El código Da Vinci Dan Brown



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El código Da Vinci

Dan Brown

Título original: The Da Vinci Code

Editor original: Doubleday, a división of Random House, Inc., Nueva York

Traducción: Juanjo Estrella
Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo público.
Copyright © 2003 by Dan Brown © de la traducción, 2003 by Juanjo Estrella © 2003 by Ediciones Urano, S.A.

Aribau, 142, pral. 08036 Barcelona


www.umbrieleditores.com ISBN: 84-95618-60-5 Depósito legal: 39.978 2003 Fotocomposición: Ediciones Urano, S.A. Impreso por Romanyá Valls, S.A. Verdaguer, 1 08760 Capellades (Barcelona), con papel Supersnowbright, fabricado por AS Borregaard Hellefos y comercializado por Secopa, S.L. Impreso en España Printed in Spain
Para Blythe, una vez más.

Más que nunca.


Agradecimientos

En primer lugar, le doy las gracias a mi amigo y editor Jason Kaufman por involucrarse tanto en este proyecto y por entender plenamente de qué trata este libro. Gracias también a la incomparable Heide Lange, campeona incansable de El Código Da Vinci, extraordinaria agente y amiga de verdad.

No tengo palabras para expresar la gratitud que siento por el excepcional equipo de Doubleday, por su generosidad, su fe y su inestimable ayuda. Gracias especialmente a Bill Thomas y a Steve Rubin, que creyeron en este libro desde el principio. Gracias también al primer grupo de defensores de la obra en sus etapas iniciales, encabezado por Michael Palgon, Suzanne Herz, Janelle Moburg, Jackie Everly y Adrienne Sparks, además de a los muy buenos profesionales del equipo de ventas de Doubleday, y a Michael Windsor por la atractiva cubierta de la edición norteamericana.

Por su desinteresada ayuda en la investigación necesaria para la preparación de este libro, me gustaría expresar mi reconocimiento al Museo del Louvre, al Ministerio francés de Cultura, al Proyecto Guttenberg, a la Biblioteca Nacional de Francia, a la Biblioteca de la Sociedad Gnóstica, al Departamento de Estudios Pictóricos y al Servicio de Documentación del Louvre, a la Catholic World News, al Real Observatorio de Greenwich, a la London Record Society, a la Colección de Archivos de la Abadía de Westminster, a John Pike y a la Federación de Científicos Americanos, a los cinco miembros del Opus Dei (tres de ellos en activo) que me contaron sus historias, tanto las positivas como las negativas, en relación con sus experiencias en dicha organización.

Deseo asimismo expresar mi gratitud a la librería Water Street Bookstore por conseguirme muchas de las obras con las que me he documentado; a mi padre, Richard Brown —profesor de matemáticas y escritor—, por su ayuda con la Divina Proporción y la Secuencia de Fibonacci; a Stan Planton, a Sylvie Baudeloque, a Peter McGuigan, a Francis McInerney, a Margie Wachtel, a André Vernet, a Ken Kelleher, de Anchorball Web Media, a Cara Sottak, a Karyn Popham, a Esther Sung, a Miriam Abramowitz, a William Tunstall-Pedoe y a Griffín Wooden Brown.

Finalmente, en una novela que le debe tanto a la divinidad femenina, sería un olvido imperdonable que no mencionara a las extraordinarias mujeres que han iluminado mi vida. En primer lugar a mi madre, Connie Brown, también apasionada de la escritura, músico y modelo a seguir. Y a mi esposa, Blythe, historiadora del arte, pintora, editora todoterreno y, sin duda, la mujer con más talento que he conocido en mi vida.



Los hechos
El Priorato de Sión —sociedad secreta europea fundada en 1099— es una organización real. En 1975, en la Biblioteca Nacional de París se descubrieron unos pergaminos conocidos como Les Dossiers Secrets, en los que se identificaba a numerosos miembros del Priorato de Sión, entre los que destacaban Isaac Newton, Sandro Boticelli, Víctor Hugo y Leonardo da Vinel.

La prelatura vaticana conocida como Opus Dei es una organización católica de profunda devoción que en los últimos tiempos se ha visto inmersa en la controversia a causa de informes en los que se habla de lavado de cerebro, uso de métodos coercitivos y de una peligrosa práctica conocida como «mortificación corporal». El Opus Dei acaba de culminar la construcción de una de sus sedes, con un coste de 47 millones de dólares, en Lexington Avenue, Nueva York.

Todas las descripciones de obras de arte, edificios, documentos y rituales secretos que aparecen en esta novela son veraces.


Prólogo
Museo del Louvre, París.

10:46 p.m.


Jacques Saunière, el renombrado conservador, avanzaba tambaleándose bajo la bóveda de la Gran Galería del Museo. Arremetió contra la primera pintura que vio, un Caravaggio. Agarrando el marco dorado, aquel hombre de setenta y seis años tiró de la obra de arte hasta que la arrancó de la pared y se desplomó, cayendo boca arriba con el lienzo encima.

Tal como había previsto, cerca se oyó el chasquido de una reja de hierro que, al cerrarse, bloqueaba el acceso a la sala. El suelo de madera tembló. Lejos, se disparó una alarma.

El conservador se quedó ahí tendido un momento, jadeando, evaluando la situación. «Todavía estoy vivo.» Se dio la vuelta, se desembarazó del lienzo y buscó con la mirada algún sitio donde esconderse en aquel espacio cavernoso.

—No se mueva —dijo una voz muy cerca de él.

A gatas, el conservador se quedó inmóvil y volvió despacio la cabeza. A sólo cinco metros de donde se encontraba, del otro lado de la reja, la imponente figura de su atacante le miraba por entre los barrotes. Era alto y corpulento, con la piel muy pálida, fantasmagórica, y el pelo blanco y escaso. Los iris de los ojos eran rosas y las pupilas, de un rojo oscuro. El albino se sacó una pistola del abrigo y le apuntó con ella entre dos barrotes.

—No debería haber salido corriendo. —Su acento no era fácil de ubicar—. Y ahora dígame dónde está.

—Ya se lo he dicho —balbuceó Saunière, de rodillas, indefenso, en el suelo de la galería—. ¡No tengo ni idea de qué me habla!

—Miente. —El hombre lo miró, totalmente inmóvil salvo por el destello de sus extraños ojos—. Usted y sus hermanos tienen algo que no les pertenece.

El conservador sintió que le subía la adrenalina. «¿Cómo podía saber algo así?»

—Y esta noche volverá a manos de sus verdaderos custodios. Dígame dónde la ocultan y no le mataré. —Apuntó a la cabeza del conservador—. ¿O es un secreto por el que sería capaz de morir?

Saunière no podía respirar.

El hombre inclinó la cabeza, observando el cañón de la pistola.

Saunière levantó las manos para protegerse.

—Espere —dijo con dificultad—. Le diré lo que quiere saber.

Escogió con cuidado las siguientes palabras. La mentira que dijo la había ensayado muchas veces... rezando siempre por no tener que recurrir a ella.

Cuando el conservador terminó de hablar, su atacante sonrió, incrédulo.

—Sí, eso mismo me han dicho los demás.

Saunière se retorció.

—¿Los demás?

—También he dado con ellos —soltó el hombre con desprecio—. Con los tres. Y me han dicho lo mismo que usted acaba de decirme.

«¡No es posible!» La identidad real del conservador, así como la de sus tres sénéchaux, era casi tan sagrada como el antiguo secreto que guardaban. Ahora Saunière se daba cuenta de que sus senescales, siguiendo al pie de la letra el procedimiento, le habían dicho la misma mentira antes de morir. Era parte del protocolo.

El atacante volvió a apuntarle.

—Cuando usted ya no esté, yo seré el único conocedor de la verdad.

La verdad. En un instante, el conservador comprendió el horror de la situación. «Si muero, la verdad se perderá para siempre.» Instintivamente, trató de encogerse para protegerse al máximo.

Se oyó un disparo y Saunière sintió el calor abrasador de la bala que se le hundía en el estómago. Cayó de bruces, luchando contra el dolor. Despacio, se dio la vuelta y miró a su atacante, que seguía al otro lado de la reja y lo apuntaba directamente a la cabeza.

El conservador cerró los ojos y sus pensamientos se arremolinaron en una tormenta de miedo y lamentaciones.

El chasquido de un cargador vacío resonó en el pasillo.

Saunière abrió los ojos.

El albino contemplaba el arma entre sorprendido y divertido. Se puso a buscar un segundo cargador, pero pareció pensárselo mejor y le dedicó una sonrisa de superioridad a Saunière.

—Lo que tenía que hacer ya lo he hecho.

El conservador bajó la vista y se vio el orificio producido por la bala en la tela blanca de la camisa. Estaba enmarcado por un pequeño círculo de sangre, unos centímetros más abajo del esternón. «Mi estómago.» Le parecía casi cruel que el disparo no le hubiera alcanzado el corazón. Como veterano de la Guerra de Argelia, a Saunière le había tocado presenciar aquella muerte lenta y horrible por desangramiento. Sobreviviría quince minutos mientras los ácidos de su estómago se le iban metiendo en la cavidad torácica, envenenándolo despacio.

—El dolor es bueno, señor —dijo el hombre antes de marcharse.

Una vez solo, Jacques Saunière volvió la vista de nuevo hacia la reja metálica. Estaba atrapado, y las puertas no podían volver a abrirse al menos en veinte minutos. Cuando alguien lo encontrara, ya estaría muerto. Sin embargo, el miedo que ahora se estaba apoderando de él era mucho mayor que el de su propia extinción.

«Debo transmitir el secreto».

Luchando por incorporarse, se imaginó a sus tres hermanos asesinados. Pensó en las generaciones que lo habían precedido... en la misión que a todos les había sido confiada.

«Una cadena ininterrumpida de saber.»

Y de pronto, ahora, a pesar de todas las precauciones... a pesar de todas las medidas de seguridad... Jacques Saunière era el único eslabón vivo, el único custodio de uno de los mayores secretos jamás guardados.

Temblando, consiguió ponerse de pie.

«Debo encontrar alguna manera de...»

Estaba encerrado en la Gran Galería, y sólo había una persona en el mundo a quien podía entregar aquel testigo. Levantó la vista para encontrarse con las paredes de su opulenta prisión. Las pinturas de la colección más famosa del mundo parecían sonreírle desde las alturas como viejas amigas.

Retorciéndose de dolor, hizo acopio de todas sus fuerzas y facultades. Sabía que la desesperada tarea que tenía por delante iba a precisar de todos los segundos que le quedaran de vida.

1
Robert Langdon tardó en despertarse.

En la oscuridad sonaba un teléfono, un sonido débil que no le resultaba familiar. A tientas buscó la lámpara de la mesilla de noche y la encendió. Con los ojos entornados, miró a su alrededor y vio el elegante dormitorio renacentista con muebles estilo Luis XVI, frescos en las paredes y la gran cama de caoba con dosel.

«Pero ¿dónde estoy?»

El albornoz que colgaba de la cama tenía bordado un monograma: HOTEL RITZ PARÍS.

Lentamente, la niebla empezó a disiparse.

Langdon descolgó el teléfono.

—¿Diga?

—¿Monsieur Langdon? —dijo la voz de un hombre—. Espero no haberle despertado.



Aturdido, miró el reloj de la mesilla. Eran las 12:32. Sólo llevaba en la cama una hora, pero se había dormido profundamente.

—Le habla el recepcionista, monsieur. Lamento molestarle, pero aquí hay alguien que desea verle. Insiste en que es urgente.

Langdon seguía desorientado. «¿Una visita?» Ahora fijó la vista en un tarjetón arrugado que había en la mesilla.
LA UNIVERSIDAD AMERICANA DE PARÍS

SE COMPLACE EN PRESENTAR

LA CONFERENCIA DE ROBERT LANGDON

PROFESOR DE SIMBOLOGÍA RELIGIOSA

DE LA UNIVERSIDAD DE HARVARD
Langdon emitió un gruñido. La conferencia de aquella noche —una charla con presentación de diapositivas sobre la simbología pagana oculta en los muros de la catedral de Chartres— seguramente había levantado ampollas entre el público más conservador. Y era muy probable que algún académico religioso le hubiera seguido hasta el hotel para entablar una discusión con él.

—Lo siento —dijo Langdon—, pero estoy muy cansado.

Mais, monsieur —insistió el recepcionista bajando la voz hasta convertirla en un susurro imperioso—. Su invitado es un hombre muy importante.

A Langdon no le cabía la menor duda. Sus libros sobre pintura religiosa y simbología lo habían convertido, a su pesar, en un personaje famoso en el mundo del arte, y durante el año anterior su presencia pública se había multiplicado considerablemente tras un incidente muy divulgado en el Vaticano. Desde entonces, el flujo de historiadores importantes y apasionados del arte que llamaban a su puerta parecía no tener fin.

—Si es tan amable —dijo Langdon, haciendo todo lo posible por no perder las formas—, anote el nombre y el teléfono de ese hombre y dígale que intentaré contactar con él antes de irme de París el martes. Gracias.

Y colgó sin dar tiempo al recepcionista a protestar.

Sentado en la cama, Langdon miró el librito de bienvenida del hotel que vio en la mesilla y el título que anunciaba DUERMA COMO UN ÁNGEL EN LA CIUDAD LUZ. SUEÑE EN EL RITZ DE PARÍS. Se dio la vuelta y se miró, soñoliento, en el espejo que tenía delante. El hombre que le devolvía la mirada era un desconocido, despeinado, agotado.

«Te hacen falta unas vacaciones, Robert.»

La tensión acumulada durante el año le estaba pasando factura, pero no le gustaba verlo de manera tan obvia reflejado en el espejo. Sus ojos azules, normalmente vivaces, le parecían borrosos y gastados aquella noche. Una barba incipiente le oscurecía el rostro de recia mandíbula y barbilla con hoyuelo. En las sienes, las canas proseguían su avance, y hacían cada vez más incursiones en su espesa mata de pelo negro. Aunque sus colegas femeninas insistían en que acentuaban su atractivo intelectual, él no estaba de acuerdo.

«Si me vieran ahora los del Bostón Magazine

El mes anterior, para su bochorno, la revista lo había incluido en la lista de las diez personas más fascinantes de la ciudad, dudoso honor que le había convertido en el blanco de infinidad de burlas de sus colegas de Harvard. Y aquella noche, a más de cinco mil kilómetros de casa, aquella fama había vuelto a precederle en la conferencia que había pronunciado.

—Señoras y señores —dijo la presentadora del acto ante el público que abarrotaba la sala del Pabellón Dauphine, en la Universidad Americana—, nuestro invitado de hoy no necesita presentación. Es autor de numerosos libros: La simbología de las sectas secretas, El arte de los Illuminati, El lenguaje perdido de los ideogramas, y si les digo que ha escrito el libro más importante sobre Iconología Religiosa, no lo digo porque sí. Muchos de ustedes utilizan sus obras como libros de texto en sus clases.

Los alumnos presentes entre el público asintieron con entusiasmo.

—Había pensado presentarlo esta noche repasando su impresionante curriculum. Sin embargo —añadió dirigiendo una sonrisa de complicidad a Langdon, que estaba sentado en el estrado—, un asistente al acto me ha hecho llegar una presentación, digamos, más «fascinante».

Y levantó un ejemplar del Bostón Magazine.

Langdon quiso que se lo tragara la tierra. «¿De dónde había sacado aquello?»

La presentadora empezó a leer algunos párrafos de aquel superficial artículo y Langdon sintió que se encogía más y más en su asiento. Treinta segundos después, todo el público sonreía, y a la mujer no se le veía la intención de concluir.

—Y la negativa del señor Langdon a hacer declaraciones públicas sobre su atípico papel en el cónclave del Vaticano del año pasado no hace sino darle más puntos en nuestro «fascinómetro» particular. —La presentadora ya tenía a los asistentes en el bolsillo—. ¿Les gustaría saber más cosas de él?

El público empezó a aplaudir.

«Que alguien se lo impida», suplicó mentalmente Langdon al ver que volvía a clavar la vista en aquel artículo.

—Aunque tal vez el profesor Langdon —continuó la presentadora— no sea lo que llamaríamos un guapo oficial, como algunos de nuestros nominados más jóvenes, es un cuarentón interesante, con ese poderoso atractivo propio de ciertos intelectuales. Su cautivadora presencia se combina con un tono de voz muy grave, de barítono, que sus alumnas describen muy acertadamente como «un regalo para los oídos».

Toda la sala estalló en una carcajada.

Langdon esbozó una sonrisa de compromiso. Sabía lo que venía a continuación, una frase ridícula que decía algo de «Harrison Ford con traje de tweed», y como aquella tarde se había creído estar a salvo de todo aquello y se había puesto, en efecto, su tweed y su suéter Burberry de cuello alto, decidió anticiparse a los hechos.

—Gracias, Monique —dijo Langdon, levantándose antes de tiempo y apartándola del atril—. No hay duda de que en el Bostón Magazine están muy bien dotados para la literatura de ficción. —Miró al público suspirando, avergonzado—. Si descubro quién de ustedes ha filtrado este artículo, conseguiré que el consulado garantice su deportación.

El público volvió a reírse.

—En fin, como bien saben, estoy aquí esta noche para hablarles del poder de los símbolos. El sonido del teléfono en su habitación volvió a romper el silencio.

Gruñendo con una mezcla de indignación e incredulidad, descolgó.

—¿Diga?


Como suponía, era el recepcionista.

—Señor Langdon, discúlpeme otra vez. Le llamo para informarle de que la visita va de camino a su habitación. Me ha parecido que debía advertírselo.

Ahora Langdon sí estaba totalmente despierto.

—¿Ha dejado subir a alguien a mi habitación sin mi permiso?

—Lo siento, monsieur, pero es que este señor es... no me he visto con la autoridad para impedírselo.

—¿Quién es exactamente? —le preguntó.

Pero el recepcionista ya había colgado.

Casi al momento, llamaron con fuerza a la puerta.

Vacilante, Langdon se levantó de la cama, notando que los pies se le hundían en la alfombra de Savonnerie. Se puso el albornoz y se acercó a la puerta.

—¿Quién es?

—¿Señor Langdon? Tengo que hablar con usted. —El hombre se expresaba con acento francés y empleaba un tono seco, autoritario—. Soy el teniente Jéróme Collet, de la Dirección Central de la Policía Judicial.

Langdon se quedó un instante en silencio. «¿La Policía Judicial?» La DCPJ era, más o menos, el equivalente al FBI estadounidense.

Sin retirar la cadena de seguridad, Langdon entreabrió la puerta. El rostro que vio al otro lado era alargado y ojeroso. Estaba frente a un hombre muy delgado que llevaba un uniforme azul de aspecto oficial.

—¿Puedo entrar? —le preguntó el agente.

Langdon dudó un momento, mientras los ojos amarillentos de aquel hombre lo escrutaban.

—¿Qué sucede?

—Mi superior precisa de sus conocimientos para un asunto confidencial.

—¿Ahora? Son más de las doce.

—¿Es cierto que tenía que reunirse con el conservador del Louvre esta noche?

A Langdon le invadió de pronto una sensación de malestar. El prestigioso conservador Jacques Saunière y él habían quedado en reunirse para tomar una copa después de la conferencia, pero Saunière no se había presentado.

—Sí. ¿Cómo lo sabe?

—Hemos encontrado su nombre en su agenda.

—Espero que no le haya pasado nada malo.

El agente suspiró muy serio y le alargó una foto Polaroid a través del resquicio de la puerta.

Cuando Langdon la miró, se quedó de piedra.

—Esta foto se ha hecho hace menos de una hora, en el interior del Louvre.

Siguió unos instantes con la vista fija en aquella extraña imagen, y su sorpresa y repulsión iniciales dieron paso a una oleada de indignación.

—¿Quién puede haberle hecho algo así?

—Nuestra esperanza es que usted nos ayude a responder a esa pregunta, teniendo en cuenta sus conocimientos sobre simbología y la cita que tenía con él.

Langdon volvió a fijarse en la foto, y en esta ocasión al horror se le sumó el miedo. La imagen era espantosa y totalmente extraña, y le provocaba una desconcertante sensación de deja vu. Haría poco más de un año, Langdon había recibido la fotografía de otro cadáver y una petición similar de ayuda. Veinticuatro horas después, casi pierde la vida en la Ciudad del Vaticano. Aunque aquella imagen era muy distinta, había algo en el decorado que le resultaba inquietantemente familiar.

El agente consultó el reloj.

—Mi capitán espera, señor.

Langdon apenas lo oía. Aún tenía la vista clavada en la fotografía.

—Este símbolo de aquí, y el cuerpo en esta extraña...

—¿Posición? —apuntó el agente.

Langdon asintió, sintiendo un escalofrío al levantar la vista.

—No me cabe en la cabeza que alguien haya podido hacer algo así.

El rostro del agente se contrajo.

—Creo que no lo entiende, señor Langdon. Lo que ve en esta foto... —Se detuvo un instante—. Monsieur Saunière se lo hizo a sí mismo.


2
A menos de dos kilómetros de ahí, Silas, el imponente albino, cruzó cojeando la verja de entrada a una lujosa residencia en la Rué de La Bruyére. El cilicio que llevaba atado al muslo se le hundía en la carne, pero su alma se regocijaba por el servicio que le prestaba al Señor.

«El dolor es bueno.»

Al entrar en la residencia, escrutó el vestíbulo con sus ojos rojos. Vacío. Subió la escalera con sigilo para no despertar a los demás numerarios. La puerta de su dormitorio estaba abierta; las cerraduras estaban prohibidas en aquel lugar. Entró y ajustó la puerta tras de sí.

La habitación era espartana. Suelos de madera, una cómoda de pino y una cama en un rincón. Allí sólo llevaba una semana, estaba de paso, pero en Nueva York hacía muchos años que gozaba de la bendición de un refugio parecido.

«El señor me ha dado un techo y le ha dado sentido a mi vida.»

Aquella noche, al fin, Silas había sentido que estaba empezando a pagar la deuda que había contraído. Se acercó deprisa a la cómoda y buscó el teléfono móvil en el último cajón. Marcó un número.

—¿Diga? —respondió una voz masculina.

—Maestro, he vuelto.

—Hable —ordenó su interlocutor, alegrándose de tener noticias suyas.

—Los cuatro han desaparecido. Los tres senescales... y también el Gran Maestre.

Se hizo un breve silencio como de oración.

—En ese caso, supongo que está en poder de la información.

—Los cuatro coincidieron. De manera independiente.

—¿Y usted les creyó?

—Su acuerdo era tan total que no podía deberse a la casualidad.

Se oyó un suspiro de entusiasmo.

—Magnífico. Tenía miedo de que su fama de secretismo acabara imponiéndose.

—La perspectiva de la muerte condiciona mucho.

—Y bien, discípulo, dígame lo que debo saber.

Silas era consciente de que la información que había sonsacado a sus víctimas sería toda una sorpresa.

—Maestro, los cuatro han confirmado la existencia de la clef de voûte... la legendaria «clave de bóveda».

Oyó la respiración emocionada de su Maestro al otro lado de la línea.

—La clave. Tal como sospechábamos.

Según la tradición, la hermandad había creado un mapa de piedra —una clef de voûte o clave de bóveda—, una tablilla en la que estaba grabado el lugar donde reposaba el mayor secreto de la orden... una información tan trascendental que su custodia justificaba por sí misma la existencia de aquella organización.

—Cuando nos hagamos con la clave —dijo El Maestro—, ya sólo estaremos a un paso.

—Estamos más cerca de lo que cree. La piedra, o clave, está aquí, en París.

—¿En París? Increíble. Parece casi demasiado fácil.

Silas le relató los sucesos de aquella tarde, el intento desesperado de sus cuatro víctimas por salvar sus vidas vacías de Dios revelándole el secreto. Los cuatro le habían contado a Silas exactamente lo mismo, que la piedra estaba ingeniosamente oculta en un lugar concreto de una de las antiguas iglesias parisinas: la de Saint-Sulpice.

—¡En una casa de Dios! —exclamó El Maestro—. ¡Cómo se mofan de nosotros!

—Llevan siglos haciéndolo.

El Maestro se quedó en silencio, asimilando el triunfo de aquel instante.

—Le ha hecho un gran servicio al Señor. Llevamos siglos esperando este momento. Ahora debe traerme la piedra. Esta noche. Estoy seguro de que entiende todo lo que está en juego.

Silas sabía que era incalculable, y aun así lo que le pedía El Maestro le parecía imposible.

—Pero es que la iglesia es una fortaleza. Y más de noche. ¿Cómo voy a entrar?

Con la seguridad propia del hombre influyente que era, El Maestro le explicó cómo debía hacerlo.

Cuando Silas colgó, era presa de una impaciencia inenarrable.

«Una hora», se dijo a sí mismo, agradecido de que El Maestro le hubiera concedido tiempo para hacer penitencia antes de entrar en la casa de Dios. «Debo purgar mi alma de los pecados de hoy.» Las ofensas contra el Señor que había cometido ese día tenían un propósito sagrado. Hacía siglos que se perpetraban actos de guerra contra los enemigos de Dios. Su perdón estaba asegurado.

Pero Silas sabía que la absolución exigía sacrificio.

Cerró las persianas, se desnudó y se arrodilló en medio del cuarto. Bajó la vista y examinó el cilicio que le apretaba el muslo. Todos los seguidores verdaderos de Camino llevaban esa correa de piel salpicada de púas metálicas que se clavaban en la carne como un recordatorio perpetuo del sufrimiento de Cristo. Además, el dolor que causaba servía también para acallar los deseos de la carne.

Aunque ya hacia más de dos horas que Silas llevaba puesto el cilicio, que era el tiempo mínimo exigido, sabía que aquel no era un día cualquiera. Agarró la hebilla y se lo apretó un poco más, sintiendo que las púas se le hundían en la carne. Expulsó aire lentamente, saboreando aquel ritual de limpieza que le ofrecía el dolor.

«El dolor es bueno», susurró Silas, repitiendo el mantrá sagrado del Padre Josemaría Escrivá, El Maestro de todos los Maestros. Aunque había muerto en 1975, su saber le había sobrevivido, y sus palabras aún las pronunciaban entre susurros miles de siervos devotos en todo el mundo cuando se arrodillaban y se entregaban a la práctica sagrada conocida como «mortificación corporal».

Ahora Silas centró su atención en la cuerda de gruesos extremos anudados que tenía en el suelo, junto a él. «La Disciplina.» Los nudos estaban recubiertos de sangre reseca. Impaciente por recibir los efectos purificadores de su propia agonía, Silas dijo una breve oración y acto seguido, agarrando un extremo de la cuerda, cerró los ojos y se azotó con ella por encima del hombro, notando que los nudos le golpeaban la espalda. Siguió azotándose una y otra vez.



Castigo corpus meum.

Al cabo de un rato, empezó a sangrar.



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