El califato ortodoxo



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LA EXPANSIÓN ÁRABE

EL CALIFATO ORTODOXO
La sucesión de Mahoma y la organización del Estado árabe-musulmán
La muerte del profeta Mahoma produjo la primera gran crisis que enfrentó la comunidad musulmana o Umma. Al morir, el profeta no había designado expresamente a su sucesor ni había tomado medida alguna para una decisión al respecto. No obstante, parece ser que sin mucha dificultad, sus principales seguidores, aconsejados por Umar y Abu Ubaida, llegaron a un acuerdo al designar en el año 632 a Abu Bakr como su sucesor (632-634). Éste, al anunciar a los fieles la muerte de aquél, pronunció las siguientes palabras:

"Hombres: el que adore a Mahoma, sepa que ha muerto; el que adore a Dios, sepa que éste vive y es inmortal."

El título conferido a Abu Bakr fue el de jalifa, califa, que no es el de profeta. La ley ya ha sido dada, y él, como vicario, debe velar por su aplicación y regir a la comunidad de creyentes. Este hecho señala la inauguración de la institución histórica del califato.

El califa es el custodio y protector de la fe, dispensador de la justi­cia, el caudillo en la oración y la guerra; tiene amplios poderes en el gobierno, en la administración del Estado y en el nombramiento de gobernadores y jueces. El califato como institución está basado en el Alcorán. La sura 2, versículo 28, atestigua su origen divino:

"Recuerda cuando dijo tu Señor a los ángeles: 'Pondré en la Tierra un vicario'. Dijeron: '¿Pondrás en ella a quien extienda la corrupción y derrame la sangre, mientras nosotros cantamos tu loor y te santificamos?' Respondió: 'Yo sé lo que no sabéis'."

Otra sura define el deber del califa de actuar como juez e imponer la sari a, ley divinamente revelada, cuyas fuentes están constituidas por el Alcorán y la Sunna.

"¡Oh!, David, en verdad te hemos establecido como un vicario

(jalifa} en la Tierra.

Juzga tú verazmente entre los hombres..."

(Sura 36, versículo 25)
Abu Bakr
Abu Bakr, padre de Aisha, esposa preferida de Mahoma, enfrentó con carácter su primera tarea: contrarrestar la secesión de las tribus de Arabia, las cuales se sintieron libres del vínculo moral y político que las unía a Mahoma y no reconocieron al nuevo califa. Este movi­miento de rebelión es conocido tradicionalmente como Riada. Dichas tribus aprovecharon la situación para negarse a cualquier pa­go o contribución. La revuelta terminó con una victoria, antes de un año, sobre todas las resistencias locales, imponiéndose el dominio musulmán a casi toda Arabia, incluyendo una zona más amplia que en vida de Mahoma, y alcanzándose la unidad de la península.

Una vez resuelto el problema de la Riada, los árabes comenzaron las guerras de expansión. Con la fundamental motivación de exten­der la nueva fe, se iniciaron las primeras expediciones fuera de las fronteras de Arabia. Estas campañas aumentaron a medida que los musulmanes constataron tanto la increíble debilidad de Bizancio y Persia, imperios agotados por un enfrentamiento continuo, como la riqueza de las regiones fronterizas de la península.

Las primeras incursiones de los musulmanes, tanto en la región le­vantina como en Mesopotamia, se tradujeron en rápidas victorias. En ellas se destacó Jalid Ibn al-Walid, cuyo genio militar ya había si­do probado en las guerras de secesión y quien poseía el apelativo honorífico de Sayf Allah ("la espada de Dios") y el cargo de general en jefe del frente bizantino. En el año 633, los árabes penetraron en Pa­lestina y Transjordania, desbaratando a los bizantinos en Aynadayn, Baysan y Fihl, y obligándolos a refugiarse en Jerusalén y Damasco.

Umar

A la muerte de Abu Bakr, le sucedió Umar Ibn al-Jattab. Durante los diez años del califato de Umar (634-644) se realizarían las gran­des conquistas del Levante, Mesopotamia, Egipto y Persia, y se pondrían los cimientos de lo que iba a ser el clásico Estado islámico.

En forma sucesiva, fueron conquistadas las ciudades levantinas que estaban bajo hegemonía de Bizancio, entre ellas Damasco. La batalla de Yarmuk (636) dejó en manos árabes en forma definitiva la Siria bizantina. En 638 abrió sus puertas al islam la última ciudad de Palestina, Jerusalén; al parecer, la capitulación de esta ciudad siguió a un pacto que aseguraba a los cristianos vida y bienes, iglesias y li­bertad de culto, a cambio de sumisión y tributo.

En el frente oriental, la batalla de Qadisiyya dio término al domi­nio persa del Iraq. Para asegurar las nuevas conquistas, los árabes fundaron dos campos militares, Kufa y Basra, que pronto se trans­formarían en florecientes ciudades y centros de difusión de la cultu­ra. En estas ciudades nacerían las escuelas de gramática que habían de sistematizar la lengua árabe. Con la batalla de Nihawand, en el año 641, los árabes se abrieron paso a la meseta de Irán, ocupando finalmente toda Persia.

La campaña al país del Nilo fue conducida por Amar Ibn Al-as, quien venció a los bizantinos en la ciudad de Ayn Sams, Heliópolis, hasta que finalmente, en 642, los árabes entraron triunfantes en Ale­jandría. Durante sus campañas en Egipto, Amr Ibn Al-as fundó el campo militar de Al-Fustat, que se convertiría posteriormente en la importante metrópoli cíe El Cairo, ciudad que desempeñaría un rol de gran relevancia en el desarrollo cultural árabe-islámico.

Durante el califato de Umar, se fue esbozando la constitución del naciente imperio árabe, sustentado en una organización de carácter militar. El gobernador de cada provincia era el mismo jefe militar que la había conquistado, en quien se centraban las funciones de pre­sidir la oración, exhortar de modo oficial al pueblo congregado en la mezquita y administrar justicia en nombre del califa. La población conquistada que profesa confesiones religiosas distintas a la fe mu­sulmana —Ahl-AI-Kilab, "gente del libro” o judíos, cristianos y zoroastrianos— recibía la categoría de protegidos, dimmi, de ciuda­danos de segunda clase en el Estado islámico. Este status social no los obligaba a participar en forma activa en la defensa de la Umma contra los Estados beligerantes, ni les otorgaba derecho a participar en el reparto de los botines de guerra. Sin embargo, su contribución al tesoro del Ummat al-Islam, comunidad de fieles, se hacía a través del pago de una capitación o yizya. Los neoconversos al Islam sólo podían ingresar a la nueva fe haciéndose clientes o mawali de una u otra de las tribus árabes. Teóricamente, los mawali tenían el mismo status social que los árabes dentro de la Umma.

Umar prohibió la adquisición de tierras privadas en los territorios recién conquistados, respetando los bienes de la población lugareña. Umar fue también quien fijó e introdujo la era musulmana, compu­tándola desde el año en que tuvo lugar la hégira de Mahoma (622). La tradición árabe representa en este califa al ideal de hombre musul­mán, por su piedad, sentido de justicia y habilidad política y militar. A fines del año 644 murió asesinado por un esclavo; fue enterrado, como Abu Bakr, junto a Mahoma, en la mezquita de Medina.

Antes de morir y anticipándose al peligro de guerra civil con que se enfrentaría el Islam ante el problema de la sucesión, Umar había constituido un colegio electoral o Sura, compuesto de seis miembros, integrado por los candidatos más probables para la sucesión, con el deber de elegir a uno de ellos como nuevo califa. La Sura, haciendo caso omiso de las pretensiones de Ali, eligió al débil Utman Ibn Affan (644-656), yerno de Mahoma, esperando así poder intervenir en el gobierno. La elección de Utman representó una victoria de la anti­gua aristocracia mequí.


Utman

La debilidad y el nepotismo de Utman pusieron de manifiesto los resentimientos que durante cierto tiempo habían venido desarrollán­dose subterráneamente entre los árabes. Situación que se agravaba al eludir, con concesiones privadas, la prohibición impuesta por Umar de adquirir tierras; de esta manera se fue abriendo camino a la gran propiedad y al capital. Tres de los miembros de la Sura, los más defraudados, Ali, Zubayr y Talha, trataron de persuadir al califa de que desistiera de su nepotismo, en vista del general descontento en la comunidad islámica, pues como resultado de esta política los medinenses, los habitantes de Kufa y de Egipto habían iniciado rebe­liones. Asediado en su propia casa, murió asesinado. Utman, sin que pudiera impedirlo Na ila, su mujer, quien posteriormente envió a Mu awiya, gobernador de Siria, la túnica ensangrentada del califa muerto, encomendándole vengar la muerte de su esposo.

El hecho más significativo durante el gobierno de Utman lo consti­tuye la fijación y promulgación del texto sagrado al coránico.

A pesar de la inestabilidad política que caracteriza a este período, la expansión del imperio no se detuvo. En el año 646 se llevaron a efecto incursiones en Cirenaica, y al año siguiente en Capadocia y en Frigia. En 649 se produjo la primera expedición marítima musulma­na, con un desembarco en Chipre. Dos años después se completó la conquista de Persia oriental. También se efectuaron operaciones terrestres en Armenia y en África septentrional hasta Ifriqiya (actual Túnez), pero fueron limitadas y cesaron prácticamente en el año 651. Las expediciones marítimas continuaron dirigidas por Mu awiya, go­bernador de Siria, y Abd Allah Ibn Sarh. A la conquista de Chipre siguió una invasión de la costa siciliana. En 655, la ilota árabe derro­tó a la bizantina en las cercanías de la costa de Licia; con ello comen­zó la desaparición de la hegemonía bizantina en el mar Mediterrá­neo, abriéndose nuevos horizontes para el Islam, que empezó a pre­valecer en el dominio de las rutas marítimas y a transformar las condiciones económicas de los países costeros.

Al morir Utman, asumió la conducción de la Umma Ali Ibn Abu-Talib.
Ali

Utman había sido asesinado por un grupo de amotinados del ejér­cito árabe de Egipto. El crimen marcó una crisis en la historia del Islam y a su vez debilitó en gran medida el prestigio moral y religioso del califa, al sentar un triste precedente. Si bien el crimen fue cometi­do por los rebeldes de Egipto, el centro de oposición más fuerte fue la misma Medina. Talha y Zubayr, miembros de la aristocracia mequí; Aisha, la viuda del profeta, y el general Amr Ibn al-as, conquis­tador y gobernador de Egipto, que había sido recientemente susti­tuido por orden de Utman, crearon centros de conspiración; es po­sible que hayan participado en los acontecimientos conocidos por la tradición como yawm al-dar, "el día de la casa".

Ali fue proclamado en Medina como califa, pero al no ser recono­cido por todos, dio ocasión a la primera fitna o ruptura de la comu­nidad. Por una parte, el clan omeya, con Mu’awiya a la cabeza, reclamó el castigo de los asesinos, lo que Ali no pudo o no quiso conceder. Aisha, Talha y Zubayr, olvidando su papel en los aconteci­mientos precedentes, se sublevaron, arrastrando a la ciudad o misr de Basra en su movimiento. Lo rechazaron también los quraysíes, que habían perdido poder con la muerte de Utman, y los piadosos medinenses, que veían en Ali al principal beneficiario de un sacrílego cri­men.

Dispuesto a enfrentar a sus antiguos aliados encabezados por Aisha, salió Ali de Medina en octubre de 656, hecho que señaló el fin de Medina como capital del imperio islámico. Además, por primera vez un califa dirigía un ejército musulmán para enfrentarse con herma­nos musulmanes.

Ali se dirigió al misr Kufa, recibiendo el apoyo de la población, y marchó contra Basra, donde aconteció la lucha conocida por la tra­dición como la "batalla del camello", pues el principal enfrentamiento se desarrolló en torno al camello montado por Aisha, la "Madre de los Justos". La batalla concluyó con la victoria de Ali. Talha y Zubayr perecieron en el combate y Aisha fue hecha prisionera devuelta a La Meca, donde permanecería hasta su muerte en 678.

Después de ocupar brevemente Basra, Ali regresó a Kufa, ciudad que hizo su capital. Aparentemente fortalecido y dueño del imperio islámico, el califa contaba solamente con apoyo en la zona que controlaba; gran parte de Arabia y Egipto permanecían neutrales. Además era acompañado en su séquito por pietistas y teócratas que constantemente discutían su autoridad. En Siria, Mu awiya ocupaba una sólida posición, gobernando una provincia unida, con autoridad centralizada y disponiendo de un buen ejército, entrenado y discipli­nado en las guerras de frontera con los bizantinos. Mu awiya había permanecido neutral mientras Ali luchaba con sus adversarios, pero después de la eliminación de éstos, demandó justicia por el asesinato de Utman. Con esto no hacía más que actuar de acuerdo con la anti­gua costumbre árabe sancionada por el propio Alcorán. Sin reclamar pretensiones al califato, discutía el título de Ali, acusándolo de culpa­bilidad moral. Su primer movimiento fue rechazar al gobernador que envió Ali para reemplazarlo, lo que obligó al califa a salir al mando de sus tropas. En la primavera de 657, los dos ejércitos se encontra­ron en Siffin, a orillas del Eufrates; después de algunas semanas de negociaciones y desafíos, se enfrentaron definitivamente el 26 de ju­lio de 657; cuando las fuerzas de Ali ya alcanzaban la victoria, Amr Ibn al-as, partidario de Mu awiya, hizo a sus soldados clavar hojas del Alcorán en las puntas de sus lanzas, queriendo significar que era necesario detener la lucha fratricida y someterla al juicio de Dios. La presión de sus hombres indujo al califa a aceptar la tregua y a confiar la decisión a unos árbitros. Ante esto, cierto número de hombres protestó, aduciendo que no reconocían ninguna decisión emanada de arbitraje humano, pues era un sacrilegio dejar en manos de hombres el juicio divino. Mientras se realizaba el litigio, estos partidarios de Ali se aislaron de ambas partes y desde entonces recibieron el nombre de jawariy, "aquellos que se salieron", denominación que los identi­ficará a lo largo de su historia. Con esto dieron origen al primer quiebre de la Umma, perfilándose así los tres sectores que nacieron del cisma islámico: la Shía, o partidarios de Ali; los jawariy, y aquellos que, siguiendo a Mu’awiya, conformaron la ortodoxia islámica o Sunna, en otras palabras: shiítas, jarichitas y sunnitas.

La aceptación del principio del arbitraje hizo perder a Ali sus prerrogativas de califa. Las sesiones se realizaron en Adrah; los ár­bitros, absolviendo a Utman, fallaron contra Ali, lo que trajo consi­go que las tropas de Mu awiya proclamaran a éste como califa el año 658. Ali, antes de iniciar su campaña contra Mu awiya, consideró ne­cesario reducir en primera instancia a los jawariy, aplastándolos en Nahrawan, hecho sangriento que contribuyó a su descrédito y afian­zó las pretensiones de Mu awiya. Finalmente, Ali fue asesinado en Kufa delante de la mezquita por un jarichita, que vengaba la matan­za de sus hermanos. Su muerte aseguró el triunfo de la familia Omeya.
EL CALIFATO OME YA

La pugna política interna
La ascensión al poder de Mu’awiya, fundador de la dinastía Omeya, da inicio a una nueva etapa para la Umma. Los historiadores ára­bes inmediatamente posteriores a la dinastía, designan a este período como monarquía mulk, negándose a otorgar a los gobernantes omeyas el título de califas, por haber secularizado el naciente imperio islámico, y señalan la reanudación del califato con el advenimiento abbasí, en 750.

El nexo teocrático que había sustentado y mantenido unida a la Umma, durante los primeros califas ortodoxos Abu Bakr y Ornar, había sido destruido después del asesinato de Utman y la guerra civil que siguió a este hecho. Al instaurarse la nueva dinastía (661), se pro­dujo el traslado de la capital imperial de Medina a Damasco, lo que significó la pérdida del poder para la oligarquía mequí y de la impor­tancia política de Medina y La Meca, que sólo conservaron su presti­gio religioso, como cuna del Islam y centro de peregrinación de los santos lugares; esto, sumado a la rápida expansión del imperio, al es­tado de semiautonomía que poseían las nuevas provincias, al descon­tento de los partidarios de Ali, que postulaban los derechos de él y sus descendientes como legítimos sucesores del profeta Mahoma, y al problema jarichita, presentaba un complejo cuadro lleno de dificul­tades para la naciente administración Omeya.

El rol de Mu awiya, proclamado califa en Jerusalén en 661, fue fundamental para el asentamiento de la dinastía. Su primera gran la­bor fue el restablecimiento de la unidad del imperio; para ello inició un proceso de centralización gubernamental, ahora necesario si el na­ciente imperio había de sobrevivir. Este proceso suponía la adopción de varias medidas.

La primera de ellas fue el traslado de la capital a Damasco, cuya posi­ción central y participación en antiguas tradiciones culturales y admi­nistrativas permitirían hacer posible un gobierno que eficientemente do­minara las provincias más remotas. Además, Siria ofrecía la posibilidad de sustentar la nueva administración en una población recientemente convertida al Islam y ajena a las luchas intestinas de la península arábi­ga. Finalmente, Damasco era la base y centro de operaciones de Mu awiya como ex gobernador de la provincia, desde donde iniciara su lucha por el liderazgo de la comunidad de creyentes.

El segundo paso fue asegurar el poder califal, reafirmando la amplitud de sus poderes como guía religioso y político frente a la Sura o consejo de notables musulmanes que el arbitraje de Adrah había establecido.

En cuanto a la administración provincial, los califas omeyas su­pieron rodearse de personeros de cuya lealtad no cabía duda, dando a los gobernadores amplios poderes para ejecutar la política califal. Sin embargo, el nuevo califa se apoyó principalmente en los be­duinos, al implementar una Sura, organismo consultivo y algunas veces ejecutivo, donde estuvieron representadas las principales tribu árabes, estableciendo un compromiso entre la autoridad y los jefes de tribus y notables. Este sistema fue también impuesto en los gobiernos provinciales, donde se constituyeron consejos locales. Esta política clara vuelta a la fórmula de alianzas tribales prevaleciente en la Arabia preislámica, donde el nexo político se sobreponía al religioso, iba a ser una de las causas que conducirían al cabo de un siglo a la caída de la dinastía. Finalmente, para asegurar la continuidad del poder, Mu’awiya realizó un profundo cambio que caracteriza el paso de los califas or­todoxos a los omeyas; estableció la institución de la sucesión califal por línea directa, con lo que se aseguraba el mantenimiento del poder en la Casa Omeya.

Mu’awiya, gran constructor del califato omeya, se destacó por su habilidad y fineza políticas; fue considerado uno de los más grandes califas hasta por la oposición política abbasí y shiíta. Su di­nastía dotó al imperio musulmán de un sólido armazón jurídico y ad­ministrativo, desarrolló la urbanización y la vida social, fue la iniciadora de la arquitectura musulmana; favoreció la gestación de un movimiento intelectual, sentando las bases para el desarrollo de la futura civilización árabe-islámica clásica, que la época abbasí no ha­rá más que llevar a su apogeo.

En el período omeya, el imperio musulmán consiguió su mayor ex­tensión territorial, abarcando desde los confines de China hasta la península Ibérica.

A la muerte de Mu’awiya (680) se agudizaron los conflictos inter­nos, fomentados especialmente por el círculo medinense, que reprochaba a los omeyas el abandono de las tradiciones del profeta y su excesivo interés por los asuntos temporales en desmedro de los re­ligiosos. Entronizado el hijo de Mu’awiya, Yazid (680-683), debió enfrentar una rebelión encabezada por Al-Husayn, hijo de Ali y de Fátima, la hija del profeta, quien reclamaba sus derechos al califato. Al-Husayn rehusó reconocer al nuevo gobernante. Llamado por los shiíes de Kufa, fue proclamado califa; cuando intentó apoderarse de la ciudad, se enfrentó con las tropas dirigidas por Ubayd Allah cerca de Karbala en octubre de 680, perdiendo la vida. Aunque el hecho no tuvo gran trascendencia militar, el drama de Karbala, donde un des­cendiente del profeta murió luchando contra los "usurpadores", iba a provocar un abismo irreconciliable entre el Islam shiíta y sunnita. La shía, que comenzó como una facción puramente árabe y política, agrupada en torno a las pretensiones de Ali y sus descendientes al ca­lifato, habiendo fracasado después de la batalla de Karbala, buscó la victoria como una secta islámica, adquiriendo la mayoría de sus pro­sélitos entre los mawali, en quienes la idea de una sucesión legítima a partir de la descendencia del profeta, ejercía mayor atractivo que continuar bajo la hegemonía de una dinastía hereditaria cualquiera. El shiísmo llegó a ser esencialmente la expresión religiosa de la oposi­ción al Estado y al orden establecido, cuya aceptación significaba conformidad con (sunní) la doctrina islámica ortodoxa.

Después de la batalla de Karbala, algunos shiítas se plegaron a los omeyas, otros intentaron sucesivas revueltas en Siria y en Irak, hasta ser finalmente aplastados en 685. Respaldado por descontentos per­tenecientes a los alíes, a los mawali y a las grandes familias, encabe­zó más tarde una sublevación en la zona; se formó un pequeño reino que estableció en Kufa, que fue vencido por Ubayd Allah en 687. No volvería a haber rebeliones shiítas hasta el año 740, durante el califa­to de Hisam.

Importante fue la rebelión que estalló en el Hiyaz, dirigida por Abd Allah Ibn Zubayr, quien no reconoció a Yazid como califa. Este período representa un rebrote de las antiguas rivalidades tribales entre los qaysíes del norte, contrarios a los omeyas, y los kalbíes o ye-meníes del sur, partidarios de la dinastía. Las tropas de Yazid ven­cieron en Medina a Ibn Zubayr, quien se refugió en la ciudad de La Meca. El deceso del califa Yazid ocasionó entonces un período anár­quico, ya que su hijo, Mu awiya II, murió a las pocas semanas. Los medinenses proclamaron califa a Ibn Zubayr, apoyado por la tribu de los qaysíes. Por su parte, sus rivales yemeníes eligieron califa a Marwan Ibn al-Hakam, quien finalmente se impuso. Su corto pe­ríodo se caracterizó por constantes luchas, hasta que le sucedió su hi­jo, Abd al-Malik (685-705), quien logró restablecer la unidad y la paz en el imperio, constituyéndose en uno de los califas más destacados de la dinastía. Con la muerte de Ibn Zubayr, el año 692, desapareció la posibilidad de que las ciudades de La Meca y Medina ejercieran al­gún rol político importante.

El movimiento jarichita constituyó una amenaza permanente para los omeyas. Momentáneamente controlados después de la batalla de Naharawan, los jarichitas evolucionaron hacia tendencias políticas anarquistas, que derivaron en la gestación de varios focos de rebelión en diversos puntos del imperio.

Estas revueltas jarichitas prosiguieron hasta el final del califato omeya y fueron uno de los factores que contribuyeron a la caída de la dinastía.

Durante el gobierno de Abd al-Malik se inició un proceso de orga­nización y ajuste de las antiguas estructuras de administración persa y bizantina; desde luego se instauró el árabe como lengua oficial de la administración y contaduría. En 696 se acuñaron las primeras mone­das en arábigo.

Las revueltas shiítas, jarichitas y qaysíes continuaron poniendo en peligro la seguridad interior del imperio, pero Abd al-Malik, asesora­do por el gobernador de Irak, Hayyay, consiguió mantener la estabi­lidad. Sus sucesores, Walid (705-715), Sulayman (715-717) y Umar Ibn Abd al-Aziz (Umar II, 717-720), gobernaron en un período de paz que fue alterado durante el reinado de Yazid II (720-724). El últi­mo gran período de la dinastía omeya fue alcanzado en el gobierno de Hisam Ibn Abd al-Malik (724-744); después de su muerte, el im­perio declinó, intensificándose las pugnas tribales y reapareciendo una activa oposición shiíta y jarichita. El último califa de la dinastía fue Marwan II (744-750), quien, a pesar de su habilidad, no pudo de­tener los acontecimientos que precipitaron la caída de los omeyas.

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