Economia y sociedad en la era de la revolucion industrial



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ECONOMIA Y SOCIEDAD EN LA ERA DE LA REVOLUCION INDUSTRIAL


Desde que en los lejanos tiempos de la Prehistoria el hombre había pasado a la vida sedentaria y había aprendido a domesticar los animales y a cultivar la tierra, las condiciones económicas y los medios técnicos en que se basaba su existencia social se habían mantenido fundamentalmente las mismas. Todavía hacia el 1800 la alimentación, las habitaciones, el comercio, los medios de transporte, la medicina, seguían acusando las mismas características esenciales que en la Edad Media y la Antigüedad. Las fuentes de energía continuaban siendo la fuerza humana y animal, el agua y el viento. La industria persistía como una industria artesanal en que los medios técnicos que se empleaban era una simple prolongación de la habilidad manual. La técnica era el resultado de la mera experiencia y se transmitía sin mayores modificaciones de generación en generación.

En tiempos del Renacimiento se habían producido ya algunos inventos de gran importancia, como el invento de la imprenta, del papel, de la pólvora y de la brújula. Estos inventos habían repercutido hondamente en el desarrollo histórico y en la vida diaria. Sin embargo, se habían limitado a algunos aspectos parciales de la sociedad y de la cultura. En los siglos XVII y XVIII, en la época de la Ilustración, la ciencia había hecho grandes progresos y había revelado numerosos secretos de la naturaleza. Sin embargo, los nuevos conocimientos habían tenido carácter casi exclusivamente teórico y habían permanecido encerrados en los círculos de los hombres de ciencia.

A fines del siglo XVIII se inició un proceso que ha recibido el nombre de Revolución Industrial. Tuvo carácter revolucionario en cuanto implicó cambios profundos y radicales y fue industrial en cuanto los cambios más espectaculares se produjeron primero en la industria. Mas esta revolución no consistió en un acto único, sino que ha sido un proceso continuado que se ha prolongado hasta hoy en día y que sigue revolucionando nuestras formas de vida. Y este proceso no quedó limitado a la industria, sino que afectó la vida entera, las condiciones económicas y las instituciones políticas, las estructuras sociales y las formas literarias y artísticas, la vida de la familia, los hábitos y las costumbres.

Comenzó así una nueva época, la época de la técnica y la ciencia aplicada.

La revolución industrial se inició en Inglaterra. De ahí pasó al continente europeo y finalmente se extendió por el mundo entero. Como consecuencia de los nuevos medios técnicos las distancias se acortaron y todos los puntos del planeta quedaron comunicados directamente. En el curso de los siglos XIX y XX la historia de los distintos pueblos se convirtió en historia mundial y global, en la historia de un mundo único.
EL DESARROLLO DEMOGRAFICO A PARTIR DE 1750
La nueva época se inició con un extraordinario aumento de la población. Durante siglos y milenios la población mundial había aumentado muy lentamente. A mediados del siglo XVIII comenzó la revolución demográfica que se prolongaría hasta la fecha y como consecuencia de la cual la población mundial aumentaría de unos 700 millones en 1750 a 2.500 millones en 1950, a 3.600 millones en 1975 y 6000 millones en el 2000.

Este aumento de la población se produjo como resultado de una reducción de la mortalidad, y, especialmente, de la mortalidad infantil, y de una prolongación de la duración de la vida. Antes de 1750, de los recién nacidos solía morir la cuarta o la tercera parte. De cada 100 niños que nacíán sólo unos 50 llegaban a los veinte años. Muchas madres morían en los momentos del parto. Por término medio los hombres morían alrededor de los 30 años de edad. La guerra, el hambre y, ante todo, las epidemias eran los grandes flagelos que periódicamente producían las fuertes crisis demográficas. Después de 1750 estas crisis tendieron a desaparecer como consecuencia de una mejor alimentación y de los progresos de la medicina y de la higiene. Los hombres aprendieron a combatir científicamente el cólera, la viruela, el tifus y la tuberculosis y a eliminar los focos infecciosos. En la sociedad moderna la atención sistemática de la salud se ha convertido en una de las funciones más importantes del Estado.

Conjuntamente con el aumento cuantitativo se produjo también un cambio profundo en la distribución de la población. Como consecuencia de la revolución industrial crecieron los centros urbanos e industriales. Londres subió de 1 millón de habitantes en 1800 a 4.5 millones en 1900. Mientras que antes de 1750 entre 80 y 90% de la población había vivido en el campo, ahora se reduciría a un 30% y aún menos.
LA NUEVA TECNICA
Las nuevas fuentes de energía, máquina a vapor, motor a explosión, electricidad: De los numerosos inventos que se hicieron a fines del siglo XVIII el más revolucionario fue el de la máquina a vapor. En el año 1768 el escocés James Watt construyó la primera máquina a vapor capaz de prestar un servicio útil. Por primera vez en la historia, el hombre ya no dependía de las fuerzas naturales, sino que disponía de una máquina capaz de engendrar energía que podía utilizar en cualquier lugar y a cualquier hora y que le permitía hacer funcionar otras máquinas.

La máquina a vapor muy pronto encontró la más variada aplicación: en la industria de hilados y tejidos, en las plantas siderúrgicas y en las minas, en los molinos, las refinerías y las fábricas y en los medios de transporte.

Un siglo después del invento de James Watt, los inventores, basados en las investigaciones del físico inglés Faraday, desarrollaron procedimientos para generar energía eléctrica en forma continuada y a bajo costo. El alemán Siemens construyó en 1866 el primer motor eléctrico, el dinamo. El invento de la ampolleta eléctrica por el norteamericano Edison revolucionó los sistemas de iluminación y permitió convertir la noche en día.

Durante varios decenios los científicos y técnicos se esforzaron por desarrollar un motor que pudiese ser movido por la explosión de gases o combustibles líquidos. En 1885 los alemanes Daimler y Benz inventaron un motor a explosión que funcionaba a base de bencina. En 1883 Diesel inventó un procedimiento para usar petróleo.

El desarrollo de nuevas fuentes de energía cuiminaría en el siglo XX con el aprovechamiento de la energía atómica. El hombre dispone ahora de energía prácticamente ilimitadas para emprender cualquier trabajo.

La máquina reemplaza el trabajo manual: Durante muchos milenios el hombre había tenido que hacer todo trabajo a mano y sólo había dispuesto de algunas herramientas manuales como el martillo, el serrucho, la aguja y el cincel.

En la segunda mitad del siglo XVIII se inventaron en lnglaterra las primeras máquinas para hilar y tejer. Como consecuencia del aumento de la población creció la demanda de géneros. Por otra parte, los cambios en la agricultura permitieron aumentar la producción de lana, a la vez que Inglaterra se pudo abastecer de algodón barato traído de la India y de las grandes plantaciones en sus colonias norteamericanas y en las Antillas. El huso y el telar a mano resultaron insuficientes. El inglés Richard Arkwright inventó en 1769 una máquina para hilar y en 1787 otro inglés, Edmund Cartwriglít, inventó un telar mecánico. Por primera vez, el trabajo era realizado por máquinas, mientras que la función del hombre se limitaba a hacer funcionar la máquina y controlar el proceso de producción.



Los modernos medios de comuniención y transporte: Hasta el siglo XVIII sólo habían existido carreteras de tierra que en invierno se tornaban intransitables. Recién Napoleón había hecho construir una red de caminos pavimentados con piedras con el fin de poder movilizar rápidamente a sus soldados a través de toda Europa. Sin embargo, estas comunicaciones se hicieron insuficientes para las necesidades de la sociedad industrial. Era necesario transportar gran cantidad de materias primas y de productos elaborados.

La nueva tecnología resolvió este problema y creó nuevos medios de transporte. El caballo fue reemplazado por el motor, el carruaje y el velero por el ferrocarril, el automóvil y el vapor.

En 1814 el inglés Stephenson probó la primera locomotora, en 1830 una línea ferroviaria unió a Liverpool y Manchester. Luego el ferrocarril se difundió por todo el mundo. Los primeros ferrocarriles fueron construidos por empresas privadas. Más tarde el Estado, movido por intereses estratégicos y económicos generales, se preocupó de construir una red ferroviaria que cubriera todo el territorio nacional.

En 1807 el norteamericano Fulton probó con éxito un barco a vapor en el río Hudson. En 1819 el primer vapor cruzó el Atlántico. El invento de la hélice que reemplazó las ruedas de paleta y la utilización de plánchas de acero en vez de madera permitieron construir barcos cada vez más grandes y rápidos. Hacia fines del siglo XIX el vapor ya había desplazado casi totalmente al velero. La construcción de los Canales de Suez (1869) y Panamá (1914) permitió acortar las rutas marítimas.

Después de la I Guerra Mundial adquiría cada vez mayor importancia el automóvil cuya fabricación en serie fue iniciada por el norteamericano Henry Ford.

Después de haber logrado el control de la tierra y del mar, el hombre finalmente también logró conquistar el aire. El siglo XX presenciaría el desarrollo de la aviación.

El descubrimiento y aprovechamiento de la electricidad condujo al invento de los modernos medios de comunicación: en 1844 Morse estableció una primera línea telegráfica entre Washington y Baltimore. En 1866 se tendió el primer cable por el fondo del océano Atlántico. En 1897 Marconi desarrolló la telegrafía sin hilo. En 1876 Bell presentó a un público fascinado el primer aparato telefónico. En el siglo XX aparecían la radio y la televisión. Sin tener que cambiar de lugar, los hombres pueden comunicarse en cualquier momento a través de los mares y los continentes.

Los descubrimientos quimicos: En el año 1828 Friedrich Wöhler logró crear por primera vez, mediante un procedimiento sintético, ácido úrico, estableciendo la base para la química orgánica. Su colaborador Von Liebig desarrolló la química orgánica como rama científica independiente e hizo ver su importancia decisiva para la agricultura. Demostró mediante el análisis científico que toda planta extrae de la tierra ciertas substancias y que éstas pueden ser sustituidas mediante una rotación de los cultivos y el empleo de abonos naturales y sintéticos.

Desde entonces la fabricación de productos orgánicos hizo rápidos progresos. Perkins produjo en 1856 la primera anilina sintética y en 1878 Von Baeyer logró producir el índigo sintético. Estos inventos fueron el punto de partida de la moderna industria química que en el curso del siglo XX se convertiría en una de.las ramas más importantes de la economía.


LA REVOLUCION INDUSTRIAL Y AGRICOLA
La industria en la época del carbón y del acero: El invento y creciente uso de la máquina hizo del hierro una materia prima de importancia primordial. En los siglos anteriores se había usado la leña como combustible para fundir el hierro. A mediados del siglo XVIII los bosques ya estaban tan reducidos que la industria del hierro en Inglaterra se veía frente a una grave crisis. Esta pudo ser superada gracias a un invento de Abraham Darby quien en 1735 desarrolló un método para fundir hierro mediante carbón coke. Con eso el carbón se convirtió en la segunda materia prima de importancia fundamental.

El carbón y el hierro fueron la base para la industria pesada. Numerosos inventos permitieron mejorar la calidad del hierro y del acero y de acelerar la producción. En el siglo XVIII se necesitaban 10 días para transformar 500 kg., de hierro bruto en acero, después de 1800 bastaron 36 horas y con el procedimiento desarroIlado en 1855 por Bessemer el tiempo se redujo a 20 minutos.

En torno de los yacimientos de hierro y de las minas de carbón se formaron gigantescos centros industriales. Inglaterra se vio favorecida por la excelente calidad de su carbón. En Alemania se desarrolló una gigantesca industria pesada en la cuenca del Ruhr.

En el curso del siglo XX el carbón sería reemplazado ampliamente por el petróleo, de importancia fundamental como combustible y como materia prima para los productos sintéticos. Su uso creciente implicaría una profunda revolución y conferiría importancia decisiva a los países productores de petróleo que en su mayoría ya no estarían situados en Europa, sino en el Cercano Oriente y en América.



Nuevos métodos de explotación agrícola: Hacia el 1750 en toda Europa se seguía cultivando el campo de la misma manera como se había hecho durante la Edad Media. Los instrumentos agrícolas eran primitivos. Se practicaba la rotación trienal que dejaba en cada año un tercio de las tierras en barbecho. Las tierras pertenecientes a un campesino generalmente se encontraban dispersas en distintas partes lo que dificultaba su cultivo. El rendimiento seguía siendo mínimo. Se producía lo justo para subsistir. No había praderas artificiales. Los animales pastaban en el monte. Todos los años había que beneficiar a gran parte de los animales en otoño, porque no había forraje para el invierno. Salvo en los meses de verano, la alimentación era escasa y era pobre en vitaminas.

En la segunda mitad del siglo XVIII se empezaron a desarrollar en Inglaterra nuevos métodos de cultivo. Se descubrió que no todas las plantas extraían del suelo las mismas substancias y que ciertos cultivos enriquecían la tierra. Una rotación de cultivos permitía aprovechar toda la tierra.

Se mejoraron los sistemas de drenaje y riego. Se hizo el análisis científico de los suelos. Se aumentó el rendimiento mediante el use sistemático de abonos. De Chile se importaba el salitre. La formación de praderas artificiales a base de trébol y alfalfa, el almacenamiento de forraje y la crianza de mejores razas de ganado permitieron aumentar la producción de carne y leche.

La nueva tecnología permitió construir nuevas máquinas agrícolas a la vez que los modernos medios de transporte facilitaron la distribución de los productos y unieron el campo con los centros urbanos. El triunfo definitivo de la tecnología moderna en la agricultura se produjo en el siglo XX con la construcción del tractor que acabó por desplazar al caballo y al buey en que durante miles de años se había basado el trabajo agrícola.

Con el fin de mejorar los cultivos, comprar la maquinaria, construir instalaciones adecuadas y organizar la comercialización de sus productos hubo que hacer grandes inversiones para las cuales muchos campesinos carecían de los medios. Por este motivo los campesinos empezaron a formar cooperativas agrícolas que permitieron sumar las fuerzas individuales. Los gobiernos, por su parte, empezaron a fomentar la agricultura mediante la fundación de estaciones experimentales, escuelas agrícolas, criaderos modelos e instituciones de crédito agrario.

La revolución de la agricultura por la técnica y la ciencia se tradujo en un aumento extraordinario de la producción. Por primera vez en la historia de la humanidad había medios para triunfar sobre el hambre. Sin embargo, la modernización de la agricultura quedaría limitada, hasta la actualidad, a ciertos países, de modo que en gran parte del mundo la alimentación seguiría siendo insuficiente y el hambre seguiría siendo el flagelo para una gran parte del género humano.


LAS NUEVAS FORMAS DE ORGANIZACION ECONOMICA

LA ECONOMIA CAPITALISTA
Todavía hacia 1750 la inmensa mayoría de la población producía sus propios alimentos y confeccionaba sus propios instrumentos. En algunas regiones se había generalizado la industria doméstica: un empresario proporcionaba las materias primas al obrero que trabajaba en casa empleando herramientas y métodos artesanales. El empresario pagaba al obrero por su trabajo, recogía el producto elaborado (hilo, tela, cuchillos, etc.) y lo vendía con utilidad.

En el curso del siglo XVIII se generalizó la manufactura: el proceso de producción quedó concentrado en una sala de trabajo donde se reunían los obreros. Cada uno seguía trabajando con métodos artesanales, pero era un obrero que recibía un salario fijo por su trabajo. El edificio, los instrumentos de trabajo y las materias primas constituían el capital que era propiedad del empresario capitalista.

A raíz de la revolución industrial el trabajo ma­nual fue reemplazado por la máquina: nació la fábrica moderna.

La mecanización de la industria se relacionó con una creciente división del trabajo. Para poder compe­tir con otras empresas se hizo necesario racionalizar cada vez más la producción. La experiencia enseñó que las grandes empresas tenían un rendimiento muy superior a las menores. En la industria de tejidos y en la industria pesada surgieron gigantescas fábricas. Una sola empresa reunía distintas fases de la produc­ción, desde la fundición de acero hasta la fabricación de locomotoras y vagones, desde el hilado hasta el traje hecho.

Las grandes industrias necesitaron de un capital cada vez mayor. En los comienzos de la revolución industrial los mismos inventores y empresarios pudieron capitalizar a medida que fueron ampliando sus empresas. Surgieron fuertes personajes que crearon verdaderos imperios industriales como los Armstrong y los Vickers en Inglaterra, los Schneider y Creusot en Francia, los Krupp y los Siemens en Alemania, los Morgan, Rockefeller y Ford en Estados Unidos.

Con el tiempo las necesidades de capital llegaron a ser tan grandes que ya ningún particular estuvo en condiciones de aportar todo el dinero necesario. Por eso se generalizó cada vez más la Sociedad Anónima o Sociedad por Acciones que se formaba con los aportes de numerosos accionistas. Las acciones se transan en la Bolsa donde su valor sube o baja según la situación de la empresa. Las utilidades son repartidas en forma de dividendos a los accionistas.

Los bancos adquirieron importancia fundamental ya que no sólo se encargaban de las complicadas transacciones financieras, sino que también concedían los créditos necesarios para el desarrollo de las empresas.

Todas estas nuevas formas y prácticas en su conjunto constituyeron la economía capitalista que ahora entró en la etapa de su máximo desarrollo.

Al capitalismo comercial y financiero que ya se había formado a fines de la Edad Media se agregó ahora el capitalismo industrial que, aprovechando las extraordinarias oportunidades que ofrecían la ciencia y la tecnología, provocó un gigantesco crecimiento económico. Este proceso fue encabezado por los grandes países industriales como Inglaterra, Estados Unidos, Alemania y Francia. Pero también países pequeños como Suecia y Suiza que se especializaron en ciertos productos de gran calidad pudieron desarrollar poderosas industrias capaces de competir en los mercados internacionales. En el siglo XX surgió el Japón como un nuevo gigante industrial.

El proceso de industrialización no se desarrolló por parejo en todos los países del planeta, de modo que luego se produjeron grandes contrastes entre los países desarrollados, los países en desarrollo y los países subdesarrollados. La superación de estos contrastes constituyen el gran desafío en la segunda mitad del siglo XX.


LA TRANSFORMACION DE LA SOCIEDAD
La revolución industrial implicó también una revolución social. La nobleza que ya había perdido su poder político en tiempos del absolutismo, perdió ahora también su poder económico. Como clase social más importante surgió la burguesía que era dueña de las fábricas, minas, los medios de transporte, de los sitios urbanos y del capital financiero. Las clases medias sufrieron una profunda modificación en vista de que los artesanos y pequeños comerciantes disminuyeron considerablemente, pero en cambio surgieron como un nuevo grupo social los empleados públicos y privados que se convirtieron en un elemento particularmente significativo de la sociedad moderna.

A raíz de la industrialización se formó la clase obrera urbana a la cual en su tiempo se dio también el nombre de proletariado.


MOVIMIENTO SOCIAL Y DOCTRINAS SOCIALES
A fines del siglo XVIII el economista escocés Adam Smith publicó un libro intitulado "La Riqueza de las Naciones" en que formuló una crítica radical al mercantilismo y señaló que la única fuente real de la riqueza era el trabajo, que todo progreso económico se basaba en la creciente división del trabajo y que el progreso y la división del trabajo requerían de la más completa libertad. La riqueza de las naciones se basaba en la libre competencia y la iniciativa privada. El estado no debía intervenir en el proceso económico. Este se regía por su propia ley, la ley de la oferta y la demanda, que mantenía un equilibrio natural y justo entre los precios y los salarios.

Las ideas de Adam Smith sirvieron de base al liberalismo económico que fue acogido con entusiasmo por los empresarios y que durante todo el siglo XIX determinó en amplia medida la política de los gobiernos. El impresionante desarrollo de la economía, los espectaculares progresos de la técnica y el creciente bienestar material de amplios sectores de la sociedad parecían confirmar la verdad de las teorías de Smith.

Sin embargo, no todos los sectores de la población se vieron beneficiados por el progreso económico.

Los centros industriales y urbanos crecieron tan rápidamente que no se pudieron adaptar oportunamente a las nuevas condiciones. Se formaron barrios obreros en que faltaban las más indispensables condiciones higiénicas. Los pobres tenían que vivir amontonados en conventillos miserables. En las zonas mineras las condiciones de vida eran particularmente indignas.

A raíz de la explosión demográfica y de la gran afluencia de gente del campo a la ciudad había un gran número de personas que buscaban trabajo. Como consecuencia de la gran oferta de obra de mano, los salarios bajaron de tal manera que una familia sólo se podía mantener si trabajaban también la mujer y los niños. Pero ello hizo aumentar a su vez la mano de obra. Los bajos salarios y el temor a la cesantía eran motivos de diaria preocupación. Las jornadas de trabajo eran sumamente largas. Era costumbre trabajar hasta 15 horas diarias. La persona que se enfermaba o que sufría algún accidente no podía contar con ninguna ayuda. La vida del proletariado era triste y sin esperanza.

Como el obrero carecía de medios para defender individualmente sus intereses, los obreros de una fábrica o de una rama de la producción empezaron a unirse y luchar conjuntamente por obtener mejores salarios y mejores condiciones de trabajo. Las primeras asociaciones de obreros fueron las Trade Unions que se formaron en Inglaterra. Luego también en otros países se formaron sindicatos obreros.

Por medio de negociaciones con las empresas, los sindicatos pudieron obtener condiciones más favorables. Pero no siempre se llegaba a un acuerdo entre las dos partes y a menudo se produjeron fuertes y prolongados conflictos. El medio más importante empleado por los sindicatos para ejercer presión sobre los empresario fue la huelga.

Los esfuerzos de los obreros y de los sindicatos por mejorar las condiciones laborales estuvieron complementados por la acción de algunos empresarios y la aparición de nuevas tendencias e ideas.

El fabricante textil inglés Roberto Owen (1771 1858) fue uno de los primeros empresarios que se preocupó sistemáticamente del bienestar de sus obreros. Construyó casas para ellos y organizó cooperativas de consumo que mantenían tiendas y almacenes donde los socios podían comprar a precios especiales. Introdujo reformas sociales en sus fábricas. Prohibió el trabajo para niños menores de 10 años y redujo la jornada de trabajo a 10 horas. Creó escuelas para los hijos de sus obreros y organizó un seguro para los enfermos y ancianos. Todas estas medidas eran en su tiempo una novedad. El ejemplo dado por Owen fue seguido por otros empresarios como Krupp en Alemania quien demostró un especial interés por el bienestar de sus obreros.

Las Iglesias cristianas hicieron un llamado a la conciencia y exigieron que se hicieran reformas sociales basadas en el mandamiento del amor al prójimo. Las congregaciones organizaron escuelas, hospitales y asilos. El Papa León XIII expuso en la encíclica Rerum Novarum en 1891 el pensamiento social de la Iglesia señalando que el derecho de propiedad privada implica una responsabilidad social y que obreros y empresarios forman ambos parte de la sociedad que se debe regir por un orden justo, garantizado por el Estado que representa el bien común.

En oposición a los esfuerzos por resolver el problema social mediante reformas y un gradual perfeccionamiento de las condiciones existentes surgieron también tendencias e ideas radicales que predicaban la revolución violenta y la transformación total de la sociedad.

Carlos Marx, ayudado por su amigo Federico Engels, desarrolló una nueva concepción de la historia y de la sociedad que, pretendiendo ser una doctrina científica de los procesos económicos y sociales, prometía dar una solución completa a los problemas de la moderna sociedad industrial. Expuso su visión por primera vez en el Manifiesto Comunista (1848) y la desarrolló ampliamente en su obra principal El Capital. Según Carlos Marx la historia universal está determinada por la lucha de clases. En cada época gobierna la clase que está en posesión de los medios de producción y que se vale de su poder político y económico para explotar a la clase dominada. Las condiciones económicas constituyen la base, la infraestructura, sobre la cual se eleva la supraestructura, formada por las creencias, ideologías, leyes, costumbres e instituciones que convienen a la clase dominante. La clase dominante y explotadora es siempre conservadora, ya que desea mantener la situación existente para poderse mantener en el poder. La clase dominada representa el progreso, ya que, para salir de su postración, debe cambiar la historia. La moderna sociedad industrial está formada por la clase explotadora de la burguesía capitalista y la clase explotada del proletariado. El burgués capitalista es dueño de todos los medios de producción. El obrero sólo posee su capacidad de trabajo que él vende al empresario quien le paga un salario. El obrero produce más de lo que significa su salario. Esta diferencia entre el valor de su trabajo y lo que gana es la plusvalía la que queda como utilidad en manos del empresario quien logra aumentar cada vez más su capital. Mientras que la riqueza de los capitalistas crece, aumenta la miseria de los desposeídos. La sociedad capitalista no está en condiciones de resolver sus problemas. Como sus únicos objetivos son la producción y la ganancia, se llega periódicamente a una sobreproducción que da origen a una crisis económica que finalmente pone en peligro las bases mismas de la economía capitalista. Los obreros del mundo entero deben unirse para emprender la lucha de clases contra la burguesía capitalista. Finalmente se producirá la revolución y el proletariado establecerá su dictadura con el fin de eliminar la propiedad privada de la producción y preparar el camino a la sociedad comunista en que no habrá clases ni un poder estatal coercitivo.

Las doctrinas de Marx han ejercido enorme influencia y han servido de base a los movimientos y partidos socialistas. El partido bolchevique que triunfó en Rusia en 1917 ha tratado de crear en Rusia un nuevo orden social conforme a las ideas marxistas y desde entonces otros países han seguido el mismo camino. Mas, la experiencia histórica ha demostrado que el socialismo marxista, en vez de contribuir a la igualdad social y a la liberación del hombre, ha dado origen a una nueva clase privilegiada y dominante y ha someti­do al hombre a una burocracia estatal avasalladora y al dominio dictatorial del partido comunista. La idea de la lucha de clases, negando los ideales de nación y patria y el principio cristiano de que todos los hombres son hermanos, ha sumido a los pueblos en luchas fratricidas.

Tampoco se han cumplido las profecías de Marx de que la economía capitalista debía conducir fatal­mente a una miseria cada vez mayor del proletariado. Si bien es cierto que se han repetido periódicamente las depresiones y crisis, también es cierto que los países industriales con una economía de libre empresa han podido aumentar cada vez más el bienestar de todas las capas de la sociedad. En vez de crecer el proletariado, se han multiplicado las clases medias y se ha producido un general aburguesamiento de la sociedad. El régimen de libre empresa ha resultado más eficiente que la economía estatal planificada.

El creciente bienestar ha permitido corregir los graves males que se produjeron en los comienzos de la revolución industrial. Una detallada legislación social ha limitado la jornada de trabajo, ha mejorado las condiciones de trabajo, ha ampliado las posibilidades educacionales, ha establecido seguros para la enfer­medad, los accidentes y la vejez y de esta manera ha abierto el camino para que todos los grupos sociales puedan beneficiarse con los progresos materiales y culturales.

El problema de la desigualdad social y de la mise­ria sigue siendo en la actualidad el mayor problema para los países del Tercer y del Cuarto Mundo. Las sociedades opulentas ya no tienen el problema de la miseria, para ellas han surgido nuevos problemas que se derivan de los excesos de la industrialización y de los abusos de la tecnología.





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