El legado de un revolucionario profesional



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Nº 5 (2003)

www.ucm.es/bucm/cee/papeles













Nº 5

ISSN 1576-6500


El legado de un revolucionario profesional

Lenin

Hélène Carrère d’Encausse


Ed. Espasa. Fórum.

Título original: Lénine.

Ed. Fayard, 1998.

Traducción: Mauro Armiño.

Madrid, 1999.

451 páginas.


El fin de la Unión Soviética y la bancarrota histórica del comunismo (que muchos habían certificado mucho antes) ha generado una revisión bibliográfica de su fundador, con nuevas catas en su biografía. En el número 4 de Papeles del Este (www.ucm.es/BUCM/papeles) ya analizamos la del británico Robert Service, quien justificaba su nuevo acercamiento al líder bolchevique por los documentos originales a los que había tenido acceso en los archivos de Moscú.

La historiadora francesa especializada en Rusia y el mundo eslavo, miembro de la Academia Francesa, tan solo ha incorporado las obras del general Dmitri Volkogonov (El verdadero Lenin: el padre legítimo del Gulag según los archivos secretos soviéticos, Anaya-Mario Muchink, 1996) y Richard Pipes (Unknow Lenin, Yale University Press, 1996) a su dilatadísimo conocimiento de la bibliografía sobre Lenin y del mundo soviético (El triunfo de las nacionalidades: el fin del imperio soviético, Rialp, 1991 y Rusia inacabada: las claves de la caída de un sistema político y el resurgir de un nuevo país, Salvat, 2001). Según sus palabras, estamos ante una reinterpretación y reconceptualización sobre el hombre y el significado de su experiencia al final del comunismo.

Los conceptos esenciales vinculados a Lenin hoy ya han perdido todo su vigor: el marxismo (la concepción que él plasmó como ortodoxa), la revolución y el partido de conspiradores profesionales han dejado de operar en la izquierda internacional, por más que hayan constituido una de las fuerzas más poderosas de la historia durante ochenta años del siglo XX.

La investigadora francesa constata que el Lenin anterior a 1917 apenas contaba en el movimiento obrero internacional. De haber terminado ahí su vida, habría pasado a la historia como un “iluminado”, dice Carrère d’Encausse.

El mismo líder bolchevique, tras casi veinte años en la emigración, se refería a él y los suyos en enero de 1917 como los “viejos” que quizá no verían los “combates decisivos de la revolución” que vaticinaba, como otros muchos entonces, como ineluctable.

Service también ha dicho que habría sido un “actor secundario en un rincón del escenario de la historia mundial del siglo XX”, de no haber mediado lo que él sí hizo, pero no otros líderes más brillantes del movimiento obrero internacional: la revolución.

“De haber fracaso...”, apunta la erudita francesa. Una manera de presentar las cosas un tanto tramposa acerca de lo que podría haber sido y no fue, un ejercicio vacuo el eliminar el aspecto esencial de personajes históricos para colocarlos al mismo nivel que el común de los mortales. ¿Qué es lo que quedaría de Hitler si hubiera sido liquidado en 1933? Poco más que una nota a pie de página como un líder fascista más de entreguerras. ¿Y De Gaulle sin 1945?

La especialista francesa avanza el segundo rasgo definitorio de Lenin, quien no solo desencadena una revolución victoriosa, sino que construye un nuevo Estado que le sobrevive setenta y siete años, cosa aun más asombrosa cuanto él solo pudo detentar el poder durante menos de cuatro años, en unas circunstancias extraordinariamente hostiles, con guerras civiles, acoso internacional y destrucción de cuanto había servido de base social y política al zarismo. “En la historia de un siglo marcado por el totalitarismo, Lenin es sin duda alguna el único en haber inventado un sistema y en haber dado legitimidad a una obra de violencia y de ilegalidad que le sobrevivirá tanto tiempo.”

Su herramienta para alcanzar y conservar el poder, el partido. Sin partido no hay revolución socialista, solo espontaneísmo o sindicalismo. La autora lo señala, asegurando que esta concepción de Lenin plasmada en el ¿Qué hacer? (“un librito que no brilla ni por el estilo ni por la profundidad de la reflexión”, pero que sobrevivirá y se convertirá en la biblia de los partidos comunistas del mundo) emana de su visión pesimista del proletariado, del ruso y de cualquier otro. Un pesimismo que le lleva a sostener que la clase obrera solo puede generar de una forma natural tradeunismo.

El siguiente rasgo que señala Carrère d’Encausse es su visión mundial, no como retórica, como la de la II Internacional, que no pasó la prueba de fuego de 1914. La III Internacional nacerá como el estado mayor de la revolución mundial sobre el modelo probado del partido bolchevique y, sobre todo, para defender las conquistas revolucionarias del octubre rojo.

La autora no se detiene, como Service, en los aspectos personales del biografiado. Este libro es más político, como quizá reclame el personaje.

Los documentos desclasificados en los últimos años descubren la relación de Lenin con Inessa Armand simultánea a la de Krupskaia y casi la vida en común del trío durante unos años. Por prudencia Carrère d’Encausse lo menciona pero no escarba.

La dificultad real para hollar esos vericuetos íntimos plagados de minas están, por un lado, en la escasez de datos y, por otro, en la exigencia de mucha perspicacia, discreción y elegancia para no desbarrar y caer en el chismorreo, como las que demostró el brillante Edward H. Carr en Los exiliados románticos, Sarpe, 1985, título por cierto muy recomendable para entender la intimidad de tres revolucionarios ejemplares del siglo XIX.

Carrère d’Encausse cita al general Volkogonov quien aseguró que Lenin tuvo un hijo. Suponiendo que sea verdad, así como el papel de Inessa Armand en su vida, no cambiaría nada, más bien reafirmaría, su caracterización como un hombre “de orden, gazmoño, siempre fiel a la educación que había recibido en el seno de una familia unida, y a los comportamientos dictados por el código moral de la sociedad rusa de finales del siglo XIX” (p.149).

Esos aspectos personales más bien irrelevantes son hábilmente contrastados y puestos en su justo lugar con otros no menos personales, pero también políticos, que dan el alcance real del personaje cuando se refiere a una “práctica basada en la desdicha de los hombres para los que Lenin nunca tuvo una palabra de compasión, y menos todavía de remordimiento” (p. 425). LMU.


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