El espacio político de la izquierda portuguesa: Tres familias ideológicas mal avenidas



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El espacio político de la izquierda portuguesa:

Tres familias ideológicas mal avenidas.

Ángel Rivero

Universidad Autónoma de Madrid

(Borrador).

Cuando se habla de los desafíos ideológicos de la izquierda en Europa inmediatamente la cuestión nos remite a la respuesta discursiva y política de los partidos de lo que se llama izquierda en relación a la crisis iniciada en 2007 y respecto a las consecuencias sociales de la misma en la UE.

Sin embargo, al echar la vista atrás y al atender lo que dicen estos partidos hoy día veremos que estos desafíos ideológicos no nos remiten únicamente a lo acontecido en el último decenio, sino que van más lejos hasta alcanzar una cadena de retos en los que la izquierda se ha sentido emplazada de manera frontal.

Así, precediendo dos décadas al desafío ideológico planteado por la crisis está el hundimiento ideológico del comunismo en 1989, de consecuencias profundas para el mundo de la izquierda europea (sobre todo, pero también para la izquierda global). Pero antes hay más. Si seguimos recorriendo a contra curso el pasado nos encontraremos los siguiente momento cruciales: la primera crisis del Estado de Bienestar en los años 70 (entendida como germen de la amenaza al contrato social europeo, hoy presuntamente ejecutada, por un entonces naciente y hoy vigoroso noliberalismo); El nacimiento mismo del Estado de Bienestar en torno a los años 1950, en plena posguerra Europea (repudiado por la izquierda de obediencia oriental como un subterfugio para perpetuar el capitalismo); y, aún antes, el cisma producido en la izquierda europea con motivo de la revolución rusa que dio lugar a una izquierda occidental y a una izquierda oriental (representada en Occidente por los partidos comunistas).

En este artículo mostraré cómo todos estos desafíos ideológicos, junto a la singularidad portuguesa, dan razón de la fragmentación y del conflicto de aquello que denominamos izquierda en Portugal. Porque la gran paradoja que quiero desvelar es que en Portugal, como en aquellos lugares de Europa donde la brújula ideológica izquierda-derecha aún se emplea, cuando se dice izquierda no se está hablando de un conjunto de partidos que compartan un mismo programa político ni una misma orientación ideológica sino que, por el contrario, se ampara bajo una misma etiqueta a partidos radicalmente enfrentados, con visiones completamente diferentes en relación a las grandes cuestiones de la sociedad portuguesa. Y, sin embargo, la crisis y el enorme impacto social sobre la sociedad portuguesa ha hecho que en el discurso público luso se haya instalado, como en otras sociedades meridionales europeas, el llamado a una unidad de la izquierda, cuyo cemento aglutinante sería principalmente la oposición a las políticas de ajuste y de austeridad patrocinadas por la “derecha” (esto es así allí donde gobierna “la derecha”. La oposición a estas políticas cuando gobierna “la izquierda” es patrocinada por populismos de signo diverso).

Como mostraré en esta ponencia, estas peticiones tienen poco recorrido más allá de la retórica política a poco se conozca la historia de los partidos de la llamada izquierda y su comportamiento desde la fundación misma del sistema de partidos portugués. Dicho esto, veremos que en el terreno retórico los partidos de la izquierda portuguesa han desarrollado un discurso público muy elemental dirigido a capitalizar la crisis que se parece extraordinariamente y que se reduce a una serie de consignas populistas de tono moralizante.



La formación de los partidos de la izquierda portuguesa

Para entender las peculiaridades ideológicas de la izquierda portuguesa y su comportamiento político es necesario remontarse a la formación del sistema de partidos portugués. Aunque los movimientos sociales decimonónicos, internacionalistas y obreristas, tuvieron un peso significativo en la historia portuguesa, los partidos de la izquierda portuguesa tienen una historia bastante más reciente.

El más antiguo de ellos, el Partido Comunista Portugués (PCP) fue fundado en 1921 como resultado de la política del Komintern. A diferencia de otros partidos comunistas no es resultado de la escisión o la reconversión de un movimiento socialista anterior sino lisa y llanamente expresión del impulso soviético. Nacido en las postrimerías de la Iª República Portuguesa, el partido comunista portugués pasó por diversas peripecias y escándalos sonados para finalmente convertirse, tras el golpe de Estado de 28 de mayo de 1926, en la fuerza mejor organizada de la oposición a la dictadura militar que después se institucionalizó como Estado Novo. Hay dos datos importantes en relación a este partido: el impulso exógeno de su fundación y la vida en el mundo soviético de su dirigencia durante medio siglo.

El peso real del partido en el interior de Portugal en el tiempo de la dictadura constituye a día de hoy un enigma. Magnificado por el régimen para justificar la represión política; y magnificado por el propio partido para ofrecer una imagen de fuerza que le ganara influencia, no está claro el número efectivo de sus militantes en el interior del país (entre 1000 y 2000). Lo relevante a efectos ideológicos es que el PCP es el resultado de su impulso soviético; que su vida partidaria se realiza en el mundo del socialismo soviético (puesto que el comunismo interno sobrevive en microcélulas de militantes) y que la estrategia del partido dirigida a derrumbar la dictadura al objeto de establecer la dictadura del proletariado no buscaba la creación de un movimiento de masas trabajadoras sino que privilegia la infiltración de sus militantes en el ejército buscando como instrumento del cambio el golpe militar ejecutado por sus afines.

Cuando este golpe se ejecuta finalmente el 25 de abril de 1974, el PCP inicia una nueva vida afianzando su influencia en el gobierno y en el ejército y movilizando desde el Estado a los sectores sociales en los que alcanzará una influencia sobresaliente: los trabajadores del cinturón rojo de Lisboa; y los jornaleros de los latifundios alentejanos. Masivamente financiado por la Unión Soviética durante la convulsa transición portuguesa a la democracia, el PCP nación leninista; vivió en el leninismo; y perseveró en el leninismo llegada la democracia y así sigue. Su rasgo más característico, en términos ideológicos, es su inmutabilidad. Desde el punto de vista ideológico, el PCP piensa que 1989 no ha cambiado nada, y que perseverar en los dogmas de la vieja izquierda es la mejor manera de enfrentar ventajosamente los cambios inducidos por la crisis del capitalismo. En suma, que el PCP sigue en la escisión de comienzos del siglo XX entre el socialismo occidental y el oriental; que en la guerra fría se situó al otro lado del telón de acero (e ignoró por tanto el capitalismo socializado del Estado del bienestar); Y por último, el PCP en el proceso de transición a la democracia de Portugal, a diferencia del PCE, no privilegió la democracia sobre su proyecto partidista sino que apostó por la vía revolucionaria frente al desarrollo de la democracia. El PCP sigue siendo hoy día un partido de la Vieja Izquierda, una criatura del pasado que vegeta por la lealtad inamovible de su envejecida militancia.

Aquí es preciso establecer una puntualización que permitirá entender la fragmentación de la izquierda portuguesa explicando su división fundacional. Como acabo de señalar el PCP privilegió el golpe de Estado militar como instrumento del cambio político en Portugal. Dicho sea de paso, los golpes de Estado militares se califican sistemáticamente en la historia portuguesa de revoluciones. Es por ello que el golpe de Estado del 24 de abril de 1974 recibió el calificativo de “Revolución de los claveles”. En la narración histórica de estos hechos se justifica este carácter revolucionario alegando que el pueblo devino inmediatamente sujeto político protagonista y que por tanto revolución debe entenderse como movimiento popular. Pero en realidad esto se compadece poco con la realidad. El PCP no privilegió el activismo popular sino que instrumentalizó a sus seguidores para dar cobertura a la acción política que intentó llevar a cabo desde el control del Estado portugués. En un alarde de vanguardismo leninista, el PCP vio posible (bajo el aliento y la financiación de la Unión Soviética) de hacer posible que Portugal transitase de una dictadura tradicionalista a una sociedad socialista ahorrándose el enojoso paso de la revolución burguesa democrática.

Así pues, el PCP se colocó a sí mismo como la fuerza fundamental del proceso revolucionario en Portugal (conocido por el acrónimo PREC, proceso revolucionario en curso). La estrategia estuvo cerca de tener éxito y no sólo por la inversión que en ella hizo la Unión Soviética y porque el PCP llevase toda una vida preparándose para ello, sino porque el mundo occidental, el bloque enfrentado entonces en guerra fría al imperio soviético, estuvo a punto de tirar la toalla y dar por perdida la batalla de Portugal. Henry Kissinger, a la sazón Secretario de Estado de los EE.UU pensó que Portugal estaba definitivamente perdido para el mundo libre e incluso encontró que este resultado no era tan malo, o era al menos un mal necesario, pues serviría de vacuna a otros países de la Europa occidental meridional frente la amenaza del comunismo. Cuando Mario Soares, líder del PS y ministro de exteriores del gobierno provisional portugués lo visitó en Washington le vaticinó que sería el Kerensky portugués, es decir, el socialista condenado a ser instrumento del triunfo de totalitarismo soviético. Soares sorprendido le respondió a Kissinger que él no quería ser Kerensy; y Kissinger zanjó la disputa señalando que Kerensky tampoco quería ser Kerensky.

Las primeras elecciones democráticas, el 25 de abril de 1975 (un año después del golpe, tal como habían prometido los capitanes), explicitaron la posición del pueblo en relación al dilema exclusivo revolución o democracia: las fuerzas de la revolución, el PCP y su partido satélite MDP obtuvieron respectivamente el 12,46% de los sufragios, 30 escaños; y el 4,14 %, 5 escaños). Los partidarios de la revolución situados “a la izquierda del PCP” no obtuvieron representación parlamentaria (de estos grupos surgirá el Bloco de Esquerda, del que luego hablaré). Las elecciones, que mostraban de forma palmaria el triunfo de la democracia frente a la revolución (PS, 37,9%, 116 escaños; PSD 26%, 81 escaños; CDS, 7,6%, 16 escaños) movilizaron, esta vez sí, al pueblo frente al directorio revolucionario militar y el país a punto estuvo de entrar en una guerra civil en el famoso “verano caliente de 1975”. Lo importante, a efectos de entender el conflicto ideológico en la izquierda portuguesa, es que el frente revolucionario venía comandado por Alvaro Cunhal, el líder del Partido Comunista y que las elecciones supusieron el anuncio de la derrota abrumadora de la estrategia de construcción de una sociedad socialista en el extremo occidental de Europa. Por supuesto los comunistas no se resignaron a la derrota electoral e intentaron relativizarla apelando a la legitimidad superior de la revolución sobre la democracia. Pero fracasaron, y en ese fracaso fue esencial el papel jugado por el Partido Socialista dirigido por Mario Soares.

El PS fue fundado por Mario Soares en 1973, en unos locales de la Fundación Friedrich-Ebert en Alemania. El dato no es casual porque una parte importante de la batalla de las ideas en el mundo de la guerra fría la jugaron los partidos socialdemócratas de Alemania, Reino Unido y Suecia, que recibieron y canalizaron la ayuda americana para la financiación de partidos homologables a ellos mismos en las sociedades europeas atravesadas por la convulsión ideológica. Evidentemente, el PS fue financiado generosamente por estos partidos hermanos (con dinero llegado de EE.UU.) y este apoyo es crucial para explicar el éxito de la empresa. También es importante señalar que el éxito del PS no fue resultado del azar electoral sino que respondía a una estrategia diseñada cuidadosamente. Como he mencionado Kissinger pensaba que Portugal era un territorio perdido cuya mejor contribución a la empresa de la libertad era servir de vacuna a otras sociedades meridionales europeas (España, Francia e Italia) que en aquel tiempo tenían partidos comunistas relevantes. Sin embargo no todo el mundo pensaba así en el Departamento de Estado.

Frank Carlucci, con un historial realmente novelesco en el servicio exterior americano, creía que la batalla no estaba perdida si se elegía bien al jugador que debía apoyarse. Nombrado embajador de Estados Unidos en Lisboa (1974-1977) pudo realizar su proyecto que se concretó en la elección de Soares y del PS como los representantes de la alternativa occidental al modelo soviético representado por el PCP. Carlucci resultó providencial en su clarividencia y la estrategia resultó ganadora de forma abrumadora. El PCP resultó arrinconado en el juego de la democracia y las fuerzas de la democracia iniciaron un deconstrucción paso a paso de las “conquistas revolucionarias” que culminaron en la normalización definitiva de la democracia portuguesa (las fechas más importantes son 1982 con la liquidación del Consejo de la Revolución, el directorio militar que tutelaba la democracia portuguesa); 1986 en la entrada de Portugal en la UE (entonces CE); y 1989 con la reversión de la economía socialista y la definitiva institucionalización de una economía social de mercado.

Llegados a este punto vale la pena preguntarse por la utilidad de una categoría como izquierda que reúne bajo un mismo concepto a dos partidos que representan concepciones antagónicas de la sociedad y que han liderado en su momento una confrontación ideológica que a punto estuvo de convertirse en una guerra civil. Las consecuencias de esta enemistad fundacional han sido duraderas en la política portuguesa: el PS nunca ha gobernado con el apoyo del PCP y cuando ha estado en minoría parlamentaria ha buscado sus apoyos en los partidos de la derecha (cierto es que esta enemistad en el gobierno nacional debe ser matizada en relación a segundas vueltas en las elecciones presidenciales y en relación a acuerdos puntuales en los gobiernos municipales). El PS forma parte del bloque constitucional junto con el PSD y el CDS, y la mera idea de que una confrontación izquierda-derecha describe mejor la vida política portuguesa es, hasta la fecha, completamente equivocada si se atiende a los hechos.

Por último, el otro partido de la izquierda portuguesa (a mucha distancia en número de militantes y de apoyo electoral de los anteriores) es el Bloco de Esquerda, que se formó básicamente por la unión de los microscópicos partidos revolucionarios (uno trotskista y el otro maoísta) y que en el tiempo del colapso del comunismo unieron sus fuerzas en una crítica vocal del comunismo real (y de su representante en Portugal, el PCP) y del capitalismo disfrazado en democracia representativa establecido en Portugal. De modo que aquello en lo que participa en la historia de la izquierda el BE es de un doble antagonismo: frente al PCP por la desconfianza ante lo que representa el comunismo soviético; frente al PS porque forma parte de la democracia burguesa que rechaza debido a su vínculo con la opción revolucionaria.



Los efectos presentes de una larga enemistad

Como mostraré en la ponencia, los desafíos presentes de la crisis y la llamada a una unidad de la izquierda portuguesa no pueden dejar de lado esta larga historia de desconfianza, enfrentamiento y enemistad. Por ello presentaré cada uno de estos proyectos por separado y valoraré la posibilidad de convergencia. De esta manera podrá responderse si el desafío ideológico propiciado por la crisis señala una respuesta unánime en la izquierda portuguesa o si, en concierto con su tradición, este desafío da lugar a tres respuestas diferenciadas.

En el caso del PS atenderé a la manera en que este ha modificado su discurso desde la derrota de José Sócrates y su promesa de un mundo feliz que acabó en el rescate de Portugal, hasta la manera en la que Antonio Costa está estructurando su discurso político con vistas a las elecciones de este año (de momento el PS ha desaparecido de los carteles y lo que se anuncia es a Costa como el hombre providencial que necesita Portugal). La crisis fue ejecutada por Sócrates, nos dicen, debido al obstruccionismo de la derecha, que ha aprovechado la coyuntura para dañar al pueblo. Con Costa se volverá, sin populismos, a una sociedad integrada socialmente.

En el caso del PCP el discurso previsiblemente es el de siempre aunque el nacionalismo político, económico, y militar ocupan un lugar preponderante en su programa político afirmando la soberanía nacional en todos los terrenos (afirmación de la soberanía política sobre las constricciones económicas; nacionalismo económico y nacionalización de empresas estratégicas para la soberanía nacional; gasto de defensa expansivo). En la cuestión social, que no ocupa el primer lugar en su programa, ampliación de la cartilla de servicios sociales y recuperación de la gratuidad absoluta de los mismos).

El Bloco de Esquerda, por su parte, hace un llamamiento a desobedecer a Europa y a recuperar lo que han robado a los portugueses. Si en el caso del PS el discurso se orienta al populismo carismático, muy querido por los portugueses como puede verse en la larga tradición del sebastianismo; y el PCP utiliza el nacionalismo revolucionario de las luchas de liberación del tercer mundo; en el caso del BE el populismo señala un antagonismo entre el buen pueblo portugués y los malvados que le roban y hacen sufrir. Es decir, Europa, los alemanes, la Merkel y sus vasallos locales de la derecha. De los tres, el discurso del BE es como veremos el más netamente populista.

Como conclusión exploraré si estas tres familias ideológicas tienen posibilidad de realizar alguna concertación en su acción política. También atenderé a las novedades partidarias que quieren encontrar su lugar en la izquierda portuguesa mimetizando el éxito de partidos populistas de nuevo cuño en otras sociedades europeas meridionales.





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