Editorial losada, S. A buenos aires



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PERSUASIÓN DE LOS DÍAS

VUELO SIN ORILLAS


Abandoné las sombras,

las espesas paredes,

los ruidos familiares,

la amistad de los libros,

el tabaco, las plumas,

los secos cielorrasos;

para salir volando,

desesperadamente.


Abajo: en la penumbra,

las amargas cornisas,

las calles desoladas,

los faroles sonámbulos,

las muertas chimeneas,

los rumores cansados;

pero seguí volando,

desesperadamente.


Ya todo era silencio,

simuladas catástrofes,

grandes charcos de sombra,

aguaceros, relámpagos,

vagabundos islotes

de inestables riberas;

pero seguí volando,

desesperadamente.


Un resplandor desnudo,

una luz calcinante

se interpuso en mi ruta,

me fascinó de muerte,

pero logré evadirme

de su letal influjo,

para seguir volando,

desesperadamente.


Todavía el destino

de mundos fenecidos,

desorientó mi vuelo

—de sideral constancia—

con sus vanas parábolas

y sus aureolas falsas;

pero seguí volando,

desesperadamente.


Me oprimía lo fluido,

la limpidez maciza,

el vacío escarchado,

la inaudible distancia,

la oquedad insonora,

el reposo asfixiante;

pero seguía volando,

desesperadamente.


Ya no existía nada,

la nada estaba ausente;

ni oscuridad, ni lumbre,

—ni unas manos celestes—

ni vida, ni destino,

ni misterio, ni muerte;

pero seguía volando,

desesperadamente.




EJECUTORIA DEL MIASMA


Este clima de asfixia que impregna los pulmones

de una anhelante angustia de pez recién pescado.

Este hedor adhesivo y errabundo,

que intoxica la vida

y nos hunde en viscosas pesadillas de lodo.

Este miasma corrupto,

que insufla en nuestros poros

apetencias de pulpo,

deseos de vinchuca,

no surge,

ni ha surgido

de estos conglomerados de sucia hemoglobina,

cal viva,

soda cáustica,

hidrógeno,

pis úrico,

que infectan los colchones,

los techos,

las veredas,

con sus almas cariadas,

con sus gestos leprosos.
Este olor homicida,

rastrero,

ineludible,

brota de otras raíces,

arranca de otras fuentes.
A través de años muertos,

de atardeceres rancios,

de sepulcros gaseosos,

de cauces subterráneos,

se ha ido aglutinando con los jugos pestíferos,

los detritus hediondos,

las corrosivas vísceras,

las esquirlas podridas que dejaron el crimen,

la idiotez purulenta,

la iniquidad sin sexo,

el gangrenoso engaño;

hasta surgir al aire,

expandirse en el viento

y tornarse corpóreo;

para abrir las ventanas,

penetrar en los cuartos,

tomarnos del cogote,

empujarnos al asco,

mientras grita su inquina,

su aversión,

su desprecio,

por todo lo que allana la acritud de las horas,

por todo lo que alivia la angustia de los días.

¡AZOTADME!


Aquí estoy,

¡Azotadme!

Merezco que me azoten.
No lamí la rompiente,

la sombra de las vacas,

las espinas,

la lluvia;

con fervor,

durante años;

descalzo,

estremecido,

absorto,

iluminado.


No me postré ante el barro,

ante el misterio intacto

del polen,

de la calma,

del gusano,

del pasto;

por timidez,

por miedo,

por pudor,

por cansancio.


No adoré los pesebres,

las ventanas heridas,

los ojos de los burros,

los manzanos,

el alba;

sin restricción,

de hinojos,

entregado,

desnudo,

con los poros erectos,

con los brazos al viento,

delirante,

sombrío;

en comunión de espanto,

de humildad,

de ignorancia,

como hubiera deseado...
¡como hubiera deseado!

APARICIÓN URBANA


¿Surgió de bajo tierra?

¿Se desprendió del cielo?

Estaba entre los ruidos,

herido,


malherido,

inmóvil,


en silencio,

hincado ante la tarde,

ante lo inevitable,

las venas adheridas

al espanto,

al asfalto,

con sus crenchas caídas,

con sus ojos de santo,

todo, todo desnudo,

casi azul, de tan blanco.


Hablaban de un caballo.

Yo creo que era un ángel.



ARENA


Arena,

y más arena,

y nada más que arena.
De arena el horizonte.

El destino de arena.

De arena los caminos.

El cansancio de arena.

De arena las palabras.

El silencio de arena.


Arena de los ojos con pupilas de arena.

Arena de las bocas con los labios de arena.

Arena de la sangre de las venas de arena.
Arena de la muerte...

De la muerte de arena.


¡Nada más que de arena!

TESTIMONIAL


Allí están,

allí estaban

las trashumantes nubes,

la fácil desnudez del arroyo,

la voz de la madera,

los trigales ardientes,

la amistad apacible de las piedras.
Allí la sal,

los juncos que se bañan,

el melodioso sueño de los sauces,

el trino de los astros,

de los grillos,

la luna recostada sobre el césped,

el horizonte azul,

¡el horizonte!

con sus briosos tordillos por el aire.
¡Pero no!

Nos sedujo lo infecto,

la opinión clamorosa de las cloacas,

los vibrantes eructos de onda corta,

el pasional engrudo

las circuncisas lenguas de cemento,

los poetas de moco enternecido,

los vocablos,

las sombras sin remedio.
Y aquí estamos:

exangües,

más pálidos que nunca;

como tibios pescados corrompidos

por tanto mercader y ruido muerto:

como mustias acelgas digeridas

por la preocupación y la dispepsia;

como resumideros ululantes

que toman el tranvía

y bostezan

y sudan

sobre el carbón, la cal, las telarañas;



como erectos ombligos con pelusa

que se rascan las piernas y sonríen,

bajo los cielorrasos

y las mesas de luz

y los felpudos;

llenos de iniquidad y de lagañas,

llenos de hiel y tics a contrapelo,

de histrionismos madeja,

yarará,

mosca muerta;



con el cráneo repleto de aserrín escupido,

con las venas pobladas de alacranes filtrables,

con los ojos rodeados de pantanosas costas

y paisajes de arena,

nada más que de arena.
Escoria entumecida de enquistados complejos

y cascarrientos labios

que se olvida del sexo en todas partes,

que confunde el amor con el masaje,

la poesía con la congoja acidulada,

los misales con los libros de caja.

Desolados engendros del azar y el hastío,

con la carne exprimida

por los bancos de estuco y tripas de oro,

por los dedos cubiertos de insaciables ventosas,

por caducos gargajos de cuello almidonado,

por cuantos mingitorios con trato de excelencia

explotan las tinieblas,

ordeñan las cascadas,

la edulcorada caña,

la sangre oleaginosa de los falsos caballos,

sin orejas,

sin cascos,

ni florecido esfínter de amapola,

que los llevan al hambre,

a empeñar la esperanza,

a vender los ovarios,

a cortar a pedazos sus adoradas madres,

a ingerir los infundios que pregonan las lámparas,

los hilos tartamudos,

los babosos escuerzos que tienen la palabra,

y hablan,

hablan,


hablan,

ante las barbas próceres,

o verdes redomones de bronce que no mean,

ante las multitudes

que desde un sexto piso

podrán semejarse a caviar envasado,

aunque de cerca apestan:

a sudor sometido,

a cama trasnochada,

a sacrificio inútil,

a rencor estancado,

a pis en cuarentena,

a rata muerta.

¿DÓNDE?


¿Me extravié en la fiebre?

¿Detrás de las sonrisas?

¿Entre los alfileres?

¿En la duda?

¿En el rezo?

¿En medio de la herrumbre?

¿Asomado a la angustia,

al engaño,

a lo verde?...
No estaba junto al llanto,

junto a lo despiadado,

por encima del asco,

adherido a la ausencia,

mezclado a la ceniza,

al horror, al delirio.


No estaba con mi sombra,

no estaba con mis gestos,

más allá de las normas,

más allá del misterio,

en el fondo del sueño,

del eco,

del olvido.
No estaba.

¡Estoy seguro!

No estaba.

Me he perdido.


“RUISEÑOR DEL LODO”

Corbière

¿por qué bajas los párpados?
Ya sé que estás desnudo,

pero puedes mirarme con los ojos tranquilos.

Los días nos enseñan que la fealdad no existe.
Tu vientre de canónigo

y tus manos reumáticas,

no impiden que te pases la noche en los pantanos,

mirando las estrellas,

mientras cantas y oficias tus misas gregorianas.
Frecuenta cuanto quieras el farol y el alero.

Me entretiene tu gula

y tu supervivencia entre seres recientes:

“parvenus” de la tierra.


Pero has de perdonarme

si no te doy la mano.

Tú tienes sangre fría.

Yo, demasiada fiebre.


TRÍPTICO


I

tendido


entre lo blanco,

la vi.


Se aproximaba.

Las pupilas baldías,

el cuerpo inhabitado,

sin cabellos,

sin labios,

inasible,

vacía;

junto a mí,



a mi lado...

¡Toda hecha de nada!


Se sentó.

¿Me esperaba?

La miré.

Me miraba.

II

ya estaba entre sus brazos

de soledad,

Y frío

acalladas las manos,



las venas detenidas,

sin un pliegue en los párpados,

en la frente,

en las sábanas;

más allá de la angustia,

desterrado del aire,

en soledad callada,

en vocación de polvo,

de humareda,

de olvido.

III

¿era yo,

la voz muerta,

los dientes de ceniza,

sin brazos,

bajo tierra,

roído por la calma,

entre turbias corrientes,

de silencio,

de barro?

¿Era yo, por el aire,

ya lejos de mis huesos,

la frente despoblada,

sin memoria,

ni perros,

sobre tierras ausentes,

apartado del tiempo,

de la luz,

de la sombra;

tranquilo,

transparente?


COMUNIÓN PLENARIA


Los nervios se me adhieren

al barro, a las paredes,

abrazan los ramajes,

penetran en la tierra,

se esparcen por el aire,

hasta alcanzar el cielo.


El mármol, los caballos

tienen mis propias venas.

Cualquier dolor lastima

mi carne, mi esqueleto.

¡Las veces que me he muerto

al ver matar un toro!...


Si diviso una nube

debo emprender el vuelo.

Si una mujer se acuesta

yo me acuesto con ella.

Cuántas veces me he dicho:

¿Seré yo esa piedra?


Nunca sigo un cadáver

sin quedarme a su lado.

Cuando ponen un huevo,

yo también cacareo.

Basta que alguien me piense

para ser un recuerdo.


ATARDECER


íbamos entre cardos,

por la huella.


La vaca me seguía.
No quise detenerme,

darme vuelta.


La tarde, resignada,

se moría.


Íbamos entre cardos,

por la huella.


Su sombra se mezclaba

con la mía.


Yo miraba los campos,

también ella.


La vaca, resignada,

se moría.



ES LA BABA


Es la baba.

Su baba.


La efervescente baba.

La baba hedionda,

cáustica;

la negra baba rancia

que babea esta especie babosa de alimañas

por sus rumiantes labios carcomidos,

por sus pupilas de ostra putrefacta,

por sus turbias vejigas empedradas de cálculos,

por sus viejos ombligos de regatón gastado,

por sus jorobas llenas de intereses compuestos,

de acciones usurarias;

la pestilente baba,

la baba doctorada,

que avergüenza la felpa de las bancas con dieta

y otras muelles poltronas no menos escupidas.

La baba tartamuda,

adhesiva,

viscosa,


que impregna las paredes tapizadas de corcho

y contempla el desastre a través del bolsillo.

La baba disolvente.

La agria baba oxidada.

La baba.

¡Sí! Es su baba...

lo que herrumbra las horas,

lo que pervierte el aire,

el papel,

los metales;

lo que infecta el cansancio,

los ojos,

la inocencia,

con sus vermes de asco,

con sus virus de hastío,

de idiotez,

de ceguera,

de mezquindad,

de muerte.

NOCTURNOS

1


No soy yo quien escucha

ese trote llovido que atraviesa mis venas.


No soy yo quien se pasa la lengua entre los labios,

al sentir que la boca se me llena de arena.


No soy yo quien espera,

enredado en mis nervios,

que las horas me acerquen el alivio del sueño,

ni el que está con mis manos, de yeso enloquecido,

mirando, entre mis huesos, las áridas paredes.
No soy yo quien escribe estas palabras huérfanas.

2


debajo de la almohada

una mano,

mi mano,

que se agranda,

se agranda

inexorablemente,

para emerger,

de pronto,

en la más alta noche,

abandonar la cama,

traspasar las paredes,

mezclarse con las sombras,

distenderse en las calles

y recubrir los techos de las casas sonámbulas.

A través de mis párpados

yo contemplo sus dedos,

apacibles,

tranquilos,

de ciclópeas falanges;

los millares de ríos

zigzagueantes,

resecos,

que recorren la palma desierta de esa mano,

desmesurada,

enorme,


adherida al insomnio,

a mi brazo,

a mi cuerpo

diminuto,

perdido

en medio de las sábanas;



sin explicarme cómo esa mano

es mi mano,

ni saber por qué causa se empeña en disminuirme.

3


me asomo a los ladridos.
¿Qué hace este árbol despierto?
Las sombras no se apartan,

se aprietan a sus cuerpos.


No me agrada esta calma,

este silencio muerto,

sin carne,

puro hueso.


A través de la veta, mineral, de una nube,

aparece la luna.


Ya me lo sospechaba.
¿Qué hacer?

¿Qué hacer?


La miro.

Quiero ulular.

No puedo.

4


Y también

quejido,


inútil,

extraviado,

de tranvía ya loco

de trajes

y de horarios;

adentro de mis venas,

en mi tiempo,

en mis huesos,

mezclado a mi silencio,

a mi pulso,

a mi fiebre,

a todo lo que impregna

esta vigilia estéril,

con ritmo de gotera,

de persiana que se abre

y golpea, golpea,

aquí,

adentro de lo hueco,



donde estoy confinado,

recluido entre tendones,

asomado a los párpados,

aquí,


entre azoteas,

ventanas,

moribundos,

vajillas que se bañan,

rodeado de papeles,

de todo lo que sufre

mi presencia obstinada:

los libros,

la ceniza,

los lápices,

la silla,

el pelo y la dulzura

que se acerca, y me mira,

la mesa


y el ropero,

con sus trajes ahorcados,

la cama que me espera

—el velamen tendido—

anclada en la penumbra,

¿en el sueño?,

¿en la vida?,

las cortinas,

la alfombra,

que miro y me entristece

cuando voy a sacarme,

con calma,

los botines,

y llega algún recuerdo

fragmentario,

perdido:


las plazas de mi infancia,

un camino,

una casa;

las manos,

las caderas,

las piernas amputadas

de mujeres diluidas

por las horas,

los ruidos,

que suelen detenerme,

de pronto,

en la certeza

de haberlas poseído

entre muebles extraños;

mientras oigo la calle,

la noche que oscuramente muge,

como una vaca enferma,

al ir a cobijarse

en los grandes hangares

que orinan los inviernos,

mientras salen los trenes,

taciturnos,

quejosos,

que van hacia la aurora

desgarrando el silencio,

con un grito oxidado

que se mezcla a mis nervios,

a mi tinta,

a mi sangre.

5


La lluvia,

con frecuencia,

penetra por mis poros,

ablanda mis tendones,

traspasa mis arterias,

me impregna,

poco a poco,

los huesos,

la memoria.
Entonces,

me refugio

en un rincón cualquiera

y estirado en el suelo

escucho,

durante horas,

el ritmo de las gotas

que manan de mi carne,

como de una gotera.

6


Buenas noches, lechuza.

Me agrada la presencia de tus ojos callados,



y ver pastar las sombras debajo de los árboles.
Pero hay algo esta noche,

desazonado,

hueco,

latente,


inexpresado.
¡Ah! Lechuza. Lechuza.

¡Si tuviese tu quena!...

¿Será el viento,

la sombra?


Está aquí.

En la nuca.

A mi espalda.

En tus ojos.


¡Por favor!

No te rías.

No te rías, lechuza.

7


La noche, navegando

como ayer,

como siempre,

por aguas de silencio,

de calma,

de misterio.

Y el campo, las ciudades,

los árboles,

lo inmóvil,

rodando por el aire,

como ayer,

como siempre,

a miles de kilómetros,

hacia el sol,

hacia el día,

para seguir de nuevo,

sin descanso,

sin tregua,

el mismo derrotero

de oscuridad,

de estrellas.
¡Qué motivo de asombro!...

¡Cuánta monotonía!


8


Un caballo y un coche.
¿Un coche muerto?

Más allá del silencio,

debajo del asfalto,

sobre las chimeneas,

en el aire,

en mis venas,

socavando la noche,

la angustia,

las paredes,

con su trote vacío,

con su ritmo de muerte.
Un caballo y un coche.

9


Solo,

con mi esqueleto,

mi sombra,

mis arterias,

como un sapo en su cueva,

asomado al verano,

entre miles de insectos

que saltan,

retroceden,

se atropellan,

fallecen;

en una delirante actividad sin rumbo,

inútil,

arbitraría,



febril,

idéntica a la fiebre

que sufren las ciudades.
Solo,

con la ventana

abierta a las estrellas,

entre árboles y muebles que ignoran mi existencia,

sin deseos de irme,

ni ganas de quedarme

a vivir otras noches,

aquí,


o en otra parte,

con el mismo esqueleto,

y las mismas arterías,

como un sapo en su cueva

circundado de insectos.


RATA – SIRENA - FAÚSTICA


¿te molesta que roa tu techo,

tu silencio?


Pero dime

—si puedes—

¿qué haces,

allí,


sentado,

entre seres ficticios

que en vez de carne y hueso

tienen letras,

acentos,

consonantes,

vocales?
¿Te halaga,

te divierte

que te miren,

se acerquen,



Y den vueltas y vueltas

antes de permitirles

echarse,

como un perro,

en tus páginas yertas?
Podrá tu pasatiempo ser harto inofensivo;

pero alguien que posee los dientes más prolijos,

más agrios que los míos,

al elegir la víscera que ha de roerte un día

—si es que ya no se aloja en una de tus venas—,

torna estéril y absurdo

ese fútil designio de escamotear la vida.
Allí están las ventanas

que te dan un pretexto

para abrir bien los brazos.
Asómate al marítimo

bullicio de las calles.


¿No oyes una sirena que llama desde el puerto?...

INVITACIÓN AL VÓMITO


cúbrete el rostro

y llora.


Vomita.

¡Sí!


Vomita,

largos trozos de vidrio,

amargos alfileres,

turbios gritos de espanto,

vocablos carcomidos;

sobre este purulento desborde de inocencia,

ante esta nauseabunda iniquidad sin cauce,

y esta castrada y fétida sumisión cultivada

en flatulentos caldos de terror y de ayuno.
Cúbrete el rostro

y llora...

pero no te contengas.

Vomita.


¡Sí!

Vomita,


ante esta paranoica estupidez macabra,

sobre este delirante cretinismo estentóreo

y esta senil orgía de egoísmo prostático:

lacios coágulos de asco,

macerada impotencia,

rancios jugos de hastío,

trozos de amarga espera...

horas entrecortadas por relinchos de angustia.


TÓTEM


¿merezco su presencia?

¿Me sacaré el sombrero?


Bien plantado en la tierra,

las nubes se enmarañan en sus duros cabellos.


Me detengo y escucho.
Sus millares de manos

rasguean en el aire una canción de lluvia:

“El clamor de lo verde”.
Torna luego a la calma.
Aunque vive tan alto que ignora mi existencia

no quiero perturbarlo.


¡Quién pudiera decirme si es un dios o es un árbol!

DERRUMBE


me derrumbé,

caía


entre astillas y huesos,

entre llantos de arena

y aguaceros de vidrio,

cuando oí

que gritaban:

“¡Abajo!”

“¡Mas abajo!”

y seguía cayendo,

dando vueltas

y vueltas,

entre ásperas cenizas

y gritos mutilados,

“¡Abajo!”

“¡Más abajo!”

en espiral,

rodando,


envuelto en lo derruido,

en turbios remolinos

de trozos y fragmentos,

de esquirlas,

de gemidos,

“¡Abajo!”

“¡Más abajo!”

entre escombros y ruinas

ululantes,

informes,

a través de la asfixia,

del horror, del misterio,

más allá del aliento,

de la luz,

del recuerdo.

PUEDES JUNTAR LAS MANOS


La gente dice:

Polvo,


Sideral,

Funerario,

y se queda tranquila,

contenta,

satisfecha.
Pero escucha ese grillo,

esa brizna de noche,

de vida enloquecida.
Ahora es cuando canta.

Ahora


y no mañana.

Precisamente ahora.

Aquí.

A nuestro lado...



como si no pudiera cantar en otra parte.
¿Comprendes?

Yo tampoco.


Yo no comprendo nada.

No tan sólo tus manos son un puro milagro.

Un traspiés,

un olvido,

y acaso fueras mosca,

lechuga,


cocodrilo.
Y después...

esa estrella.

No preguntes.

¡Misterio!

El silencio.

Tu pelo.


Y el fervor,

la aquiescencia

del universo entero,

para lograr tus poros,

esa ortiga,

esa piedra.


Puedes juntar las manos.

Amputarte las trenzas.


Yo daré mientras tanto tres vueltas de carnero.

CANSANCIO


cansado

¡Sí!


Cansado

de usar un solo bazo,

dos labios,

veinte dedos,

no sé cuántas palabras,

no sé cuántos recuerdos,

grisáceos,

fragmentarios.


Cansado,

muy cansado

de este frío esqueleto,

tan púdico,

tan casto,

que cuando se desnude

no sabré si es el mismo

que usé mientras vivía.


Cansado.

¡Sí!


Cansado

por carecer de antenas,

de un ojo en cada omóplato

y de una cola auténtica,

alegre,

desatada,



y no este rabo hipócrita,

degenerado,

enano.
Cansado,

sobre todo,

de estar siempre conmigo,

de hallarme cada día,

cuando termina el sueño,

allí, donde me encuentre,

con las mismas narices

y con las mismas piernas;

como si no deseara

esperar la rompiente con un cutis de playa,

ofrecer, al rocío, dos senos de magnolia,

acariciar la tierra con un vientre de oruga,

y vivir, unos meses, adentro de una piedra.

ÉL


¿DÓNDE estará?

¿Dónde se habrá escondido?


Creí que se ocultaba entre los ruidos.

Lo busqué.

Se había ido.
Sospeché que habitaba el desamparo.

Fui a su encuentro.

No estaba.
Pensé que su presencia me cegaba.

Me aparté.

No vi nada.
Esperaba encontrarlo en mi camino.

Lo esperé.

Aún lo espero.

VISITA


No estoy.

No la conozco.

No quiero conocerla.

Me repugna lo hueco,

la afición al misterio,

el culto a la ceniza,

a cuanto se disgrega.

Jamás he mantenido contacto con lo inerte.

Si de algo he renegado es de la indiferencia.

No aspiro a transmutarme,

ni me tienta el reposo.

Todavía me intrigan el absurdo, la gracia.

No estoy para lo inmóvil,

para lo inhabitado.

Cuando venga a buscarme,

díganle:


“Se ha mudado”.

HAY QUE COMPADECERLOS


No saben.

¡Perdonadlos!

No saben lo que han hecho,

lo que hacen,

por qué matan,

por qué hieren las piedras,

masacran los paisajes...

No saben.

No lo saben...

No saben por qué mueren.


Se nutren,

se han nutrido

de hediondas imposturas,

de cancerosos miasmas,

de vocablos sin pulpa,

sin carozo,

sin jugo,

de negras reses de humo,

de canciones en pasta,

de pasionales sombras con voces de ventrílocuo.


Viven

entre lo fétido,

una inquietud de orzuelo,

de vejiga pletórica,

de urticaria florida que cultiva el ayuno,

el sudor estancado,

la iniquidad encinta.
No creen.

No creen en nada

más que en el moco hervido.

en el ideal,

chirriante,

de las aplanadoras,

en las agrias arcadas

que atormentan al éter,

en todas las mentiras

que engendran las matrices de plomo derretido

el papel embobado

y en bobina.


Son blandos,

son de sebo,

de corrompido sebo triturado

por engranajes sádicos,

por ruidos asesinos,

por cuanto escupitajo se esconde en el anónimo,

para hundirles sus uñas de raíces cuadradas

y dotarlos de un alma de trapo de cocina.


Sólo piensan en cifras, en fórmulas, en pesos,

en sacarle provecho hasta a sus excrementos.

Escupen las veredas,

escupen los tranvías,

para eludir las horas

y demostrar que existen.


No pueden rebelarse.

Los empuja la inercia,

el terror,

el engaño,

las plumas sobornadas,

los consorcios sin sexo que ha parido la usura

y que nunca se sacian de fabricar cadáveres.
Se niegan al coloquio del agua con las piedras.

Ignoran el misterio del gusano,

del aire.

Ven las nubes,

la arena,

y no caen de rodillas.

No quedan deslumbrados por vivir entre venas.

Sólo buscan la dicha en las suelas de goma.

Si se acercan a un árbol no es más que para mearlo.

Son capaces de todo con tal de no escucharse,

con tal de no estar solos.
¿Cómo,

cómo sabrían

lo que han hecho,

lo que hacen?


¿Algo tiene de extraño

que deserten del asco,

de la hiel,

del cansancio?


Sólo puede esperarse

que defiendan el plomo,

que mueran por el guano,

que cumplan la proeza

de arrasar lo que encuentren y exterminarlo todo,

para que el hambre extienda sus tapices de esparto

y desate su bolsa ahíta de calambres.
Son ferozmente crueles.

Son ferozmente estúpidos...

pero son inocentes.
¡Hay que compadecerlos!

EMBELECOS

NUBÍFERO ANHELO


¿Si intentara una nube...

una pequeña nube,

modesta,

cotidiana,

transportable,

privada?
Quizás con el recuerdo,

el cansancio,

la pipa,


después de algunas noches

y de mucha paciencia.


¡Qué alivio el de sentirla debajo del sombrero,

o saber que nos sigue

como si fuera un perro!

NIHILISMO


nada de nada;

es todo.


Así te quiero, nada.

¡Del todo!...

Para nada.

DESERCIÓN


Se fue el pasto,

el arroyo.

Se fueron los caballos.
Los árboles,

la casa,


los caminos se fueron.
La costa ya no estaba,

ni la mar,

ni la arena.
Me quedaban las nubes,

pero también partieron.


DICOTOMÍA INCRUENTA


Siempre llega mi mano

más tarde que otra mano que se mezcla a la mía

y forman una mano.
Cuando voy a sentarme

advierto que mi cuerpo

se sienta en otro cuerpo que acaba de sentarse

adonde yo me siento.


Y en el preciso instante

de entrar en una casa,

descubro que ya estaba

antes de haber llegado.


Por eso es muy posible que no asista a mi entierro,

y que mientras me rieguen de lugares comunes,

ya me encuentre en la tumba,

vestido de esqueleto,

bostezando los tópicos y los llantos fingidos.

VÓRTICE


Del mar, a la montaña,

por el aire,

en la tierra,

de una boca a otra boca,

dando vueltas,

girando,


entre muebles y sombras,

displicente,

gritando,

he perdido la vida,

no sé dónde,

ni cuándo.


ARBORESCENCIA


Creí que fuese un pelo rebelde,

atormentado,

pero al mirarme el pecho

comprobé que era verde.


Pasaron noches y días.

Apareció una hojita

y después otra... y otra...

y todavía otra.


¿Un trébol de cuatro hojas?...

¡Qué alegre!

¡Qué alegría!
Pero al morir los meses,

una dura corteza recubría su tronco,

mientras le iban creciendo unas cuantas ramitas.
Ahora ya es un árbol

solitario,

frondoso,

perfecto,

chiquitito.

RESTRINGIDO PROPÓSITO


Demasiado corpóreo,

limitado,

compacto.
Tendré que abrir los poros

y disgregarme un poco.


No digo demasiado.

SALVAMENTO


El bermellón gritaba.

Gritaba el verde nilo.

El granate, el cobalto,

el índigo gritaban.


Del negro, al escarlata

corría el amarillo.

Se zambulló el celeste.

Me abrazó el colorado.

El ultramar oscuro

me tiró un salvavidas.


Pero el violeta inmóvil

me miró.


Me miraba,

con los brazos cruzados.



PREDILECCIÓN EVANESCENTE


Lo verde.

Lo apacible.

La llanura.

Las parvas.


Está bien.

¿Pero el humo?

Más que nada,

que todo
el humo

el humo

el humo.

DESMEMORIA


Primero: ¿entre corales?

Después: ¿debajo tierra?

Más cerca: ¿por los campos?

Ayer: ¿sobre los árboles?


Quizás.

Es muy probable.


Pero ¿qué hacer?

¡Decidme!


Me baño.

Como pasto.

Escarbo.

Trepo a un árbol.


Es inútil.

Inútil.
¡Son demasiados siglos!


No puedo recordarlo.

ESCRÚPULO


Me parece que vivo,

que estoy entre los ruidos,

que miro las paredes,

que estas manos son mías,

pero quizás me engañe

y paredes y manos

sólo sean recuerdos

de una vida pasada.


He dicho “me parece”.

Yo no aseguro nada.


PLEAMAR


Nada ansío de nada,

mientras dura el instante de eternidad que es todo,

cuando no quiero nada.

FIDELIDAD


¡Vamos!”, dice el pañuelo.

“Bueno. ¡Vamos!”, la cama.

“¡Vamos! ¡Vamos!”, la colcha,

las sábanas, la almohada.


Los botines

—¡qué tristes!—

me miraron,

—dormía—


y después de un momento:

“Nosotros nos quedamos”.


ESPERA


Esperaba

esperaba


y todavía

y siempre

esperando,

esperando

con todas las arterias,

con el sacro,

el cansancio,

la esperanza,

la médula;

distendido,

exaltado,

apurando la espera,

por vocación,

por vicio,

sin desmayo,

ni tregua.


¿Para qué extenuarme en alumbrar recuerdos

que son pura ceniza?

Por muy lejos que mire:

la espera ya es conmigo,

y yo estoy con la espera...

escuchando sus ecos,

asomado al paisaje de sus falsas ventanas,

descendiendo sus huecas escaleras de herrumbre,

ante sus chimeneas,

sus muros desolados,

sus rítmicas goteras,

esperando,

esperando,

entregado a esa espera

interminable,

absurda,


voraz,

desesperada.


Sólo yo...

¡Sí!


Yo sólo

sé hasta dónde he esperado,

qué ráfagas de espera arrasaron mis nervios;

con qué ardor,

y qué fiebre

esperé


esperaba,

cada vez con más ansias

de esperar y de espera.
¡Ah! el hartazgo y el hambre de seguir esperando,

de no apartar un gesto de esa espera insaciable,

de vivirla en mis venas,

y respirar en ella la realidad,

el sueño,

el olvido,

el recuerdo;

sin importarme nada,

no saber qué esperaba:

¡siempre haberlo ignorado!;

cada vez más resuelto a prolongar la espera,

y a esperar,

y esperar,

y seguir esperando

con tal de no acercarme

a la aridez inerte,

a la desesperanza

de no esperar ya nada;

de no poder, siquiera,

continuar esperando.


EXPIACIÓN


Allí,

bajo la tierra,

más lejos que los ruidos,

que el polvo,

que las tumbas;

más allá del azufre,

del agua,

de las piedras;

allí,

en lo convulso,



donde todo se parte,

donde todo se funde,

en ígneo cataclismo,

en calcinante escoria,

en bullente derrumbe,

en mineral catástrofe;

allí, allí,

en cráteres

inestables,

voraces,


en fétidos apriscos,

en valles torturados;


allí,

en lo caótico;

sumido,

amalgamado



en una pasta informe,

viscosa,


putrefacta;

las lenguas carcomidas por vocablos hipócritas,

los pulmones que criban anhelos de serpiente,

las esponjosas manos embebidas de usura,

las vísceras heladas de batracios humanos,

los sexos que trafican disfrazados de arcángeles,

las vértebras roídas por rencores insomnes,

todo, todo

hacinado,

revuelto,

confundido,

en un turbio amasijo

de infección

y de pústulas;

adentro del estruendo,

hundido en el abismo,

en una pira enorme

de expiación,

de exterminio.

Allí,


en lo profundo,

debajo de la tierra.




REBELIÓN DE VOCABLOS


De pronto, sin motivo:

graznido, palaciego,

cejijunto, microbio,

padrenuestro, dicterio;

seguidos de: incoloro,

bisiesto, tegumento,

ecuestre, Marco Polo,

patizambo, complejo;

en pos de: somormujo,

padrillo, reincidente,

herbívoro, profuso,

ambidiestro, relieve;

rodeados de: Afrodita,

núbil, huevo, ocarina,

incruento, rechupete,

diametral, pelo fuente;

en medio de: pañales,

Flavio Lacio, penates,

toronjil, nigromante,

semibreve, sevicia;

entre: cuervo, cornisa,

imberbe, garabato,

parásito, almenado,

tarambana, equilátero;

en torno de: nefando,

hierofante, guayabo,

esperpento, cofrade,

espiral, mendicante;

mientras llegan: incólume,

falaz, ritmo, pegote,

cliptodonte, resabio,

fuego fatuo, archivado;

y se acercan: macabra,

cornamusa, heresiarca,

sabandija, señuelo,

artilugio, epiceno;

en el mismo momento

que castálico, envase,

llama sexo, estertóreo,

zodiacal, disparate;

junto a sierpe... ¡no quiero!

Me resisto. Me niego.

Los que sigan viniendo

han de quedarse adentro.


A PLENO LLANTO

Llorarlo todo...



pero llorarlo bien”.
Espantapájaros
Y entretanto lloremos

tomados de la mano.


Lloremos. ¡Sí! Lloremos

amargo llanto verde,

sustancias minerales,

azufre, mica, arena,

cristales fracasados,

humilladas tachuelas,

ardientes lagrimones

de lacre derretido.


Lloremos junto al humo,

desnudos, entre ruinas,

en medio de la calle,

de la sangre, del lodo,

debajo de la tierra,

en el agua, en el aire,

entre mástiles rotos

y piernas amputadas.


Que se abran las esclusas

del reprimido llanto

y lloremos, a gritos

estentóreos, salvajes,

el mentón tembloroso,

sin compás, ni guitarra,

las mejillas chorreantes,

los párpados acuosos.


Lloremos la familia,

el vino derramado,

las momias, la victoria,

las plazas desoladas,

la usura, el terciopelo,

el pan de cada día,

las noches gemebundas,

las muertas catedrales.


Lloremos por las uñas,

por los pies, por los dientes,

lacios chorros tranquilos

de lágrimas salobres,

murmurantes arroyos

que enternezcan las piedras,

cataratas de llanto

de estruendosos modales.


Lloremos y lloremos,

impudorosamente,

sin tregua, ni descanso,

durante largos años,

por más que estalactitas

de lágrimas espesas

ericen las riberas

de nuestros lagrimales.


Lloremos, con la lluvia,

un llanto monocorde

que anegue la codicia,

el pasto, las heridas;

nos limpie la garganta,

el alma, los bolsillos,

traspase la tristeza,

la angustia, la memoria.


Lloremos. ¡Ah! Lloremos

purificantes lágrimas,

hasta ver disolverse

el odio, la mentira,

y lograr algún día

—sin los ojos lluviosos—

volver a sonreírle

a la vida que pasa.



CONFIDENCIA PROSAICA


Yo también...

¡Sí! Yo tengo

—¿por qué no confesarlo?—

un pequeño fantasma,

un duende de familia.
No vaya a suponerse que mi pequeño duende

sea un fantasma hierático,

espectral,

de castillo;

uno de esos fantasmas que arrastran el espanto

entre viejas panoplias

y gritos coagulados,

o delatan incestos

dentro de una armadura.

cuando el silencio calza las funerarias mallas

con que a Hamlet le place pasearse entre las tumbas.
Mi fantasma es doméstico,

recatado,

apacible.

Jamás le he sorprendido actitudes de almena,

ni lo he visto hospedarse

en la caja de un péndulo,

para que sus entrañas se pueblen de latidos.
Cotidiano,

tranquilo,

modesto,

de bolsillo,

mi pequeño fantasma

no ahuyenta los retratos,

ni adopta almas de piedra

o heráldicas posturas.


Tal cual es,

sin embargo,

engalana mis noches

y es el único lujo de mis horas vacías.


Ya sé que con frecuencia revuelve mis papeles,

esconde alguna carta,

empaña mis anteojos,

me humilla al obligarme

a buscar los gemelos debajo de la cómoda,

me esconde la boquilla;

pero es él quien mitiga la fiebre del insomnio,

quien impide que pierdan el compás las canillas,

quien oprime las llagas de las puertas pintadas

y conforta el silencio,

la soledad,

el frío,


al pasear por los cuartos

su incorpórea presencia de fantasma benigno,

de duende que vigila

las sombras

y los ruidos.

HAZAÑA


Todo,

todo,


en el aire,

en el agua,

en la tierra,

desarraigado y ácido,

descompuesto,

perdido.


El agua hecha caballo antes que nube y lluvia.

Los toros transformados en sumisas poleas.

El engaño sin malla,

sin “tutu”,

sin pezones.
La impúdica mentira exhibiendo el trasero

en todas las posturas,

en todas las esquinas.

Las polillas voraces de expediente cocido,

disfrazadas de hiena,

de tapir con mochila.

Las techumbres que emigran en oscuras bandadas.

Las ventanas que escupen dentaduras de piano,

cacerolas,

espejos,


piernas carbonizadas.
Porque mirad

sin musgo,

mi corazón de yesca,

qué hicimos,

qué hemos hecho

con nuestras pobres manos,

con nuestros esqueletos de invierno y de verano.
Desatar el incendio.

Aplaudir el desastre.

Trasladar,

sobre caucho,

apetitos de pústula.

Prostituir los crepúsculos.

Adorar los bulones

y los secos cerebros de nuez reblandecida...

Como sí no existiera más que el sudor y el asco;

como si sólo ansiáramos nutrir con nuestra sangre

las raíces del odio;

como si ya no fuese bastante deprimente

saber que sólo somos un pálido excremento

del amor,

de la muerte.

RESPONSO EN BLANCO VIVO


Blanca de blanca asfixia

y exangüe blanca vida,

a quien el blanco helado

nevó la blanca mano

de blanca aparecida,

mientras el blanco espanto

blanqueaba su mejilla

de blanca ausencia herida,

al ceñir su blancura

de intacta blanca luna

y blanca despedida.

DIETÉTICA


Hay que ingerir distancia,

lanudos nubarrones,

secas parvas de siesta,

arena sin historia,

llanura,

vizcacheras,

caminos con tropillas.

de nubes,

de ladridos,

de briosa polvareda.


Hay que rumiar la yerba

que sazonan las vacas

con su orín,

y sus colas;

la tierra que se escapa

bajo los alambrados,

con su olor a chinita,

a zorrino,

a fogata,

con sus huesos de fósil,

de potro,

de tapera,

y sus largos mugidos

y sus guampas, al aire,

de molino,

de toro...


Hay que agarrar la tierra,

calentita o helada,

y comerla

¡comerla!


INAGOTABLE ASOMBRO


Este perro.

Este perro.

¡Indescriptible!

¡Único!
(¿Quién diría la forma,

la intención,

el tamaño

de todas sus membranas,

sus vértebras,

sus células,

sin olvidar su aliento,

sus costumbres,

sus lágrimas?)


Este perro.

Este perro,

semejante a otros perros

y a la vez tan distinto

a su padre,

a su madre,

sus hermanos,

sus hijos,

a los perros ya muertos,

y a todos los que existen.


Este perro increíble,

con su hocico,

su rabo,

sus orejas,

sus patas,

inédito,


viviente;

modelado,

compuesto

a través de los siglos

por un esfuerzo inmenso,

constante,

incomprensible,

de creación,

de armonía,

de equilibrio,

de ritmo.
Este perro.

Este perro,

cotidiano, inaudito,

que demuestra el milagro,

que me acerca al misterio...

que da ganas de hincarse,

de romper una silla.


LO QUE ESPERAMOS


Tardará, tardará.
Ya sé que todavía

los émbolos,

la usura,

el sudor,

las bobinas

seguirán produciendo,

al por mayor,

en serie,

iniquidad,

ayuno,


rencor,

desesperanza;

para que las lombrices con huecos pórtasenos,

las vacas de embajada,

los viejos paquidermos de esfínteres crinudos,

se sacien de adulterios,

de diamantes,

de caviar,

de remedios.
Ya sé que todavía pasarán muchos años

para que estos crustáceos

del asfalto

y la mugre

se limpien la cabeza,

se alejen de la envidia,

no idolatren la seña,

no adoren la impostura,

y abandonen su costra

de opresión,

de ceguera,

de mezquindad,

de bosta.
Pero, quizás, un día,

antes de que la tierra se canse de atraernos

y brindarnos su seno,

el cerebro les sirva para sentirse humanos,

ser hombres,

ser mujeres,

—no cajas de caudales,

ni perchas desoladas—,

someter a las ruedas,

impedir que nos maten,

comprobar que la vida se arranca y despedaza

los chalecos de fuerza de todos los sistemas;

y descubrir, de nuevo, que todas las riquezas

se encuentran en nosotros y no bajo la tierra.


Y entonces...

¡Ah! ese día

abriremos los brazos

sin temer que el instinto nos muerda los garrones,

ni recelar de todo,

hasta de nuestra sombra;

y seremos capaces de acercarnos al pasto,

a la noche,

a los ríos,

sin rubor,

mansamente,

con las pupilas claras,

con las manos tranquilas;

y usaremos palabras sustanciosas,

auténticas;

no como esos vocablos erizados de inquina

que babean las hienas al instarnos al odio,

ni aquellos que se asfixian

en estrofas de almíbar

y fustigada clara de huevo corrompido;

sino palabras simples,

de arroyo,

de raíces,

que en vez de separarnos

nos acerquen un poco;

o mejor todavía,

guardaremos silencio

para tomar el pulso a todo lo que existe

y vivir el milagro de cuanto nos rodea,

mientras alguien nos diga,

con una voz de roble,

lo que desde hace siglos

esperamos en vano.

GRATITUD


gracias aroma

azul,


fogata

encelo.
Gracias pelo

caballo

mandarino.


Gracias pudor

turquesa


embrujo

vela,


llamarada

quietud


azar

delirio.
Gracias a los racimos

a la tarde,

a la sed

al fervor

a las arrugas,

al silencio

a los senos

a la noche,

a la danza

a la lumbre

a la espesura.


Muchas gracias al humo

a los microbios,

al despertar

al cuerno

a la belleza,

a la esponja

a la duda

a la semilla,

a la sangre

a los toros

a la siesta.
Gracias por la ebriedad,

por la vagancia,

por el aire

la piel


las alamedas,

por el absurdo de hoy

y de mañana,

desazón


avidez

calma


alegría,

nostalgia

desamor

ceniza llanto.


Gracias a lo que nace,

a lo que muere,

a las uñas

las alas


las hormigas,

los reflejos

el viento

la rompiente,

el olvido

los granos

la locura.
Muchas gracias gusano.

Gracias huevo.

Gracias fango,

sonido.


Gracias piedra.

Muchas gracias por todo

Muchas gracias.

Oliverio Girondo,

agradecido.


CAMPO NUESTRO


Este campo fue mar

de sal y espuma.

Hoy oleaje de ovejas,

voz de avena.


Más que tierra eres cielo,

campo nuestro.

Puro cielo sereno...

Puro cielo.


¿De tu origen marino no conservas

más caracol que el nido del hornero?


No olvides que el azar hinchó sus velas

y a través de otra mar dio en tus riberas.


Ante el sobrio semblante de tus llanos

se arrancó la golilla el castellano.


Tienes, campo, los huesos que mereces:

grandes vértebras simples e inocentes,

tibias rudimentarias,

informes maxilares que atestiguan

tu vida milenaria;

y sin embargo, campo, no se advierte

ni una arruga en tu frente.
Ya sólo es un silencio emocionado

tu herbosa voz de mar desagotado.


¡Qué cordial es la mano de este campo!
Sobre tu tersa palma distendida

¡quién pudiese rastrear alguna huella

que revelara el rumbo de su vida!
Tus mismos cardos, campo, se estremecen

al presentir la aurora que mereces.


Une al don de tu pan y de tu mano

el de darle candor a nuestro canto.


¿Oyes, campo, ese ritmo?

¡Si fuera el mío!...

sin vocablos ni voz te expresaría

al galope tendido.


Estas pobres palabras

¡qué mal te quedan!

Pero qué quieres, campo,

no soy caballo

y jamás las diría

si tú me oyeras.


Por algo ante el apremio de nombrarte

he preferido siempre galoparte.


Ritmo, calma, silencio, lejanía...

hasta volverte, campo, melodía.


Sólo el viento merece acompañarte.
¿No podrá ni mentarse tu presencia

sin que te duela, campo, la modestia?


Eres tan claro y limpio y sin dobleces

que el vuelo de una nube te ensombrece.


¡Hasta las sombras, campo, no dan nunca

ni el más leve traspiés en tu llanura!


¿Cómo lograste, campo tan benigno,

asistir a los cruentos cataclismos

que describen tus nubes

y ver morir flameantes continentes,

inaugurarse mares,

donde jóvenes islas recalaban

en bahías de fuego,

con el vivo y remoto dramatismo

que recuerdan tus cielos?
Al galoparte, campo, te he sentido

cada vez menos campo y más latido.


Tenso y redondo y manso,

como un grávido vientre

virgen campo yacente.
Sin rubores, ni gestos excesivos,

—acaso un poco triste y resignada—

con el mismo candor que usan tus chinas

y reprimiendo, campo, su ternura,

—más allá del bañado, entre las parvas—

se te entrega la tarde ensimismada.


Pasan las nubes, pasan

—¿Quién las arrea?—

tobianas, malacaras,

overas, bayas;

pero toditas llevan,

campo, tu marca.


Dime, campo tendido cara al cielo,

¿esas nubes son hijas de tu sueño?...


¡Cómo no han de llorarte las tropillas

de tus nubes tordillas

al otear, desde el cielo, esas praderas

y sentir la nostalgia de sus yerbas!


Lo que prefiero, campo, es tu llaneza.
Ya sé que tierra adentro eres de piedra,

como también de piedra son tus cielos,

y hasta esas pobres sombras que se hospedan

en tus valles de piedra;

pero al pensarte, campo, sólo veo,

en vez de esas quebradas minerales

donde espectros de muías se alimentan

con las más tiernas piedras,

una inmensa llanura de silencio,

que abanican, con calma, tus haciendas.


En lo alto de esas cumbres agobiantes

hallaremos laderas y peñascos,

donde yacen metales, momias de alga,

peces cristalizados;

peto jamás la extensa certidumbre

de que antes de humillarnos para siempre,

has preferido, campo, el ascetismo

de negarte a ti mismo.


Fuiste viva presencia o fiel memoria

desde mi más remota prehistoria.


Mucho antes de intimar con los palotes

mi amistad te abrazaba en cada poste.


Chapaleando en el cielo de tus charcos

me rocé con tus ranas y tus astros.


Junto con tu recuerdo se aproxima

el relente a distancia y pasto herido

con que impregnas las botas... la fatiga.
Galopar. Galopar. ¿Ritmo perdido?

hasta encontrarlo dentro de uno mismo.


Siempre volvemos, campo,

de tus tardes con un lucero humeante...

entre los labios.
Una tarde, en el mar, tú me llamaste,

pero en vez de tu escueta reciedumbre

pasaba ante la borda un campo equívoco

de andares voluptuosos y evasivos.


Me llamaste, otra vez, con voz de madre

y en tu silencio sólo hallé una vaca

junto a un charco de luna arrodillada;

arrodillada, campo, ante tu nada.


Cuando me acerco, pampa, a tu recuerdo,

te me vas, despacito, para adentro...

al trote corto, campo, al trotecito.
Aunque me ignores, campo, soy tu amigo.
Entra y descansa, campo. Desensilla.

Deja de ser eterna lejanía.


Cuanto más te repito y te repito

quisiera repetirte al infinito.


Nunca permitas, campo, que se agote

nuestra sed de horizonte y de galope.


Templa mis nervios, campo ilimitado,

al recio diapasón del alambrado.


Aquí mi soledad. Esta mi mano.

Dondequiera que vayas te acompaño.


Si no hubieras andado siempre solo

¿todavía tendrías voz de toro?


Tu soledad, tu soledad... ¡la mía!

Un sorbo tras el otro, noche y día,

como si fuera, campo, mate amargo.
A veces soledad, otras silencio,

pero ante todo, campo: padre-nuestro.


“No eres más que una vaca —dije un día—

con un millón de ubres maternales”...

sin recordar —¡perdona!— que enarbolas

entre el lírico arranque de tus cuernos

un gran nido de hornero.
“Si no tiene relieve, ni contornos.

Nada que lo limite, que lo encuadre;

allí... a las cansadas, un arroyo,

quizás una lomada...”

seguirán —¡perdonadlos!— murmurando,

aunque tu inmensa nada lo sea todo.


Comprendo, campo adusto, que sonrías

cuando sólo te habitan las espigas.


Aunque no sueñen más que en esquilmarte

e ignoren el sabor de tus raíces,

el rumbo de tus pájaros,

nunca te niegues, pampa, a abrir los brazos.

Has de ser para todos campo santo.
Al verte cada vez más cultivado

olvidan que tenías piel de puma

y fuiste, hasta hace poco, campo bravo.
No te me quejes, campo desollado.

Cubierto de rasguños y de espinas

—después de costalar entre tus cardos—

anduve yo también desamparado,

con un dolor caballo en las costillas.
Recuerda que tus nubes se desangran

sin decir, campo macho, ni palabra.


Son tan grandes tus noches, que avergüenzan.
Si los grillos dejasen de apretarle

una sola clavija a tu silencio,

¿alcanzarías, campo, el delirante

y agudo diapasón de las estrellas?


Hasta la oscura voz de tus pantanos

da fervor a tu sacro canto llano.


¡Qué buenos confesores son tus sapos!
Nada logra expresar, campo nocturno,

tu inmensa soledad desamparada

como el presentimiento que ensombrece

el insomne mugir de tus manadas.


Vierte, campo, sin tregua, en nuestras

venas la destilada luz de tus estrellas.


Tu santa luna, campo solitario,

convierte nuestro pecho en un hostiario.


Déjanos comulgar con tu llanura...

Danos, campo eucarístico, tu luna.


¿A qué sabrán tus pastos

cuando logren, por fin, domesticarte

y en vez de campo potro desbocado

te transformes en campo endomingado?


Cómo ríen tus sapos, tus maizales,

con dientes de potrillo,

del candor con que todas tus ciudades,

no bien salen del horno,

ya ostentan capiteles, frontispicios,

y arquitrabes postizos.


Sólo soportas, campo, los aleros

que aconsejan vivir como el hornero.


Te llevé de la mano

hacia aldeas y rutas patinadas

por leyendas doradas;

pero tú sonreías, campo niño,

y yo junto contigo...

siempre, siempre contigo

campo recién nacido.
Tantos viejos modales resobados

y tanta historia

con tantas mezquindades,

desde la ausencia, campo, musitaban

tus ingenuos yuyales.
—¡Qué tierras sin aliento! —balbuceabas—.

Sólo produce muertos...

grandes muertos insomnes y locuaces

que en vez de reposar y ser olvido

desertan de sus tumbas, vociferan,

en cada encrucijada,

en cada piedra.

Los míos, por lo menos, son modestos.

No incomodan a nadie.
Y el eco de tu voz, entre las ruinas:

“Dadle muerte a esos muertos”, repetía.


¿Dónde apoyarnos, campo?

¡Ni una piedra!

Nada que indique el rumbo de tus huellas.

Persiste, campo nada, en acercarnos

la ocasión de perdernos... o encontrarnos.
Gracias, campo, por ser tan despoblado

y limpito de muertos,

que admites arriesgar cualquier postura

sin pedirle permiso a los espectros.


Muchas gracias por crearnos una muerte

de tu mismo tamaño y tan perfecta

que no deja ni el rastro de una huella.
Y mil gracias por darnos la certeza

de poder galopar toda una vida

sin hallar otra muerte que la nuestra.
Con sólo descansar sobre tu suelo

ya nos sentimos, campo, en pleno cielo.


—”¿Y si en vez de ser campo fuera ausencia?”

—”En mí perduraría tu presencia.”


Espera, campo, espera.

No me llames.

¿Por qué esa voz tan negra,

campo madre?


—”¿Es tu silencio mar quien me reclama?”

—”Ven a dormir a orillas de mi calma.”


Tú que estás en los cielos, campo nuestro.

Ante ti se arrodilla mi silencio.



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