El hombre que sabía demasiado



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El hombre que sabía demasiado

Gilbert K. Chesterton

Dirección Literaria:

Rafael Díaz Santander

Juan Luis González Caballero



Diseño de la Colección: Cristina Belmonte Paccini & Valdemar ©

Titulo Original: The Man Who Knew Too Much

1ª edición: marzo de 1999

2ª edición: septiembre de 1999

© de esta Edición: Valdemar [enokia s.l.]

© de la traducción:manuel ortuño

C/ Gran VIa 69 28013 Madrid

ISBN: 84—7702—259—3 Depósito Legal: M—29.770—1999

PRINTED IN SPAIN



Digitalización y corrección por Antiguo.

Índice

El rostro en la diana 3

El principe fugaz 18

El espíritu del colegial 33

El pozo sin fondo 44

El agujero en el muro 57

la manía del pescador 75

el tonto de la familia 90

La venganza de la estatua 110

EL ROSTRO EN LA DIANA

Harold March, el nuevo y renombrado periodista político, paseaba con aire decidido por una meseta en la que, desde hacía tiempo, se iban sucediendo por igual páramos y planicies, y cuyo horizonte se hallaba orlado por los lejanos bosques de la conocida propiedad de Torwood Park. Era un joven bien parecido, de pelo rubio y rizado y ojos claros, vestido con un traje de tweed. Inmerso en su feliz deambular a lo largo y ancho de aquel embriagador paisaje de libertad, Harold March era aún lo bastante joven como para tener bien presentes sus convicciones políticas y no simplemente para intentar olvidarlas a la menor ocasión. No en vano, su presencia en Torwood Park tenía precisamente un motivo político. Era el lugar de encuentro propuesto nada menos que por el Ministro de Hacienda, Sir Howard Horne, quien por entonces intentaba dar a conocer su denominado Presupuesto Socialista, el cual tenía la intención de exponer a cronista tan prometedor durante el transcurso de cierta entrevista que ambos tenían concertada. Harold March, por su parte, pertenecía a esa clase de hombres que saben todo lo que hay que saber sobre política pero nada acerca de los políticos, además de ser poseedor de unos notables conocimientos sobre arte, letras, filosofía y cultura general (acerca, en fin, de casi todo excepto del mundo en el que vivía).

Bruscamente, en medio de toda aquella soleada y ventosa llanura, se topó con una especie de grieta o hendidura en el terreno que apenas resultaba lo bastante estrecha como para recibir tal nombre. Tenía el tamaño justo para albergar el cauce de un pequeño arroyuelo que desaparecía a intervalos por entre verdes túneles de maleza que simulaban un bosque en miniatura. No en vano, aquella visión le hizo sentirse extraño, como si fuese un gigante que otease el valle de unos pigmeos. Sin embargo, cuando descendió a la cavidad, dicha impresión desapareció. Las rocosas márgenes, si bien apenas tan altas como una casa, pendían por encima de su cabeza formando un perfil parecido al de un precipicio. Cuando comenzó a caminar arroyo abajo, animado por una despreocupada pero romántica curiosidad, y vio el agua brillar en pequeños jirones por entre aquellos grandes cantos rodados grises y aquellos arbustos de aspecto tan suave que parecían grandes matas de musgo verde, se sintió transportado por su imaginación. Era como si la tierra se hubiese abierto y lo hubiese engullido hasta conducirlo a algún submundo de sueños. Y por fin, cuando advirtió la presencia de una figura humana, oscura contra la luz plateada del arroyo y sentada sobre un gran pedrusco como si de un enorme pájaro se tratara, le embargó el presentimiento de que estaba a punto de encontrarse con la amistad más extraña de toda su vida.

Aparentemente, el hombre se hallaba pescando o, al menos, absorto en la actitud de un pescador más inmóvil de lo habitual. March pudo examinarlo casi como si se tratase de una estatua que estuviera a punto de cobrar vida. Era alto, rubio, de aspecto algo lánguido y cadavérico, y en su rostro destacaban sus párpados pesados y su nariz prominente. Cuando la sombra de su blanco sombrero de ala ancha le cubría la cabeza, su fino bigote y su esbelta figura le conferían una apariencia juvenil, pero en aquel momento el panamá yacía a su lado, sobre el musgo, lo que le permitía apreciar al espectador una frente prematuramente calva. Esto, sumado a una apreciable flaccidez en la piel que le rodeaba los ojos, le daba cierto aire pensativo e incluso preocupado. No obstante, lo más curioso de todo en él, según podía descubrirse tras un somero examen, era que, aunque parecía un pescador, en realidad no estaba pescando.

En lugar de una caña de pescar llevaba consigo algo que muy bien podría haber sido un salabardo, como los que utilizan algunos pescadores, pero que se asemejaba más a una de esas redes comunes y corrientes con las que juegan los niños para capturar camarones o mariposas. Una y otra vez, el hombre sumergía la red, observaba con gran seriedad la porción de lodo y malas hierbas recogida con ella, y vaciaba su instrumento unos instantes más tarde.

—No, no he capturado nada —señaló tranquilamente, respondiendo a una pregunta que nunca le fue dirigida—. Siempre que lo hago, tengo que devolverlo al agua, especialmente si se trata de un pez gordo. Pero en cambio algunos de los animalillos más pequeños sí que me interesan cuando los cojo.

—Un interés científico, supongo —dijo March.

—De un tipo más bien de andar por casa, me temo —contestó el extraño pescador—. Uno de mis pasatiempos es lo que se ha dado en llamar el fenómeno de la fosforescencia. De otra manera, resultaría bastante embarazoso ir paseando por ahí cargado con un pescado hediondo, ¿no cree?

—Supongo que sí —dijo March con una sonrisa.

—Qué grotesco resultaría entrar en un lujoso salón cargado con un gran bacalao luminoso —continuó el extraño haciendo gala de una apática manera de expresarse—. Qué pintoresco sería que uno pudiese llevarlo por ahí como si se tratase de una linterna, o utilizar pequeños arenques como si fuesen velas. Algunas criaturas del mar resultarían verdaderamente bonitas si se emplearan como farolillos. El caracol marino de color azul, por ejemplo, que reluce como las estrellas. O incluso algunas estrellas de mar, que brillan como auténticas estrellas rojas. Claro que, naturalmente, no es eso lo que estoy buscando aquí.

March pensó en preguntarle qué era lo que estaba buscando, pero sintiéndose sin fuerzas para entablar una discusión de carácter técnico cuya profundidad resultaría, cuando menos, similar a la que alcanzan muchos seres marinos, decidió recurrir a temas más corrientes.

—Delicioso escondite éste —dijo—. Un pequeño valle con su río y todo. Es como uno de esos lugares de los que habla Stevenson en sus novelas, en los que siempre debería pasar algo.

—Lo sé —respondió el otro—. Creo que es porque el propio lugar, por así decirlo, parece ocurrir y no simplemente existir. Quizá sea eso lo que el bueno de Picasso y parte de los cubistas están siempre intentando expresar por medio de ángulos y líneas quebradas. Mire, por ejemplo, esa pared de ahí como si fuera un acantilado de escasa altura que sobresaliese hacia adelante en ángulo recto y que de repente descendiese bruscamente hacia esa ladera cubierta de césped. Es como una colisión silenciosa que representase la rompiente de una enorme ola seguida de la estela que va dejando tras de sí a su paso.

March miró el pequeño despeñadero que sobresalía de la verde pendiente y asintió con la cabeza. En su interior, pudo sentir cómo crecía su interés por aquel hombre que derivaba con tanta facilidad de los tecnicismos de la ciencia a los del arte, razón por la cual, sin tan siquiera pensarlo, le preguntó si admiraba a los nuevos artistas angulares.

—Según yo lo veo, los cubistas no son lo suficientemente cubistas —respondió el extraño—. Quiero decir que no son lo suficientemente profundos. Al convertir las cosas en algo matemático las hacen transparentes, triviales. Extraiga usted mismo las líneas vitales del paisaje, simplifíquelas hasta un mero ángulo recto y lo que conseguirá será reducirlas a un simple diagrama sobre el papel. Los diagramas poseen su propia belleza, aunque ésta sea de otra clase. Representan las cosas inalterables, ese tipo de verdades serenas, eternas, matemáticas...; lo que alguien, en fin, ha llamado el resplandor blanco de...

Calló de golpe porque, antes de que pudiera llegar a decir la siguiente palabra, ocurrió algo con demasiada rapidez como para que pudiera ser comprendido. Desde detrás de las rocas que sobresalían sobre sus cabezas llegó un estrépito similar al de un ferrocarril. Un instante más tarde, apareció un enorme automóvil. Negro contra el sol del fondo, rebasó la cresta del acantilado como un carro de batalla que se precipita a su destrucción en una última y desesperada hazaña. De manera automática, March extendió la mano en un ademán inútil, como si pretendiese coger al vuelo una taza que se hubiese caído en mitad del salón.

Durante un instante el vehículo simuló despegarse de la repisa de roca como si fuese una avioneta y, después de que el cielo pareciese girar sobre sí mismo como una rueda sobre su eje, acabó tumbado, hecho una ruina, en medio de la crecida vegetación situada al fondo, mientras una línea de humo gris comenzaba a ascender lentamente en el aire silencioso. Algo más abajo la figura de un hombre de cabello gris yacía al pie de la escarpada y verde pendiente con los miembros extendidos de cualquier manera y el rostro vuelto hacia un lado.

Dejando a un lado su red, el excéntrico pescador se encaminó apresuradamente hacia aquel lugar, seguido de cerca por su nuevo conocido. Mientras se acercaban, no pudieron evitar pensar que parecía haber algún tipo de monstruosa ironía en el hecho de que la máquina siniestrada se hallase todavía vibrando y atronando tan empecinadamente como una fábrica mientras el hombre permanecía completamente inmóvil.

Este último se hallaba incuestionablemente muerto. La sangre fluía por entre la hierba desde una herida mortal en la parte trasera del cráneo. Sin embargo, el rostro, que se hallaba vuelto hacia el sol y estaba intacto, resultaba extrañamente fascinante. Era éste uno de esos casos en los que una cara extraña se muestra inequívocamente familiar, uno de esos casos en los que tenemos la sensación de que deberíamos reconocerla aunque en realidad no sea así. Aquel rostro, en concreto, era ancho y cuadrado, dotado de una gran mandíbula que se diría más bien propia de un primate de intelecto muy desarrollado. La boca era ancha y estaba cerrada con tanta fuerza que se veía reducida a una simple línea. La nariz era corta, y las fosas nasales de esa clase que parecen estar siempre bostezando, como hambrientas de aire. No obstante, lo más extraño de todo era que una de las cejas se torcía hacia arriba formando un ángulo mucho más pronunciado que la otra. March pensó que, paradójicamente, nunca había visto un rostro tan pleno de vida como aquél, sensación ésta que se veía extrañamente reforzada a causa de la mata de pelo canoso que lo coronaba. Unas cuantas hojas de papel asomaban, semicaídas, por el bolsillo, y de entre ellas March extrajo una cajita con tarjetas. Leyó en voz alta el nombre que figuraba en una de ellas.

—«Sir Humphrey Turnbull». ¡Vaya!, estoy seguro de haber escuchado este nombre en alguna parte.

Su compañero dejó escapar un leve suspiro y permaneció en silencio por un momento, como rumiando algo en su interior. Luego dijo sin más:

—El pobre hombre está completamente muerto —y añadió algunos términos científicos con los que su compañero se encontró perdido una vez más.

—Tal y como están las cosas —continuó diciendo su notablemente instruido interlocutor—, será mejor para nosotros, al menos desde el punto de vista legal, dejar el cuerpo como está hasta que acuda la policía. De hecho, creo que lo más adecuado sería que nadie excepto la propia policía fuese informado de lo sucedido. Así que no se sorprenda si le da la impresión de que intento mantenerlo oculto a los vecinos de las inmediaciones.

Luego, como si se sintiese obligado a aclarar su más que brusca reserva, dijo:

—He venido a Torwood para ver a mi primo. Mi nombre es Horne Fisher, lo cual podría muy bien ser un juego de palabras en relación con lo que estaba haciendo aquí, ¿verdad?.1

—¿Sir Howard Horne es su primo? —preguntó March—. Precisamente voy a Torwood Park para verlo. Por supuesto, es sólo en relación con su labor pública y con la magnífica posición que está manteniendo acerca de sus principios. Creo que ese Presupuesto es lo más grande que se ha visto en la historia de Inglaterra. Claro que, si falla, será también el fracaso más heroico de la historia de Inglaterra. ¿Es usted admirador de su notable pariente, Mr. Fisher?

—¡Ya lo creo! —dijo Mr. Fisher—. Es el mejor tirador que conozco.

Luego, como sinceramente arrepentido de la indiferencia que acababa de demostrar, añadió con aire rayano en el entusiasmo:

—Si le digo la verdad, no. Pero, sin duda alguna, es un tirador extraordinario.

Como enardecido por sus propias palabras, dio un brinco hacia la repisa rocosa que se elevaba por encima de él y la escaló con una repentina agilidad que contrastaba sorprendentemente con su general lasitud. Permaneció algunos segundos sobre el promontorio, su perfil aguileño recortado contra el cielo, bajo el panamá, mientras oteaba la campiña, antes de que su compañero hiciese acopio de las fuerzas suficientes para poder trepar tras él.

El nivel superior era una extensión de césped en la que las huellas del automóvil siniestrado parecían haber sido literalmente aradas, pero cuyo borde se hallaba como cortado por unos dientes de piedra. Cantos rodados de las más variadas formas y tamaños yacían junto al borde. Resultaba prácticamente increíble que alguien pudiera haberse dirigido de manera deliberada hacia aquella trampa mortal, especialmente a plena luz del día.

—No logro entenderlo —dijo March—. ¿Estaba ciego? ¿O quizás borracho?

—Por su apariencia, ninguna de las dos cosas —respondió el otro.

—En ese caso se trata de un suicidio.

—No parece una manera cómoda de llevarlo a cabo —subrayó el hombre llamado Fisher—. Además, soy incapaz de imaginarme al pobre y viejo Puggy suicidándose.

—¿El pobre y viejo quién? —inquirió el periodista, maravillado—. ¿Conocía a ese pobre desventurado?

—A decir verdad, nadie lo conocía —respondió vagamente Fisher—. Pero era conocido, sin duda. En su tiempo fue el azote del Parlamento, en especial cuando estalló aquel escándalo de los extranjeros que fueron deportados por indeseables, para uno de los cuales él reclamaba la horca acusándolo de asesinato. Acabó tan harto de todo aquello que finalmente abandonó su cargo. Desde entonces se dedicaba básicamente a viajar por ahí en su automóvil, y hoy venía también a Torwood para pasar el fin de semana. Aun así, no acierto a ver la causa de que decidiera romperse la crisma deliberadamente casi a las puertas del pueblo. Creo que Hoggs (quiero decir, mi primo Howard) venía hoy expresamente para reunirse con él.

—¿Pero es que Torwood Park pertenece a su primo? —inquirió March.

—No. Era de los Winthrop, ya sabe —contestó el otro—, aunque actualmente es propiedad de otra persona, un tipo de Montreal llamado Jenkins. Hoggs viene solamente por la caza. Ya le dije antes que era un magnífico tirador.

La reiteración del elogio sobre la persona del gran estadista se le antojó a Harold March ciertamente chocante, como si alguien hubiese definido a Napoleón como un distinguido jugador de naipes. Pero otra impresión, aún a medio definir, luchaba en aquel torrente de elementos desconocidos. March la hizo subir a la superficie antes de que pudiera desaparecer.

—Jenkins —repitió—. ¿No se referirá usted a Jefferson Jenkins, el reformista social? Quiero decir, ¿el hombre que está luchando por el nuevo proyecto de propiedad rural? Resultaría tan interesante conocerlo como a cualquier Ministro de Gobierno del mundo, si me permite usted decirlo.

—Sí. Hoggs le aconsejó que en ese asunto la mejor alternativa serían las casas de campo —dijo Fisher—. Y cuando el otro le respondió argumentando que la raza del ganado había mejorado considerablemente, la gente dejó de tomarle en serio. Pero, naturalmente, uno tiene que hacerse respetar como sea para poder mantener su título aunque aún no lo haya conseguido. Pero, ¡vaya!, aquí viene alguien más.

Habían echado a andar sobre las huellas del automóvil dejándolo atrás, en la hondonada, zumbando aún horriblemente como un enorme insecto que acabara de matar a un hombre. Las huellas los condujeron hasta un recodo de la carretera, que conducía en línea recta a las lejanas puertas de la propiedad. Parecía claro que el vehículo había circulado carretera abajo hasta la curva, donde, en vez de girar a la izquierda, había seguido recto a través del césped hasta alcanzar su perdición. Pero no fue este descubrimiento lo que había atraído la atención de Fisher, sino algo aún más llamativo. En el ángulo formado por la blanca carretera podía verse una oscura y solitaria figura casi tan inmóvil como un poste. Se trataba de un hombre alto, ataviado con toscas ropas de caza y con la cabeza descubierta, cuyo pelo, rizado y despeinado, le confería un aspecto verdaderamente salvaje. No obstante, visto más de cerca, esta primera y fantástica impresión se desvaneció. A plena luz la figura adquirió matices más convencionales, como los de un caballero corriente que se hubiera aventurado a salir desprovisto de sombrero y sin haberse detenido el tiempo suficiente para adecentar sus cabellos. A pesar de ello, la gran estatura no variaba, y algo profundo e incluso cavernoso alrededor de los ojos rescataba su apariencia animal de entre unos rasgos comunes.

March apenas tuvo tiempo de estudiar al hombre con mayor detenimiento pues, para su asombro, su guía se limitó a decir: «¡Hola, Jack!», y continuó caminando hasta dejarlo atrás sin prestarle más atención que la que hubiera prestado a un poste, y sin mostrar la menor intención de informarle sobre la catástrofe que había tenido lugar al otro lado del recodo rocoso. Fue algo relativamente sin importancia, pero resultó ser tan sólo la primera de una serie de sorpresas que su nuevo y excéntrico amigo se estaba encargando de proporcionarle.

El hombre que acababan de dejar atrás se quedó mirándolos de manera harto sospechosa, a pesar de lo cual Fisher prosiguió con total tranquilidad su camino a lo largo de la carretera que conducía al otro lado de las puertas de la finca.

—Ése es John Burke, el viajero —accedió a explicar—. Me imagino que habrá oído hablar de él. Practica la caza mayor y todo ese tipo de cosas. Lamento no haber podido detenerme para presentárselo, pero casi me atrevería a asegurarle que tendrá la oportunidad de conocerlo más adelante.

—Desde luego, lo que sí conozco es su libro —dijo March con creciente interés—. Me parecen dignas de toda admiración las escenas en las que describe cómo cazar un elefante luchando prácticamente cuerpo a cuerpo con él.

—Sí, yo también creo que el joven Halkett escribe estupendamente. Pero, ¿cómo? ¿No sabía que Halkett escribió ese libro en lugar de Burke? Burke es incapaz de usar algo que no sea un arma, y es imposible escribir con ella. Pero, a pesar de todo, también es un gran tipo a su manera, ya me entiende. Es tan valiente como un león... o incluso aún más.

—Parece usted conocerlo todo acerca de él —dijo March con una sonrisa de desconcierto—. Y también sobre mucha otra gente.

La despejada frente de Fisher se arrugó bruscamente y una curiosa expresión acudió a sus ojos.

—Yo sé demasiadas cosas —dijo—. Ése es mi problema. Ése es el problema de todos nosotros. Sabemos demasiado. Demasiado los unos acerca de los otros y demasiado acerca de nosotros mismos. Y precisamente por eso ahora estoy tan interesado en algo de lo que no sé nada.

—¿Y de qué se trata? —inquirió el otro.

—De por qué ese pobre hombre está muerto.

Llevarían recorrida aproximadamente una milla de aquella larga carretera conversando a ratos de esta forma, cuando a March le asaltó la singular sensación de que el mundo entero se había vuelto del revés. Mr. Horne Fisher no denostaba con especial aversión a sus amigos y parientes de la sociedad de moda. Antes bien, de algunos llegaba incluso a hablar con afecto. Pero todos ellos parecían pertenecer a una clase completamente nueva de hombres y mujeres que casualmente se llamaban igual que los hombres y mujeres que con tanta frecuencia eran mencionados en los periódicos. Con todo, ni el más sanguinario furor de la más encarnecida revuelta podría haberle parecido más radicalmente revolucionario que toda aquella fría familiaridad. Era como si la luz del día diese de lleno en el reverso del decorado de un escenario y dejase al descubierto lo que debería permanecer siempre oculto entre bastidores.

Alcanzaron las grandes puertas de la propiedad y, para sorpresa de March, las rebasaron sin obstáculo alguno y continuaron a lo largo del interminable, recto y blanco camino. Al fin y al cabo, era todavía demasiado temprano para su cita con Sir Howard y se sentía arrastrado a presenciar el final del experimento, fuese de la clase que fuese, que su nuevo amigo se traía entre manos. Hacía ya rato que habían dejado atrás el páramo, y ahora una buena parte del blanco camino aparecía gris bajo la gran sombra proyectada por los bosques de pinos de Torwood, que simulaban barrotes grises arracimados contra la luz del sol y que se juntaban unos a otros para crear una parcela de noche en pleno mediodía. Pronto, sin embargo, comenzaron a aparecer rendijas entre ellos como si fuesen destellos producidos por ventanas de colores. Los árboles se iban separando y dispersando conforme la carretera avanzaba, mostrando los salvajes e irregulares bosquecillos en los que, tal y como dijera Fisher, los cazadores habían estado ocupados disparando sin tregua durante todo el día. Unas doscientas yardas más allá llegaron a un nuevo recodo de la carretera.

En la misma curva se levantaba una especie de posada ruinosa en la que un deslustrado letrero rezaba The Grapes. El rótulo, oscuro e indescifrable, colgaba negro contra el cielo y el páramo gris que podía verse al fondo, e incitaba a entrar en el lugar tanto como si se tratase de una cámara de tortura. March señaló que parecía una taberna pensada más para el vinagre que para el vino.

—Una buena frase —dijo Fisher—, y de hecho así sería si uno fuese lo suficientemente idiota como para beber vino ahí dentro. Pero en cambio la cerveza es muy buena, y lo mismo puedo decir del coñac.

Algo sorprendido, March lo siguió hasta el interior del salón. Aunque no era una persona melindrosa, no pudo reprimir un ligero gesto de desagrado ante el primer vistazo que pudo echarle al posadero, quien resultó ser notablemente distinto del afable y cordial posadero que suele aparecer en los cuentos. Era éste un hombre huesudo, muy callado tras su bigote negro y dotado de unos inquietos ojos oscuros. El investigador, taciturno por naturaleza, acabó teniendo éxito al extraerle algunos fragmentos de información a fuerza de pedir cerveza y hablarle porfiada y minuciosamente de automóviles. Evidentemente, y por alguna oculta razón que a March se le escapaba, Fisher consideraba al posadero una autoridad en automóviles, muy al tanto de todos los secretos del mecanismo y la conducción, tanto buena como mala, de éstos, y logró dominarlo todo el tiempo con su penetrante mirada, como el Anciano Marinero en aquel antiguo poema2. De entre toda esta más que misteriosa conversación salió finalmente a flote algo parecido a la afirmación de que un automóvil en particular, de una concreta descripción, se había detenido ante la posada aproximadamente una hora antes, y de que un hombre mayor se había apeado en busca de asistencia mecánica. Tras preguntarle si el visitante había precisado algún otro tipo de asistencia, el posadero dijo escuetamente que el caballero había llenado su petaca y comprado unos cuantos bocadillos. Y con estas palabras, el poco hospitalario anfitrión salió a toda prisa del salón del bar. Todavía pudieron oírlo dando portazos por algún lugar del oscuro interior.

Fisher paseó sus ojos cansados por todo el polvoriento y destartalado salón hasta posarlos distraídamente sobre una jaula de cristal que contenía un pájaro disecado y sobre la cual, colgada de unos garfios, había una escopeta que parecía ser el único adorno de toda la estancia.

—Puggy era un bromista—comentó—. Al menos a su más que desagradable manera. Pero parece una broma de demasiado mal gusto, incluso para él, comprar bocadillos justo antes de suicidarse.

—Si a eso vamos —contestó March—, no es muy corriente que alguien compre bocadillos cuando se encuentra justo a la entrada de la casa a la que se dirige.

—No... no —repitió Fisher casi mecánicamente para después, de súbito, mirar con fijeza a su interlocutor con una expresión mucho más animada.

—¡Caramba! Eso sí que es una idea. Tiene usted toda la razón. Lo cual sugiere algo de lo más misterioso, ¿no es cierto?

Hubo un silencio, tras el cual March dio un nervioso respingo cuando la puerta de la posada se abrió de golpe y un hombre entró a grandes pasos para dirigirse directamente hacia el mostrador. Tras golpear sobre éste con una moneda y dar voces pidiendo coñac reparó por fin en Fisher y March, que se habían sentado a una mesa de madera vacía situada bajo una ventana. Cuando se volvió para observarles con una mirada nada acogedora, March aún tenía reservada otra sorpresa, pues su guía, tras llamar Hoggs al hombre, lo presentó como Sir Howard Horne.

Tal y como suele ocurrirle a los políticos, parecía bastante más mayor que en aquellos retratos juveniles de las revistas ilustradas. Su lacio pelo rubio se entreveía mezclado de gris, pero su rostro era casi cómicamente redondo, con una nariz romana que, combinada con sus ojos brillantes y agudos, recordaban vagamente a un loro. Llevaba puesta una gorra casi en la parte trasera del cráneo y portaba una escopeta bajo el brazo. Harold March había llegado a imaginar muchas cosas acerca de su encuentro con el gran reformista político, pero nunca se lo hubiera figurado con un arma bajo el brazo y bebiendo coñac en una taberna de campo.

—Así que tú también te diriges a casa de Jink, ¿eh? —dijo Fisher—. Todo el mundo parece ir a casa de Jink.

—Sí —contestó el Ministro de Hacienda—, pero sólo por la caza, que es muy buena y abundante siempre que no estemos hablando de la que logra cazar el propio Jink. Nunca conocí a un tipo que tuviese tan buena caza y que fuera a la vez tan pésimo tirador. Pero ¡cuidado! Que quede bien clara una cosa: es un buen compañero, alegre y todo lo demás, y yo nunca me atrevería a decir ni una sola palabra contra él. Pero también es cierto que es absolutamente incapaz de sostener un arma en alto. Se dice de él que un día abatió a tiros la escarapela que llevaba en el sombrero su propio criado (muy suyo eso de llevar escarapelas, por cierto). Incluso una vez derribó la mismísima veleta de esa ridícula casa de verano de color dorado que tiene. Uno no puede evitar pensar que es la única ave que acabará cazando en su vida. ¿Vais hacia allí ahora?

Fisher apuntó vagamente que emprendería el camino hacia allá pronto, en cuanto hubiese arreglado un pequeño asunto, tras lo cual el Ministro de Hacienda abandonó la posada. March creyó haberse mostrado un poco nervioso o angustiado cuando el otro entró y pidió el coñac, pero hubiera entablado conversación con él de manera más satisfactoria si no hubiese sido porque la charla no había versado exactamente sobre lo que el literario visitante habría esperado. Unos minutos más tarde, Fisher se encaminó lentamente fuera de la taberna y se detuvo en mitad de la carretera, mirando en la dirección por la que habían venido. Luego deshizo aproximadamente unas doscientas yardas del camino en dicha dirección y se detuvo de nuevo.

—Creo que éste es, más o menos, el lugar—dijo.

—¿Qué lugar? —preguntó su compañero.

—El lugar donde mataron a aquel pobre hombre —dijo tristemente Fisher.

—¿Qué quiere decir? —exigió March—. El hombre murió al estrellarse contra las rocas a una milla y media de aquí. —No, no fue así —repuso Fisher—. No se estrelló contra las rocas ni mucho menos. ¿Aún no ha caído usted en la cuenta de que el cuerpo cayó en la pendiente de suave hierba que hay más abajo? Pues yo sí. Además, ya entonces pude ver que tenía una bala en el cuerpo.

Luego, tras una pausa, añadió:

—Estaba vivo en la posada, pero ya había muerto bastante antes de llegar a las rocas. Por lo tanto, le dispararon cuando conducía su automóvil por este tramo de carretera recta. Y yo diría que desde algún lugar cerca de aquí. Después de lo cual, por supuesto, el coche continuó recto sin la presencia de nadie que pudiese pararlo o desviarlo. Se trata de un truco verdaderamente astuto a su manera, ya que el cuerpo sería encontrado muy lejos del lugar del crimen y la mayoría de la gente aseguraría, tal y como dice usted, que no existe tal crimen sino simplemente un accidente de automóvil. El asesino debe de ser un tipo muy listo.

—¿Pero no hubieran oído el disparo en la posada o en algún otro sitio? —preguntó March.

—Lo oirían. Pero no repararían en él. Es ahí —continuó el investigador— donde el autor del crimen vuelve a demostrarnos su inteligencia. Durante todo el día se han estado escuchando disparos por los alrededores. Es muy probable que el asesino midiera el tiempo de tal manera que su disparo coincidiese con otros y resultase apagado por ellos. Ciertamente se trata de un criminal de primera clase. Y también algo más.

—¿Qué quiere decir? —preguntó su compañero con el horrible presentimiento de que algo se avecinaba pero sin saber decir a ciencia cierta qué.

—Es un tirador de primera clase —dijo Fisher.

Tras volverse bruscamente, comenzó a recorrer un estrecho camino plagado de hierbas, poco más que una simple senda para carretas, que pasaba frente a la posada y señalaba el final de la enorme finca y el principio del campo abierto. March echó a andar trabajosamente tras él con una despreocupada perseverancia hasta que lo encontró mirando fijamente a través de una abertura entre los grandes brotes de maleza y espinos que crecían sobre la pulida superficie de una cerca pintada. Al otro lado de la cerca se elevaban los grandes y grises troncos de una hilera de chopos que llenaban el cielo suspendido sobre ellos de sombras de color verde oscuro a la vez que se estremecían ligeramente mecidos por un viento que se había ido convirtiendo poco a poco en una fresca brisa. La tarde iba ya derivando hacia el atardecer y las titánicas sombras de los chopos se alargaban hasta cubrir casi un tercio del paisaje.

—Muy bien. Veamos. ¿Soy yo un criminal de primera clase? —se preguntó a sí mismo Fisher con voz divertida—. Me temo que no. Pero creo que puedo arreglármelas para actuar como lo haría un ladronzuelo de cuarta categoría.

Y antes de que su compañero tuviese tiempo de decir algo ya se las había ingeniado para saltar por encima de la cerca. March le siguió sin gran esfuerzo físico pero notablemente confuso. Los chopos crecían tan próximos a la cerca que se las vieron y se las desearon para deslizarse entre ellos y dejarlos atrás. Más allá sólo fueron capaces de atisbar un alto seto de laurel que crecía verde y lustroso a la agonizante luz del sol. Algo en el hecho de hallarse cercado y a merced de paredes vivientes hizo que March se sintiese como si realmente estuviese entrando en una casa cerrada a cal y canto en lugar de en un campo abierto. Era como entrar por una puerta o por una ventana en desuso y encontrarse el camino bloqueado por los muebles de la habitación.

Una vez hubieron salvado el obstáculo que representaba aquel seto de laurel, salieron a una especie de terraza de hierba desde la que se llegaba, tras bajar un pequeño escalón, hasta un terreno rectangular de césped muy parecido a una pista de bowls3. Más allá se encontraba el único edificio a la vista, un invernadero de escasa altura que parecía hallarse lejos de todas partes, como una casita de cristal levantada en mitad del país de las hadas. Fisher conocía sobradamente aquel aspecto solitario en el exterior de una gran casona. Reconoció que en aquel estado resultaba más satírico para la aristocracia que si se hallase inundada de malezas y reducida a ruinas, ya que, si bien no se encontraba descuidada, sí estaba abandonada y, de todas formas, en desuso. A pesar de lo cual era barrida y aseada con regularidad para un dueño que nunca se dignaba aparecer por allí.

Al atisbar la extensión de césped, sin embargo, vio un objeto con el que aparentemente no había esperado encontrarse. Era una especie de trípode que sostenía un disco grande, parecido a la parte superior de una mesa redonda que hubiese sido inclinada hacia un lado. Hasta que cruzaron el césped para echarle un vistazo más de cerca, March no cayó en la cuenta de que se trataba de una diana. Estaba manchada y deteriorada por el efecto de la intemperie, y los vivos colores de los anillos concéntricos estaban muy apagados. Probablemente había sido colocada allí en aquellos lejanos días de la época victoriana en los que persistía la afición al tiro con arco. March tuvo una fugaz visión en la que damas envueltas en recargados miriñaques y caballeros tocados con estrafalarios sombreros y patillas revivían en aquel perdido jardín cual si de fantasmas se tratase.

Fisher, quien examinaba con mayor detenimiento la diana, le asustó al proferir una exclamación.

—¡Aja! —dijo—. Alguien ha estado acribillando esto a balazos, después de todo. Y muy recientemente además. Cualquiera diría que el viejo Jink ha estado usando este lugar para intentar mejorar su mala puntería.

—En efecto. Y da la impresión de que todavía necesita mejorar mucho —contestó March riendo—. Ni uno solo de todos esos disparos está mínimamente cerca del blanco. Parecen estar desparramados de cualquier manera.

—Desparramados de cualquier manera —repitió Fisher todavía mirando fijamente la diana.

Pareció asentir sin más, pero March se dio cuenta de que sus ojos brillaban bajo sus soñolientos párpados y que enderezaba su encorvada figura con un desacostumbrado esfuerzo.

—Discúlpeme un momento —dijo tanteando en sus bolsillos—. Creo que llevo encima alguno de mis productos químicos. Dentro de un minuto nos pondremos en camino hacia la casa.

Y se inclinó nuevamente sobre la diana para aplicar algo con los dedos a cada uno de los orificios de bala. Algo que, por lo que March acertó a ver, era simplemente una especie de barro de color gris apagado. Seguidamente, se adentraron en la frondosa vegetación que se cernía sobre las largas avenidas verdes que conducían a la mansión.

Una vez más, sin embargo, el excéntrico investigador evitó entrar por la puerta principal. Comenzó a rodear la casa hasta que encontró una ventana abierta y, tras saltar al interior por ésta, se volvió para ayudar a su amigo a entrar en lo que parecía ser una sala de armas. Filas enteras de todas las clases de instrumentos típicos para abatir pájaros se alineaban contra las paredes, pero sobre una mesa situada junto a la ventana había un par de escopetas de mayor calibre.

—¡Vaya! Ésos son los rifles de caza mayor de Burke —dijo Fisher—. No sabía que los guardase aquí.

Levantó uno de ellos, lo examinó brevemente y lo dejó de nuevo en su sitio frunciendo el ceño. Casi al mismo tiempo, un joven de aspecto ciertamente extraño entró apresuradamente en la habitación. Era moreno y robusto, de abultada frente y mandíbula de bulldog. Al hablar lo hizo con una áspera disculpa.

—Dejé las armas del Mayor Burke aquí —dijo—. Ahora desea que las empaquete, pues se marcha esta misma noche.

Y se llevó a cuestas los dos rifles sin echar siquiera un solo vistazo a los visitantes. A través de la puerta abierta éstos pudieron ver su pequeña figura alejarse por el brillante jardín. Fisher volvió a saltar por la ventana y se quedó mirando cómo aquél se marchaba.

—Ese es Halkett, de quien ya le he hablado —dijo—. Sabía que era una especie de secretario que se ocupaba de los papeles de Burke, pero no tenía la menor idea de que tuviese algo que ver también con sus armas. No es más que una especie de diablillo callado y astuto que muy bien podría destacar en cualquier cosa. El tipo de hombre que uno cree durante años que conoce bien hasta que un día descubre por casualidad que es un consumado maestro del ajedrez.

Juntos, habían echado a caminar en la dirección por la que había desaparecido el secretario, por lo que pronto se encontraron con el resto de la reunión, que charlaba y reía sobre el césped. Pudieron discernir con claridad la alta figura y la suelta melena leonina del cazador de fieras destacándose por encima del resto de los integrantes del pequeño grupo.

—Por cierto —dijo Fisher—, cuando estábamos hablando de Burke y Halkett dije que un hombre era incapaz de escribir con un arma de fuego. Bueno, permítame confesarle que ahora no estoy tan seguro. ¿Oyó usted alguna vez hablar de algún artista de talento tan grande que fuese capaz de dibujar con un arma de fuego? Pues sepa que hay un extraordinario pájaro de esa clase suelto por aquí.

Sir Howard llamó a voces a Fisher y a su amigo el periodista dando muestras de una afabilidad casi escandalosa. March fue presentado al Mayor Burke y a Mr. Halkett así como, merced a un paréntesis, a su anfitrión, Mr. Jenkins, un hombrecillo corriente vestido con un chillón traje de tweed a quien todo el mundo parecía tratar con afecto, como si fuera un niño pequeño.

El incorregible Ministro de Hacienda estaba todavía hablando de los pájaros que había derribado y de los que su anfitrión Jenkins había fallado en su intento. Aquel tema de conversación parecía ser para él una especie de alegre monomanía.

—Usted y su caza mayor —exclamó agresivamente dirigiéndose a Burke—. ¡Vamos, hombre! Cualquiera podría practicarla. Cuando uno decide ser tirador es para dedicarse a la caza menor.

—Efectivamente —se interpuso Horne Fisher—. Ahora bien, si en la finca hubiese hipopótamos y elefantes que pudieran volar, ¿qué haría usted entonces?

—Pues entonces hasta Jink sería capaz de acertarle a un pájaro así —gritó Sir Howard, estallando en carcajadas y palmeando a su anfitrión en la espalda—. Incluso él podría darle a un hipopótamo.

—Siendo así, vengan a ver, amigos —dijo Fisher—. Quiero que me acompañen durante un minuto y le disparen a algo diferente. Pero no se preocupen, no se trata de un hipopótamo. He encontrado en la finca un animal aún más extraño. Uno que tiene tres patas, un solo ojo y todos los colores del arco iris.

—¿De qué demonios está usted hablando? —preguntó Burke.

—Vengan, vengan y véanlo —respondió Fisher divertido.

La gente como aquélla rara vez rechaza algo inusual por disparatado que parezca, puesto que andan siempre en busca de novedades. Con cierta gravedad, regresaron a la casa para proveerse de los efectos almacenados en la sala de armas y, acto seguido, se apresuraron en tropel tras los pasos de su guía. Sólo Sir Howard, presa de una especie de frenesí, se detuvo un momento para señalar la célebre casa de verano de color dorado sobre la que la veleta aún permanecía torcida.

Reinaba el crepúsculo, que se iba tornando ya en oscuridad, cuando alcanzaron el remoto prado de césped rodeado de chopos y se dispusieron a probar el nuevo y desatinado juego de dispararle a la vieja diana.

La noche parecía ir desvaneciéndose ligeramente del prado, y los chopos, vistos contra el ocaso, simulaban grandes plumas negras dispuestas sobre un fondo pintado de púrpura, cuando la comitiva dobló la última curva y se encontró frente a frente con la diana.

Sir Howard volvió a palmear a su anfitrión en el hombro y le empujó juguetonamente hacia adelante para que realizase el primer disparo, pero lo hizo sin notar que el hombro y el brazo que había tocado se encontraban anormalmente tensos y crispados. Mr. Jenkins sostenía su escopeta con ademán más torpe de lo que cualquiera de sus bromistas amigos había visto o esperado nunca.

En aquel preciso instante un horrible grito surgió desde algún sitio. Resultó tan antinatural e inapropiado a la escena que muy bien podría haber sido fruto de algo inhumano que revolotease por encima de sus cabezas o que los acechase desde los oscuros bosques del otro lado del jardín. Pero Fisher sabía que aquel alarido había comenzado y cesado en los pálidos labios de Jefferson Jenkins. Y nadie que en ese preciso momento hubiese alcanzado a ver el rostro de Jenkins habría podido decir que dicho rostro era un rostro corriente.

Un instante más tarde un torrente de juramentos vulgares pero llenos de jovialidad brotó de los labios del Mayor Burke cuando tanto él como los otros dos hombres vieron lo que se hallaba frente al grupo. La diana permanecía en pie sobre la mortecina hierba como un duende oscuro que les sonriera burlonamente, lo cual era cierto, pues estaba, literalmente, sonriendo con una irónica mueca. Tenía dos ojos que refulgían como estrellas, y con idénticos y espeluznantes puntos luminosos se veían resaltadas tanto las dos ventanillas de la nariz, abiertas y vueltas hacia arriba, como los dos extremos de la prieta y ancha boca. Unos cuantos puntos blancos sobre cada ojo representaban las dos cejas canosas, una de las cuales se extendía hacia arriba hasta quedar casi completamente recta. El conjunto resultaba una excelente caricatura realizada con líneas formadas por puntos luminescentes, una caricatura de alguien que March no tuvo la menor dificultad en reconocer y que brillaba sobre la sombría hierba manchada de algún resplandor marino, como si algún monstruo de las profundidades se hubiese arrastrado hasta el jardín en medio del crepúsculo.

—¡No es más que pintura luminosa! —exclamó Burke—. El viejo Fisher nos ha gastado una broma con esa sustancia fosforescente que tanto le gusta.

—Pues parece haber sido diseñada especialmente para el viejo Puggy —dijo Sir Howard—. Le sienta de maravilla.

Dicho lo cual, todos ellos se echaron a reír. Todos excepto Jenkins. Cuando las carcajadas dejaron de oírse, éste profirió un ruido similar al primer vagido que un animal realiza al intentar respirar después de sufrir un largo período de asfixia. Luego, súbitamente, Horne Fisher se le acercó a grandes zancadas y le dijo:

—Mr. Jenkins, tengo que hablar a solas con usted inmediatamente.

Fue junto al pequeño arroyo del páramo, en la vertiente situada bajo el saledizo rocoso, donde March se reunió con su nuevo amigo, Fisher, previa cita, poco después de concluir la desagradable y casi grotesca escena que había disuelto el grupo en el jardín.

—Fue una travesura de las mías —dijo Fisher con aire melancólico—. Puse fósforo en la diana. La única manera que había de conseguir que se delatase era dándole un susto de muerte. Y cuando vio brillar la misma cara a la que había disparado sobre la misma diana en la que había estado practicando, toda iluminada con una luz infernal, se delató. Más que suficiente para mi propia satisfacción intelectual.

—Me temo que ni siquiera ahora —dijo March— llego a entender con exactitud lo que hizo o por qué lo hizo.

—¿De veras? Pues debería —repuso Fisher con su más que triste sonrisa—, puesto que fue usted quien me proporcionó el primer indicio. Oh, sí, lo hizo usted, y resultó ser de lo más astuto. Dijo que nadie suele comprar bocadillos cuando se dirige a una gran mansión, pues se supone que en ésta podrá comer lo que desee. Era una gran verdad. Deduje de ello que, si bien él se dirigía hacia allí, no tenía intención alguna de comer en dicho lugar. O que, por lo menos, era posible que no comiese allí. Enseguida se me ocurrió que probablemente esperaba que la visita resultase desagradable, o el recibimiento dudoso, o que algo le impediría aceptar toda hospitalidad. Luego me encontré con que Turnbull fue el terror de ciertos personajes sospechosos en el pasado y que había acudido aquí con la intención de identificar y denunciar a uno de ellos. Al principio las probabilidades señalaban hacia el anfitrión, es decir, Jenkins. Para serle franco, ahora ya no me cabe la menor duda de que Jenkins era aquel indeseable extranjero que Turnbull estaba deseando capturar por otro asunto relacionado con armas. Pero como usted mismo ha podido comprobar, a nuestro caballero cazador aún le quedaba un disparo en el cargador.

—Pero usted dijo que tendría que tratarse de un tirador excepcional.

—Jenkins es un tirador excepcional —dijo Fisher—. Un tirador muy bueno que puede fingir ser un tirador muy malo. ¿Quiere que le diga cuál fue el segundo indicio que encontré, después del que usted me proporcionó, y que me llevó a pensar que se trataba de Jenkins? Fue la referencia de mi primo a su mala puntería. A pesar de ella, había sido capaz de darle a una escarapela en un sombrero y a una veleta en lo más alto de un edificio. Ahora bien, por descontado, un hombre tiene que saber disparar verdaderamente bien para ser capaz de disparar así de mal. Por fuerza, tiene que ser muy hábil disparando para acertarle a una escarapela y no a la cabeza, por no hablar ya del sombrero. Si los disparos hubiesen salido de verdad al azar la probabilidad de que hubieran tocado objetos tan singulares y pintorescos habría sido de una entre mil. Dichos objetos fueron elegidos precisamente porque resultaban singulares y pintorescos. Eran la base de una historia que recorrería la vecindad. Él conservaba la veleta torcida de la casa de verano para perpetuar dicha historia como si se tratase de una leyenda. Y, mientras tanto, se mantenía al acecho con sus malvadas intenciones y su vil escopeta, completamente a salvo parapetado tras la leyenda de su propia impericia.

»Pero aún hay más. Tenemos la propia casa de verano. Quiero decir que es allí donde radica todo el meollo del asunto. Allí se encuentra todo aquello de lo que Jenkins se jacta: todas esas cosas chillonas, vulgares y cursis que se supone que le delatan como el advenedizo que es. Ahora bien, el caso es que los advenedizos no suelen actuar así. Dios sabe que la sociedad se encuentra llena de ellos y que uno llega a conocerlos muy bien. Y eso es precisamente la última cosa que harían. Por lo general sólo demuestran ser astutos cuando se trata de detectar una buena jugada y de llevarla a cabo. Cuando eso ocurre, al instante se ponen por entero en manos de decoradores y expertos en arte, quienes hacen el resto por ellos. Difícilmente habrá otro millonario vivo que posea el valor y la moral suficientes como para poner en una silla un monograma dorado como aquel que vimos en la sala de armas. Por eso mismo, si tenemos el monograma tenemos el nombre. Nombres como Tompkins, Jenkins o Jinks resultan graciosos sin ser cursis. Quiero decir que son vulgares sin ser ordinarios. O, si lo prefiere usted, son comunes sin ser corrientes. Son precisamente los nombres que uno escogería a la hora de parecer normal, a pesar de lo cual en realidad son bastante inusuales. ¿Conoce usted mucha gente que se apellide Tompkins? Es bastante más raro que Talbot. Ocurre más o menos lo mismo con las cómicas ropas de un arribista. Jenkins viste como un personaje sacado de una farsa. Pero eso es así porque es realmente un personaje de farsa. Quiero decir que es un personaje de ficción. Es un animal fabuloso. No existe.

«¿Ha pensado usted alguna vez en cómo debe ser vivir siendo un hombre que no existe? Es decir, ser un hombre que posee una personalidad falsa a la cual tiene que sostener no sólo a expensas de sus virtudes personales sino también de sus placeres y, sobre todo, de sus talentos propios. Ser una nueva especie de hipócrita ocultando todo su talento bajo un nuevo envoltorio. Este hombre había demostrado ser muy ingenioso a la hora de escoger su clase de hipocresía. ¿Por qué? Porque era una clase verdaderamente novedosa. Un villano que pueda llamarse sutil suele disfrazarse de apuesto caballero, de importante hombre de negocios, de filántropo o de santo. Pero las chillonas ropas a cuadros de un divertido y pequeño sinvergüenza resultaron en verdad un disfraz muy novedoso. No obstante, tal disfraz tiene que ser todo un fastidio para alguien con sus capacidades. Se trata de un hábil y pequeño truhán cosmopolita capaz de destacar en muchas cosas. No sólo en la caza, sino también en dibujo, en pintura, y es probable que hasta en tocar el violín. Ahora bien, un hombre así puede que encuentre útil el hecho de ocultar sus talentos, pero nunca podrá evitar ponerlos en práctica en situaciones muy concretas. Si sabe dibujar, dibujará distraídamente sobre cualquier papel. Sospecho que este pájaro habrá dibujado a menudo el rostro del pobre y viejo Puggy. Probablemente comenzara a hacerlo con manchas tal y como más tarde hizo usando puntos o, mejor dicho, disparos. Era lo mismo. Encontró una diana olvidada en un patio abandonado y no pudo resistir la tentación de dispararle en secreto, como cuando uno bebe a escondidas. Usted creyó que los disparos estaban distribuidos de cualquier modo y así era, pero no casualmente. No había dos distancias iguales, pero cada proyectil estaba exactamente donde él había querido ponerlo. No hay nada que necesite tanta precisión matemática como una feroz caricatura. Yo mismo he hecho mis pinitos dibujando y le aseguro que poner un punto donde uno quiere es un prodigio cuando se utiliza pluma sobre papel. Por eso mismo le aseguro que sería un milagro conseguirlo desde el otro lado de un jardín con una pistola. No obstante, un hombre capaz de realizar tales prodigios siempre sentirá deseos de ponerlos en práctica. Al menos si lo puede hacer a escondidas.

Tras una pausa March observó pensativamente:

—Pero no pudo haberlo derribado como a un pájaro con una de aquellas pequeñas escopetas.

—No. Ése fue el motivo por el que me colé en la sala de armas —repuso Fisher—. Lo hizo con uno de los rifles de Burke, quien creyó reconocer el sonido cuando se efectuó el disparo. Fue por eso por lo que salió corriendo precipitadamente, sin sombrero y con aquel aspecto tan salvaje. Pero lo único que vio fue un coche que pasaba a gran velocidad, un coche al que siguió durante un corto trayecto para luego decidir que había cometido un error.

Hubo otro silencio, durante el cual Fisher se sentó en una gran piedra sobre la que se quedó tan inmóvil como en su primer encuentro, contemplando cómo el río gris y plateado se arremolinaba entre los arbustos. Luego March dijo bruscamente:

—Naturalmente, él sabe ahora la verdad.

—Nadie sabe la verdad excepto usted y yo —contestó Fisher suavizando ligeramente la voz—. Y no creo que usted y yo lleguemos nunca a reñir por ello.

—¿Qué quiere decir? —preguntó March con la voz alterada—. ¿Qué ha hecho usted con respecto al caso?

Horne Fisher continuó mirando fijamente cómo se formaban los remolinos en el agua. Al fin dijo:

—La policía ya ha probado que fue un accidente de automóvil.

—Pero usted sabe que no fue así —insistió March.

—Ya le dije que yo sé demasiado —contestó Fisher con la mirada perdida en el río—. Sé eso y sé muchas otras cosas. Conozco sobradamente bien la manera en que todo el sistema funciona. Sé que nuestro hombre ha logrado convertirse en alguien irremediablemente corriente e incluso entrañable, y soy consciente de que iniciar un proceso contra él sería lo más parecido que podría encontrarse a una causa perdida. Si yo le dijese a Hoggs o a Halkett que el viejo Jinks es un asesino se morirían de risa delante de mis propias narices. Y aunque estemos de acuerdo en que su risa no sería una risa inocente, hay que reconocer que en cierto modo resultaría completamente legítima. Ellos aprecian al viejo Jink y no podrían prescindir de él. Yo mismo no podría decir que soy inocente. A mí Hoggs me cae bien, y no le deseo que se derrumbe. Y para él significaría el desahucio que Jink no pudiera pagarse su propia corona. Trabajaron codo con codo en el mismo bando durante las últimas elecciones, se lo puedo asegurar. Pero, a pesar de todo, la única objeción de verdad es que es algo imposible. Nadie lo creería. No es parte del plan. La veleta torcida siempre estaría ahí para hacer de todo ello una broma.

—¿No cree usted que todo esto es infame? —preguntó March con un hilo de voz.

—Yo creo muchas cosas —respondió el otro—. Si por casualidad ustedes logran algún día hacer saltar por los aires todo este tinglado que es la sociedad, no creo que la raza humana llegue a encontrarse peor que ahora. Pero no sea usted demasiado duro conmigo por el simple hecho de que sepa lo que es la sociedad. Ésa es precisamente la razón por la que prefiero dedicar mi tiempo a otras cosas. Como, por ejemplo, a esos hediondos peces.

Hubo una pausa durante la cual volvió a sentarse junto al arroyo. Luego, añadió:

—Ya le dije antes que siempre tenía que devolver el pez gordo al agua cuando lo pescaba.

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