El ataque del 11 de septiembre desde la perspectiva de la guerra red



Descargar 99.47 Kb.
Página1/2
Fecha de conversión15.12.2017
Tamaño99.47 Kb.
  1   2
El ataque del 11 de septiembre

desde la perspectiva de la guerra red
Javier Jordán Enamorado

Departamento de Ciencia Política y de la Administración

Universidad de Granada

jjordan@ugr.es



Introducción

Los ataques terroristas del 11 de septiembre han supuesto una llamada de atención a los ciudadanos de las democracias occidentales sobre los riesgos existentes en el actual contexto de seguridad. Sin embargo, el marco teórico, que explica la lógica de ese episodio, y que permite comprender los desafíos que deberán afrontarse en el futuro había sido desarrollado algunos años atrás. Se trata del concepto de guerra red. El objetivo de esta comunicación consiste en exponer las claves del enfoque teórico que permite entender la nueva era de conflicto en la que nos adentramos, y, más en concreto, la guerra actual contra el terrorismo.


1. Notas definitorias de la guerra red

En gran medida, el paso de una generación a otra en el modo de hacer la guerra es una consecuencia de los cambios sociales, políticos y económicos de las sociedades que las protagonizan. Esta es la razón que explica las diferencias entre las guerras del periodo industrial y el conflicto del siglo XXI. Pero aunque son dispares los protagonistas y la manera de librarse, se mantiene la esencia del conflicto. Las ideas de los clásicos sobre la guerra (Maquiavelo, Sun Tszu, Clausewitz) no se apoyaron en la tecnología, sino que hablaron de la naturaleza del conflicto, y por ello son válidas en la actualidad. Para Clausewitz (1984), la guerra es un “choque entre dos fuerzas vivas”, “una acción recíproca”, “un acto de fuerza que se lleva a cabo para obligar al enemigo a acatar nuestra voluntad”, en definitiva, un duelo que tiene como fin imponer la voluntad al adversario. Esta finalidad permanece en la guerra red. Lo que sucede es que son tantos los aspectos que mudan, que podría hablarse de una nueva era en la historia del conflicto.


1.1. La red y los actores del conflicto

Esta es una de las principales divergencias con respecto a las guerras de la Edad Moderna y de gran parte del siglo XX. Los conflictos dejan de ser jerárquicos, entre Estados, y pasan a desarrollarse entre redes, o entre jerarquías y redes. Según Arquilla y Ronfeldt (1996) la guerra red, en términos de conducta, se refiere a los conflictos en los que los rivales se organizan en red o emplean redes con fines de control operacional y de otro tipo de comunicaciones. Una red puede ser definida como una interconexión de nodos. En el caso que nos ocupa los nodos serían actores relevantes desde el punto de vista de la seguridad, sean o no Estados. Y como el concepto de seguridad abarca dimensiones que incluyen y van más allá de lo puramente militar, la lista de actores con posibilidades de desempeñar un papel significativo se ve considerablemente aumentada en relación con la de hace unas décadas. Grupos terroristas y de crimen organizado; fuerzas mercenarias; colectivos étnicos; ONGs de todo signo y motivación; movimientos religiosos; empresas multinacionales; medios de comunicación; personalidades de la vida política, cultural y social, e individuos desconocidos y siniestros; entidades políticas supraestatales; organizaciones de seguridad regionales; foros internacionales de carácter político, económico o cultural; entidades financieras; etc. Todos ellos son susceptibles de participar de un modo u otro en la guerra red. La erosión que experimenta la soberanía estatal como consecuencia de la globalización y de la revolución de la información beneficia a otros actores del sistema. El poder se desliza a entes no estatales. Esto tiene sus aspectos positivos en cuanto que refuerza el papel de la sociedad civil. Pero también tiene su lado oscuro, al beneficiar a sectores perversos de la humanidad. Surgen y se afianzan viejas y nuevas lealtades personales diferentes a la estatal y de carácter transnacional (religiosos, étnicos, ideológicos o culturales). Y, al mismo tiempo, algunos de esos actores también adoptan una estructura interna configurada en red. Con lo que se convierten en redes dentro de otras redes.

En la guerra red la interconexión entre diversos nodos estaría motivada por la coincidencia en determinados intereses. Las redes son suficientemente amorfas como para formar coaliciones entre actores con agendas muy diferentes, y concentrar a todos en la consecución de un objetivo compartido. El entendimiento entre los diferentes nodos puede ser también transitorio y depender de un interés distinto pero compatible con el de otros. En este sentido, se mantendría la máxima del Realismo clásico, según la cual los actores del sistema (en este caso no necesariamente Estados) calcularían sus acciones en términos de interés. Los nodos no serían del mismo “color”, pero tampoco tendrían problemas en cooperar con sujetos que, aunque diferentes a ellos, les ayudasen a la hora de alcanzar sus objetivos. En otras ocasiones sí que se puede dar mayor identificación, la red conseguiría entonces la acción en común de células que de otra forma habrían actuado aisladas o habrían permanecido pasivas. La red permite la alianza y la movilización trasnfronteriza entre nodos muy distantes, y hace posible la centralización en lo estratégico (fines) y la descentralización en lo táctico (el modo como se logran).

La conexión entre los diferentes elementos de la red se vería también posibilitada y potenciada por la globalización y los avances de la sociedades de la información. Redes han existido siempre. Lo que las hace ahora especialmente aptas y poderosas son los adelantos tecnológicos que permiten su coordinación en la concepción, ejecución y retroalimentación de sus operaciones. Internet y el resto de tecnologías de la información ofrecen grandes posibilidades en cuestión de difusión de su agenda política, reclutamiento, recaudación de fondos, coordinación y comunicación entre grupos e intra-grupo, acopio de información e inteligencia, y anonimato y secreto en las actividades rutinarias y tácticas (Flemming & Stohl, 2000). En el nuevo contexto, son además superiores a las jerarquías, pues estas reaccionan más despacio y con menos eficacia a los cambios que se producen en un ambiente altamente informativo y en constante mutación (Nichiporuk & Builder, 1997: 300-301). Y a la vez son menos vulnerables, pues la pérdida de uno de los elementos puede ser reemplazada por la actuación de otros. Las redes, a diferencia de las instituciones jerárquicas, están configuradas en estructuras de mando y control descentralizado, y por ello son más resistentes a la decapitación. Como resultado, la guerra red se convierte en la forma más ventajosa de plantear el conflicto en la emergente sociedad de la información.



Aplicación a la guerra contra el terrorismo

Descendiendo al caso concreto de nuestro estudio, el análisis sería el siguiente:

El adversario de la coalición internacional es una red formada por grupos terroristas que cuentan con el apoyo financiero, logístico y moral, de individuos y comunidades islámicas de carácter radical presentes en varias regiones del planeta, incluidas Europa y Estados Unidos. Algunos de estos grupos son los que forman la organización Al Qaeda, otros serían grupos terroristas independientes que reciben su respaldo y actúan en Chechenia, Tayikistán, Somalia, Yemen, Egipto, Filipinas y Cachemira. Esta red cuenta además con la ayuda de algunos Estados. Uno de ellos es Afganistán. Además es posible que la red reciba también el apoyo de los gobiernos de Sudán e Irak, y de algunos dirigentes de Irán. Al Qaeda tiene relaciones con otros grupos terroristas islámicos, como por ejemplo Hizbollah, Yihad Islámica y el Grupo Islámico Armado. Y ha mantenido contactos con grupos terroristas occidentales como ETA y el IRA auténtico.

La propia organización de Bin Laden tiene estructura de red. Se trata de diferentes células y grupos que actúan bajo su financiación y su guía (Jane’s Information Group, 2001a). Una configuración que se deduce del modo de proceder de Al Qaeda incluso antes del 11 de septiembre. Los ataques fallidos o exitosos en los que ha tenido relación Bin Laden (bien es cierto que en algunos de ellos esa implicación no se encuentra del todo confirmada, aunque existen importantes indicios) han tenido como escenario Somalia, Arabia Saudí, Rusia, Yemen, Kenia, Tanzania, Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos, Albania y Nueva Zelanda. La nacionalidad y origen de los que han participado en dichas acciones es también muy variada (tunecinos, marroquíes, egipcios, argelinos, afganos, pakistaníes, etc) y la presencia de las redes de Al Qaeda se extiende a cerca de 60 países, incluida España (Del Pino, 2001: 23). El modo de operar desvela también dicha estructura en red, pues muchos de los que han participado en la preparación o realización de los atentados era la primera vez que lo hacían y, muchas veces, residían en los países objetivo. Es decir, los cuadros permanentes de la red formaban grupos a partir de los recursos presentes en el lugar de ejecución. Esas células locales contaban con la financiación y el apoyo moral de Bin Laden pero llevaban a cabo sus acciones de manera autónoma. En la acción del 11 de septiembre se dio sin embargo una mayor coordinación.

Los medios que han hecho posible la acción de la red se encuentran disponibles en el entorno globalizado y de la sociedad de la información, y eso es lo que le concede una enorme superioridad. Además de los sistema de comunicación convencionales (teléfonos móviles, fax e internet), que resultan esenciales para la eficacia de la red, estos grupos se han beneficiado de la capacidad que ofrecen los sistemas de diseño por ordenador para falsificar pasaportes y billetes de avión, del dinero electrónico para surtir a los diferentes grupos, de medios de visión nocturna comerciales, de la posibilidad de aprender a volar aviones de pasajeros en las academias privadas del propio país objetivo, se llegaron a interesar por la capacidad de fumigación de aviones privados (presumiblemente para el empleo de armas biológicas o químicas), e incluso uno de los miembros de Al Qaeda, que participó en el complot, ha confesado haber adquirido años atrás fusiles Barrett M81-A1 y 82-A1 (de alta precisión y capacidad de penetración) en Estados Unidos para la organización de Bin Laden. Y todo ello además, por una suma de dinero relativamente baja. En total, se calcula que la preparación y el ataque contra las Torres Gemelas y el Pentágono se pudo realizar con un presupuesto de medio millón de dólares. Aproximadamente una cuarta parte de lo que cuesta uno solo de los misiles Tomahawk lanzados en los primeros días de la ofensiva contra Afganistán.

Además, la red consigue la financiación de sus actividades por medios privados, sin necesidad de recurrir a la ayuda económica de Estados esponsor. Se trata de donaciones procedentes de personajes adinerados del Golfo Pérsico y de comunidades islámicas presentes en el mundo árabe y occidental. A las que se añaden la fortuna privada de Osama Bin Laden, los ingresos derivados del tráfico de la heroína cultivada en Afganistán, y los activos obtenidos de la inversión de todo ese dinero en el sistema financiero internacional.

La desventaja de las organizaciones jerárquicas a la hora de enfrentarse a las redes obliga a que la guerra contra la red deba ser librada por otra red. Esta es la táctica que están empleando Estados Unidos y sus aliados en la guerra contra el terrorismo. La propia coalición internacional es ya una gran red, y también sigue un modelo reticular la estructura de cooperación puesta en marcha entre las agencias militares, policiales, de inteligencia, diplomáticas, etc, de los propios Estados y de diferentes países.
1.2. El enfrentamiento

Si la naturaleza de los actores que combaten en la guerra red es muy diferente a los de las tradicionales guerras entre Estados, las características del nuevo tipo de conflicto también divergen sustancialmente con las de las guerras anteriores.

Por un lado, el enfrentamiento se vuelve multidimensional. Lo habitual es que las guerras anteriores se concentrasen en la acción militar como instrumento político, y acompañasen a su vez dicha actuación con medios económicos, políticos y sociales. Por lo tanto, también afectaban a todos los ámbitos del Estado pero canalizando el esfuerzo en una sola dimensión. En la guerra red, el empleo de la fuerza militar –si se produce- es uno más de los medios utilizados. El espectro del conflicto se amplía y se concentra sobre todo en lo que podríamos llamar la infosfera. Tal y como la describen Arquilla y Ronfeldt (1995: 2), la guerra red sería un conflicto basado en la información que busca perturbar, destruir y cambiar lo que la sociedad “objetivo” piensa de sí misma y del mundo. Para ello la acción se centra en la opinión pública y en las élites sobre las que se basa la estructura política del Estado adversario, y se utilizan las redes disponibles con el fin de transmitir su mensaje a las audiencias objetivo. La información y las comunicaciones siempre han sido importantes en el mundo militar. Sin embargo, están dejando de ser cuestiones subsidiarias para convertirse en asuntos sustanciales en términos de seguridad. Es una consecuencia de la interconectabilidad que se produce en los diferentes ámbitos del mundo globalizado, y de la proliferación de nuevas organizaciones. Información y poder se encuentran cada vez más entrelazados.

Si la red se hace con los resortes cognitivos de la sociedad objeto se puede forzar la voluntad de los decisores políticos de la misma, y lograr así la victoria. La guerra red es por tanto un tipo de conflicto extremadamente complejo. Los antagonistas combaten en las arenas política, social, económica y militar, y difunden sus contenidos informativos a través de las redes de comunicación existentes. La finalidad última es influir sobre los que intervienen en el proceso de toma de decisiones políticas. De ahí que aunque no entrañe necesariamente el empleo de la violencia pueda ser considerada como un duelo dirigido a imponer la determinada voluntad sobre el adversario.

Al mismo tiempo, la dimensión informativa de este tipo de guerra juega un papel importante en lo relativo a la extensión de la red. La ocupación efectiva de la infosfera tiene también su rentabilidad en términos de aumento de los nodos de la red, por la conexión a la misma (actores que ya existían y que se unen al objetivo estratégico) y de activación de nuevos nodos (aparición de nuevos actores y conexión a la red).

Otro aspecto de la guerra red es su carácter asimétrico. Lo cual lleva a aprovechar la propia ventaja, evitar la fuerza del enemigo y atacar su punto débil (Goulding, 2000/2001: 22-23). Además de ser una consecuencia del tipo de actores implicados (muchos de los cuales no poseen fuerza militar) también se debe a la supremacía alcanzada por los ejércitos occidentales, en especial los de Estados Unidos. Los medios que hacen posible la Revolución en los Asuntos Militares conceden una ventaja tecnológica comparable a la que tuvieron siglos atrás los ejércitos occidentales en la conquista y colonización del mundo conocido. Es lógico, por tanto, que los adversarios de Estados Unidos y Europa utilicen caminos innovadores en el planteamiento del conflicto.

Una consecuencia importante de todo esto es que la aparición de actores no estatales y de nuevas vías de enfrentamiento deja desfasados mecanismos de moderación y de gestión de crisis empleados hasta ahora por los Estados. Las hot lines, las medidas de fomento de la confianza y de la seguridad, los acuerdos de limitación de armamentos, la mediación y los buenos oficios, e incluso el Derecho Internacional, resultan inadecuados a la hora de prevenir y regular la guerra red. Es decir, gran parte de los instrumentos construidos tras décadas de masacres y destrucción entre pueblos, y que en muchos casos se han demostrado eficaces para evitar la guerra entre Estados, se vuelven obsoletos en el nuevo paradigma. La guerra red supone un recrudecimiento del estado de naturaleza.

Sin embargo, la guerra red tiene un aspecto positivo que en parte mitiga la característica anterior. La guerra red es en muchos casos menos destructiva porque supone una importante desmilitarización de la guerra. Estratégicamente el enemigo trata en la guerra red de influir sobre la voluntad de los decisores políticos. Esto no se consigue mediante la victoria en el campo de batalla, sino a través de un empleo más eficaz de las redes existentes. El conflicto es en gran medida informacional, pues el objetivo consiste en hacerse con la información y con la percepción de la sociedad a fin de lograr determinadas concesiones; y esto interesa más que el control de territorios y recursos. Por ello, la guerra red supone menos bajas y menos destrucción que las guerras del periodo industrial. Su carácter es sobre todo perturbador.


Aplicación a la guerra contra el terrorismo

La lucha entre las redes de terrorismo islámico y la coalición internacional responde a las características de la guerra red.

En primer lugar, se trata de un enfrentamiento asimétrico. La red terrorista no ha planteado el combate a Estados Unidos y a sus aliados en un campo de batalla tradicional (como lo hizo Saddam Hussein en la Guerra del Golfo). Ha atacado en el corazón del enemigo mediante un acto terrorista de gran magnitud. Aprovechando la sorpresa y las libertades que ofrecen las sociedades democráticas. Es decir, evitando la fuerza del enemigo y atacando su punto débil. En las primeras horas del 11 de septiembre se produjo un desconcierto inicial, lógico por el carácter inesperado del ataque. En un primer momento no se conocía el número exacto de aviones secuestrados, los lugares atacados, ni el modo en que se habían producido los atentados. Los terroristas aprovecharon la confianza y las facilidades de las sociedades desarrolladas y libres para llevar a cabo su acción. También reúne las mismas características el envío de sobre con ántrax a diferentes medios de comunicación, empresas y personalidades políticas de Estados Unidos. Y como las condiciones de libertad se mantienen a pesar de la puesta en práctica de ciertas medidas de control y seguridad, también permanece el riesgo de nuevos ataques asimétricos.

La multidimensionalidad de la guerra red se hace evidente en este conflicto. El enfrentamiento es polifacético y entraña una enorme variedad de riesgos.

La violencia terrorista se manifiesta en los ataques suicidas con aviones secuestrados, el empleo de armas biológicas, y los ataques frustrados y exitosos, realizados por Al Qaeda desde comienzos de los años noventa.

La dimensión militar se encuentre presente en la campaña de bombardeos en Afganistán, la acción de comandos infiltrados en ese país, el apoyo militar a los guerrilleros opositores de los talibán, y las medidas adoptadas dentro de los territorios nacionales de los países de la coalición para garantizar la seguridad de instalaciones estratégicas.

En el terreno policial, se ha puesto en marcha la mayor investigación de la historia de Estados Unidos. Y en los países aliados se han incrementado las medidas de seguridad y se ha intensificado el control sobre grupos e individuos sospechosos. En lo relativo a los servicios de inteligencia, mediante actividades humanas, electrónicas y de cooperación con otras agencias y países, destinadas a prevenir nuevos atentados y combatir la red terrorista. Como es lógico, son pocos los detalles que han salido a la luz pública a este respecto.

La batalla en el terreno económico es protagonizada por la coalición a través de la congelación de cuentas y bienes que se considera vinculados a los terroristas. Por parte de la red la dimensión económica del conflicto se realiza mediante las siguientes acciones y consecuencias: destrucción física de instalaciones económicas significativas (más de cuatrocientas empresas tenían sede en el World Trade Center) con elevados daños materiales y humanos; paralización durante una semana de la Bolsa de Nueva York, caída en las principales bolsas del mundo y desconfianza de los mercados financieros; graves perjuicios a los sectores económicos relacionados con la aviación comercial (previsiblemente la pérdida de 100.000 empleos a nivel mundial), aumento notable de los gastos relacionados con medidas de seguridad en los aeropuertos, lugares públicos y simbólicos, protección de personalidades, etc; amenaza al sistema de seguros civiles; coste económico de operaciones militares de gran magnitud, y de operaciones policiales y de servicios de inteligencia.

En el plano político ambos bandos tratan de ganar la mayor cantidad de apoyos y legitimidad en las acciones emprendidas. La red terrorista mediante la justificación de los atentados, la denuncia de la muerte de civiles en los bombardeos de Afganistán, la llamada a la guerra santa a todos los musulmanes. Estados Unidos y sus aliados trabajan esta dimensión construyendo una gran coalición internacional y recabando apoyos políticos en el ámbito doméstico. El apoyo prestado tras a activación del artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte, la colaboración de Rusia, el consentimiento de China, las facilidades militares ofrecidas por Pakistán y Uzbekistán, la legitimidad ofrecida por las resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, la condena de los atentados por parte de la mayoría de los regímenes musulmanes, conceden a la guerra global con el terrorismo una dimensión política poco comparable a la de conflictos anteriores.

En el plano cultural la red terrorista ha pretendido dar origen a un conflicto de religioso y de civilizaciones: Yo les digo que estos acontecimientos han dividido el mundo en dos campos: el de los fieles y el campo de los infieles. Que Dios nos proteja de ellos. Cada musulmán debe levantarse para defender su religión1. Por su parte, la coalición internacional ha procurado todo lo contrario. Para ello, los dirigentes de los países occidentales se han esforzado en distinguir en sus declaraciones entre el islam y los terroristas. Las operaciones aéreas se han reducido los viernes por respeto a los musulmanes. Se ha intentado incluir a los países árabes y musulmanes en la coalición internacional. Y se ha cambiado el nombre inicial de la operación militar para evitar la connotación religiosa y de cruzada que podía tener. No obstante, para muchos musulmanes la acción multinacional contra el terrorismo es una agresión contra un país islámico que además olvida la situación en Israel. La percepción por tanto es también cultural. La guerra red afecta además a las comunidades de musulmanes que viven en Europa y Estados Unidos. La desconfianza y la percepción negativa sobre ellos puede plantear problemas de convivencia en el futuro y resultar beneficiosa para la actividad de las redes adversarias.

En lo relativo a la infosfera (percepciones, opinión pública, medios de comunicación, mensajes y contenidos informativos), la guerra red iniciada por los terroristas busca transformar la percepción que la sociedad mundial tiene de sí misma y de su entorno. Coincide plenamente con la definición de netwar de Arquilla y Ronfeldt. Por un lado, los mensajes se dirigen a las sociedades musulmanas. Pretenden hacerles tomar conciencia de su situación de inferioridad y opresión2, de la hipocresía de los dirigentes musulmanes que colaboran con Estados Unidos3, de las oportunidades que surgen con este nuevo tipo de guerra y con motivo de este enfrentamiento concreto4; y piden la movilización de todos los musulmanes contra el adversario del islam5. Estas ideas se ven reforzadas por las imágenes de los bombardeos en Afganistán transmitidas por la cadena Al Yazira, o por las de las multitudinarias manifestaciones en los países árabes, a menudo disueltas con violencia. Esta estrategia puede dar sus frutos incrementando la red (sujetos, grupos o comunidades que comiencen a participar o tolerar sus actividades). El terrorismo tiene efectos contagiosos, y el recurso a este tipo de lucha incita a individuos y grupos -hasta ese momento pasivos- a participar en la violencia terrorista. La “hazaña” de las Torres Gemelas pone al descubierto la vulnerabilidad occidental y otros actores puede sentirse atraídos a emularla.

Por otra parte, la guerra red de los terroristas también tiene como objetivo a las sociedades occidentales. La finalidad es doble. Los atentados y la guerra se dirigen a provocar el terror y la inseguridad6 (acabando con la aparente seguridad de la retaguardias norteamericana y europea cuando sus ejércitos participaban en operaciones militares en regiones lejanas7). Y a su vez, a crear el desconcierto sobre la legitimidad de la política occidental hacia el mundo árabe y, en general, hacia el mundo no desarrollado. Para ello se utilizan diversos medios: las declaraciones del propio Bin Laden en su primera grabación8; la emisión de imágenes de los daños civiles producidos por los bombardeos occidentales; el debate abierto sobre la cuestión en el espacio público de las sociedades occidentales9, etc. A largo plazo, la lucha en la dimensión de la información y las ideas podría resultar desfavorable para los gobiernos norteamericano y europeos.

En el lado de la coalición antiterrorista también se lleva a cabo la guerra red en la infosfera. Este sería el fin de las declaraciones reiteradas de la que guerra es en contra de los terroristas y quienes les apoyan, y no contra el mundo musulmán o el pueblo afgano. De la visita del presidente Bush a una mezquita en Estados Unidos. Del lanzamiento de cientos de miles de bolsas amarillas con alimentos sobre Afganistán. O de la oportunidad ofrecida a los talibán de finalizar los bombardeos si entregan a Osama Bin Laden. En la esfera pública, los actores no estatales participarían asimismo en este esfuerzo mediante las imágenes y comentarios emitidos en los medios de comunicación10. El acuerdo entre los principales partidos (unanimidad del Congreso y Senado en Estados Unidos; acuerdo entre PP y PSOE en España) transmitiría también la idea de conveniencia y firmeza en las medidas adoptadas.

Un último aspecto a comentar es el carácter menos moderado, pero también menos destructivo de la guerra red terrorista. A pesar de que Bin Laden se presenta o es presentado como la cara del enemigo, la realidad es que este tiene múltiples cabezas. Por tanto si se quisiera llegar a una solución pacífica no está claro con quién habría que sentarse a hablar, ni de la representatividad que tendría el individuo en cuestión. Por tanto, la única alternativa consiste en acabar con la red terrorista y rendir a los que les protegen o apoyan. La guerra red no terminará con el fin de Bin Laden porque el sólo es un elemento (destacado) de la estructura. Tal como está planteada sólo acabará con la aniquilación del adversario (el objetivo de la coalición) o con la claudicación de su voluntad (el objetivo de los terroristas).

Respecto al carácter destructivo, a pesar de las dramática pérdida de vidas humanas en los atentados de Estados Unidos, en los bombardeos en Afganistán, o en las protestas callejeras de Pakistán, el número absoluto de muertes es muy inferior al que habría producido una guerra convencional en la que participasen tal número de países y actores. La batalla se libra sobre todo en el nivel de las ideas y del control de las percepciones y de la información.
1.3. El espacio y el tiempo del conflicto

Las dimensiones espacio y tiempo en la guerra red también difieren a las de los conflictos clásicos.

En el aspecto temporal puede no estar claro cuándo comienza la guerra red y cuándo finaliza. Cada uno de los componentes de la red ataca en un momento preciso, y la lucha se puede prolongar en la manera de ciclos donde cada actor vigila y espera su oportunidad. No tiene por qué haber necesariamente una declaración de guerra ni fin de hostilidades. Como la eliminación absoluta de uno de los dos adversarios es improbable, por la fuerza de los Estados y la resistencia de las redes, es posible que los conflictos se prolonguen durante años, alternando épocas de calma con tiempos de intenso combate. No existen las batallas definitivas.

Respecto al espacio, las características de la red, las oportunidades de la globalización y la multidimensionalidad del conflicto convierten a todo el planeta en lugar de combate. Los campos de batalla formales prácticamente desaparecen y el espacio territorial se ve complementado por la infosfera.

La red puede tener elementos en zonas que escapen al control material del adversario. En Estados que les ofrezcan protección para sus actividades más visibles (presencia de determinados líderes, campos de entrenamiento, depósitos de armas) o en regiones del planeta que escapen al control efectivo de los Estados (Estados fallidos); es decir, lo que la simbología norteamericana denomina zonas pantanosas (State Department, 2000). Pero otros nodos de la red pueden estar situados en países neutrales o dentro de Estados adversarios. Es el poder derivado de las comunicaciones lo que permite la actuación eficaz de la red. En esta guerra la globalización no permite lugares seguros.
Aplicación a la guerra contra el terrorismo

A pesar de que el 11 de septiembre parece marcar el inicio de la guerra red en que nos encontramos, la red terrorista inició sus actividades varios años atrás. En el caso concreto de las acciones que tienen por origen a Osama Bin Laden, la guerra contra Estados Unidos comenzó poco después de 1991, si bien la organización Al Qaeda data de 1988. El motivo fue el despliegue norteamericano en Arabia Saudí y la posterior guerra del Golfo. Este hecho (considerado como una profanación de la tierra santa musulmana), unido al embargo y a los posteriores ataques aéreos contra Irak, y al consentimiento de la política de Israel sobre los territorios de Gaza y Cisjordania, motivó el enfrentamiento. Los argumentos de Osama Bin Laden aparecen recogidos en su declaración de guerra santa publicada el 23 de febrero de 1998 en el diario árabe Al-Quds al-Arabi en Londres. La justificación es de carácter religioso, y en ese texto legitima la muerte de civiles y militares norteamericanos, y la destrucción de sus bienes materiales (Lewis, 1998: 19).

Sin embargo, las acciones armadas comenzaron varios años antes. En 1992 se atacó a instalaciones militares norteamericanas en Yemen, y en 1993 se realizaron acciones armadas contra las fuerzas estadounidenses desplegadas en Somalia. En ese mismo año se produjo el primer atentado contra el World Trade Center (con la intención de hacer caer una de las torres sobre la otra y liberar de forma simultánea una nube de gas tóxico, además de volar varios puentes y túneles en Nueva York). Los terroristas, relacionados con Bin Laden, fueron detenidos (Byman & Pollack, 2001). Posteriormente, se abortaron varias operaciones terroristas que iban a ser ejecutadas por la red: intento de atentado contra Hosni Mubarak en Egipto y de asesinato de Juan Pablo II durante su viaje pastoral a Manila, ataques simultáneos a las embajadas de Estados Unidos en Israel, Manila, y otras capitales asiáticas en ese mismo año. Hacer estallar en vuelo media docena de aviones norteamericanos en su travesía por el Pacífico y asesinar al presidente Clinton durante su viaje a Filipinas en 1995 (State Department, 1999). En 1996 se produjo otro atentado, esta vez con éxito, contra un cuartel norteamericano en Arabia Saudí que costó la vida de 22 militares.

En agosto de 1998 dos comandos suicidas volaron las embajadas norteamericanas en Kenia y Tanzania. En 1999 se desarticuló un intento de atentado que tenía por objeto derribar un hotel de 400 habitaciones en Jordania y atacar varios lugares de peregrinación cristianos con motivo del Jubileo (Jane´s Information Group, 2001b). La celebración del milenio en Estados Unidos también iba a estar marcada por el terror de Al Qaeda. A finales de 1999 fue abortado un ataque contra el Aeropuerto Internacional de Los Angeles, preparado para el 1 de enero. En septiembre de 2000 una pequeña lancha explosionó una potente bomba junto al destructor USS Cole, que repostaba en un puerto de Yemen. A finales del mes de agosto se había desarticulado en Nueva Zelanda a un grupo de refugiados afganos, relacionados con Bin Laden, que planeaban atentar contra el reactor nuclear de Lucas Height, cerca de Sydney, durante la celebración de los Juegos Olímpicos de 2000 (Karmon, 2000).

A comienzos de 2001 se abortaron también dos intentos de atentado en Europa. Uno de ellos pretendía atacar con explosivos la catedral y un mercado de Estrasburgo en hora punta. Otro habría consistido al parecer en un atentado con gas sarín en el metro de Londres. Los atentados del 11 de septiembre no fueron el comienzo de la guerra red, sino un momento muy destacado de su historia.

Las declaraciones de Bin Laden no dejan ninguna duda sobre su voluntad de continuar. Además la red no es él y el éxito obtenido va a animar a que muchos de los actores que pertenecen a ella quieran prolongar el conflicto.

Por parte de la coalición también se ha anunciado que la guerra va a ser larga. El Secretario de Defensa Rumsfeld la ha llegado a comparar en duración a una nueva guerra fría. La acción contra Afganistán pretende eliminar uno de los principales refugios de la red, pero tras la victoria en ese frente será necesario seguir combatiendo los nuevos puntos de apoyo que encuentre el enemigo, teniendo en cuenta además que algunos de ellos se encuentran en países en los que no se podrá intervenir directamente (Arabia Saudí, Indonesia o Filipinas) y que otros nodos de la red están afincados en los propios países occidentales. Esta guerra red puede prolongarse durante décadas.

Respecto al espacio, como hemos visto a lo largo de estas páginas, la red se encuentra presente en numerosas regiones, y los ataques se pueden producir en cualquier lugar del planeta en el que haya intereses norteamericanos o europeos. También puede ser muy variado el escenario de una sola operación. Según están revelando las investigaciones sobre el atentado del 11 de septiembre, la trama se planeó en Hamburgo y los terroristas recibieron dinero desde una sucursal bancaria de los Emiratos Arabes. Algunos de ellos habían sido entrenados en Afganistán y realizaron su formación como pilotos en Estados Unidos. La guerra además se traslada a la infosfera, a las percepciones de las sociedades implicadas y a los distintos medios de comunicación que cubren y transmiten la información.


2. Una estrategia diferente

El adversario que opta por la guerra red logra una gran ventaja frente a los medios tradicionales de seguridad. Sin embargo, esto no debe llevar a una visión pesimista sobre la situación actual, ni a considerar que aquel que combate en red es invencible. Es verdad que resulta más difícil lograr la victoria absoluta. Pero el triunfo relativo es viable. En la guerra red el éxito no consistiría necesariamente en la derrota completa del enemigo, sino en la supremacía sobre el adversario, en limitar considerablemente su capacidad de actuación. Para ello, la particularidad de la guerra exige cambios en el modo de plantear la batalla. La novedad de la estrategia reside en las líneas de actuación y en los medios necesarios para llevarlas a cabo.


2.1. Líneas de actuación en la guerra red

La estrategia a seguir está marcada por la propia estructura del adversario y por el hecho de que se trata de un ente vivo, que reacciona a los impulsos del ambiente y tiene iniciativa. Las líneas de actuación consistirían por tanto en desarticular la red, evitar su reconfiguración y prevenir su reproducción (Castells, 2001).



a) Desarticular la red. Para ello es necesario inutilizar sus nodos clave, aquellos que permiten una mayor relación entre el resto y que sostienen a una proporción considerable de los demás. Si bien el éxito en esta acción no impide la unidad estratégica del resto de la red, sí que dificulta la ejecución de acciones tácticas, coordinadas entre ciertos nodos, que revistan un especial gravedad. Aunque parte de la red seguiría funcionando, su capacidad de actuación quedaría debilitada.

La anulación de los nodos requiere en primer lugar su identificación y valoración. En la estructura red el valor de los diferentes núcleos depende de su propia importancia y de su situación y relaciones dentro de la red. Por tanto, la primera fase de la desarticulación depende enormemente de la inteligencia. El conocimiento de los diferentes elementos que componen la red, el tipo de vínculos que existen entre ellos y la función que desarrolla cada uno. A esta primera fase seguiría otra de inutilización o aislamiento de los nodos clave. La desactivación de núcleos especialmente relevantes supondría a su vez la anulación, incomunicación, o, al menos, el debilitamiento otros nodos que ocupasen una posición más periférica en la estructura. El éxito continuado de esta estrategia significaría la progresiva desaparición de la red como tal y su división en redes menores y núcleos aislados que verían gravemente limitado su poder.

Por otra parte, la red goza de coherencia y unidad estratégica como consecuencia de la coincidencia en determinados puntos de lo que podríamos denominar el nivel narrativo de la estructura red (Arquilla & Ronfeldt, 2001). Es decir, la coincidencia en una visión del mundo que justifica las lealtades dentro de la organización y el concurso de intereses entre los diferentes núcleos. La pérdida de sentido y de fundamentación del relato que explica el funcionamiento de la red podría en algunos casos debilitar también su eficacia.

En el caso concreto de la guerra contra el terrorismo la desarticulación del adversario requiere una primera fase de inteligencia con el fin de elaborar el mapa de la red. Una etapa que, además de ser la inicial, debería mantenerse para recoger con fidelidad los cambios y evolución de la estructura enemiga. Aunque los detalles concretos son de carácter confidencial, es de suponer que dicho mapa ya existe. La imposibilidad de contrastarlos empíricamente convierte el análisis que sigue en mera especulación, y por ello no nos detendremos demasiado en él.

A la vista de la información disponible, los núcleos principales serían los siguientes: grupos terroristas de especial entidad en lo relativo a recursos materiales y humanos; Estados o gobiernos que prestan apoyo significativo a las actividades de la red; núcleos y redes de carácter logístico (financiación, acogida, prestación de facilidades, suministro de inteligencia, etc). En el primer caso se encontraría la organización terrorista Al Qaeda, en el segundo gobiernos como los de Afganistán, Irak, posiblemente Sudán, y hasta no hace mucho Pakistán. La tercera categoría serían las redes de financiación de asociaciones islamistas cuyas actividades incluyen el apoyo a los grupos terroristas.

La inutilización de cada uno de esos nodos requiere una táctica diferente. La operación militar de Estados Unidos en Afganistán tiene como objetivo principal la desaparición del núcleo de la red “gobierno talibán” y también el debilitamiento de la organización Al Qaeda. Se da por supuesto que la eliminación de esta última exige más actuaciones, como son la congelación de sus bienes económicos o la cooperación con otros países en los que se sospecha la presencia de elementos de la organización de Bin Laden. Es dentro de esta estrategia donde habría que situar también la posibilidad de que la CIA realice asesinatos selectivos de líderes terroristas. Por su parte, la desarticulación de las redes de financiación es especialmente difícil por el carácter disimulado y oculto de las mismas. Pero en su erradicación están tan interesados los gobiernos occidentales como los de ciertos regímenes árabes que las contemplan como focos de desestabilización.

La comunicación entre los diferentes nodos se puede dificultar a través del perfeccionamiento de los sistemas de guerra electrónica y mediante un mayor control de las fronteras. A ello van dirigidas las medidas de ley antiterrorista aprobada en Estados Unidos y algunas de las peticiones que Washington ha formulado a la Unión Europea sobre el control de internet. El problema se encuentra en los costes en términos de libertades que ello supone. Los sistemas de rastreado de las comunicaciones telefónicas y por internet han permitido demostrar la implicación de Bin Laden en los atentados contra las embajadas de Kenia y Tanzania, y conocer algunas de las comunicaciones que mantuvieron entre sí los secuestradores de los aviones que se estrellaron contra el World Trade Center y el Pentágono. La desconfianza por parte de los terroristas a utilizar de forma abierta las tecnologías de la información para su comunicación y coordinación, tendría como consecuencia un deterioro de la eficacia de la red. La interceptación de las comunicaciones podría evitarse mediante el empleo de sistemas de encriptación, pero su propio empleo –y la necesidad de actualizarlos constantemente- ya supone una limitación sensible.

En esta misma línea, resultaría muy conveniente la infiltración humana en determinados nodos de la red. Lo que en muchos casos podría lograrse mediante el recurso a personas de procedencia similar en etnia y religión a los integrantes de la red. La inmigración asentada en Europa y Estados Unidos puede favorecer ese tipo de reclutamiento (y no hay que olvidar que Israel ha conseguido colaboradores entre los propios palestinos). De tener éxito la infiltración, sus consecuencias serían dobles. En primer lugar disponer de información sobre el funcionamiento y actividades de sectores de la red (siempre limitados por el carácter compartimentado de la misma) que de otra manera resultaría inaccesible. De otra parte, crear desconfianza dentro de la propia red sobre la lealtad y seguridad de sus propios miembros. Esto último limitaría el flujo de información dentro de la red, debilitándola considerablemente.

En lo referido al nivel narrativo de la red terrorista, es dudosa la eficacia de las medidas que se adopten para anular su coherencia ideológica. La mayor parte de los sujetos que integran la red se han socializado en contextos de profunda afirmación del metarrelato religioso-político que explica las actividades de estos grupos (universidades islámicas radicalizadas, campos de refugiados, conflictos bélicos de contenido religioso, determinados entornos familiares y sociales, etc). No es fácil contrarrestar la influencia que han ejercido durante años tales circunstancias.

b) Evitar su reconfiguración. Esta segunda línea de actuación requiere también de información e inteligencia que permitan identificar temprana de nuevos nodos y relaciones que sustituyan a las anuladas por la primera fase. Los medios para evitar su consolidación serían muy similares a los empleados en la desarticulación inicial de la red. De hecho, ambas etapas coincidirían en el tiempo. La anulación eficaz de la red requiere una vigilancia constante y la puesta en práctica de medios que contrarresten la reacción de una estructura viva y reticular como es la de este tipo de adversario.

c) Prevenir su reproducción. Se trata de la tarea más compleja de todas. El comportamiento de la red responde a razones de carácter ideológico y también a la percepción de determinados intereses. Y todo esto se apoya a su vez en circunstancias exteriores de carácter objetivo (conflictos, situaciones de injusticia, actitud hostil de ciertos actores, etc). Para dejar sin justificación el nivel narrativo que da coherencia a la red y que a su vez explica la aparición de nuevos nodos y de nuevas relaciones, sería preciso solucionar las razones objetivas que soportan el relato o, en su caso, corregir la percepción errónea sobre el mismo. Es una línea de actuación a largo plazo.

Aplicado a la guerra contra el terrorismo esta tercera fase se plantea como la más difícil de todas. Por un lado, porque los problemas objetivos que explican la acción de la red adversaria no son fácilmente solucionables: la paz en Israel y los territorios de la Autoridad Nacional Palestina y la solución definitiva de ese problema, el fin del bloqueo a Irak, la represión que ejercen sobre su población determinados regímenes árabes –algunos de ellos socios de Estados Unidos y Europa-, situaciones de miseria en países subdesarrollados, etc. Y, por otra parte, porque la corrección de la percepción negativa también es muy compleja. Bien porque responda a causas reales, o bien porque se encuentre profundamente arraigada en el seno de determinadas culturas (la visión negativa de Occidente en el islam se remontaría a las cruzadas, habría sido reafirmada durante la etapa colonial y reviviría con cualquier episodio contemporáneo considerado neocolonial).

Se trata por tanto de problemas muy difíciles de solucionar. No sólo por su carácter grave y complejo sino porque en algunos casos las medidas a adoptar entrarían en conflicto con otros intereses de los gobiernos de Estados Unidos y Europa. Además algunos de esos problemas de fondo –como sería por ejemplo la creciente desigualdad entre las zonas desarrolladas del planeta y las que quedan excluidas- no son sólo consecuencia de ciertas políticas de los Estados del “Norte”, sino sobre todo de otro tipo de actores (entidades financieras, empresas, millones de individuos que se interrelacionan en las sociedades de consumo, mafias, gobiernos corruptos del “Sur”, señores de la guerra, etc). Los efectos perjudiciales de la globalización económica son efecto de otra red mucho más extensa y poderosa que la terrorista.

Por último, también es posible que las acciones dirigidas a desarticular la red y evitar su reconfiguración den lugar a nuevos problemas o justifiquen la percepción negativa, reforzando el discurso que mantiene activa la estructura adversaria. El rechazo que han provocado en amplios sectores de las sociedades musulmanas los bombardeos norteamericanos en Afganistán son una prueba de ello. Las medidas adoptadas para evitar dicho efecto no han sido efectivas (lanzamiento de ayuda humanitaria en Afganistán, reducción de los bombardeos los viernes, repetidas declaraciones de que la guerra no es contra el islam, ni contra el pueblo afgano, sino contra los terroristas y quienes les apoyan, y otras a las que también nos hemos referido anteriormente). Se trata de acciones que demuestran que Washington ha entendido las claves del problema pero que este excede sus posibilidades. Las imágenes de víctimas civiles (muchas veces mujeres y niños) emitidas casi diariamente por la cadena Al Yazira como consecuencia de errores en los bombardeos, unido al background ideológico anterior, anulan el valor de las medidas anteriormente enunciadas.

De la misma manera, la sustitución de gobiernos que apoyan el terrorismo por otros de conducta más pacifica e integrada en la sociedad internacional es un objetivo que se demuestra muy complicado cuando se pretende llevar del papel a la práctica. Un ejemplo cercano a esta crisis es el régimen de Saddam Hussein, que fue preferido como un mal menor (y había sido el causante de uno de los conflictos más destacados del siglo XX) antes que permitir el colapso y, quizás, la desintegración del país. La caída del régimen autoritario de Bagdad podría haber conducido a una crisis interna de características y consecuencias similares a las derivadas de la situación en Afganistán. En otras ocasiones, el cambio de régimen supone admitir unos sustitutos difícilmente aceptables en otras circunstancias. Este es uno de los aspectos más criticados de la política exterior de Washington, y una de las explicaciones del sentimiento antinorteamericano de muchos grupos islamistas. De hecho, también ha sido aprovechado para echar en cara a Estados Unidos su anterior apoyo a Osama Bin Laden y al régimen de los talibán. Efectivamente, se trata de una forma de solucionar los problemas no exenta de dificultades, pero tampoco conviene que olvidar que la política es el arte de lo posible.
2.2. Necesidad de readaptar los instrumentos de seguridad

Este epígrafe podría ser el tema de varios libros, así que nos limitaremos a señalar las ideas centrales. Una vez comprendida la diferencia entre la guerra red y el resto de conflictos tradicionales resulta evidente la necesidad del cambio en los medios que garantizan la seguridad. Vamos a destacar dos claves de la adaptación:


a) Liderazgo con visión multidimensional. Aquellos que establezcan los objetivos y coordinen la acción de las diversas agencias de seguridad deben ser conscientes del carácter multidimensional de la guerra red, sobre todo de la importancia que tiene lograr la supremacía en la infosfera. Esta visión de conjunto, de la que, en la medida de lo posible, deben participar todos los actores empeñados en el esfuerzo bélico, permitirá sumar a la tarea a aquellos que puedan contribuir eficazmente y marcar las líneas generales de actuación.

El liderazgo multidimensional es el mejor capacitado para alcanzar éxitos en la infosfera. Esta es una de las dimensiones decisivas de la guerra red, ya que el objeto del adversario consiste en hacerse con su control y condicionar la actuación a los decisores políticos. El liderazgo del que hablamos debe tener en cuenta los aspectos ideológicos y narrativos de la campaña con el objeto de asegurarse el apoyo de su propia sociedad y debilitar los cimientos en los que se apoya la red adversaria.


b) Adoptar una estructura red. Como hemos repetido varias veces, en un entorno globalizado y marcado por la sociedad de la información, las instituciones fuertemente jerarquizados se encuentran en desventaja a la hora de competir con las redes. Esto obliga a cambios profundos en los modelos organizativos de las tradicionales agencias de seguridad (ejércitos, servicios de inteligencia y fuerzas policiales). Manteniendo la jerarquía necesaria que evite el caos, se trata de adoptar al mismo tiempo una estructura en células especializadas en distintas tareas, que entren fácilmente en contacto unas con otras, en función de las necesidades que surjan. Y esto tanto dentro de la propia institución como fuera de ella. Sumando además la acción de otros elementos externos, como pueden ser ONGs, medios de comunicación, empresas privadas, personalidades, etc.

La finalidad de dicho cambio de estructura consistiría en mejorar sensiblemente la adquisición y procesamiento de la información, en un contexto de lucha en el que la inteligencia reviste una mayor trascendencia. Al mismo tiempo, la configuración en red también permitiría asignar las misiones concretas a la célula más especializada en esa tarea en cuestión o a la mejor situada dentro de la red para realizarla.

Por otra parte, la estructura reticular favorecería el ahorro de los recursos dedicados a seguridad, pues evitaría las duplicidades inútiles que en ocasiones se dan en las estructuras jerárquicas que trabajan en cuestiones similares. Los acontecimientos del 11 de septiembre y la guerra contra el terrorismo han despertado una mayor sensibilidad a los temas de seguridad (lo que puede facilitar el incremento del presupuesto). Sin embargo, es muy posible que esa conciencia de debilite con el paso del tiempo y que en cualquier caso los Estados tengan que asignar esos recursos a otras partidas más necesarias desde el punto de vista social y de desarrollo de la economía nacional. La organización en red se convierte entonces en una solución a la hora de compatibilizar el aumento de la complejidad y del tipo de misiones a realizar por las agencias de seguridad, y el mantenimiento o descenso de los recursos económicos necesarios para llevarlas a cabo.

Evidentemente, los cambios en las organizaciones son difíciles y costosos, y por ello poner en práctica las líneas de trabajo que acabamos de apuntar es una tarea ardua. La fuerza de la inercia y la resistencia al cambio suelen exigir el paso de una generación para que se logren alteraciones revolucionarias. Sin embargo, es en los momentos de crisis y de guerra, como el presente, cuando resulta más factible el triunfo de la innovación. Por ello, quizás no sea necesario esperar décadas para que los cambios organizacionales a un modelo red se conviertan en realidad. Además las resistencias institucionales también se pueden vencer si existe una voluntad decidida por parte del gobierno para acometer la reforma. Si la red terrorista sigue teniendo éxito en sus ataques, la sociedad va a demandar de sus dirigentes una mayor eficacia de los medios de seguridad del Estado (conviene no olvidar que la protección estatal es una de las bases de su legitimidad), y esto incentivará probablemente la voluntad política para la reforma.

Donde también resulta muy necesaria la adopción de la estructura red es en el conjunto de las relaciones internacionales o, mejor dicho, globales. La coalición internacional que ha logrado poner en marcha Estados Unidos tras el 11 de septiembre es un ejemplo de red y de contraguerra red. Pero aun así queda todavía mucho que avanzar en este terreno. Ciertamente es posible lograr la cooperación entre aliados, amigos, y socios eventuales, pero conseguir un sistema más trasparente en el intercambio de información sensible, y de compromiso político que no se encuentre supeditado a los intereses nacionales, es un objetivo muy ambicioso que, hoy por hoy, casi se puede considerar quimérico.

En la construcción de una red internacional verdaderamente eficaz van a competir dos fuerzas contrapuestas. Por un lado, la de la cooperación, impulsada por la afinidad de intereses y por la coacción de los actores más poderosos. Una predisposición que además se verá espoleada por nuevas series de ataques terroristas. Por otro, una tendencia disgregadora por la discrepancia en otro tipo de intereses y por la dificultad de mantener la cohesión de una alianza tan dispar en una guerra prolongada.



Conclusión


Los trabajos de Arquilla y Ronfeldt sobre la guerra red constituyen un marco teórico de gran interés para la comprensión de los acontecimientos sucedidos desde el 11 de septiembre. Desde dicho enfoque, los ataques terroristas de características similares a los producidos en Washington y Nueva York, aunque asombrosos por la forma en que se realizaron, resultaban en alguna manera tan previsibles como inevitables. La guerra red abre nuevos caminos en los estudios de seguridad y hace aún más necesario el carácter multidisciplinar de los mismos. Uno de los aspectos más significativos de la guerra red es la desmilitarización del conflicto. Lo que supone un cambio revolucionario en el modo de enfocar los estudios estratégicos. Es muy posible que nos encontremos en el inicio de otra era en la historia del conflicto, y ello va a requerir el desarrollo de un cuerpo teórico actualizado e innovador que se ajuste a la nueva realidad

  1   2


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2016
enviar mensaje

    Página principal