Editorial Caribe una división de Thomas Nelson, Inc



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3

«YO LOS AMÉ TANTO QUE ME HICE COMO UNO DE USTEDES»

la promesa de dios en la corona de espinas



Dios se agradó que todo él viviera en Cristo.

Colosenses 1.19



La Palabra se hizo carne e hizo su morada entre nosotros. Hemos visto su gloria, la gloria del Unigénito, quien vino
del Padre, lleno de gracia y verdad.

Juan 1.14



Yo y el Padre somos uno.

Juan 10.30



Ustedes fueron comprados, no con algo que perece como
el oro y la plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, quien fue como un cordero puro y perfecto. Cristo fue escogido antes de que el mundo fuera hecho, pero fue mostrado
al mundo en estos últimos tiempos para su beneficio.

1 Pedro 1.18-20



Él no solo entendió perfectamente nuestro caso y nuestro problema, sino que lo ha resuelto moral, activamente
y para siempre.

P.T. Forsyth

Sabes qué es lo más maravilloso sobre el regreso de Cristo? ¿Sabes cuál es la parte más notable de la encarnación?

No solo que cambió eternidad por calendarios. Aunque tal cambio merece nuestra atención.

La Escritura dice que el número de los años de Dios es inescrutable ( Job 36.26 ). Podemos ir para atrás en la historia hasta el momento en que la primera onda del mar besó las orillas, o la primera estrella alumbró en el cielo, pero nunca lograremos establecer el momento exacto en que Dios fue Dios, porque ese momento no existe. No hay un momento en que Dios no haya sido Dios. Él nunca no ha sido , porque es eterno. Dios no está sujeto al tiempo.

Pero todo esto cambió cuando Jesús vino a la tierra. Por primera vez oyó una frase que no se usaba en el cielo: «Ha llegado la hora». Cuando era un niño, tuvo que abandonar el Templo porque había llegado el momento de hacerlo. Cuando era ya un hombre, tuvo que salir de Nazaret porque era el tiempo en que tenía que salir de allí. Como Salvador, tuvo que morir porque el tiempo de hacerlo había llegado. Durante treinta y tres años, el semental del cielo tuvo que vivir en el corral del tiempo.

Esto es, ciertamente, notable, pero todavía hay más.

¿Quieres ver la joya más brillante del tesoro de la encarnación? Quizás pienses que sea el tener que vivir dentro de un cuerpo. En un momento, él era un espíritu sin limitaciones, y al siguiente, era carne y huesos. ¿Recuerdas estas palabras del rey David? «¿A dónde puedo irme para alejarme de tu Espíritu? ¿A dónde huiré de ti? Si subo al cielo, allí estás tú. Si bajo a la tumba, allí tú estás. Si me levanto con el sol en el este y me pongo en el oeste más allá del mar, incluso allí me guiarás tú» ( Salmos 139.7–10 ).

Nuestra pregunta: «¿Dónde está Dios?» es como si un pez preguntara: «¿Dónde está el agua?» O un pajarillo preguntara: «¿Dónde está el aire?» ¡Dios está en todas partes! Igualmente en Pekín que en Peoria. Tan activo en las vidas de los esquimales como en las de los tejanos. El dominio de Dios es «de mar a mar, y desde el río hasta los confines de la tierra» ( Salmos 72.8 ). No hay un lugar donde no esté Dios.

Pero cuando Dios entró en el tiempo y llegó a ser un ser humano, el que era infinito llegó a ser finito. Quedó preso en la carne. Restringido por músculos y párpados con tendencia al cansancio. Por más de tres décadas, su una vez alcance ilimitado se vio restringido al largo del brazo y su velocidad al paso del pie de un hombre.

Me pregunto: «¿Estuvo alguna vez tentado a recuperar su infinitud? ¿Habrá considerado, en medio de un largo viaje, trasladarse milagrosamente a la siguiente ciudad? ¿Se habrá sentido tentado alguna vez, cuando la lluvia fría entumecía sus huesos, cambiar las condiciones climáticas? ¿Y no habrá querido, cuando el calor secaba sus labios, sumergirse en el Caribe en busca de alivio?

Si alguna vez tuvo estos pensamientos, nunca cedió a ellos. Ni una sola vez. Jamás usó Cristo sus poderes sobrenaturales para beneficio personal. Con una sola palabra habría podido transformar la dura tierra en suave lecho, pero no lo hizo.Con un movimiento de su mano pudo haber devuelto en el aire los escupitajos de sus acusadores y hacer blanco en sus rostros, pero no lo hizo. Con un levantar de sus cejas pudo haber paralizado el brazo del soldado que le incrustaba la corona de espinas. Pero no lo hizo.

Notable. ¿Pero será esto lo más extraordinario de su venida? Muchos quizás digan que no. Otros tantos, quizás en mayor número, es posible que apunten más allá de su condición de infinito, a su condición de impecabilidad. Es fácil comprender por qué.

¿No es este el mensaje de la corona de espinas?

Un soldado no identificado tomó ramas: suficientemente maduras como para tener espinas, suficientemente flexibles como para doblarse e hizo con ellas una corona de escarnio, una corona de espinas.

A través de la Escritura las espinas simbolizan, no el pecado, sino la consecuencia del pecado. ¿Recuerdas el Edén? Después que Adán y Eva hubieron pecado, Dios maldijo la tierra: «Así es que pondré una maldición en la tierra… La tierra producirá espinas y maleza para ti, y tú comerás las plantas del campo» ( Génesis 3.17–18 ). Zarzas en la tierra son el producto del pecado en el corazón.

Esta verdad halla eco en las palabras de Dios a Moisés. Ordenó a los israelitas limpiar la tierra de los pueblos impíos. Habría problemas si desobedecían. «Pero si no echan a estos pueblos fuera de la tierra, les traerán dificultades. Serán como afilados cuchillos en sus ojos y espinas en sus costados» ( Números 33.55 ).

La rebelión produce espinas. «La vida de la gente mala es como camino cubierto con espinas y trampas» ( Proverbios 22.5 ). Incluso Jesús comparó la vida de la gente perversa a espinos. Al hablar de los profetas falsos, dijo: «Conocerán a estas gentes por lo que hacen. Los espinos no pueden producir uvas, y los abrojos no pueden producir higos» ( Mateo 7.16 ).

El fruto del pecado es espinas. Púas, lancetas afiladas que cortan.

Pongo especial énfasis en las espinas para decirte algo en lo cual quizás nunca habías pensado: Si el fruto del pecado es espinas, ¿no es la corona de espinas en las sienes de Cristo un cuadro del fruto de nuestro pecado que atravesó su corazón?

¿Cuál es el fruto del pecado? Adéntrate en el espinoso terreno de la humanidad y sentirás unas cuantas punzadas. Vergüenza. Miedo. Deshonra. Desaliento. Ansiedad. ¿No han nuestros corazones quedado atrapados en estas zarzas?

No ocurrió así con el corazón de Jesús. Él nunca ha sido dañado por las espinas del pecado. Él nunca conoció lo que tú y yo enfrentamos diariamente. ¿Ansiedad? ¡Él nunca se turbó! ¿Culpa? Él nunca se sintió culpable. ¿Miedo? Él nunca se alejó de la presencia de Dios. Jesús nunca conoció los frutos del pecado… hasta que se hizo pecado por nosotros.

Y cuando tal cosa ocurrió, todas las emociones del pecado se volcaron sobre él, como sombras en una foresta. Se sintió ansioso, culpable, solo. ¿No lo ves en la emoción de su clamor?: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» ( Mateo 27.46 ). Estas no son las palabras de un santo. Es el llanto de un pecador.

Y esta oración es una de las partes más destacadas de su venida. Pero aun puedo pensar en algo todavía más grande. ¿Quieres saber qué es? ¿Quieres saber qué es lo más maravilloso de su venida?

No es que Aquel que jugaba canicas con las estrellas haya renunciado a eso para jugar con canicas comunes.

No es que él, en un instante, haya pasado de no necesitar nada a necesitar aire, comida, un chorro de agua caliente y sales para sus pies cansados y, más que todo eso, necesitaba a alguien -cualquiera- que estuviera más preocupado sobre dónde iría a pasar la eternidad que dónde gastaría su cheque del viernes.

No que haya mantenido la calma mientras la docena de sus mejores amigos sintieron el calor y se apresuraron a salir de la cocina. Ni que no haya dado la orden a los ángeles, que le rogaban: «Solo danos la orden, Señor. Una sola palabra y estos demonios se transformarán en huevos revueltos».

No que se haya negado a defenderse cuando cargó con cada pecado de cada disoluto desde Adán. Ni que haya guardado silencio mientras un millón de veredictos de culpabilidad resonaban en el tribunal del cielo y el dador de la luz quedaba en medio de la fría noche de los pecadores.

Ni siquiera que después de aquellos tres días en el hueco oscuro haya salido al sol de la Pascua con una sonrisa y un contoneo y una pregunta para el humillado Lucifer: «¿Fue ese tu mejor golpe?»

Eso fue fantástico, increíblemente fantástico.

¿Pero quieres saber que fue lo más maravilloso de Aquel que cambió la corona de los cielos por una corona de espinas?

Que lo hizo por ti. Sí, por ti.



4

«YO TE PERDONO»

la promesa de dios en los clavos



Él perdonó todos nuestros pecados. Él canceló la deuda,
que incluía la lista de todas las leyes que habíamos violado. Él quitó la lista con las leyes y la clavó en la cruz.

Colosenses 2.13-14



Cuando decimos que los méritos de Cristo proveen la gracia para nosotros estamos diciendo que hemos sido purificados por su sangre, y que su muerte fue una expiación
por nuestros pecados.

Juan Calvino



No hay diferencia, porque todos hemos pecado y hemos quedado fuera de la gloria de Dios, y somos justificados libremente por su gracia mediante la redención que vino
por Cristo Jesús. Dios se ofreció como un sacrificio de expiación mediante la fe en su sangre.

Romanos 3.22-25



Para todos de una vez todos los pecados son expiados en la Cruz, toda la Caída es borrada, y toda la sujeción
a Satanás y toda la sentencia producto de la caída de Adánes borrada, cancelada y anulada por los clavos de Jesús.

Conde Nicolás Ludwig von Zinzendorf

Él nunca me habría pedido que guardara la lista. No me atreví a mostrársela. Es un excelente constructor, un amigo muy querido. Él nos ha construido una gran casa. Pero la casa tiene sus fallas.

Solo esta semana me di cuenta de ellas. Porque no fue sino hasta esta semana que empecé a vivir en la casa. Una vez que te estableces en un lugar, te percatas de cada detalle.

«Haz una lista de todo», me dijo.

«Está bien».

La puerta de uno de los dormitorios no cierra. La ventana del cuarto de guardar cosas está rota. Alguien olvidó instalar el toallero en el cuarto de las niñas. Alguien también olvidó colocar la perilla en el estudio. Como dije, la casa es preciosa pero la lista suma y sigue.

Al mirar la lista de los errores cometidos por los constructores, pensé en que Dios seguramente está haciendo una lista de mí. Después de todo ¿no ha hecho Él su residencia en mi corazón? Y si veo defectos en mi casa, imagínate lo que Él verá en mí. ¿Te atreverías a pensar en la lista que Él estará haciendo de tu vida?

Los goznes de la puerta del cuarto de oración se han enmohecido debido a que la puerta no se abre casi nunca.

La estufa llamada celos está sobrecalentada.

El piso del ático está recargado con demasiados lamentos.

El sótano está hasta el tope de secretos.

¿No habría alguien que quisiera correr el postigo y liberar el aire de pesimismo de este corazón?

La lista de nuestras debilidades. ¿Querrías ver la tuya? ¿Te gustaría hacerla pública? ¿Cómo te sentirías si fuera exhibida de modo que todos, incluyendo Cristo mismo, pudiera verla?

¿Quieres que te lleve al momento en que tal cosa ocurrió?

Sí, hay una lista de tus fracasos. Cristo ha escrito tus defectos. Y sí, esa lista se ha hecho pública. Pero tú no la has visto. Ni yo tampoco.

Ven conmigo al cerro del Calvario y te diré por qué.

Observa a los que empujan al Carpintero para que caiga y estiran sus brazos sobre el madero travesaño. Uno presiona con su rodilla sobre el antebrazo mientras pone un clavo sobre su mano. Justo en el momento en que el soldado alza el martillo, Jesús vuelve la cabeza para mirar el clavo.

¿No pudo Jesús haber detenido el brazo del soldado? Con un leve movimiento de sus bíceps, con un apretón de su puño pudo haberse resistido. ¿No se trataba de la misma mano que calmó la tempestad, limpió el templo y derrotó a la muerte?

Pero el puño no se cerró… y nada perturbó el desarrollo de la tarea.

El mazo cayó, la piel se rompió y la sangre empezó a gotear y luego a manar en abundancia. Vinieron entonces las preguntas: ¿Por qué? ¿Por qué Jesús no opuso resistencia?

«Porque nos amaba», contestamos. Es verdad. Una verdad maravillosa aunque, perdóname, una verdad parcial. Él tuvo más que esa razón. Vio algo que lo hizo mantenerse sumiso. Mientras el soldado le presionaba el brazo Jesús volvió la cabeza hacia el otro lado, y con su mejilla descansando sobre el madero, vio:

¿Un mazo? Sí.

¿Un clavo? Sí.

¿La mano del soldado? Sí.

Pero vio algo más. Vio la mano de Dios. Parecía la mano de un hombre. Dedos largos y manos callosas, como los de un carpintero. Todo parecía normal, pero estaba lejos de serlo.

Esos dedos formaron a Adán del barro y escribieron verdades en tablas de piedra.

Con un movimiento, esta mano derribó la torre de Babel y abrió el Mar Rojo.

De esta mano fluyeron las langostas que cubrieron Egipto y los cuervos que alimentaron a Elías.

¿Podría sorprender a alguien que el salmista celebrara la liberación, diciendo: «Tú dirigiste a las naciones con tu mano… Fue tu mano derecha, tu brazo y la luz de tu complacencia» ( Salmos 44.2–3 ).

La mano de Dios es una mano poderosa.

Oh, las manos de Jesús. Manos de encarnación en su nacimiento. Manos de liberación al sanar. Manos de inspiración al enseñar. Manos de dedicación al servir. Y manos de salvación al morir.

La multitud en la cruz entendió que el propósito al martillar era clavar las manos de Cristo a un madero. Pero esto es solo la mitad de la verdad. No podemos culparlos por no ver la otra mitad. No podían verla. Pero Jesús sí. Y el cielo. Y nosotros.

A través de los ojos de la Escritura vemos lo que otros no vieron pero Jesús sí vio. «Él dejó sin efecto el documento que contenía los cargos contra nosotros. Los tomó y los destruyó, clavándolos a la cruz de Cristo» ( Col. 2.14 ).

Entre sus manos y la madera había una lista. Una larga lista. Una lista de nuestras faltas: nuestras concupiscencias y mentiras y momentos de avaricia y nuestros años de perdición. Una lista de nuestros pecados.

Suspendida de la cruz hay una lista pormenorizada de tus pecados. Las malas decisiones del año pasado. Las malas actitudes de la semana pasada. Allí abierta a la luz del día para que todos los que están en el cielo puedan verla, está la lista de tus faltas.

Dios ha hecho con nosotros lo que yo estoy haciendo con nuestra casa. Ha hecho una lista de nuestras faltas. Sin embargo, la lista que Dios ha hecho no se puede leer. Las palabras no se pueden descifrar. Los errores están cubiertos. Los pecados están escondidos. Los que están al principio de la lista están ocultos por su mano; los de debajo de la lista están cubiertos por su sangre. Tus pecados están «borroneados» por Jesús. «Él te ha perdonado todos tus pecados: él ha limpiado completamente la evidencia escrita de los mandamientos violados que siempre estuvieron sobre nuestras cabezas, y los ha anulado completamente al ser clavado en la cruz» ( Colosenses 2.14 ).

Por esto es que no cerró el puño. ¡Porque vio la lista! ¿Qué lo hizo resistir? Este documento, esta lista de tus faltas. Él sabía que el precio de aquellos pecados era la muerte. Él sabía que la fuente de tales pecados eras tú, y como no pudo aceptar la idea de pasar la eternidad sin ti, escogió los clavos.

La mano que clavaba la mano no era la de un soldado romano.

La fuerza detrás del martillo no era la de una turba enfurecida.

El veredicto detrás de la muerte no fue una decisión de judíos celosos.

Jesús mismo escogió los clavos.

Por eso, la mano de Jesús se abrió. Si el soldado hubiera vacilado, Jesús mismo habría alzado el mazo. Él sabía cómo. Para él no era extraño clavar clavos. Como carpintero sabía cómo hacerlo. Y como Salvador, sabía lo que eso significaba. Sabía que el propósito del clavo era poner tus pecados donde pudieran ser escondidos por su sacrificio y cubiertos por su sangre.

De modo que Jesús mismo usó el martillo.

La misma mano que calmó la mar borra tu culpa.

La misma mano que limpió el templo limpia tu corazón.

La mano es la mano de Dios.

El clavo es el clavo de Dios.

Y como las manos de Jesús se abrieron para el clavo, las puertas del cielo se abrieron para ti.

5

«TE HABLARÉ
EN TU PROPIO IDIOMA»

la promesa de dios a través del letrero



Escribió Pilato un letrero y lo puso en la cruz. Decía:
Jesús de Nazaret, el rey de los judíos.

Juan 19.19



De modo que la fe viene por lo que se oye, y lo que se oye viene a través de la palabra de Cristo.

Romanos 10.17



Estoy seguro que cuando suba al púlpito para predicar o me pare ante el atril para leer, no es mi palabra, sino que mi lengua es el lápiz de un escritor dispuesto.

Martin Lutero

Mucho antes de contraer matrimonio, ya yo sabía de la importancia de leer las señales de la esposa. Sabio es el hombre que aprende el lenguaje no verbal de su esposa, que discierne las señales y sabe interpretar los gestos. No es simplemente lo que se dice, sino cómo se dice. No es solo cómo, sino cuándo. No es solo cuándo, sino dónde. El buen marido es aquel que sabe descifrar. Hay que leer las señales.

Creía que aquel fin de semana en Miami yo estaba haciendo un buen trabajo. Llevábamos solo unos meses de casados y tendríamos visitas en nuestro departamento. Yo había invitado a un predicador para el domingo, esperando que viniera y estuviera con nosotros desde el sábado por la noche. Riesgosa decisión la mía ya que el hombre no era un aprendiz recién salido del aula sino que era un antiguo y distinguido profesor. Y no cualquier profesor, sino un especialista en relaciones familiares. ¡Qué tal! Nuestra nueva familia iba a tener de invitado a un especialista en familia!

Cuando Denalyn lo supo, me mandó una señal. Una señal verbal: «Será mejor que limpiemos la casa». El viernes por la noche, me mandó otra señal, esta vez no verbal. Se puso sobre sus rodillas y empezó a restregar el piso de la cocina. Yo, por dicha, uní las dos señales, agarré el mensaje y me dispuse a cooperar.

Pensé: «¿Qué puedo hacer?» Uno nunca debe inclinarse por los trabajos demasiado sencillos, así es que pasé por sobre el polvo y la aspiradora buscando algo más importante que hacer. Después de una detenida inspección, se me ocurrió lo que parecía perfecto. Pondría fotografías en un álbum de pared. Uno de nuestros regalos de boda había sido un álbum de este tipo. Todavía no lo habíamos desempacado, ni aun lo habíamos llenado. Pero todo eso cambiaría aquella noche.

De modo que me puse a trabajar. Con Denalyn restregando el piso detrás de mí y a mi lado una cama sin arreglar, volqué en frente mío una caja de zapatos llena de fotos y empecé a ponerlas en el álbum. (No sé en qué estaba pensando, supongo que decirle a la visita: «Oiga, vaya a la lavandería y fíjese en la colección de fotos que tenemos en la pared».)

Había perdido el mensaje. Cuando Denalyn, con un frío en su voz capaz de congelar a cualquiera me preguntó qué estaba haciendo, seguí sin captar el mensaje. «Poniendo fotos en un álbum de pared», le contesté, plenamente satisfecho. Por la siguiente media hora, Denalyn se mantuvo en silencio. ¿Y yo? De lo más tranquilo. Supuse que estaría orando, dando gracias a Dios por el marido tan maravilloso que le había dado. O que quizás estaría pensando: «Ojalá que después que termine con las fotos, empiece con el álbum de recortes».

Pero ella no estaba pensando eso. El primer indicio de que algo no estaba saliendo bien lo tuve cuando finalmente, después de haber limpiado ella sola todo el departamento, me dijo, a modo de despedida: «Me voy a la cama. Estoy furiosa. Mañana por la mañana te voy a decir por qué».

¡Uyuyuy!


A veces dejamos de ver las señales. (Aun ahora, es posible que un varón de corazón bondadoso y despistado se esté preguntando: «¿Por qué se habrá puesto furiosa la señora?» Vas a aprender, mi amigo, vas a aprender.)

El que enmarca nuestro destino está acostumbrado a nuestra estupidez. Dios sabe que a veces no vemos las señales. Quizás por eso nos ha dado tantas. El arco iris después del diluvio se refiere al pacto de Dios. La circuncisión identifica a los elegidos de Dios y las estrellas hacen referencia al tamaño de su familia. Aun hoy día, vemos señales en la iglesia del Nuevo Testamento. La Santa Cena es una señal de su muerte, y el bautismo es una señal de nuestro nacimiento espiritual. Cada una de estas señales simboliza una tremenda verdad espiritual.

Sin embargo, la señal más patética la encontramos sobre la cruz. Un anuncio en tres idiomas, escrito a mano, ejecutado por orden del Imperio Romano.

Pilato escribió un letrero y lo puso sobre la cruz. En él se leía: Jesús de Nazaret, rey de los judíos. El letrero fue escrito en hebreo, en latín y en griego. Mucha de la gente lo leyó, porque el lugar donde Jesús fue crucificado estaba cerca de la ciudad. Los principales sacerdotes dijeron a Pilato: «No escribas, “El rey de los judíos”, sino escribe: “Este hombre dijo: ‘Yo soy el rey de los judíos’ ”».

Pilato les respondió: «Lo que he escrito, he escrito» ( Juan 19.19–22 ).

¿Por qué un letrero sobre la cabeza de Jesús? ¿Por qué esas palabras perturbaban a los judíos y por qué Pilato rehusó cambiarlas? ¿Por qué el letrero escrito en tres idiomas y por qué el letrero aparece mencionado en los cuatro Evangelios?

De todas las posibles respuestas a estas preguntas, vamos a concentrarnos en una. ¿Será que este pedazo de madera es un cuadro de la devoción de Dios? ¿Un símbolo de su pasión para decirle al mundo acerca de su Hijo? ¿Un recordatorio que Dios hará lo que sea para compartir contigo el mensaje de este anuncio? Para mí que el letrero revela dos verdades sobre el deseo de Dios de alcanzar al mundo.

No hay persona que Él no use

Nota que el letrero da frutos de inmediato. ¿Recuerdas la reacción del criminal? Poco antes de su propia muerte, en un torbellino de dolor, dijo: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino» ( Lucas 23.42 ).

Qué interesante la selección de palabras. Él no dice: «Sálvame». No ruega: «Ten misericordia de mi alma». Su apelación es la de un siervo a un rey. ¿Por qué? ¿Por qué se refiere al reino de Jesús? Quizás había oído hablar a Jesús. Quizás estaba al tanto de las afirmaciones que hacía Jesús de sí mismo. O, más probablemente, quizás había leído el letrero: «Jesús de Nazaret, rey de los judíos».

Lucas parece hacer la conexión entre el lector del letrero y el que hace la petición. En un versículo, escribe: «En la parte alta de la cruz se escribieron estas palabras: Este es el rey de los judíos» ( Lucas 23.38 ). Cuatro breves versículos más adelante leemos la petición del ladrón: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino».

El ladrón sabe que está metido en un ambiente real. Vuelve la cabeza y lee una proclamación real y pide ayuda real. Así de sencillo. De haber sido así, el letrero fue el primer recurso usado para proclamar el mensaje de la cruz. Incontables otros han seguido, desde la página impresa a la radio, a las cruzadas multitudinarias, al libro que tienes en tus manos. Todo esto fue precedido por un rústico anuncio en un pedazo de madera. Y gracias a ese letrero, un alma se salvó. Todo porque alguien colocó un letrero sobre una cruz.

Yo no sé si los ángeles entrevistan a los que van a entrar en el cielo, pero si lo hacen, la entrevista a este debió de haber sido muy divertida. Imagínate al ladrón arribando al Centro de Procesamiento de las Puertas de Perlas.



Ángel:

Tome asiento. Ahora, dígame… señor… hum… ladrón, ¿cómo llegó a ser salvo?

Ladrón:

Solo le pedí a Jesús que se acordara de mí en su reino. La verdad es que no esperaba que todo ocurriera tan rápido.

Ángel:

Ya veo. ¿Y cómo supo que era un rey?

Ladrón:

Había un letrero sobre su cabeza: «Jesús de Nazaret, rey de los judíos». Yo creí en lo que decía el letrero y… aquí estoy.

Ángel:

(Tomando nota en una libreta) Creyó… un… letrero.

Ladrón:

Exactamente. El letrero lo puso allí alguien de nombre Juan.

Ángel:

No lo creo.

Ladrón:

Hmmm. Quizás fue el otro seguidor, Pedro.

Ángel:

No. Tampoco fue Pedro.

Ladrón:

¿Entonces cuál de los apóstoles lo puso?

Ángel:

Bueno, si en verdad quiere saberlo, el letrero fue idea de Pilato.

Ladrón:

¡No me diga! ¿Pilato, eh?

Ángel:

No se sorprenda. Dios usó un arbusto para llamar a Moisés y a un burro para condenar a un profeta. Para lograr la atención de Jonás, Dios usó un gran pez. No hay nadie a quien Él no quiera usar. Bueno, lleve esto a la próxima ventanilla. (El ladrón empieza a salir) Solo siga las señales.

Pilato no tenía ningún interés en difundir el evangelio. De hecho, el letrero decía en otras palabras: «Esto es lo que llega a ser un rey judío; esto es lo que los romanos hacen con él. El rey de esta nación es un esclavo; un criminal crucificado; y si esto es el rey,¡cómo será la nación de la cual es rey!» 1 Pilato había puesto el letrero para amenazar y mofarse de los judíos. Pero Dios tenía otro propósito… Pilato fue el instrumento de Dios para esparcir el evangelio. Sin saberlo, fue el amanuense del cielo. Tomó el dictado de Dios y lo escribió en el letrero. Y ese letrero cambió el destino de alguien que lo leyó.

No hay nadie a quien Dios no quiera usar.

C.S. Lewis puede decírtelo. No podemos imaginarnos al siglo veinte sin C.S. Lewis. El profesor de Oxford conoció a Cristo en sus años de adulto y su pluma ha ayudado a millones a hacer lo mismo. Resultaría difícil encontrar a un escritor con un llamamiento tan amplio y una perspicacia espiritual tan profunda.

Y sería difícil encontrar a un evangelista más peculiar que aquel que guió a Lewis a Cristo.

No era esa su intención porque él mismo no era un creyente. Su nombre fue T.D. Weldon. Como Lewis, era agnóstico. Según uno de sus biógrafos, «se mofaba de todos los credos y de casi todas las afirmaciones positivas». Era un intelectual, un incrédulo cínico. Pero un día, hizo un comentario que cambió la vida de Lewis. Había venido estudiando una defensa teológica de los Evangelios. «¡Qué cosa más extraña», comentó, como solo un inglés podría hacerlo, «esa barbaridad de que Dios ha muerto. Tal parece como si realmente hubiera muerto!». Lewis casi no podía creer lo que había oído. Al principio, pensó que Weldon estaría bajo los efectos del alcohol. La afirmación, aunque inopinada e inpensada, fue suficiente para que Lewis considerara que quizás Jesús realmente era el que decía ser. 2

Un ladrón es guiado a Cristo por alguien que rechazó a Cristo. Un erudito es guiado a Cristo por alguien que no creía en Cristo.

No hay persona a quien Él no use. Y,

No hay idioma en el que Dios no hable.

Cada transeúnte podía leer el letrero, porque cada transeúnte podía leer hebreo, latín o griego, los tres grandes idiomas del mundo antiguo. «Hebreo era la lengua de Israel, la lengua de la religión; latín era la lengua de los romanos, la lengua de la ley y del gobierno; y el griego era la lengua de Grecia, la lengua de la cultura. En todas ellas, Cristo fue declarado rey». 3 Dios tenía un mensaje para cada uno: «Cristo es rey». El mensaje era el mismo, pero el idioma era diferente. Ya que Jesús era el rey de todas las naciones, el mensaje sería en los idiomas de todos los pueblos.

No hay lenguaje en el que Él no hable. Lo cual nos lleva a una pregunta encantadora. ¿En qué lenguaje te está hablando a ti? No me estoy refiriendo a un idioma o dialecto, sino al drama diario de tu vida. Dios habla, tú lo sabes bien. Él nos habla en cualquier lenguaje que nosotros entendamos.

Hay ocasiones en que habla en el «lenguaje de la abundancia». ¿Está tu estómago lleno? ¿Has pagado todas tus cuentas? ¿Te queda algo en la billetera? No seas tan orgulloso de lo que tienes que dejes de oír lo que debes de oír. ¿Será que tienes mucho como para dar también mucho? «Dios puede darte más bendiciones de las que necesitas. En tal caso, tendrás abundancia de todo, suficiente como para dar a cada obra buena» ( 2 Corintios 9.8 ).

¿Está Dios hablándote con el «lenguaje de la abundancia»? O estás escuchando el «vernáculo de la necesidad»? Nos gustaría que nos hablara en el idioma de la abundancia, pero no siempre es así.

¿Me dejas contarte de una vez cuando Dios me dio un mensaje usando la gramática de la necesidad? El nacimiento de nuestro primer hijo coincidió con la cancelación de nuestro seguro de salud. Aun ahora no me explico cómo sucedió. Tuvo que ver con la compañía que tenía sus oficinas en los Estados Unidos y Jenna estaba naciendo en Brasil. Denalyn y yo estábamos locos de alegría con una niña de ocho libras y abrumados con una cuenta de dos mil quinientos dólares en el hospital.

Pagamos la cuenta usando los fondos que habíamos ahorrado. Agradecido de haber podido pagar la deuda, me sentía de todos modos molesto por el problema del seguro, así es que me pregunté: «¿Estará Dios tratando de decirnos algo?»

Unas pocas semanas más tarde llegó la respuesta.

Había hablado en un retiro de una iglesia, pequeña aunque feliz, de la Florida. Un miembro de la congregación me pasó un sobre, diciéndome: «Esto es para su familia». Regalos así no eran cosa extraña. Estábamos acostumbrados a ello y agradecidos por estas donaciones no solicitadas, las que generalmente eran de cincuenta o cien dólares. Esperaba que en esta ocasión la suma sería parecida. Pero cuando abrí el sobre, el cheque era por (adivinaste) dos mil quinientos dólares.

Dios me habló a través del lenguaje de la necesidad. Fue como si me hubiera dicho: «Max: Yo estoy involucrado en tu vida. Yo te cuidaré».

¿Estás tú oyendo el «lenguaje de la necesidad»? ¿Y qué me dices del «lenguaje de la aflicción»? Este es un lenguaje que evitamos. Pero tanto tú como yo sabemos cuán claramente habla Dios en los pasillos de los hospitales y en las camas de los enfermos. Sabemos lo que David quiere decir cuando afirma: «Me hace descansar» ( Salmo 23.2 ). Nada mejor que un cuerpo débil para prestar oídos al cielo.

Dios habla todas las lenguas, incluyendo la tuya. ¿No ha dicho él: «Te enseñaré el camino en que debes de andar»? ( Salmos 32.8 ) ¿No nos apresuramos a «recibir instrucción de su boca» ( Job 22.22 )? ¿En qué idioma te está hablando Dios?

¿No te alegras cuando Él habla? ¿No te llena de emoción que le intereses tanto que te hable? ¿No es bueno saber que «el Señor dice sus secretos a todos los que lo respetan» ( Salmos 25.14 )?

Mi tío Carl se sentía agradecido cuando alguien le hablaba. Un caso de sarampión lo dejó imposibilitado de oír o hablar. Cerca de todos sus más de sesenta años los vivió en un silencio sepulcral. Pocas personas hablaban su lenguaje.

Mi padre era uno de esos pocos. Siendo su hermano mayor, quiso protegerlo. Después que su padre murió, se esperaba que mi padre se hiciera cargo de la situación. Cualquiera que haya sido la razón, el caso es que mi padre aprendió el lenguaje por señas. Mi papá no era un estudiante muy aventajado. Nunca terminó la secundaria. Nunca fue a la universidad. Nunca vio la necesidad de aprender español ni francés. Pero sí se dio el tiempo para aprender el lenguaje de su hermano.

Bastaba con que mi papá entrara al cuarto para que el rostro de Carl se iluminara. Buscaban un rincón, y echaban a volar las manos. Así podían pasar largos ratos. Y aunque nunca oí a Carl decir gracias (no podía hacerlo), su amplia sonrisa no dejaba dudas de lo agradecido que estaba. Mi papá había aprendido su lenguaje.

También tu padre ha aprendido a hablar tu lenguaje. «Te ha sido dado el conocer los misterios del reino de los cielos» ( Mateo 13.11 ). ¿No sería adecuado pensar una palabra de gratitud a Él? Y mientras estás en eso, pregúntale si acaso habrás perdido alguna señal que te haya mandado.

Una cosa es perder una señal de tu esposa sobre limpiar el cuarto, pero otra muy distinta es perder una señal de Dios que tiene que ver con el destino de tu vida.


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