El espectador



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QUÉ HABLADERA

Felipe Zuleta Lleras

Como si a este país no le sobraran problemas de toda índole, cada cierto tiempo nos toca ver a los expresidentes de la República apareciendo en la escena pública hablando, criticando, peleando, jodiendo, mortificando.

La verdad, nunca he entendido las razones por las cuales en Colombia los exmandatarios tienen tanta importancia. Lo curioso es que este país tiene mejores ‘ex’ que presidentes. Todos salen a criticar, excepto Belisario Betancur, a los presidentes de turno. Lo que nos preguntamos es por qué los expresidentes no hicieron durante sus períodos lo que le exigen al que está sentado en la Casa de Nariño.

Aprecio a algunos de los exmandatarios, tal vez al único que no conozco, y no me azoto por eso, es a Uribe. Parto de la base de que no hay presidentes ni bobos ni brutos. Y es por eso que me impresiona que en no pocas oportunidades algunos de ellos asuman este papel. Lo grave no es eso, es que lo hagan con tal arrogancia que no pocas veces sus declaraciones acaban revirtiéndose en su contra. Y eso sí se ve claramente en las redes sociales que los levantan precisamente recordándoles todo lo que no hicieron o hicieron mal. Por ejemplo, a Gaviria le cobran el apagón, a Samper el 8.000, a Pastrana el fallido proceso de paz, a Uribe las chuzadas y sus presuntos vínculos con el paramilitarismo. Hasta a Betancur, que casi no habla, le cobran el Palacio de Justicia y la tragedia de Armero. Y a eso se exponen, a que nadie recuerde las cosas buenas que hicieron pues, para mal o para bien, todos hicieron algo por el país.

Bueno y ni qué hablar de lo que les pasa a todos cuando están en palacio. No les perdonan ni una. Por eso es que es tan mamón tener que aguantarse a alguno de los ex hablando.

No quiero ni pensar lo que será la campaña para el Senado que se aproxima. Uribe en una lista, Samper apoyando a Serpa, Pastrana criticando a los conservadores pero de amigo de Uribe, Gaviria apoyando a los liberales pero con malas relaciones con el exministro Vargas Lleras. Y Betancur mandándole una carta a Santos diciéndole que es faro, yunque y escudo (jajajá). Mejor dicho, eso va a estar para alquilar balcón.

Y mientras todo eso pasa, hay millones de colombianos que deben salir diariamente a buscarse su papita, a hacer colas, a transportarse como sardinas, a que los atraquen. En fin, ni para qué mencionar.

Confieso que en no pocas oportunidades pienso que una condición para que los expresidentes reciban su pensión vitalicia es que juren quedarse callados para siempre en lo que tiene que ver con los asuntos del país o, como dijo en alguna oportunidad el expresidente López Michelsen, deberían meterlos como muebles viejos en un cuarto de San Alejo.

Notícula El tema de los costos de los pasajes es realmente aterrador. Nos están metiendo las manos al bolsillo de una manera tan descarada como lo hacen los operadores de celular. No puede ser que sea más barato ir a Nueva York que a Santa Marta o a Miami que a Armenia.



SANTOS

EL ESPECTADOR

El liderazgo de Santos

Álvaro Forero Tascón

Son muchas las tesis sobre la crisis de opinión pública por la que atraviesa el gobierno Santos. Unos dicen que es un problema de comunicaciones; otros, de seguridad; otros, de distancia con el pueblo. Creo que es un problema de liderazgo.

Hay una crisis de liderazgo en todo el mundo. Con contadas excepciones, no hay grandes líderes. Los pocos mandatarios populares son los populistas/caudillistas, estilo Chávez o Putin. Una posible explicación es que el aumento de ingresos y de información ha generado una ciudadanía menos tolerante con los problemas, mientras los gobernantes son más dependientes de dinámicas colectivas y mundiales que no controlan completamente, y por ende son menos capaces de producir cambios drásticos.

Sin embargo, una encuesta entre más de cien académicos británicos definió que la característica más importante para el éxito de un gobernante no es el buen juicio, ni el manejo de crisis, ni la decisión, ni la suerte, ni la coalición, ni el equipo, ni el entendimiento de los problemas, ni la integridad, ni la fortaleza de las convicciones, ni la experiencia, ni el carisma. Son las capacidades de liderazgo.

Liderar implica visión (diagnóstico, hacia dónde ir, cómo llegar allá), ejemplo (inspirar encarnando los valores de la visión), resultados. Santos tiene problemas en los tres aspectos. De visión, porque no la ha formulado con claridad, en parte porque decidió no contradecir abiertamente la de Uribe, que está muy arraigada en el alma popular, y en parte porque la de Santos es compleja y demasiado ambiciosa. Tiene problemas en el ejemplo, porque su historia y personalidad política no encarnan bien los valores de su visión (paz e igualdad), lo que hace que los ciudadanos escuchen y crean poco lo que dice. Y de resultados, porque se ha enfocado en reformas y políticas de fondo, lentas de concretar, y no en el día a día que toca la vida de los ciudadanos.

Pero Marty Linsky, un académico de Harvard experto en liderazgo, sostiene una tesis que comparto plenamente: que hacer campaña, gobernar y ejercer liderazgo en posiciones públicas, son juegos muy diferentes, con reglas y objetivos distintos. Hacer campaña consiste en energizar personas que comparten visiones y valores, con el objetivo de ganar. Gobernar se refiere a cumplir con las expectativas de la gente en administrar, mantener la seguridad y resolver problemas perturbadores (ej. paros agrarios).

Y ejercer liderazgo como presidente es ayudar al país a enfrentar los temas, elecciones, riesgos, compensaciones y pérdidas que los ciudadanos preferirían no abordar. Es tomar riesgos políticos con base en principios, retando expectativas, cruzando fronteras, generando aprendizajes públicos incómodos sobre realidades difíciles, y haciendo acuerdos que impliquen concesiones costosas. Liderazgo, dice Linsky con brillantez, es decirle a la gente lo que necesita oír, no lo que quiere oír.

Si Santos hubiera mantenido la guerra eterna y los consejos comunitarios, los dos símbolos de Álvaro Uribe que la historia juzgará más duramente, no se habrían producido dos hechos positivos, que aunque la historia aplaudirá del gobierno Santos, le costaron, por ahora, el apoyo popular: la búsqueda de la paz y el retorno de la protesta social.

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