El Perro De Terracota



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Andrea Camillero

El Perro De Terracota

Título original: Il cane di terracotta

Traducción de: María Antonia Manini Pagés


Uno
A juzgar por la forma en que se estaba presentando el amanecer, el día se anunciaba decididamente desapacible, es decir, hecho en parte de golpes enfurruñados de sol y en parte de chubascos helados, todo ello matizado con ráfagas de viento repentinas. Uno de esos días en que alguien que sea propenso a padecer los efectos de los bruscos cambios meteorológicos y los sufre en la sangre y el cerebro, igual se pone a cambiar constantemente de opinión y dirección, tal como hacen esos trozos de latón cortados en forma de bandera o de gallo que giran en todas direcciones en los tejados, al menor soplo de viento.

El comisario Salvo Montalbano pertenecía de toda la vida a esta categoría humana desdichada, y esta condición la había heredado de su madre, que era de índole extremadamente enfermiza y a menudo se encerraba en el dormitorio a oscuras por sus fuertes dolores de cabeza, y entonces no se podía hacer ruido en casa y todo el mundo tenía que caminar en puntas de pie. En cambio, su padre disfrutaba siempre de la misma salud y pensaba siempre exactamente lo mismo, tanto con lluvia como con sol.

Esta vez, el comisario tampoco desmintió su naturaleza innata: en cuanto detuvo su automóvil en el kilómetro diez de la carretera provincial Vigàta—Fela, tal como le habían dicho que hiciera, le entraron ganas de volver a poner el auto en marcha, regresar al pueblo y mandar al carajo la operación. Consiguió dominarse, acercó un poco más el coche a la cuneta y abrió de nuevo la guantera para sacar la pistola que habitualmente no llevaba encima. Pero su mano quedó en suspenso en el aire: inmóvil y como hechizado, siguió contemplando el arma.

"¡Virgen santa! ¡Es verdad!", pensó.

La víspera, unas cuantas horas antes de recibir la llamada de Gegè Gullotta, que había armado todo aquel revuelo (Gegè era un vendedor al por menor de droga blanda y el organizador de un burdel al aire libre, conocido con el nombre de El Aprisco), el comisario estaba leyendo una novela negra de un escritor barcelonés que lo intrigaba muchísimo y que tenía su mismo apellido, sólo que castellanizado como Montalbán. Una frase le había llamado en especial la atención: "La pistola dormía con su presencia de lagarto frío". Apartó la mano, ligeramente hastiado, y volvió a cerrar la guantera para permitir que el lagarto siguiera durmiendo. De todos modos, en caso de que toda la historia que estaba a punto de comenzar resultara ser una trampa, una emboscada, de poco le serviría llevar la pistola, pues los tipos lo agujerearían como y cuando les diera la gana a golpes de kaláshnikovs, y adiós. Sólo cabía esperar que Gegè, en recuerdo de los años que habían transcurrido sentados en el mismo pupitre de la escuela primaria, forjando una amistad que se había prolongado hasta la edad adulta, no hubiera decidido, por su propio interés, venderlo como un trozo de carne, contándole cualquier tontería para hacerla caer en la red. No, cualquier tontería, no: el hecho, en caso de ser cierto, sería una cosa muy sonada.

Lanzó un suspiro profundo y echó a andar muy despacio, levantando un pie y bajando el otro, por un sendero estrecho y pedregoso entre vastas extensiones de viñedos. Estos viñedos producían una uva de mesa de granos redondos y compactos, llamada, vaya uno a saber por qué, "uva italiana", la única que arraigaba en aquellas tierras, pues en el cultivo de cualquier otro tipo de uva para la elaboración de vino en esa región, mejor ahorrarse el dinero y el esfuerzo.

La cabaña, de planta baja y un piso, con una habitación abajo y otra arriba, se levantaba justo en el alto de la loma pequeña, semiescondida detras de cuatro viejos e imponentes olivos que la rodeaban casi en su totalidad. Era tal como Gegè se la había descripto. Puertas y ventanas cerradas y despintadas, con un gigantesco alcaparro en la explanada anterior y otras matas más pequeñas de cohombrillos amargos, de esos que cuando se rozan con el extremo de un bastón salpican y esparcen las semillas por el aire; una silla de paja con el asiento agujereado colocada patas arriba, y un viejo balde de zinc para recoger agua, inutilizado por la herrumbre, que se había comido varios trozos, La hierba cubría lo demás. Todo contribuía a crear la impresión de que el lugar llevaba muchos años deshabitado, pero la impresión era falsa y Montalbano demasiado experto como para dejarse engañar por las apariencias; es más, tenía la certeza de que alguien lo observaba desde el interior de la cabaña y calibraba sus intenciones a través de sus gestos. Se detuvo a tres pasos de la puerta, se quitó la chaqueta, la colgó de la rama de un olivo para que vieran que no iba armado y llamó sin levantar demasiado la voz, como un amigo que va a ver a otro amigo.

—¿Hay alguien ahí?

No hubo respuesta ni ruido alguno. De un bolsillo del pantalón el comisario sacó un encendedor y un atado de cigarrillos, se puso uno entre los labios y lo encendió, describiendo medio círculo sobre sí mismo para situarse de cara al viento. De este modo, la persona que estaba en el interior de la casa ahora lo podría ver cómodamente de espaldas, de la misma manera que antes lo había visto de frente. Dio dos pitadas, se acercó con paso decidido a la puerta y al llamar fuertemente con la mano cerrada en un puño, se lastimó los nudillos con los restos endurecidos del barniz sobre la madera.

—¿ Hay alguien ahí? —volvió a preguntar.

Todo se hubiera podido esperar menos la voz serena y socarrona que lo sorprendió a traición por la espalda.

—Pues claro que sí. Estoy aquí.


* * *
—¡Hola! ¿Montalbano? ¡Salvuzzo! Soy yo, soy Gegè.

—Ya me había dado cuenta, cálmate. ¿Cómo estás, ojitos de miel y azahar?

—Estoy bien.

—¿Le has dado a la boca en los últimos días? ¿Vas perfeccionando las mamadas?

—Salvù, no me vengas con tus mariconadas de siempre. En todo caso, y tú lo sabes, yo no le doy a la boca sino que hago que otros le den.

—Pero ¿no eres tú el maestro? ¿Acaso no eres tú el que enseña a tus diversas putas cómo tienen que colocar los labios y cómo tiene que ser de fuerte la chupada?

—Salvù, si fuera tal como tú dices, serían ellas las que me darían lecciones a mí. A los diez años, ya lo saben todo y, a los quince, son todas maestras consumadas. Hay una albanesa de catorce años que...

—¿Ahora estás haciendo propaganda de la mercancía?

—Mira, no tengo tiempo para hablar de bobadas. Tengo que entregarte una cosa, un paquete.

—¿A estas horas? ¿Y no me lo puedes dar mañana por la mañana?

—Mañana no estaré.

—¿Sabes lo que hay en el paquete?

—Pues claro que lo sé. Hay mostachones de vino cocido, los que a ti te gustan. Mi hermana Mariannina los hizo especialmente para ti.

—¿Cómo está Mariannina de los ojos?

—Mucho mejor. En Barcelona, en España, han hecho milagros.

—En Barcelona, en España, también escriben libros muy buenos.

—¿Qué dices?

—Nada. Cosas mías, no hagas caso. ¿Dónde nos vemos?

—En el lugar de siempre, dentro de una hora.
"El lugar de siempre" era la playita de Puntasecca, una corta franja de arena a los pies de una colina de marga blanca, casi inaccesible desde tierra o, mejor dicho, sólo accesible para Montalbano y Gegè, que cuando iban a la escuela primaria habían descubierto un caminito cuyo recorrido ya era muy difícil a pie y decididamente temerario en coche. Puntasecca se encontraba a pocos kilómetros del pequeño chalé a la orilla del mar, justo en las afueras de Vigàta, donde vivía Montalbano, motivo por el cual éste se lo tomó sin prisa. Sin embargo, justo cuando ya había abierto la puerta para acudir a su cita, sonó el teléfono.

—Hola, querido. Ya ves que soy puntual. ¿Cómo te fue hoy?

—Administración normal. ¿Y a ti?

—Ídem. Oye, Salvo, estuve pensando mucho en lo que...

—Perdona que te interrumpa, Livia. Dispongo de muy poco tiempo, mejor dicho, no dispongo de ninguno. Me agarraste en la puerta, a punto de salir.

—Pues sal y buenas noches.

Livia cortó y Montalbano se quedó con el teléfono en la mano. Entonces recordó que la víspera le había dicho a Livia que lo llamara a las doce de la noche en punto porque entonces tendrían tiempo para hablar un buen rato. No supo si volver a llamar enseguida a su novia a Boccadasse o hacerlo a la vuelta, cuando regresara de su cita con Gegè. Con una punzada de remordimiento, colgó el receptor y salió.
Cuando llegó, con unos minutos de retraso, Gegè ya lo esperaba, paseando junto a su coche. Se abrazaron y se besaron, pues hacía mucho tiempo que no se veían.

—Vamos a sentarnos adentro, esta noche hace fresquito —dijo el comisario.

—Me agarraron —dijo Gegè apenas se sentó en el auto.

—¿Quiénes?

—Unas personas a las que no puedo decir que no. Tú sabes que yo, como todos los comerciantes, pago la cuota para poder trabajar en paz y para que nadie arme líos a propósito en mi burdel. Cada mes que Nuestro Señor envía a esta tierra, pasa uno que cobra.

—¿Por cuenta de quién? ¿Me lo puedes decir?

—Pasa por cuenta de Tano el Griego.

Montalbano puso los ojos en blanco, pero procuró que su amigo no se diera cuenta. Gaetano Bennici, llamado "el Griego", no había visto Grecia ni siquiera con un catalejo y de las cosas de la Hélade debía de saber tanto como una tubería de hierro, pero lo llamaban así por cierto vicio que, según la voz popular, era sumamente apreciado en los alrededores de la Acrópolis. Debía de tener por lo menos tres asesinatos en su haber, en su ambiente ocupaba un escalón por debajo de los capos capos, pero nadie sabía que actuara en la zona de Vigàta y alrededores, donde el territorio se lo disputaban las familias Cuffaro y Sinagra. Tano pertenecía a otra "parroquia".

—Pero ¿qué se le ha perdido a Tano el Griego por estos lugares?

—¿Qué carajo de preguntas me haces? ¿Qué mierda de lince eres? ¿Acaso no sabes que se ha decretado que para Tano el Griego no hay parajes ni zonas en lo tocante a las mujeres? Le han concedido el control y las prebendas de todo el puterío de la isla.

—No lo sabía. Sigue.

—Hacia las ocho de esta misma noche pasó el hombre de siempre para el cobro, era el día establecido para el pago de la cuota. Tomó el dinero que yo le di, pero, en lugar de irse, esta vez abrió de nuevo la puerta del auto y me dijo que subiera.

—¿Y qué hiciste?

—Me asusté, me dieron sudores fríos. Pero ¿qué podía hacer? Subí y él puso el coche en marcha. Resumiendo, toma la carretera de Fela, se para cuando no llevábamos ni siquiera media hora de camino...

—¿Le preguntaste adónde iban?

—Claro.


—¿Qué te dijo?

—No abrió la boca, como si yo no hubiera dicho nada. Al cabo de media hora, me hace bajar en un sitio donde no había ni un alma y me indica que siga un sendero. Por allí no pasaba ni un perro. En determinado momento, no sé de dónde carajo salió, se me planta delante Tano el Griego. Me pegué un susto tan grande, que las piernas se me aflojaron como si fueran un flan. Compréndeme, no fue por cobardía, pero es que este tipo tiene cinco

—¿Como cinco?

—¿Por qué? ¿Cuántos cuentan ustedes?

—Tres.

—Pues no, señor, son cinco, garantizados al ciento por ciento.



—Muy bien, sigue.

—Yo empecé a jugar a pares y nones. Puesto que siempre había pagado religiosamente, me convencí de que Tano quería subirme el precio. No me puedo quejar de mis negocios, y ellos lo saben. Estaba equivocado, no era cosa de dinero.

—¿Qué quería?

—Sin saludarme siquiera, me preguntó si te conocía.

Montalbano creyó no haberle entendido.

—¿Si conocías a quién?

—A ti, Salvù, a ti.

—¿ Y qué le dijiste?

—Yo, cagándome encima, le contesté que sí te conocía, pero sólo de vista, buenos días y buenas tardes. Te juro que me miró con un par de ojos como los de las estatuas, fijos y muertos; después echó la cabeza hacia atrás, soltó una risita y me preguntó si quería saber cuántos pelos tenía yo en el culo, con un margen de error de dos como máximo. Quería darme a entender que conocía mi vida y milagros y mi muerte, esperemos que sea lo más tarde posible. Por eso miré el suelo y no abrí la boca. Entonces me dijo que te dijera que quiere verte.

—¿Cuándo y dónde?

—Esta misma noche, al amanecer. Luego te explico dónde.

—¿Sabes qué quiere de mí?

—Eso ni lo sé ni lo quiero saber. Me dijo que procurara convencerte de que te puedes fiar de él como de un hermano.

"Como de un hermano": las palabras, en lugar de tranquilizar a Montalbano, le provocaron un estremecimiento desagradable. Era bien sabido que en el primer lugar de los tres —o los cinco— asesinatos de Tano figuraba el de su hermano mayor, Nicolino, primero estrangulado y después, por una misteriosa norma semiológica, cuidadosamente desollado. El comisario se sumió en negras reflexiones que se volvieron todavía más negras, de ser ello posible, cuando oyó las palabras que Gegè le susurró, apoyando una mano en su hombro.

—Ten mucho cuidado, Salvù. Ése es una mala bestia.
Estaba regresando a casa muy despacio cuando los faros del auto de Gegè, que lo seguía, parpadearon varias veces. Se desvió, Gegè se acercó e, inclinándose hacia la ventanilla del asiento del acompañante, le entregó un paquete.

—Me olvidaba de los mostachones.

—Gracias. Pensaba que había sido un pretexto.

—¿Quién te crees que soy? ¿Un tipo que dice una cosa por otra?

Gegè aceleró, ofendido.
El comisario pasó una noche digna de ser contada a un médico. El primer pensamiento que le vino a la mente fue llamar al jefe de policía, despertarlo e informarlo para protegerse las espaldas contra todas las consecuencias que aquel asunto pudiera tener. Pero Tano el Griego había hablado muy claro al respecto, tal como le había dicho Gegè: Montalbano no tenía que decirle nada a nadie y debía acudir solo a la cita. Sin embargo, aquí no era cuestión de jugar a policías y ladrones; su obligación era cumplir con su deber, es decir, advertir a sus superiores, organizar con ellos en sus más mínimos detalles los dispositivos de vigilancia y captura, tal vez con la ayuda de gran cantidad de refuerzos. Tano era un prófugo de la Justicia desde hacía diez años, ¿y se iba a reunir tranquilamente con él como si fuera un amigo que regresara de América? De eso ni hablar, no era posible, el jefe de policía tenía que ser informado de inmediato. Marcó el número de su superior en Montelusa, la capital.

—¿Eres tú, querido? —dijo la voz de Livia desde Boccadasse, Génova.

Montalbano se quedó un instante sin respiración; por lo visto, su instinto lo había guiado no a hablar con el jefe sino a marcar un número equivocado.

—Perdóname por lo de antes, recibí una llamada imprevista que me obligó a salir.

—No te preocupes, Salvo, ya sé la profesión que tienes. Más bien perdóname tú por el arrebato. Me decepcioné.

Montalbano miró el reloj: le faltaban por lo menos tres horas para reunirse con Tano.

—Si quieres, podemos hablar ahora.

—¿Ahora? Discúlpame, Salvo, no es por despecho, pero prefiero no hacerla. Tomé un somnífero y se me están cerrando los ojos.

—Bueno, de acuerdo. Hasta mañana. Te quiero, Livia.

La voz de Livia cambió de golpe y adquirió un tono despabilado y alterado.

—¿Cómo? ¿Qué ocurre? ¿Qué ocurre, Salvo?

—Nada, ¿qué quieres que ocurra?

—Ah, no, querido, tú a mí no me engañas. ¿Tienes que hacer algo peligroso? No me tengas preocupada, Salvo.

—Pero ¿cómo se te ocurren estas cosas?

—Dime la verdad, Salvo.

—No estoy haciendo nada peligroso.

—No te creo.

—Pero ¿por qué, Dios bendito?

—Porque me dijiste "te quiero" y desde que nos conocemos sólo me lo has dicho tres veces, las he contado, y cada vez fue por algo fuera de lo normal.

Lo único que podía hacer era cortar; con Livia podía ser interminable.

—Adiós, cariño, que descanses. No seas boba. Adiós, tengo que volver a salir.
Y ahora, ¿qué hacer para pasar el rato? Se duchó, leyó unas cuantas páginas del libro de Montalbán casi sin enterarse de lo que leía, fue de una habitación a otra, enderezando un cuadro, volviendo a leer una carta, una factura, una nota, tocando todo lo que tenía a mano. Volvió a ducharse, se afeitó y se hizo un corte justo bajo la barbilla. Encendió el televisor y lo apagó enseguida porque le produjo una sensación de mareo. Por fin, llegó la hora. Cuando ya estaba a punto de salir, le apeteció comerse un mostachón de vino cocido. Con asombro se dio cuenta de que el paquete que había sobre la mesa estaba abierto y de que en el interior de la caja de cartón no quedaba ni uno. Se los había comido todos sin darse cuenta, de lo nervioso que estaba. Y lo peor era que ni siquiera los había disfrutado.
Dos
Montalbano se volvió muy despacio, como si quisiera compensar con ello la furia sorda y repentina que le había causado haberse dejado sorprender por la espalda, como un principiante. A pesar de encontrarse en estado de alerta, no había conseguido percibir el menor ruido.

"¡Uno a cero a tu favor, rufián!", pensó.

A pesar de que jamás lo había visto en persona, lo reconoció de inmediato: en comparación con las señas de años atrás, Tano se había dejado crecer la barba y el bigote, pero los ojos eran los mismos, totalmente inexpresivos, "de estatua", tal como con acierto había dicho Gegè.

Tano el Griego se inclinó ligeramente y en su gesto no hubo la más mínima sombra de burla o de tornadura de pelo. De modo automático, Montalbano correspondió con otra leve inclinación.

Tano echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.

—Parecemos dos japoneses, aquellos guerreros de la espada y la coraza. ¿Cómo se llaman?

—Samurais.

Tano extendió los brazos como si quisiera estrechar contra su pecho al hombre que tenía delante.

—Mucho gusto en conocer personalmente al famoso comisario Montalbano.

Montalbano decidió prescindir de los cumplidos e ir directo al grano para situar el encuentro en el debido terreno.

—No sé qué gusto le puede dar conocerme.

—De momento, ya me dio uno.

—Explíquese.

—Me está tratando de usted, ¿le parece poco? No hubo ni un solo esbirro, ni uno solo, y mire que he conocido a muchos, que me haya tratado de usted.

—Se dará cuenta, espero, de que yo soy un representante de la ley, mientras que usted es un peligroso prófugo de la Justicia y un asesino múltiple. Y nos estamos viendo cara a cara.

—Yo no voy armado. ¿Y usted?

—Yo tampoco.

Tano volvió a echar la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada sonora.

—¡Yo nunca me equivoco con las personas, nunca!

—Tanto si va armado como si no lo está, tengo que detenerlo.

—Y yo estoy aquí, comisario, para que usted me detenga. Quise verlo a propósito.

No cabía duda de que era sincero, pero precisamente su evidente sinceridad hizo que Montalbano se pusiera en guardia, sin conseguir entender adónde quería ir a parar Tano.

—Podía presentarse en la comisaría y entregarse. Aquí o en Vigàta, da lo mismo.

—Pues no, señor comisario, no es lo mismo. Me extraña que usted, que sabe leer y escribir, no comprenda que las palabras no son iguales. Hago que me detengan, no me entrego. Si toma su chaqueta, hablaremos adentro. Entretanto, abriré la puerta.

Montalbano descolgó la chaqueta de la rama del olivo, se la colgó del brazo y entró en la cabaña detrás de Tano. Dentro estaba todo a oscuras; el Griego encendió un quinqué y le indicó por señas al comisario que se sentara en una de las dos sillas que había junto a una mesita. En la habitación había un catre con sólo un colchón, sin almohada ni sábanas, una pequeña estantería con puertas de cristal llena de botellas, vasos, galletas, platos, paquetes de pasta, latas de salsa y toda una serie de cajas. Encima de una cocina de leña, varias ollas y peroles. Pero los ojos del comisario se detuvieron en un animal mucho más peligroso que el lagarto que dormía en la guantera de su coche: una auténtica serpiente venenosa, una ametralladora que dormitaba apoyada de pie contra la pared, al lado del catre.

—Tengo vino bueno —dijo Tano como si fuera un verdadero anfitrión.

—Sí, gracias —asintió Montalbano.

Después del frío, la mala noche, la tensión y el kilo largo de mostachones que se había engullido, el vino le hacía muchísima falta.

El Griego sirvió el vino y levantó su vaso.

—A su salud.

El comisario levantó el suyo y le devolvió el brindis.

—A la suya.

El vino era fabuloso; daba gusto tomarlo, y al bajar por la garganta, reconfortaba y daba calor.

—Es de veras bueno —lo felicitó Montalbano.

—¿Otro?

Para no caer en la tentación, el comisario apartó bruscamente el vaso.



—¿Vamos a hablar?

—Hablemos. Bueno, ya le dije que he decidido dejar que me detengan…

—¿Por qué?

La pregunta a bocajarro desconcertó a Tano. Fue sólo un momento, enseguida se recuperó.

—Tengo que someterme a un tratamiento, estoy enfermo.

—¿Me permite? Puesto que usted cree conocerme muy bien, sabrá sin duda que no soy una persona fácil de engañar.

—Estoy seguro de que no.

—Entonces, ¿por qué no me respeta y deja de contarme estupideces?

—¿No cree que estoy enfermo?

—Lo creo. Pero la estupidez que me quiere hacer tragar es que, para curarse de su enfermedad, necesita que lo detengan. Si quiere, me explico. Usted estuvo un mes y medio internado en la Clínica Madonna di Lourdes, en Palermo, y después permaneció tres meses internado en el Sanatorio Getsemani, de Trapani, donde el profesor Amerigo Guarnera lo operó. Si usted quisiera, hoy mismo, a pesar de que la situación es ligeramente distinta de la de hace unos años, encontraría una clínica dispuesta a cerrar los ojos y no denunciar su presencia a la policía. Por consiguiente, la razón por la cual quiere que lo detengan no es su enfermedad.

—¿Y si le dijera que los tiempos cambian y que la rueda gira muy rápido?

—Eso ya me convence un poco más.

—Mire, mi padre, que en paz descanse, que era un hombre de honor en la época en que la palabra "honor" significaba algo, me explicaba cuando yo era pequeño que el carro en el que viajaban los hombres de honor necesitaba mucha grasa para que las ruedas giraran y se movieran sin dificultad. Después, pasada la generación de mi padre, cuando yo tuve que subir al carro, uno de los nuestros dijo: "Pero ¿por qué tenemos que seguir comprando la grasa que necesitamos a los políticos, los alcaldes, los dueños de los Bancos y compañía? ¡Vamos a fabricar nosotros mismos la grasa que necesitamos!" ¡Muy bien! ¡Bravo! Estamos todos de acuerdo. Claro que siempre había alguien que le robaba el caballo al compañero, alguien que le impedía seguir un determinado camino a su socio, alguien que la emprendía a tiros contra el carro, el caballo y el jinete de otra "congregación"... Pero eran cosas que podíamos arreglar por nuestra cuenta. Los carros se multiplicaron y hubo más caminos que recorrer. En determinado momento, a una lumbrera se le ocurrió una idea genial y se preguntó qué significaba seguir circulando con el carro. "Vamos demasiado despacio", explicó. "Nos joden en velocidad, ¡ahora todo el mundo utiliza el auto, no se puede ignorar el progreso!" ¡Muy bien! ¡Bravo! Y todos corrieron a cambiar el carro por un auto y a sacar el carné. Pero algunos no consiguieron aprobar el examen de conducción y tuvieron que irse o los echaron. Cuando aún no habíamos tenido tiempo ni siquiera de familiarizarnos con el coche nuevo, los más jóvenes, que iban en auto desde que habían nacido y habían estudiado derecho o economía en los Estados Unidos o en Alemania, nos hicieron saber que nuestros automóviles eran demasiado lentos, que ahora teníamos que subirnos a un coche de carreras, una Ferrari o una Maserati provistas de radioteléfono y fax para poder salir disparados como un rayo. Estos chicos son de lo más nuevo que hay, hablan con los aparatos y no con las personas, ni siquiera te conocen, no saben quién eres y, si lo saben, les importa un pito, puede que ni siquiera se conozcan entre sí, hablan con el ordenador. En resumen, estos chicos no miran a nadie a la cara. En cuanto ven que tienes problemas con un automóvil lento, te echan fuera de la carretera sin pensarlo dos veces y tú te quedas en la cuneta con los huesos del cuello rotos.

—Y usted no sabe conducir una Ferrari.

—Exacto. Por eso, antes de morir en la cuneta, es mejor que me aparte.

—Sólo que no me parece usted un hombre dispuesto a apartarse voluntariamente.

—Voluntariamente, comisario, se lo aseguro, voluntariamente... Claro que hay maneras y maneras de convencer a una persona de que actúe libremente, por su propia voluntad. Una vez, un amigo mío que leía mucho y era culto, me contó una historia que yo le cuento a usted tal cual. La había leído en un libro alemán. Un hombre le dice a un amigo: "¿Qué apuestas a que mi gato se come la mostaza picante, esa que pica tanto que te hace un agujero en la barriga?" "A los gatos no les gusta la mostaza", contesta el amigo. "Pues al mío se la hago comer", dice el tipo. "¿Se la haces comer a golpes y a palos?", pregunta el amigo. "No, señor, sin obligarlo, se la come voluntariamente", contesta el hombre. Hacen la apuesta, el hombre toma una buena cucharada de mostaza, de esas que, sólo de verlas, notas que te arde la boca, sujeta al gato y, izas!, le mete la mostaza en el culo. El pobre gato, al sentirse arder el culo de aquella manera, empieza a lamérselo. Lame que te lame, acaba comiéndose voluntariamente toda la mostaza. Y eso es todo, distinguido señor.

—Lo he comprendido perfectamente. Ahora volvamos al tema inicial.

—Le estaba diciendo que yo me dejo detener, pero necesito un poco de teatro para salvar las apariencias.

—No entiendo.

—Ahora se lo explico.
Se explicó largo y tendido, bebiendo de vez en cuando un vaso de vino. Al final, Montalbano comprendió los motivos de Tano. Pero ¿se podía uno fiar de él? Éste era el auténtico quid de la cuestión. En su juventud, Montalbano era muy aficionado a jugar a las cartas (por suerte, más adelante se le había pasado la afición): por eso intuía que el Griego estaba jugando con cartas no marcadas, sin trucos. Por fuerza tenía que fiarse de esa sensación, en la esperanza de no fallar. Minuciosa y meticulosamente prepararon todos los detalles de la detención para evitar que algo les saliera mal. Cuando terminaron de hablar, el Sol ya estaba muy alto en el cielo. Antes de salir de la cabaña y dar comienzo a la representación, el comisario miró largo rato a los ojos a Tano.

—Dígame la verdad.

—A sus órdenes, dutturi Montalbano.

—¿Por qué me eligió precisamente a mí?

—Porque usted, y me lo está demostrando, es un hombre que entiende las cosas.
Mientras bajaba a toda velocidad por el sendero que corría a través de los viñedos, Montalbano recordó que en la comisaría debía de estar de guardia Agatino Catarella, por lo que la conversación telefónica que estaba a punto de comenzar sería en el mejor de los casos difícil, cuando no origen de equívocos desgraciados y peligrosos. El tal Catarella era un pobre tipo. Corto de entendederas y lento de reflejos, seguro que había ingresado al cuerpo de policía por ser pariente lejano del ex omnipotente honorable Cusumano, que, tras haberse pasado un verano en el frescor de la cárcel del Ucciardone, había sabido estrechar otros vínculos con los nuevos poderosos hasta el extremo de haberse ganado un buen trozo de pastel, de ese pastel que cada vez se iba renovando milagrosamente con sólo cambiar alguna que otra fruta confitada o colocar otras velitas en sustitución de las ya consumidas. Las cosas con Catarella se enredaban todavía más cuando le entraba el capricho —cosa que le ocurría muy a menudo— de hablar en lo que él llamaba "taliàno".

Un día se había presentado ante el comisario con cara de circunstancias.

Dottori, ¿usted no podría, por casualidad, indicarme a uno de esos médicos que son especialistas?

—¿Especialistas en qué, Catarè?

—En enfermedades venéreas.

Montalbano se lo quedó mirando, boquiabierto.

—¿Tú, una enfermedad venérea? ¿Y cuándo te la pescaste?

—Yo recuerdo que esta enfermedad me vino cuando era todavía muy pequeño, tendría menos de seis o siete años.

—Pero ¿qué carajo me estás diciendo, Catarè? ¿Estás seguro de que se trata de una enfermedad venérea?

—Segurísimo, dottori comisario. Va y viene, va y viene... Venérea.


"En el auto, mientras se dirigía a una cabina telefónica que tenía que haber cerca del cruce de Torresanta (tendría que haber una, a menos que hubieran cortado el receptor, robado todo el aparato y hecho desaparecer la cabina), Montalbano decidió no llamar ni siquiera al subcomisario Mimì Augello porque éste era de esos que lo primero que haría sería avisar a los periodistas y fingir después sorprenderse de su presencia.

Sólo quedaban Fazio y Tortorella, los dos sargentos o como mierda los llamaran ahora. Eligió a Fazio, pues a Tortorella le habían pegado un tiro en las tripas no hacía mucho tiempo y todavía no se había recuperado del todo y de vez en cuando le dolía la herida.

La cabina aún estaba milagrosamente en su sitio, el teléfono milagrosamente funcionaba y Fazio contestó cuando aún no había terminado de sonar el segundo timbrazo.

—Fazio, ¿ya estás de guardia a esta hora?

—Sí, duttu. No hace ni medio minuto que me telefoneó Catarella.

—¿Qué quería?

—Casi no me pude enterar, se puso a hablar "taliàno". Me pareció entender que esta noche saquearon el supermercado de Carmelo Ingrassia, ese tan grande que hay en las afueras del pueblo. Tienen que haber ido con un Tir o un camión muy grande.

—¿No estaba el vigilante nocturno?

—Sí estaba, pero no lo encuentran.

—¿Ibas para allá?

—Sí, señor.

—Pues no vayas. Llama enseguida a Tortorella y dile que avise a Augello. Que vayan ellos dos. Dile que tú no puedes ir, cuéntale la primera tontería que se te ocurra, que te has caído de la cuna y te has golpeado la cabeza. No, diles más bien que te han venido a detener los carabineros. Mejor todavía, llama y dile que avise al Cuerpo de Carabineros, de todos modos es una bobada, una mierda de robo, y así, de paso, los del Cuerpo estarán contentos de que los hayamos llamado para que colaboren. Y ahora óyeme bien: después de haber avisado a Tortorella, Augello y a los carabineros, llamas a Gallo, Galluzzo —madre mía, eso parece un gallinero— y a Germanà, y se vienen todos adonde ahora te digo. Todos armados con ametralladoras.

—¡Carajo!

—Carajo, sí, señor. Es una cosa muy gorda que se tiene que hacer con prudencia, a nadie se le tiene que escapar ni media palabra, y menos que a nadie a Galluzzo, con su cuñado, el periodista. Y dile sobre todo al cabeza de chorlito de Gallo que no se ponga a conducir como si estuviera en Indianápolis. Nada de sirenas ni de luces de emergencia. Cuando se arma alboroto y se revuelve el agua, el pez se escapa.

"Y ahora escúchame bien, que vaya decirte adónde tienes que ir.
Llegaron en silencio, antes de que hubiera transcurrido media hora de la llamada, como si estuvieran efectuando una patrulla normal. Descendieron del vehículo y se dirigieron hacia Montalbano, quien les indicó por señas que lo siguieran. Se reunieron detrás de una casa medio en ruinas para que no los pudieran ver desde la carretera provincial.

—En el coche tengo una ametralladora para usted —dijo Fazio.

—Pues te la metes en el trasero. Escúchenme bien: si sabemos jugar bien la partida, nos llevamos a casa a Tano el Griego.

Montalbano percibió que a sus hombres se les cortaba por un instante la respiración.

—¿Tano el Griego por aquí? —preguntó asombrado Fazio, el primero en recuperarse de la sorpresa.

—Lo he visto muy bien, es él. Se ha dejado crecer la barba y el bigote, pero se le reconoce de todos modos.

—¿Y usted cómo lo encontró?

—Fazio, no me hinches las bolas, te lo explicaré todo después. Tano está en una cabaña en lo alto de aquella loma, desde aquí no se ve. Está rodeada de olivos gigantescos. Es una casa de dos habitaciones, una en la planta baja y la otra en el piso de arriba. En la fachada hay una puerta y una ventana y otra ventana en la habitación de arriba, pero da a la parte de atrás. ¿Está claro? ¿Lo han entendido bien? Tano sólo puede salir por adelante, a no ser que se arrojara a la desesperada por la ventana de la habitación de arriba, pero a riesgo de romperse una pierna...

"Vamos a hacer lo siguiente. Fazio y Gallo se van a la parte de atrás; Germanà, Galluzzo y yo derribamos la puerta y entramos.

Fazio miró al comisario con recelo.

—¿Qué ocurre? ¿No estás de acuerdo?

—¿No sería mejor rodear la casa y ordenarle que se rindiera? Somos cinco contra uno, no se puede escapar.

—¿Está seguro de que dentro de la casa no hay nadie con Tano?

El comisario no contestó.

—Háganme caso a mí —dijo luego, dando por terminado el breve consejo de guerra—. Es mejor que se encuentre el huevo de Pascua con la sorpresa.

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