El movimiento guerrillero en la guerra de la independencia conferencia pronunciada



Descargar 92.89 Kb.
Fecha de conversión13.12.2018
Tamaño92.89 Kb.



ASOCIACIÓN DE PERSONAL DOCENTE JUBILADO DE LA UNIVERSIDAD POLITÉCNICA DE MADRID

Nº 70
EL MOVIMIENTO GUERRILLERO



EN LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA

CONFERENCIA PRONUNCIADA


POR

D. MIGUEL ALONSO BAQUER

Doctor en:

Filosofía y Letras

Historia y Geografía

el día 29 de Mayo 2008

INSTITUTO DE INGENIERÍA DE ESPAÑA

General Arrondo, nº 38 (MADRID)



Tema de la conferencia.- El auge del movimiento guerrillero se alcanzó tras una suma de grandes desconfianzas del pueblo español en su propia estructura de poder.

Primera : La desconfianza hacia la estructura del Estado de Carlo IV, (mejor sería decir del Reino), que fue incapaz de poner freno a la abusiva pretensión napoleónica de aniquilamiento del Reino hermano de Portugal.

Segunda: La desconfianza hacia la eficacia defensiva de los Ejércitos Reales y de la Real Armada, sin recursos humanos ni materiales suficientes para consolidar el régimen que quería imponer el Príncipe de Asturias, convertido en Fernando VII.

Tercera: La desconfianza en las operaciones en curso para la expulsión de los ejércitos franceses, obedientes a José I Bonaparte, si el éxito dependía de batallas en campo abierto a cargo de un ejercito regular

Cuarta: La desconfianza hacia las milicias provinciales, si su siempre limitado prestigio no iba más allá de una resistencia heroica en el interior de las escasa fortificaciones o en trance de fortalecerse, como Zaragoza, Gerona, Jaca, Burgos, Astorga, Ciudad Rodrigo Badajoz o Cádiz.

Quinta: La desconfianza de las propias Cortes de Cádiz hacia la inmediata liberación de amplias comarcas del Reino de España, si no se encontraba pleno apoyo en nuestros aliados ingleses o portugueses.

Al responder a estas desconfianzas mediante la movilización de guerrillas o de partidas, se dio notable protagonismo a unas fuerzas irregulares, cuya fama sigue siendo notable


D. Miguel Alonso Baquer.- Es general de Infantería, diplomado de Estado Mayor, Doctor en Filosofía y Letras, Doctor en Historia y Geografía, Especialista en Sociología Política. Fue Director General del Patrimonio Artístico y Cultura (Bellas Artes y Archivos) del Ministerio de Educación y Ciencia. Ha dirigido el Instituto Español de Estudios Estratégicos. Es autor de libros como: Testigos del Misterio. El Ejército en la Sociedad Española, ¿A qué denominamos Guerra y ¿Dónde está la morada de la paz?..
EL MOVIMIENTO GUERRILLERO DE

1808 a 1813

El movimiento guerrillero español de la Guerra de la Independencia se gestó en 1808, vio la luz en 1809, creció en 1810, se reprodujo en 1811 y murió, tras transformarse en una fracción de los ejércitos regulares antinapoleónicos, en 1812, para ser, ya desde 1813, una parte consistente de las unidades que recibieron a Fernando Vil, el rey Deseado, en 1814.


El auge del movimiento guerrillero se alcanzó tras una suma de desconfianzas. Primero, la desconfianza hacia la estructura del Estado (o mejor del Reino) de Carlos IV que fue incapaz de frenar la pretensión napoleónica de aniquilamiento del Reino hermano de Portugal. Segundo, la desconfianza hacia los Reales Ejércitos y la Real Armada de España, ambos sin recursos suficientes para satisfacer la defensa del nuevo Reino, que ya había conquistado Fernando, el Príncipe de Asturias, en el motín histórico de marzo de 1808, en Aranjuez. Tercero, la desconfianza hacia los Ejércitos regulares españoles, alzados contra el Rey Intruso, José Bonaparte, si la victoria dependía del éxito en batallas campales. Cuarto, la desconfianza hacia las Milicias provinciales, si su prestigio había de derivarse de la resistencia a los asedios de las ciudades estratégicamente más significativas como Gerona, Zaragoza, Jaca, Burgos, Astorga, Ciudad Rodrigo, Badajoz o Cádiz. Y, quinto, la desconfianza hacia la liberación inmediata de las grandes comarcas del Reino de España merced al apoyo de los ejércitos de nuestros aliados portugueses y británicos.
La gestación del movimiento guerrillero culminará cuando Napoleón, personalmente, desbarate nuestras formaciones militares en Gamonal junto a Burgos) y en el Puerto de Somosierra. Y cuando, en persecución del general inglés Sir John Moore, el Emperador de los franceses deje al volver a París clara la voluntad política de integración de España en su propio sistema imperial.
El auge guerrillero llega después de que José Bonaparte, en la otoñal batalla de Ocaña, se ponga en condiciones de operar, sin grandes resistencias de fuerzas hispanas, hacia Andalucía y Valencia. Exactamente, en el invierno de 1809 a 1810. Lo que llevará al paroxismo guerrillero se corresponde con dos fenómenos muy diferentes, uno militar, la expedición a cargo del mariscal Massena, (otra vez para doblegar a Portugal) y otro político, la existencia en Cádiz de unas Cortes soberanas y de unas Regencias, -hasta cuatro- que en precario asumieron la dirección de la guerra (en tanto guerra de la independencia). Y también la conducción de las operaciones (en tanto actividades dentro de una alianza). Los relativos éxitos españoles en Fuentes de Oñoro y en la Albuera, durante la primavera de 1811, anuncian que es posible la coordinación del movimiento guerrillero con las maniobras de los ejércitos regulares luso-británicos que mandaba con creciente energía Sir Arthur Wellesley.
La transformación del movimiento guerrillero en algo reglamentado (regulado, organizado, uniformado y obediente a unos propósitos políticos y a unos designios estratégicos) está en relación directa con el resultado de la batalla de los Arapiles librada muy poco después de la promulgación de la Constitución de 1812. La clave del cambio de horizonte está en la deseada obtención de empleos militares para los principales cabecillas de las partidas que se hizo pública.
No puede negarse que el movimiento guerrillero dejara grandes huellas. La totalidad del Reinado de Fernando Vil resultó afectada por el hecho de que la guerra de guerrillas alcanzó a ser durante unos cinco años (1809-1813) un género de vida, en principio, hostil al poder establecido, al que los guerrilleros se habían acostumbrado a ver como ilegítimo. Si José Bonaparte en 1808 era El Intruso, también las estructuras de poder que le sustituyeron entre 1814 y 1833 con Fernando Vil podían ser descalificada como gobiernos de usurpadores, si no por todos los jefes de las partidas, al menos por alguno de ellos.

De aquí que otros fenómenos de mucho más antigua vigencia, como el bandolerismo rural o los motines urbanos (y los más recientes motines y pronunciamientos de unidades militares en rebeldía contra sus mandos naturales) se siguieran asociando (durante aquel tiempo de guerras civiles reiteradas) con la actitud de personalidades que, en su día, prestaron largos servicios como guerrilleros.




1.- Una guerra sin batallas

En la tradición militar siempre se ha oscilado en confiar los resultados de los combates entre dos estrategias: la estrategia de la acción directa, del que se cree más fuerte y busca la batalla decisiva para ganarla e imponer sus condiciones y la estrategia indirecta (más allá de la estrategia de la aproximación indirecta) del que se sabe más débil y busca no perder inmediatamente. Al servicio de esta última estrategia, las misiones decisivas de las unidades muy ligeras, sutiles, inapresables y móviles incluso por espacios agrestes, han estado habitualmente encomendadas a la caballería. Pues bien, la exageración de la confianza en este tipo de acciones por sorpresa es a lo que llamamos exactamente una guerra irregular, una guerra de guerrillas o una guerra de movimientos. ¡Una guerra sin batallas!

Conviene precisar la existencia de hasta tres realidades complementarias que vamos a denominar, guerrillas de paisanos, partidas de cruzados (o de clérigos) y partidas de militares (o soldados). Son tres realidades desigualmente atentas a su actuación autónoma, es decir, son acciones en sí mismas independientes de la suerte (casi siempre adversa) del ejército regular más próximo a sus guaridas o refugios. Luego se les llamará santuarios.
La guerrilla de paisanos, como todas las demás, también acabó militarizándose si la confianza en los ejércitos regulares se recuperaba. Esta es la verdadera guerrilla porque era ella la que podía acumular más pequeños éxitos locales sin ser gravemente dañada en su consistencia. La partida de cruzados se militarizó aún con mayores resistencias. Lo que hace es secularizarse hasta el punto del imposible retorno de sus individuos al monasterio, al convento o a la parroquia.
La partida militar, todavía marcada con un fuerte componente de profesionales, es decir, de soldados desertores (o perdidos) en combates desgraciados y de militares autorizados para seguir luchando por su propia iniciativa- será la que más se anticipará en el afán de volver a ser considerada como una unidad reglada de algún ejército español en operaciones.

El guerrillero, en definitiva, es un tipo que se distingue del militar; pero no es su antítesis. El guerrillero le disputa al militar -un general del Antiguo Régimen que no coronaba con victorias sus maniobras- el prestigio social que sí que disfruta quien sobrevive activo en las comarcas más cercanas al pueblo o comarca poco antes subyugados por el invasor. El guerrillero quiere, al final de la contienda, tener reconocidos sus derechos, no como un ciudadano liberado, sino como un militar. En definitiva, como un militar de carrera, o mejor, como un soldado que se ha profesionalizado durante la acción de combatir.

Hay en la literatura española toda una retórica descriptiva del guerrillero muy interesada en eludir los rasgos de la figura del militar. Y hay en la historia de las campañas más asimétricas en poderío respecto a las propias de Napoleón (a cargo de militares profesionales) una valoración positiva de los servicios prestados por las guerrillas. Esta valoración tiene matices muy dignos de reconsideración. Pero resulta, en definitiva, que del militar de carrera puede hacerse un buen general y que de algunos militares profesionales pudieron hacerse algunos magníficos guerrilleros.

Recientemente, (1995, Aportes) Pedro Pascual en La guerrilla navarra en la Guerra de la Independencia. Apasionados debates en las Cortes de Cádiz para aprobar el reglamento de las partidas (fechado en 1812) ha desacreditado con motivos la imagen distorsionada del guerrillero que tanto se viene reproduciendo: un español, bronco, indisciplinado, zafio, indómito, independiente, duro, desobediente, feroz, heroico, patriota, temerario, valiente e insobornable. Porque es cierto que estas notas se dan; pero nadie será capaz de reunirías en una persona aislada o en una guerrilla entera durante todo un periodo de tiempo.


Carlos Martínez de Campos en Figuras Históricas. Ensayos sobre el Caudillaje (1958), -donde encuentran acogida hasta diez y seis ensayos-, da una imagen tan distinta del jefe de guerrillas que le vale antes para Viriato y para Tomás de Zumalacárregui, pero mucho menos para el Cid, Pizarra o Juan Prim. No cita ningún guerrillero de la Guerra de la Independencia. Pero recoge como caudillos victoriosos al rey David, (por razones religiosas) a Ghengis Kan, a Churchill y al japonés Togo (por razones políticas) y a Alejandro Magno, a Federico de Prusia, a Napoleón y a Ferdinand Foch (por razones militares).

El guerrillero de Martínez de Campos es, en general, un campesino que tiene vocación de mando. "El jefe -escribe el Duque de la Torre, teniente general- ha de pensar y ha de mandar y si, además se lo propone y tiene poca gente y está en el monte... se convierte en guerrillero". Y nos da una descripción de los cabecillas bastante seria que, claramente, es la propia de la pluma del moderno militar de carrera metido a historiador que era D. Carlos.


"El guerrillero es, sin duda, la quintaesencia de un jetazo. Lo sabe todo y no sabe nada. Tiene gran confianza en lo que piensa. Tiene orgullo y tiene fe en su ciencia que es sólo instinto. Se considera insustituible. No se da cuenta de que el hombre está dirigido por una Voluntad Suprema. Cree que es él quien manda a los presentes, cuando no se manda sino a sí mismo. Se cree el pequeño dios de los soldados que están bajo su férula para su desgracia o por su fe".

El militar Ramón Sánchez Díaz llevó a un Congreso de Historia de las Campañas que se celebró en Moscú en 1969, esta definición de guerrilla: "reacción armada, violenta y extrema de la fracción de pueblo que renuncia a sucumbir". Y habló, en referencia a la España de 1808, de hasta trescientos pequeños grupos documentados, cuya cabecera en el 75% era de paisanos y sólo en el 5% de militares y títulos nobiliarios. En el 20% restante compartieron esa jefatura clérigos, alcaldes (o propietarios rurales) pastores, médicos e incluso alguna mujer. Le da mucha importancia al Reglamento de la Junta Central de 28 de diciembre de 1808 de combatientes donde se habla de unos cincuenta hombres a caballo para poder ser un grupo calificado de cuadrilla o de guerrilla.

Los datos aportados por el Servicio Histórico Militar venían tanto de la obra monumental del general José Gómez de Arteche cuanto del Conde de Toreno. Con estos datos, los historiadores contemporáneos (Miguel Artola, José María Jover Zamora y Vicente Palacio Atard) lograron en su día una forzada integración del movimiento guerrillero en lo que llamaban revolución burguesa o guerra popular.
2.- El escenario de las acciones guerrilleras

Como guerrillas nacieron desde el verano de 1808 en el entorno de las ciudades de Pamplona, de Burgos y de Valdepeñas, (puntos de paso obligado para los generales al mando de expediciones francesas). Es el caso de Mina el Mozo, del Cura Merino, del Empecinado y del Chaleco o del Médico. Hubo nuevas guerrillas en aquel mismo otoño. Y en invierno, consecuentes a las derrotas de los cuatro improvisados ejércitos, -izquierda, centro, derecha y reserva- con los que la Junta Suprema y Central quiso expulsar a Napoleón y a sus mariscales. Todo ello algo después del éxito español de Castaños y de Reding en Bailen, tan efímero en sus resultados.

Por razones fáciles de entender, el movimiento guerrillero de resistencia se hizo fuerte en la Cornisa Cantábrica y en los Pirineos (tanto occidentales como orientales) con Porlier, Campillo, Longa, Jáuregui (El Pastor), Espoz y Mina y Renovales. O el catalán Barón de Eróles a lo largo de 1809-10. Pero lo que no hay que desdeñar fue lo ocurrido antes en la Sierra de Gredos, en los Montes de Oca, en la Alcarria y aún más al sur de los Montes de Toledo o de la Serranía de Ronda y de las Alpujarras.

El fenómeno guerrillero se generalizó entre 1810 y 1811 gracias a la fama de los nombres de quienes a su frente supieron mantenerse cerca de los ejércitos hispanos que sobreviven sin descomponerse del todo. Es el caso de Julián Sánchez (El Charro), de Juan Palarea (El Médico) y del Conde de Montijo. Y del general Lacy y del infante de marina Serrano Valdenegro, todos éstos, los jefes de partidas mejor vinculados con Cádiz y con el Campo de Gibraltar.

Hubo, en definitiva, tres tipos de caudillos uno para las guerrillas, otro para las partidas. Y un tercero para los corsos terrestres y marítimos. El ciertamente civil del paisanaje; el sobrentendido como religioso en su búsqueda de la legitimidad perdida y el extraído de los propios ejércitos diezmados, con mayor o menor tolerancia por parte de sus generales. Aunque no siempre fue así, la guerrilla se iniciaba como fenómeno espontáneo popular (queremos decir rural). La partida de cruzada se autodefinía como católica, porque descalificaba al adversario como enemigo de Dios. Y la partida o corso de carácter militar será la que hizo que todos fueran convergiendo de hecho y tomaran con decisión el camino hacia su integración como batallones (brigadas o divisiones de los Ejércitos) algo que se cuidaba desde la correspondiente Regencia gaditana.

Son éstas Regencias, respectivamente: la de Castaños, durante la Primera Regencia, quien quiere más guerrillas actuando junto al Ejército de Extremadura (Duque de Alburquerque) y al Ejército del Centro: la de Blake, de la segunda Regencia, quien las había querido ver en la cornisa cantábrica y en el valle del Ebro. O la del Duque del Infantado, durante la tercera Regencia, quien se las ofrece a Wellington como fuerza auxiliar. Y la del jefe de escuadra Gabriel Ciscar (de la cuarta y última Regencia) quien las concibe ya como valiosas fracciones de un sólo Ejército, el Séptimo, que se le pone al mando del que ya lo era del Ejército de Galicia. Gabriel de Mendizábal.


A este respecto, será imprescindible la consulta de los frecuentes documentos que demuestran el interés del cabecilla dotado con éxitos en estratagemas por tener en propiedad un alto empleo militar, -coronel, brigadier o mariscal de campo. Y también el afán suyo por ser retratado de uniforme, con divisas militares a la vista, que acreditaban su empleo.

Lo ha visto con claridad Antonio J. Carrasco Álvarez en el ensayo de la Revista de Historia Contemporánea Aportes Año X nº 27 (1995) que tituló Entre el mito v la realidad. La Guerrilla en la Historiografía. Carrasco Álvarez los verá así en los dos tomos de Los guerrilleros de 1808.

Historia popular de la Guerra de la Independencia, (una excelente obra de conjunto que describe sus hazañas bélicas en tono heroico). El autor en 1887 del mismo empeño (E. Rodríguez Solís) quizás participara del afán del Conde de Toreno por desvalorizar a los mandos españoles de los ejércitos regulares con su exclusiva apología de lo irregular.

No así, el militar Gómez de Arteche que pocos años antes (1868) y, luego precisamente en 1886, había destacado sin complejos la superior valía de Juan Diez Martín El Empecinado, el caudillo de una guerrilla verdaderamente civil, que es de la que Rodríguez Solís nos daba esta definición:



"Partida de paisanos no muy numerosa, al mando de un jefe particular y con poca o ninguna dependencia de los mandos del ejército, que acosa y molesta al enemigo".

Es Miguel Artola quien subraya en la guerrilla (como antes el conde de Toreno y después Jover Zamora) la abundancia de "soldados dispersos de los ejércitos derrotados, de labradores y de campesinos, de desertores procedentes de los españoles reclutados por José Bonaparte y por ministros afrancesados y de clérigos sin parroquia o de monjes exclaustrados".

En definitiva, hubo una banda armada de partisanos con algunos matices revolucionarios muy precisamente entre los que luchaban junto a los alcarreños Duran y el Empecinado que actúa siempre sin querer ser contemplados como
militares en campaña.

Y es Agustín Ramón Rodríguez González quien matiza mejor en su trabajo Las Guerrillas en la Guerra de la Independencia. De Partidas a Divisiones (1808-1814) las afirmaciones de Gregorio Marañen, que incluyen el espíritu jacobino en lo genuinamente guerrillero del Empecinado, poniéndolo en contraste con lo mejor regulado de algunos hombres de autoridad como Espoz y Mina.

No cabe deducir que hubiera en España nada parecido al pueblo (o a la nación en armas) de los discursos de Danton, Robespierre o Saint-Just, que apuntaron en la Asamblea Francesa a una movilización del país para la guerra -un ejército de masas- y que nunca se orientaron hacia una movilidad en guerra irregular de lo sutil -una guerrilla, una partida, una columna a caballo, un batallón ligero a pie, una brigada móvil o una simple división de voluntarios.

Y es que al estudio del movimiento guerrillero se le descentra si se le separa de la verdadera situación militar suya dentro de un conflicto abierto. Sus actores y sus agentes, -el caudillo y sus hombres- quieren expulsar a los gobiernos y sueñan con ponerse al servicio de un poder legítimo que les premie sus servicios y sus sacrificios. El mérito que se atribuyen consiste en su arte de operar libremente, eligiendo el lugar y el momento en que la fracción enemiga deba de ser víctima de una emboscada, porque ya iba estando bien informada de la entidad del enemigo a batir.



3.- El carácter inducido de las ideologías en juego
Basta seguir, una a una, las Hojas de Servicio abiertas a los guerrilleros más famosos para percibir entre ellas diferencias y parecidos. Su adscripción ideológica, después de 1814, fue, naturalmente, extremadamente diversa. Tan distintas son entre sí, como diferentes fueron los nacientes partidos políticos que acompañaron a la evidente crisis política del Antiguo Régimen. Vale la pena hacer un recorrido a cuenta de las personalidades mejor perfiladas durante su actividad guerrillera.

Yo mismo, el 30 de mayo de 1979 en Pamplona, -en su ciudadela- dicté una conferencia, con ocasión de la Semana de las Fuerzas Armadas, que titulé (siendo Profesor de la Escuela de Estado Mayor) Espoz y Mina, un general guerrillero (1781-1836). Me apoyé en las Memorias que le preparó su viuda y en las observaciones muy atinadas de Jesús Iribarne del año 1965. Espoz y Mina, el guerrillero. Y es que este caso tan particular, es el que sirvió de pauta a los demás miembros ilustres del mismo movimiento de guerrillas.

En la memoria de Espoz y Mina están grabados los sucesos de Pamplona a cargo de los 4.000 hombres del general Armagnac en febrero de 1808, al triunfar una estratagema desleal para ocupar la ciudadela. Y adelantará la fecha exacta de su integración en el Batallón reglado del comisionado inglés, el coronel Doyle, para encaminarse a Jaca y decidir finalmente su adhesión a la Partida corso-terrestre de su sobrino Mina el Mozo, que muy pronto se verá convertido en capitán, por decisión del general Areizaga, el gobernador de Lérida alzado contra Napoleón y contra su hermano José (con antelación).

Lo decisivo, para Benito Pérez Galdós, -que denominará a Espoz y Mina varias veces en los Episodios Nacionales el Napoleón de los guerrilleros- viene después de la capitulación hispana de la guarnición de Jaca el 21 de marzo de 1809 y de la prisión en Labiano, el día 29, de Mina el Mozo y de su plana mayor de mando. Es entonces cuando Francisco Espoz y Mina refunde en una las partidas de Pascual Echevarría (El Carnicero de Corella), del ex sargento Sádaba y la de Juan Hernández (El Pelado).


Durante un tiempo se habla de Los Voluntarios de Mina como fuerza irregular a las órdenes de la débil Junta de Aragón y de Castilla, con sede en Peñíscola (en el Mediterráneo). Pero Mina y sus dos eficaces colaboradores. Cruchaga y Luis Gómez, no dejan de ampliar su radio de acción desde su tierra natal, Idocin (valle de Ibargoa, en la merindad de Sangüesa) para ir hacia algunos puertos del Cantábrico donde reciben ayuda de buques de guerra y

mercantes de bandera inglesa (Santoña y Lequeito).


Espoz y Mina habla con amargura de la peregrinación espantosa de los meses de agosto y de septiembre de 1810. Se corresponde en el tiempo con el paso por Guipúzcoa del grueso de la expedición de refuerzo al Ejército napoleónico de Portugal que manda el mariscal Massena, T enfant cherie de la victoire". Pero muy pronto renace, gracias a la reiteración de sus éxitos tácticos, una verdadera División de Línea que se llamará División de Navarra.

No fue fácil ni automático su ingreso en la disciplina del Séptimo Ejercito que manda el teniente general Gabriel de Mendizabal. Fue más bien conflictiva la relación de Mina con los efectivos, bastante menores, del comandante Longa y de los también oficiales del Ejército, hermanos Cuevillas. Y con las partidas de los Campillo, de Salazar y las de Portier y Mariano Renovales, ambos oficiales del Ejército desde antes de 1808.

Lo decisivo radica en el reconocimiento que Mina obtiene por parte de las distintas Regencias de empleos militares, para sí, de alta graduación, y para sus inmediatos colaboradores. Concluida la guerra vemos a Mina penetrar tras Wellington en el Sur de Francia, pronunciarse rebelde en la ciudadela de Pamplona contra el Gobierno todavía absolutista de Fernando Vil, emigrar a los Países Bajos (donde está a punto de participar en la batalla de Waterloo) y sufrir dos etapas de destierro en Inglaterra, una entre 1815 y 1820 y otra entre 1824 y 1833. Entre 1833 y su muerte en Barcelona en 1836, cabe un mando supremo en operaciones del Ejército liberal en lucha contra los partidarios de Carlos María Isidro. Es ya, para la historia, un distinguido teniente general del Ejército de la Reina Gobernadora, María Cristina de Nápoles.

4.- El caso del Cura Merino v de otros clérigos

La figura de Jerónimo Merino como caudillo guerrillero tiene las características que ha sabido poner de relieve el profesor especializado en historia de las campañas militares que es el general de Caballería, diplomado de Estado Mayor, Rafael Casas de la Vega.

Merino había sido guardián de cabras antes que seminarista. Al ser ordenado sacerdote no sueña en otra cosa que en el ejercicio de párroco en alguna localidad del entorno de su nacimiento (Villoviado).

Había nacido en 1769. En 1808 tenía ya 39 años. Es sabido que sufrió delante de sus feligreses en Lerma una humillación por parte de una columna francesa allí acantonada. Fue entonces cuando se puso a las órdenes de una Junta Territorial de Guerra con sede en S. Pedro de Arlanza. Lo que formará como una guerrilla responde al concepto de partida de cruzados donde novicios y seminaristas estarían notablemente representados.

Durante los meses de julio a septiembre del año 1809 ejerce una intensa actividad guerrillera con fortuna. Ha percibido bien la vulnerabilidad de las columnas de los ejércitos franceses de ocupación cuando éstos siguen la ruta que desde Burgos busca el Puerto de Somosierra.

Desde su refugio en el Monasterio de Silos, -no muy alejado de la importante localidad de Aranda de Duero- llega a reunir cerca de cuatrocientos jinetes. Tanto es así que en 1810 le será reconocido por lo que queda de la Junta Suprema y Central el empleo (o mejor el grado) de teniente coronel.


Cuando se le buscó por los gobernadores militares franceses había optado ya por ejercer su dominio de los Montes de Oca. Sus agresiones por sorpresa a los destacamentos desglosados de las columnas más sólidas le llenan de fama. Todos los cronistas de la Guerra de la Independencia dedican párrafos elogiosos a sus cualidades. Incluso se le reconocen dotes de tratadista porque dejó por escrito todo cuanto resultaba útil en una guerra irregular.

Su conversión en mando de unidades ya regladas se consumará entre los años 1811 y 1812. La condición de partida de cruzados está olvidada. Lo suyo es una verdadera brigada ligera que sabe conectar con los ejércitos regulares obedientes a la tercera de las Regencias gaditanas.

Tanto es así que se volverá a contar con Jerónimo Merino en lo que José Luis Cornelias ha llamado Primera Guerra Civil, la del año 1822. Será entonces un eficaz auxiliar del recorrido hacia Madrid de los denominados Cien Hijos de San Luis, los del Duque de Angulema.

Más decisiva será su definición del todo legitimista en la Primera Guerra Carlista a partir de una fecha tan temprana como el 23 de octubre de 1833. Ahora, será la Sierra de Neila y la Laguna Negra, junto a Salas de los Infantes (en el nacimiento en los Picos de Urbión, del río Duero) el punto de apoyo para mostrar sus excelentes habilidades.

Tendrá desgracias personales y fracasos operativos al pretender coordinar su actividad guerrillera con la idea carlista de efectuar grandes expediciones hacia los alrededores de la capital de España.

Murió exiliado en Alencon (Normandía) en 1844. Tenía por varias vías consolidados los más amplios empleos militares de campaña. Siguiendo la pauta de las Regencias de Cádiz y de la Seo de Urgel, también la Corte de Carlos María Isidro en Oñate, le considerará Teniente General. Y en el retorno a su patria chica de los restos mortales se le otorgarán honores de Capitán General.


Cabe comparar esta historia con los normales fracasos de las frecuentes partidas que tuvieron a clérigos por cabecillas. Andrés Cassinello Pérez, nuestro mejor estudioso de la figura de Juan Martín, El Empecinado, nos da noticias de ellos. Porque lo del Empecinado tenía otros orígenes y tendrá diferente desarrollo. Ni clérigos ni soldados cuentan para el hombre de La Alcarria que cuidará de tener una verdadera guerrilla, con una estructura civil o de paisanos. Ello no desmiente lo que les une a partisanos, cruzados y guerrilleros. Su estilo de combatir y su inquietud por ver reconocidos sus méritos con la propiedad de empleos militares son del todo análogos.
Las actividades de Duran y del Empecinado se localizan preferentemente en La Alcarria. La historia militar de las campañas pone en relación a estas guerrillas con la presencia en el Reino de Valencia del Regente Blake, quien ya en los primeros días del año 1812 se verá obligado a capitular con todo su ejército.

Esta experiencia del contraste entre guerrilleros (que sobreviven y vuelven a su actividad) y generales que capitulan en campo abierto (o en los entornos de las plazas fuertes) agigantará la real importancia de las guerrillas y reducirá los méritos del generalato. Sus servicios de campaña se verán recompensados por la Segunda y la Tercera Regencia de Cádiz. La literatura con base histórica, -por ejemplo los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós- aún mitificará más su evidente popularidad. Y se insinuará la injusticia con la que serán tratados los guerrilleros por Fernando Vil.


Es lo que se desprende del trabajo meticuloso de Alberto Martínez Albiach, Religiosidad hispana v Sociedad borbónica, tal como lo ha editado la Facultad Teológica del Norte con sede en Burgos (1969). La componente guerrillera clerical ha sido bien analizada por el teniente general Andrés Cassinello Pérez por escrito y en conferencias que, como la de 16 de febrero de 1994 fueran pronunciadas en el Ceseden. Las Partidas de cruzados fueron puestas en su lugar junto a las Guerrillas de paisanos, sin olvidar a las Partidas de militares v soldados.
También el Edicto General de la Provincia de Extremadura de 29 de abril de 1809 (dictado por el general de Alburquerque, al heredar las fuerzas del marqués de la Romana) tomó en consideración el fenómeno de la guerrilla de clérigos. Otro fraile, Manuel de Santo Tomás, había redactado un Reglamento Especial, similar al general para las partidas y cuadrillas. Son normas coherentes con el Reglamento de la Junta Suprema y Central de 28 de diciembre de 1808, dado a conocer en Sevilla. También coherentes con la Instrucción para el Corso terrestre de Cádiz de 17 de abril de 1809 precedente de la Orden de la Regencia Segunda (la del General Blake) de 15 septiembre de 1811.

El más moderno de los Reglamentos de guerrillas lleva la fecha de 11 de abril de 1812. Cruzados y clérigos combatientes ya no se distinguirían de guerrilleros y de partisanos porque éstos, a su vez, entraban cada día más en los planes de operaciones de los generales en jefe españoles y en las maniobras del Generalísimo Wellington.

Cassinello aporta muchos nombres propios, -sacerdotes como Pedro Álvarez Caballero y Juan Pablo Constant, frailes de varias órdenes como Manuel Concha, Juan José Girón y Antonio Temprano. Nicolás Hortas, años antes, había citado a Juan Tapia, el Cura Tapia de Astudillo y a José Escorihuela, que era franciscano. En los orígenes de la famosa Partida Quilez, -luego evocada en los orígenes del carlismo- figura como antecedente de quienes fueron movilizados en el Maestrazgo por Ramón Cabrera en 1834.
La aventura del alavés de Arrastaria (Julián de Delica) es muy significativa. Juan Bautista Mendieta (para el siglo) ya en el verano de 1809 en la zona de Toro mandaba sobre unos setenta guerrilleros a caballo. Se había atrevido a dar, prematuramente, una declaración de pleno apoyo a la Junta Suprema nada más llegar ésta a Sevilla el 6 de junio de 1808, Estaba, pues, en el punto de mira del ejército francés.
Julia Delica es ya El Capuchino guerrillero. Había logrado capturar al ayudante general del mariscal Soult (al general Franchettl) cuando ambos volvían desde Oporto a Castilla la Vieja (1809). Sin dañarlo ni condenarlo a muerte lo entregó al Duque del Parque que dominaba Tordesillas. Pero, fatalmente, el general ayudante prisionero muere de fiebre amarilla cuando se le conduce hasta la lejana Cartagena el día 23 de octubre de 1810.
El Capuchino será capturado por los franceses en nuevas operaciones y llevado a
Francia donde sobrevivirá hasta diez años más (sin secularizarse pero sin atreverse a regresar a España).

5.- El regreso guerrillero hacia los ejércitos regulares
Otro de los notables escritores próximos a nuestros días, Julio Repolles de Zayas, había sabido reunir y ordenar en varias monografías de la Revista de Historia Militar ejemplos destacados de grandes guerrilleros. Se ha referido tanto a El Guerrillero Julián Sánchez "El Charro", brigadier de caballería (NQ 30 de la Revista H. M. del año 1971) como a Porlier v el triunfo de la España Liberal (NQ 73 de Historia y Vida. Barcelona (1974). Son dos trayectorias en las que hubo una presencia de ambos en campañas anteriores, -"El Charro", como soldado y Porlier, como oficial de mar y luego de tierra. Pero no tiene Ripollés inconveniente en ocuparse de quien desde una profesión liberal Juan Palarea. "El Médico".Famoso guerrillero v general cristino.- se hizo notar como conductor de operaciones.

Es curioso que el nivel de estudios universitarios de Palarea le llevara a operar, entre la mayoría de los cabecillas guerrilleros, con ganas de alejarse de su espacio natural. Se le verá lejos de su tierra natal de Murcia en múltiples ocasiones.

Palarea había nacido en el seno de una familia de comerciantes el 27 de noviembre de 1780. Operó, pues, sobre los treinta años de edad. Era el mayor de cinco hijos. Licenciado en Zaragoza ejercía la medicina en agosto de 1807 en Villaluenga de la Sagra, provincia de Toledo. Conviene vincular su vocación guerrillera con la atención primera a los movimientos franceses hacia Andalucía (y antes por la Mancha) del general Dupont. Será el mismo caso de Francisco Abad Moreno, "El Chaleco". Y el de otros muchos espontáneos de las fugaces emboscadas que fueron desapareciendo con el tiempo.
Todos los grupos manchegos del entorno de Valdepeñas y todas las partidas andaluzas de Depeñaperros, de hecho, resultaron atraídos hacia las provincias de Jaén y de Granada, donde parecía fuerte el más inestable de los aristócratas rebeldes a todas las situaciones, D. Cipriano de Guzmán Palafox, el conde de Montijo. El mito heroico de Bailen les encandila cuando Castaños logra la rendición de Dupont en la Casa de Postas al norte de Andujar.

Por entonces, "El Médico" es quien se mueve con más audacia desde Toledo hacia Madrid. Ataca en la zona de Casarrubios del Monte el 7 de julio de 1809. Logrará en Santa Cruz de Retamar que se pongan en las manos del mando español del Ejército del Centro (Venegas) documentos enviados desde Francia por el Emperador a los mariscales Soult, Ney y al propio Víctor. Todo ello, en los preliminares de la desdichada batalla de Ocaña, que pierde Areizaga unos meses después, en noviembre.

Se le consideró un buen subordinado del ilustre general Francisco Ramón Eguía. De momento, titula a su gente, 7- Partida de Voluntarios de Castilla. El marqués de la Romana le felicita con frecuencia. De hecho, propicia su ascenso a teniente coronel para que opere siendo mejor obedecido en las zonas de Juncos y de Cabana de la Sagra, poniéndose de acuerdo con el guerrillero manchego Casimiro Moraleja.

En la obediencia al general Castaños (jefe del 5- Ejército), "El Médico" manda el Escuadrón de Húsares Numantinos. Cuenta con una fuerza de 600 jinetes y 200 infantes. Se le pone en la órbita de la 1§ División del también militar. Pablo Morillo, ahora en el escenario del 4- Ejército. Y todo esto le permitirá coordinar acciones por sorpresa junto a la División Navarra de Francisco Espoz y Mina.


El futuro político de Palarea (reconocido como brigadier) será más -que notable. Mandará el Regimiento de Dragones de Pavía, que se convierte en Regimiento de Húsares de Iberia. Dos de sus hermanos, compañeros de guerrilla, quedan a sus directas órdenes en 1815, ya convertidos en oficiales del rey.

Se adhieren todos los hermanos Palarea al pronunciamiento de Cabezas de S. Juan. Palarea cambia el nombre histórico del Regimiento de Montesa (una Orden de Caballería de origen medieval) por el novísimo de Regimiento de la Constitución. "El Médico" será diputado liberal entre 1821 y 1823. Adjuntó su fuerza a la del general Ballesteros para aplastar a los batallones de guardas reales del Pardo (la Guarda Real de Fernando Vil) en julio de 1822. Siendo Gobernador de la plaza de Santoña en el Cantábrico habrá de enfrentarse, sin fortuna, a los Cien Mil Hijos de San Luis y se replegará a Galicia.

Desde Vigo fue conducido prisionero a Francia. Y liberado para residir en Londres, donde se pondrá Palarea a las órdenes del general Torrijos. Incluso se trasladará a Argel cuando todo aquello haya fracasado, para reiterar los intentos liberales de invasión de Andalucía.
Dejó, pues, clara su condición de oficial general, no precisamente de guerrillero que tira al monte. Su muerte en Cartagena el 7 de julio de 1842 le sorprende cuando ya se había enemistado con el Regente Espartero, el jefe del progresismo liberal.
Siempre será fácil, en todos los casos, explicar el habitual retorno al mando de unidades regulares de quienes fundaron guerrillas entre 1809 y 1812. Más aún el de quienes las condujeron después de ser oficiales diestros e instruidos, como Mariano Renovales y Juan Díaz Porlier. También Julián Sánchez "El Charro" y Juan Longa se entienden bien con Wellesley por cuanto tienen ideas sobre cómo mandar grandes partidas a la vista de los itinerarios por donde se moverán las columnas divisionarias del Ejército británico en Portugal en 1813.
Longa era herrero de profesión. Sus vicisitudes las ha desarrollado en el año 2007, en una biografía muy completa, José Pardo de Santayana. Tiene en Cantabria su espacio predilecto y acepta de sí dos definiciones, una profesional (de brigadier competente) al final de la Guerra de la Independencia y otra ideológica de autoridad (conservadora). Pero, una vez integrado en las filas de un Ejército regular (el de Gabriel Mendizábal) ya no prescinde para sí de algún encuadramiento entre las fuerzas regulares.

"El Charro" es un mayoral salmantino con experiencia de guerra en la Campaña del Rosellón (1794-1795). Sabe como luchar frente a los revolucionarios franceses de la primera hora. Empleado en dehesas de reses bravas es un excelente jinete. La expresión «garrochista» le conviene tanto como a otros caporales de Andalucía. En realidad, el llamará a sus jinetes, -unos trescientos- sus lanceros.

Su prestigio le viene de su excelente colaboración con los defensores de Ciudad Rodrigo. Wellington aprecia sus servicios y le quiere disponible cerca de su Cuartel general. Le prefiere a la brigada del Conde de España, más rígida y menos maniobrera, aunque mejor dotada de efectivos. Los dos, Julián Sánchez y Carlos de España, no dejarán nunca de considerarse brigadieres o mariscales de campo. Carlos María Isidro después de 1833 aún le proveerá al legitimista francés de la propiedad del empleo de teniente general. Los dos cumplieron bien sus tareas en el entorno de la batalla de Los Arapiles. Sus dos muertes tienen algo o mucho de honda tristeza. Sánchez, en un pueblo de Segovia, que respeta su nicho en una ermita y Carlos, Conde de España, asesinado brutalmente en el Coll de Nargó (Cataluña), cuando ya estaba perdida la 1- Guerra Carlista para Carlos María Isidro.

6.- Los corsos terrestres y marítimos del Cantábrico
Por su propia naturaleza de fuerza irregular los cambios de denominación de las partidas, cruzadas y guerrillas fueron muy frecuentes. Más aún, cuando eran consideradas (a su modo) fracciones de algún ejército regular. Hubo batallones francos numantinos y batallones francos saguntinos, lanceros francos de£astilla y lanceros charros. "El Empecinado" acepta en la temprana fecha del mes de abril de 1810 ser denominado jefe del Batallón de Tiradores de Sigüenza, luego del Regimiento de Voluntarios de Guadalajara. O del de Madrid o del de Cuenca. Otros guerrilleros, -Bartolomé Amor o el Cura Tapia- lo que mandan son guerrillas de voluntarios, bien de La Rioja, bien de Castilla la Vieja.
El Apéndice 3 del libro de J. Simón Cabarga, Santander en la Guerra de la Independencia (1968) incluye resúmenes de la biografía del guerrillero cántabro Juan López Campillo, natural de Liendo (18 de septiembre de 1785). Tomó parte en el combate del Puerto del Escudo (21 de junio de 1808) a las órdenes del luego primera baja del nuevo Cuerpo de Estado Mayor, el teniente Emeterio Velarde, en la batalla de La Albuera (mayo de 1811).

La partida de López Campillo se llamó pronto Tiradores de Cantabria. Se le verá pronto (junto a los hermanos Cuevillas) en las tomas de Haro y de Puente de la Reina, bastante lejos de Santander. En octubre de 1812, ya es Campillo coronel y entra, como varios guerrilleros muy famosos, Longa o Renovales, en conflicto con los generales británicos del entorno de Wellesley.

Fue muy brillante su actuación en el valle de Soba (Hoz de Marrón) junto al Santuario de la Bien Aparecida. Un éxito, que repitió en Limpias eM 1 de marzo de aquel mismo año 1812. Es un buen ejemplo de colaboración guerrillera tanto con el corso marítimo de Porlier, como con las fragatas británicas del Cantábrico. Más tarde -tras la expedición de los Cien Mil Hijos de S. Luis- habrá de emigrar a Francia, donde murió después de 1830. Corso terrestre hicieron (por la misma cornisa cantábrica de las provincias vascongadas) Ignacio Alonso Cuevillas, Gaspar de Jáuregui ("El Pastor"), el guerrillero de Oñate (primer maestro de Tomás de Zumalacárregui). Y, con más envergadura lo hará Francisco Tomás de Longa Anchía y Urguiza, el mando de la llamada División Iberia, ya encuadrado en el 7- Ejército de Mendizábal. Se trata del Corso-terrestre de los Voluntarios de Castilla. Morirá en 1831, después de ejercer Longa tareas muy delicadas de inspección aduanera por esa misma zona costera, reinando Fernando ViII
La armonía entre el corso terrestre y el corso marítimo en 1809 nadie la logró tanto como Juan Díaz Porlier. Barthelemug (pseudónimo de un militar español con algunos años de servicio en el Sahara Occidental, durante los años setenta del siglo XX) en su ensayo El Marquesita. Juan Díaz Porlier. General que fue de los Ejércitos Nacionales (1788-1815) (su biografía) expresa todo lo esencial de la partida más tradicional con mayoría en sus filas de militares y de soldados huidos, tras alguna derrota en campo abierto.

Era Porlier, seguramente, hijo bastardo de Esteban Porlier y Asteguieta, marqués de Bajamar. Nace (con algún escándalo encubierto) en Cartagena de Indias y dejará a su aristocrática madre internada de por vida en un convento. No el famoso marqués de la Romana, -D. Pedro Cano y Sureda-, sino el capitán de fragata D. Rosendo, -hermano de Esteban Porlier- le reconoce como sobrino en La Habana en febrero de 1802 y le apadrinará de hecho, sin reconocimiento legal, cuando Porlier sólo cuenta trece años. Le introduce en la tripulación del buque Neptuno como aventurero distinguido, -algo más que un simple grumete. Y se preocupa de sus estudios náuticos en la Península.

Sin grado alguno, padece la batalla de Trafalgar y se transfiere, recomendado, al Regimiento Mallorca, que habitualmente aportaba a la Armada tropa embarcada, ya con el empleo de capitán en 1808. En la villa castellana de San Cebrián (después de sufrir una espectacular derrota en la batalla de Gamonal frente al mismo Napoleón) formará en los alrededores de Palencia una Partida con capacidad para, en enero de 1809, lanzarse como coronel al ataque de Aguilar de Campoó, con un éxito que se le valoró algo más tarde.

Es la Junta Provincial de Burgos la que le ruega que actúe preferentemente en La Rioja, acosado por los mariscales que acompañaban a Napoleón. Pero su instinto le lleva hacia Oviedo, porque desea el amparo que venía de Inglaterra hacia quien desde tierra protegiera el uso de los puertos de Galicia y de Asturias.

Es, decididamente, un impulsor afortunado del corso marítimo, como se le sabe valorar en Santoña (1810) y en Santander (1811). Su boda, en mayo de 1811, con doña Josefa Queipo de Llano (hermana del diputado conde de Toreno) marca un giro en su ideología política que va a depararle graves consecuencias. Participa decisivamente en la conquista firme de Santander el 2 de agosto de 1812. Acompaña al general Freiré en la decisiva batalla de San Marcial, un año justo después. Mientras tanto, ha tenido tensiones con Longa, con Campillo y con Renovales. De hecho, terminará la guerra reconocido como mariscal de campo. Sus mentores habían venido siendo los generales Nicolás Mahy, Francisco Ballesteros y Gabriel de Mendizábal.

Pero, casi inmediatamente, Fernando Vil le confina en el Fuerte de San Antón de La Coruña (1814) para allí resultar atrapado por una conjura liberal que le costará la vida el 3 de octubre de 1815. Más suerte, tuvieron sus rivales, (Longa y Renovales) refugiados en Inglaterra durante los años más duros para todos los sospechosos de conspiración contra Fernando VII


No es fácil pronunciarse por la transcendencia del movimiento guerrillero en la expulsión del trono de José I, -lo ha intentado el catedrático de la Universidad de Zaragoza Francisco Solano Costa, -El guerrillero v su transcendencia. C.S.I.C., Institución Fernando el Católico (1959). Como también Ramón Solís en El Cádiz de las Cortes con Prólogo de Gregorio Marañen. Instituto de Estudios Políticos (1958). Otros estudiosos como José María Jover Zamora en La Guerra de la Independencia española en el marco de las querrás europeas de liberación. Universidad de Zaragoza (1958), -además de Miguel Artola Gallego en La guerra de guerrillas (Revista de Occidente ne 1) (1964)- , han contribuido a la extensión de la tesis que opone Ejército y Guerrillas de manera radical- Ejército servil versus Guerrillas liberales. Esta es la tesis.
Es cierto que "los reveses, los desastres militares de las fuerzas organizadas, contrastan con los éxitos de las partidas de guerrilleros". Pero nunca el movimiento guerrillero de 1808 hubiera logrado tantas acciones afortunadas si sus cabecillas no hubieran tenido la sensibilidad suficiente para percibir que eran la pieza complementaria de un sistema complejo donde la victoria final tenía que ser la obra de un ejército regular aliado contra otro ejército regular invasor, (el del intruso y usurpador de un Reino que no les pertenecía a los Bonaparte).

En definitiva, el movimiento guerrillero fue algo muy importante para el hundimiento de la monarquía de José I Bonaparte. Expresó, por su mera existencia, la incapacidad del bonapartismo para administrar y para someter buena parte del territorio español peninsular. Las comarcas surcadas de guerrilleros envolvían al espacio que a, duras penas, gobernaban los mariscales franceses. Ofrecían al Lord británico Wellesley espacio para penetrar contra ellos en unos momentos que resultaron los decisivos, sobre todo, en los años 1811,1812 y 1813.


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2016
enviar mensaje

    Página principal