Democracia participativa y Proyecto Alternativo de Nación en Morena en México



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Democracia participativa y Proyecto Alternativo de Nación en Morena en México.

(Borrador versión reducida)

Carlos Figueroa Ibarra.


  1. El autoritarismo neoliberal. Luchando por la democracia liberal y representativa, soñando con la democracia participativa.

En las elecciones de 2006, el movimiento encabezado por López Obrador, la Coalición por el Bien de Todos alcanzó de acuerdo a las cifras oficiales poco más de 14.756, 350 votos mientras que Felipe Calderón habría alcanzado 15.000, 284. Una diferencia mínima de 244 mil votos (0.56% del total de votos). Se expresó nuevamente la tendencia, salvo unas cuantas excepciones, de que los estados del norte del país votaron por la derecha neoliberal encabezada por Calderón mientras que los del sur lo hicieron por la izquierda antineoliberal. En las elecciones de 2012 López Obrador, esta vez encabezando la coalición Movimiento Progresista, obtuvo más de un millón de votos adicionales (15.899,999) pero la derecha neoliberal esta vez representada por Enrique Peña Nieto y una coalición encabezada por el PRI, obtuvo 4 millones más (19.226,784). A diferencia de 2006, el triunfo en los estados estuvo dividido entre los del norte que votaron por la coalición priísta, buena parte de los del sur que votaron por el Movimiento Progresista y los estados que dan hacia el Golfo de México que lo hicieron por el PAN.1 En esta ocasión la estrategia para derrotar a López Obrador fue la compra masiva de votos sobre todo en las regiones de población más pobre y por tanto más vulnerable. Además de las despensas (bolsas con artículos básicos de consumo) se observaron los monederos electrónicos (vales para comprar artículos de consumo) repartidos masivamente entre la población como una suerte de soborno para asegurar el voto para el PRI (Herrera, 2012; Redacción Aristegui Noticias, 2012). En pocas palabras, como dijo una afiliada a Morena “si en el 2006 nos robaron la elección, en el 2012 nos la compraron”.2

Contrariamente a lo pregonado por la ideología neoliberal, el empobrecimiento, desigualdad y despojo que genera el neoliberalismo no es algo que genere las mejores condiciones para la democracia liberal y representativa. El pensar a la ciudadanía como un conjunto de derechos entre los cuales estarían los sociales como lo hizo T.H. Marshall en sus famosas conferencias sobre ciudadanía y clase social en Cambridge en 1949 (publicadas en 1950) (Marshall, 1950), sólo era posible hacerlo en el contexto del capitalismo fordista keynesiano y el Estado de bienestar. Desde hace más de 30 años el capitalismo neoliberal al desmantelar la previa fase de acumulación y el Estado que le correspondía ha ido desciudadanizando a amplios sectores de la población al irles quitando en los hechos sus derechos civiles, políticos y sociales. Desde una perspectiva posmoderna Boaventura Sousa Santos ha expresado la crisis del contrato social de la modernidad que tuvo su esplendor en el Estado de bienestar del centro del sistema mundial y en el desarrollista de su periferia y semiperiferia (Santos, 2004: 7). Vivimos hoy una situación “precontractualista” y otra “poscontractualista” caracterizada la primera porque hay sectores sociales que hubieran podido ser incorporados al contrato social y ya no lo serán y sectores que ya lo estaban, es muy probable que terminarán siendo excluidos del mismo. Más que hacia la profundización de la democracia hacia donde nos dirigiríamos sería hacia un fascismo societal caracterizado por la pérdida de derechos al mismo tiempo que “no se sacrifica a la democracia” (Santos, 2004: 15, 21-28). Desde una perspectiva marxista Harvey preconiza la continuidad del capitalismo neoliberal a través de la degradación progresiva del planeta, el empobrecimiento de masas, el aumento de las desigualdades, la intensificación de una vigilancia policial totalitaria, el control militarizado y la existencia de una “democracia totalitaria” que ya estamos viviendo (Harvey, 2014: 217,282). Usando la metáfora que alguna vez usó Gramsci, el orden neoliberal esconde en el pañuelo de seda de la democracia el puñal de acero del autoritarismo y la represión.

La gran paradoja de las luchas antineoliberales en el mundo y particularmente en México ha sido que buena parte de su contenido ha sido por que sea realidad la democracia liberal y representativa y los derechos civiles y políticos (el estado de derecho) que le acompañan. No es menor que en su último libro López Obrador haga un parangón entre la situación actual y lo que se vivía en México durante la dictadura de Porfirio Díaz (1876-1911): hoy como ayer dice López Obrador se vive un autoritarismo acompañado de corrupción, desigualdad y opulencia cuyo proyecto es la entrega de los recursos naturales y bienes colectivos a un grupo de particulares nacionales y extranjeros (López Obrador, 2014: 13) Fue esto lo que sucedió en el transcurso de 2004 y 2005 cuando cientos de miles de ciudadanos lucharon contra el desafuero de López Obrador. En el proceso que le antecedió, miles de personas se manifestaron el 14 de julio de 2004 en “la marcha de las cien horas” en la capital del país y en diversos estados del país; el 29 de agosto de ese mismo año, en “la marcha contra el desafuero” aproximadamente 450 mil personas inundaron la plaza central (el Zócalo) de la capital del país y calles aledañas. Después del desafuero consumado el 7 de abril de 2005, el 24 de ese mes, se convocó a “la marcha del silencio”, a la cual concurrirían un millón 200 mil personas mientras que al mismo tiempo se realizaban mítines y marchas frente a sedes de palacios de gobierno o congresos locales una decena de estados en el país. El gobierno de Vicente Fox comenzó a enfrentar una crisis de legitimidad. Peor aún, el descontento popular comenzó a expresarse en un liderazgo incontenible que podría tener consecuencias imprevisibles en el proceso electoral de 2006. El 28 de abril, Fox anunció la “renuncia” del instrumento del desafuero, el Procurador General y un procedimiento para dejar sin efecto el desafuero (Figueroa y Moreno, 2008: 34-35). El movimiento encabezado por López Obrador y sus aliados lograron una victoria democrática que se expresaba en el derecho de todo ciudadano de elegir y ser electo y el derecho pluralista a participar de todas las corrientes políticas. Como se ha dicho líneas atrás, la alternancia neoliberal se podía permitir en un esquema unidimensional (las dos variantes neoliberales: PRI y PAN) pero resultaba intolerable una alternancia en la que triunfara una voluntad posneoliberal.



En lo que se refiere a sus raíces más próximas, Morena las tiene en la insurgencia electoral que surgió en 1987 y se extendió en 1988 con el Frente Democrático Nacional encabezado por Cuauhtémoc Cárdenas. Todavía más recientemente hay que mencionar el establecimiento de “las redes ciudadanas” que a partir del 2004 se extendieron por todo el país y que imbricadas con las bases de los partidos que apoyaron a López Obrador, fueron la infraestructura social del movimiento electoral de 2006. El controversial plantón de 50 días en el conflicto poselectoral que partió en dos a la ciudad de México pero que sirvió para darle un cauce al descontento popular por el fraude; el surgimiento de la Convención Nacional Democrática (CND) en septiembre de 2006; la convocatoria a fundar “Casas del Movimiento” en todo el país; la instauración de un “Gobierno Legítimo” en diciembre de ese año; los 200 mil brigadistas constituidos en el Movimiento Nacional en Defensa del Petróleo que lograron detener en 2008 la privatización (Figueroa, Sosa, 2010: 81-85) son todos ellos movimientos de masas que forman parte de la historia de la democracia participativa de la que hoy se nutre Morena.

Un rasgo que es esencial en la historia más próxima de Morena es la movilización y la participación de sus militantes en las brigadas que buscan hacer “la revolución de las conciencias” tocando las puertas de las casas en las distintas ciudades del país. El propio López Obrador es un convencido de esta manera de hacer política y en la primera campaña electoral de Morena en el primer semestre de 2015 insistió en la necesidad de hacer campaña “casa por casa”. Las dos giras y media por cada uno de los 2,417 municipios en un país de casi dos millones de kilómetros cuadrados revela su voluntad política del contacto del dirigente con el pueblo y su planteamiento de que “solo el pueblo salva al pueblo”. Las “asambleas informativas” que son movilizaciones masivas de decenas (acaso centenares) de miles de los simpatizantes de López Obrador son informados por éste de las decisiones que competen al movimiento. Por todo ello, Morena hoy se concibe como un “partido movimiento” apelación que aspira a deslindarse del electoralismo del resto de los partidos y al mismo tiempo expresar que se está luchando por el poder.3 Fue el carácter movimientista de Morena, el que se observó en la gran concentración de septiembre de 2012 mediante la cual López Obrador anunció su separación del PRD y de la alianza con MC y PT para iniciar el proceso de constitución de Morena como partido (Méndez y Muñoz, 2012). El proceso de constitución de Morena en partido fue también un proceso masivo de gran participación. Más de 100 mil adherentes de la asociación civil Morena y simpatizantes de López Obrador participaron en las 300 asambleas distritales en las cuales se eligieron a 2,500 coordinadores distritales y se decidió en votación por un 80% que Morena se convertiría en partido (Cervantes, 2012).4 En los dos años siguientes, Morena tuvo como grandes tareas de masas la realización de las asambleas constitutivas entre septiembre de 2013 y enero de 2014, en cada uno de los estados de la república (las cuales tuvieron que tener un quórum mínimo de 4 mil afiliados) hasta llegar a la asamblea nacional constitutiva el 16 de enero de este último año. Durante ese tiempo, la militancia de Morena estuvo dedicada a la afiliación para cumplir uno de los requisitos para constituirse como partido político. Al final del proceso, juntando las afiliaciones hechas en las asambleas constitutivas y las realizadas por los miles de brigadistas en el proceso de casa por casa, se habían reclutado a poco más de 600 mil personas, tres veces más de lo requerido por la ley electoral (Cruz, 2014). Aprobada la reforma energética en diciembre de 2013, durante buena parte del año 2014 la militancia de Morena constituida en brigadas se dedicó a recopilar las más de 2 millones 800 mil firmas necesarias para solicitar una consulta popular que sometiera a la consideración ciudadana la pertinencia de la reforma privatizadora. Por mayoría aplastante (9 a 1) la Suprema Corte de Justicia desechó esa solicitud por considerar que eran un tema relacionado con los ingresos y gastos del Estado los cuales constitucionalmente están vetados a someterse a consultas populares (Torres, 2014).

Más allá de toda esta lucha por la democracia liberal y representativa y la práctica de la democracia participativa, es necesario examinar lo que los documentos de Morena postulan con respecto estos temas. Lo esencial está planteado en el Proyecto Alternativo de Nación (Ramírez et al, 2011) particularmente en los dos primeros capítulos dedicados a los temas de la revolución de las conciencias, el pensamiento crítico y el Estado al servicio del pueblo y de la nación (Ramírez et al, 2011; 27-98). 5 El fundamento del cual parte la concepción de democracia de Morena es la inalienable reivindicación de que el poder político emana de la soberanía popular la cual lo constituye y por ello puede modificarlo, alterarlo o abolirlo totalmente. Este principio que Morena recoge, proviene de la Constitución de Apatzingan de 1814 y de los Sentimientos de la Nación del prócer independentista José María Morelos (Ramírez et al, 2011: 61,67).

Para Morena la democracia representativa es necesaria pero no es lo esencial de la democracia. La esencia de la democracia se encuentra en la democracia participativa: mientras que la representación es la forma de la democracia su fundamento es la participación. La participación debe ser diaria, activa, permanente, organizada desde la base y fiscalizadora de la actuación de los legisladores y gobernantes. Más aún, la democracia representativa puede corromperse como ha sucedido en México, por lo que el papel de la democracia participativa es el de vigilar y castigar a los representantes cuando no cumplen sus obligaciones: “el contrapeso efectivo a las debilidades y vicios de la representatividad política es la democracia participativa”. Además de la participación ciudadana permanente, la democracia participativa se cristaliza en instituciones como el plebiscito, el referéndum, la iniciativa popular y la revocación de mandato.

No basta tomar el poder político sino es necesario construir el poder social, por lo que la transformación de la sociedad debe realizarse simultáneamente en el poder político y en la sociedad. El poder social empieza por la familia, continua en las comunidades, cooperativas, sindicatos, barrios y gremios, en suma es la sociedad civil que debe controlar al poder económico y al poder político. Al revés de lo que sucede ahora cuando el poder económico subordina cada vez más al Estado y a la sociedad y una oligarquía ha secuestrado a las instituciones políticas para adueñarse del presupuesto público y los bienes de la nación. 6 La democracia participativa debe además recobrar plenamente el sentido de comunidad desde el nivel nacional hasta el familiar y en un proceso de reforma cultural y moral que pone a la comunidad y a la vida comunitaria en el centro de la nueva sociedad debe nacer un nuevo sujeto social crítico del individualismo neoliberal. Debe recuperar las notables experiencias autogestivas que en México y en otros países se están observando. Práctica nociva ha sido el colocar los derechos individuales por encima de los colectivos (derechos socioeconómicos y culturales) y los derechos civiles y políticos no pueden estar por encima de los derechos de todos a una vida con dignidad social. La nueva democracia requiere de un régimen de autonomía que permita a los pueblos indígenas autodeterminarse política y culturalmente: “la autonomía es una pieza maestra de la democracia que nos proponemos”.7




  1. El peso avasallador del liderazgo de Andrés Manuel López Obrador.

En el desenvolvimiento de la izquierda mexicana en los últimos años sería inexplicable sin la presencia carismática de Andrés Manuel López Obrador. Hasta antes del primer lustro del siglo XXI, López Obrador era un reconocido dirigente del PRD cuya presidencia ocupó entre 1996 y 1999. Su liderazgo se había ido construyendo desde que en 1988 se unió a la Corriente Democrática del PRI. Al fundarse el PRD en 1989, fue candidato a gobernador del estado de Tabasco y se enfrentó por primera vez a un fraude electoral. Posteriormente ocupó la presidencia de dicho partido en su estado natal Tabasco y en 1994 fue nuevamente candidato a gobernador del estado en las cuales nuevamente fue víctima del fraude. Su lucha por el sufragio efectivo lo hizo encabezar marchas a la ciudad de México (“Éxodos por la democracia”) y en esas luchas se hizo conocido nacionalmente. Ocuparía de manera exitosa la presidencia nacional del PRD entre 1996 y 1999 y en marzo de 2000 fue registrado como candidato a la Jefatura de Gobierno del D.F. (Morena s/f). Hasta ese momento su liderazgo era importante pero no tenía la dimensión excepcional que tiene hasta este momento. Su propia candidatura a la jefatura de gobierno fue ferozmente competida por compañeros suyos del PRD que tenían similares aspiraciones. Y en las elecciones de 2000 en las cuales ganó la jefatura de gobierno, obtuvo un apretado triunfo con apenas el 1% de diferencia frente a Santiago Creel, el candidato del PAN.

A partir de ese momento y gracias a su eficacia y probidad en la gestión de gobierno del D.F. López Obrador se convirtió en un histórico líder carismático con un índice de aprobación elevado. Electoralmente puede medirse el ascenso meteórico de López Obrador: mientras en las elecciones de 1994 la alianza de izquierda había obtenido más de 6 millones de votos y casi 17% de los sufragios, en 2006 según las dudosas cifras oficiales, López Obrador alcanzó 15 millones y el 35%. Una diferencia de 18% que evidenciaba que un nuevo líder histórico había aparecido en el escenario político del país. En el corto plazo acaso cuatro elementos podrían ser la clave del vertiginoso ascenso de López Obrador: la relación entre ética y política que lo proyectó como alguien incorruptible; su compromiso con la justicia social que se evidenció en los programas sociales de su gestión de gobierno (2000-2005); su rescate del nacionalismo revolucionario que lo proyectó como patriota y nacionalista y finalmente, su compromiso con la causa democrática que tenía una larga trayectoria de luchas contra los fraudes electorales pero que se consolidó en el conflicto poselectoral de 2006 (Aceves y Figueroa, 2008: 48-56).

Pero acaso el liderazgo de López Obrador tenga un sustrato todavía más profundo. Cuatro décadas antes, en su defensa del carácter interrumpido de la revolución mexicana Adolfo Gilly había escrito que la revolución seguía viva en la conciencia del pueblo mexicano y que ninguna organización y política revolucionaria podría construirse al margen de dicha revolución (Gilly, 1974: II, XV). Y Lorenzo Meyer en una emotiva epístola a Lázaro Cárdenas escrita años después, había escrito “que debería volver por estas tierras el espíritu y obra que animó su proyecto” (Meyer, 1992: 274). Estos planteamientos resultaron premonitorios si revisamos algunos hechos ocurridos en las décadas siguientes. El otro liderazgo histórico de naturaleza carismática, observado en la segunda mitad del siglo XX, el de Cuauhtémoc Cárdenas, habría asentarse en el imaginario cardenista de millones de mexicanos.8 Es como si hubiera revivido Lázaro Cárdenas, el repartidor de 18 millones de hectáreas entre los campesinos y el rescatador del petróleo mexicano de manos de las compañías inglesas y estadounidenses. El Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) habría de evocar la imagen de Emiliano Zapata y de muchas de las gestas de la revolución entre 1910-1920 y generado con ello un extraordinario entusiasmo. Andrés Manuel López Obrador hoy es mutatis mutandis, la encarnación del nacionalismo revolucionario que el neoliberalismo arrasó en pocos años. Como antes sucedió con Cuauhtémoc Cárdenas, hoy lo nacional popular como una subjetividad social de potencias insospechadas se personifica en él. Tanto que el movimiento político y social observado desde 2004 hasta el momento, la propia existencia de Morena, probablemente no hubiera sido posible sin su presencia carismática.

El poderoso liderazgo carismático de López Obrador es la gran fortaleza del movimiento que encabeza y al mismo tiempo es su gran debilidad. Para empezar la fuerza de Morena todavía depende de ese carisma como lo demuestra el traspiés sufrido cuando el líder tuvo que ser hospitalizado en diciembre de 2013 con motivo de un infarto: disminuyó la intensidad de la protesta contra la privatización del petróleo y su hijo se convirtió en el vocero de la protesta (Villamil, 2013; García, 2013). Como práctica interna, en Morena existen elementos de un enorme valor estratégico en la práctica de la democracia participativa. Sus estatutos solamente permiten la reelección en los cargos ejecutivos (Comités Ejecutivos) por una única ocasión después de tres años, y en la reelección de cargos directivos (Consejo Nacional y Estatales) solamente de un 30% de ellos (Arts. 10, 11). Dos terceras partes de los candidatos a diputados por representación proporcional se eligen por sorteo entre los 3 mil precandidatos electos en las asambleas distritales (Art. 44). Estas dos últimas disposiciones son un candado para la constitución de oligarquías partidarias (Ley de Hierro de Michels). El alma de la democracia interna son los congresos distritales en cada uno de los 300 distritos electorales de donde surgen los aproximadamente 3, 000 coordinadores distritales y los delegados a los congresos estatales y nacional (Arts. 24, 25). En la elección de estos coordinadores por los delegados a las asambleas distritales, éstos solamente pueden votar por dos candidatos para evitar la formación de planillas apoyadas por mayorías aplastantes (Art. 26).

Pero no es posible soslayar que el magnetismo de López Obrador genera centralismo y verticalismo en Morena. En el seno de la vida partidaria, su opinión es de un enorme peso en torno a decisiones políticas, elecciones de candidaturas y otros temas. A lo anterior se une el acoso al que está sujeto Morena por el orden neoliberal. Esto provoca decisiones centralizadas y los órganos intermedios (comités ejecutivos estatales por ejemplo), corren el riesgo de volverse simples correas de transmisión de las tareas urgentes que la coyuntura impone. Un ejemplo más de ello se puede ver en la manera en que se eligieron los candidatos a diputados por mayoría relativa en las elecciones de junio de 2015, la primera en la que Morena participó como partido. Estableciendo el Estatuto que estos se elegirían entre diversas opciones en las asambleas distritales electorales, en la práctica dichas asambleas eligieron a candidatos o candidatas únicas. Estas candidaturas únicas surgieron de una acumulación de imagen y fuerzas hechas por los candidatos en su calidad de “Promotores de la Soberanía Nacional”, una figura que no está sancionada en el Estatuto.

Hasta aquí una sucinta exposición de las raíces históricas, características y contradicciones de la lucha de Morena por la democracia representativa y la participativa en México. En términos históricos, el trayecto de Morena es todavía joven y por tanto es prematuro aventurar aseveraciones sobre su curso final. El cometido es no repetir la historia de burocratización, oportunismo transpartidario y corrupción de los partidos de izquierda que le antecedieron. Falta mucho por andar para saber si lo logrará.

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1 Tanto en 2006 como en 2012, Andrés encabezó coaliciones integradas por el Partido de la Revolución Democrática, Movimiento Ciudadano (antes Convergencia) y el Partido del Trabajo (PT).

2 Frase escuchada por el autor a Guadalupe Trejo Ávila, activista de Morena en Puebla, en el contexto de la frustración poselectoral de 2012.

3 Quien fuera uno de los dirigentes de Morena en el D.F. expresó el camino para el “cambio de régimen” será pacífico y “deberá basarse en la movilización social y la participación electoral, lo que implica inequívocamente su registro como partido político” (Cervantes, 2012).

4 El 20% restante votó porque Morena fuera nada más un movimiento.

5 Aunque en el libro que contiene los lineamientos del Proyecto Alternativo de Nación este es llamado “Nuevo Proyecto de Nación”, el Programa de Morena que puede consultarse en la página web Morena la esperanza de México www.amlo.org.mx habla del “proyecto alternativo de nación” nombre con el que la militancia conoce al proyecto político del partido.

6 López Obrador se refiere a esa oligarquía que ha patrimonializado al Estado como la “mafia del poder” en López Obrador, 2007 y López Obrador, 2010

7 La apretada síntesis que hemos hecho sobre la concepción de la democracia representativa y participativa de Morena tiene referencias puntuales en Ramírez et al, 2011: 33, 36, 37, 39, 46, 49, 51,53- 54, 61, 69, 88. Esta concepción también puede encontrarse en La declaración de principios de Morena (Morena, 2014a), El Programa de Morena (2014b) y el Estatuto de Morena (Morena, 2014c)

8 El imaginario cardenista heredado de su padre por Cuauhtémoc Cárdenas es parecido al mito bonapartista que Marx analizó en las páginas del 18 Brumario (Marx, 1971). En aquella coyuntura, el sobrino del tío capitalizó el legado de Napoleón Bonaparte entre la masa de campesinos parcelarios y le sirvió para asentar un régimen que la literatura política y sociológica ha calificado de “bonapartista”. Por supuesto el símil llega hasta allí. La estatura ética y política de Cuauhtémoc Cárdenas y el papel progresivo que ha desempeñado, lo distancian abismalmente de Luis Bonaparte.


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