Desarrollo a escala humana conceptos, aplicaciones y algunas reflexiones



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2. Desarrollo y necesidades humanas

Manfred Max-Neef, Antonio Elidido y Martín Hopenhayn

Reflexiones para una nueva perspectiva

¿Hay algo que aportar a lo que ya se ha dicho?

La bibliografía sobre necesidades humanas a que pueden recurrir los interesados es vasta y. en muchos casos, contiene aportes contundentes. La temática ha trascendido los ámbitos de la filosofía y la psicología, para convertirse en centro de atención de las disciplinas políticas, económicas y sociales en general. Los organismos internacionales preocupados por la promoción del desarrollo han hecho suyo, en estos últimos años, el criterio de que éste debe orientarse preferentemente hacia la satisfacción de las llamadas necesidades básicas. Más aún, en 1975 el Informe Dag Hammarskjold «Qué hacer: Otro desarrollo», colocaba tal propósito como uno de los pilares fundamentales del nuevo tipo de desarrollo que debía desencadenarse urgentemente a fin de superar la desoladora miseria que sufría la mayoría de los habi­tantes del Tercer Mundo.

Hoy es aceptado casi como un lugar común que desarrollo y necesidades humanas son componentes de una ecuación irreductible. Sin embargo, en esta línea de reflexión queda aún mucho por aportar.

En primer lugar, está el hecho de que el nuevo enfoque no puede reducirse a mero arreglo cosmético de un paradigma en crisis. Implica desde la partida, la apertura hacia una nueva manera de contextualizar el desarrollo. Ello significa modificar sustancialmente las visiones dominantes sobre estrategias de desarrollo, en el sentido de entender, por ejemplo, que ningún Nuevo Orden Económico Internacional podrá ser significativo si no está sustentado en la reformulación estructural de una densa red de Nuevos Ordenes Económicos Locales.

Significa, además, reconocer la incompletitud e insuficien­cia de las teorías económicas y sociales que han servido de sustento y orientación a los procesos de desarrollo hasta el presente. Significa tomar conciencia, concretamente, de que en un mundo cada vez más heterogéneo por su creciente e inevitable interdependencia, la aplicación de modelos de desarrollo susten­tados en teorías mecanicistas, acompañados de indicadores agre­gados y homogeneizantes, representa una ruta segura hacia nue­vas y más inquietantes frustraciones.

Un Desarrollo a Escala Humana, orientado en gran medida hacia la satisfacción de las necesidades humanas, exige un nuevo modo de interpretar la realidad. Nos obliga a ver y a evaluar el mundo, las personas y sus procesos, de una manera distinta a la convencional. Del mismo modo, una teoría de las necesidades humanas para el desarrollo, debe entenderse justamente en esos términos: como una teoría para el desarrollo 3[3]

Tal como una piedra tiene atributos distintos para un geólogo que para un arquitecto, las necesidades humanas adquieren visos distintos en el ámbito de la psicología clínica que en el ámbito del desarrollo. Ello no implica, empero, sugerir la construcción de nuevos reduccionismos. Los ámbitos y los atributos están imbricados en ambos casos. De lo que se trata es de una cuestión de forma y de énfasis: es decir, de enfoque.

El desafío consiste en que políticos, planificadores, promo­tores y. sobre todo, los actores del desarrollo sean capaces de manejar el enfoque de las necesidades humanas, para orientar sus acciones y aspiraciones.

La necesaria transdisciplinariedad

Los aportes que siguen apuntan a ese propósito. Es decir, hacer entendible y operativa una teoría de las necesidades humanas para el desarrollo. El esfuerzo no puede sustentarse, sin embargo, en ninguna disciplina particular, porque la nueva realidad y los nuevos desafíos obligan ineludiblemente a una transdisciplinariedad. 4[4]

La evidencia central es que las nuevas calamidades sociales se nos revelan, cada día más, ya no como problemas específicos, sino como problemáticas complejas que no pueden seguir atacándose satisfactoriamente mediante la aplicación exclusiva de políticas convencionales, inspiradas por disciplinas reduccionistas.

Tal como la enfermedad de una persona puede traducirse en un problema médico, y esa misma enfermedad transformada en epide­mia trasciende el campo estrictamente médico, del mismo modo nuestro desafío actual no consiste tanto en enfrentar problemas, como en enfrentar la tremenda magnitud de los problemas.

Es la cuestión de la creciente magnitud y complejidad la que determina la transformación de problemas con claros contornos disciplinarios en problemáticas generadoras de difusos entornos transdisciplinarios.

Exclamaba el Marqués de Sade, en medio del terror de la Revolución Francesa: «Ya no existe ninguna hermosa muerte individual». De manera análoga podemos exclamar nosotros, en medio de una realidad actual que nos agobia: «ya no nos queda ningún hermoso problema particular».

Sólo un enfoque transdisciplinario nos permite comprender, por ejemplo, de qué manera la política, la economía y la salud han convergido hacia una encrucijada. Descubrimos, así, casos cada vez más numerosos donde la mala salud es el resultado de la mala política y de la mala economía.

Si las políticas económicas diseñadas por economistas, afectan como, de hecho, lo hacen- a la totalidad de una sociedad, los economistas ya no pueden pretender que su única preocupa­ción son los problemas económicos. Tal pretensión sería poco ética, puesto que implicaría asumir la responsabilidad por la acción, pero no por las consecuencias de la acción.

Nos enfrentamos a situaciones desconcertantes, donde cada vez entendemos menos. De ahí que las cosas están realmente mal, y se volverán peores, a menos que dediquemos mucha más energía e imaginación al diseño de transdisciplinas coherentes y significativas. Vivimos una época de transición trascendental, lo cual significa que los cambios de paradigma no sólo son necesa­rios, sino imprescindibles.

Tres postulados y algunas proposiciones



El desarrollo se refiere a las personas y no a los objetos

Este es el postulado básico del Desarrollo a Escala Humana.

Aceptar este postulado ya sea por opciones éticas, raciona­les o intuitivas- nos conduce a formularnos la siguiente pregunta fundamental: «¿Cómo puede establecerse que un determinado proceso de desarrollo es mejor que otro?». Dentro del paradigma tradicional, se tienen indicadores tales como el Producto Bruto Interno (PBI), el cual es, de alguna manera y caricaturizándolo un poco, un indicador del crecimiento cuantitativo de los objetos. Necesitamos ahora un indicador del crecimiento cualitativo de las personas. ¿Cuál podría ser?

Contestamos la pregunta en los siguientes términos: «El mejor proceso de desarrollo será aquel que permita elevar más la calidad de vida de las personas». La pregunta siguiente se des­prende de inmediato: «¿Qué determina la calidad de vida de las personas?».

«La calidad de vida dependerá de las posibilidades que tengan las personas de satisfacer adecuadamente sus necesidades humanas fundamentales». Surge la tercera pregunta: « ¿Cuáles son esas necesidades fundamentales? y/o ¿quién decide cuáles son?». Antes de responder a esta pregunta, deben hacerse algunas disquisiciones.

Necesidades v satisfactores

Se ha creído, tradicionalmente, que las necesidades humanas tienden a ser infinitas: que están constantemente cambiando, que varían de una cultura a otra, y que son diferentes en cada período histórico. Nos parece que tales suposiciones son incorrectas, puesto que son producto de un error conceptual.

El típico error que se comete en la literatura y análisis acerca de las necesidades humanas es que no se explicita la diferencia fundamental entre lo que son propiamente necesidades y lo que son satisfactores de esas necesidades. Es indispensable hacer una distinción entre ambos conceptos como se demostrará más adelante- por motivos tanto epistemológicos como metodo­lógicos.

La persona es un ser de necesidades múltiples e interdependientes. Por ello las necesidades humanas deben entenderse como un sistema en que las mismas se interrelacionan e interactúan. Simultaneidades, complementariedades y compen­saciones (trade-offs) son características de la dinámica del pro­ceso de satisfacción de las necesidades.

Las necesidades humanas pueden desagregarse conforme a múltiples criterios, y las ciencias humanas ofrecen en este senti­do una vasta y variada literatura. En este documento se combinan dos criterios posibles de desagregación: según categorías existenciales y según categorías ortológicas. Esta combinación permite operar con una clasificación que incluye, por una parte, las necesidades de Ser, Tener, Hacer y Estar; y, por la otra, las necesidades de Subsistencia, Protección, Afecto. Entendimiento, Participación, Ocio, Creación, Identidad y Libertad. 5[5] Ambas categorías de necesidades pueden combinarse con la ayuda de una matriz. (Ver Bases para una sistematización posibleUna taxonomía de las necesidades humanas).

De la clasificación propuesta se desprende que, por ejemplo, alimentación y abrigo no deben considerarse como necesidades, sino como satisfactores de la necesidad fundamental de subsis­tencia. Del mismo modo, la educación (ya sea formal o informal), el estudio, la investigación, la estimulación precoz y la medita­ción son satisfactores de la necesidad de entendimiento. Los sistemas curativos, la prevención y los esquemas de salud, en general, son satisfactores de la necesidad de protección.

No existe correspondencia biunívoca entre necesidades y satisfactores. Un satisfactor puede contribuir simultáneamente a la satisfacción de diversas necesidades o, a la inversa, una necesidad puede requerir de diversos satisfactores para ser satis­fecha. Ni siquiera estas relaciones son fijas. Pueden variar según tiempo, lugar y circunstancias.

Valga un ejemplo como ilustración. Cuando una madre le da el pecho a su bebé, a través de ese acto, contribuye a que la criatura reciba satisfacción simultanea para sus necesidades de subsistencia, protección, afecto e identidad. La situación es obviamente distinta si el bebé es alimentado de manera más mecánica.

Habiendo diferenciado los conceptos de necesidad y de satisfactor, es posible formular dos postulados adicionales. Pri­mero: Las necesidades humanas fundamentales son finitas, po­cas y clasificables. Segundo: Las necesidades humanas funda­mentales (como las contenidas en el sistema propuesto) son las mismas en todas las culturas y en todos los periodos históricos. Lo que cambia, a través del tiempo y de las culturas, es la manera o los medios utilizados para la satisfacción de las necesidades. ( Ver “Fundamentación”. )

Cada sistema económico, social y político adopta diferentes estilos para la satisfacción de las mismas necesidades humanas fundamentales. En cada sistema, éstas se satisfacen (o no se satisfacen) a través de la generación (o no generación) de diferen­tes tipos de satisfactores.

Uno de los aspectos que define una cultura es su elección de satisfactores. Las necesidades humanas fundamentales de un individuo que pertenece a una sociedad consumista son las mismas de aquel que pertenece a una sociedad ascética. Lo que cambia es la elección de cantidad y calidad de los satisfactores. y/o las posibilidades de tener acceso a los satisfactores requeri­dos.

Lo que esta culturalmente determinado no son las necesida­des humanas fundamentales, sino los satisfactores de esas nece­sidades. El cambio cultural es entre otras cosas- consecuencia de abandonar satisfactores tradicionales para reemplazarlos por otros nuevos y diferentes.

Cabe agregar que cada necesidad puede satisfacerse a niveles diferentes y con distintas intensidades. Más aún, se satisfacen en tres contextos: a) en relación con uno mismo (Eigenwelt); b) en relación con el grupo social (Mitwelt); y c) en relación con el medio ambiente (Umwelt). La calidad e intensidad tanto de los niveles como de los contextos dependerá de tiempo, lugar y circunstancia.

La pobreza y las pobrezas.

El sistema propuesto permite la reinterpretación del concepto de pobreza. El concepto tradicional es limitado y restringido, puesto que se refiere exclusivamente a la situación de aquellas personas que pueden clasificarse por debajo de un determinado umbral de ingreso. La noción es estrictamente economicista.

Sugerimos no hablar de pobreza, sino de pobrezas. De hecho, cualquier necesidad humana fundamental que no es adecuada­mente satisfecha revela una pobreza humana. La pobreza de subsistencia (debido a alimentación y abrigo insuficientes); de protección (debido a sistemas de salud ineficientes, a la violen­cia, la carrera armamentista, etc.); de afecto (debido al autoritarismo, la opresión, las relaciones de explotación con el medio ambiente natural, etc.): de entendimiento (debido a la deficiente calidad de la educación); de participación (debido a la marginación y discriminación de mujeres, niños y minorías); de identidad (debido a la imposición de valores extraños a culturas locales y regionales, emigración forzada, exilio político, etc.) y así sucesivamente.

Pero las pobrezas no son sólo pobrezas. Son mucho más que eso. Cada pobreza genera patologías, toda vez que rebasa lími­tes críticos de intensidad y duración. Esta es una observación medular que conviene ilustrar.

Economía y patologías

La gran mayoría de los analistas económicos estarían de acuerdo en que el crecimiento generalizado del desempleo, por una parte, y la magnitud del endeudamiento externo del Tercer Mundo, por otra, constituyen dos de los problemas económicos más impor­tantes del mundo actual. Para el caso de algunos países de América Latina habría que agregar el de la hiperinflación.



Desempleo

A pesar de que el desempleo es un problema que, en mayor o menor grado, siempre ha existido en el mundo industrial, todo parece indicar que nos estamos enfrentando a un nuevo tipo de desempleo, que tiende a permanecer y que, por lo tanto, se esté transformando en un componente estructural del sistema econó­mico mundial.

Es sabido que un individuo que sufre una prolongada cesan­tía cae en una especie de «montaña rusa» emocional, la cual comprende, por lo menos, cuatro etapas: a) shock, b) optimismo, c) pesimismo, d) fatalismo- La última etapa representa la transi­ción de la inactividad a la frustración y de allí a un estado final de apatía donde la persona alcanza su más bajo nivel de autoestima.

Es bastante evidente que la cesantía prolongada perturbará totalmente el sistema de necesidades fundamentales de las perso­nas. Debido a los problemas de subsistencia, la persona se sentirá cada vez menos protegida; las crisis familiares y los sentimientos de culpa pueden destruir las relaciones afectivas; la falta de participación dará cabida a sentimientos de aislamiento y marginación y la disminución de la autoestima puede fácilmente provocar crisis de identidad.

La cesantía prolongada produce patologías. Sin embargo, esto no constituye la peor parte del problema. Dadas las actuales circunstancias de crisis económicas generalizadas, es decir, dada la magnitud del problema, no podemos seguir pensando en patologías individuales. Debemos necesariamente reconocer la existencia de patología colectivas de la frustración, para las cuales los tratamientos aplicados han resultado hasta ahora in­eficaces.

Aun cuando son procesos económicos los que generan el desempleo, una vez que éste rebasa magnitudes críticas, tanto en cantidad como en duración, no hay tratamiento económico algu­no que sea capaz de resolver la problemática en que el problema original se ha transformado. Como problemática pertenece a una transdisciplina que aún no se ha comprendido ni organizado. Esto último, en términos de un programa para el futuro, represen­ta el primer desafío. En lo que se refiere a tendencias, estas patologías colectivas aumentarán.



Deuda externa

La deuda externa del Tercer Mundo también será responsable de otro tipo de patologías colectivas. Con el fin de mantener al sistema bancario internacional robusto y sano, una gran cantidad de países y sus poblaciones tendrán que someterse a costa de quedar debilitados y enfermos.

El Presidente del Partido Conservador Británico, John Gummer, señaló, a comienzos de 1985: «Estados Unidos importa los ahorros del resto del mundo y exporta la inflación. Esto constituye un grave problema». Ahora bien, debido a un dólar americano sobrevaluado y a tasas de interés exorbitantes, las naciones deudoras deberán pasar por todas las penurias para poder maximizar sus ingresos por concepto de exportaciones. Este hecho, inevitablemente, se realizará a costa de la depreda­ción irreversible de muchos recursos, del aumento de hambrunas y de un creciente empobrecimiento, no coyuntural, sino estruc­tural. Determinar cuales serán las terribles patologías colectivas que irán surgiendo en los países pobres, como consecuencia de esta aberrante situación, es el segundo desafío.

Hiperinflación

La experiencia latinoamericana demuestra que la hiperinflación también trasciende la esfera económica y condiciona el conjunto de la vida social. Durante los últimos años, países como Brasil, Argentina, Bolivia y Perú han sido psicosocialmente devastados por una moneda en la que sus usuarios confían cada vez menos. Más allá de las consecuencias económicas de devaluaciones diarias (especulación financiera, disminución crónica de inver­siones productivas, deterioro sistemático de salarios reales) la inflación sostenida, a tasas anuales de tres y hasta cuatro dígitos, erosiona la confianza de un pueblo, crea falsas expectativas que luego frustra violentamente, y despierta una profunda incertidumbre respecto del futuro. El temor por la «salud» de la moneda irradia sentimientos colectivos de creciente pesimismo respecto del país, del Estado y del futuro de cada persona. El agudo deterioro de la confianza conlleva inseguridad y escepticismo generalizados, fenómenos difíciles de revertir, y con los cuales es aún más difícil construir alternativas capaces de superar esa misma crisis inflacionaria.

La problemática de la hiperinflación no sólo tiene componentes económicos, sino psicológicos y sociales además. El nuevo concepto de inflación inercial reconoce precisamente que, en parte, la inflación es consecuencia de la propia inflación. Es decir, las expectativas inflacionarias determinan que el compor­tamiento de las personas sea tal, que acaba imprimiendo aún más aceleración a la espiral inflacionaria, lo que es un ejemplo claro de profecía autocumplida. De ahí que la única manera eficaz de atacar esta problemática sea a través de una coherente estrategia transdisciplinaria.

Hemos aportado sólo tres ejemplos. Sin embargo, son mu­chos más los procesos económicos que, concebidos y diseñados en forma tecnocrática y con visión reduccionista, generan pato­logías colectivas. Los economistas, especialmente los ubicados en posiciones de influencia, deberían hacer su propio esfuerzo de honesta autocrítica para descubrirlos y reconocerlos. Ello impli­ca, por cierto, asumir como principio algo que pareciera olvidar­se con demasiada frecuencia: que la economía esto para servir a las personas, y no las personas para servir a la economía.



Política y patologías

Las persecuciones, producto de intolerancias políticas, religiosas y de otros tipos, son tan antiguas como la humanidad. Sin embargo, nuestro «logro» más novedoso es la tendencia de los principales liderazgos políticos actuales, de orientar sus acciones a generalizaciones tan increíblemente esquizofrénicas acerca del «enemigo» que nos están conduciendo directamente hacia el homicidio; es decir, hacia la posible matanza de todos nosotros.



El miedo

Dicha esquizofrenia política no se encuentra sólo a nivel de confrontaciones globales entre los grandes poderes: también se dan casos similares en muchos niveles nacionales. Todos son responsables de la generación de diversas patologías colectivas del miedo.

Sugerimos aquí, en calidad de ejemplo, cuatro tipos de patologías colectivas del miedo, de acuerdo a su origen: a) por confusión semántica originada en manipulaciones ideológicas; b) por violencia; c) por aislamiento, exilio y marginación; y d) por frustración de proyectos de vida. Seguramente hay otros, pero éstos parecen suficientes a modo de ejemplo.

Los eufemismos

Los discursos del poder están llenos de eufemismos. Las palabras ya no se ajustan a los hechos. A lo que deberíamos llamar aniquiladores, lo llamamos armas nucleares, como si se tratara simplemente de versiones más poderosas de las armas conven­cionales. Llamamos «mundo libre» a un mundo lleno de ejem­plos de las más obscenas inequidades y violaciones de los dere­chos humanos. En nombre del pueblo se instituyen sistemas donde el pueblo simplemente debe acatar, de manera obediente, los dictámenes de un Estado Todopoderoso. Marchas pacíficas de protesta son severamente castigadas y los que en ellas parti­cipan son detenidos y condenados por «atentar contra el orden público y subvertirlo». Sin embargo, y al mismo tiempo, las variadas formas de terrorismo de Estado se aplican en nombre de las leyes y el orden. Podrían llenarse muchas páginas con ejemplos. El caso es que las personas dejan de comprender y, por lo tanto, se transforman en cínicas, o bien en masas perplejas, alienadas e impotentes frente a la realidad.



Violencia, marginación y exilio

La violencia perturba directamente la necesidad de protección y, de este modo, da paso a una profunda ansiedad. Por otra parte, el aislamiento, la marginación y el exilio político destruyen la identidad de las personas y causan rupturas familiares con des­trucción de afectos, y generan sentimientos de culpa, a menudo acompañados de fantasías o intentos reales de autoaniquilación. Además, la frustración de los proyectos de vida debida a una intolerancia política aniquiladora de la libertad, destruye la capa­cidad creativa de las personas, lo cual conduce lentamente, a partir de un profundo resentimiento, a la apatía y pérdida de la autoestima.

Nuestro tercer desafío consiste en reconocer y evaluar las patologías colectivas que los diversos sistemas socio-políticos son capaces de provocar cada uno a su manera y con su propia intensidad- como resultado del bloqueo sistemático de necesi­dades tales como entendimiento, protección, identidad, afecto, creatividad y libertad.

Resumen


Lo que se ha sugerido en esta reflexión es que:

a) cualquier necesidad humana fundamental no satisfecha de manera adecuada produce una patología:

b) hasta el momento, se han desarrollado tratamientos para combatir patologías individuales o de pequeños grupos;

c) hoy en día, nos vemos enfrentados a una cantidad de patologías colectivas que aumentan de manera alarmante, para las cuales los tratamientos aplicados han resultado ineficaces;

d) para una mejor comprensión de estas patologías colectivas es preciso establecer las necesarias transdisciplinariedades.

La posibilidad de desarrollar diálogos fecundos entre disci­plinas pertinentes para la adecuada interpretación de problemáticas como las mencionadas constituye el cuarto desafío.

Nuevas patologías colectivas se originarán en el corto y largo plazo si continuamos con enfoques tradicionales y ortodoxos. No tiene sentido sanar a un individuo para luego devolverlo a un ambiente enfermo.

Cada disciplina, en la medida en que se ha hecho más reduccionista y tecnocrática, ha creado su propio ámbito de deshumanización. Volver a humanizamos desde dentro de cada disciplina, es el gran desafío final. En otras palabras, sólo la voluntad de apertura intelectual puede ser el cimiento fecundo para cualquier diálogo o esfuerzo transdisciplinario que tenga sentido y que apunte a la solución de las problemáticas reales que afectan a nuestro mundo actual.

La humanización y la transdisciplinariedad responsables son nuestra respuesta a las problemáticas y son, quizás, nuestra única defensa. Si no asumimos el desafío, nadie será inocente. Todos seremos cómplices de generar sociedades enfermas. Y no hay que olvidar aquello que América Latina ha aprendido a costa de mucho dolor; que ... si «en el país de los ciegos el tuerto es rey»; en «las sociedades enfermas son los necrófilos los que detentan el poder».

Sugerencias

Una línea de investigación fecunda en relación a las tendencias animadas por las estructuras existentes es el estudio de proble­máticos a fin de estimular enfoques y perspectivas transdisciplinarias. La creciente complejidad de nuestras sociedades requiere de aproximaciones más amplias que las meramente disciplinarias. De ello derivan exigencias metodológicas y epistemológicas que será necesario identificar y responder.

Por último, es imprescindible iniciar el reconocimiento de la magnitud y características de las patologías colectivas propias de la actual crisis, y diferenciarlas conforme a cómo se expresan en los distintos órdenes socioeconómicos y políticos que enfrentan dicha crisis. Deberá también trabajarse en el diseño de indicado­res capaces de expresar la evolución y profundidad de patologías colectivas que surgen de fenómenos tales como el desempleo, la hiperinflación, la marginalidad en sus distintas manifestaciones y la represión. Será necesario asimismo introducir en los ámbitos académicos y políticos una reflexión más sistemática sobre las patologías colectivas, en el entendimiento de que desbordan los límites de las disciplinas individuales.

Fundamentación

Necesidades humanas: carencia y potencialidad

Una política de desarrollo orientada hacia la satisfacción de las necesidades humanas, entendidas en el sentido amplio que aquí les hemos dado, trasciende la racionalidad económica conven­cional porque compromete al ser humano en su totalidad. Las relaciones que se establecen y que pueden establecerse- entre necesidades y sus satisfactores- hacen posible construir una filosofía y una política de desarrollo auténticamente humanista.

Las necesidades revelan de la manera más apremiante el ser de las personas, ya que aquél se hace palpable a través de éstas en su doble condición existencial: como carencia y como poten­cialidad. Comprendidas en un amplio sentido, y no limitadas a la mera subsistencia, las necesidades patentizan la tensión constan­te entre carencia y potencia tan propia de los seres humanos.

Concebir las necesidades tan solo como carencia implica restringir su espectro a lo puramente fisiológico, que es precisa­mente el ámbito en que una necesidad asume con mayor fuerza y claridad la sensación de «falta de algo». Sin embargo, en la medida en que las necesidades comprometen, motivan y movilizan a las personas, son también potencialidad y, más aún, pueden llegar a ser recursos. La necesidad de participar es potencial de participación, tal como la necesidad de afecto es potencial de afecto.

Acceder al ser humano a través de las necesidades permite tender el puente entre una antropología filosófica y una opción política y de políticas; tal parecía ser la voluntad que animó los esfuerzos intelectuales tanto de Karl Marx como de Abraham Maslow. Comprender las necesidades como carencia y potencia, y comprender al ser humano en función de ellas así entendidas, previene contra toda reducción del ser humano a la categoría de existencia cerrada.

Así entendidas, las necesidades como carencia y potencia, resulta impropio hablar de necesidades que se «satisfacen» o que se «colman». En cuanto revelan un proceso dialéctico, constitu­yen un movimiento incesante. De allí que quizás sea más apro­piado hablar de vivir y realizar las necesidades, y de vivirlas y realizarlas de manera continua y renovada.

Necesidades humanas y sociedad

Si queremos definir o evaluar un medio en función de las nece­sidades humanas, no basta con comprender cuáles son las posi­bilidades que el medio pone a disposición de los grupos o de las personas para realizar sus necesidades. Es preciso examinar en qué medida el medio reprime, tolera o estimula que las posibili­dades disponibles o dominantes sean recreadas y ensanchadas por los propios individuos o grupos que lo componen.

Satisfactores y bienes económicos

Son los satisfactores los que definen la modalidad dominante que una cultura o una sociedad imprimen a las necesidades. Los satisfactores no son los bienes económicos disponibles sino que están referidos a todo aquello que, por representar formas de ser, tener, hacer y estar, contribuye a la realización de necesidades humanas. Pueden incluir, entre otras, formas de organización, estructuras políticas, prácticas sociales, condicio­nes subjetivas, valores y normas, espacios, contextos, comporta­mientos y actitudes, todas en una tensión permanente entre consolidación y cambio.

La alimentación es un satisfactor, como también puede serlo una estructura familiar (de la necesidad de protección, por ejem­plo) o un orden político (de la necesidad de participación, por ejemplo). Un mismo satisfactor puede realizar distintas necesi­dades en culturas distintas, o vivirse de manera divergente por las mismas necesidades en contextos diferentes.

El que un satisfactor pueda tener efectos distintos en diversos contextos depende no sólo del propio contexto, sino también en buena parte de los bienes que el medio genera, de cómo los genera y de cómo organiza el consumo de los mismos. Entendidos como objetos y artefactos que permiten incrementar o mermar la eficiencia de un satisfactor, los bienes se han convertido en elementos determinantes dentro de la civilización industrial. La forma como se ha organizado la producción y apropiación de bienes económicos a lo largo del capitalismo industrial ha con­dicionado de manera abrumadora el tipo de satisfactores domi­nantes.

Mientras un satisfactor es en sentido último el modo por el cual se expresa una necesidad, los bienes son en sentido estricto el medio por el cual el sujeto potencia los satisfactores para vivir sus necesi­dades. Cuando la forma de producción y consumo de bienes conduce a erigir los bienes en fines en sí mismos, entonces la presunta satisfacción de una necesidad empaña las potencialidades de vivirla en toda su amplitud. Queda, allí, abonado el terreno para la confir­mación de una sociedad alienada que se embarca en una carrera productivista sin sentido. La vida se pone, entonces, al servicio de los artefactos en vez de los artefactos al servicio de la vida. La pregunta por la calidad de vida queda recubierta por la obsesión de incrementar la productividad de los medios.

La construcción de una economía humanista exige, en este marco, un importante desafío teórico, a saber: entender y desen­trañar la dialéctica entre necesidades, satisfactores y bienes económicos. Esto, a fin de pensar formas de organización econó­mica en que los bienes potencien satisfactores para vivir las necesidades de manera coherente, sana y plena.

La situación obliga a repensar el contexto social de las necesi­dades humanas de una manera radicalmente distinta de como ha sido habitualmente pensado por planificadores sociales y por diseñadores de políticas de desarrollo. Ya no se trata de relacionar necesidades solamente con bienes y servicios que presuntamente las satisfacen, sino

Para una teoría crítica de la sociedad no basta especificar cuáles son los satisfactores y bienes económicos dominantes al interior de ella, sino presentarlos además como productos histó­ricamente constituidos y, por lo tanto, susceptibles de ser modi­ficados. Por consiguiente, es necesario rastrear el proceso de creación, mediación y condicionamiento entre necesidades, sa­tisfactores y bienes económicos.

La reivindicación de lo subjetivo

Suponer una relación directa entre necesidades y bienes econó­micos permite la construcción de una disciplina objetiva, tal como la economía tradicional supone serlo. Es decir, de una disciplina mecanicista en que el supuesto central es el de que las necesidades se manifiestan a través de la demanda que, a su vez, está determinada por las preferencias individuales en relación a los bienes producidos. El incluir los satisfactores como parte del proceso económico implica reivindicar lo subjetivo más allá de las puras preferencias respecto de objetos y artefactos.

Podemos comprender cómo se viven las necesidades en nosotros mismos y en nuestro medio: grupo familiar, comunita­rio o social, sistema económico, modelo socio-político, estrate­gias de vida, cultura o nación. Podemos tratar de entender cómo se relacionan en nuestro medio los satisfactores y bienes econó­micos dominantes con las formas de sentir, expresar, y actuar nuestras necesidades. Podemos detectar cómo los satisfactores y bienes disponibles o dominantes limitan, condicionan, desvir­túan o, por el contrario, estimulan nuestras posibilidades de vivir las necesidades humanas. Podemos, sobre esa base, pensar las formas viables de recrear y reorganizar los satisfactores y bienes de manera que enriquezcan nuestras posibilidades de realizar las necesidades y reduzcan nuestras posibilidades de frustrarlas.

Las formas en que vivimos nuestras necesidades son, en último termino, subjetivas. Parecería, entonces, que todo juicio universalizador podría pecar de arbitrario. Tal obje­ción bien podría surgir desde la trinchera del positivismo. La identificación que el positivismo hace de lo subjetivo con lo particular, si bien pone de manifiesto el fracaso histórico del idealismo absoluto, constituye para las ciencias sociales una espada de Damocles. Cuando el objeto de estudio es la relación entre seres humanos y sociedad, la universalidad de lo subjetivo no se puede soslayar.

El carácter social de la subjetividad es uno de los ejes de la reflexión sobre el ser humano concreto. No existe imposibilidad de juzgar sobre lo subjetivo. Lo que existe, más bien, es miedo a las consecuencias que pueda tener tal discurso. Un caso claro lo encontramos en la teoría económica, desde los neoclásicos hasta los monetaristas, donde para no hablar de necesidades se acuña la noción de preferencias. Tras esta opción se revela el marcado recelo hacia lo universal-subjetivo y a las consecuencias de asumirlo, sobre todo si se trata de defender una economía de libre mercado.

Las preferencias se definen en el ámbito de lo subjetivo-particular, son competencia de cada persona, y no amenazan, por lo tanto los supuestos de la racionalidad del mercado. Hablar, en cambio, de necesidades humanas funda­mentales obliga a situarse desde la partida en el plano de lo subjetivo-universal, lo cual torna estéril cualquier enfoque mecanicista.

La forma en que se expresan las necesidades a través de los satisfactores varía a lo largo de la historia, de acuerdo a culturas, referentes sociales, estrategias de vida, condiciones económicas, relaciones con el medio ambiente. Estas formas de expresión tocan tanto lo subjetivo como lo objetivo, pero están permeadas por la situación histórica del vivir de las personas. De ahí que los satisfactores son lo histórico de las necesidades y los bienes económicos su materialización.

Necesidades humanas: tiempo y ritmos

Por carecer de la necesaria evidencia empírica, no podemos afirmar a ciencia cierta que las necesidades humanas fundamentales son permanentes. Sin embargo, nada nos impide hablar de su carácter social-universal, en tanto necesidades cuya realización resulta de­seable a cualquiera, y cuya inhibición, también para cualquiera, ha de resultar indeseable. Al reflexionar en tomo a las nueve necesida­des fundamentales propuestas en nuestro sistema, el sentido común, acompañando de algún conocimiento antropológico, nos indica que seguramente las necesidades de subsistencia, protección, afecto, entendimiento, participación, ocio y creación estuvieron presentes desde los orígenes del «Homo habilis» y, sin duda, desde la aparición del «Homo sapiens».

Probablemente en un estadio evolutivo posterior surgió la nece­sidad de identidad y, mucho más tarde, la necesidad de libertad. Del mismo modo es probable que en el futuro la necesidad de trascen­dencia, que no incluimos en nuestro sistema por no considerarla todavía tan universal, llegue a serlo tanto como las otras.

Parece legítimo, entonces, suponer que las necesidades hu­manas cambian con la aceleración que corresponde a la evolu­ción de la especie humana. Es decir, a un ritmo sumamente lento. Por estar imbricadas a la evolución de la especie, son también universales. Tienen una trayectoria única.

Los satisfactores tienen una doble trayectoria. Por una parte se modifican al ritmo de la historia y, por otra, se diversifican de acuerdo a las culturas y las circunstancias, es decir, de acuerdo al ritmo de las distintas historias.

Los bienes económicos (artefactos, tecnologías) tienen una triple trayectoria. Se modifican a ritmos coyunturales, por una parte, y, por la otra, se diversifican de acuerdo a las culturas: y dentro de éstas, se diversifican de acuerdo a los diversos estratos sociales.

Podríamos decir, quizás, que las necesidades humanas fun­damentales son atributos esenciales que se relacionan con la evolución, los satisfactores son formas de ser, tener, hacer y estar que se relacionan con estructuras: y los bienes económicos son objetos que se relacionan con coyunturas.

Los cambios evolutivos, los cambios estructurales y los cambios coyunturales ocurren con velocidades y ritmos distin­tos. La tendencia de la historia coloca al ser humano en un ámbito crecientemente arrítmico y asincrónico en que los procesos esca­pan cada vez más a su control. Esta situación ha llegado actual­mente a niveles extremos.

Es tal la velocidad de producción y diversificación de los ar­tefactos, que las personas aumentan su dependencia y crece su alienación a tal punto, que es cada vez más frecuente encontrar bienes económicos (artefactos) que ya no potencian la satisfac­ción de necesidad alguna, sino que se transforman en fines en sí mismos.

En algunos de los sectores marginados por la crisis, y en grupos contestatarios a los estilos de desarrollo dominantes, es que se generan procesos contra hegemónicos en que satisfactores y bienes económicos vuelven a subordinarse a la actualización de las necesidades humanas. Es en esos sectores donde podemos encontrar ejemplos de comportamientos sinérgicos que, de algu­na manera, aportan un germen de posible respuesta a la crisis que nos apabulla. Esos procesos, dignos de estudiarse y entenderse, se analizan en la tercera parte de este documento.

Bases para una sistematización posible

Una taxonomía de las necesidades humanas

Tal como ya quedo dicho, lo que precisamos es una teoría de las necesidades para el desarrollo. Eso nos plantea la exigencia de construir una taxonomía de necesidades humanas que nos sirva como instrumento de política y de acción.

Sin duda existen muchas maneras de clasificar necesidades, y todas ellas dependen de los propósitos que con la clasificación se persigan. De allí que toda taxonomía deba considerarse como provisoria, abierta y sujeta a cambios en la medida en que surjan nuevas razones o evidencias para hacerlos. Para los propósitos del desarrollo, una taxonomía pluridimensional que distinga claramente entre necesidades y satisfactores es una herramienta útil y factible. Lamentablemente, en la formulación de dicha taxonomía nunca podremos estar al resguardo de la objeción de arbitrariedad. Pero considerando que el esfuerzo es, de todas maneras, imprescindible, podemos reducir el riesgo sí respeta­mos los siguientes requisitos:

a) La taxonomía debe ser comprensible: las necesidades enumeradas deben ser fácilmente reconocibles e identificadas como propias.

b) La taxonomía debe combinar amplitud con especificidad: debe llegarse a un número reducido de necesidades claramente enunciables (una palabra para cada necesidad), pero capaces de crear en su conjunto un universo suficientemente amplio para que cualquier necesidad fundamental vivida pueda remitirse a él.

c) La taxonomía debe ser operativa: para todo satisfactor existente o pensable, una o más de las necesidades enunciadas ha de aparecer como necesidad objetivo del satisfactor. Lo que debe pretenderse es que la taxonomía haga posible el análisis de la relación entre necesidades y formas en que ellas se satisfacen.

d) La taxonomía debe ser potencialmente crítica: no basta que la taxonomía remita satisfactores a necesidades. Es preciso también poder determinar las necesidades para las cuales no existen satisfactores deseables o satisfactores que destruyen o inhiben la realización de necesidades.

e) La taxonomía debe ser potencialmente propositiva: en la medida en que sea crítica y capaz de detectar insuficiencias en la relación entre satisfactores disponibles y necesidades vividas, la taxonomía debe servir de resorte para pensar un orden alternativo capaz de generar y fomentar satisfactores para las necesidades de todas las personas y de todo la persona- y sustituir satisfactores excluyentes, que sacrifican unas necesidades, por otros, más comprehensivos, que combinen la satisfacción de varias necesi­dades.

La taxonomía propuesta representa una opción. Está referida al desarrollo y la consideramos operacional para el desarrollo. Además satisface los requisitos enunciados. Sin embargo, aún así debe considerarse como propuesta abierta, susceptible de ser perfeccionada.

Necesidades, satisfactores y bienes económicos

En el contexto de nuestra propuesta ha de entenderse, como ya quedó dicho, que las necesidades no sólo son carencias sino también, y simultáneamente, potencialidades humanas indivi­duales y colectivas.

Los satisfactores, por otra parte, son formas de ser, tener, hacer y estar, de carácter individual y colectivo, conducentes a la actualización de necesidades.

Bienes económicos, por último, son objetos y artefactos que permiten afectar la eficiencia de un satisfactor, alterando así el umbral de actualización de una necesidad, ya sea en sentido positivo o negativo.



Una matriz de necesidades y satisfactores

La interrelación entre necesidades, satisfactores y bienes econó­micos es permanente y dinámica. Entre ellos se desencadena una dialéctica histórica. Si, por una parte, los bienes económicos tienen la capacidad de afectar la eficiencia de los satisfactores, éstos, por otra parte, serán determinantes en la generación y creación de aquéllos. A través de esta causación recíproca se convierten, a la vez, en parte y en definición de una cultura, y en determinantes de los estilos de desarrollo.

Los satisfactores pueden ordenarse y desglosarse dentro de los cruces de una matriz que, por un lado, clasifica las necesida­des según las categorías existenciales de ser, tener, hacer y estar y, por el otro, las clasifica según categorías axiológicas de subsis­tencia, protección, afecto, entendimiento, participación, ocio, creación, identidad y libertad. (Ver Cuadro 1)

La matriz que se presenta en el Cuadro I no es de ninguna manera normativa. Es sólo un ejemplo de tipos de satisfactores posibles. De hecho, cada persona o cada grupo puede construir y llenar la suya según sea su cultura, su tiempo, su lugar o sus circunstancias, o bien según sus limitaciones o sus aspiraciones.

De la observación de los distintos casilleros de la matriz que contienen propuestas de satisfactores posibles, se desprende que muchos de los satisfactores indicados pueden dar origen a diver­sos bienes económicos. Si se escoge, por ejemplo, el casillero 15 que indica formas del hacer para satisfacer la necesidad de en­tendimiento, se encuentran satisfactores como investigar, estu­diar, experimentar, educar, analizar, meditar e interpretar. Ellos dan origen a bienes económicos, según sea la cultura y sus recursos, tales como libros, instrumentos de laboratorio, herra­mientas, computadoras y otros artefactos. La función de estos es, ciertamente, la de potenciar el hacer del entendimiento.

Ejemplos de satisfactores y sus atributos

La matriz que se propone es sólo un ejemplo que no agota los tipos de satisfactores posibles. De hecho, los satisfactores pue­den tener diversas características que abarcan un amplio abanico de posibilidades. Proponemos distinguir para fines analíticos al menos cinco tipos, a saber: a) violadores o destructores, b) Pseudo-satisfactores, c) satisfactores inhibidores, d) satisfacto­res singulares, y e) satisfactores sinérgicos. (Ver Cuadros 2 al 6)

Cuadro 1 Matriz de necesidades y satisfactores 6[6]

Necesidades según

categorías existenciales

____________________

Necesidades según

categorías axiológicas


Ser

Tener

Hacer

Estar

Subsistencia

1/

Salud física, salud mental, equilibrio, solidaridad, humor, adaptabilidad.



2/

Alimentación, abrigo, trabajo



3/

Alimentar, procrear, descansar, trabajar



4/

Entorno vital, entorno social



Protección

5/

Cuidado, adaptabilidad, autonomía, equilibrio, solidaridad



6/

Sistemas de seguros, ahorro, seguridad social, sistemas de salud, legislaciones, derechos, familia, trabajo.



7/

Cooperar, prevenir, planificar, cuidar, curar, defender



8/

Contorno vital, contorno social, morada



Afecto

9/

Autoestima, solidaridad, respeto, tolerancia, generosidad, receptividad, pasión, voluntad, sensualidad, humor



10/

Amistades, parejas, familia, animales domésticos, plantas, jardines.



11/

Hacer el amor, acariciar, expresar emociones, compartir, cuidar, cultivar, apreciar.



12/

Privacidad, intimidad, hogar, espacios de encuentro.



Entendimiento

13/

Conciencia crítica, receptividad, curiosidad, asombro, disciplina, intuición, racionalidad.



14/

Literatura, maestros, método, políticas educacionales, políticas comunicacionales



15/

Investigar, estudiar, experimentar, educar, analizar, meditar, interpretar



16/

Ambitos de interacción formativa, escuelas, universidades, academias, agrupaciones, comunidades, familia



Participación

17/

Adaptabilidad, receptividad, solidaridad, disposición, convicción, entrega, respeto, pasión, humor



18/

Derechos, responsabilidades, obligaciones, atribuciones, trabajo.



19/

Afiliarse, cooperar, proponer, compartir, discrepar, acatar, dialogar, acortar, opinar



20/

Ambitos de interacción participativa, cooperativas, asociaciones, iglesias, comunidades, vecindarios, familia



Ocio

21/

Curiosidad, receptividad, imaginación, despreocupación, humor, tranquilidad, sensualidad



22/

Juegos, espectáculos, fiestas, calma



23/

Divagar, abstraerse, soñar, añorar, fantasear, evocar, relajarse, divertirse, jugar



24/

Privacidad, intimidad, espacios de encuentro, tiempo libre, ambientes, paisajes



Creación

25/

Pasión, voluntad, intuición, imaginación, audacia, racionalidad, autonomía, inventiva, curiosidad



26/

Habilidades, destrezas, método, trabajo



27/

Trabajar, inventar, construir, idear, componer, diseñar, interpretar



28/

Ambitos de producción y retroalimentación, talleres, ateneos, agrupaciones, audiencia, espacias de expresión, libertad temporal



Identidad

29/

Pertenencia, coherencia, diferencia, autoestima, asertividad



30/

Símbolos, lenguaje, hábitos, costumbres, grupos de referencia, sexualidad, valores, normas, roles, memoria histórica, trabajo



31/

Comprometerse, integrarse, confundirse, definirse, conocerse, reconocerse, actualizarse, crecer



32/

Socio-ritmos, entornos de la cotidianeidad, ámbitos de pertenencia, etapas madurativas



Libertad

33/

Autonomía, autoestima, voluntad, pasión, asertividad, apertura, determinación, audacia, rebeldía, tolerancia



34/

Igualdad de derechos



35/

Discrepar, optar, diferenciarse, arriesgar, conocerse, asumirse, desobedecer, meditar



36/

Plasticidad espacio-temporal


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