Editorial Caribe una división de Thomas Nelson, Inc



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11

«YO TE HE REDIMIDO
Y TE GUARDARÉ»

la promesa de dios en la sangre y el agua



Cristo «ofreció para siempre un solo sacrificio
por los pecados» y «por una sola ofrenda él ha perfeccionado para siempre a los que son santificados».

Hebreos 10.12 , 14



Esto es amor: no que nosotros amáramos a Dios, sino que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo como un sacrificio de expiación por nuestros pecados.

1 Juan 4.10



Nuestra posición es tal que podemos ser rescatados
de la muerte eterna y trasladados a la vida solo por una sustitución total y permanente, la sustitución que Dios mismo emprende a favor nuestro.

Karl Barth



Pero aunque la palabra de Dios está completa para
el pecador, aun no ha dejado de actuar en el pecador.

Donald G. Bloesch

Esta semana, mi nombre apareció en la sección deportiva del periódico. Tenías que buscarme, pues ahí estaba. En la cuarta página de la edición del martes, en la parte final de una página, en la conclusión de un artículo dedicado al Abierto de Golf de Texas, ahí estaba mi nombre. Con todas sus letras.

Era la primera vez. Mi nombre ha aparecido en otras partes del periódico por una variedad de razones, de algunas de las cuales me siento orgulloso y de otras no. Pero esta era la primera vez que aparecía en la sección de deportes. Tuve que esperar más de cuarenta años, pero al fin el día llegó.

También fue mi primer trofeo deportivo. Cuando estaba en el colegio casi conseguí uno, cuando quedé séptimo en el lanzamiento del disco. Pero solo dieron medallas hasta el sexto lugar, de modo que no hubo para mí. He conseguido varios trofeos en otras cosas, pero nunca en deportes. Hasta ayer. Mi primer trofeo deportivo.

Todo ocurrió así. Mi amigo Buddy es la persona que dirige la organización del Abierto de Texas de la Asociación de Golfistas Profesionales, AGP. Me preguntó si me gustaría jugar en la competencia anual de jugadores profesionales y aficionados. Lo pensé tres segundos y acepté.

El formato de esta competencia es bastante sencillo. Cada equipo tiene un jugador profesional y cuatro aficionados. Se anota el puntaje más bajo de cada jugador aficionado. En otras palabras, aunque yo no logre poner la bola en el hoyo, si otro de mi equipo lo hace, es como si yo lo hubiera hecho. Y eso es, precisamente, lo que ocurrió en diecisiete de los dieciocho hoyos.

¡Imagínate cómo me habré sentido jugando! Tomemos un hoyo cualquiera donde yo anoté un ocho y Buddy o cualquiera de mis compañeros marcaron un tres. ¿Adivinas qué puntaje se tomó en cuenta? ¡El tres! Se olvida el ocho de Max y se registra el de Buddy. Fácil, ¿verdad? Así, logré reconocimiento y notoriedad por el buen desempeño de alguien más, simplemente por ser yo parte de su equipo.

¿No ha hecho Cristo lo mismo contigo?

Lo que mi equipo hizo por mí aquel lunes, tu Señor lo hace por ti todos los días de la semana. Gracias a su trabajo puedes cerrar tu ronda diaria con un puntaje perfecto. No importa que hayas lanzado la bola entre los árboles o que la hayas sumergido en el agua. Lo que importa es que saliste a jugar y te uniste a los cuatro correctos. En este caso, tu equipo de cuatro es invencible: Tú, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. No podría haber un equipo mejor.

El término teológico de dos dólares que denota es santificación posicional . Dicho en forma sencilla: Recibes un premio no por lo que eres, sino por a quién conoces.

En ese juego de golf se ilustró una segunda palabra. (¿Qué significa esto? ¿Buscando teología en un campo de golf?) No solo ves un cuadro de santificación posicional; hay igualmente un nítido cuadro de santificación progresiva.

¿Recuerdas mi contribución? Uno de dieciocho hoyos. En un hoyo hice un par. Mi par ingresó a la tarjeta de mi equipo. ¿Quieres saber en qué hoyo hice mi par? En el último. Aunque di muy poco, mi aporte fue mejorando con cada hoyo. Buddy se mantuvo dándome sugerencias y cambiando mi agarre hasta que finalmente hice mi aporte. Mejoré en forma progresiva.

El premio fue gracias al puntaje de Buddy. La mejoría llegó gracias a la ayuda de Buddy.

La santificación posicional llega por la obra de Cristo para nosotros.

La santificación progresiva llega por la obra de Cristo en nosotros.

Ambas son regalos de Dios.

«Con un sacrificio hizo perfectos para siempre a los que están siendo santificados» ( Hebreos 10.14 , versión libre). ¿Ves la mezcla de tiempos? «Él hizo perfectos» (santificación posicional) a los que «que están siendo santificados» (santificación progresiva).

Santificación posicional y progresiva. La obra de Dios por nosotros y la obra de Dios en nosotros. Ignora la primera y te dominará el temor. Ignora la segunda, y te convertirás en un perezoso. Ambas son esenciales, y ambas se ven en la húmeda suciedad en la base de la cruz de Cristo. Examinémosla más cuidadosamente.

La obra de Dios por nosotros

Escucha este versículo: «Pero uno de los soldados clavó su lanza en el costado de Jesús, e inmediatamente brotó de la herida sangre y agua» ( Juan 19.34 ). Aun un lector descuidado de la Escritura notaría la conexión entre sangre y misericordia. Podemos ir atrás hasta un hijo de Adán y veremos que los adoradores sabían que «sin derramamiento de sangre no hay perdón» ( Hebreos 9.22 ).

¿Cómo conoció Abel esta verdad? Nadie lo sabe, pero de alguna manera supo que tenía que ofrecer más que oraciones y cosechas. Él supo ofrecer una vida. Supo derramar más que su corazón y sus deseos; supo derramar su sangre. Con un campo por templo y el suelo por altar, Abel llegó a ser el primero en hacer lo que millones habrían de imitar. Ofreció un sacrificio de sangre por sus pecados.

Los que siguieron forman una larga lista: Abraham, Moisés, Gedeón, Sansón, Saúl, David… todos los cuales sabían que la sangre derramada era necesaria para el perdón de los pecados. Jacob también lo sabía; por lo tanto, juntó piedras para el altar. Salomón lo supo, y construyó el templo. Aarón lo supo, y comenzó con él el sacerdocio.

Pero la línea termina en la cruz. Lo que Abel trataba de conseguir en el campo, Dios lo logró con su Hijo. Lo que Abel comenzó, Cristo lo completó. Con su sacrificio se pondría fin al sistema de sacrificios porque «él vino como Sumo Sacerdote de este sistema mejor que tenemos ahora» ( Hebreos 9.11 ).

Después del sacrificio de Cristo no habría más necesidad de derramar sangre. Él «una vez y para siempre llevó la sangre al cuarto interior, el Lugar Santísimo, y la esparció sobre el asiento de misericordia; pero no fue la sangre de chivos ni de becerros. No, sino que tomó su propia sangre, y por ella él mismo nos aseguró salvación eterna» ( Hebreos 9.12 ).

El Hijo de Dios llegó a ser el Cordero de Dios, la cruz fue el altar, y nosotros fuimos «hechos santos a través del sacrificio de Cristo hecho en su cuerpo una vez y para siempre» ( Hebreos 10.10 ).

Se pagó lo que necesitaba pagarse. Se hizo lo que había que hacer. Se exigía sangre inocente. Se ofreció sangre inocente, una vez y para siempre. Grábate profundo en tu corazón estas cinco palabras. Una vez y para siempre .

Al riesgo de parecerme a una maestra de la escuela elemental, permíteme hacer una pregunta elemental. Si el sacrificio se ha ofrecido una vez y para siempre, ¿necesita ofrecerse de nuevo?

Por supuesto que no. Estás santificado posicionalmente. Así como los logros de mi equipo me fueron acreditados a mí, lo alcanzado por la sangre de Jesús nos es acreditado a nosotros.

Y así como mis habilidades mejoraron a través de la influencia de un maestro, tu vida podrá mejorar mientras más y más cerca camines de Jesús. La obra por nosotros está hecha, pero la obra progresiva en nosotros se mantiene.

Si su obra para nosotros se ve en la sangre, ¿qué podría representar el agua?



Su obra en nosotros

¿Recuerdas las palabras de Jesús a la mujer samaritana? «El agua que yo te daré será una fuente de agua que brotará dentro de la persona, dándole vida eterna» ( Juan 4.14 ). Jesús ofrece, no un trago de agua excepcional, sino un pozo artesiano perpetuo. Y el pozo no es un hueco en el patio sino que es el Espíritu Santo de Dios en nuestro corazón.

«Si alguno cree en mí, ríos de agua viva fluirán del corazón de esa persona, como dice la Escritura». Jesús estaba hablando del Espíritu Santo. El Espíritu todavía no había venido porque Jesús aun no había sido ascendido a la gloria. Pero más tarde, los que creyeron en Jesús recibirían el Espíritu ( Juan 7.38–39 ).

En este versículo, el agua representa al Espíritu de Jesús actuando en nosotros. No está trabajando para nuestra salvación; ese trabajo ya está hecho. Está trabajando para cambiarnos. Así se refiere Pablo a este proceso:

Hagan lo bueno que resulta de ser salvo , obedeciendo a Dios con profunda reverencia, retrayéndose de todo lo que pudiera desagradarle. Porque Dios está trabajando dentro de ti, ayudándote a querer obedecerle y luego ayudándote a hacer lo que él quiere que hagas ( Filipenses 2.12–13 ).

Como resultado de «ser salvos» (la obra de la sangre) ¿qué hacemos nosotros? Obedecemos a Dios «con profunda reverencia, y nos retraemos de todo lo que pudiera desagradarle». Poniéndolo en forma práctica, amamos a nuestro prójimo y nos cuidamos de no murmurar. Nos negamos a engañar en los impuestos y al cónyuge y hacemos lo mejor que podemos por amar a las personas difíciles de amar. ¿Hacemos todo esto para alcanzar la salvación? No. Esto es «las buenas cosas que resultan de ser salvo».

Una dinámica similar ocurre en el matrimonio. ¿Están un esposo y una esposa más casados que lo que lo estuvieron el primer día? ¿Podrían estar más casados que cuando se hacen los votos y firman el certificado?

A lo mejor podrían. Imagínalos cincuenta años después. Cuatro hijos más tarde. Un trío de transferencias y un racimo de valles y victorias más tarde. Después de medio siglo de matrimonio, terminan la frase iniciada por el otro y se ordenan mutuamente la comida favorita. Hasta empiezan a parecerse más y más físicamente (una perspectiva que a Denalyn hace sufrir). ¿Podría decirse que a los cincuenta años están más casados que el día de su boda?

Pero, por el otro lado, ¿cómo podrían estarlo? El certificado de matrimonio no ha madurado. Ah, pero las relaciones sí, y eso marca una gran diferencia. Técnicamente, no están más unidos que cuando abandonaron el altar. Pero relacionalmente, son completamente diferentes.

El matrimonio es tanto algo ya hecho como algo que se va desarrollando diariamente. Algo que hiciste y algo que haces.

Sucede lo mismo en nuestro caminar con Dios. ¿Puedes ser más salvado ahora que como lo fuiste el primer día de tu salvación? No. ¿Pero puede una persona crecer en la salvación? Absolutamente. Es, como el matrimonio, algo hecho y algo que se va desarrollando diariamente.

La sangre es el sacrificio de Dios por nosotros.

El agua es el Espíritu de Dios en nosotros.

Y necesitamos a ambos. Juan está muy interesado en que aprendamos esto. No es suficiente saber lo que vino después; debemos saber cómo vino después : «De una vez salió sangre y agua» ( Juan 19.34 ). Juan no pone a una sobre la otra. Pero nosotros sí lo hacemos.

Algunos aceptan la sangre pero olvidan el agua. Quieren ser salvos pero no quieren ser cambiados.

Otros aceptan el agua pero se olvidan de la sangre. Están muy ocupados en Cristo pero nunca en paz con Cristo.

¿Cómo es tu situación? ¿Tiendes a inclinarte en uno u otro sentido?

¿Te sientes tan salvo que nunca sirves? ¿Estás tan contento con el puntaje de tu equipo que no quieres bajarte del carrito de golf? Si tal es tu caso, déjame hacerte una pregunta: ¿Por qué te habrá puesto Dios en el campo de juego? ¿Por qué no te iluminó en el momento en que te salvó? El hecho es que tú y yo estamos aquí por una razón y esa razón es glorificar a Dios en nuestro servicio.

¿O está tu tendencia completamente al otro lado? ¿Quizás sirves siempre por temor a no ser salvo. Quizás no confías en tu equipo. Temes que haya alguna carta escondida en la que esté escrito tu verdadero puntaje. ¿Es eso? Si tal es tu caso, recuerda esto: La sangre de Jesús es suficiente para salvarte.

Graba en tu corazón el anuncio de Juan el Bautista. Jesús es «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» ( Juan 1.29 ). La sangre de Cristo no cubre tus pecados, no encubre tus pecados, no pospone tus pecados ni minimiza tus pecados. La sangre de Cristo quita tus pecados, de una vez y para siempre.

Jesús deja que tus faltas se pierdan en su perfección. Así como los cuatro golfistas estuvimos allí de pie para recibir el premio, los únicos que sabían de mi pobre actuación eran mis compañeros, y ellos no dijeron nada.

Cuando tú y yo nos pongamos de pie en el cielo para recibir nuestro premio, solo uno sabrá de nuestros pecados, pero Él no te avergonzará. Ya los ha perdonado.

De modo que disfruta el juego, amigo mío; tu premio está asegurado.

Pero aprovecha de pedirle al Maestro alguna ayuda para mejorar tu estilo.



12

«TE AMARÉ
PARA SIEMPRE»

la promesa de dios en la cruz



Porque Dios amó tanto al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que quien crea en él no perezca
sino que tenga vida eterna.

Juan 3.16



Por nuestro bien él hizo pecado al que no conoció pecado, para que en él pudiéramos llegar a ser justicia de Dios.

2 Corintios 5.21



Pero Dios demostró su amor por nosotros en esto: Mientras todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros.

Romanos 5.8



Esto es amor: no que nosotros amáramos a Dios,
sino que él nos amó a nosotros y mandó a su Hijo como
sacrificio expiatorio por nuestros pecados.

1 Juan 4.10

A menudo la gente me pregunta cómo se pronuncia mi apellido; si Lu-key-do o Lu-ka-do. Aunque oficialmente la pronunciación es Lu-key-do, no hay problema con Lu-ka-do.

(Sin embargo, es posible que estemos equivocados, porque cuando Billy Graham vino a San Antonio, se refirió a mí como Max Lu-ka-do. Y supongo que si Billy Graham dice Lu-ka-do, es porque tiene que ser Lu-ka-do.)

Confusiones sobre los nombres han creado momentos embarazosos. Algo así ocurrió cuando visité a uno de los miembros de la iglesia en su oficina. Una de sus colegas me reconoció. Nos había visitado en la iglesia y había leído algunos de mis libros. «¡Max Lu-ka-do!» exclamó. «Había estado esperando el momento de reunirme con usted».

Habría sido feo corregirla aun antes de conocernos de modo que solo sonreí y le dije hola, creyendo que ahí se terminaría todo. Pero era apenas el comienzo. Quería que conociera a algunos amigos suyos; así es que me llevó hasta donde estaban. Y con cada presentación, venía una mala pronunciación. «Sally, te presento a Max Lu-ka-do». «Joe, te presento a Max Lu-ka-do». «Bob, te presento a Max Lu-ka-do». «Tom, te presento a Max Lu-kado». Yo sonrío y aparento que todo está bien, incapaz de hacer algo para corregirla. Aparte de eso, después de media docena de veces, ya no había forma de corregirla. Hacerlo habría sido demasiado complicado, de modo que mantuve la boca cerrada.

Pero entonces, las cosas cambiaron. Finalmente, nos encontramos con un empleado que le salió al paso. «Me alegro de tenerle por acá» nos dijo mientras entrábamos a su oficina. «Mi esposa y yo estuvimos en el culto el domingo, y salimos tratando de saber cómo se pronuncia su nombre. ¿Es Lu-key-do o Lu-ka-do?»

Me sentí atrapado. Si decía la verdad, ella se vería en un aprieto. Si mentía, él no recibiría la información correcta. Había que ser misericordioso con ella. Había que ser preciso con él. Quería ser amable con ella y sincero con él pero ¿cómo ser ambas cosas al mismo tiempo? No podía. De modo que mentí. Por primera vez en mi vida, dije: «Lu-ka-do, mi nombre se pronuncia Lu-ka-do».

Que me perdonen mis antepasados.

Pero ese momento no dejó de tener su valor. La situación permite vislumbrar algo del carácter de Dios. En una escala infinitamente mayor, Dios se enfrenta con la humanidad de la misma manera que yo me enfrenté con aquella dama. ¿Cómo puede ser justo y amable a la misma vez? ¿Cómo puede ser veraz y misericordioso al mismo tiempo? ¿Cómo puede redimir al pecador sin endosar el pecado?

¿Puede un Dios santo pasar por alto nuestras faltas?

¿Puede un Dios amable castigar nuestras faltas?

Desde nuestra perspectiva, hay solo dos soluciones igualmente inapelables. Pero desde su perspectiva, hay una tercera. Esta se llama «la Cruz de Cristo».

La cruz. ¿Puedes dirigir la mirada a cualquiera parte sin ver una? Encaramada en lo alto de una capilla. Esculpida en una lápida en el cementerio. Tallada en un anillo o suspendida de una cadena. La cruz es el símbolo universal del Cristianismo. Extraña decisión, ¿no crees? Extraño que un instrumento de tortura llegara a representar un movimiento de esperanza. Los símbolos de otras religiones son más optimistas: la estrella de seis puntas de David, la luna en cuarto creciente del Islam, una flor de loto del Budismo. ¿Pero una cruz para el Cristianismo? ¿Un instrumento de ejecución?

¿Te pondrías una pequeña silla eléctrica en el cuello? ¿Suspenderías una horca de oro plateado en la muralla? ¿Imprimirías una foto de un pelotón de fusilamiento en una tarjeta de negocios? Pero eso es lo que nosotros hacemos con la cruz. Muchos incluso hacen la señal de la cruz cuando oran. ¿Por qué no hacer la señal de la guillotina? En lugar de la señal triangular que la gente se hace en la frente y en el pecho, ¿por qué no un golpe de karate en la palma de la mano? ¿No vendría a ser lo mismo?

¿Por qué es la cruz el símbolo de nuestra fe? Para hallar la respuesta no hay que ir más allá de la misma cruz. Su diseño no podría ser más sencillo. Un madero horizontal y el otro vertical. Uno mirando hacia fuera, como el amor de Dios. El otro hacia arriba, como lo hace la santidad de Dios. Uno representa la anchura de su amor; el otro refleja la altura de su santidad. La cruz es la intersección. La cruz es donde Dios perdonó a sus hijos sin rebajar sus estándares.

¿Cómo pudo hacer tal cosa? En una frase: Dios puso nuestros pecados sobre su Hijo y los castigó allí.

«Dios puso lo malo sobre quien nunca hizo lo malo para que así nosotros pudiéramos aparecer como justos ante Dios» ( 2 Corintios 5.21 ).

O como se traduce en alguna parte: «¡Cristo nunca pecó! Pero Dios lo trató como a un pecador, para que así Cristo pudiera hacernos aceptables a Dios».

Visualiza el momento. Dios en su trono. Tú en la tierra. Y entre tú y Dios, suspendido entre tú y el cielo está Cristo sobre su cruz. Tus pecados han sido puestos sobre Jesús. Dios, que castiga el pecado, libera su justa ira sobre tus faltas. Jesús recibe el estallido. Como Cristo está entre tú y Dios, no estás tú. El pecado es castigado, pero tú estás a salvo, a salvo a la sombra de la cruz.

Esto es lo que hizo Dios, ¿pero por qué? ¿Por qué lo hizo? ¿Cuestión moral? ¿Obligación celestial? ¿Exigencia paternal? No. Dios no tiene que hacer nada.

Pero, pensemos en lo que hizo. Dio a su Hijo. Su único Hijo. ¿Harías tú tal cosa? ¿Ofrecerías la vida de tu hijo por la de alguna otra persona? Yo no. Hay algunos por los cuales yo daría mi vida. Pero pídeme que haga una lista de personas por las cuales mataría a mi hija, y el papel se quedaría en blanco. No necesitaría un bolígrafo. La lista no tendría nombres.

Pero la lista de Dios contiene los nombres de cada persona que ha vivido . Porque tal es el alcance de su amor. Y esta es la razón de ser de la cruz. Él ama al mundo.

«Porque de tal manera amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito» ( Juan 3.16 ).

Tan cierto como que el destello central proclama la santidad de Dios, el destello de la cruz proclama su amor. Y, oh, qué gran alcance tiene su amor.

¿No te alegra que los siguientes versículos no digan:

«Porque de tal manera amó Dios a los ricos…»?

O, «Porque de tal manera amó Dios a los famosos…»?

O, «Porque de tal manera amó Dios a los delgados…»?

Pero no dice así. Ni tampoco dice: «Porque de tal manera amó a los europeos o a los africanos…» «el sobrio o el triunfador…» «el joven o el viejo…»

No, cuando leemos Juan 3.16 , sencilla y felizmente leemos, «Porque de tal manera amó Dios al mundo».

¿Cuán ancho es el amor de Dios? Suficientemente ancho como para cubrir todo el mundo. ¿Estás tú incluido en el mundo? Si lo estás, entonces estás incluido en el amor de Dios.

Qué bueno es estar incluidos. Pero no siempre es así. Las universidades te excluyen si no eres lo suficientemente inteligente. El mundo de los negocios te excluye si no estás lo suficientemente calificado y, lamentablemente, algunas iglesias te excluyen si no eres lo suficientemente bueno.

Pero aunque estas instancias te puedan excluir, Cristo te incluye. Cuando se le pidió que describiera la anchura de su amor, Él extendió una mano a la derecha y la otra a la izquierda y se las clavaron estando en esa posición para que tú pudieras saber que Él murió amándote.

¿Pero no tiene esto un límite? Seguramente el amor de Dios tiene que tener un fin. ¿No te parece? Pero David el adúltero nunca lo encontró. Pablo el asesino nunca lo encontró. Pedro el mentiroso nunca lo encontró. En sus respectivas experiencias, ellos llegaron a tocar fondo. Pero en cuanto al amor de Dios, nunca ocurrió tal cosa.

Ellos, como tú, encontraron sus nombres en la lista de amor de Dios. Y sin duda puedes estar seguro que Aquel que los puso allí sabe cómo pronunciarlos.



13

YO PUEDO TRANSFORMAR
TU TRAGEDIA
EN VICTORIA

la promesa de dios en los lienzos del sepulcro



Tú, oh Señor, eres nuestro Padre; nosotros somos el barro, y tú eres nuestro alfarero, todos nosotros
somos obra de tus manos.

Isaías 64.8



Puedo hacer cualquiera cosa a través de él,
quien me da fuerza.

Filipenses 4.13



Me alegraré y me gozaré en tu amor, porque tú viste mi aflicción y conociste la angustia de mi alma.
No me has entregado a mi enemigo sino que has puesto
mis pies en un lugar espacioso.

Salmos 31.7-8



Y el Dios de toda gracia, que te llamó a su gloria eterna
en Cristo, después de haber sufrido por un poco de tiempo, te restaurará y te hará fuerte, firme y constante.

1 Pedro 5.10

Qué te parece si tenemos una charla sobre trajes fúnebres? ¿Te suena divertido? ¿Te parece un tema alegre? Difícil. Haz una lista de asuntos desagradables, y el del traje fúnebre se ubicará más o menos entre un auditoraje del Servicio de Rentas Internas y un trabajo dental de larga duración.

A nadie le gusta hablar de trajes fúnebres. Nadie trata este tema. ¿Has tratado alguna vez de amenizar la charla durante la cena con la pregunta: «¿Qué ropa te gustaría usar cuando estés en el ataúd?»? ¿Has visto alguna vez una tienda especializada en vestimentas fúnebres? (Si hubiere alguna, tengo una frase publicitaria para sugerirle: ¡Ropa como para morirse!)

La mayoría de nosotros no hablamos del tema.

El apóstol Juan, sin embargo, fue una excepción. Pregúntale, y te dirá cómo llegó a ver la vestimenta fúnebre como un símbolo de triunfo. Pero no siempre la vio de esa manera. Ellos acostumbraban ver un recordatorio tangible de la muerte de su mejor amigo, Jesús, como un símbolo de tragedia. Pero el primer domingo de resurrección Dios tomó la ropa de la muerte y la hizo un símbolo de vida.

¿Podría Él hacer lo mismo contigo?

Todos enfrentamos la tragedia. Es más, todos hemos recibido los símbolos de la tragedia. Los tuyos podrían ser un telegrama del departamento de la guerra, un brazalete de identificación del hospital, una cicatriz o una citación a los tribunales. No nos gustan estos símbolos, ni tampoco los queremos. Como restos de autos en un cementerio de vehículos, afligen nuestros corazones con recuerdos de días malos.

¿Podría Dios usar estas cosas para algo bueno? ¿Hasta dónde podemos ir con versículos como: «En todas las cosas Dios obra para el bien de los que le aman» ( Romanos 8.28 )? ¿Incluirá ese «todas las cosas» tumores y exámenes y adversidades y el fin? Juan podría responder, sí. Juan te podría decir que Dios puede tornar cualquiera tragedia en triunfo si esperas y velas.

Para probar este punto, él podría hablarte de un viernes en particular.

Después, José de Arimatea preguntó a Pilato si podría hacerse cargo del cuerpo de Jesús. (José era un seguidor secreto de Jesús debido a que tenía miedo de algunos de los líderes). Pilato se lo permitió, así es que José vino y se llevó el cuerpo de Jesús. Nicodemo, quien había ido a Jesús de noche, estaba con José. Llevó unos treinta y cuatro kilos de mirra y áloe. Estos dos hombres tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron con las especias y tela de lino, que es la forma en que entierran a los muertos ( Juan 19.38–40 )

Temerosos mientras Jesús estaba vivo pero valientes en su muerte, José y Nicodemo se dispusieron a servirle. Y lo sepultaron. Ascendieron al cerro llevando la ropa fúnebre.

Pilato los había autorizado.

José de Arimatea había donado una tumba.

Nicodemo había comprado las especias y la tela.

Juan dice que Nicodemo llevó unos treinta y cuatro kilos de mirra y áloe. No deja de llamar la atención la cantidad, pues tantas especias para ungir un cuerpo correspondía a lo que se hacía solo con los reyes. Juan comenta también sobre la tela porque para él era un cuadro de la tragedia del viernes. Aunque no había ropa fúnebre, aunque no había tumba, aunque no había médico forense, había esperanza. Pero la llegada de la carroza fúnebre marcó la pérdida de cualquiera esperanza. Y para estos apóstoles, la ropa fúnebre simbolizaba tragedia.

¿Podía haber para Juan mayor tragedia que un Jesús muerto? Tres años antes, Juan había dado las espaldas a su carrera y apostado todo al carpintero de Nazaret. Al principio de la semana, había disfrutado de un imponente desfile cuando Jesús y los discípulos entraron a Jerusalén. ¡Pero cuán rápido había cambiado todo! La gente que el domingo lo había llamado rey, el viernes pedía su muerte y la de sus seguidores. Estos lienzos eran un recordatorio tangible que su amigo y su futuro estaban envueltos en tela y sellados detrás de una roca.

Ese viernes, Juan no sabía lo que tú y yo sabemos ahora. Él no sabía que la tragedia del viernes sería el triunfo del domingo. Posteriormente, Juan habría de confesar que él «no había logrado entender de las Escrituras que Jesús debía resucitar de entre los muertos» ( Juan 20.9 ).

Por eso es que lo que hizo el sábado es tan importante.

No sabemos nada sobre ese día, no tenemos un versículo para leer ni conocimiento alguno para compartir. Todo lo que sabemos es esto: Cuando llegó el domingo, Juan todavía estaba presente. Cuando María Magdalena vino buscándole, lo encontró a él.

Jesús estaba muerto. El cuerpo del Maestro estaba sin vida. El amigo y el futuro de Juan estaban sepultados. Pero Juan no se había ido. ¿Por qué? ¿Estaba esperando la resurrección? No. Hasta donde sabía, aquellos labios se habían silenciado para siempre, y aquellas manos se habían quedado quietas para siempre. Juan no esperaba que el domingo hubiera una sorpresa. Entonces, ¿por qué estaba allí?

Seguramente pensaste que él se había ido. ¿Quién iba a decir que los hombres que crucificaron a Jesús no vendrían por él? La muchedumbre estaba feliz viendo la crucifixión; los líderes religiosos habrían querido más. ¿Por qué Juan no salió de la ciudad?

Quizás la respuesta sea pragmática; quizás estaba cuidando a la madre de Jesús. O quizás no tenía adónde ir. Es posible que no haya tenido ni dinero, ni ánimo ni un lugar… o todo eso junto.

O a lo mejor se quedó porque amaba a Jesús.

Para otros, Jesús era un hacedor de milagros. Para otros, Jesús era un maestro de la enseñanza. Para otros, Jesús fue la esperanza de Israel. Pero para Juan, él fue todo esto y más. Para Juan, Jesús era un amigo.

A los amigos no se los abandona, ni siquiera cuando hayan muerto. Por eso Juan permaneció cerca de Jesús.

Él acostumbraba estar cerca de Jesús. Estuvo cerca de él en el aposento alto. En el Jardín de Getsemaní. A los pies de la cruz en la crucifixión y en el entierro se mantuvo cerca de la tumba.

¿Entendió él a Jesús? No.

¿Le agradó lo que Jesús hizo? No.

¿Pero abandonó a Jesús? No.

¿Y tú? ¿Qué haces tú cuando estás en la posición de Juan? ¿Cómo reaccionas cuando en tu vida es sábado? ¿Qué haces cuando estás en algún punto entre la tragedia de ayer y la victoria de mañana? ¿Te apartas de Dios, o te quedas cerca de Él?

Juan decidió quedarse. Y porque se quedó el sábado, estaba allí el domingo para ver el milagro.

María dijo: «Han sacado al Señor de la tumba y no sabemos dónde lo han puesto».

Entonces Pedro y el otro seguidor salieron hacia la tumba. Ambos iban corriendo, pero el otro seguidor corría más rápido que Pedro por lo cual llegó a la tumba primero. Se inclinó y miró adentro y vio los lienzos solos, pero no entró. En seguida llegó Simón Pedro y entró en la tumba y vio los lienzos. También vio el sudario que habían puesto en la cabeza de Jesús, el cual estaba doblado y se encontraba en un lugar diferente a aquel donde estaban los lienzos. Entonces el otro seguidor, el que había llegado a la tumba primero, también entró. Y vio y creyó ( Juan 20.2–8 ).

Muy temprano el domingo por la mañana, Pedro y Juan recibieron la noticia: «¡El cuerpo de Jesús ha desaparecido!» Había apremio en el anuncio de María y en su opinión. Creía que los enemigos de Jesús se habían llevado el cuerpo. De inmediato, los dos discípulos corrieron al sepulcro, adelantándose Juan a Pedro, por lo cual llegó primero. Lo que vio fue tan impresionante que se quedó como petrificado a la entrada de la tumba.

¿Qué vio? «Los lienzos». Vio «el sudario que habían puesto alrededor de la cabeza de Jesús… doblado y dejado cuidadosamente en un lugar aparte de donde estaban los lienzos». Vio «los lienzos».

El original griego ofrece una interesante ayuda en cuanto a esto. Juan emplea un término que quiere decir «enrollados» 1 , «doblados». Los lienzos que envolvieron el cuerpo no habían sido desenrollados ni desechados. ¡Estaban intactos! Nadie los había tocado. Seguían allí, enrollados y doblados.

¿Cómo pudo ocurrir esto?

Si sus amigos habían sacado el cuerpo de allí, ¿no se habrían llevado también la tela que lo envolvía?

¿Y si hubiesen sido los enemigos, no habrían hecho lo mismo?

Si no, si por alguna razón amigos o enemigos hubieran desenvuelto el cuerpo, ¿habrían sido tan meticulosos como para dejar la tela desechada en forma tan ordenada? Por supuesto que no.

Pero si ni amigos ni enemigos se llevaron el cuerpo, ¿quién lo hizo? Esta era la pregunta de Juan y esta pregunta le llevó a hacer un descubrimiento. «Vio y creyó» ( Juan 20.8 ).

A través de las telas de muerte, Juan vio el poder de la vida. ¿Sería posible que Dios usara algo tan triste como es el entierro de alguien para cambiar una vida?

Pero Dios acostumbra hacer cosas así:

En sus manos, jarrones de vino vacíos en una boda llegaron a ser símbolos de poder.

La moneda de una viuda llegó a ser símbolo de generosidad.

Un rústico establo de Belén es su símbolo de devoción.

Y un instrumento de muerte es un símbolo de su amor.

¿Debería sorprendernos que Dios haya tomado las envolturas de muerte para hacer de ellas el cuadro de vida?

Lo que nos lleva de nuevo a la pregunta. ¿Haría Dios algo similar en tu vida? ¿Podría él tomar lo que hoy es una tragedia y transformarlo en un símbolo de victoria?

Él lo hizo por mi amigo Rafael Rosales. Rafael es un pastor en El Salvador. Las guerrillas salvadoreñas vieron en él a un enemigo de su movimiento y trataron de matarlo. Abandonado para que muriera dentro de un vehículo en llamas, Rafael logró salir del automóvil… y del país. Pero no pudo escapar a los recuerdos. Las cicatrices no lo abandonarían.

Cada mirada en el espejo le recordaba de la crueldad de sus torturadores. Quizás nunca habría podido recuperarse si el Señor no le hubiera hablado a su corazón. «Me hicieron lo mismo a mí», oyó que le decía su Salvador. Y a medida que Dios fue ministrándolo, empezó a ver sus cicatrices en una forma diferente. En lugar de traerles a la memoria su dolor, se transformaron en un cuadro del sacrificio de su Salvador. Con el tiempo, pudo perdonar a sus atacantes. Durante la semana en que escribo esto, se encuentra visitando su país, buscando un lugar donde comenzar una iglesia.

¿Podría tal cambio ocurrirte a ti? Sin duda que sí. Solamente necesitas hacer lo que Juan hizo. No irte. Permanecer allí.

Recuerda la segunda parte del pasaje. «Dios obra para bien de aquellos que lo aman » ( Romanos 8.28 ).

Así se sintió Juan respecto de Jesús. Lo amaba. No lo entendía o no siempre estuvo de acuerdo con Él, pero lo amaba.

Y porque lo amaba, permaneció cerca.

La Biblia dice que «en todo Dios obra para el bien de los que le aman». Antes de concluir este capítulo, haz este ejercicio sencillo. Quita la palabra todo y reemplázala con el símbolo de tu tragedia. Para el apóstol Juan el versículo diría: «En ropa de sepultura Dios obra para el bien de los que le aman». Para Rafael, podría ser: «En mis cicatrices Dios obra para el bien de los que le aman».

¿Cómo diría Romanos 8.28 en tu vida?



En el hospital Dios obra para el bien de los que le aman.

En el proceso de divorcio Dios obra para el bien de los que le aman.

En la cárcel Dios obra para el bien de los que le aman.

Si Dios puede cambiar la vida de Juan a través de una tragedia, ¿podría usar una tragedia para cambiar la tuya?

Con todo lo difícil que puede ser creer, tú podrías estar a solo un sábado de una resurrección. Solo a horas de esa preciosa oración de un corazón cambiado: «Dios, ¿hiciste esto por mí?»

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