Editorial Caribe una división de Thomas Nelson, Inc



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«YO HE ALCANZADO
LA VICTORIA»

la promesa de dios en la tumba vacía



Con la cruz, [Dios] alcanzó la victoria.

Colosenses 2.15



En la mañana de resurrección… el sofocante silencio
que aislaba el dominio de la muerte del mundo de los vivos fue, de repente, hecho añicos.

Gilbert Bilezikian



Pero ahora, en un solo golpe victorioso de la Vida, pecado, culpa, muerte, se han ido, el regalo de nuestro Maestro, Cristo Jesús. ¡Gracias, Dios!

1 Corintios 15.57



Pero gracias sean dadas a Dios, quien siempre nos guía
en victoria a través de Cristo.

2 Corintios 2.14



SU NACIMIENTO

Lo que dijo el rey Herodes cuando le anunciaron el nacimiento de Jesús.

«Mátenlo. En este rincón del mundo hay espacio solo para un rey».



El número de líderes religiosos que creyeron que en Belén había nacido un mesías . Cero.

La clase de personas que creyeron . Algunos pastores distraídos que cuidaban a sus ovejas por la noche, y una pareja de recién casados que decían tener más experiencia en traer al mundo a un niño que en tener realciones sexuales.

La recompensa que recibieron José y María por traer a Dios al mundo . Dos años en el exilio aprendiendo egipcio.

Este fue el comienzo del movimiento cristiano . (Y esos fueron los años tranquilos.)

SU MINISTERIO

Lo que se decía de Jesús en las calles de la ciudad cuando él afirmaba haber sido enviado por Dios . Familia de tarados. ¿Han visto a su primo?

La reacción de la gente de su ciudad . Apedréenlo.

La opinión de sus hermanos . Métanlo preso.

El número de discípulos que Jesús reclutó . Setenta.

El número de discípulos que lo defendieron de las autoridades . Cero.

La valoración de los seguidores de Jesús tal como apareció en la página editorial del periódico de Jerusalén. Un grupo de desocupados reclutados en los muelles y en las zonas rojas.

El número de leprosos y ciegos y cojos sanados por Jesús. Demasiados para contarlos.

El número de leprosos y ciegos y cojos sanados por Jesús que lo defendieron el día de su muerte . Cero.

SU EJECUCIÓN

La opinión popular en cuanto a Jesús antes que hiciera la limpieza del Templo . Seguro que se postulará al cargo.

La opinión popular sobre Jesús después de haber limpiado el Templo . Vamos a ver cuánto tarda en salir corriendo.

La decisión del concilio judío . Tres clavos y una lanza.

Lo que se decía en las calles de Jerusalén después de la muerte de Jesús . Debió de haberse quedado en el negocio de los muebles.

El número de veces que Jesús profetizó que volvería a la vida después del tercer día de haber muerto . Tres.

El número de apóstoles que oyeron la profecía . Todos.

El número de apóstoles que esperaron ante la tumba para ver si cumplía lo que había dicho . Cero.

El número de sus seguidores que creyeron en la resurrección antes que ocurriera . Saca tú mismo la cuenta.

Las apuestas que a lo mejor se hicieron en las esquinas al día siguiente de la crucifixión sobre la posibilidad que el nombre de Jesús llegara a ser conocido en el año 2000 . «Mejor te voy a dar las probabilidades de que resucitará de entre los muertos».

SU MOVIMIENTO

La reacción oficial de los líderes judíos a los rumores de la resurrección . Por supuesto que dicen que está vivo. ¡Qué otra cosa iban a decir!

La verdadera respuesta de los líderes judíos a la resurrección de Jesús. «Un gran número de los sacerdotes judíos creyeron y obedecieron» ( Hechos 6.7 ).

La decisión de los líderes judíos sobre la iglesia . «Si su plan viene de autoridad humana, fracasará. Pero si es de Dios, ustedes no podrán detenerlo» ( Hechos 5.38–39 ).

La reacción de la iglesia . «El número de los seguidores crecía» ( Hechos 6.1 ).

La reacción oficial de los líderes judíos a la conversión de Saulo . ¡Que mal rayo te parta, fariseo traidor! No pasarán meses antes que vayas a parar a la cárcel, y entonces ¿qué harás? ¿Dedicarte a escribir cartas?

¿Qué entendió Saulo, llamado después Pablo, que sus excolegas no entendieron? «Dios dio [a Jesús] como el medio de recibir el perdón de los pecados» ( Romanos 3.25 ).

EL MOVIMIENTO CONTINÚA

La creencia del filósofo francés Voltaire . La Biblia y el cristianismo habrán pasado dentro de cien años. Él murió en 1778: El movimiento continúa.

Lo que afirmó Friedrich Nietzsche en 1882: «Dios ha muerto». El amanecer de la ciencia, creía él, sería el fin de la fe. La ciencia ha amanecido; el movimiento continúa.

La forma en que el diccionario comunista define a la Biblia . «Es una colección de leyendas fantásticas sin ningún respaldo científico». El comunismo se está extinguiendo; el movimiento continúa.

El descubrimiento hecho por cada persona que ha tratado de sepultar la fe. El mismo que hicieron los que trataron de sepultar a su Fundador: Él no permaneció en la tumba.

Los hechos . El movimiento nunca ha estado más fuerte. Más de mil millones de católicos y poco menos de protestantes.

La pregunta . ¿Cómo se explica esto? Jesús fue un hombre rústico. Nunca escribió un libro y nunca tuvo una oficina. Nunca se alejó más de trescientos kilómetros de su ciudad. Sus amigos lo abandonaron. Uno lo traicionó. Aquellos a quienes Él ayudó lo olvidaron. Antes de su muerte ya lo habían abandonado. Pero después de su muerte no pudieron resistirlo. ¿Qué hizo la diferencia?

La respuesta . Su muerte y resurrección.

Porque cuando Él murió, murió tu pecado.

Y cuando Él resucitó, resucitó tu esperanza.

Porque cuando Él resucitó, su tumba cambió de residencia permanente en vivienda temporal.



La razón por qué lo hizo. El rostro en tu espejo.

El veredicto después de dos milenios . Herodes tenía razón: hay espacio para solo un Rey.

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¿QUÉ DEJARÁS TÚ
EN LA CRUZ?


Confía en el Señor con todo tu corazón y no te fíes
de tu propio entendimiento: reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus calzadas.

Proverbios 3.5-6



Echa toda tu ansiedad sobre él porque él tiene cuidado de ti.

1 Pedro 5.7



Nadie puede percibir bien el poder de la fe a menos
que la sienta por experimentarla en su corazón.

Juan Calvino



Tú, en tu conciencia, debes sentir a Cristo. Debes vivir, inequívocamente, la Palabra de Dios, aun cuando el mundo entero la rechace. Si no experimentas esto, no has llegado
a saber aún qué es la Palabra de Dios.

Martín Lutero

Ahora, el cerro se ha aquietado. No en calma, pero aquietado. Por primera vez en todo el día no se escucha un ruido. Los gritos empezaron a ceder cuando la oscuridad, esa sorprendente oscuridad del mediodía, cayó sobre la tierra. Como el agua que apaga el fuego, las sombras apagaron la irrisión. No más burlas. No más bromas. No más bufonadas. Y, poco a poco, no más mofas. Uno a uno los espectadores empezaron a descender.

Es decir, todos los espectadores menos tú y yo. Nosotros no nos fuimos. Vinimos a aprender. Por eso permanecimos en la semioscuridad y escuchamos. Oímos a los soldados maldiciendo, a los que pasaban haciendo preguntas y a las mujeres llorando. Pero más que nada, oímos al trío de moribundos quejándose. Quejidos broncos, guturales, pidiendo agua. Se quejaban con cada movimiento de cabeza o con cada cambio de posición de las piernas.

Pero a medida que los minutos se fueron convirtiendo en horas, los quejidos fueron disminuyendo. Parecía que los tres habían muerto. De no ser por su respirar entrecortado, cualquiera hubiera pensado que en efecto ya no vivían.

Y entonces, Él gritó. Como si alguien lo hubiera halado del pelo, la parte posterior de su cabeza dio contra el letrero que tenía escrito su nombre, y gritó. Como un cuchillo corta la cortina, su grito cortó la oscuridad.

Estirado tanto como se lo permitían los clavos, gritó como cuando alguien llama a sus amigos que se han ido: «¡Eloi!»

Su voz sonaba áspera, chirriante. La llama de una antorcha danzaba en sus ojos que permanecían abiertos. «¡Dios mío!»

Haciendo caso omiso de la corriente de dolor que cual volcán en erupción surgía de él, se estiró hacia arriba hasta que sus hombros estuvieron a mayor altura que sus manos clavadas. «¿Por qué me has abandonado?»

Los soldados miraron con asombro. Las mujeres dejaron de lamentarse. Uno de los fariseos dijo, sarcásticamente: «¡Está llamando a Elías!»

Nadie se rió.

Había hecho una pregunta a los cielos, y era de esperar que el cielo le diera una respuesta.

Y aparentemente se la dio. Porque la expresión de Jesús se suavizó. Y la tarde cayó mientras él decía las que habrían de ser sus últimas palabras: «Todo ha terminado. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu».

Y al exhalar su suspiro final, la tierra se sacudió violentamente. Una roca se desprendió y empezó a rodar mientras un soldado tropezaba. Luego, tan repentinamente como el silencio fue roto, se restableció.

Y ahora todo está quieto. Las burlas han cesado. Nadie se mofa.

Los soldados están atareados limpiando los vestigios de muerte. Han venido dos hombres. Bien vestidos y de modales finos, se les entrega el cuerpo de Jesús.

Y nosotros nos quedamos con los residuos de su muerte.

Tres clavos en un arca.

Tres cruces que se perfilan contra las sombras.

Una corona entretejida con manchas rojas.

Grotesco, ¿no? ¿Que esta sangre no sea sangre de hombre sino de Dios?

Ridículo, ¿verdad? ¿Que con esos clavos hayan colgado tus pecados en una cruz?

Absurdo, ¿no te parece? ¿Que la oración de un canalla haya obtenido respuesta? ¿O más absurdo que otro delincuente no haya querido orar?

Chifladuras e ironías. El cerro del Calvario es, precisamente, esas dos cosas.

Debimos de haber descrito el momento en una forma diferente. ¡Pregúntanos cómo debió Dios de haber redimido el mundo y te lo diremos! Caballos blancos, espadas llameantes. El maligno aplastado. Dios sobre su trono.

¿Pero Dios sobre una cruz?

¿Un Dios sobre una cruz con la boca abierta, los ojos inflamados y sangrando?

¿Una esponja arrojada a su rostro?

¿Una espada clavada en su costado?

¿Dados lanzados a sus pies?

No. No habríamos podido escribir el drama de la redención de esta manera. Pero, de nuevo, nadie nos pidió hacerlo. Estos actores, principales y secundarios, fueron reclutados en el cielo y ordenados por Dios. No se nos pidió a nosotros fijar la hora.

Pero sí se nos ha pedido que reaccionemos a ella. Para que la cruz de Cristo sea la cruz de tu vida, tú y yo necesitamos llevar algo al cerro.

Hemos visto lo que Jesús trajo. Con manos heridas ofreció perdón. A través de su piel horadada prometió aceptación. Dio los pasos para llevarnos de vuelta a casa. Vistió nuestra propia ropa para darnos la suya. Hemos visto los regalos que trajo.

Cabe preguntarnos ahora: ¿Qué llevaremos nosotros?

No se nos pidió que pintáramos el letrero ni que lleváramos los clavos. No se nos pidió que lo escupiéramos ni que compartiéramos la corona. Pero se nos ha pedido que hagamos el camino y dejemos algo en la cruz.

Por supuesto, no tenemos que hacerlo. Muchos no lo hacen.

Muchos han hecho lo que nosotros hemos hecho. Más decididos que nosotros han leído acerca de la cruz; mejor dispuestos que yo, han escrito acerca de la cruz. Muchos se han preguntado qué dejó Jesús; pocos se han preguntado qué debemos dejar nosotros.

¿Quieres que te sugiera algo que podrías dejar en la cruz? Puedes observar la cruz y analizarla. Puedes leer sobre ella e incluso orar por ella. Pero mientras no dejes algo allí, no habrás abrazado la cruz.

Has visto lo que Jesús dejó. ¿No querrías tú dejar algo también? ¿Por qué no comienzas con tus malos momentos ?

¿Aquellos malos hábitos? Déjalos en la cruz. ¿Tus egoísmos y las mentiritas blancas? Entrégaselos a Dios. ¿Tus parrandas y tus intolerancias? Dios quiere que se lo des todo. Cada caída, cada fracaso. Él quiere cada una de estas cosas. ¿Por qué? Porque sabe que nosotros no podemos vivir con eso.

Crecí jugando fútbol en el terreno vacío junto a nuestra casa. Muchas tardes de domingo las pasé tratando de imitar a Don Meredith o a Bob Hayes o a Johnny Unitas. (No tenía que imitar a Joe Namath. La mayoría de las muchachas decía que yo ya me parecía a él.)

Los campos en el Oeste de Texas están llenos de un pasto que tiene unas espinas en forma de estrellas pero que son muy dolorosas cuando se adhieren a la piel. Y como el fútbol no se puede jugar sin caerse, imagínense cómo me iría a mí.

Más veces de las que puedo recordar caí sobre ese pasto y se me pegaron tantas espinas que obligadamente tenía que salir en busca de ayuda. Los niños no esperan que otros niños los ayuden a levantarse cuando caen sobre ese pasto tan peligroso. Se necesita a alguien con habilidad para hacerlo. Me iba rengueando para la casa donde mi papá me sacaba las espinas, pacientemente, una por una.

Yo no era muy brillante, pero esto sí lo sabía: Si quería volver al juego, tenía que conseguir que alguien me quitara las espinas.

Cada falta en la vida es como una de aquellas espinas. No se puede vivir sin caer, y no hay caída sin daño. ¿Pero, sabes una cosa? No siempre somos tan sabios como los jóvenes jugadores de fútbol. A veces tratamos de volver al juego sin quitarnos las espinas. Esto ocurre, por ejemplo, cuando no queremos que nadie sepa que nos caímos y actuamos como si no tuviéramos ninguna molestia. Como consecuencia, vivimos con dolor. No podemos caminar bien, dormir ni descansar bien. Y nos ponemos insoportables.

¿Querrá Dios que vivamos de esa manera? De ningún modo. Esta es su promesa: «Este es mi compromiso con mi pueblo: quitar sus pecados» ( Romanos 11.27 ).

Dios hace más que perdonar nuestras faltas; ¡Él las quita! Lo que nosotros sencillamente tenemos que hacer es llevárselas a Él.

Él no solo quiere las faltas que hemos cometido. ¡También las que estamos cometiendo! ¿Estás cometiendo una en este momento? ¿Estás bebiendo demasiado? ¿Estás engañando en tu trabajo? ¿En tu matrimonio? ¿Estás administrando mal tu dinero? ¿Tu vida?

Si es así, no trates de aparentar que todo está bien. No intentes hacer creer que no has caído. No trates de volver al juego. Acude primero a Dios. El primer paso después de una caída debe darse en dirección de la cruz. «Si confesamos nuestros pecados a Dios, siempre podremos confiar que nos perdonará y quitará nuestros pecados» ( 1 Juan 1.9 ).

¿Qué puedes dejar en la cruz? Comienza con tus malos momentos. Y mientras estás allí, entrega a Dios tus momentos de enojo .

¿Recuerdas la historia de aquel hombre a quien mordió un perro? Cuando supo que el perro tenía rabia, empezó a hacer una lista. El doctor le dijo que no era necesario que hiciera su testamento, que iba a mejorar de la rabia. «No, no», le dijo el hombre, «no estoy preparando mi testamento. ¡Estoy haciendo una lista de todas las personas a las que voy a salir a morder!»

¿No hacemos todos nosotros una lista? Ya tú has aprendido que los amigos no siempre son todo lo amigables que esperamos que sean. Los vecinos no siempre son amistosos. Algunos trabajadores nunca trabajan y algunos jefes están siempre arriba de uno.

Ya te has dado cuenta que una promesa que se hace no siempre es una promesa que se cumple, ¿verdad? No porque alguien se llame tu papá, significa que actuará como tal. Aun cuando tus padres digan «sí» en el altar, es posible que en el matrimonio digan «no».

¿Te habías dado cuenta que tenemos la tendencia a pelearnos con la gente que no nos agrada? ¿Morderlos? Mantenemos una lista y estamos con los dientes apretados y listos para gruñir.

Dios quiere que le entregues esa lista. Él inspiró a uno de sus siervos para que escribiera: «El amor no lleva un registro de los errores» ( 1 Corintios 13.5 ). Él quiere que dejemos nuestra lista en la cruz.

No es fácil.

«¡Pero fíjate en lo que me hicieron!», protestamos mostrando nuestras heridas.

«¡Fíjate lo que yo hice por ti!» nos recuerda, y señala a la cruz.

Pablo dijo: «Si alguien hace algo malo contra ti, perdónale porque el Señor te perdonó a ti» ( Colosenses 3.13 ).

A ti y a mí se nos ha ordenado -no sugerido, ordenado - no guardar registro de las faltas.

Además ¿quieres de veras mantener una lista? ¿Realmente quieres llevar un registro de todas las veces en que te han tratado mal? ¿Quieres ir quejándote y gimoteando por la vida? A Dios no le agrada la idea. Libérate de tus pecados antes que te infecten y te domine la amargura y entrega a Dios tu ansiedad antes que sea tarde. Entrégale a Dios tus momentos de ansiedad .

Un hombre le contó a su sicólogo que sus ansiedades le estaban quitando el sueño. Algunas noches soñaba que era una tienda de acampar; otras, que era una tienda de las que usan los indios. Rápidamente, el doctor analizó la situación y le dijo: «Ya sé cuál es su problema. Usted está demasiado tenso».

La mayoría de nosotros lo estamos. Como padres quizás hemos sido demasiado rígidos. Mis hijas están en la edad en que los jovencitos empiezan a conducir automóvil. Parece que fue ayer que les estaba ayudando a aprender a caminar y ahora ya están detrás del volante de un automóvil. Es sorprendente. Estoy pensando seriamente en mandar a hacer una calcomanía especial para el auto de Jenna que diga: «¿Cómo manejo? Llame al 1–800-mi-papá».

¿Qué hacer con estas preocupaciones? Literalmente: Dejarlas en la cruz. La próxima vez que estés preocupado por tu salud, o la casa, o las finanzas o los viajes, emprende un viaje mental al cerro. Pasa allí unos momentos mirando de nuevo las cosas relacionadas con la pasión.

Pasa tu dedo por el filo de la lanza. Balancea un clavo en la palma de tu mano. Lee el letrero escrito en tu propio idioma. Y mientras haces esto, toca el suelo sucio, manchado con la sangre de Dios.

Sangre que derramó por ti.

La lanza que le clavaron por ti.

Los clavos cuyo dolor sintió por ti.

El letrero que dejó allí por ti.

Todo esto lo hizo por ti. Sabiendo esto, sabiendo todo lo que hizo por ti allí, ¿todavía piensas que no tendrá cuidado de ti aquí y ahora?

O, como escribió Pablo: «Dios no quiso retener a su propio Hijo, sino que lo dio por nosotros. Si Dios hizo esto, ¿cómo no nos va a dar generosamente todas las cosas?» ( Romanos 8.32 ).

Hazte un favor: deja tus momentos de ansiedad en la cruz. Déjalos allí junto con tus momentos malos, tus momentos de ira y tus momentos de ansiedad. ¿Podría sugerirte una cosa más? También tu momento final.

Salvo que Cristo regrese antes, tú y yo tendremos un momento final. Un último suspiro. Un momento en que nuestros ojos se cerrarán y nuestro corazón dejará de latir. En una fracción de segundo dejarás lo que conoces y entrarás en lo que no conoces.

Esto es lo que nos molesta. La muerte es la gran desconocida. A pesar de eso, siempre estamos haciendo bromas con lo desconocido.

Sara lo hizo. Denalyn y yo creímos que era una gran idea. Secuestraríamos a nuestras hijas de la escuela y las llevaríamos en un paseo de fin de semana. Hicimos reservaciones en un hotel y arreglamos los detalles pertinentes con los profesores, pero sin que las niñas supieran nada. Cuando el viernes por la tarde nos presentamos ante Sara en la sala del cuarto grado, pensamos que saltaría de alegría. Pero no lo hizo. Se mostraba temerosa. ¡No quería abandonar la sala de clases!

Cuando nos fuimos, le aseguramos que no ocurriría nada malo. Habíamos venido para llevarla a un lugar muy divertido. No funcionó. Cuando subimos al auto, se puso a llorar. Estaba confundida. No le agradaba la interrupción.

A nosotros tampoco. Dios promete venir en un momento en que no lo esperamos para llevarnos de este mundo gris que conocemos a un mundo dorado que no conocemos. Y como no lo conocemos, no estamos seguros de querer irnos. Incluso nos sentimos mal cuando pensamos en su venida.

Por esta razón, Dios quiere que hagamos lo que Sara finalmente hizo: confiar en el padre. «No se turbe tu corazón ni tenga miedo», nos dice. «Vendré otra vez y os tomaré para que estén conmigo y así puedan estar donde yo estoy» ( Juan 14.1 , 3 ).

Entre paréntesis, en poco tiempo Sara se tranquilizó y disfrutó el viaje. Tan a gusto estaba que no quería regresar a casa. Tampoco tú querrás volver acá.

¿Problemas respecto de los momentos finales? Déjalos a los pies de la cruz.

Déjalos allí con tus momentos malos, tus momentos de ira y tus momentos de ansiedad.

Acerca de este tiempo, alguien podría decirme: «Mira, Max, si dejo todos esos momentos en la cruz, me voy a quedar solo con los momentos buenos».

Bueno, ¿qué te parece? Tienes toda la razón.

PALABRAS FINALES

No había nada de extraordinario en esa carta. Ni letras en relieve, ni filigrana, ni papel especial, ni logo. Solo una hoja de papel color amarillo y tamaño legal, con la parte superior dentada después de haberla sacado del cuaderno.

Nada extraordinario en la escritura manuscrita. Así había sido siempre. Cuando niño, trataba de imitarla. Pero tú no querrías imitar esta caligrafía; te costaría mucho descifrarla. Líneas en ángulo. Letra irregular y espaciado inconstante.

Pero era lo mejor que mi padre podía hacer. El mal de Lou Gehrig había debilitado sus manos al punto que le costaba un mundo llevarse el tenedor a la boca, mucho menos escribir palabras en una página. Imagínalo escribiendo con el lápiz tomado con todos los dedos de la mano y estarás cerca de entendeer lo que te estoy diciendo.

Fue la última carta que nos escribió. El alzheimer y el tiempo frío estuvieron a punto de matarlo. Denalyn y yo corrimos a casa desde Brasil y pasamos un mes comiendo comida de hospital y turnándonos junto a su lecho. Se recuperó y volvimos a Sudamérica. Un día o algo así después de haber llegado, recibimos esta carta.

Enero 19, 1984

Queridos Max y Denalyn,


Nos alegramos que hayan regresado sin novedad. Ahora normalícense para retomar el trabajo. Disfrutamos de su visita hasta más no poder. Incluso las noches que pasaron conmigo.


MAX, PASE LO QUE PASE, MANTÉNGANSE SIEMPRE UNIDOS, TÚ Y DENALYN.

Bueno, no necesito seguir garabateando. Sé que saben cuánto los amo. Vivan todos ustedes buenas vidas cristianas en el TEMOR DE DIOS.

Espero volver a verlos aquí en la tierra; si no, será en el cielo.

Un montón de amor,
Papá

Me imagino a papá escribiendo esta carta. Apoyado en una cama de hospital, lápiz en mano, el cuaderno sobre las rodillas. Pensando que quizás este sería su mensaje final. ¿Habrá escogido las palabras con cuidado? Claro que sí.

¿Te puedes imaginar a ti haciendo lo mismo? ¿Puedes imaginarte tu mensaje final a tus seres amados? ¿Tus últimas palabras a un hijo o a tu esposa?

¿Qué les dirías? ¿Cómo lo dirías?

Aun si no pudieras contestar la primera pregunta, quizás puedas contestar la segunda. ¿Cómo dirías tus últimas palabras? ¿Con calma? ¿Cuidadosamente? ¿Por qué no como Monet, buscando no el color exacto sino la sombra perfecta, el matiz apropiado? La mayoría de nosotros solo tenemos una oportunidad para decir nuestras palabras finales.

Fue todo lo que tuvo Jesús. Sabiendo que sus obras finales serían ponderadas para siempre ¿no crees que él las enfrentó con todo cuidado? ¿Con toda calma? Sin duda que sí. Aquel día no hubo accidentes. Los momentos finales de Jesús no fueron dejados al azar. Dios escogió la ruta; Él seleccionó los clavos. Nuestro Señor plantó el trío de cruces y pintó el letrero. Nunca Dios fue más soberano que en los detalles de la muerte de su Hijo. Con la tranquilidad que mi padre escribió la carta, así tu Padre te dejó este mensaje:

«Lo hice por ti. Todo lo hice por ti».

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