El duelo de athenea



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Javier Hernández-Pacheco

EL DUELO DE ATHENEA

Reflexiones filosóficas sobre guerra, milicia y humanismo

ENCUENTRO
Madrid 2008


SOLAPA:


Javier Hernández-Pacheco, nacido en 1953, es catedrático de Filosofía de la Universidad de Sevilla. Se formó en la Universidad Complutense y en la Universidad de Viena, recibiendo influencias de la tradición filosófica clásica y cristiana, así como de los grandes autores de la filosofía germánica; influencias que pretende armonizar en su amplia obra filosófica expuesta en numerosos libros y publicaciones. Merced a sus estancias como visiting scholar en Columbia University, MIT y Universidad de Oxford, es también buen conocedor del mundo cultural anglosajón. Entre sus libros destacan Hypokeimenon. Origen y desarrollo de la tradición filosófica (Encuentro 2003), y ¡Usted primero! Filosofía de las buenas maneras (Marova2004).
CONTRAPORTADA:

El pacifismo se ha convertido en un postulado de nuestra autoconciencia moral. Con grave daño para esa autoconciencia, pues en la indiferencia frente a toda agresión ese pacifismo socava las bases comunitarias sobre las que se asiente la libertad del pueblo y sobre todo de cada uno de sus individuos. Sin el muro que guarda la ciudad, y sin la voluntad de sus ciudadanos de defenderlo hasta la muerte, la república como espacio de justa convivencia es a la larga inviable. Ese pacifismo es insolidario, signo de la descomposición moral de una sociedad. Recorriendo figuras claves de la tradición filosófica, de Aristóteles a Kant y Hegel, y con especial atención a las fuentes del humanismo grecorromano, en estas páginas se intenta, en una clave filosófica que pretende ser accesible a un público culto en general, poner de relieve algo que hoy se nos ha hecho imposible de entender: que esa virtud radicalmente ciudadana que los clásicos llamaban «piedad», constituye la esencia misma del espíritu militar frente a la barbarie.


©2008

Javier Hernández-Pacheco

y Ediciones Encuentro, S. A., Madrid

Diseño de la cubierta: o3, s.l. - www.o3com.com

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A Manolo Pavón,

mi amigo,

que gustaba de estas cosas

/9

ÍNDICE


Se trata de la paginación de esta edición. Los saltos de página de la edición original se señalan en el lugar oportuno con el signo /pág.. 6

INTRODUCCIÓN 7

I. ANTIMILITARISMO 14

II. ANTROPOLOGÍA DEL SOLDADO 33

III. VIRTUDES Y VICIOS CASTRENSES 68

IV. PATRIOTISMO 93

V. ¿PROGRESISMO CASTRENSE? 123

BIBLIOGRAFÍA 138

Se trata de la paginación de esta edición. Los saltos de página de la edición original se señalan en el lugar oportuno con el signo /pág..




INTRODUCCIÓN


«La paz entre los hombres que viven juntos no es un estado natural;

más bien lo es el de guerra (...). La paz debe ser

instaurada». Immanuel Kant, Sobre la paz perpetua, 1795


«De lodos los tiros a ciegas de Clausewitz, el más ciego fue no

entender nunca que el fin de la guerra es la paz y no la victoria».

Maj.-Gen. J. F. C. Fuller, The conduct of war, 19611

«Civil» y «militar» han sido dos adjetivos que nuestra cultura considera contrapuestos. Desde las esferas, supuestamente sin tangencia, que esos adjetivos definen, parece que las dos partes se han encontrado cómodas, y justificadas incluso en un mutuo desprecio, ya sea en tono menor. Pero no simétrico, de modo que, según las épocas y los arquetipos válidos en ellas, una de las dos parecía poder reclamar mayor justificación de esa despectiva mirada hacia la otra. No hace mucho que alguien al hablar de «autoridad» aún podía decir: «militar, por supuesto». Pecado militarista que ahora se purga pasando a ser los últimos en la cola del presupuesto.

Creo que esto es un error. Es más, creo que en esta mutua exclusión, no es que el mundo castrense y el de las instituciones civiles se hagan injusticia uno a otro, sino lo que es mucho peor, se imposibilitan a sí mismos la comprensión de su propia naturaleza.

Esto es en primer lugar dramático para el mundo militar; porque entonces se arriesgan los soldados a convertirse en una «casta de guerreros»; y esto, si alguna vez lo han sido, nos remite a los capítulos más tenebrosos de nuestra historia. Pero, en mi opinión, esta interpretación, desvirtúa en su raíz la gran tradición /10 castrense de Occidente, en la que el soldado ha El tendido ―pese a las perversas desviaciones de esa tendencia― a verse a sí mismo como «militar». Y no es inmediatamente lo mismo. Un soldado es el que combate encuadrado con otros por un sueldo; y el miles romano, como el hoplita griego, es el ciudadano que toma las armas en defensa de la justicia y de las libertades públicas. Militar es el soldado que, pese a su circunstancial profesionalización, continúa entendiendo la lucha como un «servicio», que, si no lo es a poderes tiránicos, no puede ser otra cosa que servicio «civil», a la civitas. La milicia siempre fue una institución «republicana», que se hace ni más ni menos que revolucionaria en el renacimiento neoclásico de finales del siglo XVIII. Dicho con toda vulgaridad: la «mili», el servicio militar obligatorio, fue, ha sido y en espíritu lo tiene que seguir siendo, una institución de «izquierdas». Y que esto no se entienda tiene que ver con la perversión del «progresismo», que conduce a su vez al radical malentendido de la naturaleza misma de la «civilidad».

Porque la polis griega, o la civitas romana, la «república», no es otra cosa que un espacio de convivencia regido por la ley, que no surge en la historia como espora, como producto «esporádico» de una tendencia natural, sino como resultado de un acuerdo original en el que algunos hombres asumen como guía la justicia, precisamente reprimiendo tendencias naturales que los llevan a la guerra de todos contra todos. Como dice Kant, toda paz es «instaurada». Y por eso la república emerge como lo distinto en medio de la «barbarie». Distinta de los hombres que se siguen comportando como animales y no asumen su humanidad como un ideal a compartir. Pero entonces los clásicos entienden ―y no teóricamente, sino que tuvieron que sufrirlo en la práctica histórica― que la república es lo esencialmente «amenazado» por la guerra que sigue reinando en su exterior. También lo entendieron los revolucionarios modernos. En la heráldica progresistarevolucionaria, cuando en los escudos nacionales se plantea sustituir las coronas /11 que los culminaban, los republicanos recurren al «muro de la ciudad». Civitas firma, ciudad amurallada, es la república frente al acoso de la bárbara tiranía. Lo que significa que la república, como espacio de libertades, es lo moralmente defendible y lo que de hecho tiene siempre que ser defendido. Por lo mismo que la civilidad constituye la esencia de la milicia, la república es esencialmente militar. Tamntoo es así que los romanos votaban por centurias en el «Campo de Marte»; y tenía derecho al sufragium aquel y en la medida en que podía se sufragare su equipo y armas de legionario. Sin el leal compromiso ciudadano a dar la vida por ese proyecto de humanidad compartida que es la república, eésta no puede existir: la libertad, la civilización, no prevalece.

¿Tiene esto ahora validez? ¡Más que nunca! En primer lugar -para los militares. El servicio militar obligatorio ha pasado recientemente a ser un recuerdo, del que todo ejército debería guardar grato y reflexivo recuerdo, precisamente allí donde la tecnificación y necesaria profesionalización del servicio han hecho inconveniente la conscripción. Las viejas tradiciones militares, original y conceptualmente republicanas, se hacen especialmente necesarias si Ejércitos y Armada quieren ser algo más que ingenieros u operadores de armas y pretenden mantener el «espíritu militar» que hace de ellos «servicio». Y no se trata sólo ―eso no está en cuestión― de fidelidad constitucional, sino precisamente de la pervivencia de sus antiguas tradiciones.

Pero esa síntesis cívico-militar es igualmente esencial para nuestras sociedades políticas, que se tienen que plantear si su autoconciencia remite a algo que, por más que criticable, constituye un proyecto de vida en común que merece respeto y cuidado; o es más bien el objeto adecuado de una ideología del rencor. Por ello estas páginas son algo más que una apologia pro militaribus y pretenden ser también una reflexión sobre lo que significa para nosotros una humanidad compartida; una reflexión /12 sobre el humanismo y las instituciones ―en este caso castrenses― que lo hacen viable. Humanismo que se hace especialmente visible desde aquellas virtudes que garantizan su defensa.

* * *


Creo que las consideraciones anteriores delimitan suficientemente el alcance de este trabajo. Sin embargo, a fuer de ser honesto, puede ser conveniente señalar expresamente al posible lector alguna de sus limitaciones, no fuese a buscar en estas páginas algo diferente a lo que se ofrece en ellas. Es evidente, por ejemplo, que las reflexiones que aquí se contienen tuvieron su origen en el -ambiente efervescentemente pacifista que se generalizó en medios periodísticos e intelectuales en torno a la guerra de Irak. Y es evidente también que en el plazo transcurrido desde esa original redacción ―algunas publicaciones suelen tener una larga gestación― ha sido amplia y profunda la discusión sobre estas materias, en un horizonte de reflexión geopolítica, pero también en clave ética y jurídica. Cuestiones como la guerra justa, la responsabilidad moral sobre daños colaterales a la población civil, el estatus jurídico de prisioneros y combatientes, se han debatido con profusión, y han dado lugar a una amplia bibliografía. Muy especial atención ha merecido, por supuesto, el caso de la guerra preventiva en el contexto de un conflicto asimétrico de carácter global y terrorista, en el que se plantean nuevas amenazas a partir de la posible generalización de armas de destrucción masiva. Asimismo se ha tematizado lo que en la literatura ya se denomina, a partir del 11 de septiembre de 2002, «the changing face of war», muy concretamente la tendencia a. una generalización de los citados conflictos asimétricos.

En este sentido, es cierto que sería de agradecer alguna obra de carácter más informativo, que recensionase y pusiese a disposición /13 del lector no especializado los términos de la citada discusión. De hecho, en algún momento me he planteado la posibilidad de ampliar este escrito a fin de recoger esa intención, quiero decir, de forma explícita, más allá de lo que ya se hace en el material crítico y bibliográfico que se recoge a pie de página. Sin embargo, me he decidido en contra de esa posibilidad. En primer lugar porque ese trabajo, si fuese a ser algo más que un apéndice inconexo, rompería por completo los límites del libro. Pero además, porque cambiaría su naturaleza. Y es que entiendo que las citadas discusiones, que en general tienen lugar en los ambientes un tanto restringidos de los think tanks anglosajones, sencillamente son inviables a la hora de acceder a la opinión pública, especialmente europea y muy concretamente española. Porque a mi entender entre nosotros la racionalidad de esa discusión está conceptualmente bloqueada a un nivel mucho más elemental. Por poner un ejemplo: antes de discutir lo que pasa en Irak y Afganistán, no digamos en Guantánamo o Abu Ghraib, a mí me interesa abordar la cuestión de si deben o no los niños jugar a la guerra, o qué valor como paradigmas antropológicos y culturales pueden tener los 300 de las Termopilas. De hecho me interesa más el pasado histórico que el presente, y no digamos la prospección del futuro. Porque antes de decidir qué debemos hacer, hay que plantearse qué es lo que somos; y cómo se relaciona esta cuestión, metafísica si se quiere, con la vida y la muerte, con el amor y la guerra. La legalidad de los «ilegales no-combatientes» en Guantánamo ―extraña situación intuitivamente repugnante, todo hay que decirlo― es algo que queda lejos de lo que aquí directamente me interesa, que se acerca más a la reflexión que se puede hacer sobre estas cuestiones en abstracto desde la conciencia de nuestra propia humanidad, tal y como se muestra en los modelos clásicos que sirvieron de arranque a eso que llamamos Humanismo./14

Así, por ejemplo, se puede analizar la guerra como un fenómeno histórico y hablar de sus variables causas, de sus horizontes tecnológicos y culturales, de las formas de integrarla en los procesos geopolíticos o en los marcos legales. Y ello como si se tratase de un fenómeno más de los que conforman ese desarrollo histórico de las comunidades, como una «continuación de la política» por medio de la violencia, perfectamente analizable con los medios de una fenomenología del poder. Se trataría de entender esa historia como conflicto, y la guerra como medio de dirimirlo, con vistas a la victoria de una de las partes, sobre las demás que se le resisten. En este sentido, a pesar de los esfuerzos por distanciarse de Clausewitz, que aborda así el problema de la guerra, J. Keegan, en su monumental A history of warfare, y en parte también M. van Creveldt, en The changing face of war ―por mencionar quizás las dos principales obras en la literatura más reciente―, no dejan de enfocar así el problema que aquí nos interesa, de una forma, a mi entender, en la que, al abordar la guerra como un fenómeno natural en el sentido hobbesiano, se pierde la capacidad de entender su dimensión moral. ¿Pero es que cabe algo así? Pues ésa es la cuestión verdaderamente interesante: no cuáles sean las condiciones para ganar una guerra, sino para que debamos ganarla, y por supuesto hacerla si llega el caso. O dicho por el revés, las condiciones en las que sería inmoral dejarse ganar. Frente a un planteamiento en el que la guerra es cuestión de fuertes o débiles, astutos o ingenuos, tecnológicamente avanzados o retrasados, hábiles o ineptos, se trata de intentar dilucidar si se trata, mucho más esencialmente, precisamente de una guerra «de buenos y malos». Porque, lejos de una reflexión moralizante, la tesis central de estas páginas es precisamente que esta calificación moral es la que define el horizonte esencial de lo «militar».

El título que originalmente pensé para este libro era «Ares o Athenea». Se aludía en él a una contraposición de arquetipos a la /15 hora de entender los conflictos históricos: salvaje, primitivo, agresivo y depredador, el uno (representado por la fuerza telúrica del dios Ares y por lo que en teoría política Hobbes con gran éxito terminológico denominó «estado de naturaleza» y que los griegos llamaban «barbarie»); y racional, legal y defensivo, el otro (representado por la diosa Athenea, que encarna, junto al valor militar, la mesura, la justicia y la civilidad). Y esta contraposición guarda para los griegos, más concretamente para los atenienses, tal y como Tucídides lo expresa en el discurso fúnebre de Pericles, la esencia misma de lo que después se llamará Humanismo, como actitud moral que, ciertamente, se opone a la guerra, pero como lo que, llegado el caso, es capaz de hacerla... y ganarla, allí donde, frente a esa barbarie, están en juego las libertades ciudadanas. Especialmente recoge también esa intención nuestra entrañable imagen de portada, la Athenea doliente del Partenón, que se guarda en el Museo de la Acrópolis, y que, como adecuado fondo plástico de ese discurso de Pericles, muestra a la diosa, con lanza y casco, guardando luto por los caídos atenienses. Nos recuerda esa imagen algo tan extraño para nosotros como esencial: que la virtud de la piedad es lo que delimita la esencia civil del militar.

Por todo ello, debe quedar claro que, lejos de las circunstancias concretas, de Irak y Afganistán, vamos a tratar aquí de paradigmas, de ideales; y de en qué medida desde ellos se puede justificar un modo de vida y unos valores castrenses, precisamente allí donde las instituciones históricas que los encarnan se quedan cortas respecto de esos ideales. Dicho de otra forma, se trata, como hemos dicho, de una reflexión de carácter moral, sobre lo que debe ser; que en absoluto se invalida, sino que precisamente se refuerza como ideal, cuando muchas veces no es y sobre todo no ha sido. En este sentido hay que tener en cuenta que el estamento militar ha hecho mucho daño en la historia, como lo han hecho en general todos los que tenían un poder cuyo fin era precisamente hacer un mundo mejor./16

Pero deconstruir paradigmas porque la historia se quedó corta o salió mal, es tarea intelectual siempre accesible a la reflexión fácil. Los militares suelen acompañar en este martirio intelectual deconstructivo a las iglesias, a las empresas, a los gobernantes, a los que enseñan; como «poderes fácticos». Ante éstos el anarquismo intelectual siempre puede alegar que lo que esos poderes construyeron salió algo torcido.

La reflexión intelectual, como todo, según el Eclesiastés, tiene sus tiempos. Hay un tiempo de criticar; y la denuncia es exigencia de la razón; y así ocasión para enderezar los rumbos tuertos de la historia. Pero hay tiempo de decir también que esa crítica es posible desde ideales que si llegásemos del todo a desmontar, toda crítica carecería de sustento. Y pienso, respecto del tema militar que nos ocupa, que ha llegado el tiempo de poner de relieve cuánto bueno de esos ideales encarna la tradición castrense. Entre otras cosas porque mayor me parece el peligro de que el desprecio de esa tradición cuestione la misma voluntad cívica de defender el proyecto de libertad que la civilización representa. A no ser que entendamos que esa civilización de libertades es algo moralmente podrido en su raíz.

En este sentido, debo confesar que lo que estas páginas tienen de apología, lo asumo con gusto. La gente de mi generación guarda en su memoria muchas cosas ―Tintín, el Capitán Trueno, el Séptimo de Caballería, Misión de Audaces― con las que luego no hemos sabido qué hacer y cómo incorporar a la imagen intelectual que nuestra cultura ―combativamente pacifista― nos permite tener de nosotros mismos. Memorias hoy reprimidas en las que soñábamos que la valentía vencía a nuestros miedos; que los buenos, tras muchas vicisitudes y penalidades, ganaban a los malos; que la justicia imperaba y la libertad surgía victoriosa de la opresión, acogida al final por el amor de Maureen O'Hara. Luego alguien nos ha robado esas memorias; peor, nos ha hecho avergonzarnos de /17 ellas, como de aquellos juguetes con los que jugábamos a ser buenos defendiendo la justicia.

Además de a la nostalgia, son entonces estas páginas también un tributo a la melancolía, propia para un mundo que ya no sabe guardar honrosa memoria de sus glorías militares. Porque si esa memoria se pierde, todos los soldados de la historia habrán perdido sus batallas. Piensa la intelectualidad presente que eso es lo bueno, que cuando todos los soldados estén por fin derrotados por el desprecio, vendrá la paz; porque sólo son necesarios allí donde enfrente hay otros como ellos2. ¿Es eso verdad?

Estas páginas quieren cuestionar que la culpa de la guerra la tengan los soldados, precisamente allí donde la justa paz ―la que no es rendición al poder de otros― es conquista que hizo posible su sacrificio y que hoy sigue necesitando de su vigilia. También porque recuperar el honor de los caídos, desde Leónidas, pasando por Rolando y el Cid, por Torrijos y el marqués del Duero, hasta los héroes del acorazado Potemkin y del Alcázar, es para muchos recuperar la memoria de nosotros mismos. Y me voy a empeñar en la tarea, quizás porque las causas perdidas ―y ésta parece desesperada― son también dignas de la caballería, aunque sea en este caso meramente literaria./19






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