Departamento de literatura


Capítulo uno. Utopía en el siglo de las luces



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Capítulo uno. Utopía en el siglo de las luces.

1. UTOPÍA (GÉNERO UTÓPICO) DURANTE EL SIGLO XVIII.


Hablar de utopía no siempre es hablar de sueños imposibles. “Un estado de espíritu es utópico cuando resulta incongruente con el estado real dentro del cual ocurre.” (Mannheim 169) Este estado de espíritu es incompatible porque en la práctica se orienta a un objeto que no existe en la realidad. Sin embargo, no se destruye cualquier realidad, si no sólo aquella que no va acorde a sus leyes. En el sentido estricto de la palabra, la utopía es entendida como el “espacio imaginario en el que se ejemplifica el debate sobre la vigencia o corrupción de las virtudes individuales y colectivas, desde una óptica a menudo rigorista, proponiendo la introducción de nuevos usos y costumbres, o bien el desarrollo efectivo de las virtudes cristianas” (Fuentes 131). En la literatura utópica se conjugan la crítica de lo existente con la propuesta de lo que debería existir, pero proyectando esta última en un tiempo ahistórico y en un lugar irreal (u-topos), de modo que la eficacia de la crítica queda pospuesta por la ensoñación poética que difiere permanentemente el cambio social.

El género literario utópico nace en Grecia de la mano de Platón cuando escribe la “República” y diseña en ella un primer modelo de sociedad ideal dividida en tres estratos sociales: el de los filósofos, quienes estaban llamados a gobernar; el de los guerreros, quienes debían proteger el Estado; y el de los ciudadanos, quienes sostienen la comunidad. Este Estado es inmutable, no se puede pasar de una clase a otra. Él cree que el Estado perfecto en la tierra es factible, poblado con ciudadanos “buenos y civilizados”, sin presencia de enemigos. Sin embargo, casi al final de su obra se da cuenta que esta no es realizable y reconoce que la ciudad ideal sólo vive en el razonamiento.

Su punto más álgido en la popularidad de la utopía se da con Tomás Moro, durante el Renacimiento. En la época también se destaca a Tommaso Campanella (“La ciudad del Sol”, 1623), y a Francis Bacon (“Nueva Atlántida”, 1627). La idea de la utopía renacentista es basarse en una visión optimista y esperanzada del ser humano. Esta muestra su confianza en la posibilidad de regenerar la ética de la sociedad y en el poder de la ciencia para responder a los problemas de su época como a los del futuro.

2. LA UTOPÍA DURANTE LA ILUSTRACIÓN: PERSPECTIVAS PREDOMINANTES.


Este relevante tema literario ha dado pie a muchas investigaciones acuciosas, tanto a lo largo de la historia como en aspectos específicos del mismo. Lo que hoy nos reúne en torno a esta tesina es el tema de la utopía en el siglo XVIII, más conocido como el Siglo de las Luces; específicamente en Europa y para ser más exactos en España. Pero para llegar a ello primero debemos dar una vuelta por el fenómeno que ésta provocara en toda Europa.

Respecto a este punto, y a pesar de que existen menos registros sobre el término “Utopía” en cuanto a estudios críticos sobre el siglo XVIII, este tema logró captar la atención de muchos. Autores como Daniel Defoe, Thomas de Northmore, Rousseau, Diderot, Voltaire y otros, quisieron dejar en claro su punto de vista frente a la realidad que les rodeaba, incluso remontándose a los clásicos como Moro, Bacon y Campanella. Claro está que no siempre estas obras tienen un gran peso filosófico y literario y sólo se tratan de meras copias adaptadas, muy pobres en cuanto a contenido.

Un punto importante a destacar en el análisis de Juan Francisco Fuentes se da a partir de la relación utopía-Siglo de las Luces, en el cual el autor deja en claro que:

La relación entre Luces y utopía es, por tanto, más ambigua y compleja de lo que se asemeja a simple vista, y no puede reducirse a la yuxtaposición de posturas nítidas a favor o en contra. Ni las utopías literarias representan forzosamente el horizonte emancipador de la cultura dieciochesca -a veces, como se ha visto, vienen a ser más bien su negación-, ni el Siglo de las Luces renuncia a ejercer una verdadera imaginación utópica, aunque ésta discurra a menudo por conductos inesperados. (Fuentes 133)

El siglo XVIII fue la edad de oro de la utopía, la cual, poco frecuente hasta ese entonces, prolifera de manera espontánea y en abundancia. Además, la demanda de los lectores aumentó casi en la misma medida que la demanda por autores, ya que se estima que en algunos años del siglo, se publicaron hasta treinta de estos relatos. En este sentido, Raymond Trousson (1995) señala: “[] Así, pues, la utopía era una moda -y atractiva-, en el siglo XVIII. Todos cedían, más o menos, a ella. Alguien que se negó a componer una novela utópica no iba a resistir la tentación de deslizar al menos un fragmento utópico en su novela.”(Trousson 162)

En realidad no existió una proliferación de utopías propiamente tal, sino de relatos que incluían algún rasgo utópico dentro de sus argumentos. La lista es extensa, y abarca una gran variedad de temas, como los viajes hacia otras latitudes terrestres y extraterrestres (The Consolidator, or Memoirs of Sundry Transactions from the World in the Moon, 1705) y la utopía individualista (Robinson Crusoe, 1719; Ambas del escritor inglés Daniel Defoe.) También existen las condenas al juego y al despilfarro (Memoirs of Planetes, de Thomas Northmore, 1795); la defensa a los derechos de las mujeres, tema muy presente en la literatura utopista de aquella época (The Island of Content, 1709; Les femmes militaires, 1736; Millenium may, 1762); otros puntos incluidos son la denuncia de la esclavitud, la reivindicación de la tolerancia religiosa, la añoranza por el viejo poder monárquico, la crítica a las costumbres, el retorno a la sociedad primitiva, etc. En el año en que se llevara a cabo la revolución francesa, 1789, la utopía se vuelve revolucionaria; más adelante las utopías pro-liberales toman como fuente de inspiración la independencia americana.

Las utopías poseen variadas vertientes, como lo explica Raymond Trousson, desde las llamadas farsas utópicas, obras literarias destinadas a renovar la alegoría moral; las modas, como Holberg, Paltock, Béthune, Roumier-Robert, Ligne, Casanove, Marivaux y Desfontaines.

Según señala Fernando Ainsa (1993) en su estudio llamado “La utopía empírica del cristianismo social (1513-1577)”, las características fundamentales del género utópico son:



  • La crítica del modelo histórico vigente, lo que permite justificar la legitimidad del modelo alternativo propuesto.

  • La nostalgia del tiempo primordial, cuyas notas originales se pretende reinstaurar.

  • La propuesta de un sistema autárquico y aislado, de explotación artesanal y agrícola de tipo colectivo, de la que ha sido erradicada la noción de lucro.

  • La estructuración de un sistema homogéneo y pretendidamente más justo e igualitario, donde reglamentos de fuerte inspiración ética rigen los mínimos gestos de la vida cotidiana. (Ainsa 97)

En este sentido el género es sólo ficción, ya que se trataría de un juego artístico en donde la realidad tiene un papel muy importante. La finalidad de la obra utópica es, a través de su trama, presentar un estado social ideal completamente distinto a los estados sociales existentes, sin caer en lo irrisorio e inverosímil del relato como en obras anteriores. Raymond Trousson no aduce ningún significado ético, moral o práctico al género utópico. Diferencias entre géneros similares podemos advertir entre lo utópico y aquellos referidos a la Edad de Oro o la Arcadia, donde estos últimos presentan expresiones de nostalgia a épocas pasadas, o un rechazo de plano a la sociedad actual, lo que implica el hecho de que se desee evadirse de la misma.

Lo que causa contradicción en este sentido es el hecho de que existe una marcada ausencia del término utopía dentro de los registros filosóficos de la época, por ejemplo en el caso de un trabajo tan importante como la Encyclopédie de Diderot y D’Alembert, la cual sólo indica a medias la peripecia un poco paradójica de este concepto a lo largo del siglo XVIII europeo. Lo ocurrido en este contexto fue que el pensamiento ilustrado se mostró, casi en igual forma, mucho más interesado por las realidades concretas que por los sueños utópicos. Su punto de vista del gobierno ideal estaba orientado más hacia la reforma de la monarquía que a otras alternativas idealistas, frente al Antiguo Régimen. A pesar de ello, y como habíamos visto antes, se generó abundante literatura sobre utopías, en donde Francia y Gran Bretaña serán las potencias en disputa por la primacía del género.

Quizás se tratase de un punto de vista distinto de la realidad, el tema es que la utopía vino a poner sobre la mesa las consideraciones que la sociedad, fuera del pensamiento filosófico y de sus máximos representantes, tenía sobre la sociedad ideal. Hay quienes afirman que el término utopía no se trataría sólo del “no-lugar”, sino que esta concepción estaría asociada al “lugar feliz”. Esto a partir de lo señalado por Paul Tillich. El autor expresa su idea de que la utopía presenta un carácter paradójico y dialéctico, que hace presuponer una doble faz, un doble sentido del mismo concepto. La dualidad que el autor quiere dejar en claro es la cuestión del “lugar-no lugar” (ou-topos = no lugar). Su planteamiento llega a la conclusión de que “la u de utopía no sea una contradicción de la negación griega, sino del término, también griego, eu. En cuyo caso, el verdadero significado de utopía ya no sería lugar inexistente o puramente imaginario, sino ‘buen lugar’, ‘lugar feliz’.” (Tamayo 2)

¿Por qué entonces el éxito de la utopía? Tal vez porque el siglo entero salió en busca de la felicidad. Pero, ¿cuál es el papel que juega la felicidad dentro de la sociedad europea del siglo XVIII? Según Philippe Roger, esta concepción y búsqueda viene de tiempos inmemoriales, pero con el pensamiento ilustrado se renovará en profundidad, y mejor aún, será sacado a la plaza pública. Existe un triple cambio: de escala, de tono y de contexto.

En cuanto a lo primero, el cambio en la escala se detalla en las miles de cartas que hombres y mujeres intercambiaron durante el Siglo de las Luces, esperanzadas en un cambio social para mejor. “La felicidad es invocada sin cesar” (Roger 48); lo más destacable es que la felicidad no se expresa ya en la lengua de los doctores, sino en la lengua de las mentes cultivadas. Rousseau por ejemplo dice que “…la fuente de la auténtica felicidad se halla en nosotros.” (Roger 50) Quizás ello explique en parte la gran proliferación literaria utópica de la época.

Ahora bien, nos dimos cuenta que la utopía puede ser considerada un término con doble faz, y analizamos una de esas dualidades; pero veamos qué sucede con las demás. Tillich hace notar su carácter dialéctico, el cual se puede traducir en la definición de utopía como la verdad-no verdad, como primera dualidad. La utopía es verdad porque expresa el fin propio de la existencia humana: vivir la vida en plenitud; pero a su vez es no-verdad porque olvida que el ser humano vive un extrañamiento radical de sí mismo, es decir, no toma en cuenta los defectos y malas costumbres que llevan al decaimiento de la sociedad.

La utopía es fecunda y estéril simultáneamente; segunda dualidad. Es fecunda porque abre nuevas posibilidades donde parece que no hay salida, lo que anticipa la realización humana. Pero es estéril porque presenta como posibilidad aquello que en el tiempo jamás se logrará concretar. En tercer lugar, la utopía es poderosa e impotente; contradicción que obliga a entender lo primero como la eventualidad de cambiar lo real, aquello que parece inmutable, desde su raíz disconforme con la sociedad, algo que el ser humano ha demostrado desde siempre. Pero se vuelve impotente cuando recordamos que es no-verdad y estéril, lo que nos produce un profundo desencanto. Estas tres paradojas, sumadas a la inicial con respecto al lugar feliz, nos hacen pensar en una utopía compleja, que se entiende en una determinada “función”. Ya con Tilich nos acercamos al “modelo” utópico y a su carácter paradójico; ahora Ernst Bloch nos ayudará a descifrar aquello que él describe como “función utópica”.

En su obra, El principio Esperanza, Bloch (1980) se identifica con el concepto de utopía social, que deriva del modelo de Tomás Moro. Aquí el autor asegura que Moro no sería el creador del concepto mismo, sino sólo del término, ya que el significado de éste es mucho más amplio de lo que Moro puede abarcar. En este caso, se trata de la síntesis de las utopías sociales sumada a las fantasías políticas, con lo que se produce de algún modo un sentido corriente, justificadamente peyorativo de la categoría de lo utópico. Esto oculta el verdadero sentido que Bloch quiere darle al concepto: la utopía debe ser entendida como una función, la cual posee a su vez diversas formas: el concepto de lo todavía-no y de la intención conformadora no encontrarían su desarrollo exhaustivo en las utopías sociales, ya que no coincide casi en absoluto con las fantasías políticas que en ella se plantean.

La función utópica, según Bloch, se da en la utopía abstracta, sin una referencia a lo posible-real y sin la existencia de un sujeto en ella, pero sólo alcanza su valor en la utopía concreta. De esta manera se recupera el contenido correcto de utopía, que según Neusüss, estriba su esencia en la utopía dialéctica y concreta, mejor expresada según él en el Marxismo.

Por otro lado, Karl Mannheim (1993) introduce el concepto utopía dentro de la sociología del conocimiento. Lo más destacable de su punto de vista, es que él no considera a la utopía como lo irrealizable de forma absoluta, sino sólo desde un orden social específico, contrario a lo que ella plantea, lo que no puede realizarse en unas determinadas coordenadas. En el caso de proponerse una utopía que se adecue a la realidad, no se estaría huyendo de ella ni proponiendo como imposible. Para Mannheim, la utopía tiene una doble función: por un lado, cuestionar radicalmente la realidad existente (función iconoclasta) y, por otro, proponer una alternativa a la misma (función constructiva).

Retomando a Bloch, la función utópica es entendida como la actividad inteligida del presentimiento de la esperanza. Este acto de esperanza constata una función utópica positiva. El contenido histórico de la esperanza, representado primeramente en imágenes, indagado enciclopédicamente en juicios reales, es la cultura humana referida a un horizonte utópico concreto.




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