El espacio de los flujos



Descargar 10.42 Kb.
Fecha de conversión02.05.2018
Tamaño10.42 Kb.
El espacio de los flujos:

En las sociedades disciplinarias de las que habla Foucault, y muy especialmente en las instituciones educativas, la construcción social del espacio y del tiempo, esos ejes que fueron propuestos por Immanuel Kant como la base de toda acción y reflexión humana, remitían a la constitución de un encierro, esto es, un método que permite aislar un bloque espacio-temporal de la complejidad del mundo circundante para la realización de ciertos procesos sociales específicos (la educación, el trabajo, la medicina, etcétera). La energía de las sociedades disciplinarias estaba destinada a la elaboración e incesante mejora de esta conjunción de un espacio cerrado con un tiempo limitado y regido en función de la tarea a cumplir en ese espacio. Y esto no sólo vale para lo que Foucault llamaba las “instituciones de secuestro”, sino también para ecosistemas globales más amplios, como podía ser una ciudad entera (de hecho, en Vigilar y castigar abundan los ejemplos acerca del cerco y cuadriculación de las ciudades en los tiempos de las grandes pestes que asolaban a Europa hasta el siglo XVIII). Esta distinción nos permite, también, ver las dos caras de este proceso: por un lado, desde ya, el carácter obligatorio, impuesto y en cierto modo opresivo del secuestro y el encierro como tecnología de poder específica de subjetivación; pero por el otro, la comprobación de que la experiencia misma de la construcción de la subjetividad necesita de la construcción social del espacio. Esta experiencia es la que funda lo que se llama el “espacio público”, en cualquiera de sus significados. Un café, una plaza, un museo o un estadio de fútbol, no son instituciones de encierro tal como las describe Foucault; pueden tener sus horarios más o menos cerrados, sus protocolos más o menos rígidos de construcción del lazo social, pero son, en sentido estricto, la sede de la sociabilidad moderna más allá de lo que una institución establece respecto de lo que hay que aprender, trabajar o curarse. Para reunir en un mismo término estas dos caras del espacio moderno, Castells habla de los lugares, entendiendo como lugar “una localidad, cuya forma, función y significado se contienen dentro de las fronteras de la contigüidad física” (p.457 de La sociedad red).

Una de las cuatro definiciones posibles de información, vistas en el cuarto encuentro, aludía a que ésta era un tercer eje de la experiencia humana, junto al espacio y al tiempo. Es lógico, entonces, que ni bien la información lograra una manifestación tecnológica que le permitiera penetrar en todos los ámbitos de esta experiencia, introdujera algunas modificaciones considerables en la vivencia de los otros dos ejes. En lo que tiene que ver con el espacio, Castells propone oponer los lugares a los flujos. La definición de flujos de Castells es simple: “secuencias de intercambio e interacción determinadas, repetitivas y programables entre las posiciones físicamente inconexas que mantienen los actores sociales en las estructuras económicas, políticas y simbólicas de la sociedad” (p. 445). Más allá de lo que sea “determinado, repetitivo y programable”, para Castells lo central es que las posiciones de este intercambio están “físicamente inconexas”. Los flujos son básicamente inmateriales, tal como se proponía serlo la información misma.

En 1959, el arquitecto situacionista holandés N. Constant desarrolla el proyecto de una ciudad que por sus posibilidades de conexión y derivaciones casi infinitas es comparada posteriormente con Internet. La llama Nueva Babilonia y está diseñada como un espacio versátil y dinámico donde las experiencias no se pueden repetir ni se puedan ejercer rutinas fijas. De este modo, este proyecto intenta materializar el deseo situacionista de pensar la experiencia urbana como deriva y la ciudad como un complejo flexible que se va modificando parcial o totalmente por las acciones de sus habitantes. Los lugares se someten a la lógica de los flujos. Aunque, es necesario decirlo, los flujos en los que pensaba Constant no eran precisamente los del capitalismo tardío, sino aquellos que tuvieran sede en el ocio y en el placer de los ciudadanos.



En la medida en que la información aparece relacionada íntimamente con lo que hemos llamado “la utopía de la comunicación”, también parece evidente que toda comunicación en el sentido en que adoptó el término en el siglo XX es en lo esencial una incitación a llevar la sociabilidad del espacio de los lugares al espacio de los flujos. Se trata de conducir la energía social a la construcción de flujos más que de lugares, invirtiendo la tendencia de las sociedades disciplinarias. Esto es algo que se manifiesta en el nivel global con la famosa crisis del Estado-nación, definido como la alianza perdurable entre población, territorio y soberanía. Esta crisis del Estado-nación se vincula con la emergencia de la ciudad global, que “no es un lugar, sino un proceso. Un proceso mediante el cual los centros de producción y consumo de servicios avanzados y sus sociedades locales auxiliares se conectan en una red global en virtud de los flujos de información, mientras que a la vez restan importancia a las conexiones con sus entornos territoriales” (La sociedad red, p. 419). El Estado, la ciudad y las instituciones de encierro están siendo afectadas por un proceso en el que la comunicación asume la construcción de los lugares.

Ahora bien, esto no se trata de una mera irrupción de los flujos de información sostenidos tecnológicamente en una sociabilidad construida en torno a la consolidación de los lugares “clásicos”. En realidad, quizás sea mejor pensar que el espacio de los flujos se constituyó a través de lo que Tarde llamaba “tecnologías de acción a distancia” , subrayando la expresión “acción a distancia”. En efecto, para que existan semejantes tecnologías, los seres humanos deben creer posible la acción a distancia, esto es, una acción (o una simbolización) que haga abstracción del lugar físico y material de quienes intervienen en ella. Por eso, cuando Tarde llamaba la atención sobre la expansión tecnológica de la acción a distancia, que es anterior no sólo a Internet y a los flujos hoy llamados de “información” sino también a los medios masivos, estaba marcando un hecho central en el que se manifiesta el temprano paso de los lugares a los flujos, el desplazamiento de la energía social destinada a la construcción de los espacios. En este sentido, cabría pensar a los medios masivos de comunicación y a las grandes industrias culturales del siglo XX, esto es, la radio, el cine y la televisión, muy anteriores a Internet, como la primera manifestación general del espacio de los flujos. Las personas se quedan en su casa, sea para escuchar la radio o ver la televisión (depende de cuál sea la época), o asisten a un espacio definido (la sala de cine), no para volcar sus intensidades en esos lugares sino para comenzar a habitar en otros: el ring de la pelea Firpo-Dempsey para las radios de los años ’20, la casa de la familia Campanelli para los televisores de los años ’60, o un trasatlántico gigantesco que se hunde en mares helados en otro tiempo en cualquier pantalla de los ’90. En este sentido, Internet, ese objeto temible y temido, tan influyente, sería una potenciación de la acción a distancia a través de la reunión de múltiples espacios en otros tantos espacios más que ni siquiera son “representación” de lugares reales. Internet sería entonces la materialización de la máxima expansión de los flujos, ya sin necesidad de representación, en relación con los lugares.


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2016
enviar mensaje

    Página principal