El acantilado



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EL ACANTILADO


Me duele el acantilado, desde la cabeza hasta los pies me duele. Tengo que descansar y beber un poco de agua, intentar refrigerar el calor que causa toda herida infectada. Mi herida se infectó con polución y asfalto, con ruido y tumulto.

Me han arrancado el acantilado y eso duele; mejor así, de un tirón, rápido y brusco, que no poco a poco sufriendo su lento despegar de mi cuerpo.

Me hieren estas sirenas prostitutas y vocingleras de muerte contingente. Me hieren todas estas caras, todos estos cuerpos ordenados y dirigidos, rebaños sin pastor, su pastor dicen que murió, ovejas pastando dinero, sin trashumancia, sólo la ida y vuelta a casa, al trabajo, a casa, al trabajo, a casa....

Estoy en un tren, tren isleño, no puede ir muy lejos, no es anfibio, si acaso dará vueltas, perímetros costeros, tangentes marinas, caras gordas, rurales, una chica guapa que quiere perder el marchamo pueblerino para adquirir una soberanía ciudadana de poco poder y mucho vasallaje.

Continuo ruido, estos vagones no callan y las personas tampoco; en el acantilado sólo había un diálogo posible: el del mar y el viento, no siempre afable, no siempre cordial, pero eternamente coincidentes. Si uno se cabrea, el otro no se queda impávido. Pero casi sin excepción, era el viento el primero en comenzar y en terminar aquellas discusiones. El mar al final siempre hace lo que le dice el viento.

Una jovencita marca sus tetas, colgando en bandolera un pequeño bolso. La correa le pasa entre sus dos pechos y se los resalta considerablemente; tiernos, lechales. La gorda del fondo se hurga las napias sin pudor.

El tren arranca, el griterío es ensordecedor, pero el traqueteo resulta agradable. ¿Qué hago yo aquí? ¿por qué he venido a un enjambre? Me caen lágrimas de sangre, no me duelen pero manchan, me pican el billete, tampoco me duele.

La chica de las tetas remarcadas tiene boca de pez, pero no agallas; se ha sentado a mi lado, si lee lo que estoy escribiendo me abofeteará. No huele mal, no huele a pez ni a mar ni a moho ni a ruda pisada. Es un tanto inodora, como su expresión, como sus ojos y su boca íctea. Viste un pantalón azul, será por la querencia marina. De cintura para arriba ha preferido tocarse de blanco, un blanco algo nebuloso. No se mueve, permanece hierática. Sí, es un pez. Desde el acantilado a veces veía a los peces nadando, cuando el mar estaba calmo. Ciento veinte metros de altura son muchos metros, y sin embargo yo veía aquellos peces, también a las tortugas y delfines. Pero hombres ahogados nunca vi.

Es curioso este tren, quizás por ser isleño, quizás por dar vueltas como los juguetes infantiles. Estoy sentado en contra de la marcha, pero no me mareo, es como viajar al pasado, hacia atrás. Me gustaría tocar a la chica-pez, desnudar sus escamas, calentar su fría sangre, palpar sus pechos marinos y comprobar si tienen gusto a lapa o a erizo, rociarles con limón para ver cómo se mueven sus pezones. Es un alevín que merece no ser pescado, que debe nadar libre y evitar anzuelos tentadores, que se le debe contemplar desde lo alto del acantilado, junto al faro, y no intentar tocarlo y mucho menos cogerlo.

El ruido me ha provocado tapones de sangre en los oídos. Me cuesta diferenciar los sonidos, sólo distingo una masa acústica, amorfa como un cohombro de mar. La gente se apea del vagón según pasamos por las estaciones, pero la chica-pez permanece a mi lado. Me extraña que no se haya cambiado de asiento al quedar otros libres, que no rehuya mi cercanía. La presencia del silencio nos acerca aunque nuestros brazos no se rozan ni por un momento, ni siquiera el bamboleo del ferrocarril consigue resolver mis dudas sobre la naturaleza de su piel. Desde que se ha sentado a mi lado, no puedo verle su boca entreabierta, ni sus pechos separados por cincha de cuero.

Se ha levantado, nuestros brazos se han rozado dos veces, no me ha mirado. Era un pez.


***

Me llora el acantilado con lágrimas de leche y cal, de desayuno y de paredes amanecientes donde contemplar el acimut solar. Ahora, desde este barco, le veo alejarse, pequeño, de juguete. El dolor me ordeña los ojos y me arranca lágrimas estériles. Allí está, separado de mis pies y de mi piel, mirándome confuso y rencoroso; me llora el acantilado.

El acantilado me llora con lágrimas amarillas, de pintura en las paredes y lejía en el suelo. Ya no hay cal, ya no hay piedra y el acimut del sol no vigila mis desayunos. Un sexto piso, ¿cuarenta metros de altura?, y siempre ruido, ese pegajoso ruido.

Sí, se me ha pegado un ruido.

***

Esta lluvia es tranquila y los truenos desabridos; lluvia y rayos urbanos. Conozco dependientes de concesionarios, parecen pobres lobotomizados, ¿quizás una lechuga por cerebro?

Aquí no me importan las tormentas, el asfalto las encoge como el jíbaro a la cabeza cercenada. No me asustan sus truenos apagados con sordina de hormigón. Y los rayos...¿dónde caen aquí?

***

Me chilla el acantilado, me llama a voces como amo que perdió a su perro, enfadado y preocupado, preparando una regañina que parezca justiciera pero sabiendo que la alegría del reencuentro quemará los cartuchos antes de ser disparados.

Yo, sin embargo, ya no puedo gritar, la urbanidad me lo impide. No chillo en la oficina, no chillo en casa y ni siquiera voceo a los perros en nuestros paseos cronometrados. Estoy rodeado de personas parlanchinas incapaces de gritar, de expulsar por la voz toda la porquería acumulada en nuestro corazón, sin un tubo de escape por donde arrojar el CO2 inconsciente. Me envenena esta mordaza, mordaza educada, mordaza hipócrita y emponzoñada.

Cómo me duele el acantilado, esta desolladura brutal, despellejamiento lítico causado por una determinación pensada, meditada y valerosa, aunque de consecuencias poco previstas.

Me entristece el acantilado, porque se ha quedado otra vez sin farero, ahora que le había cogido el gusto tras ciento cuarenta años de torre y torrero, de luz y lucero.

Los acantilados son lentos para la amistad y lentos para el amor. A lo pétreo no le gusta la prisa. La rapidez es para la carne y no para la roca ni el vegetal. Roca y vegetal siempre se ajuntaron, aunque no siempre han copulado. Más amistad que amor entre ellos.

Ahora la noche no tiene sentido, sólo tiene sentido para dormir, para descansar y volver al trabajo, pero no para pasear. Paseos nocturnos de lechuzas, pardelas, murciélagos, saltamontes, grillos y los que no conocía; paseos de Casiopea, Osa, Auriga, Orión, Escorpio y las que no conocía; paseos de minutos, de horas de tiempos desconocidos, de ese tiempo eterno al que llaman muerte.

Me mata el acantilado, me mata su recuerdo, sus piedras me sangran por dentro y me despeño por sus ciento veinte metros una y otra vez, matándome en cada caída, rebotando y golpeando mi cabeza que acaba por despegarse de mi cuerpo, oliendo a hinojo marino, hediendo a remordimientos encarcelados.

Aquí todo es una burda imitación: los edificios quieren ser peñas y sus portales cuevas; los inquilinos emulan gaviotas ápteras que sólo se dejan pensar.

El sonido que tengo pegado me quiere hacer el amor pero yo se lo impido y me hago el despistado, el dolorido, el ñoño.

Al acantilado se lo hice un par de veces. Me refiero al amor. Ya dije que son lentos en el querer y nuestros escarceos amatorios no pasaron de dos en doce años, que aunque cárnicamente puede resultar una pobre relación, pétreamente es un buen ritmo, un amor intenso y apasionado.

Me quiere el acantilado, me quiere porque me paseaba por sus bordes, porque le miraba con ojos de perro callejero, chuchos de mirada especial, profunda pero vacía. Me quiere también porque me dormía en sus brazos esas tardes invernales de sol juguetón, me quiere porque le acariciaba con manos de cartón y porque no me encuentra, por eso también me quiere.

Pero a mí me canta el acantilado, con su faro giratorio, canciones de cuna. Porque este ruido que se me ha pegado no me deja dormir y yo ya no canto. Cantar debería ser como el mear, para hacerlo cuando te entran las ganas, sin más miramientos.

Aquí nadie canta, quizás por este ruido que todo el mundo tiene pegado, quizás porque se madruga mucho para en realidad no hacer nada, quizás porque no hay tiempo. Pero esto último no puede ser porque para la meada siempre se encuentra un ratito. Si no meas te mueres, pero si no cantas es que ya estás muerto. Aquí los que cantan cobran por ello y eso no es lo mismo.

Me duerme el acantilado con su ro-ro voltinero, pero no me duerme. Me canta, me chilla, me arrulla, pero ya sólo le recuerdo pequeñito, de juguete, como cuando le vi por última vez desde aquel barco cercenante.

***
¡Mujeres!

Hembras por doquier, bien formadas, tetonas, culonas, de insinuante andar y pícara mirada, blancas, negras, tostadas y amarillas, hembras amables con sus ruidos pegados, ruidos que cuelgan de sus ojos, de sus oídos o de los propios pechos, algunas con ruidos vaginales, femeninas sonoridades que a mí no se me han pegado.

Aquí se ven hembras, mujeres, féminas, chiquillas, muchachas, mocosas, putillas, señoras y abuelas. ¿Por qué algunas me miran con cara extraña? Quizás el acantilado me dejó huella, quizás tenga deformidad pétrea o a lo mejor sólo un fósil puede entenderme; pero cual: ¿el amonites?, ¿el trilobites?, este seguro que no, conozco uno y es un cabrón.

.

***


Me llora el acantilado con lágrimas de piedra que se parten al caer. La gente las mira hechas añicos y algunos se asustan al oír su quebranto estrepitoso. Me tengo que esconder para que no me vean así, y porque estas líticas lágrimas pesan demasiado; sentado es mejor. Mis ojos se agrietan y ningún hinojo marino prenderá en esos resquicios, tampoco el halcón querrá hacer allí su nido y ni siquiera el viento gustará de su cobijo. Sólo el ruido se esconderá y el hielo expandirá sus brazos hasta romper mis córneas cegando al torrero sin torre y dejando que se caiga por un acantilado que ya no puede ver.

Pero las montañas aquí se dejan mirar. Parecen tetas, parecen barrigas, parecen culos e incluso parecen montañas. Me hablan las montañas y me enseñan su gramática especial. Una vez la estudié pero ya casi ni me acuerdo, aunque entenderlas, las entiendo. Quizás algún día les escriba una carta, quizás les envíe mi dirección, a lo mejor les propongo un paseo, pero no sé que me contestarán. No sé si gustarán mucho de un torrero sin torre, no sé si les agradará un asiduo morador de acantilados; montañas y acantilados no suelen entenderse, unas gustan del cielo y los otros del mar y con gustos tan diferentes sólo el horizonte puede congeniar.

El horizonte es charlatán y con tal que le escuchen igual le da si es joven o viejo, mar o laguna, estepa o cielo, montaña o trigal.

Me toca el acantilado, él no lo sabe pero me está tocando y yo no digo nada. Me toca la memoria cuando el sol se despide aquí un tanto desabrido entre balcones alineados. Me toca cuando al despertar y salir de este cubil, no huelo el rocío que por la noche lavó a la piedra. También me toca cuando oigo lo que parecía pardela nocturna sin ser más que niño caprichoso.

Y al desayunar deprisa, y al caminar sobre suelo aplastado, y al vestir limpio, y al ducharme por las noches, y al mirar el ordenador, y al mirar el ordenador, y al mirar el ordenador.

Sí, él no lo sabe pero me toca cada minuto del día. ¿Y por la noche? Por la noche nada me toca, sólo un vacío me acaricia.


***
Hoy he descubierto una isla. Hace días que la observo desde este océano duro, pero nunca me llegué hasta ella. Hoy por fin lo hice, me aislé, me acerqué a sus costas verdes y subí a lo alto, donde antaño colocaron un castillo. Es una isla verde donde pude ver el pino y el lentisco, el acebuche y la hiedra, donde olí al nopal y a la ruda, donde escuché la paloma y la abubilla, el petirrojo y el carbonero; al mirlo sólo le vi pasar asustadizo. He vuelto a pisar piedras juguetonas, a pasear por un suelo revelado, a ver a mi perro correr, pero no sé por qué no tuve ganas de cantar ni tampoco de gritar.

Vi al jubilado pasear, con su cara de maniquí arrinconado. También vi a dos deportistas correr, isorrítmicamente, como caballos de exhibición, y todo el mundo me saludó. ¡Cuanta gente educada! En el acantilado no había educación, ni buena ni mala, sencillamente no había.

Hoy hasta una paloma me ha venido a saludar. Yo estaba sentado en un banco cercano al castillo isleño, cuando de forma repentina y desacostumbrada para mí, vi cómo una bonita paloma se me acercaba volando y se paraba a escasos dos metros de distancia. Me miró y me saludó. La contesté y se fue. Me gusta la educación; ya sé que es hipócrita y que la no educación es clara y trasparente aunque tosca y bruta. Pero la mala educación, esa es imperdonable, además abunda y se propaga como la peste. No hay cuarentena para estos apestados, ni botica que la remedie. La no educación es muy diferente de la mala educación, la primera se extingue como esas especies que sólo sobreviven en zoológicos esperando poder ser reinsertadas otra vez en su hábitat natural, esperanza inútil porque su hábitat nunca volverá.

Por eso me gustan los educados, porque los mal educados colonizan países enteros arrasando los pueblos con su grosería. Ejércitos de groseros con la zafiedad como paracaídas han invadido la sociedad.

Así que la cortés paloma casi me hizo cantar, pero casi me hizo llorar.

Es bonita esta verde isla de pino y acebuche. Creo que cogeré la chalupa a menudo, que costearé su perímetro y que indagaré en la historia de sus piedras, en sus mazmorras de torturas encerradas.

Una isla en el asfalto. Una isla en el corazón. Son necesarias las islas, pero las islas de las que poder salir; son bombas de oxígeno, son bombones al atardecer.

Las otras no; las isla-araña te depredan con sus inscritas fauces. Primero caes en sus redes, después te inmovilizan y al final te succionan poco a poco hasta secarte el corazón. Sí, yo estuve en una isla araña pero su tela se rompió pudiéndome escapar de allí.

Sin embargo, esta de hoy es una isla-flor, donde puedes libar sin miedo a que se cierren sus hojas dentadas y te digieran extraños líquidos corrosivos. Me gustan las isla-flor.

Las personas tenemos tanta necesidad de islas que hasta las inventamos con nuestra imaginación y nos fabricamos islotes de diversos colores y formas. Pero al final siempre se reducen a lo mismo: islas-flor o islas-araña. Los que se inventan la segunda se suelen auto devorar.
***

Ayer encontré una pequeña flor en el asfalto, por la noche y de manera sorprendente, como aquella Datura que tantas veces de retorno al acantilado contemplé con su blancura abierta. Aquellos retornos en noches cerradas con luna de rítmico rielar. La flor crepuscular de ayer tampoco era como aquellas violáceas que tapizaban el suelo rocoso después de las primeras lluvias otoñales, ni como la del romero o el tomillo. No, la flor que ayer me encontré, era flor de asfalto, tan bella como la ilusión, hecha para la vida. Su perfume me embriagó y su color me cautivó tanto que canté. Sí, canté por dentro, canté en sueños despiertos con la boca cerrada y en silencio, pero canté. Le di las gracias a aquel ejemplar de tan extraña flora del hormigón, y me recordó que ella no era la primera flor de este tipo que veía, y me recordó aquellas otras que en su día encontré, y me refrescó la memoria fosilizada en el umbral que existe entre la roca y el aire, y por eso canté; en silencio pero canté. Querida flor de pétalos apantallados.

***

No sé si es por mi descubrimiento floral de ayer noche, pero hoy me encuentro felizmente estúpido, bellamente imbécil. Pero no la estupidez del amor, no ese tesoro que un día encontré y que guardo en mi viejo arcón de madera y plástico. Diréis que no podrá ser tan viejo si fabricado está con esa extraña combinación. Pero es que el plástico se lo puse yo, para poder tener ese amor bien cuidado y protegido, sin dejar de verlo ni un instante.

No, la estupidez que hoy me ilumina es la del esclavo feliz, el que no es maltratado sino por el contrario, protegido y alimentado, sólo a cambio de su libertad. ¿Pero sabe alguien lo que es la libertad?

La esclavitud del chupatintas, hoy me hizo feliz; un orgasmo de oficinista me ha recorrido el cuerpo mientras rellenaba de manera descerebrada y automática cajetines vacíos de facturas muertas. Números, números y más números, nirvana del plumífero, éxtasis del oficinista sumiso.

No miento ni quiero mentir. Fui feliz numerando aquellos cajetines, vacíos como ataúdes de escaparate. Yo sólo tenía que endosarles el cadáver, el 3110102, el 4110101, hoja tras hoja, rutina divina sin la que nada es posible. Sin un corazón rutinario el hombre no tendría sentido. ¿Pero tiene sentido el hombre? ¿Y el torrero sin torre? ¿Y la lluvia sin cielo?

El aburrimiento del muerto que espera pudrirse. Quizás sólo eso tenga sentido.


***

Me duele menos el acantilado, con sus piedras de algodón, pero me duele. Me cubre las heridas con sus piedras de algodón y me tranquiliza. Me dice que no moriré desangrado ni por tétanos ni septicemia enrocada. Me dice que me ha encontrado y que me perdona lo que nada tiene que perdonar, porque para eso fue un amigo. No puedo ver el aire pero no me asusta. No puedo oír la mugre, pero debe ser normal, como ser insensible al vacío.

El acantilado me dejó un vacío, pero ese sí lo siento, porque no es lo mismo un vacío que el vacío; el primero es daga mortífera mientras que el segundo principio y final, caras careta, cuerpos maniquí.

***

¡Una flor en el culo! Que cosa más singular es el esnob que pretende perfumar lo que huele mal. Mala mezcla la del perfume y el hedor, que le pasa como al que adula y es traidor.

Curiosos esnob de blandas manos, de duras manos, de gordos cuerpos, de flacos cuerpos, curiosos esnob multiformes, maleables, transformables y bilocables. Ya quisiera el chamán tener sus aptitudes.

***
Me miraba el acantilado mientras un fuerte café con leche y un endurecido croissant, intentaban mantenerme despierto en este mediodía urbano. Me contemplaba callado, como el naturalista lo hace con su ejemplar elegido para el estudio, como el ermitaño contempla el aire. Me miraba y me veía ahí sentado sin nadie a quien hablar, rodeado de un vacío infinito, infinito pero tranquilo, tranquilo como un charco; ¡eso es!, el acantilado miraba al hombre charco.
***
Me he encontrado un pez, muerto en una acera; muerto y seco, mirando un sol todavía oculto, nonato. Quizás quiso ver amanecer sin las lentes que el mar le impone. Quizás quiso beber el aire y nadar en el cemento. Pero el acantilado me dice que no, que eso pasa, que el asfalto les engaña con su brillo malandrín, y ellos piensan en mares quiescentes dándose de bruces con duras mentiras, espejismos de soñadores, sueños de azogue e ilusión, como los de muchos otros, no sólo peces, no sólo pájaros, no sólo imbéciles.

El azogue y la ilusión, peligrosa mezcla resulta. Calidoscopio de cuchillas que pueden herir tus ojos y tu corazón.

Pero me cuenta el acantilado que a veces ocurre que el pez encontró su quiescente lago y el pájaro su arboleda de cristal, que los imbéciles subieron al sol sin abrasarse y las tortugas nadaron panza arriba en un aire embriagador.

Pero me duele el acantilado porque allí nunca encontré un pez muerto, seco, esperando ver un amanecer negro. El acantilado es tan alto que a ningún pez podría engañar y tan no educado que a ningún pez quiso engañar. Como tampoco engañó a los que un día decidieron desde su orilla saltar; ni los empujó ni les frenó, sólo les miró. Les miró como me mira ahora, en estos desayunos silenciosos, entre un montón de horas, amontonadas como basura de un tiempo desperdiciado, desperdicio horario que nadie podrá reciclar, porque el tiempo perdido, a ese sí se lo traga el mar.

***

Me despierta el acantilado con sus piedras de hilo gris. Me despierta con su voz de bajo retirado y su olor a horas húmedas, ese perfume de líquenes incrustados que me recuerda lo que es el pasado; el presente nadie me lo puede mostrar porque se resbala entre las manos como pescado huidizo.

Me despierto, ¡y qué...! Me despierto pero no me despierto, porque el mero hecho de levantarse de una cama caliente, desayunar un fugaz café y encaminarse al anodino trabajo no quiere decir que estés despierto, porque algunos ni siquiera lo están cuando hacen el amor, ni cuando cagan, con perdón. Les hay que duermen en vida desde que nacen hasta que les comienza a recorrer por el cuerpo una rigidez desveladora, un calendario sin hojas, único poseedor del secreto tan guardado, de la cuadratura del círculo, de la esfericidad del cubo, del presente explicado y demostrado, con su fórmula escrita.

Pero yo sentado en esta mesa dormida, de mañana anodina, sólo siento el acantilado y su pájaro azul marino, el que venía a cantarme su canción, el que se subía a lo alto del faro para hacer de gallo en la veleta atascada, el que me dijo un adiós extrañado al ver que guardaba toda mi casa en un garaje y que con sólo una maleta y algunas cajas me alejaba con mi coche de color blanco oxidado. El mismo pájaro que sospechó que ese no era un adiós como los otros, aquellos adioses de quince días, porque este olía raro, olía a pena y desesperación, olía a despedida de jabón, lavada y perfumada para intentar quitarle ese fuerte olor a adiós.

Cuando un adiós huele fuerte, los perros y los pájaros saben que es para siempre. Y mi pájaro azul marino así lo olió, y se lo dijo al acantilado, y se lo dijo al faro, y se lo dijo al halcón aunque a este no le importó. También le dijo al mar lo de mi salida apestada y este se preocupó y se preguntó por el faro y por su luz, y no dejaba de pensar en el sentido que pudiera tener un torrero sin torre, y un faro sin farero; también pensó en castillos sin piedras dándose cuenta de que las piedras sin castillo siempre habían abundado por aquí y por allí. Así que le preguntó al pájaro azul marino por la fórmula del presente pero este enmudeció, dejó de cantar al sentir una extraña rigidez que comenzaba a subirle por ese dedo unguiculado, y se largó de allí volando en un aire que no cuestiona, dejando al mar con su pregunta sin respuesta.

***
Llueve dulce; lluvia de azúcar y remolacha. El petirrojo se ha callado porque prefiere oír la canción del agua que la suya propia; las motos y los coches no le dejan escuchar, pero llueve dulce.

***

Hay una fotografía que me espeta recuerdos. No me agradan esas fotos que te obligan a recordar, que te alborotan sin orden ni tino la memoria, que te marean los cinco sentidos como gallinas ponedoras, para acabar poniendo un huevo huero.

Menos mal que la tengo a mi espalda, que sólo la miro cuando entro en este despacho de tafetán apolillado en el que las horas duermen su narcolepsia carcomida.

Apolillados y carcomidos veo deambular algunos cerebros, encajonados en cráneos osteoporósicos y frágiles; meras telas óseas que envuelven, mentes listas para servir, en su justo punto de salazón, curadas en aires acondicionados de primera calidad, con marchamo nacional y certificado sanitario anual. ¿Denominación de origen? Esto creo que todavía les falta. Pero todo es ponerse.

¿Cómo acabará mi cerebro?

***

El asfalto me cansa con su aplastada presencia. Soy como un pez abisal al que la presión de las profundidades ha moldeado dejándole su foliado perfil.

¿Y mi abismo? ¿Qué moldura me tendrá preparada? ¿La del loco? ¿La del suicida? ¿La del imbécil?...¿o la del nadie?...el nadie abisal.

Hoy me he cruzado con unos cuantos nadies cuando descendía como cada mañana a estas aguas oscuras, donde el sol no llega, donde seres cegados por la oscuridad han desarrollado curiosas lucecitas que les permiten moverse por entre el insondable hormigón. Lucecitas de colores que mantienen en sus cuerpos tan pegadas como el ruido. Lucecitas que algunos toman por astros cuando no son más que gélidos destellitos producidos por unos corazones bombeantes de burbujas vacías.




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