El noveno mes del año siempre lo hemos asociado aquí con los toros, por su larga tradición. Y ese es uno de los recuerdos que conservo de mi etapa universitaria



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El noveno mes del año siempre lo hemos asociado aquí con los toros, por su larga tradición. Y ese es uno de los recuerdos que conservo de mi etapa universitaria. De hecho, si la glosa previa la hubiese realizado Alfonso Avilés, Presidente del Club Taurino de Murcia, seguramente habría pronunciado el mismo número de lisonjas y calificativos agradables, porque la tendencia de los amigos siempre es proclive a la exageración, aunque, también me habría advertido: “Tocayo, hoy confirmas sobre este escenario tu alternativa de abril de 2015, cuando pregonaste las Fiestas de Primavera. Y si Las Ventas son la primera plaza del mundo, y cualquier torero lo sabe, esta noche pisas por segunda vez las tablas del Romea, el primer teatro de la Región, y cualquier artista lo sabe. El reto es importante, pues te enfrentas a la proclamación de las Fiestas de Moros y Cristianos de Murcia. Un cartel de lujo que ha despertado gran expectación entre los aficionados, y a la vista está el magnífico aspecto que presentan los tendidos. Suerte y al toro”.


No le habría faltado razón al bueno del siempre bien plantado Avilés, porque este paseíllo impone y este marco, sobrecoge. Que ni en los mejores sueños pudo imaginarlo aquél joven maletilla que aspiraba a novillero de la comunicación. Pero septiembre en la capital de nuestra Comunidad es ya mucho más que un ciclo de espectáculos taurinos. Y no menos cariñoso ha sido el preludio formulado por la guapísima y muy dulce Natalia Serrano Roses, a quien agradezco sus palabras, así como a Javier Arenas la confianza depositada en mi persona, por parte del equipo directivo que preside, para pregonar esta edición del 2017.
Y como ya dijera hace un par de anualidades, aquí se presenta este humilde caravaqueño, que hoy peregrina en sentido inverso desde la Tierra Santa de la Vera Cruz hasta la que miman y protegen por igual las advocaciones marianas de La Arrixaca y La Fuensanta, para asumir un encargo de tan alto honor como la responsabilidad que conlleva, de ahí que apele a la generosidad del respetable para que las crónicas no cuenten mañana que la faena se saldó con bronca, pitos y lanzamiento de almohadillas, más aun sabiendo que la inmensa mayoría de compañeros que me precedieron en el desempeño de este cometido salieron a hombros y por la puerta grande.
Autoridades civiles y militares; presidente, cargos, kábilas y mesnadas de la Federación de Asociaciones de Moros y Cristianos “Cívitas Murcie”; representantes locales y regionales de los distintos colectivos festeros, sociales y culturales; familiares, paisanos, compañeros, espectadores que nos siguen en directo por la pequeña pantalla, amigos todos: muy buenas noches.
Intuyo la influencia que tuvo en la designación esa doble condición de festero: la personal y la profesional. La que inicié con apenas dos años de edad en mi Caravaca del alma, de la mano de Abul Khatar, y que ha tenido una prolongada y prolija continuidad en el tiempo; y la que ocupa mis obligaciones laborales en 7 Televisión Región de Murcia desde 2006, con las numerosas retransmisiones que realizamos anualmente de eventos especiales a lo largo y ancho de nuestra geografía autonómica. Porque si de agua andamos escasos, muy escasos, la verdad es que de fiestas vamos servidos, muy bien servidos.
Y esto último lo interpreto como un auténtico privilegio, hasta el punto de que son incontables las muestras recibidas de sana envidia, pues no todo el mundo tiene por profesión su verdadera vocación y, además, aplicada a la parcela de los grandes acontecimientos y celebraciones que se suceden durante los doce meses del calendario en esta nuestra bendita tierra. Tierra de luz, de color, de alegría y, por supuesto, de permanente fiesta. Pocas noches nos marchamos a la cama en esta porción de España sin escuchar el estallido de un cohete. Por ello, entre otras muchas razones, somos tierra deseada y tierra de acogida. Tal es así que quien llega, difícilmente se marcha.
Atrás quedaron julio y agosto, meses que nos han dejado calor, moscas, mosquitos, la inesperada visita a cenar del moscón de turno, las siestas en las etapas llanas del Tour de Francia, el folletín interminable sobre si Neymar se marchaba del Barça al París Saint Germain, mientras el Madrid ganaba dos nuevas Supercopas; las locuras de los pirómanos estivales, el carrusel de fotos y vídeos que remiten a tu móvil los que andan muy sobrados de tiempo y hasta un grano de pertinaz molestia, aunque no estuviese ubicado donde muchos imaginan.
Nunca faltan tampoco puyazos y banderillas, pero lo peor ha sido, sin duda, la estocada en todo lo alto que recibimos con los atentados de Barcelona y Cambrils. Y ya la puntilla me la dio la reciente pérdida de José María Melgares, buen médico, mejor persona y gran amigo desde la infancia. El maldito tumor que tan de moda está se lo ha llevado demasiado pronto. Y con su permiso, señor Presidente, a él, a su joven viuda y a sus dos hijos quiero brindar esta faena.
Fueron varios días sin poder conectar con la inspiración, hasta que las frescas noches que regala Barranda se convirtieron en el mejor aliado para seguir hilvanando estas líneas. Allí, en mi refugio veraniego, se ha ido gestando este pregón, apenas a 30 kilómetros de la frontera con el Reino Nazarí, y a 13 del que este año es el epicentro de la cristiandad, el Castillo de Caravaca, con su Jubileo a Perpetuidad de la Santísima Cruz.
Ha sido bajo esa luna diferente que domina un cielo tan limpio como el alma de sus gentes, en las estribaciones de la Sierra de Mojantes y a tiro de piedra de Revolcadores, el techo de nuestra Región, en ese paraíso que huele a almendros, a cordero segureño y a cuadrillas ancestrales, en la conexión natural entre Al-Ándalus y el Reino de Murcia por su vertiente Noroeste. Allí imaginé decenas de veces cada secuencia de este acto, en el que mi principal cometido no es otro que el de proclamar la fiesta que rememora la historia de esta hermosa ciudad.
Porque aquí la fiesta se pone al servicio de la historia, y no al revés, como ocurre en algún que otro lugar, donde cada año se ven en la triste obligación de inventarse una serie de actos que luego, al vivenciarlos, resulta poco menos que inevitable deslizar el comentario de “vaya historia de fiesta”.
Afortunadamente, no es el caso que nos ocupa, ni muchísimo menos. Aquí, la flor no es artificial, sino la culminación de un tallo ligado a una raíz. Aquí hay un pasado que justifica plenamente el presente que nos ha tocado disfrutar. Y todo, porque en siglos pretéritos hubo quienes se encargaron de sembrar una semilla que hoy tiene como fruto, y con denominación de origen, un brillante homenaje a esa historia de Murcia.
La fiesta es, como digo, consecuencia directa de una historia, pero también de la ilusión y del orgullo que sentimos por lo nuestro. Porque aquí nacemos ya festeros, lo llevamos en los genes. Y, encima, disfrutamos provocando la felicidad de los demás, tanto del público en general como de quienes perciben las consecuencias directas de este importantísimo elemento dinamizador de la economía.
“Murcia, la tierra bonica, la que el Rey Moro soñó, donde el bancal dio sus frutos y echó Dios su bendición”. Eso canta, y con sobrada razón, uno de los fragmentos del tema “Murcia bonica”, con el que Los Parrandboleros logran tocar nuestras fibras más sensibles. Y si la historia es el cuerpo, la música es el alma de la fiesta. No hay fiesta sin música. Y aprovecho en este punto para agradecer a mi admirado Ignacio Sánchez Navarro, genial compositor donde los haya, la cesión de tres de sus magníficas partituras para amenizar este acto: “Juanito El Jarri”, “Amigo Emilio” y “Caballeros de Navarra”.
Cualquier día del año es perfectamente válido para pasear por Murcia, pero mi propuesta es que lo hagamos ahora, cambiando la seda por el percal, para desfilar por la Murcia Mora y por la Murcia Cristiana, con música, por supuesto, porque sin música es imposible desfilar, aunque con la máxima despaciosidad para degustar cada palmo que avanzamos al pisar las calles que vertebran la historia de aquella urbe en la que se asienta la ciudad actual. Tan sólo hay que dejarse envolver por el ayer mientras saboreamos el hoy.
Y sirviéndonos de guía el maravilloso legado de quienes nos precedieron, vamos a iniciar un recorrido por esta Murcia del 2017 sobre lo que otrora fuese el perímetro amurallado existente con anterioridad a la Conquista, cuando Jaime de Aragón y sus huestes llegaron a ella en ayuda de su yerno, Alfonso X El Sabio, el que tanto amó y tanto contribuyó al establecimiento de su Reino. Ellos habrían de encontrar una ciudad fortificada, la mejor de todo Occidente, con sus siete primitivas puertas: Bib Alquibla, o Puerta del Mediodía, llamada después “Del Toro”; Bib Alfarica, junto al Puente Viejo; Bib Xecura, en Vidrieros; Bib As Soque, luego Santa Florentina; Bib Aljufía; Bib Almunem; y Bib Oriola, la Puerta de Orihuela, posteriormente “Del León”.
Por ese mismo trazado, fruto de nuestras consultas, os invito a desfilar esta noche, a modo de sentido homenaje, de recordatorio de un espacio marcado por las tres culturas: musulmana, judía y cristiana.
Y como aquí tenemos a los mejores compañeros de viaje para ambientar el recorrido, los integrantes de la Asociación Músico-Cultural “Las Musas”, de Guadalupe, iniciemos pues el desfile por la Murcia Mora para citarnos con las ocho kábilas que integran actualmente el Bando de la media luna. Maestro, cuando guste.
Situándonos en la proximidad de lo que fuese la Puerta de Alquibla, podemos comprobar y tocar los restos de muralla, magníficamente conservados, en los sótanos del Rincón de Pepe, donde imagino a los antecesores del laureado Raimundo González Frutos departiendo con los seguidores de Abderramán II, célebre personaje que ordenara en el año 825 fundar a orillas del río Thader, nuestro Segura de hoy, una estratégica urbe, rica en jardines, fuentes y mezquitas, que fue bautizada como Mursiyya, y cuya pronunciación correcta es Mursia. Muy cerca de allí hubo de alzarse la Torre de Caramajul, que era esquinada por cinco partes y hacía las veces de castillo. Veterana kábila la de Abderramán II, que acostumbra a desfilar acompañada por una escuadra de la Asociación “Nuevo Horizonte”.
Continuando el curso de nuestro preámbulo, llegaremos a las proximidades del Puente Viejo, cerca del que hubo de estar Bib Alfarica. Y pasando por el Almojarifazgo, en Verónicas, podremos visualizar los vestigios que allí se muestran y dan crédito a nuestro modesto comentario. Fantástico lugar donde nos encontramos con los Almohades de Murcia, los que pretendían la unidad del Islam bajo su dominio, los que siguen fieles a las tonalidades magenta y negra, así como a la organización del pasacalles previo a este evento.
Y en ese entorno que destila aromas de mercado con exquisitos y apreciados alimentos, nos dirigimos a la Calle del Pilar, a cuyo extremo se abría Bib Xecura, la Puerta del Segura o de Vidrieros, nominación esta última que se debe al posterior asentamiento que en la zona tuvo el gremio de los vidrieros, que, por cierto, dan nombre a una calle que así nos lo recuerda. En este punto nos aguarda la escolta de Abú L’abbás para celebrar, con su ya famoso brebaje de “Leche de Camella”, las bodas de plata de esta kábila que testimonia la figura de aquel sufí, conocido como “El Murciano”, que invitaba a verlo todo con los ojos del alma, porque advertía que los de la cara a veces nos engañan. Acertada reflexión la suya, que una cosa es mirar y otra, ver.
Mas, después del tramo recorrido, justo es que nos demos una pausa con un oportuno refrigerio, pues el entorno de San Antolín ha sido, y es, pródigo en socorridas tabernas, lugares de encuentro donde pegar la hebra y enredar las palabras con vino, que hacen grato el camino y que a todos nos alegra, como la de “Luis de la Rosario”, o ya por San Andrés las de “Ángel de la Viuda” o “El Tío Sentao”, y que tan bien refleja en su libro “Escrito con tinto” el doblemente grande Alberto Sevilla Albarracín, uno de mis principales contagiadores de murcianía, junto con Daniel Barceló Vivancos, mi querido Dani.
En cualquiera de estos sitios podríamos alargar nuestro relato, pues sabido es que los buenos caldos desatan el verbo hasta los linderos de lo posible, pero hemos de retomar nuestra andadura, recobradas ya las fuerzas, aunque siempre con pausado paso, para llegar hasta Santa Teresa, esquina con Calle de San Nicolás, donde se abría Bib As Soque, la Puerta del Zoco y luego de Santa Florentina. Allí tenemos una cita con los deliciosos buñuelos de los Mudéjares, aquellos que permanecieron en territorio castellano durante toda la Edad Media.
Un poco más allá se situaba Aljufía, conocida como la Puerta del Norte y después Del Porcel, próxima a la acequia del mismo nombre que por allí pasaba bordeando la ciudad, muy cerca de donde más tarde se abriría el Portillo de San Antonio, hoy felizmente recordado en nuestro callejero. En esta zona nos espera Ibn Arabí, la kábila de “La Procesión de la Mona”, la que rinde pleitesía al murciano más universal. Gran místico y filósofo ligado a los sufíes al que la historia sigue homenajeando con su avenida propia y con la reencarnación de su figura en el Gran Desfile de Moros y Cristianos, y sobre cuya carroza se precipitará este año desde el cielo una sentida lágrima en memoria del inolvidable Clemente Mirete Cantos.
Y como quien narra un cuento, anda que te anda llegaremos a Bib Almunem, la Puerta de las Almunias, al final de Trapería, donde vemos a la Kábila de Abenmardenix, la de “La Procesión del Pan”, la del Rey Lobo, con quien se inició la época de mayor apogeo de la ciudad.
Seguimos avanzando hasta donde se encontraban Los Cigarrales, aquellos espacios ajardinados extramuros de la vieja ciudad, para llegar hasta Bib Oriola, la Puerta de Orihuela, en Santa Olaya, nuestra Santa Eulalia de hoy, infinitamente más bella ahora sin pintadas, y también conocida como Puerta del León, donde hallamos a los Almorávides de Mursiya, “los de la mantica”, “los moros más huertanos”.
Y a unos pasos nos quedaría Bib Alquibla, la Puerta del Mediodía, donde iniciábamos este desfile por la Murcia Mora y punto de encuentro con Abenamar, la joven kábila que, a buen seguro, destinará el próximo sábado un cariñoso brindis a Maria Dolores Moreno con su ya popular pócima del “Jaque Mate”.
Las puertas que irían abriéndose posteriormente, según las necesidades que la creciente ciudad demandaba, fueron la del Sol, próxima a la de Alfarica, en el Puente de los Peligros, de cuya Titular conmemoramos el próximo día 12 el 275 aniversario de su presencia en esa hornacina a la que tantos y tantos saludamos santiguándonos; la Puerta de Verónicas, o Aduana, cerca del Almojarifazgo, en El Almudí; la Puerta de la Traición, en la zona de San Antolín y las Ericas de Belchí; la Puerta de Castilla, o de Molina, en San Antón; la Puerta de Santo Domingo, esquina de Santa Gertrudis con esta Plaza, antes del Esparto y ahora de Julián Romea; y Bib Alchadid, lo que hoy es Puerta Nueva, en la Rambla del Cuerno. Los portillos de San Ginés y de San Antonio completaron las entradas y accesos al recinto amurallado.
Procedente se antoja que nos concedamos un pequeño alto en el camino, aunque sea para insuflar unas bocanadas de aire y reducir un tanto las pulsaciones, pero tranquilos, cristianos míos, que no me he olvidado de vosotros. Pues si bien es cierto que nunca se pierde el rango de Sultán, y de que festeramente siempre he sido moro, no es menos cierto que en lo cotidiano me tengo por eterno aspirante a cristiano, y mi nombre lo delata: Alfonso / de la Cruz.
Pecado, y no venial, sería omitir tan extraordinario colectivo, cuando la Murcia Cristiana tiene nada más y nada menos que 53 espacios públicos santificados, entre calles, plazas, avenidas y jardines, sólo en la ciudad, sin incluir las pedanías. Que si añadimos los dedicados a cristos y vírgenes son 58; y si ya contabilizamos también los destinados a beatos, órdenes religiosas, apóstoles, obispos, arzobispos, cardenales y papas, la cifra alcanza el 69, número que, en este caso, sólo refleja el caprichoso resultado total de una simple suma. Y no es broma, que me he entretenido en estudiarme el callejero oficial del Ayuntamiento, desde San Agustín a San Ramón, y desde Santa Ana hasta Santa Rita. Maestro, marcha cristiana.
En la imponente Catedral situamos a la mesnada matriz del Bando Cristiano: los Templarios de Murcia, por aquello de que en ella descansa el corazón del Rey Sabio, traído desde Sevilla por un caballero del Temple para cumplimentar el deseo que el propio Alfonso X dejó escrito en su testamento. Afamada Orden que durante un tiempo tuvo bajo su tutela Murcia y la frontera del Noroeste y que actualmente se responsabiliza, junto con los Almorávides de Mursiya, de esa Diana Infantil que se celebrará en la matinal del próximo domingo, desde la Plaza de la Cruz Roja hasta los aledaños de Belluga.
En Puerta Nueva-La Merced nos aguardan las Huestes de Fernando III, mesnada que rinde homenaje a esta figura decisiva, pues sus gestas militares y sus presiones políticas lograron la firma del Tratado de Alcaraz, en 1243, gracias al cual capitulaba el rey murciano Aben Hudiel, poniendo la soberanía del reino en manos cristianas. Fernando III falleció en 1252 como rey de una Murcia cristiana que legó a su hijo Alfonso, junto con el encargo y la responsabilidad de su evolución y desarrollo.
En el Arco de la Aurora, visionando la calle que lleva su nombre, hemos quedado con los Caballeros y Damas del Rey Don Jaime I El Conquistador, sobrenombre que justifica por igual sus éxitos, tanto en materia de territorios como de amoríos, pues tuvo tres esposas, seis amantes, que sepamos, y un sinfín de hijos. Sea como fuere, me quedo con la plausible iniciativa de sus actuales seguidores murcianos, que desde 1998 vienen organizando una visita al Hospital Materno Infantil de la Arrixaca para llevar una buena dosis de ilusión y regalos a los niños allí ingresados.
En la Iglesia de Santiago, una de las más antiguas de Murcia, en los Pasos de Santiago, ubicamos, cómo no, a la legendaria Orden de Santiago, marcada por la lucha y espiritualidad, que dejó su impronta en esta ciudad, y en diferentes puntos de nuestra Región, y que el próximo viernes volverá a obsequiarnos, como ya es costumbre, con una purificadora queimada.
En la Iglesia de San Andrés, con capilla propia para la antigua Patrona de Murcia, a la que también hacen presente estos días en el Campamento del Malecón, hemos citado a los Caballeros y Damas de Santa María de la Arrixaca, que ya en el siglo XIII recibía numerosas rogativas solicitando agua. Y es que lo nuestro con el agua no es nuevo, viene ya de muy lejos, aunque seguimos igual de sedientos, pero siempre nos quedará la de Espinardo, pese a que el admirado Patricio Valverde amenace con jubilarse, cuestión que sospecho no ocurrirá de manera plena ni rotunda.
En la zona del Plano de San Francisco-Malecón-Almudí nos esperan los Caballeros y Damas de San Juan de Jerusalén, con su inconfundible cruz blanca de ocho puntas, símbolo de las ocho bienaventuranzas. Militar y Hospitalaria Orden de monjes guerreros que tanto se preocupaban por la educación y que tanto esmero ponen hoy día en los preparativos de las Bodas Sanjuanistas, a celebrar en la noche del próximo viernes en el Campamento.
Y en el entorno del Polígono que rememora al Infante Don Juan Manuel, poeta, escritor y gran aficionado a la caza, encontramos a sus Caballeros y Damas, también de enhorabuena por el XXV Aniversario, y que cada año siguen ocupándose del acto de homenaje en la Catedral a Alfonso X, tío de este Infante que llegó a ser Gobernador General del Reino de Murcia y autor de la conocida obra literaria “El Conde Lucanor”.
Tienen sentido y actualidad nuestros pasos sobre la vieja muralla, porque sustentan y revitalizan la fiesta que hoy pregonamos en este rincón peninsular cuajado de tradición y de culturas que conforman nuestra idiosincrasia. Tierra que se asoma al mar, lindera del Ándalus y de Castilla, tierra del Levante español, anfitriona y agradecida. Cuando por sus calles desfilan kábilas y mesnadas es como abrir las páginas de un libro que nos cuenta la historia que, a nuestros pies, desde sus piedras nos habla.
Por todo ello, al vestirnos honrosamente de moro o de cristiano, porque aquí nos vestimos, nunca nos disfrazamos, no hacemos sino rendir cumplida pleitesía a la sana convivencia entre gentes distintas, que no distantes, a su enjundia de murcianía y a sus valores tradicionales. Que nadie vea en esta Fiesta de Moros y Cristianos otro argumento que no sea el del respetuoso homenaje a grandes figuras que suscitan admiración, porque protagonizaron episodios decisivos de una época que marcó el devenir de lo que somos y de lo que tenemos, lo cual se convierte en la mejor garantía de futuro para que las generaciones venideras mantengan y potencien esta fidelidad a sus raíces históricas.
Cuando la Región de Murcia se acerca a Andalucía, por Lorca, Puerto Lumbreras o Caravaca, muestra sus rasgos de innata bravura, propia de los que tienen un sol que les define y un azul de cielo inigualable. Y cuando se asoma a Castilla, por esa Mancha con la que otrora estuvo ligada, pues el antiguo Reino incluía buena parte de la provincia de Albacete, se escuchan aquellas coplas manchegas que aquí se alinearon con las jotas de Aragón y las malagueñas huertanas, verdiales que se hicieron parrandas.
Porque aquí se ensambló el castellano con el árabe andalusí, el románico, el aragonés y el valenciano-catalán para nutrir una lengua rica en matices e influencias socio-culturales, una forma plural y al mismo tiempo única: el murciano, el que conserva su ascendencia etimológica del árabe en el nombre de tantas acequias y pedanías: Alhariella, Algezares, Almohajar, Aljufía, Alquibla, Albadel, Albatalía, Algualeja, Alfande, Aljada, Alquerías, Azacaya, Beniaján, Beniscornia… y así hasta un larguísimo etcétera.
Murcia honra a su pasado histórico mostrándonos la efigie del Rey Sabio en el Paseo que lleva su nombre, como también nos ofrece la de Abderramán en la Plaza de la Cruz Roja, cerca del Puente Nuevo. Qué mejor ejemplo para constatar que no existe un fundamentalismo superior a la paz, que jamás nos guían otros extremismos que no sean los del respeto y la libertad, y que ningún primer mandamiento, de cualquier religión o creencia, puede estar por encima de la vida humana.
La deliciosa Cena Medieval del pasado viernes, coronada con los dulces higos de Abenmardenix, nos predispuso en la senda adecuada para gozar de esos días de permanente fiesta que tenemos por delante, y en los que se aglutinan infinidad de actos que inspiraron el evocador cartel realizado este año por el artista Juan Navarro Lorente, entre los que hay que destacar la presentación mañana de las Abanderadas de la Federación: María del Carmen Ropero Molina; y la Infantil, Natalia García García; la anteriormente citada visita del miércoles al Materno Infantil de la Arrixaca; o la exposición de aves rapaces programada para el jueves, una de las numerosas citas destinadas a los más pequeños.
La presentación oficial de los cargos festeros inicia el viernes una completísima propuesta. Vaya desde aquí mi más sincera felicitación para el Rey Moro Aben Hud, Francisco Javier Espinosa Alcaraz; y su Favorita, Ana López Navarro; así como al Infante Alfonso de Castilla, José Luis Rivera García; y su Dama, Paqui Luz Pérez Alarcón; y una mención especial igualmente para la Festera del Año: María Dolores Reyes Navarro. También ese día se incluye el Homenaje del Infante Alfonso y su corte al Rey Sabio en la Catedral, el Pasacalles Festero y el Acto de Bienvenida a la Fiesta; y ya por la noche, las consabidas Procesiones del Pan y de La Mona, la Gran Queimada y Las Bodas Sanjuanistas.
El sábado asistiremos al majestuoso Desfile, cuando kábilas y mesnadas despliegan su lujo y su arte desde el Jardín de Floridablanca hasta la Avenida de la Constitución, atravesando la principal arteria de la ciudad, repleta, como siempre, de un público ávido de disfrutar de una completísima sinfonía para los sentidos, con un torrente de imágenes que ponen a prueba la capacidad de las retinas; con incesantes melodías de las bandas que endulzan el oído; mientras el olfato se reserva para el inconfundible olor a pólvora; el gusto se encarga de paladear ese pastel de carne que mitiga el apetito sin distraer nuestra atención; y el tacto tiene como misión la correspondencia con aplausos ante semejante espectáculo.
Con una cabecera sin precedentes y llamativos boatos, con alfanjes y espadas que lanzan brillantes destellos a quienes observan emocionados desde lo más alto, y con cabos henchidos de orgullo cuando muestran sus escuadras. En definitiva, Moros y Cristianos que gozan mientras acumulan méritos que luego encuentran justos reconocimientos en los Premios “Cívitas Murcie”, en la Gala del Medio Año Festero.
Y este humilde pregonero, desde el set de comentaristas de La 7, disfrutando metro a metro en la Gran Vía con todos y cada uno de vosotros, a través de la imagen y la palabra, con la satisfacción de estar ofreciendo al mundo entero, y en directo, el brillante homenaje que Murcia tributa a su historia.
El domingo nos despertaremos con la Diana Infantil, a la que seguirá la Ofrenda de Flores y Presentación de Niños a la Virgen de la Arrixaca en San Andrés, el Alarde de Arcabucería y la Embajada de la Fundación de la Ciudad de Murcia. Y ya el lunes 11, la Entrada Triunfal del Infante Alfonso de Castilla a la ciudad y la Embajada de la Entrega de Llaves, preámbulo de esa interminable noche que muchos enlazan con la multitudinaria Romería hasta el Santuario de la Fuensanta, para cumplimentar la letra del bolero que inmortalizara el Trío Las Vegas, proyectado hoy sobre el Trío Sombras, cuando se refiere al lucerito del alba, que ese día está trasnochador porque quiere ver la Romería antes que la vea el sol.
Y todo ello, en absoluta armonía con una extraordinaria oferta de conciertos, exposiciones, pruebas deportivas, las atracciones de la Fica, el Festival de Folklore y las ya mencionadas tardes de toros, y meriendas, en el centenario coso de La Condomina, donde, por cierto, sigo echando de menos la presencia de mi entrañable Rafaelillo.
Son días en los que Murcia muestra un atractivo especial, con flores que perfuman sus bulliciosas tardes antes de caer esas noches agradables en las que la música te sorprende en cualquier esquina y el reencuentro con amigos se celebra brindando con rubias estrellas que riegan deliciosas marineras. No existe mejor acogida tras el descanso estival. Por eso, el famoso síndrome postvacacional pasa de largo y no se asoma a este vergel abrazado por el Cristo de Monteagudo, erigido sobre ese castillo de época islámica que, por cierto, sigue en lista de espera para ser tratado en rehabilitación.
Y todo esto también hemos de agradecérselo a Alfonso X, que por algo le añadieron lo de Sabio, pues a él debemos los 751 años de Feria, tantos como acumula ya el Concejo de Murcia. Ferias que tuvieron su origen en la Edad Media, cuando se intercambiaban productos y mercancías.
Y como dicen que no hay dos sin tres, llega el momento de proponer otro desfile, este ya más real, no cómodamente sentados, y que nos ha de conducir desde este teatro que sobrecoge hasta el romántico Jardín del Malecón, para inaugurar el Campamento Medieval, espacio rodeado de Huertos, con mayúscula, que refleja perfectamente esa convivencia antes aludida, donde los seguidores de la media luna y los de la cruz triunfal propician un magnífico ambiente de hermandad, alegría y cordialidad, nunca exento de la más envidiable y autóctona gastronomía.
Pero antes quiero reiterar públicamente mi absoluta predisposición a seguir colaborando para que Murcia logre un hito sin precedentes, que llegaría con la merecida Declaración de Interés Turístico Internacional para esta Fiesta de Moros y Cristianos, lo que transformaría así en cuadrilátero de insuperable rango ese triángulo actual en el que ya gozan de vértice propio la Semana Santa, el Bando de la Huerta y el Entierro de la Sardina.
De igual forma, pretendo que esta intervención se interprete como testimonio de sincera correspondencia a la ciudad que acunó la formación necesaria de aquél maletilla que aspiraba a novillero de la comunicación y que, felizmente, ha podido culminar con creces el sueño de matrimoniar vocación y profesión a través de la trilogía Prensa, Radio y Televisión. Y agradecimiento, ya en grado sublime, a las gentes de esta nuestra Comunidad, desde la capital hasta la más humilde de sus aldeas, por regalarme un cariño tan inmerecido como impagable.
Y como tampoco es cuestión de que en el palco asome un pañuelo blanco y suenen clarines y timbales para darme un aviso, en señal de que el tiempo se ha cumplido, querido Javier Arenas, convoca a tu Federación para que kábilas y mesnadas tomen la ciudad e inunden de fiesta sus calles y plazas. Vamos a cumplimentar la trigesimoquinta salida, tras la bendita locura de aquel grupo de entusiastas que tomaron la decisión de recuperar, en septiembre del 83, un Desfile de Moros y Cristianos que hunde sus raíces históricas en 1426, como afirma Ricardo Montes y constatan las actas capitulares municipales.
Querido José Ballesta, siéntete orgulloso de presidir esta Murcia Mora, esta Murcia Cristiana, universal, bella y generosa que, una vez más, tensa mis cuerdas vocales y pone labios al corazón para expresar esta petición concluyente:
- ¡Sigamos haciendo fiesta!
- ¡Sigamos procurando la felicidad de los demás!
-¡Sigamos acrecentando la hermosa historia de Moros y Cristianos!
- ¡Y todos unidos, sigamos haciendo grande a Murcia y a la Región de Murcia!

Muchas gracias.





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