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HEIDI


JUANA SPYRI


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I N D I C E


Camino de los Alpes

En casa del abuelo

Una jornada en los Alpes

La casita de la abuela

Visitas inesperadas

Cosas nuevas y asombrosas

La señorita Rottenmeier pasa un día agitado

Siguen las sorpresas en casa del señor Sesemann

El regreso del señor Sesemann

La abuelita de Clara

Pérdidas y ganancias

Fantasmas en casa del señor Sesemann

Camino de los Alpes en un atardecer de verano

El domingo cuando las campanas suenan


1
CAMINO DE LOS ALPES
Desde la risueña y antigua ciudad de Mayenfeld parte un sen­dero que, entre verdes campos y tupidos bosques, llega hasta el pie de los Alpes majestuosos, que dominan aquella parte del va­lle. Desde allí, el sendero empieza a subir hasta la cima de las montañas a través de prados de pastos y olorosas hierbas que abundan en tan elevadas tierras.

Por este camino subían, cierta mañana de sol del mes de junio, una robusta y alta muchacha de la comarca y, a su lado, co­gida de la mano, una niña, cuyo moreno rostro aparecía sonrojado de ardor. No era sorprendente que así ocurriera porque, pese al fuerte calor, la pobre niña iba arropada como en pleno invierno. La pequeña no tendría más de cinco años: estaba tan sofocada, que apenas si podía avanzar.

Una hora después llegaron a la aldea de Dörffi, situada a mi­tad del camino a la cima. Era el pueblo donde la joven había na­cido y pronto empezaron a llamarla de todos los lados. Abriéronse las ventanas, aparecieron las mujeres del pueblo en el umbral de sus casas. Mas la joven no se detuvo con ninguna. Se limitaba a contestar a los saludos y a las preguntas y no aminoró la marcha hasta que estuvo frente a una casita del otro extremo de la aldea. Una voz la llamó desde dentro. La puerta estaba abierta.

-¿Eres tú, Dete? Espera un momento; podremos ir juntas si vas más lejos.

Salió de la casa una mujer alta, de aspecto joven y agradable.

La niña echó a andar detrás de las dos amigas.

-Pero, Dete, ¿dónde vas tú con esta pequeña? -La llevo al Viejo; se quedará con él.

-¡Cómo! ¿Quieres que esta niña se quede con el Viejo de los Alpes? Me parece que has perdido el juicio, Dete.

-¡No faltaría más! Es el abuelo de la niña y le toca hacer algo por ella.

-¿A dónde piensas ir?

-A Frankfurt -repuso Dete-. Me han ofrecido allí un em­pleo en casa de una familia que estuvo el año pasado en Ragatz. Yo les servía allí y arreglaba sus habitaciones. Ya entonces qui­sieron llevarme a la ciudad.

-No me gustaría estar en el lugar de la niña -dijo Barbel-. Nadie sabe exactamente qué clase de hombre es el Viejo de los Alpes. No quiere tratos con nadie; en todo el año no va ni una vez a la iglesia y cuando, por casualidad, desciende con su grueso bastón, todo el mundo le rehúye porque le temen.

-Todo lo que tú quieras -replicó Dete, un poco molesta-, pero no por eso deja de ser abuelo de la niña y de tener la obliga­ción de cuidarla. Bien mirado, ¿qué daño puede hacerle? Además, pase lo que pase, él será el responsable y no yo.

-Yo sólo quisiera saber -continuó Barbel- qué es lo que el Viejo puede tener sobre su conciencia para poner siempre ojos tan terribles cuando ve a alguien y por qué vivirá allí arriba sin tratarse con nadie. Circulan toda clase de rumores sobre él y creo que tú has de saber algo de ello por tu hermana, ¿no es así, Dete?

-Naturalmente; sé algo, pero me guardaré mucho de hablar. Si él se enterara después, ¡bueno se pondría!

Sin embargo, la curiosidad de Barbel no estaba satisfecha. Hacía mucho tiempo que deseaba saber algo sobre la vida de aquel Viejo de los Alpes, del que las gentes no hablaban sino en voz baja, como si temieran indisponerse con él, sin atreverse; sin embargo, a defenderle. Como Barbel hacía poco que había lle­gado de Praettigau para establecerse en Dörffi, ignoraba las cir­cunstancias del pasado de los habitantes de aquellos contornos. Dete, una de sus antiguas amigas, había nacido, por el contrario, en Dörffi, y había vivido allí con su madre hasta que ésta murió hacía un año. Entonces había bajado a Ragatz para emplearse de camarera en el hotel. De allí venía aquel día.

-Tú, Dete, eres un de las pocas personas a las que se puede dar crédito cuando hablan. Dime, ¿qué ha sucedido para que el Viejo se haya retirado allí arriba y sea siempre tan huraño?

-Si tuviera la seguridad de que luego no se sabría en toda la comarca, te contaría algunas cosas de él.

-¡Cómo, Dete! ¿Qué piensas de mí? -repuso Barbel un poco ofendida-. No vayas a figurarte que las de Praettigau so­mos unas charlatanas. Cuando es preciso, bien sé callarme. Cuén­tame, pues, y no te inquietes.

-Está bien, pero has de cumplir tu palabra -respondió Dete.

Sin embargo, antes de comenzar el relato, se volvió para ase­gurarse de que la niña no anduviera demasiado cerca de ellas y pudiese escuchar lo que iba a decir. Mas Heidi había desapareci­do. Dete se detuvo y oteó el sendero que acababan de recorrer. Pero Heidi no aparecía en ningún lugar de la vereda.

-¡Ah, ya la veo! -exclamó por fin Barbel-. ¡Fíjate allá aba­jo! Allí está saltando con Pedro el cabrero y sus animales. Así estamos mejor. Pedro se ocupará de la niña y nosotras podremos hablar a nuestras anchas.

-No es preciso ocuparse mucho de la niña, porque a pesar de tener sólo cinco años, es muy lista. Más tarde, buena falta le hará; el Viejo no posee nada más que su casita y sus dos cabras.

-¿Acaso tenía antes más? -preguntó Barbel.

-¿Ese? ¡Ya lo creo! -exclamó vivamente Dete-. Sus pa­dres poseían una de las más hermosas haciendas de Domleschg. Tenía sólo dos hijos. El hermano menor era tranquilo de carácter y ordenado. Pero al Viejo no le gustaba trabajar; quería hacer el señorito. Terminó por perder en el juego todo su patrimonio. Su padre y su madre murieron del disgusto, y su hermano, al que re­dujo a la pobreza, salió del país para ir Dios sabe dónde. El Vie­jo mismo, que no poseía ya nada más que su mala fama, desapa­reció también. Después de muchos años, un día apareció en DomIeschg acompañado de un hijo, ya mayorcito. Pero todas las puertas se le cerraron y, naturalmente, el Viejo se enfadó. Declaró que nunca volvería a Domleschg y se marchó para siempre; se estableció con su hijo aquí, en Dörffi. Por lo que se dijo de él entonces, su mujer murió dos años después de casados. Segura­mente el Viejo tendría algún dinero, porque hizo que su hijo To­bías aprendiera el oficio de carpintero. Tobías era un chico muy trabajador y agradable, bien visto por todo el pueblo. Pero por lo que toca al padre, la gente desconfiaba de él. Como le habíamos aceptado por pariente nuestro, porque la abuela de mi madre y la de la suya eran hermanas, nosotras siempre le llamábamos tío.

-Pero ¿qué ha sido de Tobías?

-Tobías había ido a Mels para aprender allí el oficio. Cuando regresa a Dörffi se casó con mi hermana Adelaida. Vivieron muy felices. Pero dos años después, mientras Tobías trabajaba en una construcción, le cayó encima una viga y lo mató. Adelaida sufrió una emoción tan fuerte que cayó gravemente enferma con un ac­ceso violento de fiebre, del que no se repuso. Poco tiempo des­pués murió. Pronto corrió el rumor de que aquella desgracia era un castigo a la vida impía del Viejo. Llegaron a decírselo a la cara y hasta el señor cura le habló con objeto de que se arre­pintiera de su vida pasada. Pero en vez de modificarse se volvió más hosco. Por otro lado los vecinos evitaban encontrarse con él todo lo posible. Un día se supo que se había ido para establecer­se en la cima de la montaña, y que no pensaba bajar nunca más al pueblo. Mi madre y yo recogimos a la hija de Adelaida, que se llama como su madre; entonces no tenía más que un año. El año pasado, cuando tuve que ir al balneario, me llevé a la pequeña. La puse de pupila en casa de la vieja Ursula Pfaeffers, y así he podido dedicarme enteramente a mi trabajo. Esta primavera, la familia de Frankfurt a la que serví el año pasado, ha vuelto a Ragatz y me pide de nuevo que vaya con ellos. Saldremos pasa­do mañana.

-¿Y tú quieres dejar esta pequeña en casa del Viejo después de lo que me has contado de él? -dijo Barbel en tono de re­proche.

-¿Qué quieres? -se excusó Dete-. He hecho cuanto he po­dido. No puedo llevarme a Frankfurt una niña de cinco años. Pero, a propósito, Barbel, ¿hasta dónde ibas tú?

-Precisamente hemos llegado adonde yo' venía -contestó Barbel-. He venido para hablar con la abuela del cabrero; ella hila para mí durante el invierno. ¡Adiós, Dete, y que tengas mu­cha suerte!

Dete tendió la mano a su amiga y se detuvo un momento para verla entrar en la casita del pastor de cabras. Era una choza situa­da un poco lejos del sendero, en una hondonada abrigada del viento., La casita era tan vieja y estaba tan destartalada que, a no ser por aquella feliz circunstancia, no se hubiera podido vivir en ella sin peligro cuando soplaba el viento de los Alpes, que llama­ban föhn en Suiza, con su acostumbrada violencia. En la cabaña vivía Pedro, el pastorcillo de cabras, que tenía once años y baja­ba todas las mañanas a Dörffi para llevarse las

cabras a los pra­dos de césped de lo alto de la montaña, donde los animales se regalaban todo el día con una hierba jugosa y aromática. A la lle­gada de la noche, Pedro descendía con las cabras, saltando con ellas ligera y alegremente. Al llegar a Dörffi, lanzaba un agudo silbido que oían en todas partes. En seguida acudían los hijos de los dueños de las cabras y cada uno se llevaba las suyas. Siem­pre eran niños los que iban a buscar a las cabras, porque estos animales son muy apacibles, de los que no hay nada que temer. Durante el verano, aquellos eran los únicos momentos en que Pe­dro cambiaba algunas palabras con sus semejantes. Verdad es que en su casa estaban su madre y su anciana abuela, que era ciega; pero el muchacho salía muy temprano por la mañana y re­gresaba tarde por la noche, porque se entretenía todo el tiempo posible con los niños del pueblo, de modo que al llegar a casa, sólo tenía tiempo para cenar rápidamente y caer luego rendido de fatiga sobre la cama.

Como no veía a la niña por ninguna parte, ni tampoco al pas­tor y sus cabras, Dete volvió a emprender la subida de la monta­ña y al llegar a un altozano, se detuvo de nuevo para buscar a la niña con la mirada, pero de nuevo vio fracasado su intento. Mien­tras Dete ejercitaba así su paciencia, los dos niños habían reco­rrido una larga distancia. Pedro quería llevar a sus cabras a los sitios que él conocía, donde los animales encontraban matorra­les y zarzales de su gusto. Al principio, la pequeña siguió al pastorcillo, aunque con mucha fatiga porque se ahogaba a causa de la mucha ropa que llevaba puesta. Heidi no decía nada; se limi­taba a contemplar a su compañero, que con los pies desnudos y pantalones cortos, saltaba alegremente delante de ella, mientras que las cabras, con sus delgadas y largas patas, brincaban ágil­mente de piedra en piedra, corrían de una parte a otra y no se es­taban quietas ni un momento. De pronto la niña se detuvo, se sentó en la hierba, se descalzó rápidamente los pesados zapatos y las medias; luego se levantó y empezó a despojarse del pañuelo rojo y de sus dos vestidos; su tía Dete le había puesto el vestido bueno debajo del de diario para evitarse la molestia de tener que llevarlo en la mano. En menos de un minuto Heidi quedó vestida sólo con una falda ligera; sus brazos desnudos surgían de la ca­misa de mangas cortas. Luego ordenó la ropa que se había qui­tado en un montón, que dejó al lado de una piedra, y se fue sal­tando y brincando detrás de las cabras casi tan ágil como cual­quiera de ellas.

Una vez libre de la ropa que la molestaba, Heidi entabló con­versación con Pedro, que se vio en un aprieto para poder contes­tar a tantas preguntas como le dirigía la niña. Heidi quería saber exactamente cuántas cabras tenía, adónde las llevaba a pacer, qué era lo que hacía allí arriba después de llegar con los anima­les al sitio elegido y miles de cosas más. Hablando de este modo, llegaron por fin a la casita del cabrero, no lejos de la cual esperábales todavía la tía de Heidi. Apenas vio a los dos, exclamó con viveza:

-Pero, Heidi, ¿qué has hecho? ¡Cómo vienes! ¿Qué has he­cho de tus vestidos? ¿Dónde está el pañuelo? ¿Y los zapatos? ¿Dónde están tus medias? ¡Contéstame, Heidi!

-¡Allí abajo! -respondió la niña tranquilamente, señalando con la mano hacia la pendiente.

Dete siguió con la mirada la dirección y vio, en efecto, un montón cubierto con una tela roja que sin duda era el pañuelo de la pequeña.

-¡Desgraciada! -exclamó su tía, fuera de sí-. ¿Qué idea te ha pasado por la cabeza? ¿Qué significa esto? ¿Por qué te has quitado los trajes?

-No me hacían falta -respondió la niña, que no tenía as­pecto de estar afligida por su conducta.

-¡Esto es demasiado! ¿Te has vuelto loca? Y ahora ¿cómo bajar otra vez allí para buscar la ropa? Cuando menos perdería­mos media hora. Escúchame, Pedro, ve tú y trae aquel paquete, pero date prisa.

Y Dete hizo brillar delante de sus ojos una moneda de cinco céntimos completamente nueva. Pedro partió disparado pendien­te abajo. Llegó al montón de ropa, lo recogió y volvió veloz con el paquete. Dete le felicitó y le dio la moneda ofrecida.

-Ahora bien podrías llevarme el paquete hasta allá arriba, a casa del Viejo, puesto que sigues el mismo camino -añadió tía Dete.

Pedro asintió y echó a andar con la ropa de Heidi debajo del brazo izquierdo y su látigo en la mano derecha; de cuando en cuando lo hacía restallar. Heidi y las cabritas brincaban alegres y ágiles a su lado. Al cabo de tres cuartos de hora llegaron por fin a la altiplanicie roqueña sobre la que se elevaba la cabaña del Viejo de los Alpes. Estaba expuesta a todos los vientos, pero construida de forma que recibía los rayos del sol de la mañana hasta la noche, y gozaba de un amplio panorama sobre todo el valle. Detrás de la casita se alzaba un grupo de tres viejos y al­tísimos abetos. Un poco más lejos comenzaba el último repecho de la montaña, cuyas pendientes, alfombradas de verde césped al principio, tornábanse rocosas y sembradas de maleza, y termi­naban en un soberbio remate de altas y abruptas rocas.

Sobre un banco de madera sólidamente sujeto a la pared de la casita, en el lado que daba sobre el valle, se hallaba sentado el Viejo de los Alpes, con la pipa en la boca, las dos manos apo­yadas en las rodillas. Heidi llegó la primera al final del sendero y se dirigió en derechura hacia el anciano. Le tendió la mano y le dijo:

-Buenos días, abuelito.

-¿Qué significa esto? -preguntó el Viejo con voz hosca, pero estrechando la mano de la niña, a la que contempló largamente.

Heidi sostuvo la mirada inquisidora sin desviar los ojos. Aquel abuelo con la barba espesa y las cejas grises, erizadas como la maleza, le causaba tal sorpresa que no podía dejar de mirarlo. Mientras tanto, tía Dete había llegado también, seguida de Pedro.

-Buenos días, tío -dijo Dete avanzando hacia él-. Le traigo a la hija de Tobías y Adelaida. Creo que no la reconocerá usted, puesto que no la ha visto desde que tenía un año.

-¡Ah!... ¿Y qué viene a hacer aquí? -preguntó el viejo con voz terrible-. ¡Oye, tú! -exclamó después dirigiéndose a Pe­dro-, ya te estás marchando con las cabras, que hoy has lle­gado muy tarde. Llévate también las dos mías.

Pedro obedeció inmediatamente y desapareció.

-La niña viene para quedarse en su casa, tío -dijo Dete con­testando a la pregunta-. Me parece que ya he hecho todo lo que debía, teniéndola como la he tenido durante cuatro años. Ahora le toca a usted hacer lo demás.

-¡Ah, ah! -gruñó el Viejo atravesando a Dete con una mira­da aguda-. ¿Y qué quieras tú que haga yo si ella no quiere que­darse aquí y empieza a lloriquear?

-¡Allá usted! -repuso Dete-. Nadie vino a decirme a mí cómo me las había de arreglar cuando me vi con la niña en bra­zos, y eso que no tenía entonces más que un año, y de mi trabajo tenía que sacar el sustento para mí y mi pobre madre. Ahora no puedo tenerla ya porque he aceptado una colocación. Usted, como pariente más próximo de la niña, ha de acogerla, y si no puede tenerla, haga lo que quiera. Si le pasa algo, usted es el responsable. Me parece que no tiene usted necesidad de añadir una culpa más a las muchas que tiene que reprocharse.

Al oír sus últimas palabras, el Viejo se había levantado y la miró con ojos tan terribles, que la joven se echó atrás. Después, el anciano extendió el brazo hacia el sendero y dijo con voz im­perativa:

-Vete inmediatamente de aquí y no vuelvas en mucho tiem­po. ¡Márchate!

Dete no se hizo repetir el mandato.

-Pues bien, tío, ¡adiós! ¡Adiós, Heidi!-dijo rápidamente y desapareció por el sendero a toda prisa, sin detenerse hasta lle­gar a Dörffi.

-¿Dónde está la niña? -le gritaban-. Dete, ¿dónde has de­jado a la pequeña?

A todas estas preguntas, Dete respondió siempre con la misma impaciencia:

-¡Está allá arriba, en casa del Viejo de los Alpes!

No era habitual en Dete ser tan poco explícita, pero le mortifi­caba que de todas partes le gritasen en tono de reproche: -¿Có­mo has podido hacer semejante cosa? ¡Pobre pequeña! ¡Aban­donar a la niña allá arriba! ¡Pobrecita! ¿Qué le va a pasar?

Dete descendió la segunda parte del camino volando más que corriendo, y no aminoró el paso hasta que se vio lo bastante le­jos de aquellos inoportunos preguntones que la habían asediado. No estaba Dete muy contenta de su acción. Su madre, en su le­cho de muerte, le había encarecido que cuidara de Heidi. Pero Dete se decía para sí, a fin de tranquilizar el aguijón de su con­ciencia, que podría ser mucho más útil a Heidi ganando dinero que cuidándola personalmente. Por ello sintió una gran satisfac­ción de poderse alejar completamente de aquella región, en la que todo el mundo quería meterse en sus asuntos, y ocupar una colocación tan magnífica como la que le habían ofrecido en Frankfurt.

II
EN CASA DEL ABUELO

Una vez que Dete hubo desaparecido, el Viejo sentóse otra vez sobre el banco y empezó a lanzar grandes bocanadas de humo blanco de su pipa; tenía la mirada fija en el suelo y no decía ni palabra. Mientras él se hallaba sumido en sus meditaciones, Heidi examinó con visible satisfacción todo cuanto la rodeaba y llegó al grupo de los tres grandes abetos que se alzaban detrás de la cabaña. El viento soplaba con fuerza y sus ráfagas doblaban el espeso ramaje de los árboles, produciendo un sonido profundo que sonaba como el aullido quejumbroso de un lobo. Heidi se detuvo a escuchar aquel para ella inusitado ruido. Luego, cuando el viento amainó, el ruido menguó y la niña dio nuevamente la vuelta a la cabaña y se encontró otra vez frente a su abuelo. Heidi se colocó delante de él y, con las manos a la espalda, le contem­pló silenciosamente. El abuelo alzó al fin los ojos.

-¿Qué quieres hacer ahora? -preguntó a la niña, que per­manecía inmóvil.

-Quisiera ver lo que hay dentro de la cabaña -dijo Heidi.

-Ven -exclamó el Viejo, al tiempo que se levantaba y se di­rigía hacia la puerta-. Coge tu ropa -añadió antes de entrar en la casa.

-¡Ya no la necesito! -declaró Heidi.

-¿Por qué no la necesitas ahora?

-Porque me gusta ir más como esas cabritas de patas li­geras.

-Está bien, pero de todos modos ve a coger la ropa -le con­testó el anciano-, porque vamos a guardarla en el armario.

Heidi obedeció. El Viejo abrió la puerta y la niña entró con él en una habitación de regular tamaño que ocupaba todo el ancho de la casita. En ella no había muchos enseres: una mesa y un ta­burete; en un rincón, la cama del abuelo; en la pared opuesta a la

entrada se abría otra puerta. El anciano la abrió; era un armario empotrado. En él guardaba su ropa. Sobre uno de los estantes había camisas, algunos calcetines y pañuelos; en otro estaban los platos, tazas y vasos, y en el estante inferior un gran pan, carne ahumada y queso. El armario contenía todo lo que el Viejo de los Alpes necesitaba para vivir.

Cuando Heidi vio abierto el armario, acudió corriendo y tiró el paquete de ropa en un rincón, detrás de la de su abuelo, donde no era fácil que se perdiera. Luego examinó atentamente la ha­bitación y los enseres, y por fin dijo:

-¿Dónde dormiré yo, abuelito?

-Donde quieras -respondió éste.

Cerca del rincón en el que estaba la cama del abuelo había una escalera de mano apoyada contra la pared, que conducía al desván de la cabaña. Por ella subió Heidi ágilmente y descubrió arriba un montón de oloroso heno. Una pequeña ventana redonda permitía ver desde el desván todo el valle.

-¡Qué bien se está aquí! -exclamó gozosa la pequeña -Aquí quiero dormir, abuelito. ¡Sube y verás qué bonito es esto! -Ya lo conozco -contestó el Viejo.

-Ahora voy a hacerme la cama -volvió a decir la niña, co­rriendo de un lado para otro-, pero es preciso que subas y me traigas una sábana.

-¡Está bien, ahora voy! -respondió el abuelo, y en seguida se dirigió al armario.

Rebuscó en su interior durante un rato y por fin extrajo un gran trozo de tela basta. El lecho que Heidi se había preparado sobre el suelo del desván no desagradó al anciano.

-Muy bien, así me gusta -dijo el abuelo-; aquí traigo la sábana, pero antes de ponerla, espera un poco.

Y diciendo esto, cogió más heno y aumentó el espesor del le­cho para que la niña no notara la dureza del suelo.

Su abuelo la ayudó a extender la sábana y una vez colocada, Heidi se detuvo pensativa ante su obra.

-Nos hemos olvidado una cosa, abuelito -dijo a poco.

-¿Qué es?

-La manta.

-Espera un momento -dijo el anciano, y descendió la esca­lera; se dirigió a su cama y volvió poco después con un gran saco de pesado lienzo.

Pronto quedó extendida la tela de saco sobre el lecho im­provisado. Heidi quedó de nuevo contemplando la obra y por fin exclamó:

-La manta es muy bonita y la cama me gusta mucho, mucho. Quisiera que fuera de noche, para poder acostarme ya en ella.

-Creo que será mejor que vayamos a comer algo -respon­dió el abuelo-. ¿Qué te parece a ti?

En su afán de prepararse la cama, Heidi había olvidado todo lo demás. Pero al oír hablar de comida, advirtió de pronto que, en efecto, sentía hambre.

-Sí, sí, vámonos a comer algo.

El Viejo se dirigió al hogar, descolgó un caldero grande que estaba suspendido de la cadena sobre los rescoldos del hogar, lo reemplazó por uno más pequeño y se sentó sobre un taburetito para avivar el fuego. Pronto empezó a hervir el contenido del pequeño caldero; mientras tanto, el abuelo había cogido unas

tenazas de hierro y sostenía sobre el fuego un gran trozo de que­so, dándole vueltas con lentitud hasta que estuvo dorado. Heidi había seguido aquellos preparativos con mucha atención, tuvo una idea y se alejó del hogar y empezó a ir y venir del armario a la mesa. El abuelo concluyó por fin su faena junto al hogar y se acercó a la mesa con un cazo en la mano y el queso asado en la otra sujeto al extremo de las tenazas. Cuando se aproximó a la mesa, la halló ya puesta; sobre ella reposaba un pan, dos platos hondos y dos cuchillos.

-Muy bien, pequeña; me gusta que sepas pensar un poco -dijo el anciano en tono de alabanza-, pero aún falta algo en la mesa.



Al reparar en el vapor delicioso que salía del cazo, Heidi com- prendió lo que quería su abuelo y se dirigió rápidamente al ar­mario. En él, sólo había un tazón, pero en el mismo estante ha­bía dos vasos; la pequeña regresó a la mesa y colocó allí la taza y un vaso.

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