El linaje astronómico del método científico El caso del descubrimiento de la Órbita de Ceres Por: Tarrajna Dorsey



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El linaje astronómico del método científico

El caso del descubrimiento
de la Órbita de Ceres


Por: Tarrajna Dorsey


Prólogo

La historia de la determinación de la orbita del planeta menor, Ceres Ferdinandea, ejemplifica un dilema en el extenso arco de la maduración científica de la humanidad que, aunque sólo como el proverbial “cayó como un chubasco” en el diluvio de los logros científicos, sin embargo para nosotros representa una reflexión infinitesimal de la esencia de una lucha continua sobre la naturaleza de la mente del hombre, el Universo y el Creador. Durante todo el tiempo que se sabe que el hombre ha habitado la tierra, ha tenido ojos para ver y una mente con la cual reflejar que ha tenido la curiosidad y ha observado los cielos. Los movimientos de estas luces parpadeantes del firmamento se han observado y registrado cuidadosamente desde la época de los “ancestros” de la civilización egipcia, hasta los pitagóricos de la antigüedad, a través del transcurrir de las épocas sucesivas de la humanidad. En cada caso, la contemplación de la naturaleza del orden universal que nos lleva a este opus magnifico, ha despertado un fuerte sentido de maravilla en la mente del observador, acompañado por un deseo imperioso de hacer visible a su mente la composición invisible de los movimientos. Es esta búsqueda la que ha rendido los frutos de la civilización al hombre; tanto las cosechas reales de los cultivos de la tierra, como la maduración del conocimiento de la verdad por el hombre o lo que llamamos actualmente ciencia. Por otro lado, negar este sentido de admiración e hipótesis creativa sólo ha servido para estupidizar e impedir el desarrollo del hombre. La prueba de este punto crucial se ilustra en el caso de Ceres que expondremos aquí.


Los pitagóricos, Platón y la Piedad

Primero debemos voltear la vista a tiempos muy distantes, a los manantiales de donde surgieron estos descubrimientos. Esto nos lleva a las “primeras” investigaciones de los Pitagóricos, cuyas ideas fueron captadas con mayor claridad y desarrolladas para nosotros mediante los trabajos de Platón1. Antes de elaborar el papel de los Pitagóricos, debemos enfatizar que no estamos atribuyendo los orígenes de las investigaciones de los cielos, su medición, la trigonometría, etc. a la época de los Griegos. De acuerdo al conocimiento actual, el seguimiento de los ciclos lunares y los eclipses ocurrieron mucho antes que la civilización griega entrara en la escena de la historia mundial y los egipcios ya habían desarrollado el lenguaje para la medición de las Pirámides, etc. en su época. Proclo, un académico griego quien escribe comentarios sobre el trabajo de los griegos, nos dice como Tales de Mileto, trajo el conocimiento de la geometría de los egipcios a lo griegos. También nos refiere a pueblos y modos de pensamiento más antiguos, que aparecen una y otra vez en el curso de los diálogos de Platón.




Rastro de las estrellas en el curso de la noche;

una vista sólo observable por la mente
en la época de los Pitagóricos. (Nasa.gov)

Así, lo que enfatizaremos aquí como singularmente original en los pitagóricos, se relaciona más con los fundamentos, o la epistemología, de su modo de pensamiento y forma de investigar. Por ejemplo, el concepto de la Tierra y el universo poseyendo una naturaleza esférica, los cuales deben ser investigados desde este punto de vista, es singularmente “Pitagórico”. Este punto nos lo ilustra el poeta Alejandrino, Hermesianax, de la siguiente manera: “¿Que inspiración se posó poderosa sobre Pitágoras cuando descubrió la ingeniosa geometría de las espirales (celestes) y comprimió en una pequeña esfera la totalidad del círculo que abarca el éter?”2 De esta manera, buscaron descubrir la estructura del mundo que mantiene juntas las alas de la creación, buscando en aquellas cosas que incitan en el hombre la maravilla y la curiosidad, provocándole indagar sus causas, tales como las armonías musicales, los cinco sólidos regulares, la conmensurabilidad de ciertos tipos de números, etc. A los pitagóricos se les conoce por la frase “una figura y un paso, pero no una figura y tres óbolos”3 que retrata sucintamente los pasos mediante los que asciende la disposición del amor a la verdad en y por sí misma, que busca la unidad en todas las investigaciones en la naturaleza de las cosas, tan opuestas a la búsqueda utilitarista de fórmulas que podrían servir como “herramientas útiles” .

En el diálogo Epinomis4 entre un Ateniense, un Cretense y un Lacedemonio, sobre el establecimiento de las leyes y que estudios conducirían a un hombre mortal a la sabiduría, su discusión los lleva a la pregunta: “¿Cuál es entre todas las ciencias aquella que si no la hubiera conocido el hombre, o llegara a perderla, se vería reducido a ser el más simple e insensato de los animales?.

De otra forma ¿cuál es el carácter especial de la especie humana?. ¿Cuál es la esencia de eso que distingue al hombre del resto de la criaturas vivas? Esta discusión de la antigüedad arroja luz sobre el concepto de número, no de la manera en como se cuentan objetos, sino más bien de las lecciones aprendidas de los cielos: el periodo del Sol, distinguido por el día y la noche, los crecientes y menguantes de la Luna, inmersos en un periodo mayor, el de un año, el regreso de un planeta a un determinado conjunto de estrellas, etc. o, en las palabras del ateniense: “. . . cuando Dios, habiendo creado la Luna, como dije antes, con crecientes y menguantes, nos ha hecho ver por este medio la relación de los meses a los años, y nos puso por fortuna en disposición de poder comparar un número con otro número”. Así, vemos que la característica distintiva del hombre, o ser cognitivo, es que posee la facultad de reflexión sobre los movimiento periódicos celestes. Pero, esta “reflexión sobre” no consiste únicamente de simples observaciones. Escuchemos algo más que nos puede enseñar un ateniense:


La Analema: el Sol, fotografiado a la misma hora

cada día en el curso de un año (antwrp.gsfc.nasa.gov)
…Tratemos, por lo pronto, de explicar, según nuestras luces y según el alcance de las personas para quienes hablo, cuál es esta ciencia propia para inspirar la piedad respecto a los dioses, y como debe aprenderse. Se sorprenderá cualquiera quizá al oír el nombre de esta ciencia. Voy a decirle, puesto que nadie pude sospechar cuál sea a causa del poco conocimiento que se tiene de las cosas: la astronomía,

¿Ignoráis que es indispensable que el verdadero astrónomo sea también muy sabio? No hablo de aquel que observa los astros según el método de Hesíodo y de otros autores semejantes, limitándose a estudiarlos cuando nacen y se ponen, sino aquel que de las ocho revoluciones ha observado principalmente la de los siete planetas, cada uno de los cuales describe su orbita de una manera, que no es dado a todos los hombres conocer, a no estar dotado de un natural excelente, como hemos dicho, y como lo diremos al explicar por qué camino y cómo es preciso aprenderlo. Digamos por de pronto, que la luna acaba muy rápidamente su revolución, que ella nos da el mes y que lo divide en dos cuando está llena. Además, es preciso considerar al sol, que con la totalidad de su revolución nos produce el cambio de las estaciones, y los dos planetas que marchan con igual velocidad que él. Y para no repetir muchas veces las mismas cosas, es preciso observar el camino que llevan los demás planetas de que hemos hablado, lo cual no es fácil. Para adquirir las cualidades que nos harán posible estas observaciones, es preciso aprender de antemano muchas cosas, y acostumbrase al trabajo en la infancia y en la juventud. Por lo tanto, no puede prescindirse de aprender las matemáticas, cuya primera y principal parte es la ciencia de los números, no de los concretos, sino de los abstractos, de la generación del par y del impar y de la influencia que tienen sobre la naturaleza de las cosas. Después de esta ciencia, se presentará otra, que ridículamente se llama geometría, y que es propiamente la ciencia de hacer conmensurables, refiriéndolos a superficies, números que sin esto no tendrían medida común, lo cual parecerá una maravilla, no humana, sino verdaderamente divina a todo el que pueda concebirla. En seguida viene la ciencia que, por un método completamente semejante y multiplicando los tres números unos por otros, se eleva al sólido o desciende del sólido al número lineal. Los que la poseen le han dado el nombre de estereometría [la medición de los sólidos]. Pero lo que hay de divino y de admirable para los que saben comprenderlo, es que la ley que hace desenvolverse, según la razón dos, la progresión ascendente o descendente de los números, es también la que sigue la naturaleza en la producción de los géneros y de las especies en cada clase de series.

Ahora podemos ver claramente como es que la práctica de la “piedad” de los pitagóricos es algo necesario para el estudio de la “geometría” (la cual algunos académicos aseguran erróneamente que se originó únicamente de la medición de planos de la Tierra), la estereometría, etc. Ya aquí, existe el concepto de una unidad subyaciendo esos estudios, cuya consecución promete perfeccionar la sabiduría del hombre e incrementar su bienestar. Como si emitiera un desafió a aquellos que le sucederían y continuarían ese método de investigación, nuestro ateniense continua su discurso con el siguiente llamado:

En cuanto a la manera de estudiarlas, hela aquí, puesto que no puedo menos de decir algo en este punto. Es preciso que toda clase de figuras, combinaciones de números, conjunto musical o astronómico, se manifiesten en unidad al que haya de aprender según el verdadero método, unidad que le aparecerá, si, como dijimos, no la pierde de vista en sus estudios. Porque la reflexión le descubrirá que un solo bien une naturalmente todas las cosas; pero si sigue otro camino, no le queda otro recurso que invocar la fortuna;…


La Armonía del Mundo

El hombre que acudió al llamado del ateniense casi dos milenios después, fue Johannes Kepler (1571-1630). Desde el inicio de sus estudios teológicos en Tübingen cuando joven, Kepler se comprometió a investigar la verdadera naturaleza del sistema del mundo, rechazando la difundida creencia en el modelo Ptolemaico e incluso defendiendo el modelo Copernicano en polémicos debates con sus compañeros. Sin embargo, su motivación mas profunda fue el deseo de entender la razón de por qué el universo se ordena de una forma particular mas bien que de otra, opuesto a adoptar cualquier modelo particular que pudiese representar exactamente los fenómenos aparentes de ese orden. Así mientras mantenía su primer trabajo como profesor de matemáticas en el pueblito de Graz, Kepler comenzó a trabajar en la respuesta de varias preguntas importantes en su mente. “¿Por qué hay seis planetas? ¿Por qué sus distancias al Sol son exactamente esas que son?, ¿Por qué se mueven más lentamente mientras más alejados están del Sol?”5 El resultado de estas primeras investigaciones, “mi librito”, como lo llamaría después, fue el Mysterium Cosmoraphicum (El secreto del Universo), publicado en 1596. En los agradecimientos al lector. Kepler anuncia de la siguiente manera el contenido de sus investigaciones:

La naturaleza del Universo, el motivo y plan de Dios para crearlo, la fuente de Dios para los números, la ley para tan enormes masas, la razón por la que son seis órbitas, los espacios que hay entre las esferas, la causa de la gran brecha que separa a Marte de Júpiter aunque no son de las primeras esferas -aquí Pitágoras nos revela todo esto mediante cinco figuras geométricas. Claramente mediante este ejemplo descubrió que podemos renacer después de dos mil años de error, hasta la aparición de Copérnico, en virtud de este nombre, un mejor explorador del universo. Pero no retrasemos más los frutos que encontraremos detrás de la cáscara.
Ese fue, desde el principio, la pasión de su vida en búsqueda de la verdad. La completa honestidad con la que Kepler persiguió este fin, se demuestra por su disposición a abandonar sus propias hipótesis erróneas y buscar otras nuevas mas desarrolladas. Esta cualidad se refleja especialmente por sus anotaciones en el Mysterium Cosmographicum, que añadió años más tarde, después que se publicó la joya más preciada de sus trabajos, Harmonice Mundi (La Armonía del Mundo) en 1619.6 Sin embargo, no obstante de su proceso constantemente en desarrollo, la epistemología de Kepler permaneció firmemente enraizada en el entendimiento de que el universo está compuesto como una unidad y capaz de ser comprendido por la mente humana. Las investigaciones de Kepler no sólo fueron conscientemente construidas sobre las bases que habían construido los pitagóricos, sino que él mismo expuso sobre esta relación de la mente del hombre con el Universo, y con el Creador.

¿Ese excelente Creador, quien no ha introducido nada en la naturaleza que no fuese cabalmente previsible no sólo en su necesidad, sino en su belleza y poder para deleitar, habría dejado sólo a la mente del hombre, Señor de toda la naturaleza que fue creado a imagen del Creador, sin deleite alguno?.

Mas bien, no nos preguntamos que esperamos de provecho del trino de un pajarito, debido a que sabemos que se deleita en el canto y que el pájaro fue creado sólo para cantar, así no es necesario preguntar por qué la mente humana se afana tanto en la búsqueda de estos secretos de los Cielos. Porque la razón por la que la mente fue unida a los sentidos por nuestro Hacedor, no es sólo que el hombre se mantenga a sí mismo, lo cual muchas especies de cosas vivos pueden hacerlo mucho más hábilmente con la ayuda de una mente aún irracional, sino también que de aquellas cosas que percibimos con nuestros ojos que existen, nos forzarían a buscar las causas de su ser y su devenir, aunque no obtuviésemos nada útil de ellos. Y al igual que otros animales, y el cuerpo humano, se alimenta con comida y bebidas, así el espíritu del hombre, que es algo distintivo del hombre, se nutre, se incrementa y en cierto sentido crece con la dieta del conocimiento, y se asemeja mas a la muerte que a la vida si no apetece tales cosas. Por lo tanto como por la providencia de los nutrientes naturales de los cuales nunca hay carencia para las cosas vivas, así podemos decir con justicia que la razón por la cual hay tal gran variedad de cosas y tesoros tan bien escondidos en la fábrica de los cielos, es que son nutrientes frescos de los cuales nunca deberá carecer la mente humana, y ésta nunca deberá desdeñarlos como anticuados, ni ser inactiva, sino tendría en este universo un taller inextinguible en el cual ocuparse a so misma.7
Demostrando la verdad de sus propias meditaciones, Kepler se ocupó diligentemente en ese taller del Creador, martillando las hojas moldeables de sus propias hipótesis, calentadas en la fragua de una ardorosa pasión por la Verdad y moldeadas por la potente fuerza de su penetrante intelecto. En Harmonice Mundi, Kepler utiliza las múltiples cualidades de este taller para investigar los principios subyacen a los movimientos de los cuerpos celestes. Al observar las relaciones que surgen en la visión de la división del círculo, la formación de sólidos regulares en el espacio físico y yuxtaponerlos con las proporciones que surgen de las divisiones perceptiblemente audibles de las divisiones de las cuerdas -- armonías-musicales-- Kepler pudo demostrar la coherencia de las órbitas planetarias de esta forma, en su relación mutua y con el Sol.8

No es mera coincidencia fortuita ni un resultado extraño de probabilidad histórica, que precisamente por este método, y no otro, Kepler fue el único que descorrió el velo del misterio de las órbitas planetarias, descubriendo el principio de gravitación universal y hacer comunicable este descubrimiento a la humanidad. Concedido, se paró sobre los hombros de muchos pensadores que lo precedieron, pero más importante, de nuevo, lo crucial del tema descansa en la cuestión de la epistemología; el método de pensamiento, y los conceptos fundamentales de la coherencia de Dios, la creación y la mente del hombre. Este es el extenso arco que entrará en juego en la cuestión del dilema para determinar la órbita de Ceres.


Comencemos el juego

Sin embargo, como es el caso con toda investigación científica fructífera, las contribuciones monumentales de Kepler no sólo sirvieron para abrir la puerta a un dominio de investigación totalmente nuevo, sino que dejaron muchas preguntas sin responder, respecto al orden del Universo. Entre las armonías del mundo que Kepler demostró que existen como causa gobernante para las distancias y los periodos de las órbitas planetarias, surge una anomalía que Kepler mismo es incapaz de reconciliar con su hipótesis. La anomalía aparece en el caso de las proporciones entre las órbitas de Marte y Júpiter. Contrario a las proporciones armónicas encontradas entre las relaciones de los movimientos de los otros planetas, nada completamente satisfactorio se puede encontrar para las de Marte y Júpiter. La distancia entre ellos, se podría explicar usando las esferas inscrita y circunscrita del tetraedro, uno de los cinco sólidos platónicos regulares. Sin embargo, como Kepler encontró en sus investigaciones en las múltiples proporciones armónicas en Harmonices Mundi, la razón para la estructura particular del Sistema Solar, no yace sólo en las proporciones de los sólidos platónicos, como originalmente pensó, sino en las proporciones de la armonía musical, expresadas por lo que Kepler llama los movimientos convergentes y divergentes de los cuerpos celestes. Sin embargo, en los movimientos convergente y divergente de Marte y Júpiter9,sin embargo, no se encuentra ninguna armonía musical “placentera”, y esto deja a Kepler, y a los que le siguieron, continuar maravillándose10

Una de las posibilidades que Kepler considera, y experimentó con ella, aún en Mysterium Cosmographicum, es la existencia de otro planeta aún desconocido, oculto en alguna parte en el vasto espacio entre Marte y Júpiter. Aunque en la época de Kepler, no se conocían exactamente las distancias reales de los planetas, si lo eran sus distancias relativas, y esta brecha inmensa es conocible por la comparación de sus periodos relativos. En esa brecha yace, por así decirlo, el “gigante dormido” que no despertaría hasta muchos, muchos años después de la muerte de Kepler, y que sacudido de su sueño causaría grandes problemas a todos los geómetras, matemáticos y astrónomos de Europa.
El planeta perdido

En el período que siguió al avance de Kepler en el método científico físico, continuó otro largo silencio para la humanidad —no de dos mil años, ciertamente— pero con la muerte de Kepler sobrevino una tremenda batalla sobre la preservación del trabajo de toda su vida11. Aparte de los estudios de Godofredo Guillermo Leibniz y sus colaboraciones, el fomento del método científico físico, como lo desarrolló y aplicó Kepler, cayó en el desuso.

Llegamos ahora al núcleo de nuestro relato, comenzando a mediados del siglo dieciocho. En medio de una tremenda batalla sobre las ideas de Kepler y Leibniz, uno de sus principales defensores, Abraham Gotthelf Kästner (1718-1800) tomó la estafeta sobre el tema de la investigación científica y la astronomía. En 1747 escribió un trabajo que tituló Lob der Sternkunst (Elogio de la Astronomía) en el que enumera la utilidad de la astronomía para la sociedad humana, pero después avanza a una discusión más profunda, revelándose como heredero de un arco de pensamiento de los pitagóricos y Kepler:

Pudiera parecer superfluo hablar de la naturaleza encantadora de la astronomía, ahora que se ha demostrado su utilidad. Sin embargo, aquellos que hemos sentido el encanto dado por el conocimiento de la verdad, no me perdonarían si callara esta [emoción]en la astronomía. ¿Estamos satisfechos con un discernimiento seguro en tales leyes que parecen imposibles para el ignorante? ¿Nos deleitamos al comprender, cómo desde una comprensión muy limitada, se han logrado deducir las verdades más ocultas? ¿Desea uno conocer cuáles son los alcances del poder de la razón humana? Entonces, uno debe estudiar astronomía. [La astronomía] establece las órbitas de las estrellas a la luz del día, proclama los eclipses de las lunas; ordena a cada planeta moverse más rápido o más lento, comanda por cuantos segundos el ejército entero de las estrellas fijas debe moverse en orden uniforme cada año… Realmente, no comanda, más bien investiga con reverente curiosidad los edictos que el Creador prescribió para todo el universo.12




El cometa de 1769 observado por el astrónomo francés

Charles Messier (1730-1817) Representado aquí en el cielo de Ámsterdam.
Pese al estancamiento real en el avance del método científico, el mundo de la astronomía observacional tenía una actividad bulliciosa. Se realizan nuevos desarrollos en instrumentos, se construyen nuevos observatorios a lo largo de Europa, se observan regularmente nuevos cometas y proliferan los nuevos fenómenos de “historias de terror cométicas”13. Se elaboran mapas estelares en los que aparecen docenas de nuevas estrellas, se aclara la previa oscuridad que rodeaba a varios fenómenos astronómicos como las nebulosas y los cúmulos estelares y se descubren nuevos planetas como Urano. Sin embargo, el gigante dormido de Kepler, la incógnita del salto entre Marte y Júpiter, yace en la periferia de esos avances. Se hacen algunas referencias, por aquí y por allá, sobre el planeta perdido, pero en su mayor parte, el modo de investigación de Kepler, que primero había producido la pregunta, es despreciado por los empiristas “modernos”. Ilustrativo del caso son los comentarios hechos por uno de los mas renombrados astrónomos del momento, apodado en su tiempo como “el Newton de Francia”, Pierre Simón de La Place (1749-1827), respecto al método y trabajo de Kepler. En su Exposition du systéme du monde (1796) opina:

En la época [de Kepler], el mundo apenas había comenzado a vislumbrar el método apropiado para avanzar en búsqueda de la Verdad, en el cual el genio sólo llegaba como por instinto, conectando frecuentemente errores con sus descubrimientos. En lugar de pasar lentamente por una sucesión de inducciones, de los fenómenos aislados a otros mas extensos y de éstos a leyes generales de la naturaleza: era mucho más fácil y confortable sujetar a todos los fenómenos a las relaciones de conveniencia y armonía, que la imaginación podía crear y modificar a placer.14


Esta pequeña ojeada a los pensamientos de LaPlace es suficiente como para mostrarnos las carencias del método científico empírico, dominante en ese entonces.

Lo fatuo de las observaciones de LaPlace de ninguna manera son la única desgracia que plaga las corrientes del pensamiento científico de entonces: una noción, lanzada en aparente respuesta a la anomalía inexplicada de Kepler, surge en la forma de lo que se refiere como “la ley de progresión armónica de Titus-Bode”. La historia comienza con un cierto Barón Von Wolf, un supuesto protegido de Leibniz15 que había publicado un trabajo sobre física en alemán en 1741. En él, incluye un esquema para describir las distancias de un planeta a otro dividiendo la distancia de sol a la tierra en diez partes, y asignándole a los otros planetas valores numéricos acordes. Aunque no cita el origen de este mecanismo, nuestras investigaciones han descubierto que este esquema lo recogió casi palabra por palabra de un pasaje de Los elementos de la astronomía publicado en 1715 por David Gregory, un seguidor de Newton.16

Desafortunadamente, ese esquema fue recogido y desarrollado como una artimaña empirista para explicar las distancias planetarias por Johanes Daniel Titus, un profesor alemán de matemáticas y física en Wüttemberg. El es citado por el Barón Franz Von Zachs, astrónomo y editor de la principal revista astronómica y científica de la época, Monatliche Correspondez Zur Beförderung des Erd-Und Himmelskunde (Correspondencia mensual para el avance de la geografía y la astronomía) como el creador de la anteriormente mencionada dizque “progresión armónica” en las orbitas planetarias17. Johan Elert Bode, un astrónomo y matemático director del observatorio de Berlín y principal publicista de otra revista importante sobre ciencia y astronomía de la época, Berliner Astronomisches Jarhbuch (Almanaque astronómico berlinés) adoptó este esquema de Titus y lo comentó en su tratado astronómico Einleintung zur Kenntniss des gestirnen Himmels (Introducción al conocimiento de los cielos de lentejuelas), publicado en 1772. En la columna del Barón Von Zachs, elaboró el linaje de la idea de la “progresión armónica” y cita el articulo de Bode de 1772 para representar completamente la “teoría”:


Portada de la revista astronómica de Zach, iniciada en 1799

... el intervalo entre saturno y el sol se parte en cien partes iguales, dando:




  1. Mercurio --------- 4 de tales partes de la distancia al Sol

  2. Venus ------------ 4 + 3 = 7

  3. Tierra ------------ 4 + 2  3 = 10

  4. Marte ------------ 4 + 2  2  3 = 16

  5. Hera o Juno----- 4 + 2  2 2  3 = 28

  6. Júpiter ------------ 4 + 2  2 2  2 2 3 = 100

  7. Urano ------------ 4 + 2  2 2  2 2 2 3 = 196

etc. . . etc. . . etc. . .
O expresado de manera general, la distancia del n planeta al sol se calculó con 4+ (2n-2 3). O como lo había hecho el prof. Wurm, la distancia media del primer planeta se expresa por a, la diferencia entre las distancias del primero y el segundo con b, la distancia media de la Tierra al Sol =1: así cada distancia media del planeta n al Sol = a+(2 n-2b).

Debido a que el nuevo planeta, Urano, descubierto en 1780 por William Herschel (aunque quien lo vio primero mucho antes, en 1690, fue John Flamsteed) se conformó en una ranura en esta serie numérica, mucha gente, incluyendo a Bode, se convencieron de su verdad, en tanto otros la rechazaron como una patraña quimérica y anticientífica. Por ejemplo, la persona citada por Bode, Johan Friedrich Wurm (1760-1833), un profesor de Wütemberg, no estuvo muy contento con que se le citara en apoyo de ese esquema. Había escrito varios artículos sobre el tema, pero con la intención de desaprobar el esquema. En sus palabras, tomadas de un artículo que publicó en la revista Monatliche Correspondenz a finales de 1802, “uno ve que es algo muy fácil de hacer, encontrar leyes similares de progresión por docenas si uno es simplemente muy generoso, y se satisface con aproximaciones burdas. Sin embrago, no sería el caso ­—que cualquier número de esta supuesta progresión concordaría con las observaciones también o tan pobremente como cualquier otra— actual más claramente la arbitrariedad de los supuestos que estas leyes y progresiones aun parezcan realidad del todo”18 Sin embargo, el principal daño hecho por ese esquema fue sustituir la hipótesis válida de Kepler que creó la posibilidad de otro planeta entre Marte y Júpiter, basada sobre una investigación científica verdadera del orden del Universo, con un ‘truco’ numérico.19

El Barón Von Zachs, quien se convertiría en un actor importante en nuestro drama, responde a la locura de Tito-Bode en su colaboración de Junio de 1801 a la revista Monatliche Correspondenz de la siguiente manera:

Esta ley no se basa en alguna teoría que conozcamos, por lo menos hasta la fecha no se ha podido demostrar matemáticamente y sólo ha sido deducida empíricamente por analogía. En ningún otra ciencia el espíritu humano --mediante el más pura lógica matemática y a través de la agudeza de las meditaciones geométricas—ha llevado las verdades más seguras y más puras que en la astronomía. Si uno considera la magnitud y la sublimidad del objeto del cual se ocupa esta ciencia y vemos la pequeñez del hombre y de su hogar, si uno considera la inconmensurable variedad y conexión entre los fenómenos celestes de los cuales deduciremos una sola y muy simple ley de la naturaleza que se extienda a través de todo el dominio de la creación, la ley de la gravitación universal; si uno considera que métodos matemáticos y técnicas analíticas profundas deberemos encontrar para diseñar el cálculo de todos estos múltiples fenómenos combinados, y lograr una cierta concordancia perpetua de los cálculos con los eventos reales del cielo --debería el lego creer, como los profesan ciertamente los iniciados, que en ninguna otra ciencia se han hecho tantos descubrimientos a priori, y que ninguna otra ciencia se fundamenta a sí misma sobre pruebas inalterables, que la sublime astronomía.”


El Barón Von Zachs continua con su recuento histórico de la idea de un planeta existente en el espacio dejado entre Marte y Júpiter, apuntando al hecho que el concepto fue específicamente una idea alemana y que en ningún otro lenguaje de cualquier otra cultura se había mencionado ni siquiera como sospecha. Atribuye la razón de eso al “¡espíritu de un Kepler!”.
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