El estudiante de Salamanca José de Espronceda [Nota preliminar



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El estudiante de Salamanca
José de Espronceda

[Nota preliminar: Edición digital a partir de la edición de Poesías de don José de Espronceda, Madrid, Imp. de Yemes, 1840, cotejada con la edición crítica de Benito Varela Jácome, Madrid, Cátedra, 1979.]

portada
Parte primera

Sus fueros, sus bríos,

sus premáticas, su voluntad.





Quijote.- Parte primera.

               








   Era más de media noche,










antiguas historias cuentan,










cuando en sueño y en silencio










lóbrego envuelta la tierra,










los vivos muertos parecen,

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los muertos la tumba dejan.










Era la hora en que acaso










temerosas voces suenan










informes, en que se escuchan










tácitas pisadas huecas,

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y pavorosas fantasmas










entre las densas tinieblas










vagan, y aúllan los perros










amedrentados al verlas:










En que tal vez la campana

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de alguna arruinada iglesia










da misteriosos sonidos










de maldición y anatema,










que los sábados convoca










a las brujas a su fiesta.

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El cielo estaba sombrío,










no vislumbraba una estrella,










silbaba lúgubre el viento,










y allá en el aire, cual negras










fantasmas, se dibujaban

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las torres de las iglesias,










y del gótico castillo










las altísimas almenas,










donde canta o reza acaso










temeroso el centinela.

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Todo en fin a media noche










reposaba, y tumba era










de sus dormidos vivientes










la antigua ciudad que riega










el Tormes, fecundo río,

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nombrado de los poetas,










la famosa Salamanca,










insigne en armas y letras,










patria de ilustres varones,










noble archivo de las ciencias.

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Súbito rumor de espadas










cruje y un ¡ay! se escuchó;










un ay moribundo, un ay










que penetra el corazón,










que hasta los tuétanos hiela

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y da al que lo oyó temblor.










Un ¡ay! de alguno que al mundo










pronuncia el último adiós.















       El ruido










       cesó,

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       un hombre










       pasó










       embozado,










       y el sombrero










       recatado

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       a los ojos










       se caló.










       Se desliza










       y atraviesa










       junto al muro

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       de una iglesia










       y en la sombra










       se perdió.















    Una calle estrecha y alta,










la calle del Ataúd

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cual si de negro crespón










lóbrego eterno capuz










la vistiera, siempre oscura










y de noche sin más luz










que la lámpara que alumbra

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una imagen de Jesús,










atraviesa el embozado










la espada en la mano aún,










que lanzó vivo reflejo










al pasar frente a la cruz.

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    Cual suele la luna tras lóbrega nube










con franjas de plata bordarla en redor,










y luego si el viento la agita, la sube










disuelta a los aires en blanco vapor:















   Así vaga sombra de luz y de nieblas,

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mística y aérea dudosa visión,










ya brilla, o la esconden las densas tinieblas










cual dulce esperanza, cual vana ilusión.















    La calle sombría, la noche ya entrada,










la lámpara triste ya pronta a expirar,

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que a veces alumbra la imagen sagrada










y a veces se esconde la sombra a aumentar.















   El vago fantasma que acaso aparece,










y acaso se acerca con rápido pie,










y acaso en las sombras tal vez desparece,

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cual ánima en pena del hombre que fue,















   al más temerario corazón de acero










recelo inspirara, pusiera pavor;










al más maldiciente feroz bandolero










el rezo a los labios trajera el temor.

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   Mas no al embozado, que aún sangre su espada










destila, el fantasma terror infundió,










y, el arma en la mano con fuerza empuñada,










osado a su encuentro despacio avanzó.















    Segundo don Juan Tenorio,

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alma fiera e insolente,










irreligioso y valiente,










altanero y reñidor:










   Siempre el insulto en los ojos,










en los labios la ironía,

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nada teme y toda fía










de su espada y su valor.















   Corazón gastado, mofa










de la mujer que corteja,










y, hoy despreciándola, deja

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la que ayer se le rindió.










   Ni el porvenir temió nunca,










ni recuerda en lo pasado










la mujer que ha abandonado,










ni el dinero que perdió.

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    Ni vio el fantasma entre sueños










del que mató en desafío,










ni turbó jamás su brío










recelosa previsión.










   Siempre en lances y en amores,

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siempre en báquicas orgías,










mezcla en palabras impías










un chiste y una maldición.















    En Salamanca famoso










por su vida y buen talante,

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al atrevido estudiante










le señalan entre mil;










    fuero le da su osadía,










le disculpa su riqueza,










su generosa nobleza,

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su hermosura varonil.















   Que en su arrogancia y sus vicios,










caballeresca apostura,










agilidad y bravura










ninguno alcanza a igualar:

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    Que hasta en sus crímenes mismos,










en su impiedad y altiveza,










pone un sello de grandeza










don Félix de Montemar.















    Bella y más segura que el azul del cielo

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con dulces ojos lánguidos y hermosos,










donde acaso el amor brilló entre el velo










del pudor que los cubre candorosos;










tímida estrella que refleja al suelo










rayos de luz brillantes y dudosos,

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ángel puro de amor que amor inspira,










fue la inocente y desdichada Elvira.















    Elvira, amor del estudiante un día,










tierna y feliz y de su amante ufana,










cuando al placer su corazón se abría,

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como el rayo del sol rosa temprana;










del fingido amador que la mentía,










la miel falaz que de sus labios mana










bebe en su ardiente sed, el pecho ajeno










de que oculto en la miel hierve el veneno.

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    Que no descansa de su madre en brazos










más descuidado el candoroso infante,










que ella en los falsos lisonjeros lazos










que teje astuto el seductor amante:










Dulces caricias, lánguidos abrazos,

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placeres ¡ay! que duran un instante,










que habrán de ser eternos imagina










la triste Elvira en su ilusión divina.















    Que el alma virgen que halagó un encanto










con nacarado sueño en su pureza,

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todo lo juzga verdadero y santo,










presta a todo virtud, presta belleza.










Del cielo azul al tachonado manto,










del sol radiante a la inmortal riqueza,










al aire, al campo, a las fragantes flores,

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ella añade esplendor, vida y colores.















    Cifró en don Félix la infeliz doncella










toda su dicha, de su amor perdida;










fueron sus ojos a los ojos de ella










astros de gloria, manantial de vida.

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Cuando sus labios con sus labios sella










cuando su voz escucha embebida,










embriagada del dios que la enamora,










dulce le mira, extática le adora.









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