El amor de dios para con los hombres



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Juan de Avila

TRATADO DEL AMOR DE DIOS

(EL MISTERIO DE CRISTO SACERDOTE)



EL AMOR DE DIOS PARA CON LOS HOMBRES

1. Dios nos ama con amor de padre, madre y esposo

La causa que más mueve el corazón al amor de Dios es considerar profundamente el amor que nos tiene El, y, con El, su benditísimo Hijo, Nuestro Señor.

Más mueve al corazón el amor que los beneficios; porque el que hace a otro beneficio, dale algo de lo que tiene; mas el que ama, da a sí mismo con lo que tiene, sin que le quede nada por dar.

Pues veamos, Señor, ahora si tú nos amas; y si es así que nos amas, qué tanto es el amor que nos tienes. Mucho aman los padres a los hijos; ¿por ventura nos amas como padre? No hemos entrado en el seno de tu corazón para ver esto; mas el unigénito Hijo tuyo, que descendió de ese seno (Io i), El nos trajo señas de ello, y nos mandó que te llamásemos Padre (Mt 6,9) por la grandeza del amor que nos tienes; y, sobre todo esto, nos dijo que no llamásemos a otro padre sobre la tierra, porque tú solo eres nuestro Padre (Mt 23,9). Porque así como tú solo eres bueno por la eminencia de tu soberana bondad, así tú solo eres Padre; y de tal manera eres Padre, y tales obras nos haces, que en comparación de tus entrañas paternales, no hay ninguno que así pueda llamarse.

Bien conocía esto tu profeta cuando dijo: Mi padre y mi madre me dejaron y olvidaron; mas el Señor me recibió (Ps 26). Tú mismo te quisiste comparar con los padres, diciendo por Isaías (49,15s): ¿Por ventura habrá alguna mujer que se olvide del niño chiquito, y no tenga piedad para con el hijo que salió de su vientre? Posible será que ella se olvide, mas yo no me olvidaré jamás de ti; porque en mis manos te tengo escrito, y tus muros están siempre delante de mí. Y porque entre las aves el águila es muy famosa en amar a sus hijos, con el amor de ella quisiste comparar la grandeza de tu amor, diciendo: Así como el (p 123) águila defendió su nido, y como a sus polluelos extendió sus alas, y los trajo sobre sus hombros (Dt 32,11).

Sobre el amor de la esposa es ese amor, por lo cual dice (Gen 2,4): Por ésta dejará el hombre a su padre y a su madre, y se llegará a su mujer, y serán dos en una carne. Mas a éste sobrepuja tu amor porque, según dices tú por jeremías (3,1S): Si el marido echa a la mujer de su casa, y, después de así echada, se juntare con otra, ¿por ventura volverá otra vez a él? Mas tú has fornicado con cuantos amadores has querido, y con todo eso vuélvete a mí, dice el Señor, que yo te recibiré.

2. Todas las cosas nos hablan del amor de Dios

Y si todavía eres incrédulo a ese amor, mira todos los beneficios que Dios tiene hechos a ti, porque todos ellos son prendas y testimonio de amor.

Echa la cuenta de todos ellos cuántos son, y hallarás que todas cuantas criaturas hay en el cielo y en la tierra, y todos cuantos huesos y sentidos hay en todo tu cuerpo, y todas cuantas horas y momentos vives de la vida, todos son beneficios del Señor.

Mira también cuántas inspiraciones has recibido buenas y cuántos bienes en esta vida has tenido; de cuántos pecados te ha librado y en cuántas enfermedades y desastres pudieras haber caído, si El no te hubiera librado. Que todas estas cosas son señales y muestras de amor.

Hasta los mismos azotes y tribulaciones que te envía son argumentos de amor, porque son muestras del corazón de aquel Padre que castiga todo hijo que recibe (Hebr 12,6) para enmendarlo y para despertarlo, para purgarlo y para conservarlo en todo bien.

Finalmente, pon los ojos en todo este mundo, que todo él se hizo por amor para ti; y todo él, y cuantas cosas hay en él, predican amor, y demandan amor, y significan amor.



3. Cristo, la máxima expresión del amor que Dios nos tiene

Y si a todas estas cosas estás sordo, no es razón que lo estés a las voces que el Salvador te da en el Evangelio: En tanta manera amó Dios al mundo, que le dio a su unigénito Hijo, para que todo el que creyere en El no perezca, sino alcance vida eterna (Io 3,16). (p.124)

Todas estas cosas son señales de amor, y ésta más que ninguna de todas, como escribe aquel tan amado y amador de Dios, su evangelista San Juan (1 Io 4,9), diciendo: En esto conocemos el amor que Dios nos tiene, que nos dio a su Hijo para que vivamos por El. Y este beneficio, con los demás, son señales del amor que Dios nos tiene, y como centellas que saltan acá fuera de aquel abrasado fuego de amor.

¿Qué tanto mayor debe ser aquel fuego escondido, pues las centellas de él son tan grandes? ¡Oh amor grande! ¡ Oh amor gracioso! ¡Oh amor digno de ser gratificado con amor! Danos, Señor, a sentir con todos los santos la alteza y profundidad, la anchura y longitud de ese amor (Eph 3,18) para que por todas partes sea nuestro corazón herido y conquistado de tu amor.



4. Cristo nos ama

Pero veamos ahora qué tan grande fue ese amor que nos tuvo ese Hijo que nos diste. No hay lengua que lo pueda explicar, porque, como San Pablo dice, la caridad de Cristo excede todo conocimiento y sentido (Eph 3,19), aunque sea el de los ángeles, porque todos no lo alcanzarán a conocer.

Algunos ignorantes y duros no acaban de caer en la cuenta de este amor. Porque como el amor de ellos nazca de la bondad y perfección de la cosa amada (porque el objeto del amor es la bondad y perfección de las cosas), siendo el hombre una criatura tan baja e imperfecta según el cuerpo, y, según el alma, un vaso de maldad, ¿qué amor se podrá tener a criatura tan miserable? Considerando especialmente que aquel divino Amador no es ciego, ni apasionado, ni menos antojadizo. Pues donde no hay ceguedad ni pasión en el que ama, y la cosa que se ha de amar es tan fea y miserable, ¿qué amor se podrá tener?

No es ésta la cuenta que se ha de hacer para medir este amor, porque no nace el amor de Cristo de la perfección que hay en nosotros, sino de la que El tiene, que es mirar a su Eterno Padre. (p,125)



5. El misterio de Cristo: Hijo de Dios

Para lo cual (tomando este negocio de sus primeros principios) has de considerar la grandeza inestimable de las gracias que por toda la Santísima Trinidad fue con cedida a aquella santísima Humanidad de Cristo en el instante de su concepción (Col 2,3.9).

Porque allí le fueron dadas tres gracias tan grandes que cada una de ellas en su manera es infinita. Conviene a saber: la gracia de la unión divina, la gracia universal que se le dio como a Cabeza de toda la Iglesia y la gracia esencial de su alma.

Diósele, primero, a aquella santa Humanidad el Ser divino, juntándola y uniéndola con la divina Persona. De manera que a aquella Humanidad se le dio el ser Dios de esta suerte, que podemos con verdad decir que aquel hombre es Dios e Hijo de Dios, y ha de ser adorado en los cielos y en la tierra como Dios.

Esta gracia ya se ve que es infinita, por la dádiva que se da en ella, que es la mayor que se puede dar, pues en ella se da Dios, y por la manera que se da, que es la más estrecha que se puede dar, que es por vía de unión personal.

6. Cristo, cabeza del cuerpo místico

También se le dio a aquel nuevo hombre que fuese Padre universal y Cabeza de todos los hombres, para que en todos ellos, como cabeza espiritual, influyese su virtud (Col 1,18; 2,9).

De manera que en cuanto Dios es igual al Padre Eterno, y en cuanto hombre es principio y Cabeza de todos los hombres, y conforme a este principado, se le dio gracia infinita, para que de El, como de una fuente de gracia y un mar de santidad, la reciban todos los hombres (Io 1,16). No solamente por ser mayor que todos, sino por ser santificador de todos y, como si dijésemos, un tinte de santidad donde han de recibir este color y lustre todos los que hubieren de ser santos.

Esta gracia también es infinita porque es para toda la generación humana, que no tiene número de personas determinado, sino puede, cuanto es de su parte, multiplicarse en infinito. Y para todo cuanto en ella se multiplicare hay méritos y gracia en la bendita alma de Jesucristo.



7. Hermosura del alma de Cristo

Diósele, finalmente, otra gracia particular para la santificación y perfección de su vida. La cual también se puede llamar infinita, porque tiene todo aquello que (p. 126) pertenece para el ser y condición de la gracia, sin que nada se le pueda añadir.

Diéronsele, además de esto, en aquel punto, todas las gracias gratis datas, de hacer milagros y maravillas cuantas quisiese. Y diéronsele todas en sumo grado y en suma perfección.

Porque ésta es aquella hermosa flor de hermosura donde se asentó la paloma blanca del Espíritu Santo, y tendidas sus alas la cobijó y tendió sobre ella toda su virtud y gracia cumplidamente (ls 11,1).

Este es aquel vaso de elección donde se infundió aquel río de todas las gracias, con todas sus avenidas y crecientes, sin que ninguna gota quedase sin entrar en El (lo i).

Aquí hizo Dios cuanto pudo hacer y dio cuanto pudo dar, porque aquí hizo lo último de potencia y gracia, dando todo lo que podía a aquella alma dichosísima en el punto que fue criada.

Y, sobre todo eso, le fue dado en aquel mismo punto que viese luego la esencia divina y conociese claramente la majestad y gloria del Verbo con que era unida. Y, así viendo, fuese bienaventurada y llena de tanta gloria cuanta ahora tiene a la diestra del Padre.

8. Nuestra predestinación en Cristo

Si te pone admiración esta dádiva tan grande, junta con ella esta otra circunstancia maravillosa que hay en ella. Y es que todo esto se le dio de pura gracia, ante todo merecimiento, antes que aquella bendita alma pudiese haber hecho obra meritoria ninguna por donde la pudiese merecer.

Todo fue junto, el criarla y dotarla de todas estas gracias. No por más que porque así quiso el Señor amplificar y extender sus manos y largueza para con ella y magnificar así su gracia.

Por la cual llama San Agustín a Jesucristo dechado y muestra de la gracia. Porque así como los grandes escribanos o pintores suelen trazar algunas muestras de labores en sus oficios, cuando se quieren dar a conocer, en las cuales, empleando todo su saber, hacen lo último de potencia para que todo el mundo vea qué tanto es lo que alcanza, así esta bondad y largueza infinita de Dios determinó criar una nueva criatura y usar con ella toda su magnificencia y gracia, para que por esta obra conociesen los cielos y la tierra la grandeza de ella.

El rey Asuero hizo un convite maravilloso a todo su reino. Dios hizo un convite mayor y más maravilloso a esta humanidad con quien se desposaba, para que todas las criaturas celestiales y terrenales conociesen por ella la largueza y divina grandeza de su bondad, que a tales cosas se extendió.

Mira tú qué dádiva sea ésta tan admirable y cuán dichosa haya sido aquella alma bendita a quien Dios tal gracia quiso hacer. Y no tengas envidia, sino alegría, pues la gracia que El recibió no solamente la recibió para sí, sino también para ti.

En nombre suyo se escribieron aquellas palabras de Job (31,17): Si comí yo a solas mi bocado y el extranjero no comió de él. Porque desde mi niñez creció conmigo la misericordia, y del vientre de mi madre salió conmigo. Así que no comió su bocado a solas, mas antes lo repartió con los peregrinos.

Como verdadera Cabeza nuestra, recibió lo que recibió, no solamente para sí, sino para sus miembros también.



9. Fundamento del amor que Cristo nos tiene

Ahora pasemos adelante y veamos, de tan grandes riquezas como éstas, qué es la parte que nos cabe. Dime, cuando esta alma santa, que en aquel dichoso punto que fue criada, abriese los ojos y se viese tal cual has oído, y conociese de cuyas manos le viniese tanto bien, y como el que nace rey, y no lo gana con su lanza, se hallase en el principado de todas las criaturas y viese ante sí arrodilladas todas las jerarquías del cielo, que en aquel dichoso punto le adoraron, como San Pablo dice (Hebr 1,6). Dime si es posible decir con qué amor amaría esta tal alma al que así la había glorificado. ¿Con qué deseo codiciaría que se le ofreciese algo con que pudiese agradar y servir a tal Dador? ¿Hay algunas lenguas de querubines y serafines que esto pueden decir?

Pues añade más. Que a este deseo tan grande le fuese dicho que la voluntad de Dios era querer salvar al género humano, que estaba perdido por la culpa de un hombre, y que de este negocio se encargase el Hijo bendito, por la honra y obediencia suya, y que tomase a (p. 127) pechos esta empresa tan gloriosa y no descansase hasta salir al cabo con ella.

Y porque la manera que tienen todas las causas y criaturas es de obrar por amor (porque todas ellas obran por algún fin que desean, cuyo amor concebido en sus entrañas las hace trabajar), y, por tanto, pues El había de tomar sobre sí esta obra de la redención de los hombres, que los amase con tanto amor y deseo, que por amor de verlos remediados y restituidos en la propia gloria, se pusiese a hacer y padecer todo lo que para esto fuese necesario.

Dime ahora, después que aquella alma, tan deseosa de agradar al Eterno Padre, esto conociese, ¿con qué linaje de amor volvería hacia los hombres para amarlos y abrazarlos, por aquella obediencia del Padre?

Vemos que cuando un tiro de artillería echa una pelota con mucha pólvora y fuerza, y la pelota resurte a soslayo de donde va a parar, tanto con mayor ímpetu resurte cuando mayor furia llevaba.

Pues si aquel amor del alma de Cristo para con Dios llevaba tan admirable fuerza (porque la pólvora de la gracia que le impelía era infinita), cuando, después de haber ido derechamente a herir en el corazón del Padre, resurtiese de allí al amor de los hombres, ¿con cuánta fuerza y alegría volvería sobre ellos para amarlos y remediarlos? No hay lengua ni virtud criada que esto pueda significar.

Esta es aquella fuerza que significó el profeta cuando dijo: Alegróse como gigante para correr el camino; desde lo más alto del cielo fue su salida, y su vuelta a lo más alto de él, y no hay quien se pueda esconder de su calor (Ps i8). ¡Oh amor divino que saliste de Dios y bajaste al hombre y tornaste a Dios! (Jo 16,28). Porque no amaste al hombre por el hombre, sino por Dios. Y en tanta manera lo amaste, que, quien considera este amor, no se puede esconder de tu amor porque haces fuerza a los corazones, como lo dice tu Apóstol: La caridad de Cristo nos hace fuerza (2 Cor 5,14).

Este es el amor que significó la santa Iglesia tuya en los Cantares (2,8), cuando dijo: Miradlo cómo viene con tanta prisa saltando los montes y traspasando los collados. Semejante es mi Amado a la cabra montés y al hijo de los ciervos, según la ligereza que trae. Esto mismo significó el profeta Isaías (42,4) cuando dijo: No se entristecerá y turbará hasta establecer en la tierra juicio y concierto, y su Ley esperarán las islas. De aquí nacieron aquellas palabras tan animosas que dijiste: No daré sueño a mis ojos ni dejaré siquiera un poquito pegar mis párpados, ni tomaré algún descanso para mi vida hasta que halle algún lugar y morada en la tierra para el Dios de Jacob (Ps 131,4s).

Esta es la fuente y origen del amor de Cristo para con los hombres, si hay alguno que lo quiera saber. Porque no es causa de este amor la virtud, ni la bondad, ni la hermosura del hombre, sino las virtudes de Cristo, su agradecimiento, su gracia y su inefable caridad para con Dios.

Esto significan aquellas palabras suyas que dijo el jueves de la Cena: ¡Para que conozca el mundo cuánto amo a mi Padre, levantaos y vámonos de aquí! (10,14.31). ¿Adónde? A morir por los hombres en la cruz.

Examina aquí, pues, alma mía, la causa de este grande amor. Tanto quema más el resplandor del sol cuanto más fuertes son los rayos que lo hacen reverberar. Los rayos de ese Sol divino derechos iban a dar al corazón de Dios; de allí reverberaban sobre los hombres. Pues si los rayos son tan recios, ¿qué tanto quemará su resplandor?



10. El amor de Cristo es un abismo sin fondo

No alcanza ningún entendimiento angélico qué tanto arda ese fuego ni hasta dónde llegue su virtud.

No es el término hasta donde llegó la muerte y la cruz. Porque si así como le mandaron padecer una muerte, le mandaran millares de muertes, para todo tenía amor. Y si lo que le mandaron padecer por la salud de todos los hombres le mandaran hacer por cada uno de ellos, así lo hiciera por cada uno como por todos. Y si como estuvo aquellas tres horas penando en la cruz fuera menester estar allí hasta el día del juicio, amor había para todo si nos fuera necesario.

De manera que mucho más amó que padeció, mucho mayor amor le quedaba encerrado en las entrañas del que mostró acá de fuera en sus llagas.

No sin gran misterio quiso el Espíritu Santo que se escribiese, entre otras particularidades del templo de Salomón, ésta: conviene a saber, que las ventanas del templo eran saetías, que por dentro eran mayores de lo (p. 130) que por fuera parecían (Reg 6,4). ¡Oh Amor divino, y cuánto eres mayor de lo que pareces! Grande parece por acá de fuera, porque tantas heridas y tantas llagas y azotes sin duda nos predican amor grande; mas no dicen toda la grandeza que tiene, porque mayor es allá dentro de lo que por fuera parece. Centella es esta que sale de ese fuego, rama que procede de ese árbol, arroyo que nace de ese piélago de inmenso amor. Esta es la mayor señal que puede haber de amor, poner la vida por sus amigos (10,15.13); mas es señal y no igualdad.

Pues si tanto te debo por lo que hiciste por mí, ¿qué tanto más te deberé por lo que deseaste hacer? Si tanto es lo público que ven los ojos de todos, ¿qué tanto más será lo que solamente ven los ojos de Dios? ¡Oh piélago de amor! ¡Oh abismo sin suelo lleno de amor! ¿Quién dudará ya del amor de Cristo? ¿Quién no se tendrá por el más rico del mundo, pues de tal Señor es amado?

Suplícote, Señor mío, por las entrañas de misericordia que te movieron a dar tal dádiva, me des ojos y corazón para que yo lo sienta y conozca, para que me gloríe siempre en tus misericordias y cante todos los días tus alabanzas.

11. El celo del Corazón de Jesús supera el celo de los santos

Si quieres, alma mía, barruntar algo del amor de Cristo, del deseo que tuvo de padecer por ti, párate a pensar la grandeza del deseo que tuvieron los santos de padecer por amor de Dios, y por aquí entenderás el deseo que tuvo este Santo de los santos, pues les excede tanto en santidad y gracia cuanto la lumbre del sol a la de las estrellas y mucho más.

Mira el deseo de aquel bienaventurado apóstol San Andrés, que, viendo la cruz en que había de morir, se requebraba con ella como con esposa muy amada y le rogaba se alegrase con él como él se holgaba con ella.

Vengo a otro género más alto de martirio y a otra manera nueva de deseo, que fue el de San Pablo, que, pareciéndole pocos todos los géneros de tormentos juntos para satisfacer a su deseo, vino a tanto deseo de amor, que deseó las mismas penas sensibles del infierno por la honra de Dios y por la salud de los hombres. Codiciaba, dice, ser anatema de Cristo por mis hermanos (Rom 9,3) (p. 131) deseando en esto estar apartado de Cristo cuanto a la participación de la gloria (aunque no cuanto al amor y a la gracia), como dice San Juan Crisóstomo.

Pues, alma mía, toma ahora alas y sube de este escalón hasta las entrañas y Corazón de Cristo, y mira que si este Apóstol sagrado, no teniendo sino una gota de gracia, tenía tan grande amor a los hombres que verdaderamente deseaba padecer las penas del infierno por ellos, ¿cuántos mayores serán los deseos de Cristo, pues tanto mayor era su gracia y caridad?

¿Qué otra cosa nos quisiste dar a entender en aquellas palabras cuando dijiste: Con un bautismo deseo ser bautizado: cómo vivo en estrechura? (Le 12,50). Porque era tan grande el deseo que tenías de verte ya teñido en tu sangre a fuerza de dolores por nosotros, que cada hora que esto se dilataba te parecía mil años por la grandeza del amor. Y de aquí nacía aquella fiesta gloriosa de los Ramos, que quisiste que se hiciese cuando ibas a padecer, para enseñar al mundo la alegría de tu Corazón, que, así cercado de rosas y flores, quisiste ir al tálamo de cruz. No parece, Señor, que vas a la cruz, sino al desposorio, pues es tanta la fiesta que quieres que se te haga en tu camino.

12. Cristo se desposa con la Iglesia

Pues salid ahora, hijas de Sión; salid, almas devotas y amadoras de Cristo, y veréis al rey Salomón la guirnalda con que le coronó su madre en el día de su desposorio, en el día de la alegría de su Corazón (Cant 3,11).

No hallo yo, Señor, otra guirnalda sino la que hizo su madre la sinagoga el viernes de la Cruz, no de rosas, sino de espinas, para atormentar tu cabeza. Pues ¿cómo se llamará ese día de fiesta y alegría de tu Corazón? ¿Por ventura esas espinas no te lastiman? Sí, por cierto, y más a ti que a ninguno de los hombres, porque tu delicadeza era mayor. Mas por la grandeza del amor que nos tenías, no mirabas a tu dolor, sino a nuestro remedio; no a tus llagas, sino a la medicina de nuestras almas enfermas.

Si al patriarca Jacob le parecían poco siete años de servicio por casar con la hermosa Raquel, por el grande amor que le tenia (Gen 29,20), ¿qué te parecerá a ti un día de la cruz por desposarte con la Iglesia y hacerla tan hermosa que no le quedase mancilla ni arruga? (Eph 5,27). (p. 132)

Este amor te hace morir tan de buena gana; éste te embriaga de tal manera, que te hizo estar desnudo y colgado de una cruz, hecho escarnio del mundo. Tú eres aquel Noé que plantaste una viña, y bebiste el vino de ella en tanta abundancia, que, embriagado de este poderoso vino, caíste dormido en la cruz y padeciste tales deshonras en ella, que tus mismos hijos te escarnecieron e hicieron burla de ti.

13. ¿Quién no devolverá amor a Cristo?

¡Oh maravilloso amor que a tal extremo descendiste! Y ¡maravillosa ceguedad de los hombres, que tomaron ocasión para descreerte de donde la habían de tomar para más amarte!

Dime, oh dulcísimo Amador!, si sola esta centella que nos mostraste acá de fuera fue tan espantable a los hombres, que ha sido escándalo de los judíos y locura para los gentiles, ¿qué hiciera si les pudieras dar alguna otra muestra y que declarara toda la grandeza del amor tuyo?

Pues si sola esta muestra, que es menor, hace salir a los malos de sus sentidos y perder la vista en medio del resplandor de la luz, ¿qué harán tus verdaderos hijos y amigos, que tan creído y conocido tienen tu amor?

Esto es lo que les hace salir de sí y quedar atónitos, cuando, recogidos en lo secreto de su corazón, les descubres estos secretos y se los das a sentir. De aquí nace el deshacerse y abrasarse sus entrañas, de aquí el desear los martirios, de aquí el holgarse con las tribulaciones (Col 1,24), de aquí el sentir refrigerio en las parrillas y el pasearse sobre las brasas como sobre rosas, de aquí el desear los tormentos como convites, y holgarse de lo que todo el mundo teme, y abrazar lo que el mundo aborrece, y buscar abominaciones de Egipto para sacrificarlas a Dios (Ex 8,26).

<,El alma-dice San Ambrosio-, que está desposada con Jesucristo, y voluntariamente se junta con El en la cama de la cruz, ninguna cosa tiene por más gloriosa que traer consigo las insignias y librea del Crucificado».

14. La locura de la cruz

Pues ¿cómo te pagaré yo, Amador mío, este amor? Esto solo es digno de recompensa, que la sangre se recompense con sangre.

Aquella sangre con que Moisés celebró la amistad entre Dios y su pueblo (la cual fue figura de ésta), parte se derramó sobre el altar y parte sobre el pueblo, recibiéndolo, reconciliándolo con Dios (Hebr 9,20). Y la que sobre las cabezas del pueblo, para obligar a los hombres.

¡Dulcísimo Señor!, yo conozco esta obligación. No permitas que yo me salga fuera de ella y véame yo con esa sangre teñido y con esa cruz enclavado.

¡Oh cruz, hazme lugar, y recibe mi cuerpo, y deja el de mi Señor! ¡Ensánchate, corona, para que pueda yo ahí poner mi cabeza! ¡Dejad, clavos, esas manos inocentes, y atravesad mi corazón, y llagadlo de compasión y amor! Para esto, dice tu Apóstol, moriste, para enseñorearte de vivos y muertos (Rom 14,9), no con amenazas y castigos, sino con obras de amor. Cuéntame entre los que mandares, o por vivo o por muerto, y véame yo cautivo debajo del señorío de tu amor.

¡Oh, qué maravillosa manera de pelear ha tomado el Señor, dice la santa profecía! (Iud 5,8). Porque ya no con diluvio, no con fuego del cielo, sino con halagos de paz y amor ha conquistado los corazones; no matando, sino muriendo; no derramando sangre, sino la suya por todos en la cruz.

¡Oh maravillosa y nueva virtud.! ;Lo que no hiciste desde el cielo servido de ángeles, hiciste desde la cruz acompañado de ladrones! ¡Oh robador apresurado y violento! ¿Qué espada será tan fuerte, qué arco tan recio y bien flechado, que pueda penetrar a un fino diamante? La fuerza de tu amor ha despedazado infinitos diamantes. Tú has quebrantado la dureza de nuestros corazones. Tú has inflamado a todo el mundo en tu amor. Tú mismo dijiste a un profeta: Con el fuego de mi amor será abrasada toda la tierra. Y en tu Evangelio dijiste: Fuego vine a poner en la tierra, y ¿qué otra cosa quiero sino que arda? (Le 12,49).

Bien había entendido la virtud de esta venida y de este fuego aquel santo profeta, que por eso daba voces diciendo: ¡Ojalá rasgases ya los cielos y vinieses! Las aguas arderían como fuego (Is 64,1).

¡Oh dulce fuego! ¡Oh dulce amor! ¡Oh dulce llama! ¡Oh dulce llaga, que así enciende los corazones helados más que nieve, y los convierte en amor!

Este es el intento principal de tu venida, a henchir el (p. 134) mundo de tu amor, y, como dice el profeta, visitaste la tierra y embriagártela en amor, y así multiplicaste sus riquezas con tal linaje de amor (Ps 64,10).

Visitando la tierra embriagaste los corazones terrenos. ¡Oh amantísimo Señor, suavísimo, benignísimo, hermosísimo, clementísimo! Embriaga nuestros corazones con ese vino, abrásalos con ese fuego, hiérelos con esa saeta de tu amor.

¿Qué le falta a esa cruz para ser una espiritual ballesta, pues así hiere los corazones? La ballesta se hace de madera, una cuerda estirada y una nuez al medio de ella, donde sube la cuerda para disparar la saeta con furia y hacer mayor la herida.

Esta santa cruz es el madero, y ese cuerpo extendido y brazos tan estirados, la cuerda. Y la abertura de ese costado es la nuez donde se pone la saeta de amor, por que de allí salga a herir el corazón. ¡Desarmado se ha la ballesta y herido me ha el corazón! Ahora sepa todo el mundo que tengo el corazón herido. Corazón mío, ¿cómo te guarecerás? No hay remedio ninguno que te cure sino morir.

Cuando yo, mi buen Jesús, veo cómo de tu costado sale el hierro de la lanza, esa lanza es una saeta de amor que traspasa, y de tal manera hiere mi corazón, que no deja en él parte que no penetre.

¿Qué has hecho, Amor dulcísimo? ¿Qué has querido hacer en mi corazón? Vine aquí para curarme, ¡y me has herido! Vine para que me enseñases a vivir, ¡y me haces loco! ¡Oh sapientísima locura: no me vea yo jamás sin ti!

No solamente la cruz, mas la misma figura que en ella tienes nos llama dulcemente a amor. La cabeza tienes reclinada para oírnos y darnos besos de paz, con la cual convidas a los culpados. Los brazos tienes tendidos para abrazarnos. Las manos agujereadas para darnos tus bienes, el costado abierto para recibirnos en tus entrañas, los pies enclavados para esperarnos y para nunca poderte apartar de nosotros.

De manera que, mirándote, Señor, en la cruz, todo cuanto vieren mis ojos, todo convida a amor: el madero, la figura y el misterio, las heridas de tu cuerpo. Y, sobre todo, el amor interior me da voces que te ame y nunca te olvide mi corazón.

Pues ¿cómo me olvidaré de ti? Si me olvidare de ti, ¡oh buen Jesús!, sea echada en olvido mi mano diestra; péguese mi lengua al paladar si no me acordare de ti y si no te pusiere por principio de mis alegrías (Ps 136,5).



15. Confianza en Cristo

Ve, pues, aquí, alma mía, declarada la causa del amor que Cristo nos tiene. Porque no nace este amor de mirar lo que hay en el hombre, sino de mirar a Dios y del deseo que tiene de cumplir su santa voluntad.

Pues por este mismo camino podrás entender de dónde provienen tantos beneficios y promesas como Dios tiene hechas al hombre, para que de aquí se esfuerce tu esperanza, viendo sobre cuán firmes fundamentos está fundada.

Has de saber, pues, que así como la causa por que amó Cristo al hombre no es el hombre, sino Dios, así también el medio por que Dios tiene prometidos tantos bienes al hombre no es el hombre, sino Cristo.

La causa por que el Hijo nos ama es porque se lo mandó el Padre, y la causa por que el Padre nos favorece es porque se lo pide y se lo merece el Hijo (lo 17,20).

Estos son aquellos sobre celestiales planetas por cuyo aspecto maravilloso se gobierna la Iglesia y se envían todas las influencias de gracias al mundo.

¡Cuán firmes son los estribos de nuestro amor! Y no lo son menos los de nuestra esperanza. Tú nos amas, buen Jesús, porque tu Padre te lo mandó, y tu Padre nos perdona porque tú se lo suplicas. De mirar tú su corazón y voluntad resulta me ames a mí, porque así lo pide tu obediencia. Y de mirar El tus sufrimientos y heridas procede mi perdón y salud, porque así lo piden tus méritos. ¡Miraos siempre, Padre e Hijo, miraos siempre sin cesar por que así se obre mi salud!

¡Oh vista de soberana virtud! ¡Oh aspecto de sobrecelestiales planetas, de donde proceden los rayos de la divina gracia con tanta certidumbre! ¿Cuándo desobedecerá tal Hijo? ¿Cuándo no mirará tal Padre? Pues si el Hijo obedece, ¿quién no será amado? Y si el Padre mira, ¿quién no será perdonado? A un suspiro que dio aquella doncella Axa ante su padre Caleb, le dio el padre piadoso todo cuanto le pidió (los i 5,18s). Pues a los suspiros y lágrimas de tal Hijo, ¿qué se le podrá negar?

De esta manera, ¿cuándo faltará mi remedio, si lo (p. 136) buscare? ¿Cuándo se agotarán mis merecimientos, pues son los tuyos? ¿Cuándo olerá tan mal el cieno de mis maldades, que no huela más suavemente el sacrificio de tu Pasión, siendo tan grande su hermosura, que todos los pecados del mundo juntos no son más parte para afearla que un lunarito muy pequeño en un rostro muy hermoso?

Pues, alma mía, flaca y desconfiada, que en tantas angustias no sabes confiar en Dios, ¿por qué te desmayan tus culpas y la falta de tus merecimientos?

Mira que este negocio no estriba en ti solo, sino en Cristo. No son tus merecimientos solos principalmente los que te han de salvar, sino los del Salvador. Porque si el demérito de aquel primer hombre a cabo de tantos años fue bastante a condenarte (Rom 5,18), mucho más lo serán los méritos de Cristo a salvarte. Ese es el estribo de tu esperanza y no tú.

El primer hombre terreno fue principio de tu caída, el segundo y celestial es principio y fin de tu remedio (i Cor 15,47). Trabaja de estar unido con ése por fe y amor (1o 15,9), así como lo estás con el otro por vínculo de parentesco. Porque si lo estuvieres, así como por el deudo natural participas la culpa del transgresor, así por el deudo espiritual comunicas la gracia del Justo. Si con El estuvieres de esta manera unido, sé cierto que lo que fuere de El será de ti; lo que fuere del Padre será de los hijos, y lo que fuere de la Cabeza será de los miembros; y donde estuviere el cuerpo, allí se juntarán las águilas (Mt 24,28).

Esto es lo que en figura de este misterio dijo el rey David a un hombre temeroso y turbado: Júntate conmigo, que lo que será de mí será de ti, y conmigo serás guardado (i Reg 22,23).

No mires a tus fuerzas, que te harán desmayar, sino mira a ese remediador y tomarás esfuerzo. Si pasando el río se te desvanece la cabeza mirando las aguas que corren, levanta los ojos en alto y mira los merecimientos del Crucificado, y pasarás seguro.

Si te atormenta el espíritu malo de la desconfianza, suene el arpa de David, que es Jesucristo con la cruz. Echa tus cuidados en Dios (Ps 54,33), y asegúrate con su providencia en medio de tus tribulaciones. Y si crees de veras que el Padre te dio a su Hijo, cree también que dará lo demás, pues todo es menos.

16. Cristo continúa presente

No pienses que porque se subió a los cielos te tiene olvidado, pues no se puede compadecer en uno amor y olvido. La mejor prenda que tenía te dejó cuando subió allá, que fue el palio de su Carne preciosa en memoria de su amor.



Mira que no solamente viviendo padeció por ti, pero aun después de muerto padeció la mayor de sus heridas. Y para que sepas que en vida y en muerte te es amigo verdadero, y para que entiendas por aquí cuando dijo al tiempo de expirar: está acabado (10 19,30), aunque acabaron sus dolores no acabó su amor.

Jesucristo, dice San Pablo, ayer fue y hoy es también, y será en todos los siglos (Hebr 13,8). Porque cual fue en este siglo mientras vivió para los que le querían, tal es ahora y será para siempre para todos los que le buscaren, amaren y quisieren.

Vive, alma mía, en perpetuo agradecimiento a tal Señor y a tal amador.


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