Dostoievsky



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HOMBRES Y ENGRANAJES

ERNESTO SÁBATO


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A la memoria de mi padre
Me sería muy difícil relatar cómo se han transfor­mado mis convicciones, más aún no siendo ello, probablemente, muy interesante.

DOSTOIEVSKY,



El diario de un escritor

¡La historia de la transformación de las conviccio­nes! ¿Existe, acaso, en todo el dominio de la litera­tura, historia alguna de interés más palpitante?



chestov,

La filosofía de la tragedia

Justificación


Uno se embarca hacia tierras lejanas, indaga la naturaleza, ansia el conocimiento de los hombres, inventa seres de ficción, busca a Dios. Des­pués se comprende que el fantasma que se perseguía era Uno-Mismo.

Reflexioné mucho sobre el título y la calificación que deberían llevar estas páginas. No creo que sea muy desacertado tomarlas como autobiografía espiritual, como diario de una crisis, a la vez personal y universal, como un simple reflejo del derrumbe de la civilización occidental en un hombre de nuestro tiempo. Este derrumbe que los comunistas imaginan un mero derrum­be del sistema capitalista, sin advertir que es la crisis de toda la civiliza­ción basada en la razón y la máquina, civilización de la que ellos mismos y su sistema forman parte.

Estas reflexiones no forman un cuerpo sistemático ni pretenden satis­facer las exigencias de la forma literaria: no soy un filósofo y Dios me libre de ser un literato; son la expresión irregular de un hombre de nuestro tiem­po que se ha visto obligado a reflexionar sobre el caos que lo rodea. Y si las refutaciones de teorías y personas son muchas veces violentas y ásperas, tén­gase presente que esa violencia se ejerce por igual contra antiguas ilusiones mías, que sobreviven en letra muerta, en algún libro, a su muerte en mi pro­pio espíritu; en ocasiones, a su añorada muerte. Porque también podemos añorar nuestras equivocaciones.

En 1934, cuando era un estudiante, fui enviado a un congreso comu­nista en Bruselas. Iba a Europa imaginando que los males del movimiento podían ser exclusivamente argentinos; todavía conservaba muchas ingenui­dades, todavía me resistía a aceptar el movimiento stalinista como un siste­ma de vasos comunicantes.

El universo burgués me había asqueado, como a tantos adolescentes, y me sentí impulsado hacia la revolución. Pero de pronto, ese movimiento revo­lucionario se me hundía bajo los pies, repentinamente me encontré en un vasto caos de seres y cosas. La existencia, como al personaje de La náusea, se me aparecía como un insensato, gigantesco y gelatinoso laberinto; y como él, sen­tí la ansiedad de un orden puro, de una estructura de acero pulido, nítida y fuerte. Así lo había sentido ya en mi adolescencia, cuando me precipité ba­da la matemática, y ahora se volvía a repetir el fenómeno, aunque con más fuerza y desesperación. De ese modo, retorné a ese universo no carnal, a esa especie de refugio de alta montaña al que no llegan los ruidos de los hombres ni sus confusas contiendas. Durante algunos años estudié, con frenesí, casi con furor, las cosas abstractas, me di inyecciones de trasparente opio, viví en el paraíso artificial de los objetos ideales.

Pero en cuanto levantaba la cabeza de los logaritmos y sinusoides, en­contraba el rostro de los hombres. En 1938 trabajaba en el Laboratorio Cu­rie, de París. Me da risa y asco contra mí mismo cuando me recuerdo entre electrómetros, soportando todavía la estrechez espiritual y la vanidad de aquellos dentistas, vanidad tanto más despreciable porque se revestía siem­pre de frases sobre la Humanidad, el Progreso y otros fetiches abstractos por el estilo; mientras se aproximaba la guerra, en la que esa Ciencia, que se­gún esos señores había venido para liberar al hombre de todos sus males fí­sicos y metafísicas, iba a ser el instrumento de la matanza mecanizada.

Allí, en 1938, supe que mi fugaz paso por la ciencia había conclui­do. ¡Cómo comprendí entonces el valor moral del surrealismo, su fuerza des­tructiva contra los mitos de una civilización terminada, su fuego purificador, aun a pesar de todos los farsantes que aprovechaban de su nombre!

De Francia pasé a los Estados Unidos, donde pude ver el Capitalis­mo Maquinista en su más vasta perfección. Volví a mi patria y empecé a es­cribir un primer balance, que publiqué en 1945 bajo el titulo de Uno y el Universo. En el prólogo, escribí: "La ciencia ha sido un compañero de via­je, durante un trecho, pero ya ha quedado atrás. Todavía cuando nostálgi­camente vuelvo la cabeza, puedo ver algunas de las altas torres que divisé en mi adolescencia y me atrajeron con su belleza desposeída de los vicios carna­les. Pronto desaparecerán de mi horizonte y sólo quedará el recuerdo. Mu­chos pensarán que ésta es una traición a la amistad, cuando es fidelidad a mi condición humana. De todos modos, reivindico el mérito de abandonar esa clara dudad de las torres donde reinan la seguridad y el ordenen bus­ca de un continente lleno de peligros, donde domina la conjetura".

Durante cinco años me he movido en este continente conjetural. Sé mu­cho menos que antes, pero al menos ahora sé que no sé y sonrío melancólica­mente al releer algunos capítulos de aquel primer balance, todavía habita­do de tantos fantasmas, todavía candoroso creyente en ciertos cadáveres del mundo que fue. No incurrir en la nueva ingenuidad de imaginar que ahora me he desembarazado de cadáveres y fantasmas. Pero sí tengo la convic­ción de entrever ya con mayor crueldad los contornos de Uno-Mismo en me­dio de la confusión del Universo.

E.S. Santos Lugares, marzo de 1951.

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