Economía y medio ambiente lectura 21 docente: Rosa Ferrín Schettini Página II semestre: marzo-julio de 2004



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CONOMÍA Y MEDIO AMBIENTE Lectura 21


DOCENTE: Rosa Ferrín Schettini Página

II Semestre: marzo-julio de 2004



LA ECONOMÍA PARA EL BIEN COMÚN1
Las palabras deben ser un poco salvajes,

ya que son el asalto del pensamiento

sobre lo que no se ha pensado
J. M. KEYNES
LOS HECHOS CRUDOS
EN NUESTRA época, son los hechos mismos los que resultan más que un poco salvajes y constituyen un ataque contra los dogmas económicos insensatos. Necesitamos escasa ayuda de la retórica desbocada. Los hechos crudos se resumen con palabras tranquilas en los diversos informes de State of the World publicados por el World Watch Institute, y especialmente en el primer ensayo del volumen de 1987, escrito por Lester Brown y Sandra Postel con el título de “Thresholds of Change”. Algunos de ésos son los siguientes:
1) Hay un hoyo en la capa de ozono protectora de la Tierra. Ahora llega a la Tierra una cantidad mayor de radiación ultravioleta, y puede pronosticarse que aumentará el cáncer de la piel, se retardará el crecimiento de las cosechas y se deteriorá el sistema inmunitario humano. En una respuesta inusitadamente sensata, los representantes de treinta y una naciones han aceptado un límite cuantitativo a la producción de clorofluorocarburos, la causa probable de la disminución del ozono.
2) Hay pruebas de que el efecto de invernadero inducido por el CO2 ha provocado ya un calentamiento del globo. Todavía en 1983 no se esperaba ningún cambio perceptible durante los siguientes cincuenta años. Ahora, expertos cautelosos asocian el calentamiento con la sequía padecida en el Medio Oeste de los Estados Unidos en 1988.
3) La biodiversidad está declinando a medida que se incrementan las tasas de extinción de las especies debido a la mutación del hábitat, sobre todo en los bosques de lluvias tropicales que albergan a la mitad de las especies del mundo en sólo 7 por ciento de su área terrestre (Goodland 1987).
Además, la lluvia ácida mata los bosques de la zona templada y eleva la acidez de los lagos más allá de los límites de tolerancia de muchas especies. Por efecto de los accidentes industriales, los habitantes de Chernóbyl, Goiania (Brasil) y Bhopal están muriendo por la contaminación del aire, la contaminación de las aguas superficiales con desechos tóxicos, y el envenenamiento por la radiación.
Creemos que todos los hechos se relacionan de un modo u otro con un suceso fundamental: ha aumentado en demasía la actividad humana en relación con la biosfera. En sólo 36 años (1950-1986) se duplicó población (de 2.500 a 5.000 millones). Durante el mismo período, el producto bruto y el consumo de combustibles fósiles del mundo casi se han cuadruplicado. Es muy probable que la continuación del crecimiento más allá de la escala actual incrementa los costos con mayor rapidez que los beneficios. Iniciándose así una nueva era de “crecimiento antieconómico” que empobrece en lugar de enriquecer. Éste es el hecho crudo fundamental que ha encontrado expresión en palabras suficientemente feroces para atacar con éxito el estupor civil ante el discurso económico. En efecto, lo que dijera Keynes, parece ser que la crudeza de las palabras o de los hechos se toma ahora como una prueba clara de la falsedad. La preocupación moral es “anticientífica”. La afirmación del hecho es “alarmista”.
En An Inquiry into the Human Prospect (1974), el economista Robert Heilbroner reflexionaba acerca del significado de esta presión de la economía humana sobre la biosfera. Consideraba especialmente los traumas políticos que afrontarán cuando ya no sea posible el crecimiento económico. En una revisión de su Inquiry de 1980, proyectaba Heilbroner una economía en crecimiento (pero gradualmente declinante) hasta mediados del primer decenio del siglo siguiente. Cuando eso termine, Heilbroner prevé (como en la edición interior de 1974) la necesidad de gobiernos muy autoritarios para controlar la transición hacia la declinación económica (Heilbroner 1980, pp. 167ss.).
Apreciamos la rara disposición de Heilbroner, como economista, para conectar la economía en crecimiento con los límites físicos de la ecósfera. Esto se encuentra también en la base de nuestro proyecto. Pero creemos que la reflexión, la provisión y la imaginación podrán conducir a una transición mucho menos desgarradora. Mientras que Heilbroner supone que no hay alternativas realistas al capitalismo y el socialismo (ambos economías del crecimiento), nosotros no estamos de acuerdo. Este libro trata de bosquejar precisamente tal alternativa realista. La concepción de una economía tan radicalmente diferente nos obliga a pensar en la disciplina de la economía y más allá, en la biología, la historia, la filosofía, la física y la teología. El ataque a los hechos crudos se erige en parte contra las mismas fronteras disciplinarias por las que se organiza (produce, empaca e intercambia) el conocimiento en la universidad moderna.

LA AMBIGUEDAD DE LA REALIZACIÓN ECONÓMICA
Los hechos duros de hoy, y su conflicto con la teoría económica convencional, tienen una historia bien conocida. Durante los dos últimos siglos la economía ha transformado el carácter del planeta y en particular el de la vida humana. Lo ha hecho principalmente mediante la industrialización. La industria ha incrementado en sumo grado la productividad de los trabajadores; tanto que a pesar de los grandes incrementos de la población de las naciones industrializadas, los bienes y servicios a disposición de cada individuo han aumentado más aún. El nivel de vida ha pasado de la mera subsistencia a la abundancia para la mayoría de los habitantes de las naciones del Atlántico Norte y de Japón. Singapur, Hong Kong, Taiwán y Corea del Sur comparten dicha prosperidad. Éstas son realizaciones inmensas.
Durante el mismo período, el estudio de la economía ha madurado, acercándose al nivel de una ciencia. Entre las disciplinas sociales, sólo la economía recibe ese título por parte de los científicos naturales. Se otorga un premio Nobel en economía, al igual que en física y en biología. Otros estudiosos de la sociedad humana envidian y emulan a los economistas con frecuencia, así como los economistas imitan a los físicos.
La política pública se ha visto profundamente afectada por las ideas y las propuestas de los economistas. Si no contara con esta ayuda, la economía no podría haber crecido ni remotamente como lo ha hecho. Los economistas tienen razón para creer que si los políticos y los burócratas prestaran mayor atención a sus argumentos, podrían realizarse con mayor eficiencia los propósitos del Gobierno. Una y otra vez, los economistas pueden mostrar el desperdicio de los recursos que generan las medidas reguladoras que olvidan los principios del mercado. Hasta los economistas de Europa oriental están aconsejando ahora una mayor confianza en el mercado, por razones similares a las expresadas por sus colegas de Occidente.
Pero la economía industrial tiene ciertas consecuencias para la economía más amplia de la vida. Los psicólogos se han visto perturbados por lo que ha venido ocurriendo con los individuos. En 1937, Karen Horney señalaba las presiones creadas para los norteamericanos por su sociedad industrial, competitiva, materialista. Observaba Horney que habían surgido tres conflictos valorativos básicos:
la agresividad ha crecido tanto que ya no puede reconciliarse con la hermandad cristiana; el deseo de los bienes materiales se ha estimulado tan vigorosamente que jamás puede satisfacerse, y las expectativas de la libertad irrestricta se han elevado tanto que ya no pueden volverse compatibles con la multitud de retricciones y responsabilidades que nos afecta a todos [citada en Henderson 1978, p. 251.
Más recientemente, Walter Weisskopf (1971) ha realizado un extenso estudio de lo que le ha hecho la economía a los seres humanos en lo moral y lo existencial. Cree Weisskopf que la economía ha operado contra los juicios de valor objetivos y ha alentado el relativismo moral. También ha destacado unos cuantos aspectos de la existencia humana a expensas de otros, y así ha causado la enajenación.
Otros críticos han señalado los efectos sociales negativos del progreso económico. En palabras conmovedoras, Karl Polanyi, un gran historiador económico, describió los desarrollos sociales asociados al ascenso del mercado como la "Fábrica Satánica”. La primera oración de su obra de 1944 dice: “En la base de la Revolución Industrial del siglo dieciocho había un mejoramiento casi milagroso de las herramientas de la producción, lo que se logró mediante una dislocación catastrófica de las vidas de la gente común” (Polanyi [1944 1957, p. 33). Joseph Schumpeter estaba igualmente preocupado. Considera Schumpeter al pensamiento económico como una parte de la filosofía utilitaria que dominaba el siglo diecinueve.
Este sistema de ideas, desarrollado en el siglo dieciocho, no reconoce más principio regulador que el del egoísmo individual... El hecho esencial es que, ya sea como causa o como consecuencia, esta filosofía expresa muy bien el espíritu de irresponsabilidad social que caracterizaba el sentimiento general y el Estado secular, o mejor dicho secularizado, en el siglo diecinueve. Y en medio de la confusión moral, el éxito económico sólo sirve para agravar la situación social y política que es el resultado natural de un siglo de liberalismo económico [Schumpeter 1975.
Recientemente, han sido en particular los ecologistas, y las personas motivadas por ellos, quienes han señalado a la economía como el gran villano. Ellos observan que el crecimiento de la economía ha significado el incremento exponencial de los insumos de materias primas tomados del ambiente y de los desechos que van a parar a éste, y señalan que los economistas han prestado escasa atención al agotamiento de los recursos o a la contaminación. Se quejan de que los economistas no sólo han ignorado la fuente de los insumos y la eliminación de los desechos, sino que también han alentado la maximización de ambos, mientras que la vida ligera en el mundo requiere que el producto se mantenga al mínimo suficiente para la satisfacción de las necesidades humanas.
La mayoría de los economistas han pasado por alto estas críticas. Están convencidos de que la gran mayoría de la gente está mucho más interesada en los bienes económicos cuya producción han alentado los economistas que en cualesquiera pérdidas psicológicas o ambientales. Sospechan que exageran quienes hablan del sufrimiento que acompaña a la industrialización. Muestran que las naciones que se industrializaron vieron aumentar rápidamente su riqueza, una riqueza compartida por la mayoría, aunque de manera desigual. Y están convencidos de que quienes se preocupan por el futuro del ambiente subestiman la capacidad de una economía próspera para resolver esto también. Allí donde hay capital e ingenio habrá avances tecnológicos. Ahora que el ambiente es una preocupación, el genio inventivo se dirigirá hacia la solución de estos nuevos desafíos.
HACIA UN CAMBIO DE PARADIGMA EN LA ECONOMÍA2
Cuando una disciplina es tan exitosa y tan severamente criticada, podemos concluir que sus supuestos y métodos se aplican bien en algunas esferas y mal en otras. En este caso, los supuestos fundamentales tienen que ver con el Homo economicus, es decir, el entendimiento de la naturaleza del ser humano. La teoría económica se basa en la propensión de los individuos a actuar de modo que se optimicen sus propios intereses, una propensión que opera claramente en las transacciones del mercado y en muchas otras áreas de la vida. Típicamente, los economistas identifican la búsqueda inteligente del lucro personal con la racionalidad, implicando así que otros modos de comportamiento no son racionales. Esos modos incluyen el comportamiento que toma en cuenta el bienestar de otras personas y las acciones dirigidas hacia el bien público.
El supuesto de que la racionalidad excluye en gran medida el comportamiento que toma en cuenta el bienestar de los demás tiene raíces profundas, aunque encontradas, en el entendimiento teológico occidental de la naturaleza humana. Los teólogos han sostenido que la acción altruista es un ideal ético, pero muchos observadores -sobre todo después de San Agustín- han considerado el comportamiento egoísta como dominante en el estado real “de pecado” del hombre. Esta condición de pecado fue fuertemente destacada por los Reformadores y sus seguidores, lo que estimulaba la sospecha general hacia las demandas de aptitudes de sincera generosidad en las culturas protestantes. No es así sorprendente que el filántropo Robert Owen, quien vivía en tal cultura, rechazara el cristianismo por su individualismo (Polanyi 1944 1957, p. 128). La teología católica siguió a Santo Tomás al otorgar mayor crédito a los aspectos de la actividad humana que se preocupan por la sociedad, por la construcción de la comunidad.
En el calvinismo, el escepticismo acerca de la virtud humana estaba vinculado a la desconfianza hacia la autoridad terrena en la Iglesia y el Estado. La relación con Dios se concebía como inmediata y decisiva. Esto hizo que se destacara la autonomía personal en los asuntos seculares y religiosos, así como las restricciones a la interferencia gubernamental. En las culturas católicas, el énfasis en la comunidad tenía que ver con la organización jerárquica en la Iglesia y la sociedad.
La teoría económica moderna se originó y desarroIIó en el contexto del calvinismo. Ambos han sido afirmaciones de la libertad personal frente a la interferencia de la autoridad terrenal. Basaban sus posturas en la convicción de que las motivaciones del interés personal son absolutamente dominantes más allá de una esfera muy estrecha. La teoría económica difería del calvinismo sólo por cuanto que consideraba racional lo que los calvinistas creían pecaminoso.
El calvinismo alienta el comportamiento altruista como algo auténticamente cristiano, aunque previene que no debe creerse demasiado fácilmente en su realidad. El catolicismo alienta el comportamiento altruista como una virtud natural. Cuando el cristianismo era dominante, estas fuerzas restringían la actividad flagrantemente egoísta, aunque ciertamente no la eliminaban. Pero los economistas nos han enseñado a pensar que los frenos al egoísmo son innecesarios y nocivos. Es a través del comportamiento racional, lo que significaba un comportamiento egoísta, que todos se benefician al máximo. Los esfuerzos bien intencionados del Gobierno para eliminar o frenar tal comportamiento hacen en efecto más daño que bien. A medida que esta creencia desplaza al pensamiento cristiano tradicional y a medida que el mercado en el que se aplican estos principios asume un papel cada vez mayor en la sociedad, se agudizan los problemas psicológicos, sociológicos y ecológicos señalados por los críticos de los economistas.
La economía contribuyó a liberar a los individuos de la autoridad jerárquica, y a proveer bienes y servicios más abundantes. Estos logros han sido tan importantes que la mayoría de las personas de buena voluntad han considerado conveniente tratar como secundarios los efectos negativos, como un precio necesario para un avance decisivo. Durante largo tiempo, ésa pudo ser una postura apropiada. Pero con cada año que pasa, los logros positivos de la economía se han vuelto menos evidentes y las consecuencias destructivas han cobrado mayor importancia. Crece la conciencia de que ha llegado el momento de cambiar. El cambio podría asumir la forma de una sustitución de paradigmas. El reconocimiento de la importancia de los cambios de paradigmas en la física, generado por la obra de Thomas Kuhn, ha abierto la puerta a la consideración de los cambios de paradigmas también en las ciencias sociales.
Shlomo Maital (1982) reporta una encuesta de profesores de economía de cincuenta grandes universidades. Una de las preguntas era ésta: “¿Hay un sentimiento de amarras perdidas en la economía?” Dos tercios de los respondientes contestaron afirmativamente (p. 17). Maital cree que la disciplina se encuentra en crisis. “Siguen acumulándose pruebas que contradicen los principios convencionales de la economía.” “A medida que crecen las pruebas disonantes y atacan las tesis predilectas de una disciplina, la acrobacia virtuosa de los creyentes de esa disciplina endereza de nuevo las cosas” (p. 262). Para Maital, todo esto indica que está en marcha un cambio de paradigmas.
Lester Thurow (1983) concluye Dangerous Currents en forma similar:
La economía no puede prescindir de los supuestos simplificadores, pero el problema consiste en emplear los supuestos correctos en el momento correcto. Y el juicio debe provenir del análisis empírico (incluido el que utilizan los historiadores, los psicólogos, los sociólogos y los politólogos) de la forma como el mundo es, no de la forma como nuestros libros de texto de economía nos dicen que debiera ser p. 237.
En otra parte del libro, observa Thurow:
La psicología, la sociología y la politología tienen teorías que podrían producir un conjunto de expectativas muy diferentes de las que se atribuyen al Homo economicus. Los patrones de la socialización, la historia cultural y étnica, las instituciones políticas y la anticuada fuerza de voluntad humana afectan nuestras expectativas [p. 226.
Thurow señala hacia un nuevo paradigma cuando dice que
las sociedades no son meros agregados estadísticos de individuos que realizan intercambios voluntarios sino algo mucho más sutil y complicado No puede entenderse a un grupo o a una comunidad si la unidad del análisis es el individuo tomado por sí mismo. Una sociedad es claramente algo mayor que la suma de sus partes [pp. 222-223.
Siguiendo a Stephen Marglin, distingue Thurow entre las “preferencias personales privadas” y las “preferencias individuales-sociales” (p. 224), y censura a los economistas que tratan de trabajar sólo con las primeras.
Los seres humanos son extremadamente complejos y pueden estudiarse desde numerosos puntos de vista. Cada punto de vista abstrae de la realidad concreta y se concentra en ciertos aspectos particulares del comportamiento humano. El Homo religiosus es el ser humano considerado como religioso; el Homo politicus, como político; el Homo economicus, como económico. Nuestro libro se concentra en el Homo economicus pero trata de no olvidar que los seres humanos pueden contemplarse también, entre otras cosas, como seres religiosos y políticos. Trata de seguir el consejo de Thurow de no ver al Homo economicus sólo en términos de las preferencias privadas-personales. En consecuencia, en lugar del Homo economicus visto como un ser puramente individual, proponemos al Homo economicus como una persona en comunidad3. Esto está más de acuerdo con las otras ciencias sociales y con las informaciones que los propios economistas están revelando. No niega que las acciones de la persona en comunidad se aproximan en el mercado a las acciones imputadas al Homo economicus en la teoría que goza de aceptación. Pero no debieran extraerse de este hecho, por sí solo, conclusiones normativas acerca de la meta de la vida económica. Polanyi señala que en la sociedad capitalista, “en lugar de que la economía esté incorporada en las relaciones sociales, éstas están incorporadas en el sistema económico” ([1944 1957, p. 57). Es esta inversión la que no puede tolerar una economía para la comunidad.
No podemos pretender que nuestro modelo satisfaga plenamente los requerimientos de Maital para un nuevo paradigma. Escribe Maital: “Ninguna ciencia aceptará desechar sus axiomas probados y exactos, aunque se vuelvan impugnables e inciertos, mientras no se disponga de un nuevo y más poderoso conjunto de axiomas” (1982, p. 262). No estamos ofreciendo aquí un nuevo conjunto de axiomas. De hecho, en el Capítulo II sugeriremos que esta concepción de la economía como un sistema de deducciones a partir de axiomas forma parte del problema. Pero creemos que la economía puede revisar sus teorías desde el punto de vista de la persona en comunidad, sin dejar de incluir la verdad y la penetración que ha ganado al pensar en términos individualistas. No tiene que "desechar" sus axiomas. Muchos de ellos podrán seguir funcionando, sólo que con un mayor reconocimiento de sus límites. El cambio involucrará una corrección y expansión, una actitud más empírica e histórica, una pretensión menor de ser una “ciencia”, y la disposición de subordinar el mercado a propósitos que no puede determinar. Esto es una parte de lo que queremos demostrar.
EL NUEVO PARADIGMA Y LAS VIEJAS OPCIONES
Lo primero que se preguntan muchas personas cuando tienen que examinar una propuesta económica es cómo la ubicarán en una escala de izquierda a derecha. Dudley Seers ofrece un diagrama -reproducido aquí en la Gráfica I. 1 -que expresa lo que muchas personas tienen en mente, así sea vagamente (Seers 1983, pp. 46-48).

GRÁFICA I. 1


Igualitarios Antiigualitarios

Dejando fuera los extremos del anarquismo y el fascismo, a lo largo de esta línea se debaten cuestiones importantes. Pero Seers tiene razón cuando sostiene que las cuestiones más amplias están mejor representadas cuando se introduce otro eje. Él lo hace en términos del nacionalismo y el antinacionalismo (Véase la Gráfica I. 2).
GRÁFICA I.2
(Antinacionalistas)


Socialistas marxistas Liberales neoclásicos

(igualitarios) (antiigualitarios)
Teóricos de la Dependencia Conservadores tradicionales

PopuIistas

Neomarxistas

(Nacionalistas)


Seers no examina sólo la economía de Estados Unidos sino también la Comunidad Económica Europea. Es por ello que su título, “La economía política del nacionalismo”, resulta un poco equívoco, puesto que daría la impresión de que las ideas de Seers estuviesen más vinculadas a la larga tradición del nacionalismo económico del siglo diecinueve, lo que contrasta con su nuevo examen de la situación. Nosotros quisiéramos llevar mucho más allá su valoración del nacionalismo tradicional. Las naciones constituyen sólo uno de los niveles en los que ha de apreciarse y servirse a la comunidad. En el Capítulo IX discutiremos con cierta extensión estos diversos niveles. Nuestro diagrama sustituiría los títulos de “nacionalista” y "antinacionalista" por palabras tales como “comunitario” y “anticomunitario”. Sin embargo, las naciones constituyen una forma deseable de la comunidad y ahora son, en muchos casos, la única forma que tiene la fuerza necesaria para sostenerse eficazmente contra las fuerzas anticomunitarias. Por lo tanto, las alternativas planteadas por Seers son importantes para propósitos prácticos y desempeñarán un papel considerable en nuestros análisis y propuestas. Con estas salvedades, aceptamos la formulación de Seers. Nos concentraremos, al igual que él, en el eje vertical.
Contemplando las cosas desde esta perspectiva, Seers escribe extensamente acerca de las grandes semejanzas existentes entre el marxismo y la economía occidental convencional en un capítulo que lleva el sorprendente título de “El marxismo y otras economías neoclásicas”. Entre otros rasgos comunes, ambos sistemas se oponen al nacionalismo en particular y, por lo menos implícitamente, a que se preste atención a la comunidad en general. Dado que nosotros creemos que la medida en que una economía apoye o destruya a las comunidades saludables es más importante que su ubicación a la izquierda o a la derecha, al igual que Seers nos negaríamos a colocar nuestras propuestas en algún punto de la línea horizontal de su diagrama4. El mayor de los obstáculos para que propuestas como la de Seers y la nuestra sean tomadas en cuenta, es el supuesto generalizado y permanente de que todas las posiciones deben ubicarse en la línea que va de la izquierda a la derecha. Es esa una idea fija en el sentido de que toda economía debe ser socialista, capitalista, o alguna mezcla de ambas. El lector no podrá entender este libro si no desecha ese supuesto. A fin de facilitarle este último paso, ofrecemos nuestra interpretación tanto del proceso que condujo a ese supuesto como de las opciones limitadas que quedan cuando se da por hecho que esos parámetros lo abarcan todo.
Toda esta manera de pensar surgió de los problemas y las promesas de la era industrial. Es para una sociedad industrial que el capitalismo y el socialismo se suponen las únicas opciones, y es su participación común en los métodos y las estructuras del industrialismo lo que determina las extensas semejanzas existentes entre los dos sistemas5. Algunos aspectos del industrialismo son necesarios en toda sociedad en la que la manufactura desempeñe un gran papel. Otros aspectos no son necesarios. Puesto que intentamos ofrecer una alternativa para ambas formas del industrialismo, necesitamos explicar cómo entendemos sus características básicas.
Entre las características bien conocidas del industrialismo se encuentran el uso de nuevas fuentes de energéticos: primero el carbón, seguido del petróleo y el gas natural; el uso de nuevos materiales: hierro y acero; nuevos inventos: la máquina de vapor, la máquina hiladora; los adelantos de la transportación y la comunicación: el buque de vapor, la locomotora, el telégrafo y la radio; nuevas técnicas: el sistema de producción fabril; y la creciente aplicación de la ciencia a la tecnología. En Inglaterra, este proceso se unió al cercamiento de las tierras comunales que “liberó” la fuerza de trabajo rural para las fábricas industriales urbanas. Luego vino la creciente mecanización de la agricultura.
La invención del sistema fabril destaca en esta lista como el único renglón que fue auténticamente una invención económica antes que técnica. La fábrica no es una nueva herramienta sino una organización de la producción que elimina los períodos de ociosidad en el uso de herramientas, máquinas y hombres, característicos de la producción agraria y artesanal. En el taller del artesano, el serrucho, el formón, la lima, etc., se encuentran ociosos mientras se usa el martillo. En la fábrica, todas las herramientas están simultáneamente en uso, en las manos de trabajadores especializados; la producción se hace “en línea” antes que “en serie”. Pero la producción en línea requiere un gran volumen de producción total para que resulte viable. La división del trabajo está limitada por la extensión del mercado, como enseñó Adam Smith. Pero la transportación, la urbanización y el comercio internacional abrieron un mercado de tamaño suficiente. En la agricultura, por supuesto, el equipo de recolección permanece ocioso durante la época de siembra, al igual que el equipo de siembra durante la cosecha. La estacionalidad de la producción agrícola limita la aplicabilidad de la organización fabril en el agro. Para bien o para mal, podemos estar seguros de que el impulso económico de la moderna ingeniería genética reducirá la estacionalidad, diseñará plantas y animales capaces de adaptarse a un sistema de producción fabril. Esto es ya evidente en las “granjas avícolas”, que son en realidad fábricas de pollos.
Una característica de la Revolución industrial cuyas implicaciones no se aprecian suficientemente es el cambio al uso de energéticos combustibles fósiles y de materiales minerales. Este es un cambio de la explotación de la superficie de la Tierra a la explotación del subsuelo; o como dice Georgescu-Roegen (1971), es un cambio de la dependencia de la energía proveniente a cada momento del Sol a la energía almacenada en la Tierra. Este cambio es extremadamente importante porque estas dos fuentes finales del sostenimiento de la vida difieren en los patrones de su escasez. La energía radiante del Sol es prácticamente infinita en su cantidad total (acervo), pero está estrictamente limitada en su tasa de flujo, es decir, en la cantidad que llega a la Tierra durante cada periodo. La energía almacenada en los combustibles fósiles y los minerales está estrictamente limitada en su cantidad total (acervo), pero es relativamente ilimitada en su tasa de flujo; es decir, podemos usarla a una tasa que en gran medida determinamos nosotros mismos. No podemos usar ahora la luz solar del mañana, pero en cierto sentido podemos usar ahora el petróleo, el carbón, el hierro y el helio del mañana. La Revolución industrial ha cambiado la dependencia, de una fuente relativamente abundante a otra relativamente escasa del recurso final: la materia-energía de baja entropía.
La idea de que la materia-energía de baja entropía es el recurso natural final requiere cierta explicación. Esto puede lograrse fácilmente mediante una breve exposición de las leyes de la termodinámica en términos de una imagen adecuada que tomamos de Georgescu-Roegen. Consideremos un reloj de arena. Es un sistema cerrado por cuanto no entra ni sale arena. La cantidad de arena dentro del reloj es constante: no se crea ni se destruye nada de arena dentro del reloj. Esto es análogo a la primera ley de la termodinámica: no hay creación ni destrucción de materia-energía. Aunque la cantidad de arena que hay dentro del reloj es constante, su distribución cualitativa está cambiando continuamente: la cámara inferior se está llenando al tiempo que la cámara superior se vacía. La arena de la cámara superior (entropía baja) puede realizar un trabajo cayendo, como ocurre con el agua en la cima de una cascada. La arena de la cámara inferior (alta entropía) ha agotado su capacidad de trabajo. Este reloj de arena no puede voltearse boca abajo: la energía desperdiciada no puede reciclarse, excepto gastando más energía para hacer posible el reciclaje que la que se ganaría con él. Como antes vimos, tenemos dos fuentes de este recurso natural final: la solar y la terrestre, y nuestra dependencia ha pasado de la primera a la segunda.
Este cambio no se hizo conscientemente, pero es seguro que no fue un accidente. Los recursos terrestres recién descubiertos tenían ciertas propiedades ventajosas. El combustible fósil es una fuente de energía más concentrada que la luz solar, o incluso que la leña. El hierro y el acero tienen propiedades de fuerza y durabilidad que, a diferencia de lo que ocurre con la madera y la piedra, permiten la construcción de máquinas y calentadores capaces de aprovechar las fuentes de energía más intensa. La tecnología explotó estas nuevas cualidades. Además, los nuevos materiales y energéticos provenían del interior de la Tierra. Eso significaba que no tenían que competir por la superficie terrestre capaz de captar la luz solar (hasta el advenimiento de la minería a cielo abierto). A medida que crecían las poblaciones, la tierra antes destinada al cultivo de forrajes para los animales de tiro se destinaba ahora al cultivo de más alimentos. Los nuevos bueyes mecánicos eran alimentados con combustibles fósiles del subsuelo y de áreas remotas. En el entusiasmo por el crecimiento económico y la fe ilimitada en la tecnología, se olvidó que la obtención de los beneficios (el industrialismo tenía un precio; a saber, la creciente dependencia de la fuente más escasa de recursos finales.
La Revolución industrial se está repitiendo todavía en las sociedades tradicionales de hoy y es casi sinónimo del “desarrollo económico”. Ha evolucionado hacia una mayor escala y mayor especialización, de modo que han aumentado la integración y la interdependencia, así como la vulnerabilidad a la falla sistémica. AI mismo tiempo, la industrialización ha dado un nivel de consumo más elevado a más personas que cualquiera otro modo de producción, de modo que su predominio universal no es nada sorprendente.
Aunque el industrialismo se afianzó a través de la historia bajo las instituciones capitalistas, ha resultado compatible también con las instituciones socialistas. El conflicto que se plantea entre el capitalismo y el socialismo no estriba en la conveniencia o la posibilidad del industrialismo. Eso se da por sentado por ambos bandos. El conflicto se refiere al sistema económico que pueda producir mejor una cantidad creciente de bienes y servicios y distribuir equitativamente los beneficios del modo de producción industrial. Independientemente de sus diferencias ideológicas, ambos sistemas están plenamente comprometidos con unidades de producción a gran escala, fabriles, intensivas en requerimientos de energía y capital, especializadas, jerárquicamente administradas. También dependen en gran medida de recursos no renovables y tienden a explotar los recursos renovables y aprovechar las capacidades de absorción a tasas insostenibles.
El capitalismo consiste en la propiedad privada de los medios de producción junto con la asignación y la distribución determinadas por el mercado. La maximización individual del beneficio por parte de las empresas, y la maximización de la satisfacción (utilidad) por parte de los consumidores, proveen la fuerza motivadora, mientras que la competencia, la existencia de muchos compradores y vendedores en el mercado, provee la famosa mano invisible que lleva al interés privado a servir al bienestar público. La acción colectiva a través del Gobierno está limitada a: a) garantizar la condición básica de instituciones de los derechos de propiedad que la ley hace respetar; b) administrar ciertos bienes públicos o monopolios naturales y prohibir la formación de monopolios privados; c) mantener la demanda agregada a un nivel que genere una combinación “aceptable” de inflación y desempleo; d) proveer una red mínima de seguridad social para evitar que la gente pase privaciones y e) intervenir para corregir las “exterioridades” (situaciones en las que el intercambio voluntario entre dos individuos, aunque benéfico para ambos, tiene efectos importantes para terceros).
Se define el socialismo por la propiedad gubernamental de los medios de producción con la asignación y distribución mediante la planeación central, pero con cierta utilización del mercado cuando la planeación central se ve rebasada. La fuerza motivadora proviene de una combinación de incentivos morales y materiales. La utilización del mercado aparece gradualmente, y el economista polaco Jan Drewnowski (1961) ha distinguido entre las economías de mercado de primero, segundo y tercer grados. En una economía de mercado de primer grado, los planeadores fijan las cantidades de los bienes de consumo, pero las familias están en libertad para comprar o no. El conjunto planeado de los bienes podría resultar racionado mediante las filas o los precios, pero el planeador no ajusta las cantidades de acuerdo con esta información sobre las escaseces y los excedentes. En la economía de mercado de segundo grado, el planeador ajusta las cantidades de los bienes de consumo de acuerdo con las escaseces y excedentes observados, o de acuerdo con los cambios del precio si eso se permite. Sin embargo, el planeador sólo reasigna los recursos corrientes entre las plantas existentes. No hay ninguna nueva inversión del capital a resultas de las señales de la demanda de los consumidores. En la economía de mercado de tercer grado, el patrón de la nueva inversión responde también al patrón de la demanda de consumo, pero el volumen total de la inversión, la decisión de cuanto consumir y cuanto invertir, se toma todavía centralmente por los planeadores.
Cuando se permite que las decisiones de las familias acerca del ahorro o el consumo determinen la inversión social agregada, tendremos una economía de mercado de “cuarto grado”, la que requeriría instituciones capitalistas antes que socialistas, ya que las familias deben ser propietarias de los medios de producción si han de invertir en ellos como individuos. Pero las economías de primero, segundo y tercer grado son congruentes con las instituciones socialistas. Así como en el mundo capitalista tenemos una variación considerable en la influencia colectiva -la que se refleja en la planeación indicativa y en amplios sectores de bienestar social de países como Francia o Suecia-, en los países comunistas existe una gran diversidad de influencias del mercado, hasta llegar a las economías relativamente descentralizadas de Hungría y Yugoslavia.
Los problemas plantados a lo largo del espectro de las opciones socialistas y capitalistas son reales. Por lo tanto, una vez que hayamos puesto en claro que tales problemas son para nosotros menos importantes que la cuestión de la comunidad, debemos ubicarnos con respecto a ellos. Creemos que la planeación económica centralizada es ineficiente, que la distribución se efectúa mejor en el mercado que mediante la planeación burocrática. AI Gobierno le corresponde el establecimiento de condiciones adecuadas para la operación del mercado. También es responsable de la determinación del tamaño global (la escala) del mercado. El mercado no es el fin de la sociedad y no es el instrumento adecuado para la fijación de los fines de la sociedad. Estamos a favor de la propiedad privada de los medios de producción. Estamos a favor de la mayor participación posible en esa propiedad, incluida la propiedad de las fábricas para los trabajadores, en lugar de su concentración en pocas manos.
Pero nuestra oposición al marxismo no es una oposición automática a todas las políticas y propuestas provenientes de los pensadores socialistas. Seguimos siendo escépticos cuando tales políticas y propuestas requieren de la planeación centralizada para su ejecución. Sin embargo, confiamos en estar abiertos a ideas provenientes de todas las fuentes, y cuando los pensadores están apasionadamente comprometidos con la justicia y el alivio del sufrimiento, estamos dispuestos a escuchar con el mayor cuidado. Vemos ahora que muchos de quienes provienen de la tradición socialista han desviado su atención de la planeación centralizada, de modo que en efecto comparten nuestra desconfianza respecto de la centralización y nuestra preocupación por la comunidad. Algunos de ellos apoyan explícitamente -como lo hacemos nosotros- la descentralización del poder político y económico, la propiedad de las fábricas para los trabajadores o la participación de éstos en su administración, así como la subordinación de la economía a las metas sociales democráticamente definidas. El socialismo de esta clase no es lo que hemos descrito antes6. Es más bien un compañero en la búsqueda de nuevas posibilidades para la vida humana en comunidad7.
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Economia%20Ambiental -> Economía y medio ambiente lectura 20 docente: Rosa Ferrín Schettini Página II semestre: marzo-julio de 2004


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