Del socialismo utópico al socialismo científico



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Sólo se puede transformar lo que se ha llegado a conocer inequívocamente

<> (F. Engels: “Del socialismo utópico al socialismo científico” Obras Escogidas Ed. Progreso/1986. Cap. III Pp. 154-155. Versión digitalizada ver Pp. 70).

Señor Adovale:



En su mensaje fechado el pasado día 03 de mayo, comenzó Ud. diciéndonos que había leído “algunos materiales” de nuestra página, acerca de lo sucedido en Rusia desde la caída del zarismo entre febrero de 1917 y la debacle de la URSS en 1989, lectura de la cual sacó la siguiente conclusión:

<

El socialismo, para triunfar tiene que ser protagónico, autogestionario y ampliamente democrático. No puede ser, como ustedes siguen afirmando que debe ser dirigido por un partido único.

El nombre de la URSS se basaba en cuatro grandes falacias: no había una unión verdadera de iguales, no estaban organizados como repúblicas, no eran verdaderamente socialistas y mucho menos eran soviéticas ya que no desarrollaron el poder comunal.

Les recomiendo lean en mi blog: adovale.cubava.cu "En defensa del Socialismo" las premisas fundamentales para el desarrollo del verdadero socialismo, el de Marx y Engels, el de Rosa Luxemburgo, y el de tantos luchadores que han ofrendado sus vidas por la causa del proletariado>>.
El pasado mes de abril de 2017 publicamos el capítulo 16 de nuestro trabajo que vamos completando por entregas periódicas titulado: Marxismo y Stalinismo a la luz de la historia”. Allí describimos la situación de la Rusia imperial como un país que, desde principios del Siglo XX, era una de las cinco grandes potencias europeas junto a Inglaterra, Alemania, Francia y Austria-Hungría, Pero que como el imperio austro-húngaro, seguía siendo un país de atraso relativo cuya burguesía no estaba en condiciones de exportar capitales. Al contrario, era exclusivamente receptor procedente de esas otras tres grandes potencias imperialistas, en el sentido más moderno y económicamente desarrollado de la expresión:

<[económica y financiera] casi colonial en que se hallaba Rusia con respecto al imperialismo extranjero y principalmente del francés. La Banca de Petrogrado en vísperas de la guerra, disponía de un capital aproximado de 8.000 millones y medio de rublos; la participación extranjera en este capital era la siguiente: banca francesa, 55%; inglesa, 10%; alemana, 35%. Los establecimientos financieros del extranjero controlaban, por medio de los grandes bancos rusos, la metalurgia rusa en proporciones que oscilaban entre el 60 y el 88%; la fabricación de locomotoras, en la proporción de... 100%; los astilleros, en un 96%; la fabricación de máquinas en un 68%; la producción carbonífera en un 75%, y la petrolífera en un 60%.

También salta a la vista el carácter casi colonial de la industria rusa por el siguiente hecho: la producción de medios de producción —máquinas y equipo— ocupaba un lugar secundario. La guerra no hizo sino aumentar la dependencia en que se encontraba Rusia con respecto a los imperialismos aliados [Francia, Inglaterra y Alemania], a los que durante las hostilidades [de la primera guerra mundial] tuvo que pedir prestados 7.000 millones y medio de rublos oro (más de 20.000 millones de francos>>. (V. I. Lenin: “Acerca de la consigna de los Estados Unidos de Europa”. Publicado por primera vez en “El socialdemócrata de Zurich” el 23 de agosto de 1916. Citado por Víctor Serge en: “El año I de la Revolución Rusa” Pp. 140/41.Lo entre corchetes nuestro).
El “imperio” ruso era, pues, el eslabón más débil de la cadena imperialista. Y por ahí, precisamente, debió romperse y se rompió esa cadena en 1917, cuando el proletariado logró sacudirse a la monarquía zarista entre febrero y octubre de ese mismo año. Pero justamente por eso, en enero de 1918 la Rusia soviética fue el primer país en acusar con más intensidad el desgaste de haber sufrido la destrucción material y la muerte masiva durante 40 meses de conflicto bélico internacional entre países capitalistas durante la Primera Guerra Mundial:

<]. “Habían quedado abandonados en el frente más de dos mil cañones”, hace notar M. N. Pokrovski. Por parte de los Rusos había quedado terminada la guerra>>. (Op. cit. Pp. 151).
Bajo semejante situación económica tan precaria y con sus fuerzas combatientes tan mermadas, era del todo imposible para el pueblo ruso haber podido atravesar la necesaria transición del capitalismo al comunismo. Y es que, al contrario del capitalismo —que no ha podido recorrer el limitado periplo de su historia sin pasar en cada caso por el necesario retroceso de la inversión productiva generado por cada crisis periódica cíclica—, el socialismo revolucionario sólo puede sostenerse a caballo del progreso económico ininterrumpido, generado en condiciones de paz por la fuerza productiva del trabajo social emancipado de la explotación capitalista. Con el agravante de que durante aquella circunstancia bélica de la guerra civil entre 1918 y 1923, el ejército rojo soviético debió enfrentarse al denominado “movimiento blanco”, tendente a reinstaurar la monarquía zarista apoyada por EE.UU., Francia, Japón y el Imperio Británico.

Y el caso que ahora nos ocupa es que, para explicar estas circunstancias históricas y a juzgar por sus propias palabras, asumió Ud. la misma errática posición que los por entonces llamados “comunistas de izquierda” en sus autoproclamadas “tesis sobre la situación actual”. Y así lo dejó Lenin negro sobre blanco el 20 de abril de 1918:



<comprendido la esencia misma de la “situación actual”, el tránsito de la confiscación (para realizar la cual se requiere sobre todo decisión del político) a la socialización (para realizar la cual se requiere del revolucionario otra cualidad).

Ayer la tarea principal del momento era nacionalizar, confiscar, abatir y aniquilar a la burguesía y terminar con el sabotaje; todo con la mayor decisión posible. Hoy sólo los ciegos no ven que hemos nacionalizado, confiscado, abatido y terminado más de lo que hemos tenido tiempo de calcular. La diferencia entre la socialización y la simple confiscación está en que es posible confiscar sólo con “decisión”, sin la capacidad de calcular y distribuir correctamente, mientras que sin esta capacidad [de calcular para distribuir] no se puede socializar.

Nuestro mérito radica en que fuimos ayer (y lo seremos mañana) decididos al confiscar, al aniquilar a la burguesía y terminar con el sabotaje (…) En esta situación, lanzar frases como “la más decidida política de socialización”, “aniquilar”, “terminar definitivamente”, equivale a errar el blanco. Es típico de los revolucionarios pequeñoburgueses no advertir que para el socialismo, no basta con aniquilar, terminar, etc.; eso es suficiente para el pequeño propietario, enfurecido contra el grande. Pero el revolucionario proletario no caerá jamás en semejante error.

Si las palabras citadas provocan una sonrisa, el descubrimiento hecho por los “comunistas de izquierda”, o sea, que la República Soviética se halla amenazada por una “desviación bolchevique de derecha”, por una “evolución hacia el capitalismo de Estado”, provoca, en cambio, risas homéricas. ¡Pues sí que estamos asustados! Y con cuanto afán estos “comunistas de izquierda” repiten esta tremenda revelación en sus tesis y artículos…

Pero no se les ha ocurrido que, comparando con el actual estado de cosas en nuestra República Soviética, el capitalismo de Estado sería un paso adelante. Si dentro de seis meses aproximadamente se implantara el capitalismo de Estado en nuestra República, sería un éxito enorme y la más segura garantía de que dentro de un año el socialismo se consolidaría definitivamente en nuestro país y se haría invencible.

Me imagino con qué noble indignación rechazarán los comunistas de izquierda estas palabras y qué “demoledora crítica” presentarán ante los obreros con respecto a la “desviación bolchevique de derecha”. ¿Cómo? ¿En la República Socialista Soviética la transición al capitalismo de Estado sería un paso adelante? ¿No es eso una traición al socialismo?

Aquí llegamos a la raíz del error económico de los “comunistas de izquierda”. Y por lo tanto debemos examinar con más detalle este punto.

En primer lugar, los “comunistas de izquierda” no comprenden en que consiste exactamente esa transición del capitalismo al socialismo que nos da el derecho y el fundamento de llamar a nuestro país República Socialista de Soviets.

En segundo lugar, ponen de manifiesto su mentalidad pequeñoburguesa precisamente al no reconocer el elemento pequeñoburgués como principal enemigo del socialismo en nuestro país.

En tercer lugar, haciendo un espantajo del capitalismo de Estado, demuestran no comprender la diferencia económica entre el Estado soviético y el Estado burgués.

Analicemos estos tres puntos.

Probablemente ninguna persona, al estudiar el problema del sistema económico de Rusia, ha negado su carácter transitorio. Probablemente, tampoco comunista alguno ha negado que la expresión República Socialista Soviética, presupone la decisión del poder soviético de realizar la transición al socialismo, y que el nuevo sistema económico sea considerado socialista.

¿Pero, que significa la palabra “transición? En lo que atañe a la economía, ¿no significa acaso que la economía actual contiene elementos, partículas, fragmentos, tanto de capitalismo como de socialismo? Cualquiera reconocerá que sí. Pero no todos, al reconocerlo, se toman el trabajo de reflexionar sobre qué elementos realmente constituyen las diferentes estructuras económico-sociales que existen en Rusia en el momento actual. Y esta es la clave de la cuestión.

Enumeremos estos elementos:

1) patriarcal, es decir, en grado considerable una economía campesina natural;

2) pequeña producción mercantil (aquí figuran la mayoría de los campesinos que venden el cereal);

3) capitalismo privado;

4) capitalismo de Estado;

5) socialismo

Rusia es tan grande y variada, que todos estos diferentes tipos de estructura económico-social están entrelazados. Justamente en eso radica el rasgo específico de la situación.

El interrogante que se plantea es: ¿Cuáles son los elementos que predominan? Claro está que un país de pequeños campesinos predomina, y no puede dejar de predominar, el elemento pequeñoburgués; la enorme mayoría de los agricultores son pequeños productores de mercancías. La envoltura exterior del capitalismo de Estado (monopolio de los cereales, empresarios y comerciante sometidos al control estatal, cooperativistas, burgueses) es desgarrada en una u otra parte por los especuladores y el principal objeto de especulación son los cereales.

La lucha fundamental se libra precisamente en este terreno.

¿Entre qué elementos se libra esta lucha, hablando en términos de categorías económicas tales como “capitalismo de Estado? ¿Entre la cuarta y quinta categorías en el orden que acabo de enumerar? Por supuesto que no. No es el capitalismo de Estado el que lucha contra el socialismo, sino la pequeñoburguesía más el capitalismo privado, que luchan tanto contra el capitalismo de Estado y contra el capitalismo de Estado como contra el socialismo. La pequeñoburguesía se resiste a toda intervención del Estado, a todo registro y control. Ya sea capitalista de Estado o socialista de Estado. Es un hecho real, absolutamente irrefutable, y la raíz del error económico de los “comunistas de izquierda” es no comprenderlo. El especulador, el agiotista, el que entorpece el monopolio: ese es nuestro principal enemigo “interno”, el enemigo de las medidas del poder soviético.

Si hace 125 años, en la pequeñoburguesía francesa, en los más fervorosos y sinceros revolucionarios, era disculpable la aspiración de aniquilar a los especuladores ajusticiando a unos pocos “escogidos” y haciendo atronadoras arengas, en cambio en la actualidad, la actitud puramente retórica hacia el problema que observamos en los eseristas de izquierda sólo puede provocar asco y repulsión en todo revolucionario políticamente consciente.

Sabemos muy bien que la base económica de la especulación es la capa de los pequeños propietarios, extraordinariamente vasta en Rusia, y el capitalismo privado, que tiene un agente en cada pequeñoburgués. Sabemos que millones de tentáculos de esta hidra pequeñoburguesa aferran, aquí o allá a diversos sectores obreros, y que la especulación penetra en todos los poros de nuestra vida económico-social en lugar del monopolio de Estado.

Quien no ve esto manifiesta que es esclavo de prejuicios pequeñoburgueses. Así ocurre exactamente con nuestros “comunistas de izquierda”, quienes de palabra son enemigos implacables de la pequeñoburguesía (yen su convicción muy sinceros, desde luego), pero en los hechos sólo ayudan a la pequeña burguesía, sólo defienden a este sector de la población y sólo expresan sus intereses cuando luchan —¡en abril de 1918!— contra ¡“el capitalismo de Estado”! ¡Vaya un modo de errar el tiro! (V. I. Lenin: “El infantilismo ‘de izquierda’ y la mentalidad pequeñoburguesa” Apartado III. Obras completas T. XXIX Ed. Akal/1978 Pp.87-90. Versión digitalizada. El subrayado y lo entre corchetes nuestro).
El concepto de “capitalismo de Estado” en el contexto de la realidad emergente que finalmente se impuso en Rusia entre Febrero y Octubre de 1917, no tuvo nada que ver con lo que Ud. ha muy malinterpretado, señor Adovale. La revolución de febrero fue de carácter puramente político y tuvo su causa más inmediata en las consecuencias de la Primera Guerra Mundial, un movimiento social revolucionario que sobrevino de manera totalmente espontánea, cuando la población de San Petersburgo se rebeló ante la escasez de alimento en esa ciudad, circunstancia que acabó por derribar a la monarquía absoluta del Zar Nicolás II y su gobierno. En cambio, la de octubre fue una revolución social en la que los bolcheviques, además de acabar con la guerra firmando la paz con Alemania en la ciudad de Brest Litovsk, procedieron a colectivizar las tierras, estatizar la banca y establecer el control obrero estatal en las fábricas con más de 5 empleados, en un país donde todavía el gran capital estaba en proceso de formación.
Fue una revolución social que naturalmente respetó a la llamada producción mercantil simple, a cargo de los pequeños campesinos y artesanos industriales propietarios de sus herramientas, que no explotaban trabajo ajeno. Por su naturaleza, la producción mercantil simple tiene un doble carácter: Como quiera que se basa en la propiedad privada sobre los medios de producción, el pequeño campesino o el artesano es un propietario y esto le aproxima al capitalista. Pero por otra parte, tiene la raíz de su existencia en el trabajo personal como simple trabajador por cuenta propia sin personal explotado a su servicio, y esta condición social le aproximó políticamente al proletariado. He aquí el germen de lo que llegó a ser en Rusia el “capitalismo socialista de Estado” —sin duda en franco tránsito hacia el comunismo—, que Ud. ha confundido con el capitalismo liberal, donde el Estado (burgués) no controla ni planifica nada. En cambio, el Estado soviético, que pasó a ejercer el control y registro sobre los medios de producción, es decir, el capitalismo de Estado proletario, fue en aquella emergencia la perspectiva política casi segura en franco proceso hacia el socialismo. Y así lo explicó Lenin:

<<…Supongamos que un determinado número de obreros produce en varios días una suma de valores igual a 1.000 [unidades monetarias]. Sigamos suponiendo que de este total, 200 se pierden por causa de la pequeña especulación, diversos tipos de peculado y la “infracción” a decretos y reglamentos soviéticos por parte de los pequeños propietarios [explotadores de trabajo ajeno]. Todo obrero políticamente consciente diría: si pudiéramos obtener orden y organización mejores al precio de 330 de los 1.000, daría gustoso 300 en vez de 200, pues será bien fácil bajo el poder soviético reducir más adelante ese tributo, digamos a 100, a 50, una vez que el orden y la organización hayan sido establecidos y el sabotaje pequeñoburgués al monopolio estatal definitivamente eliminado.

Este sencillo ejemplo numérico —deliberadamente simplificado al máximo para hacerlo absolutamente claro— explica la actual correlación [histórica] entre el capitalismo de Estado y el socialismo. El poder estatal se encuentra en manos de los obreros; ellos tienen por completo la responsabilidad jurídica de “tomar” íntegros esos mil, sin entregar un solo kopek como no sea para una finalidad socialista. Esta posibilidad legal, apoyada en el paso efectivo del poder a los obreros, constituye [en perspectiva] un elemento de socialismo.

Pero el elemento de pequeños propietarios y el capitalismo privado socavan esta posición legal, introducen la especulación, entorpecen el cumplimiento de los decretos soviéticos. El capitalismo de Estado sería un gigantesco paso adelante, incluso si (y tomé a propósito un ejemplo numérico para mostrarlo con más nitidez) pagamos más que ahora, porque vale la pena pagar por el “aprendizaje”, porque es útil para los obreros, porque lo más importante es la victoria sobre el desorden, la ruina económica y la incuria; porque la continuación de la anarquía del pequeño propietario [explotador de trabajo ajeno] es el mayor y más serio peligro, que incuestionablemente nos hará sucumbir (si no lo vencemos nosotros), mientras que el pago de un tributo mayor al capitalismo de Estado no sólo no nos hará sucumbir, sino que nos llevará al socialismo por el camino más seguro. Cuando la clase obrera haya aprendido a defender el sistema estatal contra la anarquía del pequeño propietario, cuando haya aprendido a organizar la gran producción en escala nacional, tomando como base los principios del capitalismo de Estado, tendrá en sus manos —perdonen la expresión— todos los triunfos, y la consolidación del socialismo estará asegurado>>. (Op. Cit. Pp. 91-92).
Así las cosas, el hecho de que el proceso revolucionario en la incipiente Rusia soviética se haya malogrado, en modo alguno debe atribuirse al capitalismo socialista de Estado, señor Adovale. Y para ratificar esta verdad irrebatible Lenin recurrió en aquellos tiempos al ejemplo de Alemania:

<subordinados al imperialismo junker burgués. Supriman las palabras en cursiva y en lugar del Estado militarista, junker, burgués, imperialista, pongan también un Estado, pero de tipo social diferente, de diferente contenido de clase, un Estado soviético, es decir, un Estado proletario, y obtendrán la suma total de las condiciones necesarias para el socialismo.

El socialismo es inconcebible sin la gran técnica capitalista basada en los últimos descubrimientos de la ciencia moderna. Es inconcebible sin una organización estatal planificada, que someta a decenas de millones de personas al más estricto cumplimiento de una norma única en la producción y distribución de los productos. Nosotros, los marxistas, siempre hemos afirmado esto y no vale la pena gastar dos segundos en hablar de ello a personas que ni siquiera lo entienden (los anarquistas y una buena mitad de los de los eseristas de izquierda).

El socialismo es inconcebible, además, sin la dominación del proletariado en el Estado; esto también es el abecé. Y la historia (de la que nadie, excepto quizás los tontos mencheviques de primera categoría, esperaba que produjera el socialismo “integral” de manera fácil, tranquila, suave y simple) ha ido tomando un curso tan peculiar, que en 1918 dio a luz dos mitades inconexas de socialismo que existían una al lado de la otra como dos futuros pollitos en el cascarón único del imperialismo internacional. En 1918 Alemania y Rusia son la encarnación evidente de la realización material de las condiciones económicas, productivas y socioeconómicas del socialismo, por un lado [en Rusia], y de las condiciones políticas [pro imperialistas del capitalismo en Alemania] por el otro.

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