El mosaico partido Ladislau Dowbor La economía más allá de las ecuaciones Parte I mosaicos del pasado «Y el hombre de la universidad supone que debe reprimir la emoción para producir »



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El mosaico partido
Ladislau Dowbor
La economía más allá de las ecuaciones
Parte I

Mosaicos del pasado

«Y el hombre de la universidad supone que debe reprimir la emoción para producir...»

Milton Santos

La economía ayuda a formar nuestra visión del mundo, pero no puede constituir una visión completa. Porque las dimensiones económicas sólo representan un segmento de lo que somos. La riqueza explicativa, por otro lado, procede de que el poder y la dinámica de transformación de la sociedad se estructuren en torno a intereses económicos. Quienes no entienden los procesos económicos acaban por no entender cosas tan elementales como por qué somos capaces de hazañas colosales como los viajes al espacio, pero somos incapaces de reducir la tragedia de diez millones de niños que mueren al año de hambre y otras causas absurdas, o de refrenar el ritmo de destrucción ambiental del planeta.

La comprensión de la economía es, a su vez y sólo en parte, un proceso técnico en el que se conjugan y combinan principios emocionales, la historia vivida, el medio social, así como instrumentos técnicos y aspectos teóricos. Los procesos de elaboración intelectual no flotan en el aire, no existen de forma aislada. Lo interesante de verdad no es el recorrido científico en sí mismo, sino cómo se realiza ese recorrido con los sencillos dilemas a los que se enfrenta cada ser humano. Che Guevara escribió en alguna parte que un político que no sabe pararse a atar el zapato a un niño no ha entendido gran cosa. En el centro mismo de nuestra aventura humana se encuentran los valores, nuestra fragilidad o generosidad individual, nuestra capacidad o impotencia, para organizar una sociedad que funcione.

La visión de la economía que presentamos a continuación aparece como la reconstrucción de una biografía. Sería, digámoslo así, el retrato de una vivencia, de una persona que no optó por ser economista porque le gustara en especial la economía, sino porque entendió que sin comprender la economía no entendería otras cosas, el mundo no económico.

Hacer un tipo de economía autobiográfica puede parecer un ejercicio narcisista. Todos somos un poco propensos a creer que nuestra vida es interesante. En este caso, la verdadera motivación proviene de la convicción de que la economía vivida puede ser más real que la economía teórica de una sociedad hipotética.
Inicios

Hijo, de padres polacos^, nací en Francia en 1941 en una casa de juego situada en la frontera española. Quizá para un brasileño sea difícil imaginar cómo podía ser nacer en Europa en 1941, en medio de un conflicto que segó la vida de unos sesenta millones de personas. Se nacía donde se podía. Como España era un país de moralidad elevada, la gente rica acudía a Francia a jugar y a divertirse; así el régimen franquista sembró los Pirineos de casinos. Mis padres, que habían participado en la Primera Guerra Mundial y en la Segunda, ya no se entusiasmaban por los himnos patrióticos; huyeron de los alemanes por el sur de Polonia, fueron a parar a Francia, para seguir huyendo hacia el sur a medida que aquéllos avanzaban. De modo que acabé naciendo en los Pirineos, en la frontera con España, en una casa de juego. Todo tiene sus razones.

Nacer en el extranjero marca, porque ya se nace fuera de sitio, es decir, el niño ya está obligado a tomar conciencia de ello, ya que los niños, que reaccionan con agudeza a cualquier diferencia de ropa, acento o cultura, tienen para dar y tomar con un niño extranjero. Así, durante los primeros años se van confrontando culturas: en realidad nada es espontáneo, natural, evidente, pues en casa todo se ve de una manera y en la calle de otra. En la calle y el colegio existe otra cultura, existen otros valores. Para mí no había un sistema «natural» de valores, sino la posibilidad de diferentes valores para cada cosa. Desde pequeño tuve la necesidad de escoger, que es una dificultad, pero también enriquece. Estamos abarrotados de visiones simplificadas, que aceptamos porque todos los demás lo hacen, pero que al someter a un poco de reflexión, se muestran absurdas. Más adelante recuperaremos este aspecto.

La guerra es otro factor. Todos los europeos quedaron marcados por ella y, en particular, por la profunda convicción de que cualquier hombre, rico o pobre, educado o no, en determinadas circunstancias se convirtió en un héroe o en un ser vil. Cuando se ven las aberraciones de las que es capaz el ser humano en ciertas circunstancias, se pierde la visión del «hombre bueno» y el «hombre malo» como determinantes del comportamiento. Tenemos la posibilidad de decidir y, de hecho, sería más fácil o simplemente más cómodo que no hacerlo. Podemos creer que en el conflicto palestino los israelíes son los buenos y los árabes lo malos. O podemos tomar partido en contra o a favor de los serbios en la antigua Yugoslavia. Visto de este modo, y por más que utilicemos argumentos científicos, el mundo acaba siendo una versión sofisticada de las películas de buenos y malos. En realidad no se trata de buenos y malos. Según se dice, la persona es sus circunstancias Más importante que glorificar al bueno por perseguir al malo es pensar en las circunstancias, en el contexto que construye o destruye las relaciones sociales. Presenciar la guerra desde pequeño y vivir sus consecuencias marca profundamente.

En 1951 llegamos a Brasil, ya que mi padre, ingeniero metalúrgico, había conseguido un contrato con la Belgo-Mineira en João Monlevade. Nos instalamos en la Vila dos Engenheiros, lo cual me causó una gran impresión, la primera que tuve en Brasil, al ver un mundo tan dividido entre los de arriba y los de abajo, entre la Vila dos Engenheiros y la Vila Tanque, donde vivían los trabajadores. La gran impresión de quien llega de Europa es en realidad que la división entre la casa grande y la senzala (la casa de los esclavos de una plantación) sigue intacta por más tecnología moderna que se introduzca. En cierta manera se sedimentaba otra idea -de la cual tomaría conciencia más adelante-: que la modernidad es una forma digna de relaciones humanas y no una abundancia de máquinas o automóviles. Puede que a los residentes de Alfaville, un condominio distinguido de São Paulo, les guste vivir en su isla. Unos creen que llegarán a alguna parte, otros son conscientes de lo absurdo. Los que viven en los aledaños del condominio ya se hacen llamar «Alfavela». ¿Conduce a alguna parte esta clase de modernización?

A mi padre nunca le gustó el autoritarismo de los propietarios luxemburgueses de la inmensa fábrica metalúrgica de Monlevade. Una vez me habló de un plan sencillo para mejorar la productividad de la laminación mediante la corrección de un error estructural de la fábrica. Le pregunté qué le había parecido a la directiva: me miró espantado, ya que jamás se lo comunicaría, pues no les interesaba. Aquella actitud me marcó mucho, porque para mí era evidente que si una persona conocía un modo de mejorar algo, debía tomar medidas para hacerlo. Obviamente, para mi padre, la fábrica eran «ellos», el otro lado de la valla, otro mundo. De esta manera, el ingeniero de una empresa estaba a la vez dentro y fuera, cumplía con su obligación y recibía su salario, pero no iba más allá. Cada parte se limitaba a cumplir con su obligación. Un día se solidarizó con un trabajador contra un ingeniero alemán. Poco después ya estaba buscando empleo en São Paulo. La fábrica también dividía el mundo entre «nosotros» y «ellos». No fue Karl Max quien inventó las divisiones.

Mientras mi padre se hacía un hueco en São Paulo, nos instalamos en Belo Horizonte, en el barrio de la Cameleira, y me puse a estudiar en el Colegio Loyola. Mi madre era médico. En plena avenida de Afonso Pena, una mendiga con un niño claramente mal nutrido en brazos se le acercó un día a pedir limosna. Al ver al niño, mi madre montó un escándalo; no se calmaría hasta que no llamaran a un médico, una ambulancia, o al mismo diablo. Yo, que entonces tenía once años, tiraba del brazo de mi madre, muerto de vergüenza. Pero ella era así, no toleraba lo intolerable y no tenía miedo al escándalo. Hay cosas que simplemente no pueden aceptarse. Aún hoy, cuando ya han pasado veinte años de su muerte, siento que he heredado parte de esa entereza. Cierto que para formarse en la medicina en los años veinte, una mujer tenía que ser alguien de armas tomar.

Sin embargo, la entereza de mi madre no bastó para que se adaptara a la vida cotidiana de Brasil. O tal vez su capacidad de indignación era excesiva. A la muerte de Stalin decidió regresar a Polonia y, desde allí, preparar el regreso del resto de la familia. Pero el regreso nunca se daría. Como efecto indirecto de la guerra, mientras el segmento brasileño de la familia se adaptaba a la realidad local, ella era reabsorbida cada vez más por la familia polaca. Como mi padre trabajaba en empresas del interior, mi hermano y yo, ambos adolescentes, pasamos a vivir la amplia libertad que proporcionaban las pensiones de la ciudad, disfrutando intensamente de esquinas, bares y partidos de fútbol en las explanadas, toda una riqueza de convivencia que compensaba de sobra la pérdida de una vida familiar organizada. Era la riqueza cultural brasileña que digería deprisa la herencia europea, como habían hecho ya tantas generaciones de inmigrantes. Y las personas son simplemente personas, sea cual sea su origen.

Las emociones toman caminos desconocidos. Me enamoré desesperadamente de una muchacha judía de origen polaco, como yo. Cuando el padre descubrió que su hija andaba con un goi, la mandó sin más a Israel para que conociera a jóvenes de bien. Europa y sus odios seguían activos en Brasil, y a Pauline y a mí nos alcanzaban con toda su fuerza. El padre había perdido a su familia en Polonia y no perdonaba a su hija que no heredara sus odios. Trabajé un año entero, 1963, con la intención de juntar cuanto dinero pudiera para ir a verla a Israel en una época en que viajar a Europa era todo un acontecimiento. Como mi padre trabajaba entonces en la siderúrgica Açonorte de Pernambuco, yo fui a trabajar a Recife, donde me hice reportero para el Diário da Noite y el Jornal do Comércio.

Escribía bien y, al poco tiempo, el periódico me nombró para acompañar a la sección de los patronos de las fábricas. Cuando me presenté para recoger material, la asociación de patronos me ofreció el doble del dinero que ganaba con el periódico. Me explicaron que era lo normal, que el periódico me había hecho un favor y que los periodistas que cubrían la sección recibían tal ayuda. Rechacé la ayuda, y el jefe de redacción comentó riendo que un día en la prensa brasileña aún habría lugar para esta clase de renuncias. En realidad no era sólo la corrupción institucionalizada lo que me chocaba. El impacto de la miseria en Recife era violento, y la agitación de las ideas del gobierno de Miguel Arraes generó en la ciudad una nueva dinámica cultural. Pese a mi temprana edad, como reportero me encontraba con Paulo Freire, Celso Furtado, Gilberto Freire, Ariano Suassuna y otros personajes que, de diversas formas, alimentaban reflexiones sobre la realidad del nordeste de Brasil. En el Movimento de Cultura Popular hallé gente de mi edad mucho más politizada con una intensa dedicación a las transformaciones sociales. Mis reflexiones empezaron a girar como un caleidoscopio, apareció un conjunto de nuevos puntos de referencia, y mi gusto por la filosofía y por la lingüística fue sustituido por el de la economía. Quería entender las cosas, los porqués, los mecanismos, y ya estaba convencido de que en las dinámicas económicas radicaban los problemas sociales.

Una noche mi padre, que vivía junto a Açonorte, fue a Recife y me invitó a cenar. Fuimos a comer langosta. En la puerta del restaurante había un niño claramente famélico. Cené por no molestar a mi padre, pero el dilema ético se volvió para mí meridiano: una persona que cena langosta y deja a un niño con hambre sólo puede tomar dos caminos, o bien cambia sus valores y considera normal consumir lujo frente al hambre de un niño, o intenta cambiar la situación que genera estos absurdos. Con el tiempo conocería complejos montajes teóricos que tratan de demostrar que una persona que consume dinamiza la economía, juegos de magia que permiten transformar el egoísmo en altruismo y limpiar la conciencia. Pero en aquella época no conocía estas teorías, y la juventud tiene la hipocresía social poco desarrollada. Y aun así, no siempre.

Poco después de este episodio leí un libro sencillo y bueno en el que se demostraba que la caridad de una moneda en la calle es buena, pero que es mejor crear organizaciones que apoyen a los pobres, y mejor todavía crear instituciones justas que impidan que surja la pobreza. Son diferentes tipos de caridad. Sin haber leído nada de Marx, mi «norte» ético ya estaba definido con las sencillas raíces católicas y los valores heredados de mi madre: la pobreza es el mayor de los escándalos, y las medidas individuales no bastan.

Convivir con la dura realidad del nordeste brasileño también me hizo ver claro otro hecho: a partir de cierto nivel de destitución, los pobres pierden la autonomía de autoconstrucción de su espacio en la sociedad, quedan excluidos. De este modo surge una inmensa masa de población privada de sus propios instrumentos para reducir su miseria y, en consecuencia, la libre iniciativa y la libertad de mercado pierden todo sentido. Es comprensible que haya personas que tengan mayor o menor éxito en la vida.

Pero para participar en el juego hay que tener al menos una ficha, o capital inicial, con forma de salud, educación, dinero y demás. No se trata de caridad. Se trata del simple derecho, como ser humano, a participar del juego social, a acceder al punto de partida. La economía trata sobre los mecanismos que rigen el comportamiento de los agentes económicos. ¿Y quién no es un agente económico? En la época, claro está, esta visión era confusa. No obstante, poco a poco, maduraría la comprensión de que un economista en su gabinete pondera sobre cómo una persona puede optimizar su dinero, escoger entre la bolsa o el dólar, anteponiendo así sus teorías a la situación particular de dos millones de destituidos que no tienen donde elegir, y que no por ello dejan de ser personas.



Estudios

A finales de 1963 viajé a Israel. Con 230 dólares, en el vuelo de la Tap que ofrecía descuentos a los periodistas; llegué a Lisboa y seguí de gorra hasta Nápoles, desde donde un barco viejo y tradicional emprendía ruta a Haifa. El barco estaba atestado de judíos que iban a visitar su nueva patria, y por las noches resonaban cantos hebreos. Dos días después del viaje gratis, estaba en Eilat, en el golfo de Akaba, con Pauline. La vida no es una novela. Como dos ciegos, tanteamos encontrarnos el uno al otro, pues ambos habíamos madurado -para un adolescente, un año es una eternidad, éramos dos personas que debían reconstruir su relación. En un año de separación, Pauline no había recibido ninguna carta mía que no hubiera sido abierta antes; su padre había ordenado que le retiraran el pasaporte para que no pudiera salir del país. Ella no podía salir y yo no podía quedarme porque era un turista no judío con un visado de tres meses. Descubríamos la dura realidad: la sociedad está organizada en torno a documentos, no en torno a personas. ¿Y qué es una organización social cuyo centro fundamental no es la persona?

A través de amigos, en una red de solidaridad clandestina que existía en la época, fuimos a trabajar a una plantación a orillas del mar Muerto, en Neot-Hakikar. Trabajando con excelentes agrónomos, aprendí a cultivar tomates, támaras y otros productos; a emplear la irrigación por goteo y otras ..tecnologías incipientes en la época. Bajo el tremendo calor de la región, situada a 400 metros bajo el nivel del mar, nadie pedía documentos y pagaban bien.

Allí oímos en la radio el relato del golpe de Estado de 1964 en Brasil, que reforzaría la indignación, la voluntad de cambios. Aumentar el salario mínimo y conceder a los trabajadores rurales tierras para trabajar, dos propuestas evidentes y muy poco subversivas habían bastado para llevar a la clase dirigente a promover un golpe. Entonces vi con toda claridad el puente entre la economía y la política: si uno acepta la miseria de la mayoría y, por tanto, se muestra como un pueblo que procede bien, no habrá problemas para mantener la democracia. Pero si gravita la amenaza de utilizar la democracia para redistribuir la renta, se impone una dictadura. Dicho de otro modo, para tener acceso a la renta, el pueblo necesita democracia. Pero para tener derecho a la democracia, no puede reivindicar la renta. Así surge este curioso monstruo que hoy conocemos, un sistema democrático de exclusión económica y social.

Los israelíes discutían con nosotros la tragedia de esta nueva dictadura militar latinoamericana, y volvíamos a trabajar en la cosecha de tomates. Alrededor de mí y de Pauline, dos jóvenes perdidos en este universo, había otras personas perdidas, los beduinos, a los que utilizaban en la cosecha sin poder participar de la vida política y social. Los israelíes sentían pena por nosotros, ciudadanos sometidos a una dictadura. Pero no veían la viga en el propio ojo. Siempre es el otro el que se equivoca.

Aprendí hebreo y me emocionaba vivir la Biblia en primera persona al subir el paso del Escorpión en el desierto o al beber agua fresca de Engadí, al tiempo que recordaba las palabras de la sulamita en el Cantar de los Cantares: «Es mi amado para mí bolsita de mirra que descansa entre mis pechos. Es mi amado para mí racimito de alheña de las viñas de Engadí». En la bíblica ciudad de Beersheba frecuentábamos un bar en los límites del desierto de Negev; era bastante decadente y siempre albergaba a algún que otro desorientado y a las cuatro últimas prostitutas de la región. El nombre del bar era elocuente: The Last Chance.

No nos quejábamos. Estar dentro del sistema, inquietarse y ganar dinero puede ser interesante. Estar y vivir fuera del sistema también puede ser interesante, además de romántico. ¿Y no sería más interesante casar ambas maneras? ¿Tiene lógica haber de escoger entre lo uno o lo otro? Pasarían décadas para entender que no se trataba de devaneos adolescentes: casar las necesidades de la economía con nuestra dimensión humana continúa siendo un desafío fundamental del mundo que construimos. La eficiencia es una estupidez si no construye un mundo agradable en términos de lo cotidiano concreto de nuestra vida. Genera competentes tecnócratas ricos, solitarios y frustrados.

Siempre me han gustado las lenguas. Aprendí polaco en casa y luego francés. El portugués vino de manera natural con el traslado a Brasil. Por simple gusto aprendí inglés en el colegio y, más tarde, aprendería e español, italiano y ruso. El hebreo bíblico me llegó por una situación absurda. Pauline y yo intentamos casarnos, no porque diéramos tanta importancia al acto, sino para que ella pudiera tener derecho al pasaporte brasileño (yo ya estaba naturalizado) y salir así del país. Con el objeto de evitar mezclas inconvenientes, Israel no permite matrimonios que no sean religiosos, ni entre religiones diferentes. El resultado práctico fue que ella empezó a tomar clases de catecismo y yo a frecuentar a un rabino de una escuela religiosa, y nuestra ingenua visión era que nos casaríamos por la religión que saliera primero. Consideramos incluso la posibilidad de convertirnos al islamismo, pero no teníamos contactos en esta área.

Al mismo tiempo recorríamos consulados y embajadas tratando de encontrar a alguien que colocara un visado en el documento provisional que Pauline había recibido. Al fin, un admirable cónsul danés, conmovido por la situación de Pauline, que se sentía enjaulada en Israel, le dio un visado de tres meses en condiciones bastante irregulares. Con esto pudimos obtener un visado para ir a Italia. Pauline tomó odio a Israel por el permanente control que allí sufrió y estaba desesperada por salir del país, sentirse libre, dueña de sí misma. Cambiando de taxis según la mejor tradición de películas policíacas, pero huyendo de algo tan prosaico como el control familiar, embarcamos en Haifa.

Es verdad que esta historia tiene cierta dimensión novelesca. Pero visto con cierta distancia es impresionante ver cómo se puede despojar a una persona de sus derechos simplemente por no tener los documentos adecuados; cómo personas perseguidas pueden volverse implacables perseguidores; cómo víctimas del racismo pueden pasar a vivir del racismo. Al ver cómo los judíos europeos discriminan en Israel a los judíos de origen africano -a los que llaman «negros» pese a ser blancos como ellos- o cómo inculcan a sus hijos una visión racista de los árabes, empecé a entender hasta qué punto son poderosas las raíces emocionales e irracionales de la política. Y me quedó clara una verdad sociológica: los derechos que no están organizados, no se materializan, no existen, aunque sean entidades.

Seis meses después, la familia de Pauline decidió darse por vencida y enviarle un pasaporte, con lo que se volvió libre; podía viajar, cruzar una frontera. Nos instalamos en la ciudad suiza de Lausana. Salimos del mar Muerto para acabar en el lago de Leman, donde había cisnes educados y graciosos, y una universidad que aceptaba alumnos con la naturalidad del derecho adquirido, sin la necesidad de luchar con uñas y dientes por una vacante. La Escuela de Lausana, reconocida en el mundo de la economía, formaba buenos banqueros según la mejor tradición de Walras y Pareto. Una buena escuela neoclásica con mucha historia, derecho, matemáticas y teoría. No sé qué es más rico, si la cultura que se aprende en un nuevo país o los estudios. De todas formas, hoy entiendo que conocer diversos países es fundamental, incluso para que el propio estudio teórico tenga experiencias concretas sobre las que pueda desarrollarse. Y estas experiencias son distintas, dependen de culturas y tradiciones. En buena parte, la tendencia de aplicar esquemas simplificados en términos de teoría económica seguramente está vinculada al conocimiento insuficiente de la diversidad social por parte de los teóricos. Intentar entender la economía sin entender la sociedad no da muchos resultados.

Me aprendí el esquema, me licencié en economía política. Empezaba a entender las cosas, y cuanto más las entendía, más me irritaba. Son cosas simples. El tratado de Versalles, por ejemplo, al finalizar la Primera Guerra Mundial, dividía Oriente Medio en pueblos con capacidad política y otros con la necesidad de ser tutelados por Inglaterra u otras potencias. Las reservas conocidas de petróleo coincidían rigurosamente con los pueblos que debían ser tutelados. Es el cinismo institucionalizado, presentado siempre con rebuscados argumentos científicos y extensas justificaciones humanistas. Una historia del Vaticano eliminó cualquier ilusión que yo pudiera tener sobre las santidades. La máquina militar de Hitler recibió un apoyo sólido de empresas como la General Motors, al tiempo que buena parte de los grandes bancos suizos y franceses entre otros se apropiaban de algunos bienes de los desaparecidos. No es sólo un cinismo del pasado. Hubo que esperar hasta 1999 para que, bajo presión, los bancos suizos empezaran a resarcir a sus clientes expoliados, y hasta el año 2000 para que la Caisse de Dépôts et Consignations de Francia empezara a devolver los bienes robados, también bajo la presión de diversas denuncias. En la década de 1990, la General Motors recibiría discretamente una indemnización de cientos de millones de dólares porque su fábrica alemana había sido bombardeaba por los aliados. En esta fábrica se producían durante la guerra motores para los vehículos militares alemanes. Just business...

No hay nada como conocer bien las cosas. La historia es un instrumento poderoso que permite observar la verdadera dimensión de la teoría económica separando los argumentos teóricos válidos de la retórica racionalizada, que sólo busca justificar los intereses de los más fuertes.

Paralelamente, abrí una ventana en el área de la educación. Tuve la suerte de conocer a Piaget, quizás uno de los gigantes de la teoría del conocimiento. Para su último curso, Piaget, ya mayor, invitó a matemáticos, biólogos, economistas y estudiosos de otros campos a fin de discutir metodologías científicas. Yo me contaba entre los felices invitados, en parte gracias a Pauline, que estudiaba con él en Ginebra. Era impresionante ver la correspondencia entre los procedimientos de Marx en un área, y los de Piaget en otra. En vez de medir la inteligencia con las pruebas cuantitativas en la línea del coeficiente intelectual norteamericano, Piaget se concentró en el proceso evolutivo de ésta. En vez de considerar la inteligencia como una acumulación de conocimientos, entendió que resultaba de un proceso dialéctico de interacción entre el individuo y el mundo que lo rodea. En vez de concebir una*evolución lineal, demostraba cómo acumulaciones puntuales conducían a cambios cualitativos, a saltos de inteligencia que delimitaban fases. Era fascinante, pues Piaget enlazaba diversas áreas científicas. Fue un momento privilegiado que enlazó mis estudios de economía con un universo científico más amplio. Aprendí la importancia del método y entendí que la economía es importante, pero no lo suficiente.

Leía a Marx, los nuevos libros que publicaba la editorial Maspero, y bullía la indignación de todos por la guerra de Vietnam. No es que ésta fuera peor que otras, pero la colosal dosis de hipocresía descarada de los americanos redoblada la indignación. En cierto modo, la dimensión de las mentiras barrió del mapa la credibilidad americana, la fachada simpática de las multinacionales, hasta hacernos perder incluso la percepción de los aspectos positivos que pudieran tener. Los americanos tenían su propio demonio, Moscú; nosotros teníamos el nuestro, los americanos. Así fue cómo nos volvimos en cierta manera comunistas, no por quererlo así, ni siquiera por entender lo que ocurría en estos países, sino por el hecho de que la polarización ideológica impelía, a quien no estuviera de un lado, hacia el otro. Si había tantas mentiras, y eran evidentes en el caso de Vietnam, ¿qué habría de verdadero en el caso de las denuncias contra el comunismo? Cierta lectura histórica señalaba el apoyo que los gobiernos americanos habían dado siempre a las dictaduras sangrientas de Batista, Somoza, Papa Doc, Mobutu, Suharto, Pahlevi y tantas otras. Estamos hablando de millones de muertos, de miles de millones de dólares en fortunas personales de dictadores, de rapiña generalizada de riquezas nacionales a través de alianzas de dictadores locales con empresas transnacionales y la máquina de gobierno de Estados Unidos y otros países ricos. Erigirse en defensores de la libertad y de los derechos humanos, francamente...

A mi parecer, la dimensión ética siempre fue subestimada. Buena parte de la juventud que se agitaba tanto en Europa como en otros continentes recibía de sus padres una gran cantidad de electrodomésticos y una herencia moral por debajo del nivel del mar. Los padres creían haberse sacrificado, que sus hijos se quejaban de vicio, pero el lado más generoso de esta juventud quería otra cosa. Y en la línea de las simplificaciones que dominaron el siglo xx, quien se quejaba en el Este era lacayo del capitalismo y quien se rebelaba en Occidente era agente de Moscú. La política se resumía en la elección de un tipo u otro de bandidaje político. Y las teorías económicas correspondientes -la planificación por un lado y el liberalismo por otro- se presentaban como un barniz teórico que, en realidad, sólo recubría la truculencia existente: rápidamente, el liberalismo se transformó en el poder centralizado de las grandes empresas transnacionales; el socialismo real reproducía simétricamente la centralización del poder económico a través del Estado.

Me hallaba en París cuando Francia se detuvo en mayo de 1968. Era impresionante ver al pueblo en la calle, ver que los barrios se organizaban para gestionar de forma directa sus intereses. Es difícil reconstruir un sentimiento abstracto pero poderoso, casi palpable en la época, de gente ayudándose unos a otros, de una mezcla de libertad y solidaridad. El sentimiento se extendió por todo el planeta, de París a Woodstock, y hasta llegó a abrir algún claro de luz en la dictadura que entonces había en Brasil. Era como si descubriéramos que era legítimo tener sentimientos que fueran más allá de la búsqueda organizada y disciplinada de algunos porcentajes de aumento del PIB.

Las producciones artísticas se exponían directamente en la calle, se hablaba de todo y de nada con desconocidos. Se había destapado una inmensa caja de afectividad contenida y, con ello, se había liberado un universo de convivencia, revelando así el frustrante desierto de vidas centradas más en el dinero que en la vida.

De Gaulle, asustado con el cambio que alcanzaba incluso a la policía y al ejército, acudió a Estrasburgo para discutir un eventual apoyo del ejército alemán. Entre la patria y la defensa de la propiedad no cabía ninguna duda: de repente ya no había distancias entre los dos ejércitos.

En todo el mundo fueron muchas las manifestaciones que apuntaban al fallo moral del sistema. De repente, quedó a la vista aquella mezcla de fuerza y fragilidad a la que nos enfrentábamos.

En cierto modo sabíamos dónde estaba el mal, pero no sabíamos dónde estaba el bien. Por polarización natural apoyábamos el comunismo, pero era por una nivelación artificial del antiamericanismo. Cuba fue en este sentido un inmenso polo de atracción, una experiencia transparente, al fin una ética en la política, un objetivo social claramente definido. No era, como tanto acreditaban los órganos de seguridad de Brasil, sólo propaganda comunista. Se trataba de la única opción decente en la que apoyarse frente a las injusticias, la corrupción, el bandidaje político de los regímenes sudamericanos. Injusticias, corrupción y bandidaje que, además, siguen estando en buena parte intactos.

Al igual que tantas otras tentativas de transformación social del siglo xx, Cuba sería víctima de la guerra fría: fue empujada a conciencia por los norteamericanos hacia un extremismo que no pretendía, fue hábilmente atada a los intereses soviéticos por la necesidad de supervivencia. No había cabida para un término medio, el mundo tenía que estar a favor de EEUU o de la URSS. Al no ser pro americana, Cuba tenía que ser pro soviética. Como tal, fue declarada enemiga mortal. Una isla relativamente pequeña, aislada del mundo, políticamente endurecida por las propias agresiones y asfixiada por el bloqueo no podría funcionar. El proceso es interesante: la experiencia se hace inviable y, como se demuestra que así es, se pone en evidencia que el modelo no funciona. Y al empujar a la isla a los brazos de la Unión Soviética, se estaba demostrando que el comunismo no funciona. Batista, Somoza y Mobutu serían amigos de la democracia. Cuba sería antidemocrática. El pueblo cubano se convirtió en una simple peonza: lo importante era ganar puntos en la gran estrategia mundial. Pobre Cuba: Tan lejos de Dios... y tan cerca de Estados Unidos.


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