Desarrollo a escala humana conceptos, aplicaciones y algunas reflexiones



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Recapitulación

Desafíos y alternativas

El Desarrollo a Escala Humana, orientado hacia la satisfacción de las necesidades humanas, alcanza en la autodependencia su condición, su medio y su valor irreductible. En el plano de la práctica, tal opción requiere, como impulso inicial, una política de movilización de la sociedad civil. Para promover cambios estructurales, la movilización debe asumir dos desafíos:

1) potenciar el uso de recursos no convencionales en la construcción de proyectos colectivos de vida encaminados al logro de la autodependencia y a la satisfacción de las necesidades humanas;

2) potenciar los desarrollos locales para que su influencia trascienda las limitaciones espaciales y puedan participar en la construcción de una nueva hegemonía en el ámbito nacional. Para que las diversas prácticas locales o micro-espaciales se constituyan en una realidad social nueva deben articularse en un proyecto con exigencia de globalidad. De allí la importancia política decisiva de la articulación micro-macro. La cuestión capital es hacer viable la constitución de sujetos que, desde los pequeños y muy heterogéneos espacios, sean capaces de sostener y desarrollar sus propios proyectos.



Desafíos para el quehacer político

Para las estructuras políticas existentes se presenta el desafío de ser capaces de rescatar la riqueza de las dinámicas que ofrecen los movimientos sociales del mundo invisible, para integrarlos como actores significativos, y no residuales, de un nuevo proyecto de sociedad. En las condiciones actuales, por factores tales como la marginación económica y social, y la inoperancia de las prácticas políticas convencionales, son cada vez más frecuentes las respuestas de lucha social cuyas formas no encajan en los patrones tradicionales del quehacer político. La tendencia a la formación de grupos con estructuras no burocráticas e informales, la disposición a formas colectivas en la toma de decisiones y la orientación más práctica que ideológica en la definición de objetivos, constituyen rasgos que las organizaciones políticas deberían considerar para redefinirse a sí mismas. Tal redefinición obliga a que estas organizaciones forjen mecanismos de participación en las decisiones, combinen sus exigencias ideológico-estratégicas con las de orden práctico y ético y actualicen sus discursos en función de las necesidades sentidas y movilizadas por las propias comunidades.



Articulación y cooptación

Un problema crítico es el del tamaño de la organización, ya que esto no es ajeno a la estructura de valores que se pueda generar en su interior. Las organizaciones más pequeñas cuentan con posibilidades para forjar relaciones internas horizontales, solidarias y menos ideologizadas; pero carecen de capacidad para promover alternativas globales y para superar el carácter coyuntural o precario de sus expresiones. En este marco, la cuestión central para la alternativa de desarrollo que buscamos es la agregación sin burocratización, o dicho en otras palabras, la articulación sin cooptación. Este desafío no está resuelto y sólo puede resolverse a través de la interacción entre la teoría y la práctica social. Si no se ataca este problema, la alternativa del Desarrollo a Escala Humana quedará reducida a un mecanismo de refugio en los espacios micro-sociales, perpetuando en los espacios mayores un orden excluyente que, por lo mismo, acabaría por diluir esta alternativa en sus meras intenciones.

Sólo un estilo de desarrollo orientado a la satisfacción de las necesidades humanas puede asumir el postergado desafío de hacer crecer a toda la persona y a todas las personas. Sólo la creciente autodependencia en los diversos espacios y ámbitos puede enraizar dicho desarrollo en el continente latinoamericano. Sólo el inclaudicable respeto a la diversidad de los innumerables mundos que habitan en el ancho mundo de América Latina garantiza que esa autonomía no se confine al jardín de las utopías. Sólo la articulación de estas diversidades en un proyecto político democrático, desconcentrador y descentralizador puede potenciar los recursos sinérgicos indispensables para la decantación de un desarrollo a la medida del ser humano.

 

4. La problemática no resuelta de la articulación micro-macro



Manfred Max-Neef

 

Respuestas pendientes



El problema de la articulación micro-macro aún está por resolverse tanto en la teoría económica como en las políticas de desarrollo. Tan lejos está, en efecto, de haber alcanzado una solución satisfactoria, que incluso resulta legítimo preguntarse si acaso se trata de un problema real y, en caso de serlo, si acaso tiene solución. En relación al asunto, hay que tener claro que la propia historia de la teoría económica ha sido una historia de opciones y no de soluciones.

Los vaivenes de la teoría económica

La primera visión de mundo de la economía en cuanto disciplina propiamente tal, el mercantilismo, fue una visión macro-económica. La crisis del mercantilismo trajo como consecuencia que las tres revoluciones económicas siguientes -representadas sucesivamente por los fisiócratas, los clásicos y los neoclásicos- correspondieran a visiones microeconómicas, cuyas diferencias entre sí estaban fundamentalmente determinadas por criterios divergentes respecto de la noción de valor 10[10] . La cuarta revolución, el keynesianismo, volvió a entender la economía como macro-economía, dando origen, entre muchos aportes hoy difíciles de descartar, a los indicadores agregados.

Los post-keynesianos, los neo-keynesianos y los monetaristas actuales, por mucho que traten de desligarse del pasado inmediato, siguen habitando el edificio macroeconómico que Keynes construyó. Pero la mera crisis replantea el dilema una vez más: ¿La economía es macroeconomía o microeconomía? Tal vez no haya respuesta porque es posible que después de casi 400 años acabemos por concluir que el problema no radica en que no hemos encontrado una respuesta, sino en que no hemos sabido plantear la pregunta.

Las teorías, políticas, estrategias y estilos de desarrollo surgidas con posterioridad a la segunda post-guerra han sido influidas determinantemente por la teoría económica reinante. Si esta ha sido macroeconómica, el desarrollo también se ha entendido como macrodesarrollo, y los indicadores del desarrollo han sido preferentemente los indicadores agregados que aporta la macroeconomía keynesiana. La articulación micro-macro no resuelta por las teorías económicas tampoco ha encontrado, por lo tanto, solución visible en los procesos de desarrollo.

El problema de la agregación

El desconcierto que caracteriza la situación actual se manifiesta en debates y tomas de posición bastante extremas las unas de las otras. Por una parte, los economistas de la escuela neo-austríaca afiliados al «individualismo metodológico» sostienen que todo comportamiento es entendible sólo en términos individuales y que, por lo tanto, no existen entidades colectivas como comunidades, sociedades y gobiernos cuyas propiedades sean distintas de las de los individuos. Al revivir el supuesto del «homo economicus», que actúa racionalmente al utilizar los medios más eficientes para el logro de sus fines, se concluye que la nueva teoría económica debiera concentrarse específicamente en el nivel microeconómico, único nivel real y concreto.

Por otra parte, encontramos argumentos que justifican la existencia de ambos niveles en cuanto entes reales, a partir de constataciones paradojales sustentadas tanto en evidencias empíricas como en demostraciones matemáticas. En este sentido se ofrecen ejemplos en que lo que cada individuo persigue como mejor para sí mismo, puede, a nivel de agregación, resultar en una situación que nadie desea. De tales evidencias se concluye que no se pueden agregar las decisiones individuales y suponer que la totalidad sea la simple suma de las mismas ya que, más allá de un determinado umbral crítico, las consecuencias agregadas pueden acabar negando por completo las intenciones individuales.

Una interpretación dialéctica

Sin ánimo de fabricar soluciones eclécticas, es preciso reconocer, a nuestro Juicio, que hay elementos de fuerza en los dos argumentos que hemos escogido como ejemplos extremos. Parece sensato aceptar, por una parte, que los comportamientos entendibles y observables ocurren efectivamente en planos individuales, es decir, al nivel micro. Del mismo modo habría que aceptar la existencia real de situaciones macro, lo cual no implica, sin embargo, poder hablar de comportamientos macro.

Quizás lo más acertado sea sugerir, entonces, una interacción dialéctica entre estados macro y comportamientos individuales, de tal suerte que, aún cuando se influyan recíprocramente, ni los unos ni los otros son predecibles mecánicamente a partir de la sola observación de su opuesto. En otras palabras, lo que postulamos es que un determinado estado macro (político, económico, ambiental, etc.) influye en los comportamientos individuales, y éstos, a su vez, influyen en los cambios de estados macroscópicos. Pero como los sistemas humanos no son mecánicos, las interacciones no lineales entre los microelementos de un sistema pueden dar origen a diversos estados macroscópicos compatibles con las interacciones microscópicas.

La imposibilidad de la predicción mecánica en el caso de sistemas humanos, obliga a asumir la tarea y el esfuerzo de trabajar con nociones tales como inestabilidad, azar, incertidumbre, umbrales, desadaptaciones, catástrofes y efectos perversos. De todo lo sugerido sólo cabe desprender que, si bien es cierto que entre lo micro y lo macro existe una indisoluble relación, no es menos cierto que ello de ninguna manera implica una articulación 11[11] .

Llegamos así al planteamiento de las dos preguntas fundamentales, a saber:

1 ¿en qué consistiría propiamente la articulación micro-macro? y

2 ¿es realmente posible lograrla?

Articulación micro-macro

Entendemos la articulación como la efectiva complementación entre los procesos globales y procesos micro-espaciales de autodependencia, sin que se produzca la cooptación de lo micro por lo macro. Esta complementariedad vertical la entendemos acompañada, además, de una complementariedad horizontal entre los diversos micro-espacios, a fin de estimular el potenciamiento recíproco entre procesos de identidad sociocultural, de autonomía política y de autodependencia económica.

Lo anterior no es, ciertamente, una definición. Somos conscientes de que se trata más bien de una manifestación de «deber ser». En tal sentidos se trata de un «deber ser» que no se da en la realidad latinoamericana observable. Más aún, basándonos en las evidencias acumuladas, sólo cabe concluir que la articulación micro-macro, en el contexto de los estilos económicos actualmente dominantes en nuestros países, no es posible. Esta conclusión es bastante drástica, pero nos parece, a la vez, difícilmente refutable.

Cualquier articulación posible trasciende ampliamente las causalidades y los supuestos mecanicistas en que se sustentan tanto la teoría económica como las estrategias de desarrollo aplicadas hasta ahora. Implica necesaria e inevitablemente una transformación profunda en los comportamientos y modos de interacción social. Exige, en la realidad, la transformación de la persona-objeto en persona-sujeto y, en la teoría, la sustitución de la racionalidad competitiva maximizadora del «homo economicus» por la racionalidad solidaria optimizadora del «homo sinergicus».

Articulación, protagonismo y flexibilidad

Una sociedad articulada no surje mecánicamente se la construye. Su construcción sólo es posible a partir de la acción de seres protagonices, y el protagonismo, a su vez, sólo se da en los espacios a escala humana donde la persona tiene presencia real y no se diluye en abstracción estadística. De allí que todo proceso articulador debe organizarse desde abajo hacia arriba, pero promovido por sujetos cuyo comportamiento consciente conlleve una voluntad articuladora. Es decir, por personas capaces de actuar sinérgicamente. El programa no es simple, pero por complejo que sea, no vislumbramos otra alternativa.

En última instancia la articulación se hace posible cuando se construye un sistema social capaz de desarrollar su capacidad de adaptación. Es decir, un sistema capaz de internalizar orgánicamente la innovación, la novedad y el cambio cualitativo, aún cuando estos sean imprevisibles e impredecibles. En este sentido, hay que tener presente que la capacidad de adaptación de un sistema es inversamente proporcional a los grados de rigidez de su estructura, entendidas esas rigideces ya sea como jerarquías fosilizadas, marcadas desigualdades sociales, autoritarismos o burocracias inerciales. De ahí que protagonismos e interdependencias reales construidas desde la base social hasta su superestructura, representan la única posibilidad de mantener una estructura flexible capaz de articularse.

Es necesario tomar conciencia de la complejidad que encierra la eventual solución del problema planteado, aun cuando se rehuya su aplicación. Sirve al menos para desmitificar intentos que, por ubicarse en contextos mecanicistas convencionales, parecen condenados a la frustración desde la partida.

Articulación y direccionalidad del sistema

El panorama latinoamericano nos presenta un conjunto de sociedades profundamente desarticuladas. Incluso en períodos pasados, en que varios países presentaron tasas elevadas y sostenidas de crecimiento del Producto, la desarticulación no se resolvió. Prueba de ello es la tasa de crecimiento más sostenida de todas: la de las pobrezas (como se han definido en este documento) en que se debaten las grandes mayorías de nuestro continente.

Se han planteado muchas razones para explicar esta dramática contradicción. No pretendemos invalidar ninguno de los argumentos hasta aquí esgrimidos. Sólo pretendemos agregar otro que ha sido, quizás, el menos examinado. Lo planteamos en términos de hipótesis: toda direccionalidad a priori que se imponga a un sistema socio-económico desarticulado, inhibe sus posibilidades de articulación. Dicho en otras palabras: no es la direccionalidad impuesta la que logrará la articulación, sino, al revés, será la articulación la que determinará la direccionalidad deseable.

Dadas las condiciones actuales, no tiene sentido «forzar» la dirección de un sistema. La prioridad es clara. Lo que se precisa es vertir todos los esfuerzos para articular la interrelación de las partes del sistema. Sólo un sistema articulado puede aspirar a ser un sistema sano. Y sólo un sistema sano puede aspirar a la autodependencia y a la actualización de los sujetos que lo integran.

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Segunda parte

Algunas reflexiones para seguir pensando

5. Sobre la poda del lenguaje (y otros ejercicios inusuales) para comprender el progreso social 12[12]

Manfred A. Max-Neef

 

El problema



Mientras enfrentamos los muchos componentes de la mega-crisis que se ha apoderado de nuestro mundo, padecemos de una especie de confusión generalizada cuando hacemos el esfuerzo de comprenderla. Básicamente parecería que no logramos comprender en qué consiste comprender. En otras palabras, no hay manera de quebrar el código de la crisis, si no logramos codificar de manera adecuada nuestra propia manera de comprender.

Como seres que utilizan lenguajes complejos, somos capaces de describir situaciones, procesos, circunstancias. Como producto de algunos conocimientos especiales adquiridos, también sabemos explicar situaciones, procesos, circunstancias. Lo que parece, empero, escapar a nuestra atención, es el hecho de que describir más que explicar no implica comprender. Comprender es algo más; es algo distinto.

El describir y el explicar se vinculan al conocimiento que es materia de la ciencia. El comprender, en cambio, es forma de iluminación respecto de la esencia y del sentido de las cosas y, por lo tanto, más que contribuir al incremento del conocimiento, es generador de sabiduría. Así acotados los conceptos, es posible constatar que hemos alcanzado una etapa de nuestra historia que se caracteriza por el hecho de que sabemos mucho pero comprendemos muy poco. Es aquí donde, a mi juicio, radica el meollo del problema.

Manifestaciones del problema

La confusión que nos invade cuando nos esforzamos por comprender, se manifiesta de al menos tres maneras:

a) nuestro compromiso con opciones de relevancia secundaria,

b) la utilización de teorías simplistas para la interpretación de realidades sociales complejas, y

c) el empobrecimiento de nuestro lenguaje.



Opciones de relevancia secundaria

Luchamos por opciones. Si, después de haber optado, las cosas no resultan como esperábamos, es muy probable que la opción escogida haya sido -sin percatarnos de ello- de relevancia secundaria. Ello significa que debe haber -el propósito es encontrarla- una opción de relevancia primaria, subyacente y determinante de la que inicialmente escogimos. Vayan algunas ilustraciones.

Obsesionados como parecen estar la mayoría de los seres humanos con el poder, predomina la creencia de que las cosas cambiarán (por cierto para mejor) cuando seamos «nosotros» los que tengamos el poder: es decir, cuando «ellos» dejen de tenerlo, quienes quieran que sean los nosotros o los ellos. Creer en algo así es, evidentemente, bastante ingenuo. Si lanzamos una mirada retrospectiva, resultará interesante constatar que, a estas alturas de la historia, prácticamente todos los poderes y combinaciones de poderes ya han estado en el poder. Las cosas, sin embargo, no parecen mejorar mucho, a pesar de todos los ejercicios de poder ya pasados. La preocupación respecto de quién debe ejercer el poder es, por lo tanto, asunto de relevancia secundaria. Lo que subyace como de relevancia primaria, es la necesidad de examinar el concepto del poder en sí mismo. Si lo entendemos como la capacidad de control y manipulación ejercida por la persona (o grupo) que tiene la fuerza, y lo comparamos con autoridad -entendida como la capacidad de influir ejercida por la persona o grupo a quien se le otorga legitimidad en reconocimiento a sus capacidades y cualidades- nos podemos preguntar lo siguiente: «¿Las cosas van mal porque el grupo equivocado está en el poder, o las cosas van mal porque hay algo que está mal con el poder mismo?». Hoy. más que nunca en este siglo, esta pregunta necesita una respuesta, y la respuesta consiste en decidir si queremos o no sustituir el poder por la autoridad y reinventar asi nuevamente la verdadera democracia. La autoridad tal como se la define aquí puede funcionar sólo a Escala Humana.

En medio del Nuevo Desorden Económico Internacional, causante de la injusticia y la inequidad de la deuda del Tercer Mundo, muchos países se preocupan otra vez por el problema de quién debe tener el control del sistema bancario -el estado, el sector privado, o una mezcla de ambos. Sin duda, este es un problema importante. Sin embargo, deberíamos preguntamos: «¿Están mal las finanzas de tantos países porque los sistemas financieros están en malas manos, o están mal las finanzas de tantos países porque hay algo que está mal con los sistemas financieros?». Aunque esta pregunta justificaría todo un tratado, citamos aquí sólo algunos desastres económicos característicos de nuestros tiempos.

«La producción de bienes y servicios dejó de ser la arista dinámica de la actividad económica, se produjo una transición hacia las transacciones documentarías y la especulación. Los mercados del futuro y la especulación empezaron a dominar a los verdaderos productores y consumidores que son los pobres, las mujeres, los pueblos tribales y los campesinos del Tercer Mundo, y prescinden de ellos a menos que se «adecuen» a las transacciones comerciales con precios creados artificialmente. En lugar de apuntar a una reproducción sustentable de riqueza, el sistema económico mundial, conducido por el capitalismo comercial, se ha dedicado a crear riqueza instantánea a través de la especulación efectuada a expensas del futuro -y de los pobres. La década transcurrida entre 1973 y 1982 fue testigo de una intensificación de los movimientos de capital que van desde los bancos transnacionales y las instituciones financieras hacia el Tercer Mundo. Esta etapa de solicitud de préstamos constituye la raíz, misma de la crisis de la deuda contemporánea del Tercer Mundo. Y los préstamos se estimularon con el fin de reciclar la enorme liquiden que el sistema financiero del Norte había generado y no podía absorber. El Tercer Mundo se convirtió en un importante campo de inversión con una gran rentabilidad: las ganancias de los siete bancos estadounidenses más importantes aumentaron vertiginosamente del 22% en 1970 al 55% en 1981, y al récord del ñ0% registrado el año siguiente. El Sur cayó en una trampa de deudas, recibiendo préstamos con la sola finalidad de pagar los intereses de préstamos anteriores». 13[13]

En los viejos tiempos, el crecimiento económico se debía a la producción, mientras que hoy en día la riqueza se origina por medio de ficciones económicas improductivas. No más del 5% de las transacciones comerciales en mercados de futuro se convienen en intercambios reales de mercancías. No hace falta decir que ya es tiempo de que este sistema sufra una reconceptualización radical, para colmar las demandas y exigencias de la realidad actual de nuestro mundo.

Una de las opciones más candentes, especialmente en América Latina, es la que se plantea entre dictadura y democracia política. Resultaría monstruoso afirmar que tal opción no es altamente relevante. Pero así y todo, hay una opción aún más relevante que debe atenderse. La podemos plantear en los términos siguientes «¿Acabarán las sociedades latinoamericanas por consolidar una cultura autoritaria (y frecuentemente represiva), o serán capaces de construir una cultura democrática, es decir, una democracia de la cotidianeidad?». Esta interrogante es, por cierto, de relevancia primaria, ya que ninguna democracia política representativa puede durar, por bien concebida que esté, si está construida sobre los cimientos de una cultura autoritaria. Se desplomará tarde o temprano, tal como lo hemos podido vivir y constatar trágicamente tantas veces en nuestro continente. Las dictaduras en América Latina, aún en países como Uruguay y Chile, no deben ser archivadas como accidentes históricos que afectaron sociedades de larga tradición democrática. La verdad del problema es que las dictaduras son en muchos sentidos, exacerbaciones históricas de culturas autoritarias subyacentes.

Complejidad social y teorías simplistas

Una mente simplista es una mente llena de respuestas. También es una mente que no se percata del hecho de que las respuestas deben estar precedidas por preguntas pertinentes. La persona de mente simplista busca inspiración y conocimientos en teorías simplistas. Más aún, se trata de personas que suelen ser muy activas y, por lo tanto, doblemente peligrosas. No faltan los expertos en desarrollo que reúnen los atributos señalados. Si tales personajes pudieran representarse en una tira cómica, el arquetipo sería un hombrecillo cargando un maletín lleno de soluciones, buscando con una experiencia perpleja, los problemas que se ajusten a esas soluciones. Tal personaje circula por todos los rincones de nuestro continente, y de su presencia no se libran ni siquiera muchas de las organizaciones y movimientos del mundo contrahegemónico.

Caricaturas aparte, lo que resulta serio y preocupante es que mientras nuestras sociedades se tornan cada vez más complejas, nuestras teorías -sean sociales, políticas o económicas- destinadas a interpretarlas, se tornan crecientemente simplistas. Esto es peligroso, ya que se sabe que los parámetros de un sistema sólo pueden ser controlados desde un sistema de mayor complejidad. Ello equivale a decir, en otras palabras, que a través de teorías y modelos simplistas no podemos pretender comprender el comportamiento de sistemas sociales como aquellos que nos preocupan y de los que formamos parte. Hay muchos ejemplos de simplismo, de modo que sólo algunas pocas ilustraciones bastan.

Primero que nada cabe destacar la desproporcionada importancia que, en nuestro mundo actual, se le asigna a lo económico en contraposición a otros ámbitos de la preocupación humana, como la política y la cultura. De hecho, parecería que la preocupación central de la política es la economía. Las tan mentadas cumbres de líderes del Primer Mundo, son casi siempre cumbres económicas en las que la macroeconomía ha llegado a transformarse en la gran catedral de las mitologías actuales. Pareciera que ya no va quedando ningún problema de la humanidad fuera del alcance de las manipulaciones macroeconómicas. Todo ello, a pesar de lo que la historia reciente nos enseña. Al respecto, un comentario de Jane Jacobs, la distinguida economista urbana inglesa:

«La macroeconomía -es decir la economía a gran escala- es una rama de la ciencia relativa a la teoría y la práctica de comprender y fortalecer las economías nacionales e internacionales. Es un fracaso. Su falencia está en la mala suerte de haber sido ampliamente aceptada y reconocida. Suponemos, y con razón, que los experimentos de los físicos y exploradores espaciales son extraordinariamente costosos, Pero estos costos no son nada en comparación a los fondos enormes que bancos, industrias, gobiernos e instituciones internacionales como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y las Naciones Unidas han volcado para llevar a cabo experiencias de la teoría macroeconómica. Nunca una ciencia, o una supuesta ciencia, ha sido aceptada tan indulgentemente. Y nunca un experimento ha dejado tantos fracasos, sorpresas desagradables, esperanzas frustradas y confusión, al punto de que surge seriamente la duda de si esta tragedia será reparable. Si lo fuera, no sería, indudablemente, por aumentar el uso y difusión de la misma teoría y práctica.» 14[14]

La insistencia en creer en la eficiencia de ciertos modelos macroeconómicos es tan intensa que, a veces, da la impresión de que más que de la economía han pasado a formar parte de una teología. De hecho, podemos observar una y otra vez que cuando una determinada política económica sustentada en su correspondiente modelo macroeconómico fracasa, la reacción de sus impulsores y promotores pareciera corresponder al supuesto de que el modelo está bien, y que es la realidad la que hace trampas. Por lo tanto se insiste en la reaplicación del modelo, sólo que con mayor vigor.

La fascinación que provocan los modelos macroeconómicos se debe, quizás, al hecho de que sus componentes son medibles. Ello es importante, porque para una mente simplista, todo lo que es importante es precisamente aquello que puede ser medido. De allí que no debería sorprendernos que haya tantos economistas que, en lugar de conformarse con estar más o menos acertados en sus predicciones, prefieren equivocarse con alta precisión.

Otra manifestación de simplismo es lo que quisiéramos identificar como el principio del «pensar norteño para la acción sureña» (northern thinking for southem action). Si en nuestra calidad de latinoamericanos deseamos convertirnos en expertos en desarrollo de América Latina, debemos hacer nuestro postgrado de especialización en los Estados Unidos o en Europa. De ese modo seremos respetados, no sólo en la opinión de nuestros colegas del norte, sino en la de nuestros colegas sureños también. Huelga advertir que una situación de este tipo es no sólo absurda, sino que peligrosa. De hecho, ha contribuido a la sistemática inhabilidad para reconocer e interpretar su propia realidad. Valga un ejemplo.

En todas las teorías económicas, desde Cantillón y Adam Smith, continuando con Stuart Mill, David Ricardo, Marx y Engels, pasando por Schumpeter, Keynes y Phillips, para terminar con los post-keynesianos y con los adherentes al neo-liberalismo monetarista de la escuela de Chicago-, había algo que simplemente no podía ocurrir y que, sin embargo ocurrió. Algo que contradecía todas las teorías económicas. Tanto fue así, que al fenómeno aparecido hace unos quince años, hubo que encontrarle un nombre: estagflación (stagflation). No encajaba en ninguna teoría económica conocida en el momento de su aparición. Ahora bien, en términos simples y sencillos, este extraño fenómeno puede describirse como una situación caracterizada por precios altos con tendencia a aumentar, junto con insuficientes fuentes de empleo. ¡Sorprendente! En efecto, porque se trata precisamente de una caracterización que ha predominado en muchos de los países pobres del mundo. Bajo el predominio del «pensar norteño», algo como la estagflación sólo podía ser descubierto y adquirir existencia legítima si ocurría en el norte.

El hecho de que se tratara de algo corriente en el sur, simplemente no fue registrado ni siquiera por los economistas sureños, tan fascinados como sus colegas del norte con las famosas curvas de Philips, muy en boga por aquellos tiempos, y que demostraban la imposibilidad del fenómeno.

Empobrecimiento del lenguaje

Una de las consecuencias del tipo de simplismo descrito es, por cierto, el empobrecimiento del lenguaje y, en particular, del lenguaje del desarrollo. Indicadores agregados que tienen mucho menos sentido del que normalmente se les atribuye, y acerca de los cuales ya bastante se ha escrito, son sólo un ejemplo. El hecho de que toda vez que una autoridad económica anuncia un porcentaje elevado de crecimiento del Producto Bruto, se presuma que el público debe percibirlo como una buena noticia, es evidencia del grado en que un lenguaje pobre (simplista) puede utilizarse para «domesticar» a las personas. Frente a un crecimiento anunciado del PNB, nadie pregunta lo único que sería pertinente preguntar: «¿A costa de qué será ese crecimiento?» De hecho, lo que la mayoría de las personas no sospechan (y la mayoría de los economistas tampoco dicen) es que un país puede crecer a costa de empobrecerse, puede crecer a costa de quedar igual y, en casos excepcionales, el crecimiento puede conllevar un aumento de la riqueza real. Es evidente, por ejemplo, que si se depreda con gran 'eficacia' un recurso natural, durante el proceso el producto crece. Del mismo modo crece si la sociedad se ve atacada por una epidemia que obliga a incrementar el consumo de productos farmacéuticos y de servicios hospitalarios. Es obvio que ambos tipos de crecimiento son indeseables. No obstante, por falta de conciencia pública al respecto, buena parte del crecimiento de nuestras economías latinoamericanas se está realizando a costa de la depredación de recursos, impulsados, como estamos, a servir la descomunal deuda externa. En otras palabras, estamos creciendo a costa de aumentar nuestra pobreza estructural de manera irreversible. Todo ello ocurre por la utilización de un lenguaje «adecuadamente empobrecido» en el que las gentes creen. Otra característica del lenguaje empobrecido del desarrollo se manifiesta por los enfoques reduccionistas y mecanicistas que dominan el pensamiento económico actual.

Un lenguaje empobrecido es extremadamente peligroso y, por lo tanto, resulta imprescindible hacer esfuerzos para enriquecerlo. Lo interesante de tal esfuerzo es que, contrariamente a lo que parecería obvio, un lenguaje pobre no requiere ni de más ni de nuevas palabras o conceptos. En efecto, la característica de un lenguaje pobre es que tiene demasiadas palabras detrás de las cuales -a sabiendas o no- ocultamos nuestra ignorancia. El desafío que se plantea en el intento por enriquecer el lenguaje consiste, entonces, en encontrar aquellas «palabras tapón» detrás de las cuales se extienden nuestros vacíos de percepción y de entendimiento.

Un lenguaje es, a la vez, producto y generador de una cultura. Si el lenguaje es pobre, la cultura es pobre. Si el lenguaje de nuestro desarrollo es pobre, nuestro desarrollo será pobre.

La búsqueda de respuestas

Como ejercicio mental, una poda adecuada de las palabras claves podría ser la solución para un lenguaje empobrecido. El principio fundamental de la acción de podar queda claro para cualquiera que se haya interesado alguna vez en huertos. Por medio de la poda, logramos más y mejor a través de menos. Menos ramas y hojas permiten una mayor absorción de luz y darán mejores frutos. En el caso del lenguaje el podar ciertas palabras nos forzará inevitablemente a lograr mayores niveles de claridad.

La solución a los peligros derivados de la utilización de teorías simplistas consiste en idear métodos que, ya sea por nuestra participación directa o nuestra vinculación intelectual comprometida, nos permitan realmente ser parte, o sentirnos realmente identificados con aquello que pretendemos comprender. Es imposible la comprensión si nos separamos del objeto al que pretendemos comprender. La separación sólo puede generar conocimiento, pero no comprensión.

Las posibilidades de mejorar nuestra elección de opciones, nuestra capacidad de distinguir fluidamente entre opciones de importancia primaria o secundaria, dependerá en gran medida de la calidad de las soluciones que demos a los otros dos problemas: lenguaje y simplismo. Por esa razón examinemos las soluciones sugeridas en acción.

Sobre la poda

Lo que sigue es el resultado de un experimento personal, y se entrega aquí a guisa de ejemplo de lo que vale la pena intentar. La poda alcanzó a los siguientes términos de un lenguaje largamente utilizado: Desarrollo, Crecimiento económico. Eficiencia, Productividad y los indicadores agregados como el Producto Geográfico Bruto. La incógnita surgida de inmediato, después de la operación, era si acaso sería posible emitir juicios sobre la sociedad, en particular sobre su eventual mejoramiento, o si el intento resultaría vano y mutilado desde la partida.

Una preocupación constante ha sido la de identificar y explicitar las metas que nuestra sociedad debería alcanzar. En tal sentido -hablando en un lenguaje pre-poda- aparecería como bastante corriente y probable una afirmación del siguiente tipo: «Aspiramos a una sociedad más desarrollada, de crecimiento económico sostenido (ahora se está usando el término sostenible) donde la mayor eficiencia y productividad que conlleva la modernización, permitan una vida mejor para todos». Súbitamente, como resultado de la poda, esa frase nos parece aterradoramente vacía y carente de significación real. Descubrimos, en cambio, que lo que ahora aspiramos es a la construcción de una sociedad coherente. Es decir, una sociedad coherente consigo misma, lo cual implica que no sea caricatura de otra. Esa sociedad coherente habrá de satisfacer a lo menos tres atributos: Completitud, Consistencia y Decidibilidad.

1. Completitud: significa que el sistema contiene -y genera- todos los elementos necesarios que, si adecuadamente organizados, permiten su reproducción de manera crecientemente autodependiente. En otras palabras, que las necesidades humanas fundamentales de todos los miembros del sistema, pueden ser crecientemente satisfechas a través de satisfactores generados dentro del propio sistema 15[15] . Lo dicho no apunta ni a la autosuficiencia, ni a la autarquía o al aislacionismo. Tanto el comercio exterior como otros tipos de intercambio son necesarios y convenientes. De lo que aquí se trata es que dichas transacciones no ocurran a expensas de privaciones de las personas.

2. Consistencia, significa que el estilo de reproducción que se escoja para el sistema, no conlleva contradicciones autodestructivas. Retornando al lenguaje no podado, puede ilustrarse un caso de inconsistencia, como el crecimiento económico a costa de la depredación de recursos o de daños ecológicos irreversibles. Las contradicciones autodestructivas no sólo pueden surgir en el ámbito económico. También pueden presentarse en las esferas de la preocupación política, social, cultural, científica y tecnológica. Un sistema consistente es, esencialmente, un sistema capaz de generar efectos sinérgicos.

3. Decidibilidad, implica que el sistema está imbuido de una capacidad que le permite aprender de la experiencia, propia y ajena. Como consecuencia de ello sus miembros tienen mejores posibilidades de reconocer alternativas y opciones relevantes. Un sistema que satisface este atributo no puede construirse sobre la base de una estructura autoritaria, ya que en tales estructuras la información fluye en una sola dirección: de arriba hacia abajo. Requiere de una estructura participativa, donde la retroalimentación no sea inhibida. Un sistema decidible es esencialmente una democracia directa.

La poda del lenguaje nos abre caminos para la elaboración de indicadores nuevos y relevantes de mejoramiento social. Los indicadores de completitud, consistencia y decidibilidad pueden llevar, sin caer en los errores matemáticos de los indicadores globales agregados, a la eventual aparición de algún tipo de noción general de coherencia. Se ha comenzado un programa (en el sentido científico de la palabra) para investigar en ese sentido. 16[16]

Sobre interpretación

Un elemento aislado (objeto real o simbólico) «a» puede ser descrito pero no puede ser explicado. Una relación entre elementos a través de un operador que haga posible esa relación -algo como «a * b»- puede escribirse y puede explicarse. Pero, tal como explicamos con anterioridad, describir más explicar no significa comprender. El sistema «a * b» sólo puede comprenderse desde un sistema de mayor complejidad. Ello significa que sólo cuando elevamos la complejidad del sistema al integrarnos hasta formar parte de él y compenetrarnos de él: «(a * b) * Y», podemos pretender comprenderlo.

Aunque las formulaciones del párrafo anterior no hayan quedado claras para algunos, ilustran (quizás de manera muy simplificada) lo que tenemos en mente. Sin embargo, la idea puede ser expresada en términos más sencillos. Suponga que usted ha estudiado todo cuanto es posible estudiar -desde el punto de vista antropológico, cultural, psicológico, biológico y bioquímico- acerca del fenómeno del amor. Usted es un erudito. Usted sabe todo lo que es posible saber acerca del amor, pero nunca comprenderá el amor, a menos que se enamore. Este principio es válido para todos los sistemas humanos, aunque casi siempre se lo pasa por alto. En realidad, la investigación social y económica rara vez va más allá de la descripción y la explicación. Tomemos por ejemplo, el caso de la pobreza. Me animaría a decir que si hasta ahora hemos sido incapaces de erradicar la pobreza, es porque sabemos demasiado de ella, pero no comprendemos su esencia.

La última frase me lleva a una reflexión adicional. El resolver problemas pertenece al terreno del conocimiento y requiere un pensamiento fragmentado. En el terreno del comprender, el plantearse problemas y la resolución de problemas no tiene sentido, dado que nos manejamos con transformaciones que comienzan con y dentro de nosotros mismos. Ya no funciona aquello de que «nosotros estamos aquí, y los pobres están allí, y tenemos que hacer algo para remediarlos desarrollemos entonces una estrategia para resolver el problema». Ahora debemos decir: «somos parte de algo que debe ser transformado porque está mal, y dado que compartimos la responsabilidad por aquello que está mal, no hay nada que nos impida comenzar nuestro propio proceso de transformación». Aún si soy un investigador, debo aprender a integrarme al objeto de mi investigación.

Hay, por supuesto, distintas formas de lograr la integración entre el investigador y el objeto de la investigación. No tiene que ser necesariamente una integración física, aunque en el caso de la investigación social, económica y a menudo cultural, debería serlo. Hay métodos de integración mental en los campos abstractos de investigación, pero no es el propósito de este capítulo describir tales métodos. En todo caso, podría agregarse que si hubiera más economistas y sociólogos «descalzos», seríamos testigos de un mejoramiento en los resultados de las políticas económicas y sociales.

Conclusiones

Una vez realizado el ejercicio de podar, y habiendo tomado conciencia de los límites del conocimiento por un lado, y de las diferencias entre conocimiento y comprensión por otro lado, no hay problema en volver a mis viejas palabras, y aún a mi viejo lenguaje. Si lo hago ahora, tanto las palabras como el lenguaje que conforman ya no serán máscaras detrás de las que se esconde la ignorancia sino que serán espacios fértiles para el progreso permanente hacia la integridad intelectual.

Traducción: Soledad Domínguez.


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