Editorial bruguera, S. A



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Mariano Fontrodona


LOS CELTAS Y

SUS MITOS

EDITORIAL BRUGUERA, S. A.

Barcelona • Bogotá • Buenos Aires

Caracas • México

© Mariano Fontrodona - 1978

Texto
© Luis Albors - 1978

Cubierta

La presente edición es propiedad de

EDITORIAL BRUGUERA, S. A.

Mora la Nueva, 2. Barcelona (España)


1a. edición: febrero, 1978


Impreso en España –

Printed in Spain


ISBN 84-02-05502-8

Depósito legal: B. 48.962 – 1977

Impreso en los Talleres Gráficos de

EDITORIAL BRUGUERA, S. A.

Carretera Nacional 152, Km. 21,650

Parets del Valles - Barcelona - 1978

Scan: Urijenny

Revisión: Warlok72

Agosto/2004

1

LOS PUEBLOS CELTAS HACEN SU APARICIÓN EN LA HISTORIA

El enigma de los celtas


Con muy escasa precisión y un cierto tono, habitualmente despectivo, los escritores clásicos llamaron celtas o galos —de manera indistinta— a los pueblos de tez blanca que habitaban al norte de sus fronteras. Recordemos la lapidaria frase de Tácito, para quien eran bárbaros, es decir extranjeros, to­dos aquellos pueblos que comían pan de centeno en lugar de pan de trigo, que cocinaban con grasas de animales en vez de hacerlo con aceite de oliva, y que bebían cerveza u otros brebajes fermentados, pero no vino. Dicho en otras palabras, que no po­seían las tres plantas básicas de la cultura medite­rránea, a saber, el trigo, la vid y el olivo.

Posteriormente —como ha escrito Fay-Cooper Co­lé1—, el término «celta» quedó restringido a cier­tos grupos de habla afín, lo cual, en conjunto, cons­tituía una ramificación de la lengua aria o indoeuro­pea. Y con el tiempo vino a darse el nombre de celtas a un grupo étnico, o subraza, poseedor de una lengua característica y distinta. Aunque la verdad es que ellos jamás se dieron a sí mismos el nombre de celtas.

Parece ser que la primera denominación que re­cibieron los celtas fue la de «hiperbóreos», que les atribuyeron los griegos, y así llama Heráclides del Ponto a los galos que invadieron Roma, allá por el año 390 a.C. No obstante, hay que tener en cuenta que los griegos designaban de la misma manera a todos los pueblos del noroeste de Europa.

A partir del siglo v de nuestra era los griegos comenzaron a usar el término keltoi, así como keltai y galatai. Por su parte, los autores romanos usaron las denominaciones celtae, celtici y galatae, toma­das evidentemente de los griegos, a las que añadie­ron un nuevo vocablo: galli.

El erudito Arbois de Jubainville2 afirma que las voces keltoi y keltai equivalen a los calificativos «altos» y «nobles», pero que la palabra latina galli quiere decir «guerrero». La verdad es, empero, que no hay unanimidad alguna en este terreno. Algunos investigadores3 creen firmemente que galli es si­nónimo de «montañés». Y otros autores sostienen la teoría de que, en un principio, se usaban las pa­labras keltai y keltoi para señalar a todos los pue­blos de raza celta. Luego, en una diversificación ya de los conceptos, con la voz galli se definió a los celtas de Europa, y con la palabra galatae a los del Asia Menor. No cabe duda, en todo caso, de que fue Catón el que primeramente usó el término galli. En cuanto a Julio César, consideraba como galos a to­dos los pueblos de este lado del Rin, y creía que galos y celtas equivalían a lo mismo.

En el campo de la antropología, el confusionis­mo y la disparidad de los criterios no son menores. La escuela de Broca4, apoyándose en el testimo­nio de los historiadores antiguos, considera como el solar de la más pura raza celta a la región compren­dida entre los ríos Sena y Carona, por un lado, y el mar y los Alpes por otro. Por consiguiente, estos an­tropólogos franceses opinan que los actuales habi­tantes de Auvernia son el arquetipo de aquella raza. Describen su talla como menos elevada que la de los belgas y otros pueblos celtas más septentriona­les, con el cabello negro o castaño, los ojos grises, verdes o claros. Son braquicéfalos, de considerable capacidad craneal, frente ancha, aunque con el crá­neo anterior poco desarrollado si se les compara con otros individuos de inferior capacidad craneal. El occipucio alcanza casi la vertical, y las protuberancias superciliares son muy marcadas. El arco zigomático —el formado por la apófisis zigomática del hueso temporal, en su cara externa— es de los más ocultos entre los conocidos. La cara aparece ensanchada con relación al cráneo, algo aplastada y de forma rectangular. Los pómulos suelen ser muy marcados y separados, y la mandíbula inferior pre­senta una forma cuadrada. El conjunto da la sen­sación de una cabeza grande, sobre un cuello relativamente estrecho. Por lo que respecta a los miembros, son fuertes, de bastante grosor y per­fectamente musculados.

Frente a esta teoría, excesivamente perfilada, un gran prehistoriador, como Pedro Bosch Gimpera5, entre otros autores6, apunta la hipótesis de que los celtas fueran un pueblo resultante de la fusión de muy variados elementos, muchos de ellos inclu­so ni siquiera indogermanos, y «sin ninguna unidad antropológica». Con esta teoría se explicaría que, no obstante el carácter indogermánico de la lengua —a caballo entre las lenguas germánicas y las itálicas e ilíricas— y pese al tipo antropológico netamente nórdico de los esqueletos hallados en las grandes sepulturas de caudillos Célticos de la Champaña (segunda Edad del Hierro en Francia), en todos los territorios célticos abunden tipos antropológicos va­riados y diversos. Bosch Gimpera pone en la picota el excesivo dogmatismo de la escuela antropológica francesa de Broca, que ha configurado a los celtas como braquicéfalos, tomando como sus indiscutibles representantes o sucesores a los braquicéfalos de la actual región de la Auvernia, cuando lo más probable es que dichos tipos raciales no sean otra cosa que los descendientes de los primitivos pobla­dores indígenas de aquella zona, antes de los movi­mientos y migraciones de los celtas.

Entre los actuales tratadistas se suele considerar a los celtas como una subdivisión de los caucásicos. Se describe a los sujetos de tipo céltico como gen­tes de cabello castaño o rojizo, algo menos rubios y no tan dolicocéfalos como los nórdicos puros, bas­tante altos y esbeltos, con cierta característica de agudeza en las facciones. Coon7, acertadamente, los cataloga como «tipo periférico de los nórdicos».

Pero, raza o subraza, con unidad antropológica o sin ella, fueran o no resultado de la fusión de muy variados elementos, los celtas tenían una na­turaleza especial. ¿Quiénes eran realmente?, se pre­gunta un historiador. ¿Eran idénticos a los bárbaros germanos de las invasiones de comienzos de la Edad Media? ¿Eran teutones que emprendieron la aventura migratoria con mil años de anticipación?

La mejor contestación a todas estas preguntas sólo puede ser dada por las obras y la ejecutoria de los propios celtas; por sus correrías, sus insti­tuciones y costumbres, su religión, su arte. Los tes­timonios que dejaron de su paso por la historia demuestran, sin dejar lugar a dudas, que los celtas tenían una personalidad extraña y única. El carác­ter y hasta los gustos de los celtas revelan un alma distinta, sin parangón posible con los de otros pue­blos de la antigüedad.





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