El «miedo» cristiano



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El «miedo» cristiano

Hoy en día, vale la pena no perder de vista nuestra real condición cristiana. Condición de cristiano que, para no tener que desfigurarla, no debemos olvidar que está efectivamente encarnada en íntima vinculación con nuestra indudable condición humana. En efecto, todo cristiano es, ante todo, un hombre. Un hombre lleno de debilidades, miedos, inseguridades, cobardías, rebeldías y flaquezas. Sin embargo, esto no lo es todo. Pues de igual manera comparte y participa de aquella condición divina que el mismo Señor Jesucristo asumió a través de su real Encarnación. Dicho brevemente, toda nuestra condición humana tan frágil y tan débil, ha sido igualmente vivida por Jesús en carne propia.

¿A quiénes escogió el Señor como Apóstolos y compañeros? A hombres. A hombres sencillos y tan humanos –como cualquiera de nosotros–, que incluso se pelean y discuten entre ellos para ver quién es el más importante; hombres vencidos por su cansancio e incapaces de orar siquiera una hora; hombres que, en caso de permanecer despiertos, es sólo para llevar a cabo la traición de Jesús (la malicia nunca duerme); hombres llenos de temor que, ante la presencia inminente de la violencia y el poderío de las tinieblas, salen corriendo y huyen despavoridos; hombres que incluso lo niegan y desconocen ante los demás; hombres que dudan y se inquietan, flaquean y se doblegan; hombres que de igual manera llegan a ostentar su poder y proponen destruir a toda una multitud de hombres semejantes a ellos; hombres en fin, que, al igual que nosotros, saben bien lo que es el miedo y la debilidad. Aquellos, pues, que el Señor escogió como compañeros suyos, son hombres, hombres de carne y hueso que, a pesar del miedo, el cansancio, la flaqueza y la fragilidad, saben de igual manera que son cristianos. Son hombres cuya divina compañía sostiene y mantiene su propia fragilidad en una fortaleza infinitamente mayor de la que ellos mismos podrían alcanzar. Los Apóstoles del Señor comparten tanto el llanto amargo de san Pedro y su posterior confirmación, como el privilegio de predilección de san Juan.

Sí, somos hombres… Pero por encima de todo, incluso de nosotros mismos, somos inmerecidamente cristianos. Ojalá que las siguientes palabras del gran santo Tomás Moro se infiltren en nuestro corazón llenándolo de una renovada luminosidad cristiana.1 Ad maiorem gloriam Dei!

«Aunque había hablado de tantas cosas santas durante la cena con sus Apóstoles, sin embargo, y a punto de marchar [al monte de los Olivos], quiso acabarla con una acción de gracias. ¡Ah!, qué poco nos parecemos a Cristo aunque llevemos su nombre y nos llamemos cristianos. Nuestra conversación en las comidas no sólo es tonta y superficial (incluso por esta negligencia advirtió Cristo que deberemos rendir cuentas), sino que a menudo es también perniciosa, y una vez llenos de comida y bebida dejamos la mesa sin acordarnos de Dios y sin darle gracias por los bienes que nos ha otorgado […] Por lo que se refiere a los cristianos, aunque solíamos decir diferentes himnos de bendición y acción de gracias según las épocas del año, cada uno apropiado a su época, ahora hemos permitido que casi todos estén en desuso. Nos quedamos tan contentos diciendo dos o tres palabrejas, cualesquiera que sean, e incluso ésas las susurramos descuidadamente y bostezando con indolencia».

«Salieron, pues, hacia el monte de los Olivos, y no a la cama […] Cristo ni siquiera se reclinó sobre el lecho. Ojalá pudiéramos nosotros, por lo menos, aplicarnos con verdad este texto: “Me acordé de Ti cuando descansaba sobre mi cama” (Sal 118, 62). Y no era el tiempo veraniego cuando Cristo, después de cenar, se dirigió hacia el monte […] Y aquella noche debió de ser fría, como lo muestra la circunstancia de que los servidores se calentaban junto a las brasas en el patio del sumo pontífice».

«Subió a una montaña para rezar, significando así que, al disponernos a hacer oración, hemos de elevar nuestras mentes del tumulto de las cosas temporales hacia la contemplación de las cosas divinas. El mismo monte de los Olivos tampoco carece de misterio, plantado como estaba de olivos. La rama de olivo era generalmente empleada como símbolo de paz, aquella que Cristo vino a establecer de nuevo entre Dios y el hombre después de tan larga separación. El aceite que se extrae del olivo representa la unción del Espíritu: Cristo vino y volvió a su Padre con el propósito de enviar el Espíritu Santo sobre los discípulos, de tal modo que su unción pudiera enseñarles todo aquello que no hubieran podido sobrellevar si se los hubiera dicho antes».

«“Marchó a la otra parte del torrente Cedrón, a un huerto llamado Getsemaní” (Mc 14, 32; Jn 18, 1). Corre el Cedrón entre la ciudad de Jerusalén y el monte de los Olivos, y el vocablo “Cedrón” significa en lengua hebrea “tristeza”, mientras que “Getsemaní” quiere decir “valle muy fértil” y también “valle de olivos” […] Dado que ni una sílaba puede considerarse vana o superflua en un escrito inspirado por el Espíritu Santo mientras los Apóstoles escribían, y dado el hecho de que ni siquiera un pájaro cae a tierra fuera del orden querido por Dios, me es imposible pensar que los evangelistas mencionaran estos nombres de manera fortuita, o bien que los judíos los asignaran a lugares (cualquiera que fuese su intención de hacerlo) sin un plan escondido del Espíritu Santo, que guardó en tales nombres un depósito de misterios para que fueran desenterrados más adelante».

«“Cedrón” significa tanto “tristeza” como “negrura u oscuridad”, y “Getsemaní” “valle fértil” […] Así, todos estos nombres evocan a la memoria (a no ser que nos lo impida ver nuestra somnolencia) la realidad de que mientras estamos distantes del Señor, como dice el Apóstol (2 Cor 5, 6), y antes de llegar al monte fructífero de los Olivos y a la agradable finca de Getsemaní –cuyo aspecto no es triste ni áspero, sino fértil en toda clase de alegrías–, debemos cruzar el valle y la corriente del Cedrón. Un valle de lágrimas y un torrente de tristeza, en cuyas aguas puedan limpiarse la suciedad y negrura de nuestros pecados. Mas, si cansados y abrumados con dolor y llanto intentamos perversamente cambiar este mundo, este lugar de trabajo y de sacrificio, en puerto de frívolo descanso; si buscamos el paraíso en la tierra, entonces nos apartamos y huimos para siempre de la verdadera felicidad, y buscaremos la penitencia cuando ya es demasiado tarde, y nos veremos además envueltos en tribulaciones intolerables e interminables».

«Esta es la lección saludable de la que estos nombres nos advierten, tan oportunamente escogidos están […] Parece como si sólo por esta razón la eterna providencia de Dios se hubiera cuidado de que esos lugares recibieran tales nombres, que serían, siglos después, señales anunciadoras de su Pasión. El que “Cedrón” signifique “ennegrecido”, ¿no parece querer recordar aquella predicción del profeta sobre Cristo, anunciando que entraría en su gloria por un suplicio ignominioso, y que quedaría desconocido por las contusiones y los cardenales, la sangre, los escupitajos y la suciedad hasta el grado que “no hay forma ni belleza en su rostro” (Is 53, 2)? Y que el nombre del torrente que cruzó no en vano significa “triste”, es algo que el mismo Cristo atestiguó al decir: “Mi alma está triste con tristeza de muerte”».

«“Y le siguieron también sus discípulos”. Es decir, los once que habían quedado con Él. El diablo había entrado en el otro Apóstol después de cenar, y afuera también éste marchó, mas no para seguir como discípulo al maestro, sino para perseguirle, como un traidor […] El resto de los discípulos le seguían para rezar. Sigamos nosotros a Cristo y supliquemos al Padre con Él […] Y yo me pregunto: ¿dónde están esos que se creen grandes hombres y se glorían de sí mismos como si hicieran algo extraordinario cuando, en las vigilias de algunas fiestas importantes, prolongan un poco más la oración en la noche o se levantan temprano para la oración de la mañana? Cristo, nuestro Salvador, tenía como costumbre pasar noches enteras en oración, sin dormir».

«Mientras tristes y amargados rezaban los hipócritas en las esquinas de las plazas para ser vistos por los hombres, Él, apacible y amable, almorzaba con pecadores para ayudarles a cambiar sus vidas. Y, además, solía pasar la noche rezando al descubierto, bajo el cielo, mientras el fariseo hipócrita roncaba a pierna suelta en la blandura de su lecho. ¡Ojalá aquellos de nosotros que, esclavizados en tal forma por la pereza no podemos imitar este ejemplo de nuestro Salvador, tuviéramos, por lo menos, el deseo de traer a la memoria –precisamente mientras nos damos la vuelta en la cama medio dormidos– estas sus noches enteras en oración! Ojalá aprovecháramos esos momentos mientras esperamos al sueño para dar gracias a Dios, para pedirle más gracias y para condenar nuestra apatía y pereza».

«“Triste está mi alma hasta la muerte”. Una mole abrumadora de pesares empezó a ocupar el cuerpo bendito y joven del Salvador. Sentía que la prueba era ahora ya algo inminente y que estaba a punto de volcarse sobre Él: el infiel y el alevoso traidor, los enemigos enconados, las cuerdas y las cadenas, las calumnias, las blasfemias, las falsas acusaciones, las espinas y los golpes, los clavos y la cruz, las torturas horribles prolongadas durante horas. Sobre todo esto le abrumaba y dolía el espanto de los discípulos, la perdición de los judíos, e incluso el fin desgraciado del hombre que pérfidamente le traicionaba. Añadía además el inefable dolor de su Madre queridísima. Pesares y sufrimientos se revolvían como un torbellino tempestuoso en su corazón amabilísimo y lo inundaban como las aguas del océano que rompen sin piedad a través de los diques destrozados».

«Alguno podría quizá asombrarse, y se preguntará cómo es posible que nuestro Salvador Jesucristo, siendo verdaderamente Dios, igual a su Padre Todopoderoso, sintiera tristeza, dolor y pesadumbre. No hubiera podido padecer todo esto si siendo como era Dios, lo hubiera sido de tal manera que no fuese al mismo tiempo hombre verdadero […] Si nos asombra que Cristo sintiera miedo, cansancio y pena, dado que era Dios, ¿por qué no nos sorprende tanto el que sintiera hambre, sed y sueño? ¿No era menos verdadero Dios por todo esto?».

«Tal vez se podría objetar: “Consta, además, que sus mártires corrían hacia la muerte prestos y alegres, mostrándose superiores a tiranos y torturadores, y casi insultándoles. Si esto fue así con los mártires de Cristo, ¿cómo no ha de parecer extraño que el mismo Cristo se llenara de terror y pavor, y se entristeciera a medida que se acercaba el sufrimiento? ¿No es acaso Cristo el primero y el modelo ejemplar de los mártires todos? Ya que tanto le gustaba primero hacer y luego enseñar, hubiera sido más lógico haber asentado en esos momentos un buen ejemplo para que otros aprendieran de Él a sufrir gustosos la muerte a causa de la verdad” […] Estos y otros que tales objeciones ponen no aciertan a ver todos los aspectos de la cuestión […] No quiso [Cristo] que sus discípulos no rechazaran nunca la muerte, sino, más bien, que nunca huyeran por miedo de aquella muerte “temporal”, que no dura mucho, para ir a caer, al renegar de la fe, en la muerte eterna. Quería que los cristianos fuesen soldados fuertes y prudentes, no tontos e insensatos […] Cuando un médico se ve obligado a amputar un miembro o cauterizar una parte del cuerpo, anima al enfermo a que soporte el dolor, pero nunca intenta persuadirle de que no sentirá ninguna angustia y miedo ante el dolor que el corte o la quemadura causen. Admite que será penoso, pero sabe bien que el dolor será superado por el gozo de recuperar la salud y evitar dolores más atroces».

«[Cristo] está tan lejos de mandarnos a hacer violencia a nuestra naturaleza (como sería el caso si no hubiéramos de temer en absoluto la muerte), que incluso nos deja la libertad de escapar si es posible del suplicio, siempre que esto no repercuta en daño de su causa […] Por consiguiente, si alguien es llevado hasta aquel punto en que debe tomar una decisión entre sufrir tormento o renegar de Dios, no ha de dudar que está en medio de esa angustia porque Dios lo quiere. Tiene de este modo el motivo más grande para esperar de Dios lo mejor: o bien Dios le librará de este combate, o bien le ayudará en la lucha, y le hará vencer para coronarlo como triunfador […] Si enfrentado en lucha cuerpo a cuerpo con el diablo, príncipe de este mundo, y con sus secuaces, no hay modo posible de escapar sin ofender a Dios, tal hombre –en mi opinión– debe desechar todo miedo; yo le mandaría descansar tranquilo lleno de esperanza y de confianza, “porque disminuirá la fortaleza de quien desconfíe en el día de la tribulación (Prov 24, 10). Pero el miedo y la ansiedad antes del combate no son reprensibles, en la medida en que la razón no deje de luchar en su contra, y la lucha en sí misma no sea criminal ni pecaminosa. No sólo no es el miedo reprensible, sino al contrario, que es una inmensa y excelente oportunidad para mayor merecimiento. ¿O acaso imaginas tú que aquellos santos mártires que derramaron su sangre por la fe no tuvieron jamás miedo a los suplicios y a la muerte? […] Para mí, el ejemplo de Pablo vale por mil».

«Que el valeroso corazón del Apóstol no era inmune ni impermeable al miedo es algo que él mismo admite cuando escribe a los corintios: “Así que hubimos llegado a Macedonia, nuestra carne no tuvo descanso alguno, sino que sufrió toda suerte de tribulaciones, luchas por fuera, temores por dentro” (2 Cor 7, 5). Y escribía en otro lugar a los mismos: “Estuve entre vosotros en la debilidad, en mucho miedo y temor” (1 Cor 2, 3). Y de nuevo: “Pues no queremos, hermanos, que ignoréis las tribulaciones que padecimos en Asia, ya que el peso que hubimos de llevar superaba toda medida, más allá de nuestras fuerzas, hasta el punto que el mismo hecho de vivir nos era un fastidio (2 Cor 1, 8). ¿No escuchas en estos pasajes, y de la boca del mismo Pablo, su miedo, su estremecimiento, su cansancio, más insoportable que la misma muerte, hasta tal punto que nos recuerda la agonía de Cristo y presenta una imagen de ella? Niega ahora, si puedes, que los mártires santos de Cristo sintieron miedo ante una muerte espantosa».

«El miedo a la muerte o a los tormentos nada tiene de culpa, sino más bien de pena: es una aflicción de las que Cristo vino a padecer y no a escapar. Ni se ha de llamar cobardía al miedo y horror ante los suplicios […] De hecho, (el combatiente) debería recibir incluso mayor alabanza, puesto que hubo de superar no sólo al ejército enemigo, sino también su propio temor, y esto último, con frecuencia, es más difícil de vencer que al mismo enemigo». Así, pues, ¡ánimo!, no confundamos las cosas. Atravesemos aun con miedo el Cedrón, para alcanzar finalmente la alegre fertilidad de Getsemaní. No neguemos nunca el miedo y sigamos adelante. Pues el Señor nos dice, ahora y siempre: “¡No teman, Soy Yo!”. Sí, hombres, es Él, el Señor. Amén.



1 Los siguientes extractos provienen de la siguiente referencia: Tomás MORO, La agonía de Cristo, traducción de Álvaro de Silva, Madrid: Rialp, 2004.



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