Editorial Caribe una división de Thomas Nelson, Inc



Descargar 0.53 Mb.
Página4/9
Fecha de conversión31.01.2018
Tamaño0.53 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9

8

«TE DARÉ MI TÚNICA»

la promesa de dios en la vestidura



Pero Cristo sin culpa… tomó sobre él nuestro castigo,
para así poder expiar nuestra culpa y alejar
de nosotros nuestro castigo.

Agustín


Porque Cristo murió por los pecados una vez para siempre, el justo por los injustos para llevarte a Dios.

1 Pedro 3.18



Este es el misterio de las riquezas de la gracia divina
por los pecadores; porque por un maravilloso cambio nuestros pecados son ahora no nuestros sino de Cristo,
y la justicia de Cristo no es suya, sino nuestra.

Martín Lutero

El maître no estaba dispuesto a cambiar de parecer. No le interesaba que se tratara de nuestra luna de miel. Ni que esa noche en el club de campo fuera un regalo de boda. Le importaba bien poco que Denalyn y yo hubiéramos decidido dejar de almorzar para tener espacio para la cena. Todo esto carecía de valor en comparación con el problema que podría venírsele encima.

Yo estaba sin saco.

No sabía que habría de necesitarlo. Pensé que una camisa deportiva sería suficiente. Estaba limpia y planchada. Pero el señor Corbata-de-Moñito y su acento francés era imperturbable. Acomodaba a quien fuera. Le ofreció una mesa al señor y la señora Bien-Educados. Sentó al señor y a la señora Finos-Muchas-Gracias. ¿Pero el señor y la señora No-Tiene-Su-Saco?

Si hubiese tenido otra opción, la habría intentado, pero no tenía ninguna. Era ya tarde. Otros restaurantes estarían ya cerrados o llenos y nosotros teníamos un apetito voraz. Me miró, miró a Denalyn y luego dio un gran suspiro que llegó a inflarle los carrillos.

«Está bien. Déjenme ver».

Desapareció en un guardarropa y emergió con un saco. «Póngase esto». Me lo puse. Las mangas eran demasiado cortas. Los hombros demasiado tensos. ¿Y el color? Verde limón. Pero no dije ni una palabra. Tenía el saco y teníamos también derecho a una mesa. (No se lo digan a nadie, pero me lo saqué cuando nos trajeron la comida.)

Para todas las inconveniencias de aquella noche, terminamos con una gran cena y una más grande parábola.

Necesitaba un saco, pero todo lo que tenía era una oración. El maître fue lo suficientemente gentil como para no obligarme a salir de allí pero demasiado leal a las reglas como para permitirse pasar por sobre ellas. Así fue como el único que me exigía un saco me proporcionó uno y así pudimos tener acceso a una mesa.

¿No es esto mismo lo que ocurre en la cruz? En la mesa de Dios no hay asientos disponibles para los desaliñados. ¿Pero quién entre nosotros no lo es? Moralidad descuidada. Desprecio por la verdad. Poco interés en los demás. Nuestra tenida moral está por los suelos. Sí, los requerimientos para ocupar un lugar en la mesa de Dios son altos, pero el amor de Dios por sus hijos es más alto aun. Para satisfacerlos, Él nos ofrece un regalo.

No un saco color verde limón sino una túnica. Una túnica sin costuras. No algo sacado de un guardarropa sino una túnica usada por su Hijo, Jesús.

Poco dice la Escritura acerca de la vestimenta de Jesús. Sabemos lo que usaba su primo, Juan el Bautista. Sabemos lo que usaban los dirigentes religiosos. Pero no se nos dice nada acerca de la ropa de Jesús: ni tan humilde como para tocar los corazones, ni tan elegante como para hacer que la gente se volviera a verlo.

Digna de notar es una referencia que hace uno de los evangelios. Dice: «Dividieron su ropa entre ellos cuatro. También tomaron su túnica, que no tenía costuras sino que era de una sola pieza, desde arriba. Y dijeron: “No la partamos, sino echemos suertes para ver quién se queda con ella”» ( Juan 19.23–24 ).

Debe de haber sido la más fina posesión de Jesús. Según la tradición judía, la madre tejía una túnica como un regalo a su hijo cuando este abandonaba el hogar. ¿Haría María esta túnica para Jesús? No lo sabemos. Pero sabemos que la túnica no tenía costuras sino que era un solo tejido, de arriba abajo. ¿Tiene esto alguna importancia?

A menudo la Escritura describe nuestra conducta como la ropa que usamos. Pedro nos dice que debemos «vestirnos con humildad» ( 1 Pedro 5.5 ). David habla de las personas malas que se visten «con maldición» ( Salmos 109.18 ). La ropa puede simbolizar el carácter y, como su ropa, el carácter de Jesús fue sin costura. Coordinado. Unificado. Él era como su túnica: perfección ininterrumpida.

«Tejida… desde arriba». Jesús no se dejó guiar por su propia mente, sino que fue dirigido por la mente de su Padre. Escucha sus palabras:

«El Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino solo lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre haga, el Hijo lo hace también» ( Juan 5.19 ).

«Yo no puedo hacer nada por mí mismo. Así como oigo, juzgo» ( Juan 5.30 ).

El carácter de Jesús fue una tela sin costuras tejida desde el cielo a la tierra… desde los pensamientos de Dios a las acciones de Jesús. Desde las lágrimas de Dios a la compasión de Jesús. Desde la Palabra de Dios a la reacción de Jesús. Todo una sola pieza. Todo un cuadro del carácter de Jesús.

Pero cuando Jesús fue clavado en la cruz, él se quitó su túnica de perfección sin costura y se cubrió de una túnica diferente: la túnica de la indignidad.

La indignidad de la desnudez . Desnudo ante su propia madre y sus seres amados. Avergonzado ante su familia.

La indignidad del fracaso. Por unas pocas horas llenas de dolor, los líderes religiosos fueron los victoriosos, y Cristo apareció como el perdedor. Avergonzado ante sus acusadores.

Y lo peor, estaba vestido de la indignidad del pecado. «Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo en el madero, para que nosotros pudiéramos morir a los pecados y vivir para justicia» ( 1 Pedro 2.24 ).

¿El vestido de Cristo en la cruz? Pecado: el tuyo y el mío. Los pecados de toda la humanidad.

Recuerdo a mi padre explicándome el porqué de un grupo de hombres junto al camino que vestían ropa con rayas. «Son presos», me dijo. «Han quebrantado la ley y están pagando con servicio a la comunidad».

¿Quieres saber lo que me impresionó de aquellos hombres? No miraban a los ojos. ¿Sentían vergüenza? Probablemente.

Lo que sentían allí, junto al camino, es parecido a lo que sentía Jesús colgado de aquella cruz: vergüenza. Cada aspecto de la crucifixión tenía el propósito no solo de hacer sufrir a la víctima, sino avergonzarla. Por lo general, la muerte de cruz estaba reservada para los delincuentes más viles: esclavos, asesinos y así por el estilo. A la persona condenada se la hacía caminar por las calles de la ciudad, cargando el travesaño de la cruz y llevando colgada del cuello una placa donde se indicaba su delito. En el lugar de la crucifixión lo desnudaban y se mofaban de él.

La crucifixión era tan aberrante que Cicerón escribió: «Alejen hasta el nombre de la cruz no solo del cuerpo de un ciudadano romano, sino aun de sus pensamientos, ojos y oídos». 1

Jesús no solo fue avergonzado ante su pueblo, sino que fue avergonzado también ante el cielo.

Ya que cargó con nuestro pecado de homicidio y adulterio, sintió la vergüenza del homicida y del adúltero. Aunque nunca mintió, cargó con la vergüenza del mentiroso. Aunque nunca engañó, sintió la vergüenza de un engañador. Como llevó el pecado del mundo, sintió la vergüenza colectiva del mundo.

No es extraño que el escritor hebreo haya hablado de «la desgracia que él soportó» ( Hebreos 13.13 ).

Mientras estuvo en la cruz, Jesús sintió la indignidad y la vergüenza de un criminal. No, no era culpable. No, él no había cometido pecado. Y, no, no merecía ser sentenciado. Pero tú y yo sí lo merecíamos. Y estuvimos en pecado y fuimos culpables. Estuvimos en la misma posición en que me encontraba yo ante el maître . ¿Te puedes imaginar al jefe del restaurante quitándose su saco y dándomelo a mí?

Jesús lo hace. No estamos hablando de algo improvisado ni una chaqueta sobrante. Él ofrece una túnica pura, sin costuras para cubrir mi capa hecha de retazos de orgullo, avaricia y vanidad. «Él cambia lugar con nosotros» ( Gálatas 3.13 ). Él se vistió de nuestro pecado para que nosotros pudiéramos vestirnos de su justicia.

Aunque llegamos a la cruz vestidos en pecado, nos vamos de la cruz vestidos con la «coraza de su amor formidable» ( Isaías 59.17 ) y ceñidos con un «cinturón de justicia» ( Isaías 11.5 ) y vestidos con «vestiduras de salvación» ( Isaías 3.27 ).

Para él no fue suficiente prepararte una fiesta.

Para él no fue suficiente reservarte un asiento.

Para él no fue suficiente correr con los gastos y proveer el transporte para el banquete.

Hizo algo más. Te dejó usar su propia ropa de manera que pudieras estar vestido adecuadamente.

Y lo hizo, precisamente, por ti.



9

«TE INVITO A ENTRAR
A MI PRESENCIA»

la promesa de dios a través del costado herido



Podemos entrar a través de un camino nuevo y vivo
que Jesús abrió para nosotros. Nos lleva a través
de la cortina: el cuerpo de Cristo.

Hebreos 10.20



Porque a través de él ambos tenemos acceso al Padre
por un mismo Espíritu.

Efesios 2.18



Aproximémonos entonces al trono de la gracia con confianza, para que recibamos misericordia y gracia final que nos ayude en nuestro tiempo de necesidad.

Hebreos 4.16

Imagínate a una persona de pie frente a la Casa Blanca. Mejor, imagínate tú parado frente a la Casa Blanca.

Estás en la vereda, mirando a través de las rejas, sobre el césped, hacia la residencia del presidente. Tú, bien presentado, bien peinado y los zapatos lustrados. Te diriges a la entrada. Caminas con paso firme y seguro. No podría ser de otro modo. Has venido a reunirte con el presidente.

Tienes un par de asuntos que te gustaría discutir con él.

Primero, está el asunto de la toma de agua frente a tu casa. Le pedirás que por favor suavice un poco el color rojo con el que está pintado. Como está ahora es muy brillante.

Luego, está tu preocupación por la paz del mundo. Tú estás en pro de ella. ¿Podría él lograrla?

Y finalmente, los costos de la educación son demasiado altos. ¿Podría él llamar a la oficina de administración de la escuela donde estudia tu hija y pedirles que la rebajen un poco? Sin duda que él debe tener alguna influencia allí.

Todos son asuntos importantes, ¿no es cierto? No le tomarán más de unos minutos. Además, le traes algunas galleticas que él podría compartir con la primera dama y la primera mascota. Así, con tu bolsa en la mano y una sonrisa en el rostro, te acercas al portón y le dices al guardia: «Quisiera ver al presidente, por favor.»

Él te pregunta tu nombre, y tú se lo das. Te mira, fija su atención en su lista y dice: «No tenemos registrada su cita»

«¿Hay que tener una cita previa?»

«Sí».


«¿Cómo puedo hacerla?»

«A través del personal de su oficina».

«¿Me podría dar su número telefónico?»

«No, es privado».

«¿Entonces cómo podría hacerlo?»

«Es mejor que espere a que lo llamen».

«¡Pero si no me conocen!»

El guardia se encoge de hombros.

«Entonces lo más probable es que no lo van a llamar».

Después de eso, das media vuelta e inicias el regreso a casa. Tus preguntas han quedado sin contestar y tus necesidades insatisfechas.

¡Y estuviste tan cerca! Si el presidente hubiera salido al jardín podrías haberlo saludado y él te habría saludado a ti. Estuviste a solo unos metros de la puerta de entrada a su oficina… pero fue como si hubieses estado a kilómetros de distancia. Tú y el presidente estaban separados por la cerca y el guardia.

Luego, está el problema del Servicio Secreto. Si hubieses logrado entrar, te habrían detenido de inmediato. El personal habría hecho lo mismo. Había demasiadas barreras.

¿Y las barreras invisibles? Barreras de tiempo. (El presidente demasiado ocupado.) Barreras de status. (Tú no tienes influencia.) Barreras de protocolo. (Tienes que ir a través de los canales correspondientes.) Te alejas de la Casa Blanca con nada más que una dura lección. No tienes acceso al presidente. ¿Tu charla con el comandante en jefe? Olvídala. Tendrás que ver por ti mismo cómo solucionas el problema de la paz mundial y la toma de agua que hay frente a tu casa.

Es decir, a menos que él tome la iniciativa. A menos que él, al verte en la vereda, se compadezca de tus problemas y le diga al jefe de su personal: «¿Ve a aquel hombre con la bolsa de galletas en su mano? Vaya y dígale que me gustaría charlar con él unos minutos».

Si él da esa orden, todas las barreras se vendrán abajo. La Oficina Oval llamará al jefe de seguridad. El jefe de seguridad llamará al guarda y el guarda te llamará por tu nombre. «¿Sabe qué? No se lo puedo explicar, pero la puerta de la Oficina Oval está abierta de par en par para usted».

Tú te detienes, te vuelves, sacas pecho y entras por la misma puerta donde, momentos antes, se te negó el acceso. El guardia es el mismo. La puerta es la misma. El personal de seguridad es el mismo. Pero la situación no es la misma. Ahora puedes entrar a donde antes no pudiste.

Y, algo más. Ya no eres el mismo. Te sientes alguien especial, escogido. ¿Por qué? Porque el hombre de allá arriba te vio allá abajo e hizo posible que entraras.

Sí, tienes razón. Es una historia fantástica. Tú y yo sabemos que tratándose del presidente, no valdrá contener la respiración. No habrá invitaciones especiales. Pero tratándose de Dios, agarra firme tus galleticas y empieza a caminar, porque ya la invitación está hecha.

Él te ha visto. Te ha oído y te ha invitado. Lo que una vez te separaba, ha sido quitado: «Ahora en Cristo Jesús, tú que estabas lejos de Dios has sido puesto cerca» ( Efesios 2.13 ). Nada queda entre tú y Dios sino una puerta abierta.

¿Pero cómo pudo ocurrir esto? Si no pudimos entrar para ver al presidente, ¿cómo pudimos conseguir una audiencia con Dios? ¿Qué pasó? En una palabra, alguien descorrió la cortina. Alguien rompió el velo. Algo ocurrió en la muerte de Cristo que abrió la puerta para ti y para mí. Y ese algo lo describe el autor de Hebreos.

Así, hermanos y hermanas, estamos completamente libres para entrar al Lugar Santísimo sin temor gracias a la sangre de Jesús por su muerte. Podemos entrar a través de un camino nuevo y viviente que Jesús abrió para nosotros. Nos lleva a través de la cortina, el cuerpo de Cristo ( Hebreos 10.19–20 ).

Para los lectores originales, estas cuatro palabras fueron explosivas: «cortina - cuerpo de Cristo». Según el escritor, cortina es igual a Jesús. Por lo tanto, lo que haya ocurrido al cuerpo de Cristo le ocurrió a la cortina. ¿Qué le ocurrió a su carne? Fue desgarrada. Desgarrada por los azotes, desgarrada por las espinas. Desgarrada por el peso de la cruz y las puntas de los clavos. Pero en el horror de su carne desgarrada, encontramos el esplendor de la puerta abierta.

«Pero Jesús clamó a gran voz y murió. Entonces la cortina en el Templo se rompió en dos partes, de arriba abajo» ( Mateo 27.50–51 ).

La cortina es nada menos que la cortina del Templo. El velo que colgaba a la entrada del Lugar Santísimo.

Como recordarás, el Lugar Santísimo era una parte del Templo al que nadie podía entrar. Los judíos cuando iban a adorar podían entrar al patio exterior, y solo los sacerdotes podían entrar al Lugar Santo. Y nadie, salvo el sumo sacerdote solo un día en el año, entraba en el Lugar Santísimo. Nadie. ¿Por qué? Porque la gloria shekiná, la gloria de Dios, estaba allí.

Si alguien te dijera que puedes entrar libremente a la Oficina Oval de la Casa Blanca, seguramente moverías la cabeza y dirías a esa persona: «¿Qué te pasa? ¿Te volviste loco?» Multiplica tu incredulidad por mil y tendrás una idea de cómo se habrían sentido los judíos si alguien les hubiera dicho que podían entrar al Lugar Santísimo. «Sí, claro, y tu abuelita, ¿cómo se llamaba?»

Nadie sino el sumo sacerdote podía entrar al Lugar Santísimo. Nadie . Hacerlo equivalía a morir. Dos de los hijos de Aarón murieron cuando entraron al Lugar Santísimo para ofrecer sacrificios al Señor ( Levítico 16.1–2 ). En términos inequívocos, la cortina decía: «¡Hasta aquí!»

¿Qué comunicaba mil quinientos años atrás una cortina colgada en la parte exterior del Lugar Santísimo? Sencillo. Dios es santo… separado de nosotros e inaccesible. Incluso a Moisés se le dijo: «Tú no puedes ver mi rostro, porque nadie puede verme y seguir viviendo» ( Éxodo 33.20 ). Dios es santo y nosotros somos pecadores por lo tanto hay una distancia entre nosotros.

¿No es ese nuestro problema? Sabemos que Dios es bueno. Sabemos que nosotros no lo somos, y nos sentimos alejados de Dios. Las antiguas palabras de Job son las nuestras: «Si solo hubiera un mediador que pudiera unirnos» ( Job 9.33 ).

¡Hay uno! Jesús no nos ha dejado con un Dios inaccesible. Sí. Dios es santo. Sí, nosotros somos pecadores. Pero, sí, sí, sí, Jesús es nuestro mediador. «Hay un Dios y un mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús» ( 1 Timoteo 2.5 ). ¿No es mediador el que «se pone entre»? ¿No era Jesús la cortina entre nosotros y Dios? ¿Y no fue su carne desgarrada?

Lo que aparece como una crueldad del hombre fue, en realidad, la soberanía de Dios. Mateo nos dice: «Y cuando Jesús hubo clamado de nuevo a gran voz, entregó su espíritu. En ese momento la cortina del templo se partió en dos de arriba abajo» ( 27.50-51 ).

Es como si las manos del cielo hubieran estado agarrando el velo, esperando el momento. Recuerda el tamaño de la cortina: veinte metros de alto por diez de ancho. 1 En un momento estaba entera; al siguiente, estaba partida en dos, de arriba abajo. Sin demora. Sin vacilación.

¿Qué significaba la cortina rota? Para los judíos significaba que no había más barreras entre ellos y el Lugar Santísimo. No más sacerdotes entre ellos y Dios. No más sacrificios de animales para expiar sus pecados.

¿Y para nosotros? ¿Qué significó para nosotros la cortina rota?

Somos bienvenidos para entrar en la presencia de Dios., cualquier día, a cualquiera hora. Dios ha quitado la barrera que nos separa de Él. ¿La barrera del pecado? Abajo. Él ha quitado la cortina.

Pero tenemos una tendencia a tratar de volver a poner la barrera. Aunque no hay cortina en el templo, hay una cortina en el corazón. Las faltas del corazón son como el tictac del reloj. Y a veces, no, muchas veces, dejamos que estas faltas nos alejen de Dios. Nuestra conciencia de culpa se transforma en una cortina que nos separa de Dios.

Como resultado, nos escondemos de nuestro Maestro.

Es lo que hace mi perro, Salty. Sabe que no tiene que meter su hocico en el tarro de la basura. Pero deje la casa sola, sin una persona, y el lado oscuro de Salty tomará control de él. Si hay comida en uno de los tarros de basura, la tentación será demasiado grande. La hallará y se dará un festín.

Es lo que había hecho el otro día. Cuando llegué a casa, no se veía por ninguna parte. El tarro de basura estaba volcado, pero no había ni rastros de Salty. Al principio me molesté, pero luego se me pasó. Si yo tuviera que estar todo el día comiendo solo comida de perro, de seguro que buscaría otra cosa por ahí. De modo que limpié la suciedad y me olvidé del asunto.

¿Y Salty? Perdido. Mantenía su distancia. Cuando por fin lo vi, tenía la cola entre las piernas y sus orejas estaban caídas. Entonces me dije: «Piensa que estoy enojado con él. No sabe que ya he arreglado el asunto de su falta».

¿Es necesario hacer una aplicación que parece obvia? Dios no está enojado con nosotros. Él ya ha arreglado el asunto de nuestras faltas.

En alguna parte, en algún momento, de alguna manera te has metido en el tarro de la basura y luego has tratado de evitar a Dios. Has dejado que un velo de culpa se alce entre tú y tu Padre. Te preguntas si alguna otra vez podrás estar de nuevo cerca de Dios. El mensaje de la carne desgarrada es que sí puedes. Dios te espera. Dios no te está evitando. Dios no te resiste. La cortina está caída, la puerta está abierta, y Dios te invita a entrar.

No confíes en tu conciencia. Confía en la cruz. La sangre ha sido derramada y el velo roto. Dios te da la bienvenida a su presencia. Y no tienes que llevar galleticas.

10

«YO ENTIENDO
TU DOLOR»

la promesa de dios en la esponja


empapada de vinagre

Alabado sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo,
el Padre de misericordia y el Dios de toda consolación,
que nos consuela en todas nuestras tribulaciones
para que nosotros podamos consolar
con el consuelo que hemos recibido de Dios a todos
los que están en tribulación. Porque así como los sufrimientos de Cristo fluyeron en nuestras vidas,
así también fluye nuestra consolación a través de Cristo.

2 Corintios 1.3-5



Porque el Señor consuela a su pueblo y tendrá
compasión de los afligidos.

Isaías 49.12



Porque no tenemos un sumo sacerdote que no sea capaz
de simpatizar con nuestras debilidades, sino que
tenemos uno que ha sido tentado en todas las formas,
como nosotros, pero que no tiene pecado.

Hebreos 4.15



Lloró Jesús.

Juan 11.35

Has tratado alguna vez de convencer a un ratón a que no se preocupe? ¿Has logrado alguna vez tranquilizar a un roedor? Si tu respuesta es sí, entonces significa que eres más sabio que yo. Porque mis intentos fueron un fracaso. Mis palabras cayeron en pequeños oídos sordos.

No es que el animalito haya merecido las simpatías de alguien porque por él Denalyn lanzó un alarido, y por el alarido, el garaje tembló. Y porque el garaje tembló, yo fui arrancado de la región de los sueños y llamado a defender a mi esposa y a la patria. Estaba orgulloso de ir, de modo que con ánimo resuelto me dirigí al garaje.

El ratón estaba perdido de antemano. Sé jujitsu, karate, tae kwan do y varias otras… frases. Incluso he observado algunos comerciales sobre defensa personal. Ese ratón se iba a encontrar con la horma de su zapato.

Además de todo lo anterior, el pobre estaba atrapado en un contenedor de basura vacío. ¿Cómo llegó allí? Solo él lo sabe, pero no lo quiere decir. Lo sé porque se lo pregunté. Su única respuesta fue una carrera loca alrededor de la base del contenedor.

El pobre estaba asustado hasta la punta de los pelos. ¿Y quién no habría de estarlo? Imagínate atrapado en un contenedor de plástico y mirando hacia arriba solo para ver un gran (aunque simpático) rostro humano. Sería suficiente para hacerte castañetear los dientes.

«¿Qué vas a hacer con él?» me preguntó Denalyn, apretándome el brazo como para darme ánimo.

«No te preocupes, mi amor» le dije en un tono fanfarrón que la hizo desfallecer y que a John Wayne habría llenado de celos. «Ya verás cómo me las arreglo».

Dicho esto, partimos el ratón, el tarro de basura y yo hacia un espacio vacío. «Tranquilo, amigo. En un momento estarás en casa». Él no escuchaba. Cualquiera habría pensado que nos dirigíamos al lugar de ejecución. Si no hubiera puesto la tapa al tarro, el intruso habría saltado afuera. «No te voy a hacer daño», le expliqué. «Solo te voy a soltar. Te metiste en un problema, pero te voy a librar de él».

No se tranquilizó. No se quedó quieto. No… bueno, no confiaba en mí. Hasta el último momento, cuando puse el tarro en el suelo y quedó libre, ¿crees que se volvió para decir gracias? ¿Que se le ocurrió invitarme a comer a su casa? No. Simplemente corrió. (¿Sería mi imaginación o es que lo escuché gritando: «¡Retrocedan! ¡Retrocedan! Miren que Max, el que odia a los ratones, está aquí!»?)

Sinceramente. ¿Qué podría haber hecho para ganarme su confianza? ¿Aprender el idioma de los ratones? ¿Adoptar ojos de ratón y una cola larga? ¿Meterme al tarro con él? Gracias, pero no. Quiero decir, el ratón era todo lo simpático que quieras, pero no valía tanto como para que yo hiciera eso.

Aparentemente tú y yo sí que valemos.

¿Crees que es absurdo que un hombre se vuelva ratón? El viaje desde tu casa a un tarro de basura es bastante más corto que el camino del cielo a la tierra. Pero Jesús lo hizo. ¿Por qué?

Él quiere que confiemos en Él.

Piensa por un momento conmigo en lo siguiente: ¿Por qué Jesús vivió en la tierra todo el tiempo que lo hizo? ¿No pudo su vida haber sido más corta? ¿Por qué no venir a este mundo solo a morir por nuestros pecados y luego irse? ¿Por qué no un año o una semana sin pecado? ¿Por qué tuvo que vivir así toda una vida? Tomar nuestros pecados es una cosa, ¿pero hacerse cargo de nuestras quemaduras de sol, o nuestra inflamación de garganta? Experimentar la muerte, sí, ¿pero tolerar la vida? ¿Tolerar los largos caminos, los largos días y los malos caracteres? ¿Por qué lo hizo?

Porque quiere que confíes en Él.

Aun su acto final sobre la tierra lo hizo para ganar tu confianza.

Más tarde, sabiendo que ya todo estaba terminado, y que así se cumpliría la Escritura, Jesús dijo: «Tengo sed». Había allí un jarro de vinagre, así es que empaparon una esponja en ella, pusieron la esponja en un palo de la planta de hisopo y la alzaron hasta los labios de Jesús. Cuando hubo recibido la bebida, Jesús dijo: «Todo ha concluido». Con eso, inclinó su cabeza y entregó su espíritu ( Juan 19.28–30 )

Este es el acto final de la vida de Jesús. En la conclusión de su composición terrenal, oímos los ruidos que hace un hombre sediento.

Y a través de su sed -mediante una esponja y un jarro de vino barato- hace su última petición.

«Tú puedes confiar en mí».

Jesús. Labios resquebrajados y boca de algodón. Garganta tan seca que no podía tragar y voz tan ronca que apenas podía hablar. Está sediento. Para encontrar la última vez que sus labios se humedecieron habría que retroceder una docena de horas, hasta la cena en el aposento alto. Después de haber probado esa copa de vino, Jesús había sido golpeado, abofeteado, magullado y cortado. Había llevado la cruz y cargado los pecados y su garganta no tenía ni un poco de líquido. Está sediento.

¿Por qué no hizo algo para evitar eso? ¿No podía? ¿No había hecho que jarros de agua se convirtieran en jarros de vino? ¿No hizo un muro con las aguas del río Jordán y dos muros con las aguas del Mar Rojo? ¿No hizo, con una palabra, que dejara de llover y calmó la tempestad? ¿No dice la Escritura que «cambió el desierto en estanques de agua» ( Salmos 107.35 ), y «la roca en fuente de aguas»?

¿No dijo Dios «Derramaré agua sobre el sediento» ( Isaías 44.3 )?

Entonces, ¿por qué Jesús tuvo que soportar sed?

Mientras nos hacemos esta pregunta, agreguemos un poco más. ¿Por qué se cansó en Samaria ( Juan 4.6 ), se perturbó en Nazaret ( Marcos 6.6 ) y se enojó en el Templo ( Juan 2.15 )? ¿Por qué se quedó dormido en el bote en el Mar de Galilea ( Marcos 4.38 ) y triste ante la tumba de Lázaro ( Juan 11.35 ) y hambriento en el desierto ( Mateo 4.2 )?

¿Por qué? ¿Y por qué tuvo sed en la cruz?

Él no tenía por qué sufrir sed. A lo menos, no al grado que la tuvo. Seis horas antes le habían ofrecido de beber, pero Él lo había rechazado.

Trajeron a Jesús al lugar llamado Gólgota (que quiere decir el Lugar de la Calavera). Luego le ofrecieron vino mezclado con mirra, pero él no quiso tomarlo. Y lo crucificaron. Se repartieron sus ropas y echaron suertes para ver qué se llevaría cada uno ( Marcos 15.22–24 ).

Antes de clavarle los clavos, le ofrecieron de beber. Marcos dice que el vino estaba mezclado con mirra. Mateo dice que el vino estaba mezclado con hiel. Tanto la mirra como la hiel tienen propiedades sedativas que adormecen los sentidos. Pero Jesús los rechazó. No quiso estar aturdido por las drogas, optando en cambio por sentir el sufrimiento en toda su fuerza.

¿Por qué? ¿Por qué tuvo que soportar todos estos sufrimientos? Porque sabía que tú también habrías de sufrirlos.

Él sabía que tú te cansarías, te perturbarías y te enojarías. Él sabía que te daría sueño, que te golpearía el pesar y que tendrías hambre. Sabía que tendrías que enfrentarte al dolor. Si no al dolor del cuerpo, al dolor del alma… dolor demasiado agudo para cualquiera droga. Sabía que estarías sediento. Si no sed de agua, a lo menos sed por la verdad, y la verdad que recogemos de la imagen de un Cristo sediento. Él entiende.

Y porque Él entiende, podemos venir a Él.

¿No nos habríamos visto privados de Él si no hubiese entendido? ¿No nos alejamos de las personas cuando no las entendemos? Supongamos que te encontraras muy preocupado por tu situación financiera. Necesitas que algún amigo te demuestre su aprecio y te dé algún tipo de asesoría. ¿Buscarías la ayuda del hijo de un multimillonario? (Recuerda que lo que andas buscando es orientación, no una limosna.) ¿Acudirías a alguien que haya heredado una fortuna? Probablemente, no. ¿Por qué? Porque no te entendería. Y no te entendería porque nunca ha vivido lo que tú has estado viviendo de modo que no puede saber cómo te sientes.

Jesús, sin embargo, sí ha estado y sí lo puede hacer. Él ha estado donde tú estás y puede saber cómo te sientes. Y si su vida sobre la tierra no logra convencerte, lo hará su muerte en la cruz. Él entiende la situación por la que estás pasando. Nuestro Señor no simplemente se conduele o se burla de nuestras necesidades. Él responde «generosamente y sin reprocharnos» ( Santiago 1.5 ). ¿Cómo puede hacer eso? Nadie lo ha dicho más claramente que el autor de Hebreos:

Jesús entiende cada una de nuestras debilidades, porque él fue tentado en cada aspecto en que lo somos nosotros. ¡Pero él no pecó! De modo que cada vez que estemos en necesidad, acudamos resueltamente ante el trono de nuestro Dios misericordioso. Allí se nos tratará con inmerecida amabilidad y encontraremos la ayuda que necesitamos ( Hebreos 4.15–16 ).

¿Por qué la garganta del cielo llegó a estar tan seca? Para que pudiéramos saber que Él entiende; para que todo el que sufre oiga la invitación: «Confía en mí».

La palabra confiar no aparece en el versículo que habla de la esponja y el vinagre, pero encontramos una frase que nos ayuda a confiar. Observa la frase antes de aquella donde Jesús dice que tiene sed: «Para que la Escritura se cumpliera, Jesús dijo, “Tengo sed”» ( Juan 19.28 ). Allí, Juan nos da el motivo detrás de las palabras de Jesús. Nuestro Señor estaba preocupado por el cumplimiento de la Escritura. De hecho, el cumplimiento de la Escritura es tema recurrente en la pasión. Fíjate en esta lista:

La traición de Judas a Jesús ocurrió «para hacer realidad lo que la Escritura decía» ( Juan 13.18 ; véase Juan 17.12 ).

La suerte sobre la ropa tuvo lugar «para que esta Escritura se hiciera realidad: “Dividieron mi ropa entre ellos, y echaron suerte sobre mi manto”» ( Juan 19.24 ).

A Cristo no le rompieron las piernas «para que se cumpliera la Escritura: “Ni uno de sus huesos será roto”» ( Juan 19.36 ).

El costado de Jesús fue horadado para que se cumpliera el pasaje que dice: «Mirarán al que traspasaron» ( Juan 19.37 ).

Juan dice que los discípulos quedaron atónitos al ver la tumba vacía porque «no entendieron la Escritura donde dice que Jesús debía resucitar de entre los muertos» ( Juan 20.9 ).

¿Por qué tanta referencia a la Escritura? ¿Por qué, en sus momentos finales, Jesús estuvo decidido a cumplir la profecía? Él sabía de nuestras dudas. Y de nuestras preguntas. Y como no quería que nuestras cabezas privaran a nuestros corazones de su amor, usó sus momentos finales para ofrecer la prueba de que Él era el Mesías. En forma sistemática fue cumpliendo las profecías dadas siglos atrás.

Cada detalle importante de la gran tragedia se escribió de antemano:

•      la traición por parte de un amigo cercano ( Salmos 41.9 )

•      el abandono de los discípulos después que lo apresaron ( Salmos 31.11 )

•      la acusación falsa ( Salmos 35.11 )

•      el silencio ante sus jueces ( Isaías 53.7 )

•      el ser hallado sin culpa ( Isaías 53.7 )

•      el ser incluido entre los pecadores ( Isaías 53.12 )

•      su crucifixión ( Salmos 22.16 )

•      las burlas de los espectadores ( Salmos 109.25 )

•      las mofas de los incrédulos ( Salmos 22.7–8 )

•      las suertes sobre sus ropas ( Salmos 22.18 )

•      la oración por sus enemigos ( Isaías 53.12 )

•      el abandono por parte de Dios ( Salmos 22.1 )

•      la entrega de su espíritu en las manos de su Padre


( Salmos 31.5 )

•      la decisión de no romperle las piernas ( Salmos 34.20 )

•      su sepultura en la tumba de un hombre rico ( Isaías 53.9 )

¿Sabías tú que en su vida Cristo cumplió 332 profecías diferentes del Antiguo Testamento? ¿Cuáles serían las posibilidades matemáticas que habría para que una persona cumpliera todas estas profecías durante su vida?

(¡Es decir, noventa y siete ceros!) 1 ¡Asombroso!

¿Por qué Jesús proclamó su sed desde la cruz? Para poner una tabla más sobre aquel puente firme por el cual pueda pasar el incrédulo. 2 Su confesión de estar sediento es una señal para todos los que le buscan de que Él es el Mesías.

Su acto final, entonces, es una palabra cálida para los cautos: «Puedes confiar en mí».

¿No necesitamos alguien más en quien confiar? ¿No necesitamos para confiar a alguien que sea más grande que nosotros? ¿No estamos cansados de confiar en personas de esta tierra para que nos entiendan? ¿No estamos cansados de confiar en las cosas de esta tierra para lograr fortaleza? Un marinero que se está ahogando no pide ayuda a otro marinero que se esté ahogando. Un preso no le ruega a otro preso que lo deje libre. Un pordiosero no va a pedir ayuda a otro pordiosero. Él sabe que necesita acudir a quien sea más fuerte que él.

El mensaje de Jesús a través de la esponja empapada con vinagre es este: Yo soy esa persona. Confía en mí.

1   2   3   4   5   6   7   8   9


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2016
enviar mensaje

    Página principal