Del novecientos al centenario



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DEL NOVECIENTOS AL CENTENARIO.

La influencia de José Ingenieros en dos generaciones en el Perú

Osmar Gonzales A.

Desde fines del siglo XIX, pero especialmente en las primeras décadas del siglo XX, los intelectuales latinoamericanos mantuvieron una estrecha comunicación y constituyeron un conjunto de relaciones que les permitía conocer mutuamente sus obras, propiciar los debates, la comunicación física o epistolar y conformar espacios de reflexión sobre temas que les resultaban comunes1. En ese tejido de redes sobresalían algunos autores que adquirían la importancia de guías intelectuales o de maestros. Uno de ellos, especialmente importante, fue el polígrafo argentino, José Ingenieros. Al lado de otras figuras prominentes como Rubén Darío, José Enrique Rodó o José Vasconcelos, por ejemplo, Ingenieros fue capaz de influir en pensadores sociales de toda América Latina. Al interior de este marco, deseo ofrecer una lectura de la influencia que alcanzó Ingenieros en los intelectuales peruanos sosteniendo que marcó su presencia tanto en la generación del Novecientos (compuesta por José de la Riva Agüero, los hermanos Francisco y Ventura García Calderón, Víctor Andrés Belaunde, entre otros) como en la llamada generación del Centenario de la Independencia (a la que pertenecieron, principalmente, José Carlos Mariátegui, Víctor Raúl Haya de la Torre, Manuel Seoane, Eudocio Ravines, entre muchos más), muy imbuida del espíritu de la Reforma Universitaria de Córdoba. Es decir, la figura de Ingenieros fue una especie de puente entre ambas generaciones, aunque sería más justo afirmar que se trataba de un puente inclinado, pues sus ideas estarían más cercanas a la generación radical que a la generación espiritualista, como después podremos ver.

La transversalidad generacional de Ingenieros es importante y marca su singularidad, pues es diferente a Rodó, quien se constituyó en una lectura obligada de los intelectuales novecentistas, pero no de los pertenecientes a las generaciones posteriores. O de Alfredo Palacios o del mismo Manuel Ugarte, quienes marcaron su presencia de manera especial en la generación post-Córdoba, pero no así en la de inicios del siglo XX. Otro caso diferente —e, incluso, curioso— fue el de Vasconcelos, quien siendo etariamente compañero de los novecentistas, también influyó en los centenaristas, pero paradójicamente, estos radicales peruanos enarbolaban las ideas del mexicano cuando el propio Vasconcelos ya había iniciado su camino a posiciones conservadoras. Solo Ingenieros, considero, fue capaz de influir en ambas generaciones al mismo tiempo que iba sintonizando con las nuevas reflexiones y definiciones políticas que surgían en un mundo que cambiaba violentamente. Su proceso ideológico-intelectual personal fue de la mano del proceso ideológico-intelectual general.

Partiendo de un mirador biologicista que estaba a la base de una mirada racista de la conformación social ―y atravesando conmocionantes sucesos políticos a nivel planetario― los pensadores sociales de inicios del siglo XX llegaron al tema fundamental de la justificación de la necesidad de la integración latinoamericana y de la independencia de los centros de poder económico y político mundial. Si bien dichas preocupaciones ya estaban presentes desde la generación del Novecientos (cuyos integrantes también llamaban a la conformación de bloques de países y advertían sobre el vasallaje económico), pero es con la aparición de la generación radical cuando esas ideas adquieren contenidos ideológicos y políticos más precisos que incluso generan corrientes de pensamiento y organización militante.

Como lo ha estudiado Patricia Funes, se trata de un momento de definición de las identidades de nuestras naciones, de realización de preguntas sobre nosotros mismos y también acerca del lugar en el futuro planeta que después de grandes convulsiones sociales reubicaba sus elementos de identificación.2 En realidad, se puede decir que se trataba del fin del siglo XIX y del ascenso de las burguesías latinoamericanas que luchaban por organizar sus espacios nacional-estatales. Esa posibilidad de definiciones exigía nuevas lecturas y también nuevos intelectuales. Ese peculiar momento nos permite calibrar mejor la emergencia de la personalidad y la obra de Ingenieros: el pensamiento al servicio de la constitución nacional, pero al mismo tiempo de la definición de sujetos sociales que la harían posible. Como resume la propia Funes: “Solidaridad, humanitarismo e idealismo se enlazarán con la propuesta de un latinoamericanismo que cruzará una buena parte de las corrientes ideológicas de la década del veinte, y reconocen en Ingenieros a uno de sus maestros”.3

Este texto se basa principalmente en la correspondencia que el pensador argentino sostuvo con distintos personajes del pensamiento y la política peruanos (23 cartas que el Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas en Argentina-Cedinci, y su director, Horacio Tarcus, pusieron a mi disposición con generosidad que agradezco infinitamente).4A partir de la exploración en ese intercambio epistolar expando mi análisis a los diferentes espacios en los que convergieron Ingenieros con los intelectuales peruanos, como la publicación dirigida y publicada en París por Francisco García Calderón, Revista de América, o la revista del propio Ingenieros, Revista de Filosofía, donde colaboraron autores peruanos; o entrevistas y encuentros donde coincidieron con Ingenieros hasta llegar, finalmente, a la gran publicación, el boletín Renovación. Aclaro que si bien dicha revista llegó hasta 1930 detengo mi análisis en 1925, año en el que muere Ingenieros y en el que también fallece ―apenas dos días después― un entusiasta integracionista peruano, Edwin Elmore, quien planeaba organizar un Congreso de Intelectuales Hispanoamericanos. Lamentablemente, la bala disparada contra él por el poeta José Santos Chocano, amigo también de Ingenieros, acabaría dramáticamente con su vida. Se cerraría así un momento en la reflexión propiamente latinoamericanista, aunque seguiría luego con la prédica y la acción de Haya de la Torre y su esfuerzo por constituir una fuerza política continental, la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), a la que en un primer momento pertenecería Mariátegui —al menos hasta 1928, cuando adviniera la ruptura y cada uno se enrumbe hacia caminos distintos—. La muerte del Amauta permitiría que Haya de la Torre ocupara la representación popular en el Perú en una trayectoria que después sería motivo de fuertes enjuiciamientos, pero que no es el motivo de estas páginas.

Ingenieros abogó por la especificidad latinoamericana y al mismo tiempo trató de constituir una fuerza de acción, no necesariamente política (aunque siempre se declaró socialista), pero que sí buscara alcanzar resultados concretos en la realidad. Observar este conjunto de personajes, situaciones y experiencias puede permitir entender mejor las razones o naturaleza de la influencia de nuestro personaje.

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El filósofo argentino, José Ingenieros, es parte de la renovación de la élite intelectual de su país hacia fines del siglo XIX e inicios del XX, cuando decaen los “gentlemen-escritores” y emerge la figura del escritor profesional. Los viejos apellidos aristocráticos del pasado empezaron a ser sustituidos por otros nuevos, entre los que se encontraban―junto al de nuestro filósofo― los Giusti, Ugarte, Molinari, Bunge, Lugones y otros más.5

Ingenieros no solo era plebeyo, también era migrante6 y, después, sería socialista.7 Es decir, todo lo opuesto a lo que identificaba a los escritores de la oligarquía tradicional. Pero además, era un intelectual que buscó dominar varias áreas del saber:

Ingenieros fue acaso el último de los polígrafos latinoamericanos; abordó disciplinas tan diversas como la psicología, la psiquiatría, la criminología, la medicina legal, la sociología, la ética y la historia de las ideas; y tocó temas tan variados como la interpretación materialista de la historia argentina, la risa, el individuo y la multitud, la simulación, el amor, la historia de la locura, la moral emancipada de la religión, la reforma de la universidad, la experiencia soviética, la tradición del pensamiento liberal en España, la reacción de la filosofía espiritualista en Francia y la emancipación de los pueblos latinoamericanos.8

Ingenieros adquirió una notoria influencia sobre los jóvenes intelectuales latinoamericanos de las primeras décadas del siglo XX, debido, especialmente, a obras como El hombre mediocre, de 1913, en donde criticaba a las oligarquías ineptas en el arte de gobernar por su falta de ideales.La trayectoria de las preocupaciones intelectuales de Ingenieros fue desde temas filosóficos bajo una lectura positivista ―por lo menos entre 1900 y 1910―, hasta hacerla dialogar con una exaltación idealista. Con El hombre mediocre, Ingenieros traza una manera de entender la sociedad así como elabora una teoría de las élites, según Óscar Terán.9 Dichas élites debían estar imbuidas de un tono moral y de un impulso juvenil. Luego, Ingenieros (reconocido como Maestro de las juventudes latinoamericanas) se incorporaría el movimiento de Henri Barbusse y su publicación emblemática, la revista Clarté,10 así como consideraría a la Revolución Rusa un avance civilizatorio. De la conjunción de posturas filosóficas aparentemente contrapuestas(positivismo e idealismo) emergería su defensa de la unidad de los países latinoamericanos cuando, identificado plenamente con el socialismo, reivindique el carácter transformador que conllevaban los procesos revolucionarios, como los sucesos mundiales de su tiempolo indicaban.

El amplio espectro de preocupaciones que Ingenieros mostraba y discutía públicamente hizo que rápidamente se convirtiera en una referencia intelectual y moral para las élites intelectuales de las naciones latinoamericanas de principios del siglo XX. Así, tanto para los pensadores de la generación del Novecientos (más reformistas o conservadores, según sea el caso) como para los miembros de la llamada nueva generación que surgió con el movimiento cordobés de Reforma Universitaria, o también llamada radical, Ingenieros se constituyó en una lectura obligada, en motivo de discusión filosófica y, por qué no, inspirador de decisiones de carácter político. Para el caso del Perú se pueden dar nombres que demuestran el amplio abanico de la influencia que gozó el escritor argentino. Se puede afirmar que leyeron sus obras desde José de la Riva Agüero hasta José Carlos Mariátegui, desde Víctor Andrés Belaunde hasta Víctor Raúl Haya de la Torre; que llegó a publicar colaboraciones tanto en La Revista de América de Francisco García Calderón, en Mercurio Peruano de Víctor Andrés Belaunde, como en Claridad, órgano de difusión de las Universidades Populares González Prada que dirigieron en su momento Haya de la Torre y Mariátegui. Reitero pues lo dicho: Ingenieros influyó tanto en la generación arielista como en la centenarista, sin contar a grupos generacionales intermedios.

La relación de Ingenieros con los peruanos fue constante y abundante, y se alimentó por diversos medios: por la identidad intelectual, la correspondencia, los viajes, la suscripción a sus revistas, las publicaciones, las tarjetas. En el Fondo Ingenieros que alberga Cedinci se puede revisar el fichero que había ido conformando con diversos intelectuales de casi todos los países latinoamericanos, en el que corresponde al Perú se pueden encontrar nombres de diversos personajes importantes de la vida pública peruana a los que agrega su ocupación, profesión o adscripción institucional: Luis Fernán Cisneros (poeta y escritor, de la Compañía Nacional de Recaudación), Óscar Miro Quesada, Octavio Espinoza y Luis Varela y Orbegoso del diario El Comercio; Alberto Ulloa Sotomayor, director del diario La Prensa, y periodistas de este como Leonidas Yerovi, Enrique Bustamante y Ballivián, Alfredo González Prada; Ricardo Walter Stubbs (Presidente del Círculo de Periodistas); poetas como Lastenia Larriva de Llona, José Fianzón y Luis Alayza y Paz Soldán; José Matías Manzanilla (político), Federico Elguera (quien fue un importante Alcalde de Lima), Manuel González Prada (de cuando era director de la Biblioteca Nacional), Enrique Castro Oranguyen (director del Diario Oficial El Peruano), Percy Cánepa (director de la revista Lulú), Víctor Maúrtua (Ministro de Relaciones Exteriores), Emilio Gutiérrez Quintanilla (director del Museo Histórico), José Balta (Presidente de la Sociedad Geográfica), Raimundo Morales de la Torre (Facultad de Letras), Federico Villarreal (Decano de la Facultad de Ciencias), Francisco Tudela y Varela (Facultad de Ciencias Políticas), Agustín T. Whilar (educador), Felipe Barreda y Laos, entre otros. En el tarjetero se encuentran las credenciales de Víctor Andrés Belaunde (Secretario de la Misión Especial del Perú), Alejandro O. Deustua (filósofo), Francisco García Calderón, y recortes de papel con los nombres de José Antonio Encinas y otro de Haya de la Torre11 Como se observa, miembros tanto del Novecientos como del Centenario peruanos.

Como vamos a corroborar en las líneas siguientes, Ingenieros mantuvo cordial relación intelectual y hasta personal con diferentes personajes de ambas generaciones de peruanos, que en cierta medida se revela en la correspondencia que mantuvo con algunos de ellos.12 Mientras los idealistas arielistas lo reconocían como una voz imprescindible de los debates intelectuales, los centenaristas lo aceptaban como maestro.

Esta transversalidad generacional de Ingenieros quizás se deba, primero, a que en sus reflexiones dejaba entrever, como ya señalé, sus dos vertientes filosóficas (positivismo, idealismo); segundo, por el convencimiento de la necesidad de unir a nuestras naciones, y, tercero, porque supo transmitir la urgencia de definir un plan de acción, aunque él mismo no fuera un hombre de decisiones sino de ideas. En resumen, Ingenieros pudo recabar audiencias disímiles por su peculiar mezcla de exaltación de valores supremos con la propuesta práctica de realizar sustantivos cambios en nuestras jóvenes naciones que buscaban su identidad. De esta manera, podemos comprobar que Ingenieros ―como en su momento el escritor uruguayo José Enrique Rodó o el filósofo mexicano José Vasconcelos―, era una fuente de legitimidad intelectual y política a quien se acudía recurrentemente―como alguna vez lo expresara Haya de la Torre―, para pedirle apoyo moral a sus luchas.

Es interesante observar cómo los escritores, pensadores y políticos que surgían en América Latina desde fines del siglo XIX, buscaban urgentemente maestros que los guiaran en sus ideales, reflexiones y prácticas políticas. Aquí se puede constatar una relación vertical, al menos en un inicio con relación a los centenaristas, entre discípulo y maestro, aunque después los jóvenes insurgentes pronto se colocarían en los puestos de vanguardia continental. Pero también se descubriría una relación horizontal entre los llamados discípulos que se mantenían en feraz contacto (por las aventuras editoriales y, por qué no, las desventuras políticas) más allá de diferencias generacionales hasta que las distinciones ideológico-políticasprodujeran rupturas en el campo intelectual latinoamericano en ciernes: entre quienes estaban con el statu quo y los que querían modificarlo de forma drástica. Cuando advenga la convicción revolucionaria, inmediatamente llegarían las opciones políticas profundizando el parteaguas entre los sujetos de ideas.

En otro lugar he mencionado la peculiar recepción de Vasconcelos por la generación del Centenario, que lo flameaba en sus luchas radicales cuando el filósofo mexicano ya había ingresado a una etapa desencantada y reaccionaria13 No se puede decir que eso haya sucedido con Ingenieros, pues sus combates contra el pasado siguieron siendo parte de sus ideas más arraigadas; por el contrario, la muerte lo sorprendió en medio de una vigorosa defensa de la unidad latinoamericana anti-oligárquica y antimperialista. Al contrario del escritor azteca, el filósofo argentino nunca arrió sus banderas de lucha contra las oligarquías dominantes, por el contario, sus ideas fueron tomando ―cada vez con mayor énfasis― una viva pasión por el cambio,14 simultáneamente a cuando se definía la acción continental unificada, se incrementa la conciencia revolucionaria anti-oligárquica y antimperialista. En esta autoconciencia que irían procesando las élites latinoamericanas sería fundamental el papel cumplido por la Reforma Universitaria de 1918.

En el Perú Ingenieros siempre estuvo presente, tanto por medio de sus escritos como por el contacto personal con destacados pensadores, algo que replicaría en diferentes países latinoamericanos. Por ejemplo, en 1905, en Europa —adonde había viajado por encargo del gobierno argentino a participar en el V Congreso Internacional de Psicología en Roma—Ingenieros conocería a Belaunde, específicamente en Madrid, ciudad que visitaba de paso hacia Italia, para presidir dicho congreso de psicólogos. En ese encuentro, luego de conversar unos momentos, Belaunde le hizo saber que después de estar en la capital española se dirigiría a Buenos Aires. Ante ello, recuerda el peruano: “[Ingenieros] me dijo: esa sí es una ciudad, Madrid es una aldea. Le contesté sarcástico: pero con el Museo del Prado ¿no? No sé si Ingenieros me perdonó la respuesta”.15 Quizás Belaunde sobredimensiona la importancia de la anécdota, aunque por otra parte, recordemos que España recién empezaba a resarcirse de sus derrotas (Filipinas y Cuba fueron las últimas) y sus intelectuales empezaban a dar sentido a la formación de un proyecto nacional moderno: Miguel de Unamuno, Rafael Altamira, José Ortega y Gasset, Joaquín Costa, entre otros, conformarían la modernizadora generación del 98. En ese sentido, la apreciación sobre la vida intelectual que Ingenieros ofrecía sobre España tenía mucho sentido. Pero más allá de lo dicho, hubo una aproximación muy importante ―en cuanto a preocupaciones intelectuales― que enlazaba a Ingenieros con Belaunde, y es la preocupación por la psicología social, vista como un elemento insustituible en la conformación de las identidades nacionales.16 El pensador peruano dedicaría varios ensayos a dicho tema, el cual también trató que estuviera presente en la revista que fundara en 1918: Mercurio Peruano. La complicidad intelectual se haría realidad, puesIngenieros publicaría en ella algún artículo y otros intelectuales peruanos escribirían sobre él, así como Renovación reproduciría textos publicados en Mercurio Peruano.

Pocos años después, en 1910, Ingenieros publicaría La evolución sociológica. De la barbarie al imperialismo, pero a pesar de su prominente figura de pensador tuvo un revés en el mundo académico, pues no obstante haber quedado en el primer lugar no le otorgaron la cátedra de Medicina legal a la cual estaba postulando. Ante la injusticia —y culpando del entuerto al propio presidente Roque Sáenz Peña— Ingenieros decide autoexiliarse en Europa, específicamente en Lausana, Suiza.17 Desde esa estancia, Ingenieros viajaría a diferentes lugares, entre ellos a París, en donde vivía un par de hermanos peruanos miembros de la élite intelectual del Novecientos: Francisco y Ventura García Calderón. Especialmente con el primero su relación sería muy fluida.

Francisco García Calderón pertenecía a la élite social peruana, su padre fue Presidente de la República en tiempos de la ocupación chilena (1881) durante la Guerra del Pacífico (1879-1883), y que fuera desterrado a Valparaíso por no aceptar los términos de rendición que le pretendía imponer el gobierno de Santiago. Allí, en Valparaíso, nacería su primogénito, Francisco, precisamente. Luego de concluido el conflicto armado, la familia García Calderón regresaría a Lima, no sin antes pasar un tiempo en París, ciudad en la que nacería quien sería otro prominente representante de las letras peruanas: Ventura. Hacia inicios del 900, García Calderón hijo se revelaría como una inteligencia precoz, cuyos ensayos eran alabados por el mismísimo pensador uruguayo, Rodó, quien además lo declararía como su discípulo más destacado en el prólogo que escribió para el primer libro de aquel joven: un conjunto de artículos bajo el título general de DeLitteris, de 1904.

Al fallecer el patriarca, la familia García Calderón en pleno regresaría a Francia. En dicho país, el joven Francisco terminaría de dar forma al manuscrito que sería el primer libro moderno que analizaría la realidad peruana de una manera integral: Le Péroucontemporain, de 1907, con el cual adquiriría gran fama internacional. Al mismo tiempo, ingresaría al servicio diplomático peruano, cumpliendo destacado papel en países de Europa. En 1912 decidió, en parte animado por el prestigio continental que había alcanzado, fundar una revista que fuera capaz de convocar a las mejores inteligencias de nuestros países; es así que decide sacar a la luz pública Revista de América (la cual se dejaría de imprimir al iniciar la Gran Guerra, en 1914, luego de 21 entregas, pero para entonces ya García Calderón había logrado su propósito, que era el de reunir en una sola publicación las plumas de los más destacados pensadores sociales latinoamericanos de su tiempo).18

García Calderón fue especialmente insistente en lograr la colaboración del filósofo argentino. Le pide que le envíe un artículo o fragmentos de un libro aún inédito para que, a más tardar, febrero de 1912 (París, 20 de diciembre de 1911), pudiera ver la luz pública. En siguiente carta le insiste que hasta el 20 de febrero puede esperar por su colaboración, pero además le comenta que ha leído un libro suyo (no especifica cuál, pero seguramente se refiere a La evolución sociológica argentina) y que le han informado que ha escrito uno sobre “el Hombre Mediocre” (París, 24 de enero de 1912). Al parecer, la esperada contribución es anunciada por carta que no conocemos de Ingenieros, quien, según se colige, le plantea que elija entre dos posible temas. García Calderón luego de agradecer la deferencia a su corresponsal le dice que prefiere el que se refiere a “hombres de genio”, aunque está seguro que ambos serán de calidad (París, 11 de abril de 1912). Una semana más tarde llega el artículo prometido, pero como se ha pasado de la fecha límite, el escritor peruano le informa a su amigo que el artículo recién saldría en el número II de la revista, de julio de 1912, bajo el título de“Los forjadores de ideales”.19 Lo que hizo Ingenieros fue, en calidad de primicia, adelantar fragmentos de lo que sería su famoso libro El hombre mediocre. En la parte final del artículo de su amigo, García Calderón introduce esta nota de presentación: “Psiquiatra y sociólogo; artista y pensador, es el Sr. Ingenieros una de las más fuertes personalidades americanas. Se le cita y se le discute en obras europeas, por la originalidad de sus estudios científicos y la riqueza de su cultura. Su verbo denso y elocuente anima las más sutiles concepciones”.

García Calderón insiste en seguir contando con las contribuciones de Ingenieros, le pide que si su artículo sobre el Tartufo (evidentemente se refiere a “La moral del Tartufo”, sección de El hombre mediocre) está inédito que se lo envíe para incluirlo en el número especial del mes de enero de 1913, “U. es tan amable conmigo” (París, 4 de octubre de 1912). Efectivamente, en el número VIII, de enero de 1913, aparecería la segunda contribución de Ingenieros: “La dignidad”.20 Las posturas elitistas expresadas por Ingenieros en El hombre mediocre son prácticamente las mismas que García Calderón había dejado impresas en diversos textos. Mientras el peruano llamaba a conformar las élites conductoras, el argentino pugnaba por dar forma a las “mentes conspicuas”. La concepción elitista de la sociedad los mancomunaba.

A inicios de 1913 también, García Calderón acusa recibo de un libro que le ha enviado su amigo argentino, el que ―le informa― va a leer con la lentitud que exige. No escatima elogios para su corresponsal: “Está U. a la cabeza de los pensadores americanos y es quizás el único que puede enfrentarse con los de Europa” (París, 17 de enero de 1913). Los encomios prosiguen en la siguiente carta, a propósito del libro de Ingenieros sobre la sociología argentina: “Decididamente ocupa uno de los primeros puestos ―mi simpatía dice el primero― entre los hombres de ciencia de nuestra América” (París, 15 de febrero de 1913). Similares palabras se encuentra en una nueva carta: “Es U. profesor en todas partes y lo merece ampliamente” (París, 23 de octubre de 1913).

La simpatía e identificación de García Calderón con la obra de Ingenieros tiene su explicación, al menos en parte, en que el pensador argentino sostenía en páginas de dicha obra, desde una mirada médico-biologicista: que las naciones deben sobrevivir tal como lo hacen los organismos, y para ello quienes deben triunfar y tener un papel hegemónico deberían ser los blancos, que conllevan la civilización. De una manera un poco más matizada, el intelectual peruano también había sostenido que para “regenerar” al Perú había que propiciar la inmigración de las razas superiores, léase europeas, arias, que ayuden a eliminar en un proceso lento pero imparable, la herencia proveniente de razas ya caducas. Hay, pues, similitud de propuestas entre ambos personajes. Pero pronto sucedería un hecho que modificaría el panorama mundial: la explosión de la Gran Guerra que echaría por tierra algunas certezas, como que los civilizados eran europeos y nosotros deberíamos parecernos a ellos.Los espíritus de la época quedaron desencantados al comprobar que la barbarie habitaba en los países admirados. Por algo, Oswald Spengler hablaba de “la decadencia de Occidente”. Desde ese momento, los intelectuales latinoamericanos voltearon su mirada hacia nuestros países, y en ese giro debieron someter a crítica algunos supuestos previos, como que América Latina estaba conformada en gran parte por “razas inferiores”. Ingenieros, entonces, expresa su decepción y sus planteamientos van adquiriendo otro matiz, dejando de lado las ideas biologicistas y racistas. Su artículo “El suicidio de los bárbaros”, de 1914, marca el inicio de una inflexión en su pensamiento.

Poco después de la anterior comunicación, García Calderón le informa a Ingenieros (París, 28 de noviembre de 1913) que ya han recibido una “aguda nota” sobre su trabajo al que califican de excesivo; lo que le interesa a García Calderón es que su corresponsal sepa cómo van “los humanos juicios”. Pero quien sí hace un comentario generoso es E. Mayer (al parecer peruano también), quien colabora con su artículo titulado “La psicología del hombre mediocre” (que aparecería en el número XVIII, de noviembre de 1913). Concluye el autor su nota con el siguiente párrafo:

En resumen: se trata de un libro profundo, agudo, apasionado y que apasiona al que lo lee; obra que nadie esperaba del ilustre catedrático, cuyos trabajos científicos tanto apreciaba la Europa entera, sin sospechar que en él se ocultaran el filósofo y el moralista que acaba de revelarnos este ensayo, del que rápidamente se han agotado varias ediciones.21

Es importante indicar que en esos años García Calderón daba forma a dos obras que resumirían su forma de ver los problemas latinoamericanos: primero La creación de un continente, de 1912, y después, Las democracias latinas de América, de 1913. Admirador de Bolívar ―un pugnaz enemigo de las aristocracias― García Calderón planteaba lo que llamaba uniones parciales entre nuestros países, pues veía utópica una comunidad total. Este sentido latinoamericanista lo acercó definitivamente a la prédica de Ingenieros, que más adelante fundaría la Unión Latino Americana (ULA), en marzo de 1925. Hacia fines de 1913, el 17 de diciembre, el Comité de Redacción de la Revista de América (compuesto por los hermanos García Calderón22 y por el escritor uruguayo Hugo Barbagelata)23 le envía a Ingenieros un cuestionario de cinco preguntas referentes al proceso literario de América Latina. No tengo conocimiento si respondió a las preguntas ofrecidas y si sus respuestas salieron impresas en algún número de la Revista de América, pues no he tenido la oportunidad de acceder a la colección completa de dicha publicación.24

La correspondencia, hasta donde tenemos evidencias, entre Ingenieros y García Calderón se vería interrumpida, pero ello no impedía que el contacto de aquel con los peruanos fuera constante, es así que en 1915 ―el año que Ingenieros funda la revista Cultura Argentina, que tuvo un número importante de suscriptores peruanos―,25 luego de que participara, en Washington, en el II Congreso Científico Panamericano, el destacado cuentista, Abraham Valdelomar, le realizó una comentada entrevista. Si bien Valdelomar no pertenecía plenamente a la generación del Novecientos (nació en 1888), tampoco lo era del centenarismo. Representó un momento intermedio en el proceso de la literatura y de las ideas en el Perú, como el propio Mariátegui lo señalaría en su famoso ensayo sobre la literatura peruana incluido en su célebre 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, de 1928.

De origen provinciano ―había nacido en Ica, departamento al sur de Lima―, Valdelomar se asentaría desde muy joven en Lima en donde desarrollaría lo más importante de su producción literaria, hasta reconocérsele como el innovador del cuento peruano, en el que incorporó el elemento criollista, reflejando el modo de vida de los pueblos de la costa, especialmente del suyo, Pisco. A pesar que nunca terminó sus estudios universitarios, adquirió un manejo magistral de la escritura que trasladó al periodismo, actividad que contribuyó a modernizarla radicalmente, desde el diario La Prensa (que dirigía Alberto Ulloa Cisneros) junto a otros ilustres escritores como Federico More, Leonidas Yerovi, el entonces muy joven Mariátegui, entre otros. A su talento innato Valdelomar le sumó un comportamiento dirigido explícitamente a burlarse de las élites oligárquicas de su tiempo, a cuyos personajes tomaba constantemente como referencia para ridiculizarlos en sus crónicas parlamentarias. Este sentimiento anti-oligárquico explicaría el por qué apoyó la candidatura de Guillermo E. Billinghurst a la presidencia en 1912, quien también hacía evidente su rechazo a la oligarquía dominante y, por el contrario, propiciaba la participación política, como ciudadanos, de los sectores populares, excluidos del sistema político vigente.

Valdelomar apoyó el inicio del populismo en el Perú, lo que el presidente Billinghurst recompensó, primero, encargándole la dirección del Diario Oficial El Peruano, y, luego, designándolo como responsable de propaganda del Perú en la Legación en Italia. El rápido golpe de Estado, ocurrido en 1914 ―ejecutado por la oligarquía apoyada en el ejército―obligó a Valdelomar a regresar al país. Su actividad literaria se incrementó, así como su papel de periodista. En ese momento entrevistaría a Ingenieros. En efecto, en el diario La Crónica, el 26 de noviembre de 1915, apareció el reportaje (firmado con su seudónimo, “El Conde de Lemos”) que le hiciera al maestro argentino en un “tranvía eléctrico” que se dirigía al puerto del Callao bajo el título “Una hora con un hombre célebre”.

Más que una entrevista sobre el pensamiento de Ingenieros (“…el autor de El hombre mediocre y de diez libros más tan sabrosos y tan llenos de honda meditación, de paciente análisis y plenos de sabiduría…”), se trata de una crónica o reportaje sobre la personalidad y comportamiento de este. Por ello, inicia la nota contraponiendo la celebridad del escritor con la medianía que encontró en la persona: “José Ingenieros es un hombre como cualquiera otro”, “…su maravilloso talento, sus notables dotes de escritor no aparecen por más que uno los busque”. Además, lo califica de inestable, que padece de infantilismo persistente, aunque le concede el ser un genio, pero inmediatamente acota: “Se puede ser genio y no ser inteligente” (afirmación que no se entiende muy bien, siendo honestos). En diferentes momentos del reportaje, Valdelomar hace referencia a la inclinación a la pose del maestro argentino, y va detallando todos sus movimientos para señalar que hacía mal Ingenieros en ensayartanta pose frente al maestro del poseur, es decir, el propio Valdelomar: “El gran psicólogo ha tenido una falla. No se ha dado cuenta de que el que le estaba haciendo teatro era yo…”. Su juicio final no es positivo, por el contrario, se podría decir que es muy adverso, y recomienda al lectorque se comunique con los pensadores solo por medio de sus obras, porque los autores son gente como uno.

Es claro que Valdelomar busca aparecer como un par ante Ingenieros, y para ello busca escindir al Ingenieros-autor del Ingenieros-persona, porque de esa manera podía encontrar un espacio por el cual introducirse en la comparación con el escritor argentino, pues Valdelomar no había alcanzado la presencia ni el prestigio de aquel. Algo diferente fue su actitud con Vasconcelos, cuando este visitó Lima en 1916, pues lo invitaría a conocer el barrio chino (a fumar opio) e, incluso, le soltaría un elogio como escritor: “Su estilo es bueno”.No se puede afirmar era que el escritor peruano era excesivo en el encomio.

Precisamente, en 1916, Valdelomar fundaría una de las más importantes revistas culturales peruanas: Colónida. Solo aparecieron cuatro números en dicho año y se dejó de editar. Es el momento cumbre de Valdelomar, quien además escribía crónicas y reportajes tanto sobre sucesos importantes como acerca de personajes destacados de la cultura. Tres años más tarde ―1919―, Valdelomar moriría sin poder ejercer el cargo por el cual había sido elegido como representante por Ica, luego de un fatal accidente. Solo llegó a los 31 años de edad. Su muerte, sin embargo, abriría las puertas para que surgiera y brillara la generación del Centenario, repleta de pensadores y políticos fundadores de gran parte de las tradiciones intelectuales y políticas que pueblan la vida moderna del Perú. Algo parecido sucedía en América Latina, un nuevo clima intelectual, social y político empezaba a asomar, y en ello la irrupción de la juventud universitaria reformista sería fundamental.

Tengamos en cuenta el nuevo contexto no solo latinoamericano, sino mundial, para entender las posturas de entonces de Ingenieros. La Gran Guerra había hecho evidente que el llamado mundo civilizado (es decir, Europa, para el sentido común de la época) guardaba en sus entrañas un componente de barbarie que apenas llegaba a controlar. El europeísmo como una forma de mirar el mundo y de aspiración había caído en el descrédito total. Ante ello, Ingenieros vira para mirar la realidad de nuestros países. Es entonces que se empieza a reflexionar en la unidad latinoamericana no solo por medio de los valores espirituales, sino sumándoles las preocupaciones políticas y económicas. Defender la unidad de nuestros países implicaba, simultáneamente, luchar en contra del imperialismo. Ingenieros, en Las fuerzas morales, de 1925, le da importancia a las “virtudes cívicas”, le interesa descubrir las bases de la argentinidad, y desde esas búsquedas llega a la convicción de que la forma más leal de defender los intereses nacionales es instaurando un gobierno socialista. En todo ello, la juventud latinoamericana marcó su impronta.

Como afirma Alexandra Pita González,26 el amplio movimiento por la Reforma Universitaria de 1918, en Córdoba, expresa en su plenitud la etapa del nacionalismo latinoamericano, del antimperialismo, de la crítica social, del embate contra las oligarquías, de la defensa de la juventud como actor social y político (reclamando el legado intelectual de Ortega y Gasset y del propio Ingenieros), de un pensamiento humanista que superaba las distinciones de raza, género y nacionalidad y, en sus aspectos más radicales, del marxismo.27 A esta se le llamó la “nueva generación”, que fue capaz de superar la prédica de la integración continental basada en la profundización de ciertos valores y el antimperialismo espiritualista, como proponían los intelectuales novecentistas. Por el contrario, los miembros de esta nueva generación buscaban ofrecer un nuevo sentido a la vida pública (espacio moderno por excelencia), en donde los cambios políticos radicales ocupaban un lugar central, pues las revoluciones de México (1910) y Rusia (1917), además de la emancipación cubana con José Martí a la cabeza (1895), mostraban que ello era posible. Sin contar con el estallido de la Gran Guerra (1914), que dejaba de manifiesto la obsolescencia de un orden social y político heredado del siglo XIX.

Alfredo Palacios, Ingenieros, Manuel Ugarte se erigían como los líderes intelectuales y morales de la nueva generación latinoamericana, precursores de la Patria Grande. Prédica que influyó notablemente, por ejemplo, en Haya de la Torre. Precisamente, este, junto a otros presidentes de estudiantes como Gabriel del Mazo (de Argentina) y Alfredo Demaría (de Chile) se comprometería, en 1921, a realizar “una propaganda activa por todos los medios para hacer efectivo el ideal del americanismo”.28 Al año siguiente, Ingenieros ofrecería su famoso discurso “Por la Unión Latino Americana”, pronunciado en Buenos Aires en homenaje a Vasconcelos. En él, Ingenieros promovía la unidad cultural, política y económica de América Latina y relevaba el papel de los intelectuales en ese objetivo. Dicho discurso expresaría el llamado por Óscar Terán “positivismo espiritualista” de Ingenieros.

Como recuerda Pita González, América Latina se convertiría en un tema privilegiado en las preocupaciones de Ingenieros. Si bien fue un puente entre el Novecientos y la nueva generación, el filósofo argentino cada vez se acercaría más a las nuevas posiciones que harían carne en los jóvenes de los años veinte. En 1920, por ejemplo, apoyaría a los jóvenes del Partido Socialista de su país y además postularía la adhesión de dicho partido a la Tercera Internacional y financiaría él mismo su órgano de prensa, Claridad, ubicado dentro de la labor que desarrollaba Barbusse y otros intelectuales desde Francia. La crítica que Ingenieros realizaba del panamericanismo sería central en el pensamiento de la generación posterior a la de él. Sus reflexiones se enraizaban en el antinorteamericanismo de su tiempo, que ya había sido expresado desde la poesía por Rubén Darío, desde el ensayo por Rodó y desde la poesía y la proclama por Martí.29 Faltaba la acción político-ideológica, que es lo que vendría en los años veinte y después. Ese puente es lo que explica que Ingenieros sea parte de las referencias tanto del Novecientos como de la generación radical.

Un ejemplo de lo anteriormente dicho es la correspondencia que le dirigiera el entonces joven pero ya destacado líder peruano Haya de la Torre (Trujillo 1895-Lima 1978), quien había llegado a Lima en 1918 procedente de su lugar natal, el departamento de La Libertad, en donde pudo observar de cerca la explotación de los hacendados azucareros al naciente proletariado agrícola. Influido primero por las ideas anarquistas (Manuel González Prada fue muy importante) y luego por el marxismo, Haya de la Torre tomaría la decisión de destacar como un líder político estudiantil. En la Universidad de San Marcos fue entrenándose para dirigir multitudes y, en su pretensión de unificar a los universitarios con trabajadores se enfrentó al gobierno de Leguía hasta que este lo desterraría en 1923. Fue el inicio de una prolongada vida política y de la constitución de la organización partidaria más importante del Perú: el Partido Aprista Peruano.

Basta dos misivas y una postal para que uno pueda percibir sin dificultad alguna la influencia que ejercía Ingenieros sobre Haya de la Torre, tanto por su ideas como por su ejemplo. En carta mecanografiada que el peruano le envía desde Lima el 11 de abril de 1920, cuando estaba al frente ―como presidente― de la Federación de Estudiantes del Perú, en donde lo llama “gran maestro argentino”, le solicita un cuadro autografiado para colgarlo en la galería del local de la agrupación de estudiantes universitarios. No sabemos la respuesta, pero es muy probable que Ingenieros haya respondido positivamente al pedido. En ese mismo año, precisamente, Ingenieros había publicado el libro Tiempos nuevos, que incluía un artículo titulado “La democracia funcional en Rusia” y que seguramente llegó a leer Haya de la Torre, influyendo profundamente en su pensamiento político. El líder peruano llegaría a proponer una democracia funcional, planteando la constitución de un Congreso económico que sentara a la misma mesa al Estado, a empresarios y trabajadores. Similar sería la propuesta de Belaunde, quien llamaba a un similar espacio de diálogo tripartito Consejo social y económico. Quizás este parecido de planteamientos llevaría a Haya de la Torre a ser excesivamente duro en su polémica con Belaunde; de otra forma no podría reclamar la originalidad que siempre buscó legitimar para sus forma de ver la constitución socio-política para el Perú.

Tres años más tarde, 1923, el joven Haya de la Torre ya había acaparado las primeras planas de los diarios por su enfrentamiento al gobierno autocrático de Augusto B. Leguía (1919-1930) resistiéndose a la consagración del país a la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, y buscando consolidar la acción conjunta de universitarios con emergente clase trabajadora. Dicha consagración, más que un acto religioso pretendía ser el sello de la alianza entre el presidente y los sectores de la iglesia católica más conservadora y reaccionaria. Haya de la Torre le envía entonces a Ingenieros una nueva carta ―en papel impreso con su nombre―, del 16 de junio de 1923, esta vez a mano, a la que acompaña, orgullosamente, los diarios que informan de su audacia política.

Ya Haya de la Torre había conocido personalmente a Ingenieros en 1922 luego de lo que denomina una “inolvidable visita” a Buenos Aires ―como estación inevitable en el recorrido que realizara como dirigente estudiantil además de Uruguay y Chile―,30 yaprovecha la oportunidad para pedirle algunas líneas para ser publicadas en el órgano de las Universidades Populares González Prada, Claridad, la cual, le dice, está asociada a la gran revista de Barbusse. Le pide especialmente un mensaje “de aliento a la agitación anticlerical que realiza para rendir la anacrónica e implacable tiranía que soportamos”. Lo que quiere Haya es el “apoyo moral” que una figura como la de Ingenieros le puede aportar para que su movimiento adquiriera mayor legitimidad. Nuevamente, lo llama “orgullosamente maestro”. Pero por la misma carta nos enteramos que el líder juvenil está escondido, pues luego de su arenga antigubernamental y anticlerical, el leguiismo lo estaba persiguiendo. Por esta razón, le pide a su corresponsal que le escriba al nombre de Eward Hey (la grafía del nombre es un poco difícil de descifrar) a la Casilla 930, perteneciente al Colegio Anglo-peruano, hoy San Andrés. No es casual que el futuro líder aprista se refugiara en dichas instalaciones pues su fundador y director, John Mackay,31 lo protegió e, incluso, lo incorporó como docente a su institución educativa.

Pero la represión leguiista no se rindió hasta que apresó a Haya de la Torre y lo enviara al exilio. Precisamente, en su viaje al destierro, desde Panamá, el peruano le enviaría a Ingenieros una postal (del 20 de octubre de 1923) con el escueto pero encomiástico mensaje: “Desde el primer alto de mi camino al destierro, envío al gran maestro mi saludo cordial”. Como respuesta, Ingenieros aceptó apoyar la publicación de las Universidades Populares González Prada, Claridad, y si bien no publicó artículo alguno en sus páginas su nombre apareció inscrito en el primer lugar en el recuadro de la portada titulado “Bajo los auspicios en América de…”, seguido de nombres como Eugenio Debs, Jorge F. Nicolai, José de Vasconcelos, Alfonso Goldchsmitd, Gregorio Berman, Carlos Vicuña Fuentes, Alberto Palcos, Ana Graves, Gabriela Mistral, Amanda Labarca, Alejandro Korn, Antonio Caso y Juan Enrique Lagarrigue. Dicha condición se mantuvo en cinco de los siete números que aparecieron, tanto bajo la dirección de Haya de la Torre como de la de Mariátegui.

Por su parte, José Carlos Mariátegui también manifestaba admiración por José Ingenieros. Seguramente lo atraía, entre otras cosas, el afán de conocimiento amplio del argentino, esfuerzo muy valorado por un autodidacta como Mariátegui. Proveniente del departamento de Moquegua, en donde nació en 1894, llegaría a Lima apenas iniciado el siglo XX para internarse en una clínica para tratarse del inicio de la enfermedad que lo llevaría a la muerte en 1930: tuberculosis a los huesos. Sin poder terminar los estudios primarios ingresó a trabajar al diario La Prensa en donde aprendió el oficio del periodismo. Pronto se convertiría en un líder de opinión y en 1919 viajaría a Italia a ocupar el mismo cargo que había ejercido antes su gran amigo Valdelomar. Retornaría al Perú en 1923 y desde entonces se convertiría en un lector de la realidad desde el mirador marxista. La unión del periodismo con el marxismo daría lugar a dos libros: La escena contemporánea (1925) y la gran obra del pensamiento social peruano, 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928). Como Ingenieros, Mariátegui también buscó incorporar en sus reflexiones distintas áreas de pensamiento lo que facilitaba la identificación intelectual. Por ello, no debe extrañar que el autor de El hombre mediocre fuera una referencia frecuente en sus artículos, sea para destacar sus reflexiones sobre la risa (“No en vano los hombres, desde Aristóteles hasta José Ingenieros han hecho exaltación y culto de la risa”),32 o para recordar su sentencia sobre la corrida de toros (“De los toros, dijo José de Ingenieros, que son la morfina de España. Es una gran verdad de Ingenieros”),33 por ejemplo, pero sobre todo para reconocerlo como maestro, al igual que Haya de la Torre. En su Primera conferencia, “La crisis mundial y el proletariado peruano”, del 15 de junio de 1923, afirmaría:

En el Perú, falta por desgracia, una prensa docente que siga con atención, con inteligencia y con filiación ideológica el desarrollo de esta gran crisis, faltan, asimismo, maestros universitarios, del tipo de José Ingenieros, capaces de apasionarse por las ideas de renovación que actualmente transforman el mundo y de liberarse de la influencia y de los prejuicios de una cultura y de una educación conservadora y burguesa…

Más aun, Mariátegui se consideraba un heredero de las preocupaciones de Ingenieros. En una entrevista para la revista Mundial, aparecida el 23 de julio de 1926, ante la pregunta: “¿Cree usted que el nuevo estado de espíritu a que alude Ingenieros se deja sentir entre nosotros?”, responde: “Ciertamente. Hay muchas señales de renovación espiritual e ideológica. Yo mismo no soy sino un síntoma”. Para Mariátegui, como para toda su generación en realidad, Ingenieros era un modelo de pensador que había que emular.34 Como homenaje al filósofo argentino con motivo de su muerte, Mariátegui escribiría: “Nuestra América ha perdido a uno de sus más altos maestros, José Ingenieros era en el Continente uno de los mayores representantes de la Inteligencia y el Espíritu”.35

No era para nada extraño que los jóvenes intelectuales y políticos peruanos se refirieran a Ingenieros como maestro. Él, Palacios y Vasconcelos se habían erigido, como ya he dicho, en los faros de la inteligencia de la nueva generación latinoamericana. Otro joven peruano, el ingeniero y escritor limeño Edwin Elmore Letts (1890-1925),36 conocido como “el soldado del ideal”, tomaría muy en serio el proyecto de la unidad de nuestros países hispanoamericanos (como prefería decir él). Para tal efecto, impulsaría, desde 1923, el Congreso Hispanoamericano de Intelectuales, el cual generó debate y discusiones. Mariátegui, por ejemplo, sostenía que lo primero que había que dilucidar era si existía realmente un pensamiento propio y original común a todos nuestros países. No obstante, la iniciativa de Elmore fue tomada con atención y se enmarcaba dentro de un nuevo clima intelectual y político que envolvía a América Latina. Esta posición acercaría a Elmore al educador mexicano Vasconcelos, quien ya hablaba de la “raza cómica”, y lo alejaba de posiciones chauvinistas como la del poeta, también peruano, Chocano, quien incluso sostenía que un antepasado de Elmore había sido un traidor a la patria en la Guerra del Pacífico. Chocano, además, era enemigo a muerte de Vasconcelos, a quien apoyaban los jóvenes centenaristas como Elmore. Los ánimos llegaron a caldearse a tal extremo que precisamente el día que fallecía Ingenieros en Buenos Aires, es decir, el 31 de octubre de 1925, justamente cuando se inauguraba la editorial Minerva de Mariátegui, Chocano le disparaba a Elmore el balazo fatal que lo llevaría a la muerte dos días después, el 2 de noviembre.

Elmore se sentía cercano espiritualmente a Ingenieros (del mismo modo a como lo hacía con Vasconcelos). Del 26 de enero de 1925 es la única carta que conocemos que Elmore le dirige a Ingenieros ―cuando estaba en Buenos Aires y se dirigía a Montevideo― y en donde le informa que a su regreso piensa instalar en Córdoba comités para la organización de su planeado congreso; pero además le pide que dirija cartas de recomendación a amigos uruguayos suyos para que se pongan en contacto con él para ir reuniendo esfuerzos con el fin de que dicho congreso resulte como se ha planeado.

Para 1923, el Perú vivía días políticos muy intensos caracterizados por la voluntad de Leguía enafirmar su poder autocrático, teniendo para ello que encarcelar a sus adversarios o enviarlos al exilio. Así sucedió tanto con los miembros del Novecientos como con los del Centenario. En ese año precisamente, Ingenieros (al lado de Gabriel Moreau y Aníbal Ponce, entre otros) fundaría su gran revista Renovación. Boletín de Ideas, Libros y Revistas (cuyo primer número saldría el 20 de enero de 1923) la cual tendría una vida prolongada, hasta 1930, es decir, incluso después de la muerte de Ingenieros. Es más, el maestro solo la dirigiría dos años, menos de un tercio de su existencia. En sus páginas escribirían Belaunde (lo que hace suponer que sí le “perdonó” su ironía en Madrid), Reynaldo Bolaños, Serafín del Mar, Carlos Manuel Cox, Eduardo Cuadros Pacheco, Honorio Delgado, los hermanos Francisco y Ventura García Calderón, Haya de la Torre, Luis Heysen, Antonio Herrero, Juan Merel, Magda Portal, Luis Fernán Cisneros, Manuel Seoane y Alberto Ulloa Cisneros. Como se puede apreciar, están presentes representantes tanto del pensamiento reformista del Novecientos como del radicalismo del Centenario.

Ingenieros mantuvo relación con otro intelectual peruano destacado, proveniente no de la filosofía ni de las ciencias sociales, sino de la medicina: Honorio Delgado. Este se ubica también en la generación del Centenario, pues nació en el año 1892 (en Arequipa; moriría en Lima en 1969).Destacó rápidamente por sus dotes intelectuales, y fue a la vez un divulgador e investigador acucioso. En 1916 ya había escrito su “Génesis y tratamiento de la demencia precoz”. Después presentaría su tesis de bachiller en ciencias naturales que tituló “Las grandes cuestiones de la herencia”. En la Facultad de Medicina de San Fernando se graduó de bachiller con una tesis original para su época, “El psicoanálisis”, en 1918, el mismo año que se recibió de médico profesional, destacando como el mejor alumno de su promoción. Delgado sería el introductor del psicoanálisis en el Perú. En el mencionado año, ingresaría a la Universidad de San Marcos como docente, y desde 1930 enseñaría psiquiatría.

Desde el año 1919, es decir, cuando se inicia su correspondencia con Ingenieros, Delgado había logrado que se enseñe psicología general en premédicas, y psicología médica como ciencia básica en medicina, pues lo que deseaba alcanzar era la “psiquiatrización de la enseñanza de la medicina”; ello solo lo pudo conseguir luego de derrumbar prejuicios y una forma de entender la medicina muy tradicional. Dos años más tarde, en 1921, sería integrado como miembro titular de la Academia Nacional de Medicina de Lima. Con este recorrido precoz —pero ya importante— Delgado se animaría a comunicarse con Ingenieros el 26 de junio de 1919 para enviarle su artículo “Los fenómenos biológico y social en la evolución psicológica”. Le pide al maestro que si lo encontraba digno, lo publicase en su Revista de Filosofía.37 La recepción de Ingenieros fue tan favorable que incluso escribe una nota a la colaboración de Delgado y no pierde la oportunidad para elogiar al mismo tiempo a otro científico peruano: Hermilio Valdizán.38 En carta del 3 de abril de 1920, Delgado le agradece emocionado las líneas elogiosas que Ingenieros les había dedicado. Javier Mariátegui (hijo menor del Amauta) describe así la relación que Delgado y Valdizán mantuvieron con el filósofo argentino:

José Ingenieros, en marzo de 1920, en su recordada Revista de Filosofía, dice: ‘Del Dr. Honorio F. Delgado recibimos una erudita monografía crítica sobre El Psicoanálisis, que, por su mismo asunto, le ha permitido demostrar una vez más las inclinaciones filosóficas de su temperamento...’. Y, comentando la aparición de la Revista de Psiquiatría y Disciplinas Conexas, en la misma fecha, sostiene: ‘Marcará una época en el desenvolvimiento científico e intelectual del Perú la eximia revista de psiquiatría que aparece trimestralmente en Lima, desde julio de 1918. Los trabajos de su director, Hermilio Valdizán, nos son conocidos desde hace muchos años, pues honró con su colaboración a los Archivos de Psiquiatría y Criminología; los de Honorio F. Delgado, redactor jefe, han sido ya gustados por los lectores de la Revista de Filosofía’... ‘Estos dos hombres jóvenes, preparadísimos, con la mente serena por el estudio y el corazón henchido de entusiasmo, dan un alto ejemplo a la juventud de América, no sabríamos qué loar más en ellos, si el robusto pensamiento o la actividad infatigable’... ‘En pocos años han enriquecido (se refiere también a Valdizán), la bibliografía científica peruana con varias decenas de monografías, casi siempre excelentes; además, dicho sea en su honor, han sabido conservar una amplitud de horizontes y de métodos que da al conjunto de su obra una significación propiamente filosófica’... ‘Mas que dar una simple información bibliográfica hemos querido, con estas líneas, señalar a la atención de los estudiosos la obra eficaz de estos dos hombres de ciencia, seguramente capaces de promover un activo movimiento de ideas en su país. Les bastará constancia en el esfuerzo para formar escuela’.39

El 25 de setiembre de 1920, Delgado, entre otras novedades editoriales, le pide a Ingenieros algo que le puede parecer en principio un exceso: que escriba unas líneas de prólogo a un pequeño libro suyo compuesto por artículos que ha escrito para el lector no familiarizado en temas médicos. Por nueva carta de Delgado deducimos que al parecer Ingenieros le promete escribir un prólogo pero más adelante, para una futura obra, lo que despierta en Delgado una onda de admiración y gratitud llamándolo “Ilustre maestro”: “Ojalá que la fuerza de admiración al modelo haga que pueda hacer algo comparable a una sola de las muchas y grandes obras del gran argentino” (Lima, 4 de febrero de 1921). Ingenieros envió una nota elogiosa refiriéndose a Delgado que ―después de un tiempo que el peruano consideraba excesivo― fue publicado en la revista Mercurio Peruano y le ofrece publicar la nota en la Revista de Psiquiatría y Disciplinas Conexas (Lima, 11 de julio de 1921).40

La última carta que se conoce de Delgado, del 8 de julio de 1924, es sumamente importante, pues le informa al maestro que Manuel Seoane, a la sazón presidente de la Federación de los Estudiantes Universitarios del Perú, había sido expulsado del país por la autocracia de Leguía, y que ha elegido “como lugar de destierro” a Argentina. Cierra sus breves líneas de la siguiente manera: “La personalidad de Seoane y su actividad heroica orientada por ideales de que es Ud. eminente propugnador, hacen baldía la presentación por tercera persona; he querido, sin embargo, tener el placer de condicionar este conocimiento personal, que será grato para ambos y fecundo para el futuro de nuestra causa”. Y así fue, en efecto, Ingenieros y Seoane llegaron a congeniar. Seoane es un miembro joven de la generación del Centenario, pues había nacido en 1900 (como Luis Alberto Sánchez, es decir, era seis años menor que Mariátegui y cinco que Haya de la Torre). Fue un destacado dirigente estudiantil que, incluso, le ganó las elecciones de la Federación de Estudiantes al mismísimo Haya de la Torre en 1923, pero como este sufría la persecución de Leguía, Seoane le otorga la presidencia como un acto de generosidad y de apoyo político, aunque nada impidió que fuera deportado ese año. En 1924, sería el propio Seoane quien partiría al exilio, a Buenos Aires, en donde coincidiría con otros desterrados peruanos, como Luis Fernán Cisneros quien en 1921, junto a Víctor Andrés Belaunde, fue expulsado del Perú por el propio Leguía. Con otros peruanos, como Óscar Herrera, Eudocio Ravines, Luis Heysen y Ernesto Cornejo Koster, Seoane formaría la célula aprista de dicha ciudad. La inteligencia de Seoane y su sagacidad política hicieron que en 1928 asumiera tanto la dirección de Renovación como la secretaría general de la ULA.41

La colaboración de los peruanos en Renovación fue abundante y constante, así como continúa la información sobre la situación política del Perú, especialmente sobre la lucha de la juventud universitaria en contra del gobierno de Leguía (José Vasconcelos y su “Mensaje a estudiantes”, o Carlos Sánchez Viamonte con “Impresión del Perú”, aparte de una crítica a Leguía). En varias oportunidades, Renovación reproduce artículos publicados en revistas peruanas, especialmente Mercurio Peruano (Alberto Ulloa Cisneros sobre Ruy Barbosa, o de John Mackay con “Los intelectuales y los tiempos nuevos”) pero también de Córdoba (Haya de la Torre y su balance sobre la “Situación estudiantil del Perú”, que apareció al lado de la colaboración de su protector Mackay, en setiembre de 1923, es decir, en vísperas de ser desterrado). Sin el ánimo de ser exhaustivo menciono algunos otros colaboradores peruanos, como Ventura García Calderón (sobre Leopoldo Lugones y sobre un libro de N. Pacheco, por ejemplo); Víctor Andrés Belaunde (“El arbitraje obligatorio”),o de Honorio Delgado (con “Enigma psicológico de Hamlet”). Pero más copiosa es la presencia de los dirigentes universitarios encabezados por Haya de la Torre. Su presencia sería una costumbre en Renovación, tanto que se puede decir que esta publicación fue una tribuna de propaganda aprista, aun conformado como frente amplio y no como partido político. Solo por mencionar algunos títulos, Haya de la Torre ofrecería unas “Declaraciones”, y publicaría “Amenazas de la tiranía en el Perú”, “La bandera de la nueva generación”, “Devoción por Lenin”, “Literatura imperialista”, “La prensa y la Revolución Rusa”, y al alimón con Manuel Seoane, “Dos cartas a Rabindranath Tagore”. El propio Seoane dejaría su huella con “Nueva generación peruana”, “Carta de solidaridad” y “Proclama de estudiantes”. Otros autores de la generación centenarista presente serían el Presidente del Centro Universitario de La Libertad, Luciano Castillo con “El movimiento de reforma estudiantil en la Universidad de Trujillo”42 y Edwin Elmore (“Esfuerzo civilista del Perú”). Luego que este muriera, la publicación le rendiría homenaje junto a su fundador, Ingenieros.

En la ruptura entre Mariátegui y Haya de la Torre ―1928―, Seoane se iría con este, aunque nunca llegaron a constituir una relación exenta de conflictos. Por el contrario, Haya de la Torre, al parecer, tenía celos de la gran oratoria y carisma de Seoane, apodado “El Cachorro”, y siempre lo consideró un adversario dentro del aprismo. Es posible que el recuerdo de que Seoane le haya vencido en las elecciones estudiantiles nunca fuera olvidado por el fundador del APRA, que la impronta de ese momento fundacional direccionara sus decisiones frente al temor de volver a perder ante su compañero/rival. Al final de cuentas, Haya de la Torre debió gran parte de su legitimidad inicial como dirigente universitario a una concesión de Seoane; su orgullo debió sentirse menoscabado. Las tensiones entre ambos llegaron al extremo del apartamiento de Seoane del Partido Aprista, pues no estuvo de acuerdo con la cercanía que Haya de la Torre propiciaba con la oligarquía, su otrora enemiga mortal. Al morir Seoane, en 1963, el cortejo fúnebre fue multitudinario, el más grande que se había visto en Lima hasta ese momento.

Para 1925 reencontramos nuevamente el intercambio epistolar entre Ingenieros y García Calderón. La última carta que conocemos de este a su colega argentino data de París, el 28 de junio de 1925, pocos meses antes a la muerte del pensador argentino, ocurrida el 31 de octubre, cuando solo contaba con 48 años. En ella lo invita a pasar por su casa a tomar el té, pero en la Post Data le informa que los miembros de la France Amérique le han pedido nombres de algunas personalidades para una próxima fiesta que van a ofrecer; García Calderón, obviamente, dio el de Ingenieros. Justo al día siguiente, el 29 de junio, Ingenieros presidiría, en París, una asamblea antimperialista que contaría con la presencia de destacados personajes, como José Vasconcelos, Víctor Raúl Haya de la Torre, Miguel de Unamumo, Manuel Ugarte, Alcides Arguedas, Miguel Ángel Asturias, entre otros.

No hubo tiempo para más, Ingenieros moriría dejando una vida breve y fecunda, logrando convertirse, sin dudas, en un maestro de la juventud latinoamericana que buscaba cambiar radicalmente el estado de cosas, eliminar el poder de las oligarquías tradicionales y mirar la vida, la política, la cultura, desde las clases populares y en un sentido moderno. Los intelectuales como iluminadores, los que proveían claridad a los nuevos sujetos sociales y políticos que reclamaban su lugar en nuestras naciones.

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Ingenieros pasó de estudiar al individuo a preocuparse por la colectividad, en este caso, por los países latinoamericanos. Y en ese trayecto fue incrementando su influencia sobre los pensadores de las primeras décadas del siglo XX en nuestros países. El caso de los peruanos es solo uno pero representativo de la importancia que adquirió la figura y la obra del filósofo argentino. Como hemos podido observar, el crédito de Ingenieros fue patente tanto entre los intelectuales del Novecientos —especialmente en García Calderón— como entre los ideólogos del Centenario, quizás más en Haya de la Torre que en Mariátegui. En el camino, Ingenieros fue constituyendo una red de amistades, lectores y discípulos peruanos que, sumadas a otras redes, hicieron de nuestros países un espacio transfronterizo de constitución de un campo intelectual en ciernes, que los sucesos posteriores (la crisis económica, el advenimiento de regímenes autoritarios auspiciados por el imperialismo estadounidense, la Segunda Guerra Mundial, entre otros) se encargaron de abortar. Ingenieros, como he tratado de demostrar, no fue “patrimonio” exclusivo de una generación, sino que fue una referencia transversal a ambas (la novecentista y la centenarista), potenciando por eso mucho más su importancia en el pensamiento social peruano.



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