El magnífico



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El magnífico
El Acicalado regala a micer Francesco Vergellesi un palafrén suyo, y por ello habla a su mujer con su permiso; y como ella calla, él se contesta como si fuera ella, y a su respuesta le sigue el efecto consiguiente.

Había Pánfilo terminado la historia del hermano Puccio, no sin risas de las señoras, cuando señorialmente la reina mandó a Elisa que continuase; la cual, un sí es no es desdeñosa no por malicia sino por hábito antiguo, así empezó a hablar:

-Muchos que mucho saben, se creen que otros no saben nada, y ellos, muchas veces, mientras creen engañar a otros, después conocen que han sido los engañados; por la cual cosa reputo gran locura la de quien se pone sin necesidad de probar las fuerzas del ingenio ajeno. Pero porque tal vez todos no serían de mi opinión, lo que sucedió a un caballero pistoyés, siguiendo el orden de los razonamientos, me place contaros:

Hubo en Pistoya en la familia de los Vergellesi un caballero llamado micer Francesco, hombre muy rico y sabio y precavido además, pero avarísimo sin mesura; el cual, debiendo ir a Milán como podestá1, de todas las cosas oportunas para ir honradamente se había provisto, salvo de un palafrén2 que fuese adecuadamente bueno para su rango; y no encontrando ninguno que le agradase, estaba preocupado por ello. Había entonces un joven en Pistoya cuyo nombre era Ricciardo, de bajo nacimiento pero muy rico, que tan adornado y pulido iba en su persona, que era generalmente llamado el Acicalado; y durante mucho tiempo había amado y cortejado en vano a la mujer de micer Francesco, la cual era hermosísima y muy honesta.

Pues éste tenía uno de los más bellos palafrenes de Toscana, y lo tenía en mucho aprecio por su belleza; y siendo público a todo el mundo que cortejaba a la mujer de micer Francesco, hubo quien le dijo que si él se lo pidiese lo obtendría por el amor que el tal Acicalado tenía a su mujer. Micer Francesco, llevado por la avaricia, haciendo llamar al Acicalado le pidió que le vendiese su palafrén, para que el Acicalado se lo ofreciese como presente. El Acicalado, al oír aquello, se puso contento, y respondió al caballero:

-Micer, si me dieseis todo lo que tenéis en el mundo no podríais comprarme mi palafrén; pero como don podríais tenerlo cuando gustaseis con esta condición: que yo, antes de que lo toméis, pueda, con vuestra venia y en vuestra presencia, decir algunas palabras a vuestra mujer tan apartado de toda persona que no sea oído más que por ella.



El caballero, llevado por la avaricia y esperando poder burlarle, repuso que le placía, y que cuanto él quisiese; y dejándolo en la sala de su palacio, se fue a la cámara de la señora, y cuando le hubo dicho qué fácilmente podía ganar el palafrén, le ordenó que viniera a oír al Acicalado, pero que se guardase de contestarle poco ni mucho a nada que él le dijera. La señora reprobó mucho aquello, pero como le convenía dar gusto al marido, dijo que lo haría, y detrás del marido se fue a la sala a oír lo que el Acicalado quisiera decirle. El cual habiendo confirmado su pacto con el caballero, en una parte de la sala bastante alejada de cualquier persona se sentó junto a la señora y comenzó a hablar así:
-Honrada señora, me parece ser cierto que sois tan sabía, que muy bien, hace mucho tiempo, habréis podido comprender a cuán grande amor me ha llevado a teneros vuestra hermosura, que sin falta sobrepasa cualquiera otra que me haya parecido ver. Dejo a un lado las costumbres loables y las singulares virtudes que en vos hay, las cuales tendrían fuerza para apresar cualquier alto ánimo de cualquier hombre; y por ello no es necesario que os muestre con palabras que aquél ha sido el mayor y más ferviente que jamás hombre alguno sintió hacia alguna mujer, y así será sin falta mientras mi mísera vida sostenga estos miembros, y más aún, que, si allí como aquí se ama, perpetuamente os amaré. Y por ello podéis estar segura de que nada tenéis, sea precioso o de poco valor, que más vuestro podáis tener y en todo momento disponer de ello como de mí, por lo que yo valga, y semejantemente de mis cosas. Y para que tengáis certísima prueba de esto, os digo que reputaré como la mayor gracia que cualquiera cosa que yo pudiera hacer y que os pluguiese me mandaseis, que nada habrá que, mandándolo yo, todos prestísimamente no me obedecieran. Por lo cual, si soy tan vuestro como oís que lo soy, no osaré inmerecidamente elevar mis ruegos a vuestra alteza, de la cual tan sólo toda mi paz, todo mi bien y mi salud puede venirme, y no de otra parte: y así como humildísimo servidor os ruego, caro bien mío y única esperanza de mi alma, que esperando que el amoroso fuego en vos se alimente, que vuestra benignidad sea tanta, y así ablande vuestra pasada dureza mostrada hacia mí (que vuestro soy) que yo, reconfortado con vuestra piedad, pueda decir que como de vuestra hermosura me he enamorado, por ella he de tener la vida; la cual, si a mis ruegos el altanero ánimo vuestro no se inclina, sin falta desfallecerá, y me moriré, y podréis ser llamada homicida mía. Y dejemos que mi muerte no os hiciese honor, no dejo de creer que, remordiéndoos alguna vez la conciencia no os dolería haberlo hecho, y tal vez, mejor dispuesta, con vos misma diríais: «¡Ah!, ¡qué mal hice al no tener misericordia de mi Acicalado!». Y no sirviendo de nada este arrepentiros os sería ocasión de mayor sufrimiento; por lo que, para que no suceda, ahora que socorrerme podéis, tenedme lástima, y antes de que muera moveos a tener misericordia de mí, porque en vos sola está el hacerme el más feliz y el más doliente hombre que vive. Espero que sea tanta vuestra cortesía que no sufráis que por tanto y tal amor reciba la muerte por galardón, sino con alegre respuesta y llena de gracia reconfortéis mis espíritus que todos espantados tiemblan ante vuestra presencia.

Y callándose aquí, algunas lágrimas, después de profundísimos suspiros, vertidas, se puso a esperar lo que la noble señora le respondiera. La señora, a la cual el largo cortejar, el justar, las serenatas y las demás cosas semejantes a éstas hechas por amor suyo por el Acicalado no habían podido conmover, conmovieron las afectuosas palabras dichas por el ferventísimo amante, y comenzó a sentir lo que antes nunca había sentido, esto es, qué era amor. Y aunque, por obedecer la orden dada por el marido, callase, no pudo por ello dejar de esconder con algún suspirillo lo que de buena gana, respondiendo al Acicalado, hubiera puesto de manifiesto.

El Acicalado, habiendo esperado un tanto y viendo que ninguna respuesta le seguía, se maravilló, y enseguida empezó a darse cuenta del arte usada por el caballero; pero sin embargo, mirándola a la cara y viendo algún fulgurar de sus ojos hacia él algunas veces vueltos, y además de ello sintiendo los suspiros que con toda la fuerza de su pecho dejaba salir, cobró alguna esperanza y, ayudado por ella, tuvo una rara idea; y comenzó como si fuera la señora, oyéndolo ella, a responderse a sí mismo de tal guisa:
-Acicalado mío, sin duda ha gran tiempo que me he apercibido de que tu amor hacia mí es grandísimo y perfecto, y ahora por tus palabras mayormente lo conozco, y estoy contenta, como debo. Empero, si dura y cruel te he parecido, no quiero que creas que en mi ánimo he sido como he mostrado en el gesto; pues siempre te he amado y querido más que a cualquier hombre, pero me ha convenido hacerlo así por miedo de los demás y por preservar mi fama de honestidad. Pero ahora viene el tiempo en que podré claramente mostrarte si te amo y concederte el galardón del amor que me has tenido y me tienes; y por ello consuélate y ten esperanza porque micer Francesco está por irse dentro de pocos días a Milán como podestá, como sabes tú, que por amor mío le has donado tu hermoso palafrén; y cuando se haya ido, sin falta te doy palabra, por el buen amor que te tengo, de que no pasarán muchos días sin que te reúnas conmigo y a nuestro amor demos placentero y entero cumplimiento. Y para que no te tenga otra vez que hablar de esta materia, desde ahora te digo que el día en que veas dos paños de manos tendidos en la ventana de mi alcoba, que da sobre nuestro jardín, aquella noche, cuidando bien de no ser visto, ven a mí por la puerta del jardín: me encontrarás allí esperándote y juntos tendremos toda la noche fiesta y placer el uno con el otro tanto como deseemos.

Apenas había el Acicalado hablado así como si fuera él la señora, cuando empezó a hablar por sí mismo, y respondió así:

-Carísima señora, está por la superabundante alegría de vuestra favorable respuesta tan colmada toda mi virtud que apenas puedo formular la respuesta para rendiros las debidas gracias, pero si pudiese hablar como deseo, ningún término es tan largo que me bastase a poder agradeceros plenamente como querría y como me convendría hacer; y por ello a vuestra discreta consideración atañe conocer lo que yo, aunque lo desee, no puedo explicar con palabras. Sólo os digo que lo que me habéis ordenado pensaré en hacer sin falta, y tal vez entonces, más tranquilizado con tan gran don como me habéis concedido, me imaginaré cuanto pueda en daros las gracias mayores que pueda. Y pues aquí no queda, al presente, nada que decir, carísima señora mía, Dios os dé aquella alegría y bien que deseéis mayor, y a Dios os encomiendo.

A todo esto no dijo la señora una sola palabra; con lo que el Acicalado se puso en pie y empezó a andar hacia el caballero, el cual, viéndolo en pie, le salió al encuentro, y riendo le dijo:

-¿Qué te parece? ¿He cumplido bien mi promesa?

-Micer, no -repuso el Acicalado-, que me prometisteis dejarme hablar con vuestra mujer y me habéis dejado hablar con una estatua de mármol.

Estas palabras agradaron mucho al caballero, el cual, aunque ya tenía buena opinión de su mujer, todavía la tuvo mejor por ellas; y dijo:

-Ahora es bien mío el palafrén que fue tuyo.

A lo que el Acicalado respondió:
-Micer, sí, pero si yo hubiera creído sacar de esta gracia recibida de vos tal fruto como he sacado, sin pedírosla os lo habría dado; y quisiera Dios que lo hubiera hecho, porque vos habéis comprado el palafrén y yo no lo he vendido.

El caballero se rió de esto, y ya provisto de palafrén, de allí a pocos días se puso en camino y hacia Milán se fue como podestá. La mujer, quedándose libre en su casa, dándole vueltas a las palabras del Acicalado y al amor que le tenía y al palafrén que por su amor había regalado, y viéndolo desde su casa pasar con mucha frecuencia, se dijo:

«¿Qué es lo que hago?, ¿por qué pierdo mi juventud? Éste se ha ido a Milán y no volverá hasta dentro de seis meses; ¿y cuándo me los devolverá?, ¿cuando sea vieja? Y además de esto, ¿cuándo volveré a encontrar un amante como el Acicalado? Estoy sola, de nadie tengo que temer; no sé por qué no cojo el goce mientras puedo; no siempre tendré la ocasión como la tengo ahora: esto no lo sabrá nunca nadie, y si tuviera que saberse, mejor es hacer algo y arrepentirse que no hacerlo y arrepentirse.»

Y así aconsejándose a sí misma, un día puso dos paños de manos en la ventana del jardín, como le había dicho el Acicalado; los cuales siendo vistos por el Acicalado, contentísimo, al venir la noche, secretamente y solo se fue a la puerta del jardín de la señora y lo encontró abierto; y de aquí se fue a otra puerta que daba a la entrada de la casa, donde encontró a la noble señora que lo esperaba. La cual, viéndole venir, levantándose a su encuentro, con grandísima fiesta lo recibió, y él, abrazándola y besándola cien mil veces, por la escalera arriba la siguió; y sin ninguna tardanza acostándose, los últimos términos del amor conocieron. Y no fue esta vez la última, aunque fuese la primera: porque mientras el caballero estuvo en Milán, y también después de su vuelta, volvió allí, con grandísimo placer de cada una de las partes, el Acicalado muchas otras veces.



Fuente: Ciudad Seva






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