Desarrollo a escala humana conceptos, aplicaciones y algunas reflexiones



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3. Desarrollo y autodependencia

Manfred Max-Neef, Antonio Elizalde y Martín Hopenhayn

 

Hacia un desarrollo autodependiente



Sobre las múltiples dependencias

Los esfuerzos por establecer un Nuevo Orden Económico Inter­nacional (NOEI) y una nueva división internacional del trabajo no han logrado atenuar las relaciones de dependencia económica, financiera, tecnológica y cultural de los países en desarrollo respecto de las naciones industrializadas. El auge del capital financiero ha restringido aún más la capacidad y el derecho de los países deudores de decidir sobre sus propios destinos. Al respec­to, las políticas de ajuste impuestas por el Fondo Monetario Internacional a los gobiernos de los países latinoamericanos, que solicitan créditos para pagar los desorbitantes servicios de sus deudas, reflejan el poder de la banca privada internacional para mermar la soberanía de los países pobres.

Las pautas de consumo que el mundo rico exporta e impone al mundo en desarrollo somete a este último a relaciones de intercambio que agudizan su dependencia, perpetúan sus desequilibrios internos y amenazan su identidad cultural. Son los países industrializados los que controlan la producción y comercialización de los insumos y productos de las tecnologías de punta y de gran parte de la producción industrial. Son también estos países los que difunden el criterio de que tales tecnologías y productos son imprescindibles y preferibles para cualquier sociedad que aspire a incrementar el bienestar de sus miembros.

La dependencia en materia de pautas de consumo, que desde los propios países en desarrollo es alentada por los grupos de poder económico que se benefician con la comercialización correspondiente, ha aportado de modo significativo al monto de las deudas externas de los países latinoamericanos. Según esti­maciones del economista Jacobo Schatan 9[9] , entre 1978 y 1981 se generaron en México importaciones prescindibles que ascendie­ron a catorce mil millones de dólares, cifra que alcanzó a diez mil millones de dólares para Brasil y cinco mil millones de dólares para Chile. En términos per capitel, en Brasil las importaciones suntuarias significaron setenta y nueve dólares, en México doscien­tos, mientras en Chile fueron de quinientos trece dólares. La India, en cambio, muestra una importación de bienes suntuarios de sólo cinco dólares per capita, y no es casualidad que su nivel de deuda externa sea tan inferior al de los países de América Latina.

Romper con modelos imitativos de consumo, no sólo conjura la dependencia cultural sino que hace posible además un uso más eficiente de los recursos generados en la periferia. Reduce, también, el impacto negativo de las políticas proteccionistas que los países industrializados impulsan en defensa de sus productos. Las relaciones de dependencia se imbrican y refuerzan entre sí. No pueden considerarse aisladamente los diversos ámbitos de dependencia (económico-financiero, tecnológico, cultural y po­lítico), pues la fuerza de cada uno de ellos radica en el apoyo que recibe de los ámbitos restantes.

Es en razón de estas múltiples dependencias, que las mismas inhiben un desarrollo orientado hacia la autodependencia y la satisfacción de las necesidades humanas. La satisfacción de necesidades tales como subsistencia, protección, participación, creación, identidad y libertad se ve inhibida por las exigencias que, de manera explícita o soterrada, los centros internacionales del poder hacen a la periferia en cuestión de modelos políticos, pautas de crecimiento económico, patrones culturales, incorpo­ración de tecnologías, opciones de consumo, relaciones de inter­cambio y formas de resolver los conflictos sociales. La acepta­ción de tales exigencias no sólo se nutre de las dependencias, sino que además las refuerza. Nos encontramos, pues, ante un círculo vicioso dentro del cual poco o nada puede avanzarse en la satisfacción de las necesidades más vitales de las grandes masas de los países en desarrollo. Bajo tales condiciones sería más fiel a los hechos, hablar de países del «anti-desarrollo» que de países en vías de desarrollo.

El problema político del Desarrollo a Escala Humana no puede entonces plantearse en base a la búsqueda de espacios que el NOEI abra a las economías periféricas; por el contrario, de lo que se trata es de definir una estrategia de desarrollo nacional autodependiente para abordar desde allí la posibilidad de que el NOEI contribuya a promover sus objetivos. No es cosa de empujar las exportaciones al máximo en función de la demanda del centro, para después preguntarse cómo utilizar los ingresos provenientes de las exportaciones. Más bien debe comenzarse por regular el flujo de exportaciones y reducir el de importacio­nes conforme lo requiera un desarrollo más endógeno y autodependiente.

Tal como nos vemos enfrentados a una interrelación de ámbitos de dependencia (económico-financiero, tecnológico, cultural y político) nos hallamos paralizados por una agregación de espacios de dependencia', local, regional, nacional e interna­cional. La concentración económica y la centralización de las decisiones políticas generan y refuerzan dependencias entre es­tos distintos niveles: los países pobres están sometidos al arbitrio de los países ricos, y al interior de los países pobres sucede lo mismo que entre países pobres y ricos: realidades locales y regionales parecen destinadas a subordinar sus opciones a los designios de los gobiernos centrales y de quienes concentran el poder económico de la nación.

La autodependencia como eje del desarrollo

Las relaciones de dependencia, desde el espacio internacional hasta los espacios locales, y desde el ámbito tecnológico hasta el ámbito cultural, generan y refuerzan procesos de dominación que frustran la satisfacción de las necesidades humanas. Es mediante la generación de autodependencia, a través del protagonismo real de las personas en los distintos espacios y ámbitos, que pueden impulsarse procesos de desarrollo con efectos sinérgicos en la satisfacción de dichas necesidades.

Concebimos esta autodependencia en función de una interdependencia horizontal y en ningún caso como un aisla­miento por parte de naciones, regiones, comunidades locales o culturas. Una interdependencia sin relaciones autoritarias ni condicionamientos unidireccionales es capaz de combinar los objetivos de crecimiento económico con los de justicia social, libertad y desarrollo personal. Del mismo modo, la armónica combinación de tales objetivos es capaz de potenciar la satisfac­ción individual y social de las distintas necesidades humanas fundamentales.

Entendida como un proceso capaz de fomentar la participa­ción en las decisiones, la creatividad social, la autonomía políti­ca, la justa distribución de la riqueza y la tolerancia frente a la diversidad de identidades, la autodependencia constituye un elemento decisivo en la articulación de los seres humanos con la naturaleza y la tecnología, de lo personal con lo social, de lo micro con lo macro, de la autonomía con la planificación y de la sociedad civil con el Estado.



Articulación entre seres humanos, naturaleza y tecnología

La conducta generada por una cosmología antropocéntrica, que sitúa al ser humano por encima de la naturaleza, es coherente con los estilos tradicionales de desarrollo. De ahí que la visión economicista del desarrollo, a través de indicadores agregados como el PGB, considera como positivos, sin discriminación, todos los procesos donde ocurren transacciones de mercado, sin importar si éstas son productivas, improductivas o destructivas. Resulta así, que la depredación indiscriminada de un recurso natural hace aumentar el PGB, tal como lo hace una población enferma cuando incrementa su consumo de drogas farmacéuticas o de servicios hospitalarios.

Las tecnologías presuntamente modernas suelen, a su vez, resultar engañosas. Un ejemplo conspicuo es el del sistema agrario norteamericano, reconocido por su enorme eficiencia. Altamente mecanizado y con subsidios para el petróleo, es, sin embargo, un sistema notablemente ineficiente si se lo mide en términos de la cantidad de energía consumida para producir una cantidad determinada de kilo/calorías. No obstante, si se mide en términos monetarios, genera supuestamente beneficios enormes y, de ese modo, contribuye al crecimiento del PGB. Estos ejemplos son igualmente válidos para los países del Tercer Mundo tan influidos por el «hechizo» de las tecnologías de punta. En Méxi­co, según la fundación Xochicalli, se estima que se gastan alre­dedor de 19.000 Kcal. para colocar 2.200 Kcal. de alimentos en la mesa. Más aún, la cantidad de energía gastada sólo en el transporte de productos alimenticios, es en México casi igual al total de energía requerida por el sector primario para la produc­ción de alimentos. Que tales situaciones se consideren positivas, constituye sin duda una aberración conceptual.

Debido a que el Desarrollo a Escala Humana está principal­mente comprometido con la actualización de las necesidades humanas, tanto de las generaciones presentes como futuras, fomenta un concepto de desarrollo eminentemente ecológico. Esto implica, por una parte, construir indicadores capaces de discriminar entre lo que es positivo y lo que es negativo: y. por otra, diseñar y utilizar tecnologías que se ajusten a un proceso de desarrollo verdaderamente eco-humanista que pueda garantizar la sustentabilidad de los recursos naturales para el futuro.



Articulación de lo personal con lo social

Los modelos políticos y estilos de desarrollo dominantes se han tropezado con tremendos obstáculos para compatibilizar el desa­rrollo personal con el desarrollo social. Tanto las dinámicas del ejercicio del poder, como los efectos de ideologías excluyentes, tienden a disolver a las personas en arquetipos de masas, o a sacrificar a las masas por arquetipos del individuo. Abundan los modelos que postergan el desarrollo social en nombre de la soberanía del consumidor, en circunstancias que reducir la per­sona a la categoría de consumidor también coarta el propio desarrollo personal.

Desarrollo social y desarrollo individual no pueden darse de manera divorciada. Tampoco es razonable pensar que el uno pueda sobrevenir mecánicamente como consecuencia del otro. Una sociedad sana debe plantearse, como objetivo ineludible, el desarrollo conjunto de todas las personas y de toda la persona. Tradicionalmente, se ha pensado que la escasez de recursos obliga a optar entre ambas posibilidades, ya que en la práctica no parece posible aplicar políticas inclusivas. Tal criterio nace, sin duda, de una concepción convencional de la eficiencia. Si, por el contrario, tomamos en cuenta, además de los recursos convencionales, los recursos no convencionales con su potencial sinérgico, comprobamos que las políticas inclusivas son viables, y que sólo combinando desarrollo personal con desarrollo social es posible alcanzar una sociedad sana, con individuos sanos.

La articulación de la dimensión personal del desarrollo con su dimensión social puede lograrse a partir de niveles crecientes de autodependencia. En el ámbito personal, la autodependencia estimula la identidad propia, la capacidad creativa, la autoconfianza y la demanda de mayores espacios de libertad. En el plano social, la autodependencia refuerza la capacidad para subsistir, la protección frente a las variables exógenas, la identidad cultural endógena y la conquista de mayores espacios de libertad colec­tiva. La necesaria combinación del plano personal con el plano social en un Desarrollo a Escala Humana obliga, pues, a estimu­lar la autodependencia en los diversos niveles: individual, grupal, local, regional y nacional.



Articulación de lo micro con lo macro

Las relaciones de dependencia van de arriba hacia abajo: de lo macro a lo micro, de lo internacional a lo local, y de lo social a lo individual. Las relaciones de autodependencia, por el contrario, tienen mayores efectos sinérgicos y multiplicadores cuando van de abajo hacia arriba; es decir, en la medida en que la autodependencia local estimula la autodependencia regional y ésta estimula la autodependencia nacional. Esto no significa que las políticas de nivel macro sean intrínsecamente incapaces de irradiar autodependencia hacia los niveles micro-sociales, sino que deben enfrentar siempre dos desafíos. El primero implica reducir al míni­mo, mediante mecanismos institucionales u otras vías, el riesgo de reproducir relaciones verticales «en nombre de» la autodependencia para las unidades regionales y locales. El segundo implica que, en términos operativos, los procesos de autodependencia desde los micro-espacios resulten menos burocráticos, más democráticos, y más eficientes en la combinación de crecimiento personal y desarrollo social. Son precisamente estos espacios (grupales, comunitarios, locales) los que poseen una dimensión más nítida de escala humana, vale decir, una escala donde lo social no anula lo individual sino que, por el contrario, lo individual puede potenciar lo social. En relación a un Desarrollo a Escala Humana, estos espacios son fundamentales para la generación de satisfactores sinérgicos.

No pretendemos sugerir que la autodependencia se logra mediante la mera agregación de pequeños espacios. Tal postura no haría sino reproducir una visión mecanicista que ya bastante daño ha provocado en materia de políticas de desarrollo. Sin la complementación entre procesos globales y procesos micro-espaciales de autodependencia, lo más probable es la cooptación de lo micro por lo macro. Las complementariedades entre lo macro y lo micro, y entre los diversos micro-espacios, estimulan el potenciamiento recíproco entre procesos de identidad socio-cultural, de autonomía política y de autodependencia económica.

Articulación de la planificación con la autonomía

Lograr niveles crecientes de autonomía política y de autodepen­dencia económica en los espacios locales, exige promover pro­cesos que conduzcan a ello. Esto plantea, como desafío central para un Desarrollo a Escala Humana, conciliar ^promoción desde fuera con las iniciativas desde adentro. Difícilmente la acción espontánea de grupos locales o de individuos aislados puede trascender si no es potenciada también por planificadores y por acciones políticas concertadas. Se precisa una planificación global para las autonomías locales, capaz de movilizar a los grupos y comunidades ya organizados, a fin de que puedan transmutar sus estrategias de supervivencia en opciones de vida, y sus opciones de vida en proyectos políticos y sociales orgáni­camente articulados a lo largo del espacio nacional.



Articulación de la sociedad civil con el Estado

Revertir la dependencia en sus distintos espacios y ámbitos requiere de profundos cambios estructurales en las relaciones entre el Estado y la sociedad civil; cambios que apunten tanto a generar y reforzar autodependencia, como a resolver las presio­nes y contradicciones que puedan surgir dentro de los propios espacios y ámbitos que acceden a una autodependencia crecien­te. En el primer caso, la interconexión entre múltiples dependen­cias (de lo internacional a lo local, de lo tecnológico a lo socio-cultural) sólo puede enfrentarse con la movilización, la consoli­dación de la autonomía dondequiera que brote y el respeto por la diversidad de culturas, de formas de organización y de reivindi­caciones micro-espaciales. En el segundo caso, la autodependencia multiplica la conciencia crítica y, con ella, las expectativas de participación de múltiples actores sociales, lo cual se traduce en demandas movilizadoras en procura de cambios, que deben armonizarse dentro de una globalidad orgánica.

Mientras la organización social y económica siga encuadra­da dentro de una lógica política de carácter piramidal, difícilmen­te podrán asignarse y diversificarse los recursos en función de la heterogeneidad estructural de la población latinoamericana. Por ello, es necesario contraponer a la lógica estatal de poder la autonomía política que emana desde la sociedad civil, es decir, de la población y sus organizaciones. Es a través de experiencias efectivas y articuladas de autodependencia que podrá relativizarse el prejuicio de que la eficiencia necesariamente va de la mano con la centralización en la toma de decisiones.

Desdeñar el papel del Estado y de las políticas públicas en la ejecución de las tareas de planificación y asignación de recursos es expresión de irrealismo. En el otro extremo, reducir la orga­nización social y productiva gestada por la sociedad civil a un Estado macrocefálico es viciar el proceso desde la partida.

Fomentar la autodependencia en múltiples espacios exige, en cambio, considerar el desarrollo ya no como expresión de una clase dominante ni de un proyecto político único en manos del Estado, sino como producto de la diversidad de proyectos indi­viduales y colectivos capaces de potenciarse entre sí. De ahí que para garantizar tales procesos, el Estado deberá desempeñar un papel fundamental abriendo espacios de participación a distintos actores sociales, a fin de evitar que, a través de la reproducción de mecanismos de explotación y de coerción, se consoliden proyectos autónomos perversos que atenten contra la multiplici­dad y diversidad que se pretende reforzar.

Potenciación de grupos y actores sociales

En contraste con la racionalidad económica dominante, el Desa­rrollo a Escala Humana, centrado en la promoción de la auto­dependencia en los diversos espacios y ámbitos, no considera la acumulación como un fin en sí mismo ni como la panacea que remedia todos los males de los países en desarrollo. Pero no por ello minimiza la importancia de la generación de excedentes, sino que la subordina a la constitución de grupos, comunidades y organizaciones con capacidad para forjarse su autodependencia. Mediante su expansión y articulación, desde los micro-espacios hasta los escenarios nacionales, podrá asegurarse que la acumu­lación económica redunde en una satisfacción progresiva de las necesidades humanas de la población. La capacidad de los diver­sos grupos e individuos para decidir sobre sus propios recursos y regular sus destinos garantiza un uso de excedentes que no sea discriminatorio ni excluyente.



Espacios y actores

En los espacios locales -de escala más humana- es más fácil que se generen embriones de autodependencia cuyas prácticas cons­tituyan alternativas potenciales a las grandes estructuras pira­midales de poder. Es en los espacios a escala humana donde desarrollo personal y desarrollo social más pueden reforzarse entre sí. No hay, por lo tanto, dependencia que pueda combatirse si no se empieza por rescatar los embriones contradependientes que se gestan en las bases de la organización social. El rol del Estado y de las políticas públicas debe incluir, pues, la tarea medular de detectar estos embriones, reforzarlos, y promover su fuerza multiplicadora. Es, por lo demás, en los espacios locales donde las personas se juegan la primera y última instancia en la satisfacción de las necesidades humanas.

Políticas alternativas centradas en el Desarrollo a Escala Humana han de estimular la constitución de sujetos sociales capaces de sostener un desarrollo autónomo, autosustentado y armónico en sus diversos ámbitos. Esto no significa, claro está, que el desarrollo sólo se limite a privilegiar espacios microsociales. La fuerza con que la recesión internacional remece a los países latinoamericanos, y los desequilibrios estructurales del capitalis­mo periférico, tornan insuficiente dicho énfasis si no se lo concilia con políticas globales que aligeren la precariedad de las grandes masas desposeídas. Pero tales políticas deben incluir en su agenda el imperativo de asignar recursos que puedan potenciar procesos de autodependencia en el espacio local.

Autodependencia versus instrumentalización

El desarrollo autodependiente revierte la tendencia a homogeneizar e instrumentalizar a los sectores y actores sociales en nombre de la eficiencia y de la acumulación, La corriente en el mundo en desarrollo, y en América Latina en particular, pagar por la acumulación y la eficiencia el precio de la dependencia. Pero la dependencia inhibe la satisfacción de las necesidades humanas, y por lo tanto es un precio que no debiera tolerarse. Obliga a manipular a las masas desposeídas en función de las exigencias de los grandes centros de poder económico, e induce a interpretar las heterogeneidades culturales, productivas y orga­nizativas como meros obstáculos al crecimiento.

A esta racionalidad económica es preciso oponer otra racio­nalidad cuyo eje axiológico no sea ni la acumulación in­discriminada, ni el mejoramiento de indicadores económicos convencionales que poco dicen del bienestar de los pueblos, ni una eficiencia divorciada de la satisfacción de las necesidades humanas. Esta otro racionalidad se orienta al mejoramiento de la calidad de vida de la población, y se sustenta en el respeto a la diversidad y en la renuncia a convertir a las personas en instrumentos de otras personas y a los países en instrumentos de otros países.

Lógica económica versus ética del bienestar

A una lógica económica, heredera de la razón instrumental que impregna la cultura moderna, es preciso oponer una ética del bien­estar. Al fetichismo de las cifras debe oponerse el desarrollo de las personas. Al manejo vertical por parte del Estado y a la explotación de unos grupos por otros hay que oponer la gestación de voluntades sociales que aspiran a la participación, a la autonomía y a una utilización más equitativa de los recursos disponibles.

Es imperioso desembarazarse de categorías a priori y de supuestos que hasta ahora han sido incuestionados en la macro-economía y en la macropolítica. Una opción por el Desarrollo a Escala Humana requiere estimular el protagonismo de los sujetos para que hagan de la autodependencia su propia opción de desenvolvimiento y tengan la capacidad de irradiarla a otros sectores de la sociedad. Lo decisivo para este desarrollo es cómo y qué recursos generar y utilizar para potenciar micro-espacios y sujetos con voluntad de autodependencia.

La autodependencia implica una especie de regeneración o revitalización a través de los esfuerzos, capacidades y recursos de cada uno. Estratégicamente significa que lo que puede pro­ducirse (o lo que puede solucionarse) a niveles locales es lo que debe producirse (o lo que debe solucionarse) a niveles locales. El mismo principio se aplica a niveles regionales y nacionales.

La opción por la autodependencia

Autodependencia significa cambiar la forma en la cual las perso­nas perciben sus propios potenciales y capacidades, las cuales resultan a menudo, autodegradadas como consecuencia de las relaciones centro-periferia imperantes. La reducción de la depen­dencia económica, que es uno de los objetivos del desarrollo autodependiente, no intenta ser un sustituto del intercambio económico, que será siempre necesario. Siempre hay bienes o servicios que no pueden ser generados o provistos local, regional o nacionalmente. Por lo tanto, la autodependencia debe necesa­riamente alcanzar una naturaleza colectiva. Debe transformarse en un proceso de interdependencia entre pares, a fin de que formas de solidaridad prevalezcan por encima de la competencia ciega.

El desarrollo autodependiente permite una satisfacción más completa y armoniosa del sistema total de necesidades humanas fundamentales. A través de la reducción de la dependencia económica, la subsistencia se protege mejor, puesto que las fluctuaciones económicas (recesiones, depresiones, etc.) provo­can mayores daños cuando prevalece una estructura de depen­dencia centro-periferia. Más aún, incentiva la participación y la creatividad. Estimula y refuerza la identidad cultural a través de un aumento de la autoconfianza. Por último, las comunidades logran un mejor entendimiento de las tecnologías y de los proce­sos productivos, cuando son capaces de autoadministrarse.

Sobre el mundo invisible

El mundo invisible y su potencial

En las páginas que siguen no se pretende convertir a los sectores invisibles ni a las micro-organizaciones en los absolutos portado­res de una transformación estructural de la sociedad, ni tampoco en los redentores de la historia contemporánea. Si hemos consagrado un espacio considerable del documento a estos actores, ha sido con la intención de enfatizar lo que en buena parte de la literatura del desarrollo se soslaya, a saber: toda esa «infrahistoria» de la vida cotidiana donde las prácticas productivas se entroncan con estrategias colectivas de supervivencia, identidades cultura­les y memoria popular. Conscientes de todas las limitaciones del mundo invisible, tanto en lo económico como en lo cultural, nos parece, sin embargo, que ese mundo contiene y produce relacio­nes entre prácticas económicas, organizaciones sociales y rasgos culturales, que no pueden obviarse en el análisis si lo que se busca es un desarrollo endógeno. Finalmente, nuestro énfasis en el mundo invisible y sus micro-organizaciones obedece también a la necesidad de complementar otras perspectivas, que han con­centrado sus esfuerzos en comprender las dinámicas de otros actores (los jóvenes, la mujer, los sindicatos, los empresarios, el Estado, etc.), con una perspectiva «de abajo hacia arriba» capaz de recuperar como relevante lo que tradicionalmente ha tenido rango de marginal. No con el objeto de mistificar lo marginal, sino de reconocer su valor y potencial, en tanto uno de los actores sociales protagonices para una democratización participativa, descentralizada y a escala humana.

La situación de crisis económica que atraviesa América Latina se manifiesta de muchas maneras. Una de las más signi­ficativas es la expansión sostenida de los sectores invisibles en el curso de los últimos años. En países con altos índices de desem­pleo, como es el caso de Chile, el contingente de población activa que trabaja en ocupaciones no asalariadas es de tal magnitud que ya pierde todo sentido considerarlo como sector residual de la sociedad. Por una curiosa dialéctica, tales sectores se manifiestan a la vez como expresión extrema de la crisis y como eventual embrión para revertiría. Por falta de oportunidades en el mercado formal, los trabajadores desocupados y sus familias generan formas alternativas de organización productiva y de actividad laboral, dando origen a una sorprendente diversidad de estrate­gias de supervivencia. En cuanto expresión extrema de la crisis, los sectores invisibles revelan la máxima precariedad de condi­ciones de vida y de trabajo, producto de la inseguridad permanen­te que impone un mercado competitivo donde la baja productivi­dad del sector plantea grandes desventajas. Todo esto se agrava por el hecho de que los sectores invisibles se tornan funcionales a un capitalismo que es incapaz de generar los empleos produc­tivos necesarios en la economía formal.



Fortalecimiento de las micro-organizaciones

En cuanto embrión para revertir la crisis, el mundo invisible crea, en función de sus estrategias de supervivencia, un sinnúmero de microorganizaciones productivas y comunitarias, donde la ética solidaria que se da al interior de las mismas constituye un recurso indispensable para sobrevivir y desplazarse en un medio en el que impera la lógica competitiva. De modo que las fuerzas endógenas de la solidaridad se confrontan permanentemente con las fuerzas exógenas de la competencia. En esta confrontación, las perspectivas son dos, y diametralmente opuestas: 1) que las presiones exógenas debiliten estas organizaciones, las disuelvan por «inercia» o las incorporen a la racionalidad competitiva del sistema dominante; o 2) que estas organizaciones se fortalezcan, conquisten grados crecientes de autodependencia e irradien su fuerza solidaria hacia otros segmentos de la sociedad. Para que lo segundo suceda se requiere descentralizar las decisiones, desconcentrar los flujos de recursos y promover la participación popular.

Lo anterior no significa que una política de desarrollo autodependiente deba abocarse exclusivamente al fortalecimien­to interno de los sectores invisibles. Semejante tesitura sería parcial y reduccionista. De lo que se trata es de rescatar todo el arsenal de creatividad social, de solidaridad y de iniciativas autogestionarias que el mundo invisible se ha forjado para sobre­vivir en un medio excluyente, para oponerlos, a través de políti­cas globales, al imperio exclusivo de una lógica competitiva y dependiente.

La necesidad de redes horizontales

En este sentido, los actores invisibles deberían configurar redes horizontales, desarrollar acciones de apoyo mutuo, articular prácticas individuales y grupales, y así plasmar proyectos com­partidos. Así será posible acabar con la atomización que amenaza su existencia. Proyectos nacionales que abran a estos sectores las posibilidades de participar en la toma de decisiones, permitirán atenuar las presiones exógenas y fortalecer los potenciales endó­genos.

El mundo invisible y la crisis latinoamericana

Un rasgo inconfundible del desarrollo latinoamericano en lo que se refiere a los mercados de trabajo es la insuficiencia de los sectores económicos para absorber el incremento de la población económicamente activa. Ello genera un excedente de fuerza de trabajo que desemboca en un aumento del contingente de desempleados y subempleados. Quienes se encuentran en este contingente se insertan en el mercado de trabajo de manera muy diferenciada, constituyendo segmentos heterogéneos que con­forman tanto el auto-empleo de bajos ingresos como también una pluralidad de formas de organización social del trabajo donde predominan unidades productivas no institucionalizadas, es de­cir, localizadas fuera del sector productivo formal.

Individuos y familias, organizados en microunidades econó­micas que ocupan los intersticios del sistema y desempeñan actividades económicas desdeñadas por el núcleo capitalista moderno, componen una fracción significativa de la fuerza de trabajo en casi todos los países de América Latina. Este exceden­te de naturaleza estructural vio extendida su participación con el discurrir de la crisis económica que ha afectado a los países de la región desde 1981. Esto significa que a un excedente estructural de la fuerza de trabajo se incorporó un contingente coyuntural de considerable magnitud, lo que agudiza un problema que ya era crónico.

Estudios realizados para varios países revelan tanto un au­mento sustancial del desempleo como una intensificación del subempleo. Para muchos trabajadores que han sido expulsados del sector moderno, la inserción en mercados no organizados y en actividades no institucionalizadas constituye la principal al­ternativa al desempleo, sobre lodo ante la falta de cualquier legislación social de protección al trabajador desempleado. Esti­maciones bastante conservadoras muestran que en Brasil, entre los años 1981 y 1983. los sectores informales urbanos crecieron a una tasa del 6.6% al año, aumentando significativamente la participación de estos sectores en la ocupación no agrícola. Dichos segmentos han tenido un importante papel en el ajuste de los mercados de trabajo, amortiguando el impacto social del desempleo durante la crisis e incrementando su peso relativo en el total de la población ocupada.



Las omisiones de las estadìsticas

Los sectores no organizados y no institucionalizados de la fuerza de trabajo, denominados genéricamente sectores «informales», no agotan el concepto de «sectores invisibles», sino que están contenidos en estos últimos. Si los sistemas de informaciones estadísticas existentes en la mayoría de los países de la región son incompletos e inadecuados para comprender la dimensión, es­tructura y dinámica de los sectores informales, la medición de los otros segmentos invisibles es prácticamente inexistente y sólo asoma en encuestas e investigaciones aisladas de carácter local.

En contraste con estas carencias en la investigación, los segmentos invisibles, vistos como un todo, tienen considerable importancia en los países de la región, pues desarrollan estrate­gias de supervivencia alternativas a las que existen en el mercado formal del trabajo. La relevancia de tales segmentos no se limita ni a su volumen absoluto ni a su peso relativo, sino que compren­de también su papel alternativo en cuanto a las formas de super­vivencia de sus miembros. Esto último trasciende la capacidad de los sistemas de información vigentes, lo que una vez más eviden­cia que, desde el punto de vista analítico y de la formulación de políticas, dichos sistemas sólo parecen tomar en cuenta lo que puede ser medido. Al carecer de una adecuada base teórica para abordar estos ámbitos, los registros demográficos, de fuerza de trabajo y de cuentas nacionales carecen de una orientación básica para producir las mediciones relevantes.

Desafíos metodológicos y de reconceptualización

Las lagunas teóricas y estadísticas recién mencionadas dificultan el diseño de una taxonomía para los sectores invisibles. Dicha taxonomía debiera esclarecer no sólo lo que hacen y no hacen esos sectores, sino además agrupar las múltiples actividades y ocupaciones «invisibles» en categorías de análisis que permitan aprehender, tras la absoluta heterogeneidad de estos sectores, los elementos que ellos comparten entre sí. Semejante tarea es indispensable para estudiar la presencia de un conjunto muy extendido de personas que ocupan intersticios en la moderna economía de mercado, desde donde forjan alternativas en mate­ria de organización productiva y organización social del trabajo -alternativas que son esenciales para su supervivencia individual y colectiva.

Una primera exigencia es la de extender el concepto de trabajo allende la noción convencional de empleo. Esta ultima se reduce a una relación de salario y de subordinación al capital. En las socieda­des latinoamericanas los sectores invisibles presentan, por su propia heterogeneidad, una diversidad de formas de trabajo que escapan a la noción convencional de empleo. Este trabajo puede asumir un carácter individual, como es el caso de los auto-empleados, o colectivo organizado en familias, asociaciones, pequeñas organiza­ciones comunitarias, micro-empresas, etc. No siempre el trabajo en estos ámbitos tiene motivaciones exclusivamente económicas, si bien en la mayoría de los casos surge de la necesidad de obtener ingresos. El trabajo también puede ser solidario, movilizador de energías sociales, participativo, dirigido a mejorar la infraestructura social o bien consagrado a lograr alguna conquista política como puede ser la generación de mayor autonomía en las decisiones comunitarias. Esto exige trascender la reducción del concepto de trabajo a la óptica de factor de producción o de la condición de demanda derivada. Estas son categorías convencionales aplicadas a la noción de empleo y de poco sirven para comprender formas de trabajo regidas por racionalidades o motivaciones distintas. Una perspectiva integral del desarrollo debe contar con un concepto más amplio del trabajo, entendiéndose tanto su función de generador de ingresos (salarios u otros) como en sus efectos sobre la calidad de vida, a saber: como satisfactor de necesidades humanas y como catalizador de energías sociales.

Un proyecto de sociedad más justa y participativa para los países de América Latina debe incluir la evaluación del signifi­cado histórico de estas diversas formas de organización indivi­dual y social del trabajo. Es necesario verificar si las mismas constituyen formas alternativas para un nuevo estilo de desarro­llo aunque tengan, por el momento, sólo un carácter embrionario. Tal evaluación obliga a detectar las múltiples racionalidades existentes en estas organizaciones. Pero para que la investigación teórica pueda traducirse en cambios políticos es preciso también identificar a los nuevos actores sociales que están emergiendo desde el interior de aquellos segmentos y que constituyen agentes potenciales de cambios. Tanto la identificación de racionalidades como de actores sociales contribuiría a viabilizar nuevas formas de organización capaces de transformar la realidad social. Tales tareas no pueden, empero, minimizar el papel histórico que, en las sociedades latinoamericanas, han desempeñado el capital, principal instrumento de modernización económica en la región, y el Estado, que siempre ha asumido el papel de viabilizador de los avances capitalistas. Estos dos componentes tienen una dimensión insoslayable en nuestros países, y descono­cerlos puede inducir a graves errores de análisis en relación a los rumbos que el desarrollo podrá asumir en estas sociedades.

Autodependencia y producción de conocimientos

El Desarrollo a Escala Humana requiere reestructurar la promo­ción de conocimientos con miras a socializar la conciencia crítica y los instrumentos cognoscitivos necesarios para contrarrestar las múltiples formas de dependencia. Tal reestructuración preci­sa que las nuevas ideas se confronten con aquéllas hasta ahora dominantes en los espacios de las políticas públicas. De allí la necesidad de realizar un conjunto de acciones que permitan lograr que estas ideas sean discutidas y profundizadas en los múltiples ámbitos y escenarios donde se intenta promover un desarrollo centrado en las personas.

Es preciso desarrollar estudios que permitan crear bases de datos capaces" de medir o evaluar lo relevante para el Desarrollo a Escala Humana. En tal sentido, será necesario modificar los sistemas de información estadística y cualitativa, de manera que reflejen las heterogeneidades estructurales y las especificidades psicoculturales de las distintas regiones, y sobretodo, las poten­cialidades que subyacen en estas diversidades.

Es necesario impulsar la participación popular en los siste­mas de producción de información. Ello requerirá, por una parte. rediseñar los sistemas estadísticos y de producción de datos, de forma tal que hagan accesible la información a las personas y resulten relevantes para sus intereses. Lo dicho demandará profun­dizar y socializar las técnicas de autodiagnóstico comunitario.

Resulta conveniente impulsar la creación de bancos de ideas a nivel nacional e intercomunicados a nivel latinoamericano. En dichos bancos debería reunirse información sobre proyectos e iniciativas de base que apunten hacia la autodependencia local potenciando el uso de recursos no convencionales, como también sobre tecnologías y políticas públicas afines con el Desarrollo a Escala Humana.

Es recomendable hacer esfuerzos para modificar los currículos de enseñanza en los centros de educación superior para que incorporen sistemáticamente la reflexión sobre alternativas de desarrollo en sus aspectos propositivos, epistemológicos y metodológicos. La formación de investigadores en esta materia es indispensable tanto para integrar conocimientos y experiencias en provecho del Desarrollo a Escala Humana como para evitar la tiranía de ideologías reduccionistas y de visiones unidimensionales sobre el tema.

Es preciso mejorar la formación de educadores de adultos y la capacitación de promotores del desarrollo para que sea consistente con los objetivos de la autodependencia, la satisfacción de las necesidades humanas y la participación comunitaria.

Es aconsejable, también, elaborar programas de post-grado en docencia e investigación, a fin de hacer aportes sistemáticos en torno de los problemas que se plantean en relación a la búsqueda de alternativas de desarrollo para nuestros países.

Por último, es recomendable propiciar la formación de una red de centros de investigación y capacitación que mantengan entre sí una estrecha relación, a fin de retroalimentarse permanentemente en la construcción de un nuevo paradigma de desarrollo.

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