiento unánime y disciplinado que sobrecogió de pánico a la burguesía y al gobierno, los cuales reaccionaron en la forma acostumbrada. Resuelto virtualmente el conflicto por acción directa entre las partes afectadas, las autoridades militares barcelonesas impusieron la ruptura de los compromisos intervenidos y se libraron a numerosas detenciones de los militantes obreros. El conflicto, en su segunda fase, se replanteo en forma de lucha contra las autoridades. Los huelguistas habían vuelto al trabajo bajo promesa de que serían liberados los presos. Pero algunos de éstos continuaron en la cárcel so pretexto de que estaban procesados. Los huelguistas pretendieron que fueran sobreseídos de oficio los procesos. En verdad estos procesos habían tenido lugar con el solo objeto de mantener a ciertos detenidos en la cárcel y salvar así el honor de la autoridad. No comprenderla así los huelguistas y haberse obstinado en una victoria completa fue de su parte excesivo optimismo y hacer el juego a las provocaciones oficiales. Lo que había sido inicialmente una gran victoria se convirtió en un éxito discreto7.
La huelga de La Canadiense había dado la medida de la potencia, organización y combatividad del movimiento obrero. Burguesía y autoridades llegaron a la conclusión de que era cuestión de vida o muerte batir por todos los medios a tan tremendo adversario. Frente al temible Sindicato Único se puso en pie la Federación Patronal. Las hostilidades se rompieron inmediatamente. Era el diálogo de las pistolas. ¿Quién había disparado el primer tiro?
Para establecer el origen del "pistolerismo" hay que remontarse a la época de la primera guerra mundial. Ya quedó dicho que la industria catalana abastecía a los ejércitos aliados. Lo que no quita que los comerciantes hicieran lo posible para especular con ambos beligerantes. Por la cuenta que le tenía, el mando alemán montó con rapidez sus servicios de espionaje en los centros industriales y puertos. En Barcelona funcionaba sin mucha discreción uno de esos equipos encargados de informar a los submarinos en alta mar del tráfico portuario y del destino de las mercaderías. Al frente de este servicio figuraba un llamado Barón de Koenig. Uno de los subordinados del falso barón era Bravo Portillo, inspector de policía de plantilla. El resto del equipo lo formaban elementos del bajo fondo barcelonés, armados de pistola, que tenían como misión atemorizar a los industriales y otros especuladores que abastecían a los aliados. Si la amonestación no surtía efecto, la banda no reparaba en la amenaza y en el crimen. Para mejor maquillar sus actividades se procuraba intercalar entre las víctimas a patronos y obreros. De este modo se hacía creer en una lucha social al extremo límite. Por otra parte se encrespaban los antagonismos de clase. En el bando patronal una de las víctimas más insólitas fue el ingeniero Barret, gerente de una importante factoría de obuses, asesinado por la banda del Barón de Koenig.
En 1918, Solidaridad Obrera, que era diario de la C. N. T., desenmascaró con pruebas irrefutables al espía Bravo Portillo8. Este fue destituido y encarcelado, después puesto en libertad y readmitido en el cuerpo, pero su gran resquemor hizo que jurase odio eterno a la C. N. T. y a sus principales militantes. Empezó desde entonces a poner en movimiento a sus bandas de pistoleros contra la organización obrera.
Cuando la guerra hubo terminado, toda esta resaca humana quedó sin empleo. Un encopetado industrial barcelonés (Miró y Trepat), con la venia del capitán general de la guarnición (Miláns del Bosch) ofreció sus servicios a la Federación Patronal. El resultado no tardó en manifestarse. Una de las primeras víctimas en la trágica cronología que iba a inaugurarse fue el militante de la sección de Tintoreros, Pablo Sabater, asesinado en julio de 1919. La respuesta no tardó en llegar. Dos meses después caía taladrado a balazos Bravo Portillo.
En el plan táctico, frente a la huelga, la Federación Patronal empleó el locaut (lock out). A primeros de noviembre los obreros de las distintas fábricas fueron arrojados a la calle. Era la réplica patronal a la huelga de La Canadiense. El locaut se prolongaría hasta enero de 1920, saldándose con una humillante derrota para la clase obrera.
Para diciembre la C. N. T. tenía previsto su congreso nacional. Casi simultáneamente la burguesía catalana organizaba los funestos Sindicatos Libres, compuestos de mercenarios del hampa reclutados por la burguesía y las autoridades militares. Estos individuos iban provistos de armas de fuego y respaldados por la impunidad mas completa. No tardaron en hacer hablar de sus fechorías, incluso en apartadas provincias, pero especialmente en Cataluña, Levante y Aragón. Los mecenas, además de la Federación Patronal, eran La España Industrial, el Fomento del Trabajo Nacional, La Hispano-Suiza, Miró y Trepat y el Sindicato de Banca y Bolsa.
Según Farré Morego (Los atentados sociales en España) desde 1917 a 1922 se cometieron 1.472 atentados. Miguel Sastre (La esclavitud moderna), los eleva a 1.012, de los que fueron víctimas 753 obreros, 1112 policías, 95 patronos y 52 capataces. Ramón Rucabado (En torno al sindicalismo) señala 1.207, y, finalmente, según una fuente oficial (José Pemartín: Los valores históricos de la dictadura española), de 1918 a 1923 se produjeron en Barcelona 843 atentados y 1.259 en toda España.
La fuente confederal más importante es un folleto editado por el Comité Pro Presos de Barcelona en 1923, en el que figuran los principales procesos, sevicias, asesinatos, etc., del período 1920-1923. Estos hechos se refieren principalmente a Barcelona. La relación de confederales muertos es de 104; heridos, 339. Repárese en un detalle. Según cálculos militares muy probados, en toda batalla los heridos exceden o, mejor, doblan a los muertos. En ésta, como puede verse (del lado confederal, bien entendido), ocurrió todo lo contrario. Este detalle es más elocuente de lo que parece a simple vista.
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