Edmundo de amicis corazóN



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EDMUNDO DE AMICIS

CORAZÓN




INDICE

Edmundo de Amicis
Octubre

17, lunes: Primer día de clase

18, martes: Nuestro maestro

21, viernes: ¡Qué desgracia!

22, sábado: El chico calabrés

25, martes: Mis compañeros de clase

26, miércoles: Un gesto generoso

27, jueves: Mi maestra

28, viernes: En la buhardilla

28, viernes: La escuela



Cuento mensual: El pequeño patriota paduano
Noviembre

1, martes: El deshollinador

2, miércoles: El día de difuntos

4, viernes: Mi amigo Garrone

7, lunes: El carbonero y el señor

10, jueves: La maestra de mi hermano

10, jueves: Mi madre

13, domingo: Coretti, un compañero de clase

18, viernes: El director de la escuela

22, martes: Los soldados

23, miércoles: El protector de Nelli

25, viernes: El primero de clase

Cuento mensual : El pequeño vigía lombardo

29, martes: Los pobres


Diciembre

1, jueves: El negociante

5, lunes: Vanidad

10, sábado: La primera nevada del año

11, domingo: El pequeño albañil

16, viernes: La bola de nieve

17, sábado: Las maestras

18, domingo: En casa del chico herido

Cuento mensual: El pequeño escribiente florentino

28, miércoles: La voluntad

31, sábado: Gratitud
Enero

4, miércoles: El maestro

6, viernes: Los libros de Stardi

9, lunes: El hijo del herrero

12, jueves: Visita agradable

17, martes: Los funerales por Víctor Manuel

21, sábado: Franti es expulsado del colegio

Cuento mensual: El tamborcillo sardo

24, martes: El amor a la Patria

25, miércoles: Envidia

28, sábado: La madre de Franti

29, domingo: Esperanza


Febrero

4, sábado: Medalla bien concedida

5, domingo: Buenas intenciones

10, viernes: El tren de mentiras

11, sábado: Soberbia

13, lunes: Heridos en el trabajo

17, viernes: El prisionero

Cuento mensual: El enfermero del Tata

18, sábado: El taller

20, lunes: El payasito

21, martes: Ultimo día de carnaval

23, jueves: Los chicos ciegos

25, sábado: El maestro está enfermo

25, sábado: La calle


Marzo

2, jueves: Clases nocturnas

5, domingo: La pelea

6, lunes: Los padres de los muchachos

8, miércoles: El número 78

13, lunes: El niño muerto

13, lunes: La víspera del día 14 de marzo

14, martes: Los premios

20, lunes: La disputa

24, viernes: Mi hermana

Cuento mensual: Sangre romañola

28, martes: El albañil

29, miércoles: El conde Cavour
Abril

1, sábado: Primavera

3, lunes: El rey Humberto

4, martes: La guardería

5, miércoles: En clase de Gimnasia

11, martes: El maestro de mi padre

20, jueves: En convalecencia

20, jueves: Los obreros

28, viernes: La madre de Garrone

29, sábado: José Mazzini

Cuento mensual: Valor cívico
Mayo

5, viernes: Los pequeños minusválidos

9, martes: Sacrificio

11, jueves: El incendio

Cuento mensual: De los Apeninos a los Andes

24, miércoles: Verano

26, viernes: Poesía

28, domingo: La sordomuda

Junio

3, sábado: Garibaldi



11, domingo: El ejército

13, martes: Italia

16, viernes: Un calor sofocante

17, sábado: Mi padre

19, lunes: En el campo

25, domingo: Los premios a los obreros

27, martes: Mi maestra ha muerto

28, miércoles: Muchas gracias

Ultimo cuento mensual: Naufragio
Julio

1, sábado: La última página de mi madre

4, martes: Llegan los exámenes

7, viernes: El último examen



10, lunes: ¡Adiós!

EDMUNDO DE AMICIS

Contribuye a la unifiicación de Italia

Francesco De Amicis era el «cambista real de sales y tabacos» de One­glia hacia mediados del siglo XIX. Su oficio le daba lo suficiente para man­ter a su familia, pero a costa de algún que otro sacrificio económico. Había contraído matrimonio con Teresa Bussetini, con la que tuvo cuatro hijos antes del nacimiento de Edmondo.

El 21 de octubre de 1846, Francesco De Amicis recibe la feliz noticia del nacimiento de su quinto hijo, al que llamará Edmondo. Sus primeros días transcurren en Oneglia, pero cuando apenas habían pasado dos años desde su nacimiento, la familia se ve obligada a dejar aquella ciudad para trasladarse a Cuneo; de la Liguria al Piamonte.

En Cuneo, cuatro años más tarde, comienza Edmondo sus estudios con el maestro Abello, hombre de altas dotes para la enseñanza que se tradu­cían en una mayor rapidez de aprendizaje para sus alumnos. Pasa posterior mente al Liceo, en el que permanece cinco años más hasta que, cumpli­dos los catorce, ingresa en el colegio Candellero de Turín, desde donde prepara su entrada en la escuela militar de Módena. Accede a ella en 1863 y, sólo dos años más tarde, es decir, en 1865, es ya un oficial de la nacien­te Italia.

Al año siguiente asistió a la batalla de Custoza, de la que salió derrota­do el ejército italiano, mandado por La Mármora, en el que luchaba De Amicis, a manos del archiduque austríaco Alberto.

En 1867 pasa a Florencia, donde colabora primero en el diario «L'Ítalia militare» pasando posteriormente a dirigirlo. Fiel testigo de una realidad militar que conoce a la perfección, sus artículos triunfan también por su patente sentimentalismo, y por sus abundantes toques de humor.

Durante su estancia en Florencia, se relaciona con los intelectuales, pe­riodistas y literatos de la ciudad, y ello le aumenta su vocación literaria. Contribuye también a esto Emilia Peruzzi, una inteligentísima dama que le aconseja en todos sus libros.

Vuelve a las armas y forma parte del ejército del general Cárdona, quien, el 20 de septiembre de 1870, entra en Roma dando fin a la tan ansiada unificación de Italia.

Primeras obras. Libros de viajes

Con la unificación de su patria, De Amicis pone fin a su vida como oficial del ejército italiano y pasa a sumergirse en el mundo de las letras, al que dedicaría el resto de su tiempo.

La vida militar le ha marcado profundamente y deja su huella en el primer libro que escribe, titulado «La Vida Militar», que es una recopila­ción de los artículos periodísticos que había escrito para « L'Ítalia Militare». Este libro se editará en Milán, en el año 1868.

Cuatro años más tarde, es decir en 1872, se publicaré en Florencia otra obra 'suya, llevará por título «Novela».

Posteriormente, recorrerá toda Europa con el propósito de contar a sus lectores las tradiciones, caracteres, costumbres e historia de los diversos países. De esta experiencia surgirán sus libros «España», en 1873; «Holan­da», de 1874; «Recuerdos de Londres», también de 1874; «Constantinopo­li», publicado en Milán en 1878; y, «Recuerdos de París», en 1879.

Durante su estancia en España, una de las cosas que llama poderosa­mente su atención son los cuadros de Goya. De «Los fusilamientos del dos de mayo» escribe:

«Goya debe haber pintado estos cuadros con los ojos retorcidos, con la espuma en la boca, con la furia de un obseso; es el límite al que puede llegar la pintura antes de convertirse en acción; traspuesto esto, se arroja el pincel y se toma el puñal; para realizar algo más terrible que estos cuadros, es preciso matar; debajo de estos colores está la sangre».

Nota común a todos estos libros de viajes son sus descripciones sagaces; hechas con un realismo sorprendente, provocan en el lector la sensación de estar mirando a medida que avanza en la lectura.

Camino del éxito

En 1881 publicaría Racconti militare.

En el mismo año, sale también a la luz una obra de temática radical­mente distinta; se trata de «Los efectos psicológicos del vino», edi­tada en Turín.

Tres años más tarde, en 1884, surge «Retratos Literarios», basado en la experiencia de su viaje por París, donde conoció a Víctor Hugo y a Emilio Zola, entre otros.

Un año antes había salido para el público «Los Amigos». Obra moral y psicológica que fue escrita en dos volúmenes.

Avanza el tiempo, y en el año 1886 publica Edmondo De Amicis su más conocido libro, «Corazón». El éxito desborda todas las predicciones. A pesar de contar ya De Amicis con fama entre el pueblo, este libro viene no sólo a aumentarla sino también a dársela en el extranjero. Publicado en todos los idiomas del continente se han hecho hasta la fecha más de tres­cientas ediciones de él.

«Corazón» es la pequeña historia de un muchacho de la escuela munici­pal italiana, con sus ilusiones, alegrías y tristezas. Enrique Bottini, va na­rrando en un diario todo lo que le ocurre en clase. Describe, uno por uno, a todos sus compañeros, a los maestros, y a todas las personas que a lo largo de un curso escolar se pueden conocer. Cada uno de los personajes representa un valor o un defecto o una cualidad determinada. Así por ejem­plo Derossi, el número uno; o Garrone, tremendamente humilde; o, qui­zás, Votini, siempre envidioso. Junto a éstos van discurriendo por sus pági­nas otros personajes contados con el mismo estilo, desde la perspectiva de un escolar, es decir, con una sencillez, espontaneidad y sentimentalismo inmenso. Quizá, aquí radique una de las claves del gran éxito del libro.

A la hora de comenzar la obra, el autor se basó en la experiencia escolar de sus hijos, Hugo y Furio, con los que vivía por hallarse separado de su mujer.

Las opiniones de la crítica sobre la prosa de De Amicis y, en especial, sobre este libro, han sido muy variadas. Mientras que alguno le consideran algo anticuado y pasado de moda, para otros «Corazón» es emotivo, va liente, de alta calidad y exaltador de las más dignas cualidades humanas. Motivos suficientes estos últimos para no considerarlo superado.

Otras obras

En 1889 se publica «La carroza de todos», libro escrito con un estilo claro y sincero. Se cuentan aquí todo tipo de episodios que le han ocurrido al autor durante un año de tomar día a día el mismo tranvía.

Al año siguiente, sale a la calle «Sobre el Océano»; esta obra pretende ser un fiel reflejo de lo ocurrido al autor durante el viaje que efectuó desde Génova a Montevideo.

También en 1890 surge «La novela de un maestro». De Amicis intenta con este libro aludir a las diferencias que existen entre la educación que recibe un niño de sus padres y la que le imparte su maestro.

Otras obras suyas son, «Socialismo y patria», «El enemigo del socialis­mo», «El socialismo en la familia», «Sobre la cuestión social», todas ellas de clara intención socio política. Ha escrito también «Los amigos» y «La cau­sa del disparate».

En 1904 vio la luz «Del reino del Cervino», obra autobiográfica con lige­ro tinte pesimista.

Su último libro lo tituló «El idioma gentil». Publicado en 1905, preten­de ser una exaltación del idioma italiano.

Después, aunque ya no verá la luz ningún otro libro suyo, colabora con varios escritos para «El Grito del Pueblo», prestigiosa revista de su época.

Hijo de su tiempo

Durante casi todo el siglo XIX, Europa era un continente marcado por las guerras. Anexiones de territorios, guerras de independencia, y batallas entre Estados para afianzar su poderío económico o militar, configuraban el panorama europeo. La península italiana no era una excepción. Dividi­da en multitud de reinos, habían empezado las guerras que culminarían en la unificación de todos para formar el Estado italiano actual.

En estos años de gran belicosidad nace De Amicis. Pasados los prime­ros días de la infancia y adolescencia, se embarca en la guerra para luchar por la unidad de su patria. Son años de grandes batallas y participa en ellas.

Posteriormente, una vez que la unidad se ha conseguido, De Amicis deja el mundo de las armas para pasar al de las letras. Estos años de paz los pasa escribiendo.

Luego vendrían los conflictos entre la burguesía y el proletariado. Llega la ideología socialista y deja en nuestro autor una profunda huella; rápida­mente se incluye en el nuevo movimiento y es elegido diputado socialista en las elecciones al Parlamento de Turín, en el año 1898.

Todo ello son motivos más que suficientes para afirmar que De Amicis fue un fiel hijo de su tiempo.

En 1899 un suceso desagradable le marca para siempre. Su hijo Furio se suicida. Desde entonces esta desgracia le sumerge en la más aguda triste­za y preocupación. A partir de aquel momento compartirá el resto de sus días con su otro hijo, Hugo.

Se recluye a la soledad del hogar hasta el año 1908. En Bordighera, el 10 de marzo de aquel año, fallece uno de los escritores italianos más queri­dos por su público, que le demostró su cariño incluso después de la muerte.

ADVERTENCIA DEL AUTOR

Este libro va dedicado de manera especial a los chicos de nueve a trece años. Podría titularse: Historia de un curso escrita por un alumno de quinto en un grupo escolar.

Al decir esto, no pretendo indicar que es un chico el redactor del presente libro tal como sale a la luz. El chico tenía un diario en el que anotaba, a su manera, cuanto ocurría en la clase, así como lo que veía, oía y pensaba dentro y fuera del recinto escolar. Al final de curso, aprovechando los apuntes del pequeño, su padre redactó estas páginas procurando no alterar las impresiones infantiles y respetando en cuanto era posible su misma construcción. Cuatro años después, cuando el chico cursaba enseñanza media, leyó de nuevo el manuscrito y añadió o suprimió algo para que el texto reflejase exactamente la realidad, pues conservaba fresca la memoria sobre personas, hechos y cosas, que­dando definitivamente como ahora se entrega a la imprenta.

Espero, queridos amiguitos, que la lectura de este libro os agrade y os estimule a ser cada vez mejores.

EDMUNDO DE AMICIS



Octubre

Primer día de clase

Lunes, 17

Hoy hemos empezado el nuevo curso. Han pasado como un sueño los tres meses de vacaciones transcurridos en el campo. Mi madre me llevó esta mañana al grupo escolar «Baretti» para matricularme como alumno de quinto. Mientras tanto pensaba en el campo e iba de bastante mala gana. Las calles adyacentes eran un hervidero de chiquillos, y las dos librerías próximas al grupo estaban llenas de padres y de madres que compraban carteras, cartillas, libros, estuches o plumieres con útiles de trabajo y cuadernos. Delante de la escuela se agolpaba tanta gente, que el bedel hubo de pedir la presencia de guardias municipales para que mantuviesen orden y quedase expedita la entrada.

Cerca de la puerta sentí unos golpecitos en el hombro. Me los dio mi anterior maestro de cuarto, alegre, jovial, de pelo rubio, rizoso y encrespado, que me dijo:

-¿Qué, Enrique? ¿Nos separamos para siempre?

Demasiado lo sabía yo, pero sus palabras me apenaron mucho. Entramos, por fin, a empellones. Señoras, caballeros, mujeres del pueblo, obreros, militares, abuelas, criadas, todos con chicos de una mano y el material escolar en la otra, llenaban el vestíbulo y las escaleras, produciendo un rumor como al entrar al teatro después de larga espera en la cola.

Volví a ver con alegría el amplio zaguán de la planta baja al que dan las puertas de siete aulas, por donde había pasado casi todos los días durante tres años. Estaba repleto de gente. Las maestras de los peque ños iban y venían en todas direcciones. La que había sido mi profesora dos años antes me saludó desde la puerta de su clase, añadiéndome: -Enrique, este año vas al piso de arriba, y ni siquiera te veré pasar. Habló mirándome con aire entristecido.

El Director estaba rodeado por mujeres que le instaban a que admitiera a sus hijos, no matriculados por falta de espacio. Me pareció que tenía la barba algo más canosa que el año pasado. Encontré a algunos chicos más altos y fuertes que al terminar el curso.

En la planta baja ya se había hecho la distribución de los escolares; había pequeñines que no querían entrar en el aula y se encabritaban como potrillos, debiéndoseles forzar para que pasasen al interior; pero algunos se escapaban de los bancos que les habían asignado y otros rompían a llorar en cuanto sus padres o acompañantes se marchaban, quienes volvían para consolarlos o hacerlos sentar nuevamente. Con esto las maestras se desesperaban. Mi hermanito se quedó en la clase de la maestra Delcati, y yo en la del maestro Perboni, situada en el piso principal.

A las diez todos estábamos en nuestros sitios respectivos. En mi clase éramos cincuenta y cuatro, pero apenas quince o dieciséis habían sido compañeros míos el curso anterior, figurando entre ellos Derossi, el que siempre obtenía las mejores notas y acaparaba el primer premio.

Pensando en los bosques y en las montañas por donde me había solazado el verano, me parecía muy pequeño y triste el recinto escolar. También me acordaba con pena de mi anterior maestro, tan bueno y alegre y tan bajo que casi parecía uno de nosotros; sentía no verlo delante de mí con su cabeza rubia de pelo enmarañado.

Nuestro actual maestro es alto. No se deja la barba; tiene el pelo bastante largo y gris, aunque bien peinado, y una arruga recta en la frente; su voz es algo ronca. Nos mira fijamente uno a uno, como queriendo leer en nuestro interior. En ningún momento le he visto reír.

Esta mañana decía para mí: «Es el primer día. Tengo nueve meses por delante. ¡Cuántos trabajos, cuántos exámenes mensuales he de realizar!» Sentía verdadera necesidad de ver a mi madre y, al salir, he corrido a besarla. Ella, para tranquilizarme, me ha dicho:

-No te apures, Enrique. Estudiaremos los dos juntos.

Al entrar en casa ya estaba mucho más contento. Pero no tengo el mismo maestro, ese tan buenazo y siempre sonriente. Por eso no me ha gustado, de primeras, la escuela tanto como antes. Veremos lo que ocurre este año.



Nuestro maestro

Martes, 18

También me gusta desde esta mañana mi nuevo maestro.

Al entrar, estando él sentado en su sillón, se asomaban de vez en cuando a la puerta de la clase algunos alumnos suyos del curso anterior para saludarle.

-Buenos días, señor maestro.

-Buenos días, señor Perboni.

Algunos entraban, le estrechaban la mano y se marchaban de prisa. Se notaba que le querían y que gustosamente habrían continuado en su clase. El maestro les respondía:

-Buenos días.

Y les apretaba la mano que le ofrecían, pero sin fijarse en ninguno; a cada saludo permanecía serio y vuelto hacia la ventana, con la arruga de la frente más pronunciada, mirando al tejado de una casa próxima. En lugar de alegrarse por los saludos, parecía que le causaban pena. Luego nos miraba uno a uno detenidamente.

Para el dictado, bajó del estrado e iba pasando por entre los bancos. Viendo que un chico tenía la cara enrojecida y llena de granitos paró de dictar, se le acercó, le empinó un poco la cara y lo observó atentamente; después le preguntó qué le ocurría y le puso la mano en la frente para saber si la tenía caliente. Mientras tanto, un chico se puso de pie por detrás en su banco y empezó a hacer muecas y tonterías con las manos. El maestro se volvió de repente y el chiquillo se sentó instantáneamente permaneciendo con la cabeza gacha en espera de la merecida repri­menda. Pero el señor Perboni sólo le puso una mano en la cabeza y le dijo:

-No lo vuelvas a hacer.

Y nada más. Volvió a la mesa y acabó de dictar.

Al concluir, nos miró unos instantes en silencio y a continuación, con su robusta, pero agradable voz, empezó a decirnos:

-Escuchad: hemos de pasar juntos casi un año. Procuraremos pasarlo lo mejor posible. Aplicaos y sed buenos chicos. Yo no tengo familia. Vosotros constituís la mía. El año pasado todavía tenía a mi madre, pero ha muerto y he quedado solo. Ahora solamente os tengo a vosotros, que sois el centro de mis afectos y de mis pensamientos. Debéis ser como hijos míos. Os quiero y creo tener derecho a que me queráis, pagándome con la misma moneda. No deseo castigar a ninguno. Demostradme que sois chicos de buen corazón; nuestra clase será una familia y vosotros, mi consuelo y mi orgullo. No os pido promesas de palabra, porque estoy seguro que ya lo habéis prometido en el fondo de vuestro corazón. Y os lo agradezco sinceramente.

En aquel momento entró el bedel a dar la hora y todos salimos de los bancos muy silenciosos. El chico que se había levantado en el banco se acercó al maestro y le dijo con voz temblorosa:

-¡Perdóneme!

El maestro le dio un beso en la frente y le contestó:

-Está bien; vete, hijo mío.

¡Qué desgracia!



Viernes, 21

Yendo esta mañana a la escuela refiriendo a mi padre lo que nos dijera ayer el maestro, vimos de pronto mucha gente apiñada ante la puerta del grupo escolar.

-¡Alguna desgracia! -dijo mi padre-. ¡Mal empieza el curso!

Entramos no sin dificultad. El gran zaguán se hallaba repleto de padres de alumnos y de chicos a los que los maestros no lograban hacer entrar en clase y todos miraban con insistencia hacia el despacho del Director, oyéndose decir: «¡Pobre muchacho! ¡Pobre Robetti!»

Por encima de las cabezas, en el fondo de la habitación, llena de gente, sobresalían el quepis de un guardia municipal y la gran calva del señor Director. Entró un señor con sombrero de copa, y dijeron:

-Es el médico.

Mi padre preguntó a un maestro:

-¿Qué ha sucedido?

-Le ha pasado una rueda por el pie y se lo ha lastimado -respon­dió el interpelado.

-Se ha roto el pie -dijo otro.

Se trataba de un chico de la segunda, que, yendo a la escuela por la calle de Dora Grossa, al ver caer en medio de la calle, a pocos pasos de un ómnibus que se echaba encima, a un niño de párvulos, que se había soltado de la mano de su madre, corrió en su ayuda, lo cogió y lo puso a salvo, pero sin poder impedir que le pasara por encima de un pie la rueda del ómnibus.

Mientras nos referían esto, entró en el zaguán como loca una mujer que se abría paso con decisión entre la gente. Era la madre de Robetti, a la que habían llamado. Otra señora salió a su encuentro y, sollozando, le echó los brazos al cuello: era la madre del niño salvado del peligro.

Ambas entraron en el cuarto de la dirección y al punto se oyó un grito desgarrador:

-¡Julio! ¡Hijo de mi alma!

En aquel momento se detuvo un coche delante de la puerta y poco después apareció el señor Director con el chico herido en brazos, que estaba muy pálido y con los ojos cerrados, apoyando la cabeza sobre el hombro del Director.

Todos guardamos silencio absoluto, tan sólo roto por los sollozos de la madre. El señor Director se detuvo un instante y levantó con los dos brazos al muchacho que llevaba para que lo viésemos todos. Los maestros y maestras, los padres y los chicos, exclamamos a una:

-¡Bravo, Robetti! ¡Eres un gran muchacho! ¡Un verdadero héroe! ¡Pobre chico!

Y le enviaban besos al aire. Las maestras y los chicos que se hallaban más cerca de él le besaban las manos y los brazos. El abrió los ojos y murmuró:

-¡Mi cartera!

La madre del pequeñito salvado se la enseñó gimoteando, y le dijo:

-Te la llevo yo, ángel mío; te la llevo yo.

Entretanto se mantenía en pie la madre del herido, que se cubría el rostro con las manos.

Salieron, acomodaron a Julio en el coche y éste partió. Entonces todos entramos silenciosos en la escuela.

El chico calabrés

Sábado, 22

Ayer tarde, mientras el maestro nos daba noticias del pobre Robetti, que andaba ya con muletas, entró el Director con otro alumno, un niño de cara muy morena, de cabello negro, ojos también negros y grandes, con las cejas espesas y juntas. Todo su vestido era de color oscuro y llevaba un cinturón de cuero negro alrededor del talle. El Director, después de haber hablado al oído con el maestro, salió dejándole a su lado al muchacho, que nos miraba asustado. El maestro lo tomó de la mano y dijo a la clase:

-Os debéis alegrar. Hoy entra en la escuela un nuevo alumno, nacido en la provincia de Calabria, a más de cincuenta leguas de aquí. Quered bien a este compañero que viene de tan lejos. Ha nacido en la tierra gloriosa que dio a Italia antes hombres ilustres y hoy le da honrados labradores y valientes soldados; es una de las comarcas más hermosas de nuestra patria, en cuyas espesas selvas y elevadas monta­ñas habita un pueblo lleno de ingenio y de corazón esforzado. Tratadlo bien, a fin de que no sienta estar lejos del país natal; hacedle ver que todo chico italiano encuentra hermanos en toda escuela italiana donde ponga el pie.

Dicho esto, se levantó y nos enseñó en el mapa de Italia el punto donde está la provincia de Calabria. Después llamó a Ernesto Derossi, que saca siempre el primer premio. Derossi se levantó.

-Ven aquí -añadió el maestro.

Derossi salió de su banco y se colocó junto a la mesa, enfrente del calabrés.

-Como primero de la clase -dijo el profesor- da el abrazo de bienvenida, en nombre de todos, al nuevo compañero: el abrazo de los hijos del Piamonte al hijo de Calabria.

Derossi murmuró con voz conmovida:

-¡Bienvenidos! -y abrazó al calabrés. Este le besó en las dos mejillas con fuerza. Todos aplaudieron.

-¡Silencio!... -gritó el maestro--. En la escuela no se aplaude.

Pero se veía que estaba satisfecho, y hasta el calabrés parecía ya a gusto. El maestro le designó sitio y le acompañó hasta su banco. Después repuso:

-Acordaos bien de lo que os digo. Lo mismo que un muchacho de Calabria está como en su casa en Turín, uno de Turín debe estar como en su propia casa en Calabria; por esto luchó nuestro país cincuenta años y murieron treinta mil italianos. Os debéis respetar y querer todos mutuamente. Cualquiera de vosotros que ofendiese a este compañero por no haber nacido en nuestra provincia, se haría para siempre indigno de mirar con la frente levantada la bandera tricolor.

Apenas el calabrés se sentó en su sitio, los más próximos le regala­ron plumas y estampas, y otro chico, desde el último banco, le mandó un sello de Suecia.

Mis compañeros de clase

Martes, 25

El chico que envió el sel o al calabrés es el que más me agrada de todos. Se llama Garrone, y es el mayor de la clase; tiene cerca de catorce años, la cabeza grande y los hombros anchos; es bueno, lo que se advierte hasta cuando sonríe, y parece que piensa como un hombre. Ahora conozco ya a muchos de mis compañeros. Otro que también me gusta se llama Coretti; lleva un jersey color marrón oscuro y tiene una gorra de piel. Siempre está alegre. Es hijo de un revendedor de leña que fue soldado en la guerra de 1866, de la división del príncipe Humberto, y dicen que tiene tres medallas. Está el pequeño Nelli, un chico joroba­dito, endeble y descolorido. Hay uno muy bien vestido, que siempre se está quitando las motas de la ropa: Votini. En el banco delante del mío hay otro al que le llaman «el albañilito», por ser su padre albañil; de cara redonda como una manzana y de nariz chata. Tiene una habilidad especial para poner el hocico de liebre; todos le piden que lo haga, y se ríen; lleva un sombrerito viejo, que guarda en el bolsillo como un pañuelo. Junto al albañilito está Garoffi, un tipo alto y delgado, con la nariz de pico de loro y los ojos muy pequeños, que siempre anda traficando con plumas, estampas y cartones de cajas de cerillas; se escribe notas en las uñas para leerlas a hurtadillas cuando da la lección. Hay después un señorito, Carlos Nobis, que parece bastante orgulloso y se encuentra en medio de dos muchachos que me resultan simpáticos: el hijo de un herrero, enfundado en una chaqueta que le llega hasta las rodillas, muy pálido, que parece estar enfermo, siempre con cara de asustado y que no se ríe nunca; y otro, rubio, que tiene un brazo inmóvil que lleva en cabestrillo; su padre fue a América y su madre es verdulera.

Es también un tipo curioso mi vecino de la izquierda, Stardi, pe­queño y ordinariote, sin cuello y gruñón, que no habla con nadie y parece ser bastante torpe, pero está muy atento a las explicaciones del maestro, sin parpadear, con la frente arrugada y los dientes apretados; si le hacen alguna pregunta cuando habla el maestro, la primera y segunda vez no responde, y a la tercera da al entrometido un codazo o un puntapié. Tiene a su lado a un descarado, bastante sinvergüenza, que se llama Franti y que fue expulsado de otra escuela.

Hay dos hermanos, con vestidos iguales, que parecen gemelos y llevan sombrero calabrés con una pluma de faisán. Pero el mejor de todos, el más listo y que seguramente será también el primero este año, es Derossi. El maestro, que ya se ha dado cuenta, le pregunta siempre.

Sin embargo yo quiero mucho a Precossi, el hijo del herrero, el de la chaqueta larga, que parece estar enfermo. Dicen que su padre le pega. Es muy tímido; cada vez que pregunta o tropieza con alguien, dice: «Perdona», y mira de continuo con ojos tristes y bondadosos. Garrone es, sin duda, el mayor y el mejor de todos.

Un gesto generoso

Miércoles, 26

Garrone se ha dado a conocer precisamente esta mañana.

Cuando entré en clase -un poco tarde por haberme detenido la maestra de la primera superior para preguntarme a qué hora podía venir a casa-, el maestro no había llegado todavía y tres o cuatro chicos se estaban metiendo con el pobre Crossi, el rubio del brazo malo y cuya madre es verdulera. Le pegaban con las reglas, le tiraban a la cara cáscaras de castañas, le decían motes y le remedaban poniéndose el brazo como en cabestrillo. El pobrecito estaba solo en su banco del fondo, asustado, y daba compasión verle mirar a uno y otro con ojos suplicantes para que lo dejasen en paz. Pero los otros arreciaban en sus burlas y él empezó a temblar y a ponerse rojo de ira.

De pronto, Franti, el descarado, se subió a un banco y, haciendo ademán de llevar dos cestas en los brazos, ridiculizó a la madre de Crossi cuando acudía a esperarlo a la puerta, pues ahora no va por estar enferma. Muchos se rieron a carcajadas. Entonces Crossi perdió la paciencia y, cogiendo un tintero, se lo tiró a la cabeza con toda su fuerza; pero Franti se agachó y el tintero fue a dar al pecho del maestro que entraba en aquel preciso momento.

Todos corrieron a sus respectivos puestos y callaron atemorizados.

El maestro, pálido, subió al estrado y con voz alterada preguntó:

-¿Quién ha sido?

Nadie respondió.

El maestro preguntó, levantando más la voz:

-¿Quién ha sido?

Entonces Garrone, sintiendo compasión del pobre Crossi, se puso de pie y dijo con resolución:

-Un servidor.

El maestro le miró y nos miró a todos, que estábamos pasmados, y luego replicó con voz tranquila:

-No has sido tú.

Pasado un momento añadió:

-El culpable no será castigado. ¡Que se levante!

Crossi se levantó y dijo entre sollozos:

-Me pegaban y me insultaban, perdí la cabeza y tiré...

-Siéntate -dijo el maestro-. ¡Qué se pongan de pie los que le han provocado!

Cuatro se levantaron con la cabeza gacha.

-Vosotros -dijo el maestro- habéis insultado a un compañero que no os provocaba; os habéis burlado de un desgraciado y pegado a un débil que no podía defenderse. Con vuestro proceder habéis cometido una de las acciones más ruines y vergonzosas con que se puede manchar una criatura humana. ¡Cobardes!

Dicho esto, pasó entre los bancos, puso una mano en la barbilla de Garrone, que estaba con la vista baja, y, alzándole la cabeza y mirán­dole fijamente, le dijo:

-¡Tienes un alma noble!

Aprovechando la ocasión, Garrone murmuró no sé qué palabra al oído del maestro, y éste, volviéndose hacia los cuatro culpables, les dijo bruscamente:

-Os perdono

Mi maestra

Jueves, 27

Mi maestra ha cumplido su promesa y ha venido hoy a casa en el momento en que me disponía a salir con mi madre para llevar ropa blanca a una pobre mujer, cuya necesidad habíamos leído en los periódicos. Hacía un año que no la habíamos visto en casa; así es que todos la recibimos con mucha alegría. Continúa siendo la misma, menudita, con su velo verde en el sombrero, vestida sencillamente, con peinado algo descuidado por faltarle tiempo para arreglarse, pero más descolorida que el año pasado, con algunas canas y sin dejar de toser.

Mi madre le ha preguntado:

-¿Cómo va de salud, querida maestra?

-¡Bah! No importa -ha respondido, sonriéndose de modo alegre y melancólico a la vez.

-Se esfuerza usted demasiado hablando fuerte -ha añadido mi madre- y brega mucho con los chiquitos.

Y es verdad; en clase no para de hablar; lo recuerdo de cuando iba con ella; continuamente está llamando la atención de sus pequeños alumnos para que no se distraigan. No está un momento sentada.

Tenía la seguridad de que vendría a vernos, pues no se olvida de sus antiguos discípulos; durante años recuerda sus nombres; los días de exámenes mensuales acude al despacho de la dirección para informarse de las calificaciones que han obtenido; los espera a la salida y hace que le enseñen los ejercicios para ver si realizan progresos. Hasta van a verla muchachos que cursan el Bachillerato y llevan ya pantalón largo y reloj.

Hoy regresaba muy cansada del Museo, a donde había llevado a sus alumnos, como acostumbra hacerlo cada jueves, explicándoselo todo con el mayor detalle. Pobre maestra, ¡qué delgada está! Pero es muy activa y se reanima cuando habla de su labor docente. Ha querido volver a ver la cama donde estuve muy enfermo hace dos años, y que ahora es de mi hermano; la ha estado mirando un buen rato muy emocionada. Se ha ido pronto para visitar a un chiquillo de su clase, hijo de un sillero, enfermo de sarampión, y por tener, además, que corregir luego los cuadernos. En fin, que no para de trabajar. Antes de retirarse a su casa, aún debía dar clase particular de Aritmética a la hija de un comerciante.

-Bueno, Enrique -me ha dicho al despedirse-, ¿quieres todavía a tu antigua maestra, ahora que resuelves problemas difíciles y sabes hacer largas composiciones?

Me ha besado y, desde el último peldaño de la escalera, me ha dicho:

-No te olvides de mí, Enrique.

¡Nunca me olvidaré de ti, querida maestra! Aun cuando sea mayor te recordaré e iré a verte entre tus pequeñuelos. Cada vez que pase cerca de una escuela y oiga la voz de una maestra, me parecerá escuchar la tuya y pensaré en los dos años que pasé en tu clase, donde tantas veces te vi malucha y fatigada, pero siempre animosa, indulgente, enfadada cuando alguno cogía la pluma de manera incorrecta, preocupadísima cuando nos preguntaban los inspectores y la mar de satisfecha cuando salíamos airosos; siempre tan buena y cariñosa como una madre... ¡Nunca, nunca te olvidaré, maestra mía!

En la buhardilla

Viernes, 28

Ayer tarde fui con mi madre y mi hermana Silvia a llevar ropa blanca a la mujer necesitada recomendada por los periódicos. Yo llevé el paquete y mi hermana el periódico en que estaba el nombre y la dirección.

Subimos hasta el último piso de una casa alta y entramos en un largo corredor al que daban muchas puertas de otras tantas viviendas. Mi madre llamó en la última, abriéndonos una mujer todavía joven, rubia y demacrada, que de inmediato parecióme haber visto otras veces, con el mismo pañuelo azul a la cabeza.

-¿Es usted la del periódico? -preguntó mi madre.

-Sí, señora; yo soy.

-Pues mire, le traemos una poca ropa blanca. Aquí la tiene.

La mujer no paraba de darnos las gracias y de bendecirnos. Mientras tanto vi en un rincón de la oscura y desnuda habitación a un chico arrodillado delante de una silla, de espaldas a nosotros, y que parecía estar escribiendo, como así era, efectivamente, teniendo el papel en la silla y el tintero en el suelo. ¿Cómo lograba escribir con tan escasísima luz? Mientras pensaba esto para mí, reconocí de pronto los cabellos rubios y la chaqueta de fustán de Crossi, el hijo de la verdulera, el del brazo inmóvil.

Se lo dije a mi madre mientras la mujer se hacía cargo de la ropa que le habíamos llevado.

-¡Calla! -respondió mi madre-. Puede ser que se avergüence al ver que das una limosna a su madre; no le digas nada.

Pero Crossi se volvió en aquel momento y yo no sabía qué hacer. Me dirigió una sonrisa, y entonces mi madre me dio un empujoncito para que lo abrazara. Lo abracé; él se levantó y me estrechó la mano.

-Aquí me tiene -decía entretanto su madre a la mía- sola con este hijo. Mi marido hace seis años que se fue a América, y yo, por añadidura, enferma, sin poder ganar algún dinero vendiendo verdura. Ni siquiera dispongo de una mesa para que mi Luisito pueda trabajar con cierta comodidad. Cuando tenía en el portal el mostrador, por lo menos podía escribir sobre él; pero se lo llevaron. Como ve, hasta carecemos de luz suficiente para que estudie sin perder la vista. Y gracias que puedo enviarlo a la escuela porque el Ayuntamiento nos da los libros y demás material escolar. ¡Pobre hijo mío! ¡Tú, con tantas ganas de estudiar, y yo, infeliz de mí, nada puedo hacer por ti!

Mi madre le dio cuanto dinero llevaba en el bolso, besó al muchacho y casi lloraba cuando salimos de la buhardilla. Tenía toda la razón cuando me dijo:



-Ya ves en qué condiciones se ve obligado a trabajar ese chico. Tú disfrutas de todas las comodidades y aún te parece duro el estudio. ¡Ah, Enriquito! Más mérito hay en su trabajo de un solo día que en el tuyo de todo un año. ¡A él deberían darle los premios!

La escuela

Viernes, 28

Sí, querido Enrique, el estudio te resulta pesado, como dice tu madre; no te veo ir a la escuela con la resolución y la cara sonriente que yo quisiera. Aún te haces algo el remolón. Pero mira, piensa un poco en lo vana y despreciable que sería tu jornada si no fueses a la escuela. Al cabo de una semana pedirías de rodillas volver a ella, harto de aburri­miento, avergonzado, cansado de tus juguetes y de no hacer nada provechoso.

Ahora, Enrique, todos estudian. Piensa en los obreros, que van por la noche a clase, después de haber trabajado todo el día; en las mujeres, en las muchachas del pueblo, que acuden a la escuela los domingos, tras una semana de fatigas; en los soldados, que echan mano de libros y cuadernos cuando regresan, rendidos, de sus ejercicios y de las maniobras; piensa en los niños mudos y ciegos que, sin embargo, también estudian; y hasta en los presos, que asimismo apren­den a leer y escribir.

Cuando salgas por las mañanas de tu casa, piensa que en tu misma ciudad y en ese preciso momento van como tú otros treinta mil chicos a encerrarse por espacio de tres horas en una habitación para aprender y ser un día hombres de provecho.

Pero ¡qué más! Piensa en los innumerables niños que a todas horas acuden a la escuela en todos los países; contémplalos con la imagina­ción yendo por las tranquilas y solitarias callejuelas aldeanas, por las concurridas calles de la ciudad, por la orilla de los mares y de los lagos, tanto bajo un sol ardiente como entre nieblas, embarcados en los países surcados por canales, a caballo por las extensas planicies, en trineos sobre la nieve, por valles y colinas, a través de bosques y de torrentes, subiendo y bajando sendas solitarias montañeras, solos, o por parejas, o en grupos, o en largas filas, todos con los libros bajo el brazo, vestidos de mil diferentes maneras, hablando en miles de lenguas. Desde las últimas escuelas de Rusia, casi perdidas entre hielos, hasta las de Arabia, a la sombra de palmeras, millones de criaturas van a aprender, en cien diversas formas, las mismas cosas; imagínate ese tan vasto hormiguero de chicos de los más diversos pueblos, ese inmenso movimiento del que formas parte, y piensa que si se detuviese, la humanidad volvería a sumirse en la barbarie. Ese movimiento es pro­greso, esperanza y gloria del mundo.

Valor, pues, pequeño soldado de semejante y colosal ejército. Tus armas son los libros; tu compañía, la clase; toda la tierra, campo de batalla; tu victoria, nuestra victoria, significará el establecimiento de una paz verdadera, la comprensión entre todos los hombres, la civiliza­ción humana. ¡No seas, hijo mío, un soldado cobarde!

TU PADRE


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