Dirigida a coincidÍr con cierta



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BOURDIEU, Pierre, (1990) SOCIOLOGÍA Y CULTURA. México: Editorial Grijalbo, S.A. ISBN 968-419-825-6
¿Cómo se puede ser deportista?i*
Como no soy historiador de las prácticas deportivas, me presento como un aficionado entre profesionales, y sólo puedo pedirles, siguiendo la frase hecha, que "jueguen limpio”... Pero pienso que la inocencia que confiere el hecho de no ser especialista puede conducir a hacer preguntas que los especialistas ya no se plantean porque piensan haberlas resuelto y dan por sentado ciertos presupuestos que se encuentran quizá en el fundamento mismo de su disciplina. Las preguntas que vaya a plantear vienen de fuera, son las de un sociólogo que se encuentra entre sus objetos a las prácticas y los consumos deportivos en forma, por ejemplo, de cuadros estadísticos que presentan la distribución de las prácticas deportivas por nivel de escolaridad, edad, sexo o profesión, esto lo lleva a interrogarse no sólo sobre las relaciones que existen entre estas prácticas y estas variables, sino también sobre el sentido mismo que tienen estas prácticas en estas relaciones.
Pienso que, sin forzar demasiado la realidad, es posible considerar al conjunto de estas prácticas y consumos deportivos que se ofrecen a los agentes sociales -rugby, futbol, natación, atletismo, tenis o golf- como una oferta dirigida a coincidÍr con cierta demanda social. Si adoptamos este tipo de modelo, surgen dos grupos de preguntas. En primer lugar, habría que saber si existe un espacio de producción, con una lógica y una historia propias, dentro del cual se engendran los "productos deportivos", es decir, el universo de las prácticas y consumos deportivos disponibles y socialmente aceptables en un momento determinado. En segundo lugar, habría que ver cuáles son las condiciones sociales de posibilidad para la (hasta aquí pág. 193 del libro original) para la apropiación de los diferentes “productos deportivos” así producidos, como el hecho de practicar el esquí de fondo o el golf, de leer LEquip o ver la reseña televisada de la copa mundial de futbol. En otras palabras, ¿cómo se produce la demanda de "productos deportivos", cómo adquiere la gente el "gusto" por el deporte, por tal o cual deporte en particular, como práctica o como espectáculo? De manera más precisa, ¿según qué principios eligen los agentes entre las diferentes prácticas o los diversos consumos deportivos que se les ofrecen en un momento dado como posibles?
Me parece que, antes que nada, habría que analizar las condiciones históricas y sociales de posibilidad de ese fenómeno social que darnos tan fácilmente por sentado, el "deporte moderno". Habría que interrogar nos sobre las condiciones sociales que han hecho posible que se constituya el sistema eje las instituciones y los agentes directa o indirectamente vinculados con la existencia de prácticas o consumos deportivos, desde las "agrupaciones deportivas" públicas o privadas, cuya función es representar y defender los intereses de los que practican un deporte determinado y al mismo tiempo elaborar y aplicar las normas que rigen esta práctica, hasta los productores y vendedores de bienes (equipos, instrumentos, ropa especial, ectera) y servicios necesarios para la práctica del deporte (profesores. instructores, entrenadores, médicos del deporte, periodistas especializados, etcétera) y los productores y vendedores (de espectáculos deportivos y bienes asociados (camisetas o fotos de estrellas, o apuestas, por ejemplo). ¿Cómo se ha ido constituyendo este cuerpo de especialistas que viven directa o indirectamente del deporte? (De este cuerpo forman parte los sociólogos e historiadores del deporte, lo cual probablemente no ayuda a que surja la pregunta.) Para ser más precisos, ¿cuándo comenzó a funcionar como un campo competitivo en el cual se enfrentan agentes que tienen intereses específicos ligados a la posición que ocupan? Si, como quiere sugerirlo mi pregunta, es cierto que el sistema de las instituciones y los agentes que tienen intereses en el deporte tiende a funcionar como un campo, se deduce que no es posible comprender directamente lo que son los fenómenos deportivos en un momento dado dado dentro de un medio social determinado si sólo se les relaciona de manera directa con las condiciones económicas y sociales de las sociedades correspondientes; la historia del deporte (hasta aquí pág. 194 del libro original) es relativamente autónoma, y aunque está marcada por los grandes acontecimientos de la historia económica y política, tiene su propio ritmo, sus leyes de evolución y sus crisis, en pocas palabras, su cronología específica.
Esto quiere decir que una de las tareas más importantes de la historia social del deporte podría ser la de fundarse a sí misma estableciendo la genealogía histórica de la aparición de su objeto como realidad específica irreductible a cualquier otra. En efecto, sólo ella puede contestar la pregunta -que no tiene nada que ver con una pregunta académica de definición-: a partir de qué momento (no se trata de una fecha exacta) podemos empezar a hablar de deporte, es decir, a partir de cuándo se constituyó un campo competitivo dentro del que se definió al deporte como práctica específica, irreductible a un simple juego ritual o a una diversión festiva. Esto equivale a preguntarse si la aparición del deporte en el sentido moderno no está en correlación de una ruptura (que pudo ser progresiva) con ciertas actividades que pueden considerarse como "antecesoras" de los deportes modernos, una ruptura en correlación con la constitución de un campo de prácticas específicas, que posee sus propias "puestas en juego", sus propias reglas, y donde se engendra y se invierte toda una cultura o una competencia específica (ya se trate de la competencia indisolublemente cultural y física del atleta de alto nivel, de la competencia cultural del dirigente o la del periodista especializado, etcétera); es una cultura en cierta forma esotérica, que separa al profesional del profano. Esto conduce a poner en tela de juicio todos los estudios que, por un anacronismo esencial, encuentran una semejanza entre los juegos de las sociedades precapitalistas-europeas o extraeuropeas- y los que ven equivocadamente como prácticas predeportivas, y los deportes propiamente dichos, cuya aparición es contemporánea de la constitución de un campo de producción de "productos deportivos". Esta comparación solo se justifica cuando tiene un sentido exactamente inverso al de la búsqueda de los "orígenes" y tiene como finalidad, como en Norbert Elias, captar la especificidad de la práctica propiamente deportiva o, de manera más específica, determinar cómo ciertos ejercicios físicos que ya existían pudieron recibir una significación y una función radicalmente nuevas -tanto como en el caso de meros inventos, como el voleibol o el (hasta aquí pág. 195 del libro original) basquetbol -al convertirse en deportes, definidos en cuanto a lo que ponen en juego, a sus reglas, y al mismo tiempo en cuanto a la calidad social de los participantes, ya sea como practicantes o espectadores, por la lógica específica del "campo deportivo”. Por tanto, una de las tareas de la historia social del deporte podría ser la de fundar realmente la legitimidad de una ciencia social del deporte como objeto científicamente separado (lo cual no es nada obvio), al establecer a partir de cuándo o, más bien, a partir de qué conjunto de condiciones sociales se puede realmente hablar de deporte (por oposición al simple juego: un sentido que aún está presente en la palabra inglesa sport pero no en el uso que se le ha dado fuera de los países anglosajones, donde se introdujo al mismo tiempo que la práctica social, radicalmente - nueva, que designaba). ¿Cómo se constituyó este espacio de juego, que posee su lógica propia, esta sede de prácticas sociales muy particulares, que se han ido definiendo en el transcurso de una historia propia y que sólo pueden comprenderse a partir de ella? (Por ejemplo, la de los reglamentos deportivos, o la de los récords, una palabra interesante que recuerda la contribución que la actividad de los historiadores, encargados de registrar –los record- y celebrar las hazañas, aporta a la constitución misma de un campo y de su cultura esotérica.)
Como no poseo la cultura histórica necesaria para responder a estas preguntas, traté de aprovechar lo que sabía sobre la historia del futbol y del rugby para tratar al menos de plantearlas mejor (claro que no hay nada que permita suponer que la constitución de un campo ha tomado la misma forma en todos los casos y, según el modelo que describe Gerschenkron para el desarrollo económico, es probable que los deportes que nacieron en épocas más tardías hayan conocido, gracias a este "retraso", una historia diferente, fundada en gran parte sobre préstamos de deportes más antiguos y por ello más "avanzados"). Me parece indiscutible el hecho de que la transición del juego al deporte propiamente dicho se llevó a cabo en las grandes escuelas reservadas para las "élites" de la sociedad burguesa, en las public schools inglesas, donde los hijos de las familias aristocráticas o de la alta burguesía tomaron algunos juegos populares, es decir, vulgares, y transformaron su sentido y función de manera muy similar a la forma en que la música culta transformó los bailes populares, como las mazurcas, gavotas o zarabandas, para que cupieran en las formas cultas, como la suite: (hasta aquí pág. 196 del libro original) Para caracterizar en su principio mismo esta transformación, se puede decir que los ejercicios corporales de la "élite" quedan aislados de los acontecimientos sociales ordinarios con los cuales seguían asociados los juegos populares (como las fiestas agrícolas) y despojados de las funciones sociales (y con mayor razón de las religiosas) que aún estaban unidos a muchos juegos tradicionales (como los juegos rituales que se practican en muchas sociedades precapitalistas en ciertos momentos clave del calendario agrícola). En la escuela, sede de la skhole, el ocio, las prácticas provistas de funciones sociales e integradas al calendario colectivo son transformadas en ejercicios corporales, en actividades que tienen un fin en sí mismas, una especie de arte por el arte corporal, y sujetas a reglas específicas que son cada vez más irreductibles a cualquier necesidad funcional, y quedan insertas en un calendario específico. La escuela es la sede por excelencia del ejercicio llamado gratuito y donde se adquiere una disposición distante y neutralizadora hacia el mundo social, precisamente la que interviene en la relación burguesa con el arte, con el lenguaje y con el cuerpo: la utilización del cuerpo por la gimnasia, al igual que la utilización escolar del lenguaje, es en sí mismo su finalidad. Lo que se adquiere en la experiencia escolar y por ésta, que es como una especie de retiro del mundo y la práctica, cuya forma más perfecta está representada por los grandes internados de las escuelas de "élite", es el gusto por la actividad gratuita, dimensión fundamental del ethos de las "élites" burguesas, que siempre presumen de desinterés y se definen por la distancia electiva -que se afirma en el arte y el deporte- hacia los intereses materiales. Elfair play es la manera de jugar el juego de aquellos que no se dejan llevar por el juego al punto de olvidar que es un juego, de aquellos que saben mantener la "distancia respecto del papel", como dice Goffman, que implican todos los papeles con los que se econtrarán los futuros dirigentes.
La autonomización del campo de las prácticas deportivas también viene acompañada por un proceso de racionalización, el cual, según los términos de Weber, debe garantizar la existencia de un carácter previsible y calculable por encima de las diferencias y los particularismos: la constitución de un cuerpo de reglamentos específicos y la de un cuerpo de dirigentes especializados (governing bodies) reclutados, al menos (hasta aquí pág. 197 del libro original) originalmente, entre los old boys de las public schools, van juntas. En cuanto se establecen "intercambios" entre diferentes instituciones escolares y luego entre diferentes regiones, etc., se impone la necesidad de reglas fijas de aplicación universal. autonomía relativa del campo de las prácticas deportivas nunca se afirma con tanta claridad como en bs facultades de auto- administración y reglamentación, fundadas en una tradición histórica o garantizadas por el Estado, que se les reconoce a las agrupaciones deportivas: estos organismos están investidos del derecho de fijar las normas relativas a la participación en las justas que ellos organizan y les corresponde ejercer, bajo control de los tribunales, un poder disciplinario (exclusiones, sanciones, etcétera) para que se respeten las reglas específicas que ellos dictan; además, otorgan títulos específicos, como los títulos deportivos y también, como en Inglaterra, los títulos de entrenadores.
La constitución de un campo de las prácticas deportivas va unida a la elaboración de una filosofía del deporte, que es una filosofía política del deporte. Como dimensión de una filosofía aristocrática, la teoría del amateurismo hace del deporte una práctica desinteresada, semejante a la actividad artística, pero más adaptada a la afirmación de las virtudes viriles de los futuros jefes: el deporte se concibe como una escuela de valentía y de virilidad, capaz de "formar el carácter" y de inculcar la voluntad de vencer ("will to win") que define a los verdaderos jefes, pero una voluntad de vencer según las reglas; es el fair play, una disposición caballerosa totalmente opuesta a la búsqueda vulgar de la victoria a cualquier precio. (En este contexto, habría que evocar el vínculo entre las virtudes deportivas y las militares: no tenemos más que recordar la exaltación de las hazañas de los ex alumnos de Oxford o Eton en los campos de batalla o en los combates aéreos.) Esta moral aristocrática, elaborada por aristócratas (en el primer comité olímpico había qué sé yo cuántos duques, condes, Iords, todos de rancia nobleza) y garantizada por aristócratas -todos los que componen la self perpetuating oligarchy de las organizaciones internacionales y nacionales-, está evidentemente adaptada a las exigencias de la época, y, como se ve en el barón Pierre de Coubertin, "integra" los supuestos esenciales de la moral burguesa de la empresa privada, de la iniciativa privada, que ha sido bautizada como self help, el inglés sirve a (hasta aquí pág. 198 del libro original) menudo como eufemismo. La exaltación del deporte como dimensión de un aprendizaje de tipo novedoso, que requiere una institución escolar totalmente nueva, que se expresa en Coubertin y se encuentra en Demolins, (otro discípulo de Frédéric Le Play, fundador de L' Ecole des Roches y autor de A quoi tient la supériorité des anglo-saxons y de L 'Education nouvelle, donde critica al liceo napoleónico tipo cuartel, que es un tema que se ha convertido ya en uno de los lugares comunes de la "sociología de Francia" que se produce en Ciencias Políticas y Harvard). Me parece que lo que está en juego en esta discusión (que va mucho más allá del deporte) es una definición de la educación burguesa que se opone a la definición pequeñoburguesa y profesoral: se trata de la "energía", la "valentía", la "voluntad", que son virtudes de "jefes" (del ejército o de la empresa), y sobre todo quizá de la "iniciativa" (privada), el "espíritu de empresa" en contra del saber, la erudición, o la docilidad "escolar", simbolizada por el gran liceo tipo cuartel y sus disciplinas. En pocas palabras, haríamos mal en olvidar que la definición moderna del deporte, que se asocia a menudo con el nombre de Coubertin, es parte integrante de un "ideal moral", de un ethos que es el de las fracciones dominantes de la clase dominante y que se encuentra realizado en las grandes instituciones de enseñanza privada, destinadas ante todo a los hijos de los dirigentes de la industria privada, como L'Ecole des Roches, realización paradigmática de este ideal. Valorizar la educación en contra de la instrucción, el carácter o la voluntad en contra de la inteligencia, el deporte en contra de la cultura es una manera de afirmar, en el seno mismo del mundo escolar, la existencia de una jerarquía irreductible a la jerarquía propiamente escolar (que da preponderancia al segundo término de cada una de estas oposiciones). Es también, por así decirlo, una forma de descalificar o desacreditar los valores que reconocen otras fracciones de la clase dominante u otras clases, en especial las fracciones intelectuales de la pequeña burguesía y los "hijos de maestros de escuela", que son temibles competidores de los hijos de burgueses en el terreno de la simple capacidad escolar. Es una forma de oponer al "éxito escolar" otros principios de "éxito" y de legitimación de un éxito (como lo he podido establecer en una encuesta reciente sobre el grupo patronal francés, la oposición entre ambas concepciones de la educación corresponde a las (hasta aquí pág. 199 del libro original) dos trayectorias que permiten el acceso a la dirección de las grandes empresas: una conduce de L'Ecole des Roches o de los grandes colegios jesuitas a la Facultad de Derecho o, en épocas más recientes, a Ciencias Políticas, a la Inspección de Finanzas o a la Escuela de Altos Estudios Comerciales; la otra lleva del liceo de provincia a la Escuela Politécnica. La exaltación del deporte como escuela del carácter encierra cierto matiz de anti intelectualismo. Basta con tener presente que las fracciones dominantes de la clase dominante siempre tienden a concebir sus oposiciones a las fracciones dominadas -"intelectuales" "artistas", "queridos profesores"- a través de la oposición entre lo masculino y lo femenino, lo viril y lo afeminado, que adquiere contenidos diferentes según las diversas épocas (por ejemplo, hoy en día, cabello largo/cabello corto, cultura científica o "económico-política" / cultura artístico-literaria, etcétera. para comprender una de las implicaciones más importantes de exaltación del deporte, y en especial de los deportes "viriles como el rugby, y para darse cuenta de que el deporte, al igual que toda práctica, es algo que está en juego en las luchas entre las fracciones de la clase dominante así como entre las clases sociales.
El campo de las prácticas deportivas es sede de luchas, donde está en juego, entre otras cosas, el monopolio para imponer la definición legítima de la actividad deportiva y de su función legitima: amateurismo contra profesionalismo, deporte-práctica contra deporte-espectáculo, deporte distinguido de élite- y deporte popular- de masas-, etcétera; así mismo el campo en sí está inserto en el campo de las luchas por la definición del cuerpo legitimo y del uso legitimo dl cuerpo, y en estas luchas se oponen, además de los entrenadores, dirigentes, profesores de gimnasia y demás comerciantes: de bienes y servicios deportivos, los moralistas y en especial el: clero, los médicos y sobre todo los higienistas, los educadores: en el sentido más amplio -consejeros conyugales, dietistas…- los árbitros de la elegancia y el buen gusto -modistos, etcétera. Sin duda las luchas por el monopolio de la imposición de la definición legítima de esa clase particular de usos del cuerpo que es el deportivo presentan invariantes transhistóricas: me refiero, por ejemplo, a la oposición que se da, desde el punto de vista de la definición del ejercicio legítimo, entre los profesionales de la pedagogía corporal (los profesores de gimnasia (hasta aquí pág. 200 del libro original) y los médicos, es decir, entre dos formas de autoridad específica ("pedagógica" /"científica") vinculados a dos especies de capital especifico, o también a la oposición recurrente entre dos filosofías antagónicas del uso del cuerpo, una de las cuales es más bien ascética y en esa especie de alianza de palabras que es la expresión misma de la "educación física" coloca el énfasis en la palabra educación, la antítesis, lo contranatura, el esfuerzo, el enderezamiento, la rectitud, y la otra, que es más bien hedonista y da preponderancia a la naturaleza, la fisis, reduciendo la cultura del cuerpo, la educación física, a una especie de "naturalidad" o de vuelta a la "naturalidad", como es hoy en día la expresión corporal, que enseña a desaprender las disciplinas y las contenciones inútiles impuestas, entre otras por la gimnasia común y corriente. La autonomía relativa del campo de las prácticas corporales que implica por definición la dependencia relativa, el desarrollo en el seno del campo de las prácticas orientadas hacia uno u otro polo, hacia el ascetismo o el hedonismo, depende en gran medida del estado en que se encuentra la relación de fuerza entre las fracciones de la clase dominante y entre las clases sociales en el campo de las luchas por la definición del cuerpo legítimo y de los usos legítimos del cuerpo. Así, el progreso de todo lo que recibe el nombre de “expresión corporal" sólo puede comprenderse en relación con el progreso -que es visible, por ejemplo, en las relaciones entre padres e hijos y, de manera más general, en todo lo tocante a la pedagogía- de una nueva variante de la moral burguesa que presentan ciertas fracciones ascendentes de la burguesía (y de la pequeña burguesía), y que da preferencia al liberalismo en las cuestiones de la educación, pero también en las relaciones jerárquicas y en el aspecto de la sexualidad, en detrimento del rigorismo ascético (al que denuncia por ser "represivo").
Era necesario evocar esta primera fase, que me parece ser determinante porque el deporte está aún marcado por sus orígenes: además de que la ideología aristocrática del deporte como actividad desinteresada y gratuita, perpetuada por los tópicos rituales del discurso de celebración, contribuye a disfrazar la verdad de una parte cada vez mayor de las prácticas deportivas, no hay duda de que la práctica de deportes como el tenis, la equitación, los yates y el golf tiene “ interés" no sólo por su origen, sino también en parte por las ganancias de (hasta aquí pág. 201 del libro original) distinción que procura (no es una casualidad que la mayoría de los clubes más selectos, es decir, más selectivos, se organicen en torno a actividades deportivas, que son ocasión y pretexto para reuniones electivas). Las ganancias distintivas se duplican cuando la diferencia entre las prácticas distinguidas y distintivas, como los deportes "elegantes", y las prácticas "vulgares" en que se han convertido, muchos deportes, a causa de su divulgación, que originalmente estaban reservados a una "élite", corno el futbol (y en menor grado el rugby, que conservará probablemente durante algún tiempo una doble posición social y un reclutamiento social doble), se refuerza por la oposición, que es aún más clara, entre la práctica del deporte y el simple consumo de espectáculos deportivos. En efecto, sabemos que la probabilidad de practicar un deporte después de la adolescencia (y con mayor razón en la edad ma­dura o la vejez) disminuye agudamente a medida que descendemos en la escala social (al igual que la probabilidad de formar parte de un club deportivo), mientras que la probabilidad de mirar por televisión (pues asistir a los estadios obedece a leyes más complejas) los espectáculos deportivos considerados como más populares, como el futbol o el rugby, disminuye mar­cadamente a medida que nos elevamos en la escala social.
Así, por grande que sea la importancia que reviste la práctica deportiva- y sobre todo de los deportes colectivos como el futbol- para los adolescentes de las clases populares y medias, no podemos ignorar el hecho de que los deportes llamados populares, como el ciclismo, el futbol y el rugby, funcionan también y sobre todo como espectáculos (que también pueden atraer el interés por la participación imaginaria que permite la experiencia pasada de una práctica real): son "populares", pero en el sentido que reviste este adjetivo cada vez que se aplica a los productos materiales o culturales de la pro­ducción masiva, a los automóviles, muebles o canciones. En pocas palabras, el deporte, que nació de juegos realmente populares, es decir, producidos por el pueblo, regresa al pueblo a la manera de la música folklórica, en forma de espectáculos producidos para el pueblo. El deporte-espectáculo aparecería aún más claramente como una mercancía masiva, y la organización de espectáculos deportivos como una rama más del show business, si el valor que se reconoce colectivamente a la práctica de los deportes (sobre todo desde que las competencias (hasta aquí pág. 202 del libro original) colectivas se han convertido en una de las formas de medir la fuerza relativa de las naciones, es decir, en una apuesta política) no contribuyera a disfrazar el divorcio que existe entre la práctica y el consumo, Y con ello las funciones del simple consumo pasivo.
Podríamos preguntarnos de paso si ciertos aspectos de la evolución reciente de las prácticas deportivas -como el recurrir al doping o el aumento de la violencia tanto en los estadios como entre el público- no son en parte un efecto de la evolución que he evocado con demasiada brevedad. No tenemos más que pensar, por ejemplo, en todo lo que implica el hecho de que un deporte como el rugby (y lo mismo ocurre en Estados Unidos con el llamado futbol americano) se haya convertido a través de la televisión en un espectáculo de masas, que se difunde mucho más allá del círculo de los que lo practican actualmente o lo hicieron en alguna época, es decir, entre un público que no siempre tiene la competencia específica necesaria para descifrarlo como es debido: el "conocedor" posee esquemas de percepción y apreciación que le permiten ver lo que el profano no ve, percibir una necesidad allí donde el lerdo no ve más que violencia y confusión, y por ende, encontrar en la rapidez de un movimiento, en la imprevisible necesidad de una combinación lograda o en la orquestación casi milagrosa de un movimiento de conjunto, un placer que no es ni menos intenso ni menos culto que el que procura a un melómano una ejecución particularmente lograda de una obra bien conocida; cuanto más superficial es la percepción, cuanto más ciega a todas esas agudezas, a esos matices, a esas sutilezas, menos placer encuentra en el espectáculo en sí y de por sí, y más expuesta está a la búsqueda del "sensacionalismo", al culto de la hazaña aparente y el virtuosismo visible, y, sobre todo, más se interesa exclusivamente por esa otra dimensión del espectáculo deportivo, el suspense y la emoción del resultado, lo cual impulsa a los jugadores, y sobre todo a los organizadores, a buscar la victoria a cualquier precio. En otras palabras, todo parece indicar que en el deporte como en la música el ampliar el público más allá del círculo de los aficionados contribuye a reforzar el reino de los profesionales puros. Cuando en un artículo reciente Roland Barthes opone a Panzera, un cantante francés anterior a la segunda guerra mundial, a Fischer Diskau, en quien ve al prototipo del producto de la cultura media, nos vienen a (hasta aquí pág. 203 del libro original) la mente los que comparan el juego inspirado de gente como Dauger o Boniface a la "mecánica" del equipo de Béziers o del equipo de Francia dirigido por Fouroux. Este es el punto de vista del que practica o ha practicado el deporte, por oposición al simple consumidor, al "discófilo" o al deportista de televisión; él reconoce una forma de excelencia que, como lo recuerdan sus imperfecciones mismas, no es más que el límite de la competencia del aficionado normal. En suma, todo nos permite suponer que, tanto en el caso de la música como en el del deporte, la competencia puramente pasiva que se adquiere al margen de toda práctica, la del público recién conquistado por el disco o la televisión, es un factor que permite que evolucione la producción (de paso podemos ver la ambigüedad de ciertas denuncias de los vicios de la producción masiva -tanto en el deporte como en la música-, que ocultan a menudo la nostalgia aristocrática de la época de los aficionados).
Más que al hecho de alentar el chauvinismo y el sexismo, probablemente debemos atribuir a la brecha que abre entre los profesionales, como virtuosos de una técnica esotérica, y los profanos, reducidos al papel de simples consumidores -lo cual tiende a convertirse en una estructura profunda de la conciencia colectiva- los efectos políticos más decisivos del deporte: no sólo en el ámbito del deporte se ven reducidos los hombres comunes al papel de fans, el extremo caricaturizado del militante destinado a una participación imaginaria que no es más que una compensación ilusoria de la desposesión en provecho de los expertos.
De hecho, antes de proseguir con el análisis de los efectos, habría que precisar cuáles son las determinantes de la transición del deporte como práctica de una élite, reservada a los aficionados, al deporte como espectáculo producido por profesionales y destinado al consumo de masas. En efecto, no podemos limitarnos a invocar la lógica relativamente autónoma del campo de la producción de bienes y servicios deportivos, y, para ser más exactos, el desarrollo en el seno de dicho campo de una industria del espectáculo deportivo que está sometida a las leyes de la rentabilidad y trata de obtener la máxima eficacia al tiempo que minimiza los riesgos (lo cual implica, en particular, la necesidad de un verdadero personal directivo y de un verdadero management científico capaz de organizar de manera racional el entrenamiento y la conservación del capital físico de los (hasta aquí pág. 204 del libro original) profesionales. Recordemos, por ejemplo, el caso del futbol americano, donde el cuerpo de entrenadores, médicos, encargados de relaciones públicas, supera al de los jugadores y sirve casi siempre de apoyo publicitario para una industria de equipos y accesorios deportivos).
En realidad, el desarrollo de la práctica misma del deporte hasta entre los jóvenes de las clases dominadas se debe probablemente en parte a que el deporte estaba preparado para llenar en una escala más amplia las mismas funciones, que habían constituido el principio de su invención en las public schools inglesas de fines del siglo XIX: incluso antes de ver en él un medio para "formar el carácter" (lo improve character), según la vieja creencia victoriana, las public schools, como instituciones totales en el sentido de Goffman, que deben cumplir con su tarea de dirección 24 horas al día y siete días a la semana, encontraron en el deporte una forma de mantener ocupados al menor costo a los adolescentes que tenían a su cargo de tiempo completo; como lo observa un historiador, cuando los alumnos están en el campo deportivo son fáciles de vigilar, se entregan a una actividad "sana" y descargan su violencia en contra de sus compañeros en lugar de hacerlo contra los edificios o alborotando en clase. Esta es sin duda una de las claves de la divulgación del deporte y de la multiplicación de las asociaciones deportivas, las cuales se organizaron en un principio gracias a donativos de caridad, pero fueron recibiendo el reconocimiento y la ayuda de los poderes públicos. Este medio sumamente barato de movilizar, ocupar y controlar a los adolescentes debía convertirse en un instrumento y un objeto de luchas entre todas las instituciones que estaban total o parcialmente organizadas con vistas a movilizar y conquistar políticamente a las masas; y competían así por la conquista simbólica de la juventud, ya fueran partidos, sindicatos, iglesias, y también patrones paternalistas. Preocu­pados por envolver de manera continua y total a la población obrera, estos últimos no tardaron en ofrecer a sus asalariados, además de hospitales y escuelas, estadios y otras instalaciones deportivas (muchas asociaciones deportivas fueron fundadas con ayuda y bajo control de patrones privados, como lo demuestran aún los numerosos estadios que llevan el nombre del patrón), Conocemos la rivalidad que, desde el nivel de pueblo (con la rivalidad entre asociaciones laicas y religiosas o, lo que (hasta aquí pág. 205 del libro original) nos ha tocado más de cerca, la prioridad que debe otorgarse al material deportivo) hasta el de toda la nación (con la oposición, por ejemplo, entre la Federación de Deporte de Francia, controlada por la Iglesia, y la FSGr, controlada por los partidos de izquierda) no ha dejado de oponer a las diferentes instancias políticas a propósito del deporte. En realidad, y de forma cada vez más clara a medida que aumentan el reconocimiento y la ayuda del Estado, y con ello la aparente neutralidad de las organizaciones deportivas y de sus dirigentes, el deporte es uno de los objetos de la lucha política: la rivalidad entre las organizaciones es uno de los factores más importantes dentro del desarrollo de una necesidad social, es decir, socialmente constituida, de la práctica deportiva y de todo lo que es equipo, instrumentos, personal y servicios correlativos; la imposición de las necesidades dentro del deporte nunca resulta tan evidente como en el medio rural, donde la aparición de material y equipos, como ahora los clubes de jóvenes o de gente mayor, es casi siempre producto de la actividad de la pequeña burguesía o de la burguesía local que encuentra allí una oportunidad para imponer sus servicios políticos de incitación y dirección y de acumular o mantener un capital de notoriedad u honorabilidad que siempre puede transformarse en poder político.
Claro está que la divulgación del deporte desde las escuelas de "élite" hasta las asociaciones deportivas de masas va siempre acompañada por un cambio de las funciones que asignan a la práctica los deportistas mismos y quienes los dirigen, y con ello por una transformación de la propia práctica deportiva que va en el mismo sentido que la transformación de lo que espera y exige un público, que ahora ya rebasa por mucho al grupo de los antiguos participantes: así, la exaltación de la proeza viril y el culto al espíritu de equipo que asociaban con la práctica del rugby los adolescentes de origen burgués o aristocrático de las escuelas públicas inglesas o sus imitadores franceses de la época de oro sólo puede perpetuarse entre los campesinos, empleados o comerciantes del sudeste de Francia a costa de una profunda reinterpretación. Se comprende que los que han conservado la nostalgia del rugby' universitario, dominado por los "envolées de trois-quarts", apenas reconozcan la exaltación de la manliness y el culto del tearn spirit en el gusto por la violencia (la "castagne") y la exaltación del sacrificio oscuro y típicamente plebeyo hasta en sus (hasta aquí pág. 206 del libro original) metáforas ("aller au charbon", etcétera) que caracteriza a los nuevos jugadores y en especial a los “'avants de devoir". Para comprender disposiciones que se encuentran tan lejos del sentido de la gratuidad y del fair play de los orígenes, hay que tener presente entre otras cosas el hecho de que la carrera deportiva, que está prácticamente excluida de las que son aceptables para un niño de la burguesía -aparte del tenis y el golf-, representa una de las pocas vías de ascenso social para los chicos de las clases dominadas: el mercado deportivo representa para el capital físico de los chicos lo mismo que el hacer carrera en los concursos de belleza y en las profesiones posibles gracias a ellos -recepcionista, etcétera- para el capital físico de las chicas. Esto indica que los "intereses" y valores que los deportistas surgidos de las clases populares y medias importan al ejercicio del deporte están en armonía con las exigencias correlativas de la profesionalización (que puede coincidir con las apariencias de amateurismo, claro), una preparación racional (el entrenamiento) y una ejecución del ejer­cicio del deporte que impone la búsqueda de una eficacia específica máxima (medida en "victorias", "títulos" o "récords"), y esta búsqueda, a su vez, es correlativa del desarrollo de una industria -privada o pública -del espectáculo deportivo.
Este es un caso de confluencia entre la oferta, es decir, la forma particular que revisten la práctica y el consumo deportivos en un momento determinado, y la demanda, es decir, las exigencias, los intereses y los valores de los posibles deportistas, puesto que la evolución de las prácticas y los consumos reales es resultado de la confrontación y el ajuste permanentes entre ambos. Claro que en cada momento cada recién llegado tiene que tomar en cuenta una situación determinada de la práctica y el consumo deportivos, así como de su distribución por clases, y a él no le corresponde modificar una situación que es resultado de toda una historia anterior de la rivalidad entre los agentes e instituciones envueltos en el "campo deportivo". Pero, si bien en este caso como en otros el campo de la producción contribuye a producir las necesidades de sus propios productos, lo cierto es que no es posible comprender la lógica que lleva a los agentes hacia tal o cual práctica deportiva o hacia una forma determinada de realizarla sin tomar en cuenta las disposiciones hacia el deporte, que constituyen (hasta aquí pág. 207 del libro original) a su vez una dimensión de una relación particular con el propio cuerpo y se inscriben dentro de la unidad del sistema de disposiciones, el habitus, que es el principio de los estilos de vida (resultaría fácil, por ejemplo, mostrar las homologías entre la relación con el cuerpo y la relación con el lenguaje que son características de una clase o una fracción de clase).
Ante el cuadro estadístico que representa la distribución de las diversas prácticas deportivas según la clase social que evocaba al principio, habría que preguntarse sobre las variaciones del significado y de la función sociales que otorgan las diferentes clases a los diferentes deportes. Es fácil mostrar que éstas no concuerdan sobre los efectos que esperan del ejercicio corporal, ya sea los efectos sobre el cuerpo externo, como la fuerza aparente de una musculatura visible que unos prefieren, o la elegancia, la soltura y la belleza que otros eligen, o los efectos sobre el cuerpo interno, como la salud, el equilibrio psíquico, etcétera; en otras palabras, las variaciones en las prácticas según las clases no sólo dependen de las variaciones de los factores que posibilitan o imposibilitan asumir sus costos económicos o culturales, sino también de las variaciones de la percepción y apreciación de las ganancias, inmediatas o diferidas, que estas prácticas deberían procurar. Así, las diversas clases sociales prestan una atención muy diferente a las ganancias "intrínsecas" (reales o imaginarias, eso no importa, ya que creen realmente en ellas) que esperan para el cuerpo en sí; Jacques Defrance muestra, por ejemplo, que se puede pedir de la gimnasia que produzca un cuerpo fuerte que muestre signos externos de su fuerza -ésta es la demanda popular que encuentra su satisfacción en el fisicoculturismo- o por el contrario, un cuerpo sano—que es la demanda demanda burguesa, que encuentra su satisfacción en actividades cuya función es esencialmente higiénica. No por casualidad los levantadores de pesas han representado durante mucho tiempo uno de los espectáculos más típicamente populares -recordamos al famoso Dédé la Boulange que oficiaba en la plaza de Anvers acompañando sus hazañas con parlamentos-; durante mucho tiempo el levantamiento de pesas, que se supone desarrolla la musculatura, ha representado el deporte preferido de las clases populares, sobre todo en Francia; tampoco es casualidad que las autoridades olímpicas hayan tardado tanto en dar su reconocimiento oficial a la halterofilia, (hasta aquí pág. 208 del libro original) que, a los ojos de los fundadores aristocráticos del deporte moderno, simbolizaba la fuerza pura, la brutalidad y la indigencia intelectual, es decir, a las clases populares.
De la misma forma, las diversas clases tienen preocupaciones muy diferentes en cuanto a las ganancias sociales que procura la práctica de ciertos deportes. Vemos por ejemplo que, además de sus funciones puramente higiénicas, el gol f tiene un significado de distribución que es unánimemente conocido y reconocido (todo el mundo tiene un conocimiento práctico de la probabilidad que tienen las diferentes clases sociales de practicar los diversos deportes), y que se opone diametralmente al de la pétanque, cuya función higiénica no debe ser muy diferente, que tiene un significado de distribución muy semejante al del Pernod y todas las comidas que no sólo son baratas, sino fuertes (en el sentido de muy condimentadas) y que supuestamente dan fuerzas porque son pesadas, grasosas y condimentadas. En efecto, todo permite suponer que la lógica de la distinción, junto con el tiempo libre, de­termina en gran medida la distribución de una práctica entre las clases, como ocurre con la que acabamos de mencionar, que no requiere prácticamente ningún capital económico ni cultural, o incluso físico; su frecuencia aumenta de manera regular hasta alcanzar su punto máximo en las clases medias, sobre todo entre los maestros de escuela y los empleados de los servicios médicos, y luego disminuye, de manera aún más marcada a medida que aumenta la preocupación por distinguirse de la gente común -como entre los artistas y los miembros de las profesiones liberales.
Lo mismo ocurre con todos los deportes que no requieren más que cualidades "físicas" y competencias corporales cuyas condiciones de adquisición precoz parecen estar distribuidas de manera más o menos pareja y son igualmente accesibles dentro de los límites del tiempo, y, en segundo término, de la energía física disponibles: sin duda aumentaría la probabilidad de practicarlos a medida que uno asciende en la jerarquía social si, conforme a una lógica que se observa en otros ámbitos (como la práctica de la fotografía), el deseo de distinción y la falta de gusto no apartaran de él a la clase dominante. Así, la mayoría de los deportes colectivos, como el basquetbol, el rugby o el futbol, cuya práctica declarada culmina entre los empleados de oficina, los técnicos y los comerciantes, y sin duda también los deportes (hasta aquí pág. 209 del libro original) individuales más típicamente populares, como el boxeo o la lucha, cumulan todas las razones que repelen la clase dominante: la composición social de su público reforzadora de la vulgaridad que implica su divulgación, los valores que intervienen, como la exaltación de la competencia y las virtudes requeridas, (como la fuerza, la resistencia, la disposición hacia la violencia, el espíritu de "sacrificio", de docilidad o de sumisión a la disciplina colectiva, que es la antítesis perfecta del "distanciamiento respecto del papel" que está implícito en los papeles burgueses.
Todo permite suponer que la probabilidad de practicar tal o cual deporte depende, según el deporte, del capital económico y, en segundo término, del capital cultural, así como del tiempo libre; esto se da a través de la afinidad que se establece entre las disposiciones éticas y estéticas que se asocian con una posición determinada dentro del espacio social, y de las ganancias que parece prometer cada uno de estos deportes en función de esas disposiciones. La relación entre la práctica de los diferentes deportes y la edad es más compleja ya que se define, con la intermediación de la intensidad del esfuerzo físico requerido y de la disposición con respecto a este desgaste que es una dimensión del ethos de clase, en la relación entre un deporte y una clase: entre las propiedades de los deportes “populares", la más importante es su tácita asociación con la juventud, a la que se atribuye de manera espontánea e implícita una especie de licencia provisional, que se expresa entre otras cosas por el desperdicio de un exceso de energía física (y sexual), que se abandonan muy pronto (por lo general con el matrimonio, que define el principio de la vida adulta); por el contrario, los deportes "burgueses", que se practican sobre todo por sus funciones de conservación del estado físico, así como por la ganancia social que procuran, tienen en común la posibilidad de retrasar hasta mucho más allá de la juventud la edad límite a la que se pueden practicar, y quizá llegan tanto más lejos cuanto más prestigiosos y exclusivos son (como el golf).
De hecho, fuera de cualquier búsqueda de distinción, la relación con el propio cuerpo, como dimensión privilegiada del habitus, es lo que distingue a las clases populares de las clases privilegiadas, al igual que, dentro de esta última categoría, distingue a las fracciones divididas por todo el universo de un estilo de vida. Así, la relación instrumental con el propio (hasta aquí pág. 210 del libro original) cuerpo que expresan las clases populares en todas las prácticas donde el cuerpo es objeto y envite, ya sea el régimen alimenticio o los cuidados de la belleza, la relación con la enfermedad o el cuidado de la salud, se manifiesta también en la elección de deportes que requieren una gran inversión de esfuerzo, a veces incluso de dolor y sufrimiento (como el boxeo), y exigen en ciertos casos que se ponga en juego el cuerpo mismo, como la motocicleta, el paracaidismo y todos los tipos de acrobacia así como, en cierta medida, todos los deportes de lucha entre los que podemos incluir al rugby. En el lado opuesto, la inclinación de las clases privilegiadas hacia la "estilización de la vida" se encuentra y reconoce en la tendencia a tratar el cuerpo como un fin, con ciertas variantes, según se haga hincapié en el funcionamiento mismo del cuerpo como organismo, lo cual lleva al culto higienista de la "forma", o en la apariencia misma del cuerpo como configuración perceptible, el "aspecto físico", es decir, el cuerpo-para-Ios-demás. Todo parece indicar que la preocupación por la cultura del cuerpo aparece en su forma más elemental -como culto higienista de la salud que implica con frecuencia una exaltación ascética de la sobriedad y la disciplina dietética- entre las clases medias, que se dedican en forma especialmente intensiva a la gimnasia, el deporte ascético por excelencia puesto que se reduce a una especie de entrenamiento por el entrenamiento mismo. La gimnasia y los deportes estrictamente higiénicos, como la caminata o el jogging, son actividades extremadamente racionales y racionalizadas: para empezar, presuponen una fe decidida en la razón y las ganancias diferidas y a veces impalpables que prometen (corno la protección contra el envejecimiento o los accidentes que lo acompañan, lo cual es una ganancia abstracta y negativa que no existe más que en relación con un referente totalmente teórico); después, en general sólo cobran sentido en función de un conocimiento abstracto de los efectos de un ejercicio, que se reduce a su vez, como en el caso de la gimnasia, a una serie de movimientos abstractos que se descomponen y organizan con referencia a un fin específico y científico (como" los abdominales") y que es a los movimientos totales y orientados hacia los fines prácticos de las situaciones cotidianas lo que es el paso descompuesto en gestos elementales del "manual del subo­ficial" al andar ordinario. Esto nos explica que estas actividades coincidan con las exigencias ascéticas de los individuos en (hasta aquí pág. 211 del libro original) ascenso, quienes están dispuestos a encontrar su satisfacción en el esfuerzo mismo, y a aceptar gratificaciones diferidas por su sacrificio presente -lo cual constituye el sentido mismo de su existencia. Las funciones higiénicas tienden a asociarse cada vez más, a subordinarse incluso, a funciones que podríamos llamar estéticas a medida que se asciende en la jerarquía social (sobre todo, en igualdad de circunstancias, entre las mujeres, que se ven aún más conminadas a someterse a las normas que definen lo que debe ser el cuerpo, no sólo en cuanto a su configuración perceptible, sino también a su porte y su andar). Finalmente, dentro de las profesiones liberales y la burguesía financiera de rancio abolengo es sin duda donde las funciones higiénicas y estéticas se refuerzan más claramente con funciones sociales, pues los deportes, al igual que los juegos de salón o los intercambios sociales (como las recepciones, las cenas, etcétera) se inscriben dentro de las actividades "gratuitas" y "desinteresadas" que permiten acumular un capital social. Esto se ve en el hecho de que el deporte, en la forma limitada que reviste con el golf, la cacería o el polo de los clubes sociales, tiende a convertirse en un simple pretexto para encuentros selectos o, si se prefiere, en una técnica de sociabilidad, al igual que el bridge o el baile.
Para concluir quisiera únicamente indicar que el principio de las transformaciones de la práctica y el consumo del deporte debe buscarse en la relación entre las transformaciones de la oferta y las de la demanda: las transformaciones de la oferta (como la invención o importación de nuevos juegos o equipos, o la reinterpretación de los deportes o juegos antiguos) se engendran en las luchas competitivas por imponer la práctica deportiva legítima y conquistar a la clientela de deportistas comunes (el proselitismo deportivo), en las luchas entre los diferentes deportes y dentro de cada uno, entre las diferentes escuelas o tradiciones (como el esquí a campo abierto, en pista, de fondo ... ), las luchas entre las diferentes categorías de agentes comprometidos en esta rivalidad (deportistas de alto nivel, entrenadores, profesores de gimnasia, productores de equipo); las transformaciones de la demanda son una dimensión de la transformación de los estilos de vida y obedecen a sus reglas generales. La correspondencia que vemos entre ambas series de transformaciones se debe sin duda, como en otros casos, a que el espacio de los productores (es decir, el (hasta aquí pág. 212 del libro original) campo de los agentes e instituciones que son capaces de transformar la oferta) tiende a reproducir en sus divisiones las del espacio de los consumidores; en otras palabras, los taste-makers que son capaces de producir o de imponer (incluso de vender) nuevas prácticas o nuevas formas para antiguas prácticas (como los deportes californianos o las diferentes especies de expresión corporal), así como los que defienden antiguas prácticas o antiguas formas, incluyen en su acción las disposiciones y convicciones constitutivas de un habitus en el que se expresa una posición determinada dentro del campo de los especialistas y también en el espacio social, y por ello son propensos a expresar, por ende, a realizar por virtud de la objetivación, lo que esperan de manera más o menos consciente las fracciones correspondientes del público de profanos. (hasta aquí pág. 213 del libro original)


i * Exposición introductoria al Congreso internacional de L´HISPA, realizado en el INSEP, París, marzo de 1978.




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