El mito de la transición y sus puntos de ruptura



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EL MITO DE LA TRANSICIÓN Y SUS PUNTOS DE RUPTURA

Antonio Murillo Luna

Facultad de Ciencias Políticas y Sociología. Universidad Complutense de Madrid.

antomuri@ucm.es



Resumen: En este trabajo analizo el denominado “mito de la Transición española”, entendido como la representación social dominante del proceso transicional a la democracia; y la disputa discursiva entorno al mismo desde los diferentes actores de la sociedad española, antes y ahora. Para ello, he recorrido diferentes autores que han analizado dicho proceso de construcción discursiva de manera crítica, así como analizado materiales cualitativos que ejemplifican la diversidad de relatos alternativos a la visión “oficial” del proceso. Entre estas voces se encuentran el movimiento memorístico y el 15M como espacios de representación contrahegemónica del orden social conformado desde 1978.

Palabras claves: Transición española, representaciones sociales, discursos, sociedad civil, élites, memoria histórica, Movimiento 15M, Culturas radicales

INTRODUCCIÓN: HACIA UNA CONCEPTUALIZACIÓN DE LA REPRESENTACIÓN DE LA TRANSICIÓN ESPAÑOLA

El trabajo se centra Transición a la democracia en la España. Concretamente, se indaga sobre las representaciones sociales del proceso y las construcciones de discursos que han servido de marco de interpretación colectiva y de relato histórico transicional. La lucha por la representación, como cualquier conflicto político y social, no deja de ser una pugna por el poder. La existencia de un discurso dominante es parte de la legitimidad que estableció y mantuvo en el tiempo el  sistema político, económico y social que emergió en las últimas décadas del siglo pasado.

En los últimos años, España es el escenario de una profunda crisis política, económica y social, donde los cimientos del sistema se han tambaleado, afectando incluso a su legitimidad democrática, especialmente desde el surgimiento del Movimiento 15M. Podemos hablar de un proceso de cambio social, incluso político, donde la representación hegemónica de nuestro país desde la Transición y durante las décadas siguientes, está en un proceso de transformación.

En este contexto, se ha reabierto el debate sobre algunos supuestos fundamentales que afectan al relato de nuestra historia reciente y, por ende, a la legitimidad y representación del sistema político español. El momento de transformación política y social actual ha abierto más espacio para la relectura y la disputa de nuestro pasado reciente. Acercarnos a los diversos relatos acerca de lo que supuso la Transición española para el imaginario colectivo nos ayudará a entender la crisis de representación que hoy en día vivimos. En definitiva, nos servirá para reconstruir un discurso más abierto acerca de lo que supuso la guerra, los años de dictadura y la apertura a la democracia.

Mi hipótesis principal de trabajo es la siguiente: el discurso dominante tradicional de la Transición española está obsoleto, es decir, la representación actual del periodo ya no coincide con la “oficial”, que ha perdurado durante las últimas décadas. Con esto quiero señalar que dicho discurso, en primer lugar, nunca fue el único. Siempre se enfrentó a otras interpretaciones. En segundo lugar, estas representaciones alternativas se han sumado en cierto modo a los procesos de cambio social surgidos en el contexto de crisis. Este cambio supone que se esté reconstruyendo el imaginario colectivo de la Transición y del régimen democrático que surgió del proceso.

Marco teórico

Por mito entiendo la reducción de un periodo histórico a ciertos “sentidos”, y no a otros; a una narratividad que selecciona acontecimientos para desarrollar un relato, en este caso, histórico. Es, en definitiva, una lógica de construcción social, una representación. Pero, ¿cómo se construye dicha representación? El enfoque constructivista ha desarrollado esta cuestión desde dos corrientes teóricas principales: el enfoque semiótico (Saussure, Barthes…) y el discursivo. El primero argumenta que, puesto que los objetos culturales conllevan sentido, y todas las prácticas culturales dependen del sentido, todos entonces deben hacer uso de los signos. Según señala Hall (1997:25), para el enfoque semiótico “la representación se entendió con base en muchas palabras que funcionan como signos dentro del lenguaje”. Dicho enfoque carece de un análisis profundo acerca de cómo se establecen los signos, las representaciones dominantes, y una cultura en sentido amplio (narraciones, discursos completos, áreas de conocimiento).

Daríamos un paso, por tanto, al enfoque discursivo al conectar la representación a las prácticas sociales y a relaciones de poder. Concretamente en este estudio, la lógica discursiva se fundamenta desde tres autores clave: Foucault y su conceptualización del conocimiento, discurso y diferentes puntos del poder (Foucault, 1970; Hall, 1997), Bourdieu y su perspectiva de la dominación simbólica y el capital simbólico (Bourdieu, 2000); y en último lugar, una relectura contemporánea del concepto de Gramsci y la hegemonía (Hall, 1997; Gramsci, 1975 (2000)).

Al enmarcar la Transición Española podemos empezar a cuestionarnos intereses en juego en su definición. En primer lugar, entendemos por Transición española al proceso de reforma desencadenado tras la muerte del general Franco, el 20 de noviembre de 1975, el cual fue el puente entre el régimen dictatorial a un régimen democrático-liberal de partidos. Algunos acontecimientos comunes que han tratado de cerrar el paréntesis transicional suelen ser: las primeras elecciones democráticas (15 de junio de 1977), la aprobación por referéndum de la Constitución (6 de diciembre de 1978), o el primer gobierno del PSOE (28 de octubre de 1982). Otras posturas llegarán a decir que el proceso aún no ha concluido (Labrador, 2010; Imbert, 1990).

En este punto, los conceptos de sociedad civil y élites tienen que ser mínimamente desarrollados. Por sociedad civil me serviré de la definición de Víctor Pérez (2003; 70), aunque necesito matizar algunos aspectos. En esta concepción, la división que define a la sociedad civil es el Estado, esto es, se incluyen asociaciones de lo privado y de lo público en el mismo grupo, independientemente de las relaciones de poder. Sin embargo, en este proyecto se establecen multiplicidad de centros de poder, y es por ello que requiero de una concepción de élites que recojan otras dimensiones de desigualdad y diferencia. Es por ello que en este trabajo entiendo las élites como el conjunto de actores (individuales y/o grupales) con acumulación de recursos, sean éstos del campo político (Estado y oposición mayoritaria), económico (capitalistas en el sentido clásico), mediático (grandes medios de comunicación) y/o simbólico (intelectuales, Iglesia…), en comparación con el resto de la sociedad, es decir, en régimen desigualdad. Al frente, quedaría la acción colectiva en un sentido amplio (la ciudadanía/el pueblo), donde entrarían las plataformas, movimientos sociales, partidos políticos minoritarios, etc.

METODOLOGÍA

Para la primera parte del trabajo, que enmarca la descripción del “mito de la Transición”, he seleccionado fuentes cualitativas que me ayuden a delimitar los elementos fundamentales del discurso dominante, desarrollado principalmente desde las élites políticas (discursos políticos), los medios de comunicación (noticias y documentales) y la academia. Algunas de esas fuentes, secundarias, se recogen en análisis críticos que han puesto en duda la sostenibilidad del relato oficial de la Transición, abordando la cuestión desde distintos puntos vista, pero siempre tratando de enfrentar discurso y realidad.

En la búsqueda de relatos alternativos, a parte de las fuentes mencionadas anteriormente, investigaré los datos que me puedan aportar diferentes fuentes secundarias con el fin de trazar una genealogía del discurso alternativo, tanto audiovisuales (documentales, reportajes, etc.) como investigaciones y entrevistas que tratan el tema: entrevista ARMH, Foro por la Memoria, etc. Cuento, además, con una entrevista grupal propia a los miembros de la Plataforma contra la impunidad del franquismo.

El trabajo tiene un corte exploratorio y de debate entre diferentes autores que han analizado el proceso más que de un proyecto puramente empírico. Investigaciones posteriores podrán profundizar en la temática en mayor medida –sobre todo en lo relacionado con el momento de cambio en la actualidad-.

PRINCIPALES RESULTADOS

La Transición Modélica: Élites, reforma y consenso.

La Transición española es un momento histórico clave, con una carga simbólica importante. Supuso un cambio social fundamental, así como un giro en las formas de hacer política tal y como se habían desarrollado hasta entonces. Como acontecimiento, su representación ha sido un terreno de disputa y contradicción constante, ya que el sistema político que emergiera de aquel proceso marcaría las futuras dinámicas políticas y sociales en España. Desde entonces ha perdurado durante varias décadas un relato oficial acerca de lo que significaron los acontecimientos desarrollados desde los años setenta en adelante. Es un relato que construye desde el pasado hasta el momento transicional, en un todo que buscaba legitimar el proceso (en constante negociación).

El relato mítico de la Transición posee dos narrativas fundamentales: la del pasado y la del proceso transicional. El relato del pasado tiene que ver con la “lectura implícita o explícita sobre hechos anteriores fundamentales de la historia colectiva de España […] que se impuso en esos años, los del cambio político” (Montoto, 2014; p.:127), es decir, sobre la Segunda República –donde la élite política republicana fue la “culpable” de la polarización-, la Guerra Civil –y el resonado “todos hicieron barbaridades”- y la Dictadura franquista –que omite los primeros años de postguerra, centrándose en el desarrollismo y la apertura del régimen-.

El relato transicional no fue impuesto, sin más, de forma coercitiva, de “arriba abajo” (Montoto, 2014; 127). La ciudadanía fue “cómplice” del olvido y la reconciliación. Más de treinta años de socialización en el franquismo limitaron que grandes sectores de la población llevaran a lo público lo que hasta entonces estaba limitado a lo privado. Este individualismo apolítico “aprendido” fue, por otro lado, amplificado con el discurso del miedo y la reconciliación emergente desde las élites en transición (Duch, 2006).

El contexto de conflicto, miedo y coacción simbólica que se vivió durante la Transición, con una extendida sensación de amenaza de una posible involución política (con la Segunda República en el imaginario, de ejemplo), fue la base del discurso del consensual. Este imaginario tuvo una fuerte capacidad performativa y silenciadora, es decir, hablar de República y de la impunidad del franquismo no estaba dentro del proceso de reconciliación, y sacarlos al debate público te sacaba del tablero de juego. Éstas y otras cuestiones de fondo se quedaron al margen del discurso consensual, relegándose a la esfera privada y fuera del proceso de cambio político.

Para que el proceso transicional fuese viable tuvo que desarrollarse una importante ingeniería discursiva que legitimara el sistema de libertades. Podríamos, en este punto, poner dos coordenadas o ejes discursivos que marcaron la “lucha” simbólica del momento: Por un lado, la ruptura vs. reforma; y por otro, el consenso vs. conflicto.

En el análisis crítico del discurso político (el de las élites políticas) de la Transición de Del Águila y Montoro (1984) se trata como se canalizó el deseo de cambio al comienzo del proceso transicional. En un principio, el eje ruptura y reforma señalaba la dualidad entre las izquierdas y el espectro antifranquista, partidario de una ruptura total con las élites franquistas y su régimen dictatorial; y un proceso de reforma desarrollado por los sectores aperturistas del régimen.

El discurso que legitima la reforma viene bien recogido en las palabras de Fraga en 1975: “Estoy por el movimiento y por la reforma, no por la ruptura y por el caos sin destino definido. Por la planteada aceptación del cambio, no por la revolución permanente” (visto en Del Águila y Montoto, 1984; 35-36). Aunque la intención de este discurso no es exactamente la que tendría después (principalmente por la imposibilidad de mantener el régimen franquista), sí deja ver la significación de la ruptura como el caos y el enfrentamiento, el conflicto revolucionario (guerra-civilista), enfrentado a un modelo de reforma progresiva, segura, pacífica y reconciliadora. Los términos de reforma y ruptura fueron resinificándose a lo largo de los primeros años de transición, al menos hasta la ratificación de la Constitución española. Con el tiempo, la reforma estará asociada a un proceso más liberalizador encabezado por Suárez, para la superación de las dos Españas y la reconciliación nacional (Del Águila y Montoto, 1984; 36).

Esta reforma incluía unos supuestos pluralistas (limitados) donde solo pudo ser legitimada con la entrada del PSOE y del PCE en el proceso, sectores que hasta entonces estaban en la corriente rupturista. La ruptura había sido conceptualizada desde los sectores hegemónicos del régimen como “anormal”, conflictiva, una imposición por la fuerza que nos llevaría al caos continuo. Pero el hecho de que el reformismo hasta entonces se articulara en el marco legal franquista lo vinculaba a una corriente continuista del marco dictatorial. Esto llevo a la necesidad de hablar de ruptura, discurso adaptado desde todos los sectores reformistas, pero solo en términos legales y constitucionales (es decir, reformista). Es la continuidad, por tanto, la que gana (Imbert, 1990; 25): una “ruptura atenuada, dentro del consenso, que va a dar a la formación inédita de España (sin cimientos históricos ni consistencia ideológica)” (Ibídem).

Cuando la oposición política (socialistas y eurocomunistas) se sumó a la alternativa reformista1 se cedieron las riendas del cambio de régimen a los mismos sectores aperturistas del régimen franquista, que hasta ahora habían desatado reformas parciales (encabezados por Suárez) y un proceso lento que no terminaba de democratizar todas las instituciones del Estado. Hablamos, por tanto, de un cambio limitado, plasmado en la Constitución y en las leyes marco de nuestro sistema, donde se benefició más a unos sectores que a otros, en un proceso de hundimiento del franquismo solo parcial y desigual (Del Águila y Montoto, 1984; 57-58).

El poder de reforma, en términos prácticos, seguía en las mismas manos, y con ello un poder discursivo aún más amplio: hegemónico. El reformismo supuso un conjunto de complicidades, renuncias, transigencias y silencios (Imbert, 1990; 28), que empezaba con el olvido del pasado y la imposición de la reconciliación. La imagen unitaria de democracia supuso, desde luego, la parálisis de discursos alternativos de democracia, acentuado tras el consenso consagrado entre las fuerzas parlamentarias de izquierda y la monarquía parlamentaria (Ibíd.; 29).

El otro eje del que hablábamos es el del consenso y el conflicto, muy entrelazado con lo que hemos venido hablando hasta ahora. El consenso ha sido el término crucial de toda la transición. Por este término entendemos el estado de cosas en el debate político y social en el que la discrepancia y/o la crítica son consideradas un ejercicio de violencia contra el bien común. Sobre esta idea se han edificado todas las políticas esenciales en la construcción del nuevo sistema de libertades (del Águila y Montoro, 1984; 248). Era la otra cara legitimadora a la reforma frente a la ruptura (que era representada por el conflicto y el desorden).

En el discurso político (élites políticas parlamentarias) del momento, destacaría la necesidad de la reconciliación y el olvido del pasado como condiciones necesarias para avanzar en el proyecto democrático. La moderación política en cuanto a actitudes limitadas, como garante del orden público y de la paz, será una característica intrínseca del discurso. Esto supondrá que toda iniciativa popular, o de los grupos de izquierda, se enfrenten a un recorte de iniciativas y reivindicaciones políticas, sociales y económicas (del Águila y Montoro, 1984; 249). El consenso político, definitivamente, tendrá una función apaciguadora.

Las consecuencias de este marco discursivo son, principalmente, dos: En primer lugar, que será en la esfera privada donde se negocie el consenso y se enfrente al conflicto (Imbert, 1990; 24). En segundo lugar, la pérdida de iniciativas populares y/o de la izquierda, lo que conllevaría a una paralización de la democratización de las instituciones provenientes del franquismo (del Águila y Montoro, 1984; 250).

Como señala Guillem Martínez (et al, 2012; 14), “en un sistema democrático, los límites de la libertad de expresión no son las leyes, son los límites culturales”. La reproducción del orden y la dominación simbólica marca los límites de representación y, por tanto, de lo que se problematiza y lo que no. En el caso español, como señalan los teóricos de la llamada CT, durante los últimos cuarenta años se ha ido erigiendo un paradigma cultural hegemónico comandado en gran parte por el Estado español donde se ha desactivado la cultura crítica.

Viene a señalar los límites consensuales establecidos en la transición a la democracia: “pone límites a la libertad de expresión, libertad de opinión, libertad creativa” (Guillem, 2014). La tesis que se defiende es que la cultura, desactivada desde “la izquierda” como ejercicio crítico, pasó a ser un flujo vertical, desde el Estado, donde la opinión dominante y las batallas en disputa, pasaban por el juego consensual gubernamental: estabilidad política y cohesión social (Ibíd.; 15) Así, otras representaciones e identidades en juego quedaban en la marginalidad.

Ampliando el marco cultural, fue fundamental el papel de los medios de comunicación, y de la televisión en concreto, el “principal medio de difusión de la imagen oficial del proceso” (Ardanaz, 2000; 1). La televisión, al servicio del gobierno, “tuvo un papel muy relevante como medio de presentación en la escena pública de los protagonistas políticos y creadora de un estado de opinión favorable a los políticos que estaban liderando el proceso democrático” (Ibíd.; 10), siendo un poder utilizado para validar el proyecto de transición y mostrar la “realidad oficial”. La serie-documental de Victoria Prego (1995) es el trabajo más destacado en esta línea de argumentación elitista de la Transición, entendida como consensual, modélica y reconciliadora.

En definitiva, el modelo con el que se representó la democracia y la sociedad transicional se resumiría en tres supuestos básicos: 1. La democracia liberal, representativa y moderada como única vía hacia la reconciliación, 2. La institucionalización exclusiva y excluyente de la participación política en las instituciones de representación (parlamento, partidos y sindicatos) y 3. Una sociedad civil desmovilizada y reservada en su ámbito privado, de clase media.

Puntos de ruptura: Voces alternativas desde la sociedad civil.

Si bien hemos venido tratando la parte más politológica del mito, hay otros supuestos instalados en el sentido común que limitan un análisis alternativo en cuanto a imaginarios sociales y representación del momento. Me refiero a la representación de “las clases medias” como el sujeto “referente” del conjunto de la sociedad tardofranquista y en la transición (Sánchez, 2014). La construcción de dicho sujeto, nacido en el seno del desarrollismo franquista, aportaría características fundamentales para la legitimación de la transición: sujeto moderado suavizador de los conflictos sociales, consumidor, despolitizado, centrado en sus intereses socioeconómicos, favorable a la paz, el orden… Este sujeto desclasado representaba la base de todo consenso y reforma, hasta el punto en el que la oposición antifranquista reformista asumió su papel central en la transición.

Asumir una sociedad civil consumidora y despolitizada, mesocrática, como el referente del “todo”, dejaba en los “márgenes” sectores no representados, así como sus concepciones alternativas de democracia, ciudadanía y participación política. Estos grupos, obviamente, no salen en la “foto” fija de la transición (salvo, por el bien del consenso, los grupos terroristas como ETA o GRAPO2).

Lo cierto es que, desde los años anteriores a la muerte de Franco, en la sociedad civil española ya había sectores activistas movilizados, que tuvieron un importante papel en el transcurso de la transición, pese a ser olvidados, y que aportaron valores y representaciones muy diferentes de democracia y ciudadanía respecto a la política partidista y mesocrática que se idealizó. Posturas, en definitiva, radicales: con “el compromiso con prácticas no convencionales de participación relevantes para la construcción de una identidad cívica” (Sánchez, 2010; 97). El uso generalizado de la asamblea como planteamiento democrático de las luchas (Cruz, 2015; 182) es buen ejemplo de dicho radicalismo democrático.

Aunque los alcances de los diferentes movimientos sociales y reivindicaciones populares (incluso radicales) fueron limitados, sí fueron el freno a una transición todavía peor (con menos márgenes de libertad e instituciones aún menos democratizadas). Como señala Fernando Gallego (2008; visto en Labrador, 2014; 17), “las limitaciones de la propia transición ya estaban inscritas en la desigualdad existente entre las fuerzas del régimen y las del oposición política, desigualdad inevitable que definió todo el proceso”. Aun así, la ciudadanía “arrancó” concesiones y derechos al gobierno de Suárez.

A parte de las movilizaciones de 1976 por la amnistía o las desencadenadas por los sucesos de Vitoria, fueron numerosas las luchas que marcaron los mínimos democráticos con sujetos radicalizados: el movimiento obrero y sindical (Sánchez, 2010; 97. Cruz, 2015; 191), el movimiento vecinal, la juventud radical y los Nuevos Movimientos Sociales (Sánchez, 2010), así como las organizaciones marxistas-leninistas, la llamada “izquierda revolucionaria” (Martínez, 2013).

Cambios en la representación colectiva: rupturas y conflictos

En la actualidad, y en general desde la entrada en el siglo XIX, varios movimientos y prácticas discursivas han tratado de deconstruir el relato mítico de la transición. Ya en el Siglo XIX, “las primeras asociaciones memorísticas y pro-derechos humanos que, casi sesenta años después, denunciaron el absoluto desamparo de las víctimas y los familiares de la Guerra Civil y la dictadura franquista” (Montoto, 2014; 128). Destacan al menos cinco asociaciones con representación en la mayor parte del país: Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (2001), Foro por la Memoria (2002), Archivo, Guerra y Exilio, Asociación de Amigos de las Brigadas Internacionales (1995), Asociación de Descendentes del Exilio Español (2002) (Gálvez, 2006; 35). Siendo las dos primeras las que mayor impacto tuvieron, sus acciones alteraron gravemente el relato sobre el franquismo (o su ausencia), reactivando el debate colectivo, político y cultural y académico desde entonces. Supuso una verdadera espiral de resignificación (Ferrándiz, 2007; 12).

El discurso sobre el pasado, con todo ello, alteró significativamente, lo que nos puede llevar a enmarcar estos procesos como un acontecimiento clave en el imaginario social. Tomo como ejemplo las entrevistas a miembros de la ARMH y otra a la Plataforma Contra la impunidad del Franquismo. En su desarrollo se van formando interpretaciones alternativas acerca del pasado, no ausente de diferencias e incluso contradicciones. Sin embargo, podemos ir extrayendo relatos y significantes comunes tales como: visión crítica de la transición (llamada transacción), relato de la represión hasta llegar a denominarlo genocidio (torturas, masacres, asesinatos colectivos, más de 50.000 asesinatos en paz, miles de desaparecidos y exiliados…), el discurso de los derechos humanos y la justicia universal (crímenes contra la humanidad), necesidad de reparación, régimen franquista criminal impune

Otro ejemplo fue el Movimiento 15M, cuyas jornadas supusieron un acontecimiento transcendental, un proceso de cambio social, “que era colectivamente percibido como algo nuevo en el mundo (y cualitativamente distinto a todo lo demás), algo que tenía el poder de cambiar la descripción compartida de la realidad” (Labrador, 2014; 12). Dicha explosión fue seguida de numerosos movimientos - Rodea el Congreso, las Mareas por la sanidad o la educación, las Marchas por la Dignidad, etc.- que rechazaban el contexto de “crisis global que explotó en 2008, y –sobre todo- la gestión de la misma por los dos partidos mayoritarios, han hecho estallar estos consensos del régimen del 78 en mil pedazos” (Montoto y Vázquez, 2013). La situación de crisis, también social y política, ha tambaleado las bases definidoras del régimen democrático postfranquista del 78, desde el modelo territorial (insuficiente), la monarquía parlamentaria (en constante inestabilidad), el bipartidismo cocinado desbancado y el sistema electoral escasamente proporcional cuestionado, el modelo social puesto en entredicho por la austeridad… “Una larga lista que ametralla un régimen que cada vez convence menos, y de ahí los lemas que transcendieron de democracia real ya, no nos representan; o la adopción de un lenguaje con significantes como revolución, pueblo, ciudadano, democracia, representación…” (Labrador, 2014; 12). La ruptura desde abajo “pone en movimiento una cultura política nueva que en poco tiempo hace temblar los cimientos del Régimen del 78 y de la Cultura de la Transición” (Montoto, 2014; 131).

Dicha agitación marca el relevo de valores transicionales y la toma de una actitud cívica y movilizada, cuya repercusión política, en su forma más material, vivimos en las fechas más actuales (surgimiento de la hipótesis Podemos, las listas de Unidad Popular gobernando Madrid y Barcelona entre otras, etc.). La aparición de nuevos sujetos sociales, políticos, culturales (desde el campo de los media con La Marea, Público o Eldiario.es; autores críticos de la literatura o la academia; en la música, el teatro…) son la base de un nuevo imaginario social, construido desde abajo, cuyo planteamiento parte de la crítica a una democracia limitada, así como su origen y su construcción elitista. El nuevo relato, por tanto, parte de desmitificación del pasado y de un sistema de libertades limitado, desigual e inestable.

CONCLUSIONES

Podríamos preguntarnos, de forma provocativa, si ha finalizado la Transición. Esto nos llevaría a reabrir el debate acerca de la representación que se impuso en el momento pasado, así como reconstruir las definiciones de democracia, ciudadanía y participación. El momento de crisis del régimen del 78, seguida de fuertes rupturas y de procesos de cambio político y social, es el escenario idóneo para repensar y establecer un relato más abierto sobre nuestro pasado y nuestro presente. Un relato que, lejos del complejo escenario postfranquista, devuelva la voz a los que fueron silenciados y reprimidos durante la guerra y franquismo. Es un ejercicio de superación de la “amnesia colectiva”, que iguale el relato de los que lucharon por la democracia antes de la Transición, y repare (material y simbólicamente) a las familias de los represaliados. En este relato, hoy marginado por el “oficial”, debería dar paso otras concepciones y significados de democracia y ciudadanía, como los tuvieron otros sujetos en el proceso transicional, y que hoy en día emergen con fuerza desde el 15M.

Para este cometido, tras el proyecto que he venido desarrollando, extraigo dos dificultades y una intuición. Las dificultades tienen que ver con el problema de la representación y el discurso, así como con el paso del tiempo. Por un lado, partíamos en este proyecto planteando la representación incrustada en relaciones de poder, que en el caso español han operado durante varias décadas hegemónicamente (desde las élites políticas, los medios de comunicación, la escuela, la academia…), donde la cultura de oposición ha ido en disminución desde los años 80 y durante muchos años después. Dichas prácticas discursivas, desiguales, sumadas a un amplio espacio temporal y de relevo generacional de por medio (no solo del proceso transicional, sino más aún desde los crímenes cometidos en la guerra y en el régimen franquista), complican la tarea de desmitificación y reconstrucción del relato.

Respecto a la intuición, el proceso de cambio social de los últimos años ha desdibujado aspectos clave en los mitos en los que se basó en la democracia allá instaurada en el 78. Hablo aquí de los dos ejes de coordenadas en los que se estableció el relato transicional: consenso y reforma. La principal ruptura tras el marco desarrollado desde el 15M es el rechazo, precisamente, del consenso entre las élites bipartidistas y el reformismo austero que se deslinda de la desdibujada UE y sus fuentes de poder neoliberales.

BIBLIOGRAFÍA

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Cartografía de Culturas Radicales. PCE – Memoria Histórica: J. María Pedreño, Óscar Blazquez y Julián Rebollo (en línea). https://cartografiaculturasradicales.wordpress.com/entrevistas/otono-2014/entrevistas-2014/pce-memoria-historica-j-maria-pedreno-oscar-blazquez-y-julian-rebollo/

Prego, V. (1995). La Transición (en línea). http://www.rtve.es/archivo/la-transicion-serie/ [Consulta: 10 de junio de 2015].

La Transición. Los espacios electorales para las elecciones de Junio de 1977 (en línea). https://www.youtube.com/watch?v=xWpVRmUI2Po



1 Una visión general de los discursos enunciados por los principales partidos políticos que se presentaban puede verse en “La Transición. Los espacios electorales para las elecciones de Junio de 1977” (link en bibliografía). Desde el PCE a la AP articulan en sus espacios de petición del voto los elementos que hemos venido planteando hasta ahora: el miedo al conflicto, la reconciliación, la reforma, la paz y el orden…

2 Como podemos ver, por ejemplo, en los capítulos 11 y 12 del documental de Prego (1995), donde se aborda el secuestro de Antonio M. de Oriol por GRAPO, y en general, continuas referencias a la desestabilización de la ETA.


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