El convento albergaba una comunidad de unos veinte frailes dedicados al trabajo y a la oración. En el S



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El Convento de Santa María de Jesús, perteneciente a la Orden Franciscana, fue erigido en 1507 por el Señor de Salvatierra, Hernán Gómez de Solís, y su mujer Beatriz Manuel en un lugar, como es usual en los en los conventos de esa orden, apartado y medioambientalmente privilegiado, entre un mar de olivos, acebuches, encinas, helechos y, sobre todo castaños, los cuales dan nombre a una de las rutas naturales de esta población: la Ruta de los Castaños o Ruta de la Historia, llamado así también por conducirnos, a través de sus sendas y encrucijadas, al majestuoso castillo que corona la sierra del pueblo, y al histórico convento, a los pies del mismo.
El convento albergaba una comunidad de unos veinte frailes dedicados al trabajo y a la oración. En el S. XVII se reedifica para modernizarlo bajo el patronazgo directo del rey Felipe IV y se construye una interesante iglesia barroca de la que sólo quedan en pie los muros y su hermosa españada. El escudo de la orden franciscana y el escudo real, que ahora se conservan adosados a la cabecera de la iglesia de San Blas, adornaban su puerta de acceso.
El edificio es pequeño y austero tanto en su decoración como en su fabricación. Posee claustro de reducidas dimensiones pero muy bien proporcionado situándose en torno a él las diferentes dependencias como la cocina, bodega, enfermería, refectorio, oficinas, celdas e iglesia en un lateral del conjunto con cabecera orientada hacia el Este, como es habitual en las iglesias cristianas.
La iglesia presenta planta de cruz latina, de una sola nave y cinco tramos. La cabecera y el crucero sobresalen escasamente al exterior. Los materiales usados en su construcción son variados, como mampostería en los muros y ladrillos en las bóvedas; los sillares también tienen su mérito al conformar los cuatro pilares del transepto en los que apoyan los arcos sustentantes de la bóveda de media esfera, a su vez del mismo material.

La iglesia poseía dos accesos: uno en el lateral norte que comunica con el exterior, cuyos restos hoy día se encuentran en un altarcillo popular adosado a la cabecera de la iglesia parroquial. La otra portada se encuentra en el lateral Sur de la iglesia comunicando ésta con el convento.


En el siglo XVII se erigió una españada de sillar irregular, de tres metros de altura, rematada con frontón triangular, decorado con bolas sobre pirámides, y bajo el se nos presenta un vano con arco de medio punto peraltado y dovelas de ladrillos con impostas, donde se colocó una campana. Las medidas de la iglesia son: diez metros de larga por seis de ancha.
El convento, adosado a la iglesia, se desarrolla hacia el Sur, desempeñando sus muros la función de contrafuertes de las bóvedas de la iglesia. Los materiales, al igual que en la iglesia, son la mampostería, el ladrillo resaltando ciertas zonas como las ventanas, y el sillar como elemento sustentante. Su entrada principal se ubica a los pies del templo y la escasa decoración se remite a esgrafiados de motivos geométricos.

Desde su fundación, el convento había sufrido escasas reformas como por ejemplo la elevación del altar mayor en 1541. A mediados del siglo XVII, su estado era lamentable y a pesar de las guerras contra Portugal y la crisis política, social y económica con la que se convivía, se decidió comenzar las obras de remodelación.


Dicho edificio se mantuvo única y exclusivamente de las limosnas de algunos contribuyentes, destacando la colaboración del mismísimo rey Felipe IV.
Las turbulencias políticas del primer cuarto del siglo XIX, particularmente violentas en la comunidad, supusieron el ocaso del convento y el punto de partida de su ruina, al igual que ocurrió con casi todos los conventos de la Provincia de San Gabriel debido a las leyes liberales y el ambiente que se había creado en torno a los conventos. Estos asaltos contra los conventos, comenzando por los franceses, asentados en España en esa época, y siguiendo por los revolucionarios liberales con sus tendencias anticlericales hicieron de estos lugares su propio “mercadillo” donde conseguir obras de arte. Esto sucedió en el convento de Santa María de Jesús en el año 1819 cuando fue asaltado violentamente e incendiado provocando la huida de los religiosos y numerosos daños, tanto en el edificio como en sus enseres. Así los objetos del convento quedaron en manos de los asaltantes, de las personas que se acercaron por allí y del párroco que intentó esconder los objetos para salvarlos de las rapiñas.
Una vez cerrado el convento se realizó un inventario de los bienes que poseía, bien para su venta o para su reparto y así podemos hacernos una idea de las riquezas con las que contaba Santa Mª de Jesús.

El conjunto más valioso era, sin lugar a dudas, el retablo del Altar Mayor tallado en madera y dorado. Otras imágenes de talla, estofados y crucifijos remataban el conjunto. Existían además tres retablos colaterales. En el coro se encontraba la sillería, un facistol y una imagen de Santa Mª que resultó afectada en el mencionado incendio. Entre los objetos de valor que el convento poseía se menciona la custodia de plata donada por los Ovando-Cáceres en 1749, un arca de plata labrada y diversos cálices, copones y coronas del mismo metal. Igualmente se mencionan numerosas casullas, telas tapices, lienzos, cortinas y otros efectos para el culto.


El convento atendía también, una enfermería en la localidad donde se prestaba asistencia a los necesitados. En dicho lugar se encontraba un pequeño retablo parcialmente dorado y policromado con una talla de Nuestra Señora del Carmen.
Todos estos bienes fueron reclamados por los pueblos cercanos por haber contribuido también en las limosnas, así por ejemplo el Altar Mayor, la obra de más mérito, después de ser incansablemente solicitado por el ayuntamiento y la parroquia de Salvatierra para ser colocado en ésta, fue adjudicado a la ermita de ayuda de parroquia de Nogales.
En 1823 quedaba concluido el proceso de desmantelamiento, por lo tanto estaríamos ante el cierre del convento, aunque los datos aportados anteriormente confirman la existencia de una comunidad de religiosos en Salvatierra hasta 1835, a no ser que fuera la enfermería el lugar en el que la comunidad siguió viviendo.
El estado actual que presenta el convento es lamentable, participando en esto la acción inculta e irresponsable de ciertas personas, que con el fin de encontrar agua o ciertos tesoros en este lugar, destruyeron, no hace mucho, los restos que quedaban (bóveda y pilares de ladrillo ), en el centro del huerto, de la ermita de Santa Ana.


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