Domingo 33º tiempo ordinario, ciclo b espera del señor por Enzo Bianchi «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, esperamos tu venida gloriosa»



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Domingo 33º tiempo ordinario, ciclo B

ESPERA DEL SEÑOR

por Enzo Bianchi


«Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, esperamos tu venida gloriosa». En el corazón de la celebración eucarística, estas palabras recuerdan un elemento constitutivo de la identidad de su fe: la espera de la venida del Señor. «Cristiano —ha escrito el cardenal Newman— es aquel que espera a Cristo».

En estos tiempos de «prisas», eficacia y productivi­dad, también los cristianos parecen con frecuencia condenados al activismo; hablar de «espera» puede acarrear la impopularidad y la incomprensión total. De hecho, para mu­chos «espera» es sinónimo de pasividad e inercia, de evasión e irresponsabilidad. En realidad, el cristiano, no se define simplemente por aquello que hace, sino por su relación con Cristo, sabe que el Cristo al que él ama y en el que pone su confianza es el Cristo que ha venido, que viene en el hoy y que vendrá en la gloria. Por consiguiente, el cristiano no tie­ne ante sí la nada o el vacío, sino una esperanza cierta, un fu­turo orientado por la promesa del Señor: «Sí, estoy a punto de llegar». A partir de la etimología latina (ad-téndere), esperar indica «tensión hacia», una «atención dirigida a», un movimiento centrífugo del espíritu en dirección a otro, a un futuro. Podríamos decir que la espera es una acción, pero una acción no cerrada en el hoy, sino abierta al futu­ro. La segunda carta de Pedro expresa esta dimensión afirmando que los cristianos, mediante su espera, aceleran la ve­nida del día del Señor. [...]

La venida del Señor impone al cristiano la espera de lo que está por venir y la pa­ciencia respecto a aquello que no sabe cuándo llegará. La pa­ciencia es el arte de vivir lo incompleto, de vivir la parcialidad y la fragmentación del presente sin desesperarse. No es sólo la capacidad de sostener el tiempo, de permanecer en el tiempo, de perseverar, sino también de sostener a los demás, de sopor­tarlos, es decir, de asumirlos con sus limitaciones y de sobrelle­varlos. Con todo, es la espera del Señor, el ardiente deseo de su venida, lo que puede formar hombres y mujeres dotados de pa­ciencia ante el tiempo y ante los demás.

La espera paciente es signo de fuerza y de solidez, de estabilidad y de convicción, no de debilidad; es, de forma especial, la actitud que revela un amor profundo al Señor y a los demás hombres, pues «el amor es paciente». Movida por el amor, la espera se convierte en deseo, deseo del encuentro con el Señor.

La espera del Señor conduce a dis­ciplinar su propio deseo, a aprender a desear, a interponer cier­ta distancia entre sí y los objetos deseados, a pasar de una ac­titud de consumo a otra de compartición y comunión, una actitud eucarística.

La espera de la venida del Señor por los cristianos se convierte en invocación de salvación universal, expresión de una fe cósmica que sufre con todo ser humano y toda criatura. Si estos son los valores de la espera del Señor, si esta es una responsabilidad propia de los cristianos, debemos dejarnos interpelar por aquella llamada cordial y provocadora que en su tiempo dirigió Teilhard de Chardin: «Cristianos, vosotros que después de Israel habéis recibido el encargo de mantener siempre viva la llama ardien­te del deseo, ¿qué habéis hecho de la espera?».



Palabras de vida interior, Salamanca : Sígueme, 2006 (Nueva alianza ; 198), 59-61

Monestir de Sant Pere de les Puel·les



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