El candidato a los altares1 Criterios teológicos de discernimiento



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EL CANDIDATO A LOS ALTARES1

Criterios teológicos de discernimiento




Alberto Royo Mejía

Centro diocesano de Teologia (Getafe)


1) INTRODUCCIÓN

Al comienzo del Proemio, la Constitución Apostólica Divinus Per-fectionis Magister (25 de enero de 1983) -por la que el venerado Juan Pablo II procedía a la revisión del procedimiento de las Causas de Canonización y a la nueva ordenación de la Congregación para las Causas de los Santos- nos recuerda una vez más la llamada universal a la santidad del Vaticano II. En palabras de la Lumen Gentium, todos los fieles cristianos han recibido el Espí-ritu Santo para “que amen a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas, y para que se amen unos a otros como Cristo nos amó2, esto es, para ser santos. Después de esta afirmación general, aplicable a todo el pueblo de Dios, la Constitución Apostólica añade:

Entre ellos Dios elige siempre a algunos que, siguiendo más de cerca el ejemplo de Cristo, dan testimonio preclaro del reino de los cielos con el derramamiento de su sangre o con el ejercicio heroico de sus virtudes3

A éstos Dios los elige -contando con su libre colaboración, con la que Dios se comprometió ya desde la creación y que es presupuesto indispensable para que el ser humano realice su vocación- para el bien del resto de los creyentes, sus hermanos, pues

Mientras contemplamos la vida de aquellos que han seguido fielmente a Cristo, nos sentimos incitados con mayor fuerza a buscar la ciudad futura y se nos enseña con seguridad el camino a través del cual, entre las vicisitudes del mundo, según el estado y la condición de cada uno, podemos llegar a una perfecta unión con Cristo o a la santidad.”4

2) MARTIRIO, VIRTUDES, MILAGROS

2.1- Labor de discernimiento

Por lo tanto, según la doctrina expresada en el Proemio de la Consti-tución Apostólica, aunque la llamada a la santidad es universal, para todos los fieles cristianos según su estado y condición, no sucede lo mismo con la pro-puesta de modelos de santidad que hace la Iglesia con vistas a la edificación de los demás, que se refiere solamente a “algunos”. Y esto, no porque los elija ella misma según su propio criterio, sino porque es Dios mismo quien los elige, mientras que lo que hace la Iglesia es escrutar los signos y la voz de su Señor con respecto a esta misteriosa elección:

La Sede Apostólica, que desde tiempos inmemoriales escruta los signos y la voz del Señor con la mayor reverencia y docilidad por la importante misión de enseñar, santificar y gobernar el Pueblo de Dios que le ha sido confiado, propone hombres y mujeres que sobresalen por el fulgor de la caridad y de otras virtudes evangélicas para que sean venerados e invocados, declarándoles Santos y Santas en acto solemne de canonización...5

Todas estas afirmaciones de la Divinus Perfectionis Magister parecen obvias, especialmente para aquellos que conocen las Causas de los Santos, pero sirven de punto de partida para una reflexión sobre la distancia que hay entre un fiel cristiano que muere santamente y un candidato a los altares. Según lo expuesto hasta ahora, aparece como voluntad de Dios que entre la infinidad de fieles que mueren santamente sólo sean “algunos” lo propuestos por la Iglesia para la edificación del resto del pueblo creyente. El mismo adjetivo usado por la Constitución, “algunos” -“plures”- deja las puertas abier-tas a un número mayor o menor según los designios insondables de Dios mismo, que es quien elige, y que perfectamente puede querer que en una época de la historia sean propuestos más y en otra menos. Así queda superada la posible cuestión, que pareceria típica de algunos medios de comunicación pero que también se ha formulado legítimamente en ambiente eclesiales, sobre si algún Papa determinado ha canonizado a demasiados Santos.6

A su vez, las afirmaciones del Proemio que hemos citado, explican que también es Dios el que decide concretamente quiénes deben ser propuestos por la Iglesia para la veneración de los fieles. De nuevo nos encontramos con afirmaciones obvias, pues toda la actividad de la Iglesia está en las manos de Dios, pero que ayudan a profundizar en nuestro tema: Toda la estructura del proceso de Canonización, ya desde la semplicidad de sus primeros pasos7, ha tenido siempre como fin el presentar al Papa una investigación cuidadosa que asegure que un candidato a los altares es digno de tal honor en la Iglesia, para que él pueda discernir si es voluntad de Dios o no que ese candidato, que desde el punto de vista humano aparece como merecedor de la glorificación y como modelo para los hermanos en la fe, sea efectivamente elevado a la gloria de los Santos (o, en una fase inicial, a la de los Beatos).

Por eso, el Papa en tiempos recientes en las ceremonias de Beatificación (o el que, según la legislación actual, las realice en su nombre8) y desde siempre en las de Canonización, que realiza él personalmente por la importan-cia eclesial y teológica que revisten, hace referencia explícita a la oración que le ha llevado a tomar la decisión final después de haber oído el parecer positivo de la Congregación para las Causas de los Santos y, antes de leer la fórmula ritual correspondiente, invoca al espíritu Santo con todos los fieles congregados en la ceremonia. Para ello se ha tenido que probar en primer lugar con certeza moral su muerte martirial o su ejercicio heroico de las virtudes, y esto en distintas instancias para asegurarse que ese tipo teológico y jurídico específico de certeza, que excluye la probabilidad del contrario, ha sido adquirido plenamente, en cuanto humanamente se puede9.

2.2- Desde los inicios

Esta prueba era relativamente fácil en los inicios de la Iglesia, cuando los Santos se identificaban prácticamente con los mártires y normalmente su muerte había sido un acto público, presenciado por muchos. Con el paso del tiempo, la prueba se fue complicando pues, acabadas las grandes persecucio-nes, se empezó a considerar santos a los fieles que con su abnegación de vida habían imitado fielmente al Maestro, luchando heroicamente contra las tentaciones y venciendo, y por eso merecían una corona de gloria similar a la de los mártires. En consecuencia, con vistas a la aprobación de su culto se trataba de probar algo más complicado que la muerte martirial, que al fin y al cabo es un hecho concreto: el ejercicio extraordinario de las virtudes en un periodo largo de la vida de un fiel cristiano, especialmente en sus últimos años. Todo esto llevó a perfeccionar la investigación con el paso de los siglos hasta convertirla en un auténtico proceso como el que tenemos hoy en día.

Qué lejos quedan aquellos tiempos de la Canonización Episcopal en los que el procedimiento a seguir era extremamente simple: El obispo mismo de la diócesis, o en su caso el sínodo provincial o incluso algunos abades de mayor importancia, después de haber escuchado las relaciones de los testigos que aseguraban que un fiel muerto en concepto de santidad y de haber recibido su Vida, escrita por autores de fiar, concedían el permiso para que se procediese a la translatio o elevatio, esto es colocar su cuerpo junto a un altar o debajo de él para significar el comienzo del culto público:

Gli elementi principali dunque di questa procedura che si era andata formando in epoca merovingia e aveva preso una certa consistenza in era carolingia, sono: publica fama di santità e di miracoli (o di martirio), pre-sentazione al Vescovo diocesano o al Sinodo (diocesano, provinciale) di una vita appositamente composta, con particolare rilievo dei miracoli, attribuiti al ‘santo’, approvazione ossia consenso ufficiale al culto, che si apre con l’elevazione o la traslazione”10

Los ejemplos al respecto serían muchísimos, baste citar alguno de ellos que nos recuerda el gran historiador Ludwig Hertling, entre otros muchos:

Después del año 927, el abad Engelberto de San Gallo, antes de intro-ducir la fiesta de S. Wiborada, recibe en presencia de los padres del convento la relación del monje Hitto, hermano de la santa: ‘Rationem cum illo de virtutibus habuit’. Las ‘virtutes’ son principalmente los milagros que dan al abad la certeza ‘quanti meriti quantique honoris glorificatione ante Deum digna haberetur, quae tanti signis et virtutibus inter homines claresceret’11

También al principio de la llamada Canonización papal, que hasta Alejandro III subsistió con la episcopal, el procedimiento a seguir era de gran sencillez, como nos explican las bulas papales de concesión de culto de aque-lla época. Así, el Papa Calixto II, con ocasión de una visita a Cluny, indaga entre los monjes sobre la santidad del abad Hugo, que después canonizará en 112012. Inocencio II, después de haber reconocido la santidad de vida de Hugo de Grenoble, que ha conocido por testimonios orales, encarga al prior cartujo Guido el escribir la vida del santo, que servirá para edificación de los fieles13. Años después, para la Canonización del emperador Enrique II, el Papa Eugenio II envía dos legados a Bamberg para investigar “de vita et miraculis” del emperador y hacer una relación, ya que él está demasiado ocupado para poder ir personalmente14.

Es interesante observar cómo poco después de estos testimonios comen-zó a retrasarse y a complicarse el procedimiento por prudencia, por el elevado número de peticiones que llegaban al Papa (fueron siglos de impulso apostó-lico, de fundación de nuevas iglesias y de grandes figuras eclesiales) y a la vez por los abusos que se daban no pocas veces por la credulidad de los fieles. Del siguiente modo explica el gran historiador de estas Causas, G. Low, el clima que se fue creando entre los ss. VI y XI entorno a la veneración de los santos:

Es la época de los grandes obispos, de los monjes misioneros, de los reyes convertidos que incluso acaban en el claustro, de las reinas y princesas fundadoras de monasterios e iglesias que llegan ellas mismas a abadesas o a monjas, de los ermitaños y peregrinos; un mundo en fermento y movimiento, con contrastes profundos entre violencia y santidad, en medio de pueblos jóvenes de fuerte imaginación, entusiasmados con la nueva fe, animadores de los héroes de la caridad y de la pureza evangélica. En este periodo, además de un reflorecer del culto a los mártires, nacen por todas partes nuevos cultos de santos: le bastaba con frecuencia al pueblo la fama de vida penitente, la fundación de un monasterio con sus consecuencias benéficas, una gran beneficencia con los pobres, a veces una muerte violenta, aunque no fuera estrictamente por motivos de fe, y sobre todo la fama de milagros, para hacer nacer un culto nuevo: en la alta edad media los puntos de partida para un nuevo culto eran la voz popular de una vida santa y la fama de milagros. Las grandes iglesias consideraron ordinariamente a sus fundadores y a los primeros obispos como santos; y lo mismo se puede decir de las figuras de los grandes abades. En todos estos casos se recogen los recuerdos, se escriben las leyendas sin demasiada preocupación por la crítica, así se enriquecián constantemente los calendarios y martirologios de aquella época con nombres nuevos, en las iglesias se multiplicaban los altares y aumentaba rápidamente el número de las fiestas. De vez en cuando había que reprimir los abusos, que eran fáciles...”15

Así, leemos cómo narra el Papa Alejandro III que precisamente por estos motivos de prudencia tuvo que retrasar la Canonización de San Bernardo de Claraval cuando todo estaba preparado para proceder a ella:

Estando en París, muchos hombre venerables me pidieron la Canoniza-ción de Bernardo, abad de Claraval, de santo recuerdo, sugiriendo con humildes peticiones que ya que se iba a celebrar próximamente el Concilio de Tours, sería digno y laudable dar el permiso en esa ocasión. Cuando ya estábamos de acuerdo con esta cuestión llegó una gran cantidad de peticio-nes que desde diversas provincias pedían lo mismo. Y así, viendo que no se podía satisfacer a todos de modo congruente, se decidió, para evitar el escándalo, diferir en este caso lo que en los otros había que denegar por cuestión de tiempo16

Por otra parte, como se puede observar en algunos de los ejemplos ya citados más arriba, el sensus fidei del pueblo cristiano se daba cuenta de la dificultad de este tipo de comprobación más complicada, la de las perse-verancia heroica en las virtudes de un fiel, y desde los primeros siglos se pidió, de modo espontáneo por parte de la gente, la confirmación del mismo Dios de la santidad del candidato a través de hechos sobrenaturales ("signa", “miracula”, incluso en algunas ocasiones se les llama “virtutes”), que Dios sin duda no negaría a sus siervos fieles:

"Según la mentalidad del tiempo, estas virtudes tenían que estar siempre corroboradas por lo sobrenatural, ya que Dios no podía no intervenir conce-diendo a su amigo y siervo fiel el don de los milagros, que el confesor ejercitaba para beneficio de los que recurrían a él "17

El recurso a la intervención sobrenatural de Dios, que aparece ya en la primerísima Bula de Canonización que se conserva, esto es la de San Ulrico de Ausburgo (31 de enero de 933)18, permaneció en las Causas de los Santos, con el paso de los siglos, como un elemento indispensable y adquirió una gran fuerza probatoria. Así, el Papa Urbano II, preguntado sobre la posibilidad de concesión de culto de un Siervo de Dios, concretamente el abad Gurlo del monasterio de Quimperlé (+1057), respondía que “non eadem facilitate potuit concedi; non enim Sanctorum quisque debet canonibus admisceri, nisi testes adsint, qui eius miracula visa suis oculis testentur et plenariae synodi firmetur assensu”.19 Con el tiempo su valor probatorio incluso se revalorizó, pues se vio en dicha intervención el “digitus Dei”, que señalaba de modo inequívoco su voluntad de glorificar a ciertos Siervos de Dios, para distinguirla de aquellos que por razones misteriosas de su infinita sabiduría no debían recibir los honores de los altares, aunque sus virtudes hubiesen sido juzgadas heroicas en las diferentes instancias pertinentes (siendo éste siempre el paso previo para el estudio de los hechos extraordinarios). Así fueron interpretados durante muchos siglos, hasta incluso en tiempos recientes, los milagros en este contexto:

Como se ve, el milagro sirve precisamente para confirmar el juicio al cual se ha llegado después del estudio de la vida virtuosa o del martirio del Siervo de Dios. Esto no significa que los milagros suplan el defecto de prue-bas relativas a las virtudes ejercitadas en grado heroico, o al martirio20


3) CRITERIOS DE DISCERNIMIENTO

3.1- Tres voces para escuchar

Hacer un recorrido histórico detallado deteniéndonos en cada etapa de la evolución del proceso de Canonización nos llevaría demasiado lejos, bastan estas breves noticias de la antigüedad para recordar cuáles eran los requisitos que desde el principio se exigieron para proclamar la santidad de un fiel cristiano y, por tanto, en palabras del Proemio de la Divinus Perfectionis Magíster, para presentarlos como preclaro testimonio del reino de los cielos. Después de haber hecho un tal recorrido, aunque muy a grandes rasgos, Mons. José Luis Gutiérrez concluye uno de sus primeros artículos dedicados a las Causas de los Santos explicando cómo en estos procedimientos se da verda-dero entramado de voces que tienen que afirmar al unísono la santidad de un candidato a los altares: No basta la voz de la Curia que presenta la figura de un candidato al Papa para que lo canonice, si no está respaldada por la del pueblo de Dios, al que él representa cómo guía y pastor; y ambas voces no tienen valor alguno si no son refrendadas por la más importante, la del Señor, que al fin y al cabo es quien elige a aquellos que deben ser presentados como ejemplo al resto del pueblo cristiano:

La canonización no ha sido nunca concebida como un acto aislado de la jerarquía de la Iglesia, cuya acción, menor en los inicios, y que se intensifica hasta adquirir una mayor centralidad, constituye una de las voces armónicamente integradas en un coro en el que viene escuchada:



a) la vox populi Dei, que considera digno de veneración un fiel que ha vivido santamente o que ha muerto para dar testimonio de la fe(30);

b) la vox Dei, que obrando milagros por intercesión de un Siervo suyo, manifiesta su voluntad de que aquél fiel sea honrado como santo por parte de la comunidad cristiana y venga propuesto como modelo e invocado como intercesor;

c) finalmente, la vox sacrae hierarchiae que, antes de asentir, no sólo solicita y examina las pruebas de la santidad, del martirio o la verificación de los milagros, sino que implora la luz de Dios para garantizar que el acto que va a llevar a cabo responda a Su voluntad.”21
Más recientemente, el conocido autor ha repetido la misma idea en su Presentación de la reedición que la Orden Agustiniana ha hecho de la obra del que fue miembro insigne de dicha Orden, Angelo Rocca, el tratado “De Canonizatione Sanctorum Commentarium” (publicada por primera vez en 1601), sobre la cual tendremos que volver más adelante. Por ahora basta mirar la interesante presentación de Gutiérrez, en la que, además de la idea ya citada de su artículo anterior, explica cómo las tres voces se han ido entremezclando a lo largo de la historia de las Causas de los Santos y adquiriendo cada una de ellas un valor distinto según los siglos.

Así, por ejemplo, la vox populi Dei que en los primeros siglos de la Canonización episcopal tenía un papel preponderante ya que, por decirlo así, era el motor que ponía en marcha toda la maquinaria de la investigación que conduciría a la glorificación de un fiel cristiano (voz de virtudes, voz de milagros), con el paso del tiempo fue perdiendo importancia22, llegando incluso a reducirse a mínimos con la legislación anterior a la actual, que pedía el consenso de unos pocos testigos para considerarla probada. Por eso se acabó dando mayor importancia a la “calidad” de los testigos que afirmaban la santidad de un fiel (que fuera gente de relevancia en el mundo eclesiástico o civil, de ahí las cartas postulatorias que fueron comunes durante siglos) que a la “cantidad” de ellos, cosa claramente contraria a la tradición más antigua. Algo parecido, mutatis mutandis, se puede también decir de las otras voces, aunque no me detengo en ello porque él lo aplica a la totalidad de la Causa y por tanto excede el campo de este trabajo.

El propósito de este trabajo no es el estudio de todo el procedimiento a seguir en la Canonización de los Santos sino, como su título indica, más bien la determinación de quién puede ser presentado a la Iglesia como candidato para que se comience la investigación que un día podría concluir con la Canonización. Se trata por tanto a una fase previa al proceso, que comenzará cuando se haya hecho ese discernimiento. Varias de las cosas dichas hasta ahora nos servirán para ello, y en primer lugar sin duda la afirmación de la Divinus Perfectionis Magister que se mencionaba al principio, esto es, que es Dios el que escoge a algunos de entre los fieles cristianos para proponerlos como ejemplo al resto de sus hermanos y hermanas en la fe. No se puede perder de vista esta afirmación pues es de vital importancia en general para todo lo que se refiere a las Causas de los Santos y, concretamente, también para la fase previa del proceso.

Según la nueva legislación, la determinación de cuál fiel cristiano muerto en fama de santidad o de muerte cruenta sería un buen candidato para una Causa de Canonización pertenece al obispo de la diócesis23. Normalmente los posibles candidatos son presentados por grupos de fieles, distintos tipos de instituciones o asociaciones, o congregaciones religiosas, aunque también puede ser el mismo obispo el que proponga a algún candidato, pero sin duda queda claro que la tarea de discernimiento pertenece a él, normalmente ayuda-do por su delegado diocesano para tales Causas, figura que se va haciendo más común en las diócesis.

Por tanto, puestos a aplicar el criterio antes citado de la Divinus Perfectionis Magíster, se puede concluir que así como el Santo Padre, al final del proceso debe discernir si es voluntad de Dios que un “venerable” sea elevado a la gloria de los altares (pues hasta el momento, incluso en la decla-ración de “venerable”, esto es sobre las virtudes heroicas o el martirio, el juicio que se ha pronunciado es meramente humano), del mismo modo el obispo de la diócesis debe discernir, a otro nivel muy previo, si es voluntad de Dios que se comience un proceso de Canonización sobre ese fiel concreto que le ha sido presentado o que él mismo en principio ha pensado que sería un buen candidato a los altares. Por tanto, la tarea del obispo o, en su caso, de su delegado es la de discernir si Dios puede haber elegido a ese fiel para que un día sea presentado como modelo para el resto de los fieles de la diócesis (Beatificación) o incluso para toda la Iglesia universal (Canonización).

Por supuesto, estas afirmaciones conllevan una cuestión teológica, que se refiere a que si el discernimiento se ha hecho correctamente y aparece claramente que Dios ha elegido a ese fiel concreto para que se le haga un proceso de Canonización, porqué en algunos casos al final no se llega a la meta deseada y quizás durante el procedimiento aparecen elementos que paran la Causa, a veces para siempre. Sin querer meterme a fondo en la cuestión, cabe decir que las razones pueden ser muchas: Por un lado la voluntad de Dios es insondable y el explicar porqué Dios quiere ciertas cosas supera nuestra capacidad, por lo tanto mejor acatar su voluntad con devota sumisión; aún así no sería descabellado pensar que Dios pueda querer a una persona como candidata a los altares, pero no al final en los altares, esto es la quiera siervo de Dios o venerable pero no Beato, pues quizás ya con el mero hecho de instruirse su proceso han salido a la luz sus virtudes (y sus defectos) y eso es todo lo que Dios quería para esa persona.

Pero a su vez no podemos olvidar que en ocasiones el discernimiento se puede haber hecho mal, quizás llevados por poca prudencia al juzgar el entusiasmo inicial que puede provocar la muerte de algún fiel más conocido por la gente o por precipitación o incluso por otros intereses que no sean el discernimiento de la voluntad de Dios, sea por parte de los actores o de la diócesis, etc. Sobre esto hablan con frecuencia los autores:

Può accadere infatti che plebiscitarie manifestazioni di cordoglio e di venerazione accompagnino la morte di qualche illustre personaggio, cui le particolari funzioni esercitate in vita o lo stesso rango sociale avessero conferito un prestigio morale, che dopo morte si tramutasse, nella fantasia popolare, in fama di santità. Tale rumore, se abbandonato alle leggi umane e naturali ben presto svanirebbe e tutto al più lascerebbe nei posteri un ricordo di singolari virtù e di particolari benemerenze. Ma può intervenire l’artificio di sostituirsi alla Provvidenza e di quell’ordinario prestigio servirse per fomentare un’apparente fama di santità24

Por eso, al discernimiento del obispo sigue, años después, aquél más autoritativo -y también más cuidadoso, después de años de investigación a distintos niveles- del Santo Padre, que una vez más busca discernir la voluntad de Dios para ese caso.

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