El elogio de la sombra



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Junichiro Tanizaki
El elogio
de la sombra

En Occidente, el más poderoso aliado de la belleza fue siempre la luz; en la estética tradicional japonesa lo esencial está en captar el enigma de la sombra. Lo bello no es una sustancia en sí sino un juego de claroscuros producido por la yuxtaposición de las diferentes sustancias que va formando el juego sutil de las modulaciones de la sombra. Lo mismo que una piedra fosforescente en la oscuridad pierde toda su fascinante sensación de joya preciosa si fuera expuesta a plena luz, la belleza pierde toda su existencia si se suprimen los efectos de la sombra.

En este ensayo clásico, escrito en 1933, Junichirò Tanizaki va desarrollando con gran refinamiento esta idea medular del pensamiento oriental, clave para entender el color de las lacas, de la tinta o de los trajes del teatro ; para aprender a apreciar el aspecto antiguo del papel o los reflejos velados en la pátina de los objetos; para prevenirnos contra todo lo que brilla; o para captar la belleza en la llama vacilante de una lámpara y descubrir el alma de la arquitectura a través de los grados de opacidad de los materiales y el silencio y la penumbra del espacio vacío.

Junichirò Tanizaki (1886-1965) es, sin lugar a dudas, uno de los mayores escritores de la literatura japonesa contemporánea. Entre sus novelas más conocidas puede destacarse Hay quien prefiere las ortigas (1955), Las hermanas Makioka (1957) y La llave (1961). El elogio de la sombra es para muchos una de sus obras maestras.


Un amante de la arquitectura que quiera construirse en la actualidad una casa en el más puro estilo japonés tendrá que preparase a sufrir numerosos sinsabores con la instalación de la electricidad, el gas y el agua y, aunque no haya pasado personalmente por la experiencia de construir, bastará con que entre en la sala de una casa de citas, de un restaurante o de un albergue para apreciar el esfuerzo empleado en integrar armoniosamente tales dispositivos en una estancia de estilo japonés. A menos que se sea uno de esos aficionados al té que tratan con presuntuoso desdén los adelantos de la civilización científica y que establecen su “choza” en lo más profundo de cualquier apartado rincón campestre, si se está al frente de una familia de cierta importancia y se vive en la ciudad, no veo por qué volver la espalda, so pretexto de que se quiere una casa lo más japonesa posible, a los calefactores, luces, instalaciones sanitarias, elementos todos ellos inseparables de la vida moderna. Por supuesto, un hombre medianamente meticuloso se devanará los sesos por la menor cosa, el teléfono por ejemplo, al que relegará bajo la escalera o en un rincón del pasillo, donde llamen menos la atención. Enterrará los cables eléctricos en el jardín, camuflará los interruptores en los armarios, bajo los anaqueles, extenderá las líneas interiores al amparo de los biombos, de tal manera que a veces, al cabo de tanta inventiva, sientes cierta irritación ante ese derroche de artificio. Una lámpara eléctrica es ya algo familiar a nuestros ojos, ¿entonces para qué esas medias tintas, en lugar de dejar la bombilla al aire con una sencilla pantalla de cristal delgado y lechoso que dé una impresión de naturalidad y simplicidad? A veces por la noche, al contemplar el campo desde la ventanilla de un tren, he podido percibir, a la sombra de los shòji1 de una granja, una bombilla que brillaba, solitaria, bajo una de esas delgadas pantallas pasadas de moda y lo he encontrado de un gusto exquisito.

Sin embargo, el ventilador es otra cosa, porque ni su ruido ni su forma se adaptan fácilmente al estilo de una vivienda japonesa. Si no te gusta, en una casa corriente puedes prescindir de él pero en un establecimiento que tiene que recibir clientes en verano no pueden prevalecer exclusivamente los gustos del propietario. A mi amigo, el dueño del Kairakuen, que sabe mucho de arquitectura, le horrorizaban los ventiladores y durante mucho tiempo se negó a instalarlos en las habitaciones; pero todos los años, cuando llegaba el verano, tenía que soportar las quejas de los clientes y terminó cediendo.

Yo, que personalmente derroché el año pasado una fortuna muy poco compatible con mi situación en la construcción de una casa, he tenido una experiencia similar; como me empeñé en ocuparme de todos los detalles, desde los tabiques móviles hasta el último accesorio, tropecé con muchas dificultades. Los shòji, por ejemplo: apelando al buen gusto, no quise ponerles cristales y decidí utilizar solamente papel; pero entonces tuve problemas con la iluminación y además cerraban mal. Desesperado, se me ocurrió ponerles por dentro papel y por fuera cristal. Para ello tuve que poner marcos dobles a ambos lados y el gastó aumentó proporcionalmente; cuando por fin estuvieron colocados descubrí que, vistos desde fuera, no eran más que vulgares puertas de cristal y que vistos desde dentro, por culpa del cristal que había tras el papel, ya no tenían el ahuecado y la suavidad de los auténticos shòji; en una palabra, el efecto era bastante desagradable. Te dices entonces que hubiera sido mejor haber puesto unas sencillas puertas de cristal y acabas mordiéndote los puños; de otro nos reiríamos pero tratándose de uno mismo no es fácil admitir el propio error hasta que no se ha intentado todo.

En las tiendas, últimamente, se encuentran lámparas eléctricas con forma de linterna portátiles, colgantes, cilíndricas, o incluso con forma de candelabros, más en consonancia con una vivienda japonesa; sin embargo a mí no me gustan nada y, por mi parte, busqué en los anticuarios lámparas de petróleo, lamparillas de noche y linternas de otras épocas y les puse bombillas eléctricas.

Pero los que me han dado más quebraderos de cabeza han sido los aparatos de calefacción. De todos los que se designan bajo el término genérico de “estufas” no hay uno solo cuya forma pueda encajar en una vivienda japonesa. La estufa de gas emite además un continuo zumbido y, a menos que se haya previsto algún sistema de ventilación, produce inmediatamente dolor de cabeza; la estufa eléctrica sería ideal en este sentido si las formas no estuvieran tan desprovistas de gracia. Es cierto que bajo los estantes se podrían colocar radiadores parecidos a los que se utilizan en los tranvías, pero al no verse el resplandor enrojecido del fuego, todo el encanto del invierno quedaría anulado e iría en detrimento de la intimidad familiar. Después de múltiples reflexiones mandé construir un gran hogar central, como los que hay en las casas de los campesinos y ahí coloqué una estufa eléctrica; este dispositivo me permite a un tiempo mantener caliente el agua para el té y la habitación y, dejando de lado el elevado costo de la operación, desde un punto de vista estético es más bien un éxito.

Así pues había resuelto el problema de la calefacción de forma satisfactoria, pero el cuarto de baño y los retretes iban a causarme nuevos problemas. El dueño del Kairakuen se negó a utilizar el alicatado para las bañeras y los desagües e hizo construir los cuartos de baño de los clientes totalmente de madera, pero ni qué decir tiene que las baldosas son mil veces más económicas y más prácticas. Se podría utilizar una hermosa madera japonesa para el techo, los pilares y los tabiques y para lo demás conformarse con uno de esos chillones enlosados, pero entonces el contraste llamaría mucho la atención. Esto puede servir cuando todo está nuevo, pero conforme van pasando los años, el granulado de la madera de las planchas y de los pilares adquirirá cierta pátina mientras que las baldosas seguirán conservando su brillante y lisa superficie blanca, se habrá entonces conseguido literalmente “casar la madera con el bambú”. En el cuarto de baño las cosas podrían arreglarse, en último extremo, sacrificando un poco el lado práctico en aras del buen gusto. Pero cuando llegué a los retretes, los apuros fueron mayores.



Siempre que en algún monasterio de Kyoto o de Nara me indican el camino de los retretes, construidos a la manera de antaño, semioscuros y sin embargo de una limpieza meticulosa, experimento intensamente la extraordinaria calidad de la arquitectura japonesa. Un pabellón de té es un lugar encantador, lo admito, pero lo que sí está verdaderamente concebido para la paz del espíritu son los retretes de estilo japonés. Siempre apartados del edificio principal, están emplazados al abrigo de un bosquecillo de donde nos llega un olor a verdor y a musgo; después de haber atravesado para llegar una galería cubierta, agachado en la penumbra, bañado por la suave luz de los shòji y absorto en tus ensoñaciones, al contemplar el espectáculo del jardín que se despliega desde la ventana, experimentas una emoción imposible de describir. El maestro Sòseki2, al parecer, contaba entre los grandes placeres de la existencia el hecho de ir a obrar cada mañana, precisando que era una satisfacción de tipo esencialmente fisiológico; pues bien, para apreciar plenamente este placer, no hay lugar más adecuado que esos retretes de estilo japonés desde donde, al amparo de las sencillas paredes de superficies lisas, puedes contemplar el azul del cielo y el verdor del follaje. Aun a riesgo de repetirme, añadiré que cierto matiz de premura, una absoluta limpieza y un silencio tal que el zumbido de un mosquito pueda lastimar el oído son también indispensables.
Cuando me encuentro en dicho lugar me complace escuchar una lluvia suave y regular. Esto me sucede, en particular, en aquellas construcciones características de las provincias orientales donde han colocado a ras del suelo unas aberturas estrechas y largas para echar los desperdicios, de manera que se puede oír, muy cerca, el apaciguante ruido de las gotas que, al caer del alero o de las hojas de los árboles, salpican el pie de las linternas de piedra y empapa el musgo de las losas antes de que las esponje el suelo. En verdad, tales lugares armonizan con el canto de los insectos, el gorjeo de los pájaros y las noches de luna; es el mejor lugar para gozar la punzante melancolía de las cosas en cada una de las cuatro estaciones y los antiguos poetas de haiku han debido de encontrar en ellos innumerables temas. Por lo tanto no parece descabellado pretender que es en la construcción de los retretes donde la arquitectura japonesa ha alcanzado el colmo del refinamiento. Nuestros antepasados, que lo poetizaban todo, consiguieron paradójicamente transmutar en un lugar del más exquisito buen gusto aquel cuyo destino en la casa era el más sórdido y, merced a una estrecha asociación con la naturaleza, consiguieron difuminarlo mediante una red de delicadas asociaciones de imágenes. Comparada con la actitud de los occidentales que, deliberadamente, han decidido que el lugar era sucio y ni siquiera debía mencionarse en público, la nuestra es infinitamente más sabia porque hemos penetrado ahí, en verdad, hasta la médula del refinamiento. Los inconvenientes, si hay que encontrar alguno, serían su alejamiento y la consiguiente incomodidad cuando hay que desplazarse hasta ahí en plena noche, además del peligro, en invierno, de resfriarse; no obstante si, para repetir lo que dijo Saitò Ryoku3, “el refinamiento es frío”, el hecho de que en esos lugares reine un frío igual al que reina al aire libre sería un atractivo suplementario. Me desagrada soberanamente que en los cuartos de baño de estilo occidental de los hoteles, lleguen incluso a poner calefacción central.

Para un amante del estilo arquitectónico del pabellón de té, los retretes de estilo japonés representan ciertamente un ideal y resultan totalmente adecuados para un monasterio cuyos edificios son vastos en relación con el número de quienes lo habitan y donde nunca falta mano de obra para la limpieza; en cambio, en una casa corriente no es fácil mantenerlo limpio. Por muy vigilante que estés y por muy puntualmente que pases la bayeta, en un suelo de madera o cubierto de esteras las manchas acaban finalmente por saltar a la vista. He aquí por qué un buen día decides poner baldosas e instalar una taza con cisterna, pertrechos, sin duda, mucho más higiénicos y más fáciles de mantener pero que, en cambio, ya no tienen la menor relación con el “refinamiento” o el “sentido de la naturaleza”. Colocado bajo una luz cruda, entre cuatro paredes más bien blancas, se perderá toda gana de entregarse a la famosa “satisfacción de tipo fisiológico” del maestro Sòseki. Bien es verdad que toda esa blancura es de una limpieza más que evidente, pero la cuestión está en saber si realmente hace falta prestar tanta atención a un lugar destinado a recoger los desechos de nuestro cuerpo. Del mismo modo que sería totalmente inadecuado que la joven más bella del mundo, aunque su piel fuera de nácar, exhibiera en público sus nalgas y muslos, sería también una total falta de educación iluminar ese lugar de forma tan escandalosa; basta con que la parte visible esté impecable para que se tenga una opinión favorable de la que no se ve. Es infinitamente preferible, en un lugar como ése, velar todo con una difusa penumbra y dejar que apenas se vislumbre el límite entre lo que está limpio y lo que está algo menos.

Por todas estas razones, cuando mandé construir mi propia casa, opté por el equipo sanitario, pero me opuse al enlosado e hice poner un suelo de madera de alcanfor; intentaba de esta manera recuperar algo del estilo japonés; pero el problema estaba en la taza. Me explico: como todo el mundo sabe, las tazas con cisterna son de porcelana completamente blanca con adornos de metal brillante. Ahora bien, para este tipo de sanitario, ya sea para uso masculino o femenino, prefiero la madera. Nada mejor que la madera encerada, pero incluso la madera natural, con los años, acaba adquiriendo un bonito color oscuro y su granulado desprende entonces cierto encanto que calma extrañamente los nervios. Tengo que precisar que para mí el ideal sería una de esas tazas “en flor de enredadera”, hechas de madera y llenas de agujas de criptómero muy verdes, lo que sería grato a la vista y además perfectamente silencioso.

Sin llegar a permitirme una extravagancia de ese calibre, al menos quise encargarme una taza acorde con mis gustos, incluso adaptando una cisterna; pero para obtener un objeto tan singular, habrían hecho falta tantas gestiones y dinero que acabé por renunciar.

No tengo nada contra la adopción de las comodidades que ofrece la civilización en materia de iluminación, calefacción o tazas de retrete, pero a pesar de ello, me he preguntado por qué, siendo las cosas como son, no damos algo más de importancia a nuestras costumbres y a nuestros gustos y si sería realmente imposible adaptarnos más a ellos.

Ahora están de moda las lámparas eléctricas con forma de linterna portátil, lo que demuestra que nos hemos vuelto a aficionar a la suavidad y al calor, que habíamos olvidado durante algún tiempo, característicos de esa sustancia llamada “papel”; hemos reconocido que se adapta mejor que el cristal a la casa japonesa; pero el sentimiento de esa necesaria armonía no ha llegado todavía al comercio de las tazas de retrete o de las estufas.

En cuanto a la calefacción estoy convencido, porque lo he probado, de que no hay nada mejor que una estufa eléctrica instalada en el hogar central, pero no he encontrado a nadie que elaborara ese dispositivo, tan sencillo sin embargo (existen braseros eléctricos bastante lamentables pero como medio de calefacción no son mucho mejores que los braseros de carbón); eso hace que en el comercio sólo se encuentren esos calefactores de estilo occidental, totalmente inadecuados. Es un lujo, lo admito, insistir en nombre del buen gusto en detalles tan triviales de la vida cotidiana. Siempre habrá alguien que me argumente que lo esencial es que podamos defendernos de las diferencias de temperatura y del hambre y que la forma importa poco. En realidad, por mucho que te jactes de tu propia resistencia “los días de nieve son verdaderamente fríos” y si hay algún medio para paliar ese inconveniente, está fuera de lugar discutir sobre su mayor o menor elegancia; es pues inevitable que se quiera disfrutar sin reservas de esa nueva comodidad, cosa que concibo muy bien; sin embargo, si Oriente y Occidente hubieran elaborado cada uno por su lado, e independientemente, civilizaciones científicas bien diferenciadas, ¿cuáles serían las formas de nuestra sociedad y hasta qué punto serían diferentes de lo que son? Éste es el tipo de preguntas que me suelo plantear habitualmente. Supongamos, por ejemplo, que hubiéramos desarrollado una física y una química completamente nuestras; las técnicas, las industrias basadas en dichas ciencias habrían seguido naturalmente caminos diferentes, las múltiples máquinas de uso cotidiano, los productos químicos, los productos industriales habrían sido más adecuados a nuestro espíritu nacional. Posiblemente sería lícito pensar que los propios principios de la física y de la química, considerados bajo un ángulo distinto al de los occidentales, habrían tenido aspectos muy diferentes a los que hoy en día se nos enseña en lo que respecta, por ejemplo, a la naturaleza y las propiedades de la luz, de la electricidad o del átomo.

Como ignoro todo lo relativo a la física teórica, en este caso no hago sino dejar correr mi imaginación; en cuanto a los descubrimientos de orden práctico, si los japoneses hubiéramos seguido direcciones originales las repercusiones en nuestra manera de vestir, de alimentarnos y de vivir, habrían sido sin duda considerables, lo cual es lógico, pero también lo habrían sido en las estructuras políticas, religiosas, artísticas y económicas; y se puede fácilmente imaginar, siendo como es Oriente, que habríamos encontrado soluciones radicalmente diferentes.

He aquí un ejemplo muy simple. He publicado hace poco en los Bungei-Shunju4 un artículo en el que comparaba la estilográfica y el pincel; pues bien, supongamos que el inventor de la estilográfica hubiera sido un japonés o un chino de otra época. Es evidente que no habría dotado a su punta de una plumilla metálica sino de un pincel. Y que lo que habría intentado que bajara del depósito hasta las cerdas del pincel no sería tinta azul sino algún tipo de líquido parecido a la tinta china. Por lo tanto, como los papeles de tipo occidental no sirven para el uso del pincel, para responder a la creciente demanda se tendría que producir una cantidad industrial de papel análogo al papel japonés, una especie de hanshi5 mejorado, y si el papel, la tinta china y el pincel hubieran seguido este desarrollo, la pluma metálica y la tinta occidental nunca habrían conocido su auge actual, los partidarios de los caracteres latinos no habrían tenido ningún eco y los ideogramas o los kana6 habrían gozado de un unánime y poderoso favor. Pero esto no es todo: nuestro pensamiento y nuestra propia literatura no habrían imitado tan servilmente a Occidente y ¿quién sabe? Probablemente nos habríamos encaminado hacia un mundo nuevo completamente original. Con esta digresión he querido mostrar que la forma de un instrumento aparentemente insignificante puede tener repercusiones infinitas.

Ya sé que todo esto son sólo imaginaciones de novelista, y es evidente que llegados a este punto ya no se puede dar marcha atrás y rehacerlo todo. Así que todo lo que estoy diciendo no es sino desear lo imposible y prorrumpir en vanas recriminaciones; pero dejando de lado cualquier tipo de acritud, creo que es lícito que nos preguntemos sobre ello e intentemos determinar en qué medida estamos en desventaja respecto a los occidentales. En una palabra, Occidente ha seguido su vía natural para negar su situación actual; pero nosotros, colocados ante una civilización más avanzada, no hemos tenido más remedio que introducirla en nuestras vidas y, de rechazo, nos hemos visto obligados a bifurcarnos en una dirección diferente a la que seguíamos desde hace milenios: creo que muchas molestias y muchas contrariedades proceden de esto.

Dejando a un lado cualquier vanidad, no tengo inconveniente en admitir que hemos realizado escasísimos progresos materiales en los cinco últimos siglos. También es verdad que en los campos de China o de la India se pueden descubrir formas de vida que no han cambiado en absoluto desde los tiempos de Buda o de Confucio. Pero sea como fuere, la dirección que habíamos tomado era sin duda la más conforme a nuestra naturaleza. Y a lo mejor mucho más tarde, pero siempre a base de avanzar muy lentamente, nada nos dice que no hubiéramos inventado algún día los instrumentos de una civilización avanzada, el equivalente a nuestros tranvías actuales, nuestros aviones, nuestra radio, los cuales, en vez de ser préstamos ajenos, habrían sido objetos adaptados realmente a nuestras propias necesidades.

Veamos por ejemplo nuestro cine: difiere del americano tanto como del francés o del alemán, por los juegos de sombras, por el valor de los contrastes. Así pues, independientemente incluso de la escenografía o de los temas tratados, la originalidad del genio nacional se revela ya en la fotografía. Ahora bien, utilizamos los mismos aparatos, los mismos reveladores químicos, las mismas películas; suponiendo que hubiéramos elaborado una técnica fotográfica totalmente nuestra podríamos preguntarnos si no se habría adaptado mejor a nuestro color de piel, a nuestro aspecto, a nuestro clima, a nuestras costumbres.

Y si hubiéramos inventado nosotros el fonógrafo o la radio es probable que hubieran sido concebidos para destacar las cualidades de nuestra voz y de nuestra música. En sus rudimentos, nuestra música está caracterizada por cierta contención, por la importancia que concede al ambiente, de manera que grabada, y luego amplificada por los altavoces, pierde la mitad de su encanto. En el arte de la oratoria evitamos los gritos, cultivamos la elipsis y, sobre todo, damos una extrema importancia a las pausas; ahora bien en la reproducción mecánica del discurso la pausa se destruye totalmente. Por haber acogido esos aparatos hemos tenido que desnaturalizar nuestro arte. Mientras que los occidentales, como son aparatos inventados y elaborados por ellos y para ellos, los han adaptado desde el principio a su propia expresión artística. Hay que considerar que, sólo por eso, hemos padecido auténticos perjuicios.
Dicen que el papel es un invento de los chinos; sin embargo, lo único que nos inspira el papel de Occidente es la impresión de estar ante un material estrictamente utilitario, mientras que sólo hay que ver la textura de un papel de China o de Japón para sentir un calorcillo que nos reconforta el corazón. A igual blancura, la de un papel de Occidente difiere por naturaleza de la un hosho7 o un papel blanco de China. Los rayos luminosos parecen rebotar en la superficie del papel occidental, mientras que la del hosho o del papel de China, similar a la aterciopelada superficie de la primera nieve, los absorbe blandamente. Además, nuestros papeles, agradables al tacto, se pliegan y arrugan sin ruido. Su contacto es suave y ligeramente húmedo como el de la hoja de un árbol.

De manera más general, la vista de un objeto brillante nos produce cierto malestar. Los occidentales utilizan, incluso en la mesa, utensilios de plata, de acero, de níquel, que pulen hasta sacarles brillo, mientras que a nosotros nos horroriza todo lo que resplandece de esa manera. Nosotros también utilizamos hervidores, copas, frascos de plata, pero no se nos ocurre pulirlos como hacen ellos. Al contrario, nos gusta ver cómo se va oscureciendo su superficie y cómo, con el tiempo, se ennegrecen del todo. No hay casa donde no se haya regañado a alguna sirvienta despistada por haber bruñido los utensilios de plata, recubiertos de una valiosa pátina.

Recientemente se ha extendido la costumbre de emplear estaño para la cocina china y es muy probable que los chinos aprecien la propiedad que tiene ese metal de adquirir pátina. Cuando está nuevo recuerda al aluminio y la impresión que produce no tiene anda de agradable; los chinos nunca lo habrían adoptado si no envejeciera bien y no acabara por adquirir así cierta elegancia. Además, se pueden grabar poemas que, con la superficie ennegrecida por el estaño, forman un conjunto perfecto. En una palabra, en manos de los chinos ese metal ligero, vulgar y chillón se ha convertido en un material denso y de buena ley, de reflejos profundos como una cerámica.

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