Dialectica y militancia



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Por ejemplo, el gobierno de derechas endurece la explotación patriarcal en todos los sentidos, especialmente en el de facilitar el terrorismo machista, el despido de mujeres, la explotación familiar, la restricción de derechos, etc., en este caso que ya se está dando, la contradicción principal adquiere un contenido netamente de liberación se sexo-género que termina de definir cualitativamente toda la lucha de clases y de liberación nacional en general, y en particular en aquellos lugares en los que la explotación sexo-económica y afectiva de la mujer es vital. El aspecto principal de la contradicción descubre la clave del problema en una situación concreta, por lo que debemos estudiarla siempre con suma precisión. Más todavía, en el caso de la ofensiva patriarco-burguesa, lo que antes era ya algo decisivo pero aún no considerado como tal, ahora debe ser esclarecido y combatido sistemáticamente. Vemos, así, que la forma principal de la contradicción puede reflejar y de hecho lo refleja y expresa, la forma de la contradicción principal en muchos sitios y problemas. No son juegos de palabras, como diría la lógica formal, son contradicciones objetivas, concatenadas y en evolución que deben ser investigadas y resueltas en cada caso.
También deben ser descubiertas en cada situación las contradicciones secundarias, las que no determinan los aspectos críticos del problema al que nos enfrentamos en ese momento determinado. Por ejemplo, en medio del ataque inmisericorde a las condiciones de vida y trabajo de las clases explotadas, un grupo propone que hay que hacer campaña masiva contra la experimentación científica con animales, contra el consumo de carnes, contra las corridas de toros, contra la caza, contra los abrigos de pieles, etc., y que deben rechazarse todos los acuerdos tácticos y puntuales por otros objetivos con los partidos que defiendan lo anterior o no lo combatan abiertamente. Sin duda, estas reivindicaciones son justas y necesarias, pero en el contexto de aplastante reacción involucionista en todos los aspectos, y teniendo en cuenta la limitación de medios y recursos, esas reivindicaciones justas deben estar integradas en una lista de prioridades sociales masivas a conquistar que afectan a millones de seres explotados.
Las expuestas por esos colectivos son contradicciones secundarias que deben ser resueltas, pero que no afectan a la estructura del capitalismo en su unidad de explotación, por lo que debe primar siempre la dialéctica entre los objetivos históricos irrenunciables, la estrategia decidida para su logro, y las tácticas cambiantes para el desarrollo de la estrategia. En este y otros casos, la contradicción secundaria ha de ser parte integra de la lucha contra la contradicción fundamental pero supeditada e ella. Otra cosa es que la contradicción secundaria sea ya en sí una contradicción antagónica, irreconciliable con el sistema, pero que muy puntualmente, por una coyuntura muy transitoria y fugaz, tenga momentáneamente un carácter secundario.
Un ejemplo clásico de contradicción secundaria que sin embargo llevaba en su seno el contenido de contradicción antagónica que apareció con el tiempo, fue el del plan del capitalismo vasco-español de nuclearizar la parte de Euskal Herria bajo su dominio. En un principio apareció como mera contradicción secundaria, sin excesiva importancia política, pero con el tiempo se demostró que la nuclearización era irreconciliable con la existencia nacional vasca y lo que empezó siendo una contradicción secundaria terminó siendo antagónica. Otro ejemplo, puede ocurrir que haya que ganar una decisivas elecciones en un ayuntamiento, en un colectivo, sindicato, partido o hasta parlamento, victoria que en ese preciso momento supone la derrota en seco un proyecto reaccionario brutal, el que fuera, un proyecto que de salir vencedor arruinará la vida futura del pueblo, aunque atañe a un problema decisivo pero todavía no suficientemente agudizado. Pues bien, esa contradicción secundaria adquiere en ese momento un aspecto cualitativo que le hace ser más importante que otros objetivos, al menos durante un tiempo preciso.
No saber descubrir que las contradicciones secundarias pueden llegar a ser importantes, supone un riesgo muy alto para cualquier lucha contra la opresión. Las contradicciones están siempre en movimiento interno y en interacción con otras contradicciones circundantes, con fuerzas externas más o menos lejanas, con dinámicas que se presentan e impactan de forma azarosa, contingente, sin causalidad visible y con casualidad manifiesta a simple vista. La praxis revolucionaria ha de tener siempre estos y otros «consejos» aportados por el método dialéctico para no cometer errores garrafales.
6.- BUSCANDO LA DIALÉCTICA DE LA LUCHA
La forma dominante de interpretar el mundo, la burguesa, no tiene otro remedio que reconocer la existencia de lo objetivo en los espacios que analizamos, aunque lo falsifica o lo niega indirectamente, con la boca pequeña, al reducirlo a simple lenguaje, narración, «gran relato», etc., y sobre todo al negar su esencia sociopolítica y económica mediante la negación previa de la concatenación universal de los procesos, o en vez de su negación directa sí su relativización hasta dejarla en simple «coincidencia casual» que no responde a las fuerzas desencadenadas por las contradicciones del sistema, sino a la contingencia azarosa de «factores fortuitos». Tampoco puede negar el principio de desarrollo, de cambio histórico, porque ya existe bibliografía científico-crítica incuestionable sobre la historicidad de lo privado, del sistema capitalista, de las formas asociativas y de las formas organizativas de la izquierda revolucionaria; pero aun así, existiendo tales estudios la ideología burguesa tiene la fuerza sobrada como para impedir que las clases explotadas piensen dialécticamente.
Tenemos como ejemplo el llamado «problema de la deuda» que, tras la decisión de la burguesía española de elevarlo al primer rango, co-determina la evolución de los cuatro espacios que analizamos. Una buena parte de la gente oprimida cree que ella también es responsable del supuesto «problema», que debe aceptar o resignarse a mayores o menores retrocesos en su calidad de vida y en sus derechos, ya de por sí bajos, para resolver ese «problema que es de todos». Lo cree porque ella misma está endeudada y porque interpreta las causas de su endeudamiento desde los parámetros de la ideología burguesa. Por eso acepta pasivamente y se autoimpone restricciones en el consumo de bienes de segunda necesidad, en su disfrute de la vida, e incluso y cada vez más en el consumo de bienes de primera necesidad.
Como efecto de las restricciones para resolver el «problema de la deuda», además del empeoramiento de lo privado, también retroceden los salarios y los derechos laborales y sociales, aumente la precariedad y el desempleo; y disminuye el tiempo y el dinero disponible para acudir a reuniones sociales, a debates, para comprar revistas y libros, para Internet, etc. Si en estas condiciones se quiere seguir en la acción social, sindical, en los movimientos populares y vecinales, etc., no hay más remedio que controlar mejor el tiempo y los recursos disponibles, lo que exige una mayor conciencia crítica y un nivel de autodeterminación personal más coherente; y lo mismo pero a una escala superior ocurre si se quiere seguir militando en una organización revolucionaria. Hay que optar, racionalizar recursos y gastos, reducir el tiempo gastado en otras tareas para dedicarlo a la revolución. Reaparece así el problema del control del tiempo, o mejor, de la conquista del tiempo propio, libre, como síntesis de la emancipación humana.
Pero para lograrlo hay que desarrollar simultáneamente una visión crítica del sistema de explotación bajo el que malvivimos, visión crítica que no es otra que la teoría marxista que, entre otras cosas, afirma que el capitalismo se reduce, en última instancia, a la economía del tiempo explotado, a su máxima rentabilización mercantil en forma de acumulación ampliada sin reparar en sus consecuencias destructoras. Llegados a este punto, al de la lucha por el tiempo en los cuatro espacios que analizamos, surge la pregunta elemental: ¿Cómo se piensa el tiempo? Es un debate constante desde el surgimiento de la filosofía y de la ética, es decir, una vez que la escisión social entre clases en lucha hizo surgir el problema del tiempo como propiedad privada de una minoría explotadora. La respuesta que ofrece la dialéctica es diferente al resto de las escuelas porque la dialéctica materialista hace una pregunta diferente: ¿Cómo se lucha por el tiempo propio, como se construye el tiempo humano? Sólo desde el principio de la acción revolucionaria se puede pasar al segundo nivel, el del pensamiento integrado en esa acción: para pensar el tiempo hay que construir el tiempo emancipador.
La ideología burguesa no quiere plantearlo así, y tampoco puede hacerlo, porque abrir el debate sobre el contenido explotador del tiempo, sobre la propiedad del tiempo asalariado y sobre la posibilidad de existencia del tiempo revolucionario, libre y crítico, es siempre un peligro inaceptable. Las religiones lo saben muy bien y por eso es pecado hablar de la finitud en cualquiera de sus formas, empezando por la de los dioses, y por eso en el cristianismo no existe ni puede existir tiempo humano libre, sino solo tiempo prestado que hay que devolver al creador. De este modo, histórica y socialmente los sucesivos poderes basados en la propiedad privada del tiempo han creado una impenetrable muralla de vacíos conceptuales, represiones intelectuales y mentiras que destroza casi cualquier intento de pensar el tiempo fuera de un modelo social concreto opuesto al dominante.
Sin embargo, la solución al problema del tiempo es relativamente fácil ya que, por un lado, desde la dialéctica se explica que tiempo y espacio son las formas de expresión de la materia, y por otro lado, la crítica marxista de la economía capitalista explica cómo gira alrededor del problema del ahorro del tiempo asalariado a costa de destrozar el tiempo de vida de la humanidad trabajadora. De esta forma, la prohibición de pensar el tiempo como problema político esencial salta hecha añicos por la propia materialidad de lo real, porque ella misma es tiempo y espacio, y por el contenido de la lucha de clases que es lucha por el tiempo de vida en contra del tiempo burgués. Además de que la crítica marxista del tiempo burgués plantea en directo la lógica y la necesidad del ateísmo, también plantea en directo el problema de los espacios y tiempos concretos en los que se materializa la liberación humana.
Por ejemplo, la juventud que sufre la dominación del poder adulto necesita vitalmente un espacio propio en el que poder vivir su tiempo joven, en vez de pudrirse en el espacio/tiempo del poder adulto, es decir, de la familia patriarco-burguesa. La independización juvenil, los gaztetxes, las casas recuperadas y liberadas, las organizaciones juveniles, etc., cobran una importancia cualitativa desde la visión del tiempo y del espacio como instrumentos de lucha. La misma lógica debemos aplicar al resto de sujetos oprimidos, muy especialmente a las mujeres por cuanto el sistema patriarco-burgués vigila celosamente que no surjan espacios de independencia de la mujer en los que el tiempo sea de liberación se sexo-género, espacios que deben terminar abarcando a la sociedad entera. La dialéctica vuelve a demostrarse aquí como decisiva porque sólo ella expresa la contradicción irreconciliable entre el tiempo/espacio opresor y el oprimido.
Damos tanta importancia a la construcción del tiempo revolucionario porque es una de las llaves para dominar el método dialéctico, ya que el tiempo es cambio, novedad, contradicción y creatividad, y por ello es lo que demuestra en los hechos diarios a la humanidad explotada que la dialéctica materialista es la base de su felicidad. Pero lograrlo exige de una disciplina en el uso del método dialéctico que sólo adquirimos al ir comprobando en nuestra vivencia cotidiana los límites de la lógica formal, del método formal de pensamiento que es válido en situaciones relativamente estáticas, tranquilas, no convulsas, simples y no complejas, sencillas y no enrevesadas, situaciones que las vivimos como si fueran aisladas, separadas del resto. La rapidez de los acontecimientos nos ofusca porque la lógica formal no es capaz de penetrar en las contradicciones que aceleran el tiempo, que es de lo que se trata.
En la llamada «privacidad», en el trabajo o cuando buscamos que nos explote un empresario porque no tenemos otro remedio para sobrevivir, o en la vida asociativa si la practicamos, o en la militancia revolucionaria, aunque aquí en menor medida, pensamos que una realidad es ella misma y no puede ser su contraria, que la deuda, o la miseria, o la explotación son como son porque no pueden ser de otra forma, porque no existe otra alternativa ya que, según dice el principio de identidad de la lógica formal, una cosa es igual a ella misma. A primera vista y para andar por casa, como se dice, eso es cierto, pero enseguida la experiencia nos llena de dudas cuando vemos que con la lucha de clases se puede reducir la explotación y la miseria, que las movilizaciones de masas se pueden imponer soluciones político-económicas que reduzcan el desempleo y carguen sobre la burguesía el pago de la deuda, etc.
Y la experiencia puede enseñar que eso y más es posible porque la explotación, la deuda, la miseria son ciertas pero son contradictorias, tienen contradicciones internas que permiten acabar con ellas o reducirlas drásticamente en el peor de los casos; por tanto, el principio de identidad vale para cuando no hay lucha de clases, no hay resistencias y movilizaciones que demuestren con los hechos que el «problema de la deuda» lo ha creado el capitalismo, no es eterno y puede tener un fin, y que eso es debido a que tiene contradicciones internas, está minado en su interior y por tanto está abierto al cambio interno, aunque no lo veamos desde fuera a simple vista.
Ahora bien, según avanzamos en nuestro descubrimiento de la dialéctica al ver con la lucha que el principio de identidad, supuestamente inamovible y exacto, tiene contradicciones internas, precisamente en ese momento descubrimos que otro principio de la lógica formal, el de la no contradicción, insiste en que una cosa no puede ser a la vez su contraria, es decir, que el poder no puede ser a la vez el contrapoder. Sin embargo, en todo proceso de emancipación al poder se le opone un contrapoder, al poder patriarcal que se niega a conceder el divorcio a la mujer explotada se le opone el contrapoder de ésta para irse de casa, o para divorciarse legalmente, y así en toda lucha contra la injusticia. La ley de la no contradicción es lo mismo que la de la identidad pero enunciada en modo negativo, por lo que la experiencia nos enseña que también es muy limitada en su aplicación al mostrarnos que no existe ningún poder en abstracto, sino que todo poder en esta sociedad es de clase burguesa, de sexo-género patriarcal, de nación opresora, y que cuando la clase explotada, las mujeres y las naciones oprimidas empiezan a emanciparse crean contrapoderes liberadores irreconciliables con el poder opresor, y que de esos contrapoderes pueden dar el salto a situaciones de doble poder como antesala, sin siguen avanzando, a un verdadero poder emancipador.
Ahora bien, cuando descubrimos las limitaciones del principio de no contradicción, obvias y manifiestas a nada que forcemos la realidad con nuestra praxis, nos topamos con la tercera ley o principio de la lógica formal, el del tercero excluido, que dice que no puede existir una razón intermedia entre la afirmación y la negación sobre una cosa. Como los otros dos principios, y como toda la lógica formal, esta tercera ley es válida para conocer las cosas simples y estáticas, aisladas del resto, pero en la realidad cada vez más compleja y rápida, cada vez más conectada con otros problemas circundantes, en esta situación real, la ley del tercero excluido muestra sus limitaciones. Arriba hemos hablado de situaciones de doble poder, es decir, de situaciones en las que la lucha del contrapoder emancipador llega a tener la misma fuerza que el poder opresor al que se enfrenta, pero no la suficiente todavía como para vencerle. El doble poder es muy frecuente en todas las luchas, y también en todos los procesos que van agudizando sus contradicciones internas, que avanzan de lo simple a lo complejo. Y en todo proceso llega un momento de «doble poder» situado entre la afirmación y la negación, que demuestra la estrecha valía del principio del tercero excluido y de la lógica formal en su conjunto.
Vemos, pues, que la acción y no la palabra -la Biblia dijo: «En el principio fue el verbo», pero Goethe precisó: «En el principio fue la acción»-, va chocando con los dogmas, mentiras y represiones físicas e intelectuales que nos impiden penetrar en el desarrollo de las cosas, y va superando las trampas de la ideología y valía relativa de la lógica formal. Impulsado por la acción, el verbo, la palabra, la teoría en suma, va concretando y sintetizando lo descubierto por la práctica humana, y al fundirse con la acción, ambos crean la praxis. Para la cultura clásica esclavista griega, la praxis era la capacidad de las personas libres, no esclavizadas, de crear cosas nuevas, bellas, creativas, artísticas.
La praxis, o sea, la fusión de la mano y de la mente, va descubriendo la dialéctica de la realidad mientras supera las limitaciones de la lógica formal, de los principios de la identidad, de la no contradicción y del tercero excluido. Durante este proceso, la praxis va descubriendo que el control del tiempo, su liberación, es inseparable de la superación de las formas de propiedad privada dominante en cada época, del modo de producción dominante en ese época. La lógica formal requiere una temporalidad formal, casi inmóvil o muy lenta, y siempre acorde con el sistema de explotación existente. La dialéctica, por el contrario, requiere el movimiento permanente, acelerado, crítico. En la vida cotidiana, en la vida asalariada, en la asociativa y en la militante, el tiempo va cogiendo velocidad y va asumiendo sus contradicciones, lo que hace que se agudice el choque entre la ideología y el pensamiento dialéctico. En este momento puede aparecer un cuello de botella que paralice el proceso de concienciación porque la persona ya no es capaz de desatascar la obstrucción mental que se forma cuando la cruda realidad supera la ficción ideológica. ¿Cómo desatascarlo?
7.- MÉTODOS DE BÚSQUEDA DE LA DIALÉCTICA:
La organización aparece aquí, en esa búsqueda de la dialéctica que bulle en el interior de las luchas, de nuevo como el único desatascador posible, porque sólo ella puede aportar el conocimiento necesario para guiar con nuevos y más efectivos recursos teóricos la búsqueda de la dialéctica inherente a la lucha. Tales recursos son los métodos del pensamiento científico-crítico, el método dialéctico, que la organización ha de aportar a sus militantes, y que estos deben pedir, deben exigir, a la organización. Que nadie crea que ese desatascador puede aportarlo la Universidad, la casta académica. Sin restar méritos a una reducida minoría de intelectuales y profesores, cuyas aportaciones valiosas son innegables, la realidad es que la casta académica es incompatible con la dialéctica materialista por razones fáciles de comprender y que podemos sintetizar en una sola: la dialéctica marxista, su praxis, es irreconciliable con la mentalidad asalariada de la casta intelectual.
Acabamos de ver a qué dificultades se enfrenta la militancia cuando ha de descubrir en su quehacer diario cómo funcionan en la cuádruple realidad que aquí analizamos los principios dialécticos de objetividad, concatenación y desarrollo, y hemos visto además lo arduo que resulta superar las limitaciones de la lógica formal --identidad, no contradicción y tercero excluido-- si no es mediante la lucha práctica, en el interior de la realidad, de los conflictos sociales. Muy meritorios intelectuales y académicos pueden aportar y aportan con extrema coherencia personal sus conocimientos y su experiencia, pero como institución y como casta, la Universidad y los intelectuales están sujetos al poder y la mayoría lo acepta y hasta lo justifica conscientemente.
Pero el problema es más grave porque la voluntad individualizada y aislada de algunos intelectuales «independientes», sin eso que se llama «compromiso organizativo», justo llega a grupitos muy reducidos de estudiantes y excepcionalmente, de trabajadores. La historia socialista muestra que todos los «frentes culturales» sobreviven en la medida en que sean alimentados por organizaciones revolucionarias con una muy clara estrategia al respecto. Pero la razón fundamental es que sólo la organización de vanguardia posee la experiencia, la determinación y las ramificaciones suficientes para profundizar en la formación teórica, en dotar a la militancia de los conocimientos que desatasquen la obstrucción que impide o frena el doble proceso de, uno, descubrir la dialéctica objetiva y, dos, descubrir que se desarrolla según los grandes principios del método dialéctico general.
En el caso que ahora tratamos, cuando la militancia descubre lo objetivo de las contradicciones, su concatenación y su desarrollo permanente, cuando aprende a ir más allá de la lógica formal, sin negarla en absoluto, pero superándola, llegados a este punto, la organización ha de poner al alcance de la militancia lo básico del método científico-crítico en su aplicabilidad a la lucha de clases en los niveles que analizamos. La experiencia muestra que de todo el «arsenal teórico» disponible, cuatro son los métodos decisivos en la militancia cotidiana, diaria, lo que no niega que existan otros muchos también necesarios pero no urgentes para este corto escrito. Son estos: el análisis y la síntesis, la inducción y la deducción, lo lógico y lo histórico, y lo teórico y lo hipotético. Lo óptimo es que sean empleados simultáneamente, respetando sus especificidades pero siempre buscando una sinergia.
En la práctica diaria y sin percatarnos de ello, empleamos estas categorías pero no en su unidad dialéctica, sino que por separado y casi siempre utilizando mucho más lo analítico que lo sintético, lo histórico que lo lógico, lo hipotético que lo teórico y lo inductivo que lo deductivo. Antes de explicar las negativas consecuencias que este error acarrea, debemos estudiar con detalle la aplicación de esas categorías.
La ideología burguesa y la forma de pensamiento que genera, no está apenas capacitada para el ejercicio de la síntesis, limitándose al del análisis. En nuestra vida, pensamos con algún detalle sobre aquellos aspectos concretos que más nos afectan de un problema: aplicamos el análisis sin darnos cuenta cuando pensamos sobre nuestras relaciones familiares, afectivas, laborales, sociopolíticas, etc. Analizar quiere decir descomponer el problema en sus partes y estudiarlas una a una en su especificidad. Solemos hacerlo frecuentemente, aunque la mayor parte de las veces no analizamos todas las partes sino las que nos parecen más importantes, o nos impactan más, o nos irritan y molestan, o nos agradan especialmente; aquí, la subjetividad nos juega malas pasadas porque desconocemos el principio dialéctico de la totalidad concreta, es decir, que el empresario que nos explota y que el capitalismo, por ejemplo, no son cosas distintas y separadas, sino una unidad, una totalidad concreta, precisa, aunque en apariencia no sea así.
Para encontrar la unidad del problema al que nos enfrentamos y sobre todo para descubrir su verdadera naturaleza, sus contradicciones, fuerzas y debilidades, tenemos que pasar del análisis a la síntesis, es decir, a la unión de lo que antes habíamos separado. Pero en esa unión, en esa síntesis escogemos lo esencial, lo común y constante en las partes que hemos analizado, lo que les recorre internamente a todas. La síntesis es así lo básico y permanente del problema visto en su unidad, en su totalidad. Cuando analizamos la violencia patriarcal en las fábricas y en las familias, vemos casos diferentes pero en la síntesis descubrimos el sistema patriarco-burgués vital para el capitalismo, sobre todo en crisis. La síntesis nos permite ver el funcionamiento interno del problema al que nos enfrentamos porque concentra en pocas palabras lo decisivo. No realizar la síntesis es quedarnos con una visión fragmentada, una especie de caleidoscopio, que no nos sirve para descubrir el punto crítico en el que debemos volcar nuestra militancia. Por ejemplo, la síntesis de todos los análisis que hagamos en las cuatro áreas afectadas por la crisis, nos muestra que el punto crítico no es otro que el del poder.
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