El protestantismo comparado con el catolicismo



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EL PROTESTANTISMO COMPARADO

CON EL CATOLICISMO

Dr. D. Jaime Balmes 1842
TOMO 5 caps. 60 a 73 final


CAPÍTULO LX 3

Democracia. Idea sobre ella. Doctrinas dominantes. La enseñanza del cristianismo neutralizó las doctrinas de Aristóteles. Castas. Pasaje de M. Guizot. Reflexiones. Influencia del celibato del clero para precaver la sucesión hereditaria. Lo que hubiera sucedido sin el celibato. El Catolicismo y el pueblo. Desarrollo de las clases industriales en Europa. Asociación anseática. El establecimiento de los oficios de París. Movimiento industrial en Italia y, en España. El calvinismo y el elemento democrático. El Protestantismo y los demócratas del siglo XVI. 3



CAPITULO LXI 9

Valor de las formas políticas. El Catolicismo y la libertad. Necesidad de la monarquía. Carácter de la monarquía europea. Diferencia entre la Europa y el Asia. Pasaje del conde de Maistre. Instituciones para limitar el poder. La libertad política nada debe al Protestantismo. Influencia de los concilios. La aristocracia del talento fomentada por la Iglesia. 9



CAPÍTULO LXII 15

Robustecimiento de la monarquía en Europa. Su preponderancia sobre las instituciones libres. Por qué la palabra libertad es para muchos palabra de escándalo. El Protestantismo contribuyó a matar las instituciones populares. 15



CAPÍTULO LXIII 18

Dos democracias. Su marcha paralela en la historia de Europa. Sus caracteres. Sus causas y efectos. Por qué se hizo necesario el absolutismo en Europa. Hechos históricos. Francia. Inglaterra. Suecia. Dinamarca. Alemania. 18



CAPÍTULO LXIV 23

Lucha de los tres elementos: Monarquía, Aristocracia y Democracia. Causas de que prevaleciese la monarquía. Malos efectos de haber debilitado la influencia política del clero. Ventajas que ésta podía traer a las instituciones populares. Relaciones del clero con todos los poderes y todas las clases. 23



CAPÍTULO LXV 27

Cotejo de las doctrinas políticas de la escuela del siglo XVII con las de los modernos publicistas y con las dominantes en Europa antes de la aparición del Protestantismo. Éste impidió la homogeneidad de la civilización europea. Pruebas históricas. 27



CAPÍTULO LXVI 31

El Catolicismo y la política en España. Se fija el estado de la cuestión. Cinco causas que produjeron la ruina de las instituciones populares en España. Diferencia entre la libertad antigua y la moderna. Las comunidades de Castilla. Política de los reyes. Fernando el Católico y Cisneros. Carlos V. Felipe II. 31



CAPÍTULO LXVII 37

La libertad política y la intolerancia religiosa. Desarrollo europeo bajo la sola influencia del Catolicismo. Cuadro de Europa desde el siglo XI hasta el XVI. Condiciones del problema social a fines del siglo XV. Poder temporal de los papas. Su carácter, origen y efectos. 37



CAPITULO LXVIII 43

Es falso que estén reñidas la unidad en la fe y la libertad política. La impiedad se alía con la libertad o con el despotismo según a ella le conviene. Revoluciones modernas. Diferencia entre la revolución de los Estados Unidos y la de Francia. Malos efectos de la revolución francesa. La libertad sin la moralidad es imposible. Notable pasaje de San Agustín sobre las formas de gobierno. 43



CAPITULO LXIX 47

El Catolicismo en sus relaciones con el desarrollo del entendimiento. Examinase la influencia del principio de la sumisión a la autoridad. Se investiga cuáles son sus efectos con respecto a todas las ciencias. Cotejo de los antiguos con los modernos. Dios. El hombre. La sociedad. La naturaleza. 47



CAPÍTULO LXX 54

Examen histórico de la influencia del Catolicismo en el desarrollo del en tendimiento humano. Se combate la opinión de Al. Guizot. Juan Erigena. Roscelín y Abelardo. San Anselmo. 54



CAPÍTULO LXXI 60

La religión y el entendimiento en Europa. Diferencia del desarrollo intelectual entre los pueblos antiguos y los europeos. Causas de que en Europa se desarrollase tan pronto el entendimiento. Causas del espíritu de sutileza. Servicio prestado por la Iglesia al entendimiento, oponiéndose a las cavilaciones de los innovadores. Comparación entre Roscelín y San Anselmo. Reflexiones sobre San Bernardo. Santo Tomás de Aquino. Utilidad de su dictadura escolástica. Grandes beneficios que produjo al espíritu humano la aparición de Santo Tomás. 60



CAPÍTULO LXXII 68

Marcha del entendimiento humano desde el siglo XI al presente. Sus diferentes fases. El Protestantismo Y el Catolicismo con respecto a la erudición, a la crítica, a las lenguas sabias, a la fundación de las universidades, al progreso de la literatura y de las artes, a la mística, a la elevada filosofía, metafísica y moral, a la filosofía religiosa, a la filosofía de la historia. 68



CAPÍTULO LXXIII 75

Resumen de la obra y declaración del autor, sujetándola al juicio de la Iglesia romana. 75


CAPÍTULO LX

Democracia. Idea sobre ella. Doctrinas dominantes. La enseñanza del cristianismo neutralizó las doctrinas de Aristóteles. Castas. Pasaje de M. Guizot. Reflexiones. Influencia del celibato del clero para precaver la sucesión hereditaria. Lo que hubiera sucedido sin el celibato. El Catolicismo y el pueblo. Desarrollo de las clases industriales en Europa. Asociación anseática. El establecimiento de los oficios de París. Movimiento industrial en Italia y, en España. El calvinismo y el elemento democrático. El Protestantismo y los demócratas del siglo XVI.


DEMOCRACIA. En los siglos que precedieron al XVI, era tal la situación de Europa, que no parece fácil que la democracia ocupara un lugar muy distinguido en las teorías políticas. Ahogada por tantos poderes como encontraba establecidos, escasa todavía de los medios que andando el tiempo le granjearon ascendiente, era muy natural que cuantos pensaban en gobierno la divisasen apenas. De hecho se hallaba muy abatida; y así no fuera extraño que influyendo la realidad sobre las ideas, éstas representasen al pueblo como una parte abyecta de la sociedad, indigna de honores y de bienestar, apta únicamente para obedecer, trabajar y servir.

Sin embargo, es notable que las ideas tomaban otra dirección; pudiendo asegurarse que eran mucho más elevadas y generosas que los hechos. Y he aquí una de las pruebas más convincentes del desarrollo intelectual que había comunicado al hombre el cristianismo; he aquí uno de los testimonios más irrecusables de aquel profundo sentimiento de razón y de justicia que había depositado en el corazón de la sociedad; elementos que no podían ser ahogados por los hechos más contrarios y más fuertes, porque tenían un apoyo en los mismos dogmas de la religión, y ésta se hallaba firme a pesar de todos los trastornos, como después de destruida una máquina queda inmóvil e inalterable un eje robusto.

Leyendo los escritos de aquella época encontramos establecido como cosa indudable el derecho que tiene el pueblo a que se le administre justicia, que no se le atropelle con ninguna clase de vejaciones, que se distribuyan con equidad las cargas, que no se obligue a nadie sino a hacer aquello que sea conforme a razón, y conducente al bien de la sociedad; es decir, que vemos reconocidos y asentados todos aquellos principios sobre los cuales debían fundarse las leyes y las costumbres que habían de producir la libertad civil.

559 Y es esto tanta verdad, que a medida que fueron consintiéndolo las circunstancias, se desarrollaron esos principios con la mayor extensión y rapidez, se hicieron de ellos amplias y multiplicadas aplicaciones, y la libertad civil quedó tan arraigada entre los pueblos de la Europa moderna, que no ha desaparecido jamás, y se la ha visto conservarse así baje las formas del gobierno mixto como del absoluto.

En confirmación de que las ideas favorables al pueblo eran hijas del cristianismo, alegaré una razón que me parece decisiva. La filosofía que a la sazón dominaba en las escuelas era la de Aristóteles. Su autoridad era de mucho peso; se le llamaba por antonomasia el, filósofo; un buen comentario de sus obras parecía el más elevado punto a que en estas materias se podía llegar. Sin embargo, es bien notable que en lo tocante a las relaciones sociales no eran adoptadas las doctrinas del publicista de Estagira; y que los escritores cristianos contemplaban a la humanidad con mirada más alta y generosa.

Aquella degradante enseñanza sobre hombres nacidos para servir, destinados a este fin por la naturaleza misma anteriormente a toda legislación, aquellas horribles doctrinas sobre el infanticidio, aquellas teorías que de un golpe inhabilitaban para el título de ciudadano a todos los que ejercían oficios mecánicos, en una palabra, aquellos monstruosos sistemas que los antiguos filósofos aprendían sin pensarlo de la sociedad que los rodeaba, todo esto lo desecharon los filósofos cristianos.

El hombre que acababa de leer la Política de Aristóteles tomaba en manos la Biblia o las obras de un santo Padre; la autoridad de Aristóteles era grande, pero lo era mucho más la de la Iglesia; preciso era pues o interpretar piadosamente las palabras del escritor gentil, o abandonarle; en uno y otro paso se salvaban los derechos de la humanidad, y esto se debía al predominio de la fe católica.

Una de las causas que más impiden el desarrollo del elemento popular haciendo que el mayor número de los habitantes de un país no salga nunca de un estado de abyección y, servidumbre, es el régimen de las castas; pues que vinculándose en ellas los honores, riquezas y mando, y trasmitiéndose de padres a hijos estos privilegios, se levanta una barrera que separa a unos hombres de otros, y acaba por hacer considerar a los más fuertes cual si pertenecieran a especie más elevada.

La Iglesia se ha opuesto siempre a que se introdujese tan dañoso sistema; los que han aplicado al clero el nombre de casta, han dado a entender que no sabían lo que significaba. En esta parte M. Guizot ha hecho cumplida justicia a la causa de la verdad. He aquí cómo se expresa en la lección V de su Historia general sobre la civilización europea.

560 "Cuando se trata de la creación y transmisión del poder eclesiástico, se usa comúnmente una palabra que tengo necesidad de separar de este lugar: tal es la palabra casta. Suele decirse que el cuerpo de magistrados eclesiásticos forma una casta. Tal expresión está llena de error, pues que la idea de casta envuelve la de sucesión y herencia, y la sucesión y herencia no se encuentran en la Iglesia.

Consultad, si no, la historia; examinad los países en los que ha dominado el régimen de las castas: fijaos, si os place, en la India, en Egipto; y siempre veréis la casta esencialmente hereditaria, y siempre veréis que se trasmite de padres a hijos el mismo Estado, el mismo poder. Donde no reina el principio de sucesión, tampoco reina el principio de casta. Es claro, pues, que impropiamente se llama una casta a la Iglesia, puesto que el celibato de los clérigos ha impedido que el clero cristiano llegase a ser tal.

"Se manifiestan ya por sí mismas las consecuencias de esta diferencia; siempre que hay casta, hay herencia; siempre que hay herencia hay privilegio. Ideas son éstas unidas, dependientes las unas de las otras. Cuando las mismas funciones, los mismos poderes se comunican de padres a hijos, está visto que el privilegio pertenece exclusivamente a la familia; y esto es lo que efectivamente aconteció en todas las partes en que el gobierno religioso se radicó en una casta.



Todo lo contrario ha sucedido en la Iglesia cristiana; ella constantemente ha conservado y defendido el principio de la igual admisión de los hombres a todos los cargos, a todas las dignidades, cualquiera que fuese su origen, cualquiera que su procedencia fuese. La carrera eclesiástica, especialmente desde el siglo V al XII, estaba abierta a todos los hombres sin distinción alguna; no hacía la Iglesia diferencia de clases; brindaba a que aceptasen sus destinos y honores tanto a los que se hallaban en la cumbre de la sociedad, como a los que estaban colocados en su fondo; y muchas veces se dirigía más a éstos que a aquéllos.

A la sazón todo lo dominaba el privilegio, excesivamente desigual era la condición de los hombres; sólo la Iglesia llevaba inscripta en sus banderas la palabra igualdad; ella sola proclamaba el libre y general concurso; ella sola llamaba a todas las superioridades legítimas, para que tomasen posesión del poder. Esta es la consecuencia más fecunda que ha producido la constitución de la Iglesia considerada como cuerpo."

Este magnífico pasaje del publicista francés vindica cumplidamente a la Iglesia católica del cargo de exclusivismo con que se ha pretendido afearla; y me ofrece oportunidad de hacer algunas reflexiones sobre la benéfica influencia del Catolicismo en el desarrollo de la civilización, con respecto a las clases populares.

561 Sabido es cuánto han declamado contra el celibato religioso los afectados defensores de la humanidad; pero es bien extraño que no hayan visto cuán exacta es la observación de M. Guizot de que el celibato ha impedido que el clero cristiano llegase a ser una casta. En efecto, veamos lo que hubiera sucedido en el caso contrario. En los tiempos a que nos referimos era ilimitado el ascendiente del poder religioso, y muy cuantiosos los bienes de la Iglesia; es decir, que ésta poseía todo cuanto se necesita para que una casta pueda afianzar su preponderancia y estabilidad. ¿Qué le faltaba, pues? La sucesión hereditaria, nada más; y esta sucesión se habría establecido con el matrimonio de los eclesiásticos.

Lo que acabo de afirmar no es una vana conjetura, es un hecho positivo que puedo evidenciar con la historia en la mano. La legislación eclesiástica nos presenta notables disposiciones por las cuales se echa de ver que fué necesario todo el vigor de la autoridad pontificia para impedir que no se introdujese la indicada sucesión. La misma fuerza de las cosas tendía visiblemente a este objeto; y si la Iglesia se libró de semejante calamidad, fué por el verdadero horror que siempre tuvo a tan funesta costumbre.



Léase el titulo XVII del libro I de las Decretales de Gregorio IX, y por las disposiciones pontificias en él contenidas se convencerá cualquiera de que el mal ofrecía síntomas alarmantes. Las palabras empleadas por el Papa, son las más severas que encontrarse pueden: "ad enormitatem istam eradicandam", "observato Apostolici rescripti decreto quod successionem in Ecclesia Dei hereditariam detestatur." = "Ad extirpandas successiones a sanctis Dei Ecclessis studio totius sollicitudinis debemus intendere." = "Quia igitur in Ecclesia successiones, et in praelaturis et dignitatibus Ecclesiasticis statutis canonicis dammantur"; éstas y otras expresiones semejantes manifiestan bien claro que el peligro era ya de alguna gravedad, y justifican la prudencia de la Santa Sede en reservarse exclusivamente el derecho de dispensar en este punto.

Sin la continua vigilancia de la autoridad pontificia el abuso hubiera cundido cada día más, ya que a él impulsaban los más poderosos sentimientos de la naturaleza. Habían transcurrido cuatro siglos desde que se dieron las disposiciones a que acabo de aludir, cuando vemos que todavía en 1533, el Papa Clemente VII se ve precisado a restringir un canon de Alejandro III, para obviar graves escándalos de que se lamenta sentidamente el piadoso pontífice.

562 Ahora, suponed que la Iglesia no se hubiese opuesto con todas sus fuerzas a semejante abuso, y que la costumbre se hubiese generalizado; si además recordáis que en aquellos siglos reinaba la más crasa ignorancia, que los privilegiados lo eran todo y el pueblo tenía apenas existencia civil, ved si no hubiera resultado una casta eclesiástica al lado de la casta noble, y si unidas ambas con vínculos de familia y de interés común, no se habría opuesto un invencible obstáculo al ulterior desarrollo de la clase popular, sumiéndose la sociedad europea en el mismo envilecimiento en que yacen las asiáticas.

Este bello fruto nos habría traído el matrimonio de los eclesiásticos, si la llamada Reforma se hubiese realizado algunos siglos antes. Viniendo a principios del XVI encontró ya formada en gran parte la civilización europea; tenía que habérselas con un adulto a quien no era fácil hacerle olvidar sus ideas ni cambiar sus costumbres. Lo que ha sucedido nos indicará lo que habría podido suceder.

En Inglaterra se formó estrecha alianza entre la aristocracia seglar y el clero protestante; y ¡cosa notable! allí se ha visto, y se está viendo todavía, algo de semejante a castas, bien que con las modificaciones que no puede menos de traer consigo el gran desarrollo de cierto género de civilización y libertad a que ha llegado Gran Bretaña.

Si en los siglos medios el clero se hubiese constituido clase exclusiva, afianzando su perpetuidad en la sucesión hereditaria, era natural que se estableciese la alianza aristocrática que acabo de citar; y entonces, ¿quién la quebrantará? Los enemigos de la Iglesia explican toda su disciplina y hasta algunos de sus dogmas, suponiéndole segundas intenciones, y así consideran también la ley del celibato como el fruto de interesados designios. Y sin embargo era fácil advertir, que si la Iglesia no hubiera tenido sino miras mundanas, bien podía proponerse por modelo a los sacerdotes de las demás religiones, los cuales han formado una clase separada, preponderante, exclusiva, sin que hayan contrapuesto la severidad del deber a los halagos de la naturaleza.

Se objetará que Europa no es Asia: es cierto; pero tampoco la Europa de ahora ni la del siglo XVI no es la Europa de los siglos medios, cuando nadie sabía escribir ni leer sino los eclesiásticos, cuando la única luz que existía estaba en manos del clero, cuando si él hubiese querido dejar a oscuras el mundo, bastábale apagar la antorcha con que lo alumbraba.

Es cierto también que el celibato le ha dado al clero una fuerza moral, y un ascendiente sobre los ánimos, que por otros medios no alcanzara; pero esto sólo prueba que la Iglesia ha preferido el poder moral al físico, que el espíritu de sus instituciones es de obrar influyendo directamente sobre el entendimiento y el corazón.

563 ¿Y acaso no es altamente digno de alabanza que para dirigir a la humanidad se empleen, en cuanto posible sea, los medios morales? ¿Por ventura no es preferible que el clero católico haya hecho con instituciones severas para sí, lo que en parte pudiera hacer adoptando sistemas lisonjeros a sus pasiones, y envilecedores (le los demás? Bien resplandece aquí la obra de aquel que estará con su Iglesia hasta la consumación de, los siglos.

Sea lo que fuere del peso de las reflexiones que preceden, no se me podrá negar que donde no ha existido el cristianismo, allí el pueblo ha sido la víctima de unos pocos que sólo le han retribuido sus fatigas con ultraje y desprecio. Consúltese la historia, atiéndase a la experiencia, el hecho es general, constante, sin que ni siquiera formen excepción las antiguas repúblicas que tanto blasonaron de su libertad. Debajo de formas libres había la esclavitud, propiamente dicha, para el mayor número, cubierta con bellas apariencias para esa muchedumbre turbulenta, que servía a los caprichos de un tribuno, y que quería ejercer sus altos derechos cuando condenaba al ostracismo o a la muerte a ciudadanos virtuosos.

Entre los cristianos, a veces las apariencias no eran de libertad; pero el fondo de las cosas le era siempre favorable; si por libertad hemos de entender el dominio de leyes justas, dirigidas al bienestar de la multitud, fundadas sobre la consideración y profundo respeto que son debidos a los derechos de la humanidad.

Observad todas las grandes fases de la civilización europea, en los tiempos en que dominaba exclusivamente el Catolicismo; con sus variadas formas, con sus distintos orígenes, con sus diversas tendencias, todas se encaminan a favorecer la causa del mayor número; lo que a este fin se dirige, dura; lo que le contraría, perece. ¿Cómo es que no ha sucedido así en los demás países? Si evidentes razones, si hechos palpables no manifestaran la saludable influencia de la religión de Jesucristo, bastar debiera coincidencia tan notable para sugerir graves reflexiones a cuantos meditan sobre el curso v carácter de los acontecimientos que cambian o modifican la suerte del humano linaje.

Los que nos han presentado el Catolicismo como enemigo del pueblo, debieran indicarnos alguna doctrina de la Iglesia en que se sancionasen los abusos que dañaban o las injusticias que le oprimían; debieran decirnos si a principios del siglo XVI, cuando Europa se hallaba bajo la exclusiva influencia de la religión católica, no era ya el pueblo todo lo que podía ser, atendido el curso ordinario de las cosas.

564 Por cierto que ni poseía las riquezas que después ha adquirido ni se habían extendido los conocimientos tanto como se ha verificado en tiempos más modernos; pero semejantes progresos ¿se deben por ventura al Protestantismo? ¿Acaso el siglo XVI no se inauguraba bajo mejores auspicios que el XV, así como éste se había aventajado al XIV? Esto prueba que la Europa, colocada bajo la égida del Catolicismo, andaba siguiendo una marcha progresiva, que la causa del mayor número no recibía perjuicio de la influencia católica; y que si después se han hecho grandes mejoras, no han sido éstas el fruto de la llamada Reforma.

Lo que ha dado más vuelo a la democracia moderna, disminuyendo la preponderancia de las clases aristocráticas, ha sido el desarrollo de la industria y comercio. Yo examino lo que sucedía en Europa antes de la aparición del Protestantismo, y veo que lejos de que embargaran semejante movimiento las doctrinas e instituciones católicas, debían de favorecerlo; pues que a su sombra y bajo su protección se desenvolvían los intereses industriales y mercantiles de una manera sorprendente.

Nadie ignora el asombroso desarrollo que habían tenido en España; y sería un error el creer que tal progreso fué debido a los moros. Cataluña sujeta a la sola influencia católica, se nos muestra tan activa, tan próspera, tan inteligente en industria y comercio, que parecería increíble su adelanto si no constara en documentos irrecusables. Al leer las Memorias históricas sobre la marina, comercio y artes de la antigua ciudad de Barcelona, de nuestro insigne Campmany, parece que uno se engríe de pertenecer a esa nación catalana, cuyos antepasados se lanzaban tan briosamente a todo linaje de empresa, no consintiendo que otras los aventajasen en la carrera de la civilización y cultura.

Mientras en el mediodía de Europa se verificaba este hermoso fenómeno, se había levantado en cl Norte la asociación de las ciudades anseáticas, cuyo primer origen se pierde en la oscuridad de los siglos medios; y que con el tiempo llegó a ser poderosa hasta el punto de medir sus fuerzas con los monarcas. Sus riquísimas factorías establecidas en muchos puntos de Europa, y favorecidas con ventajosos privilegios, la elevaron al rango de una verdadera potencia. No contenta con el poderío que disfrutaba en su país, y además en Suecia, Noruega y Dinamarca, lo extendía hasta la Inglaterra y la Rusia; Londres y Novgorod admiraban los brillantes establecimientos de aquellos comerciantes, que orgullosos de sus riquezas se hacían otorgar exorbitantes privilegios, que tenían sus magistrados particulares, y constituían un Estado independiente en el centro de los países extranjeros.

Es bien notable que la asociación anseática había tomado por modelo las comunidades religiosas, en lo tocante al sistema de vida de los empleados de sus factorías. Comían en común, tenían dormitorios comunes, y a ningún habitante de ellas le era permitido casarse. Si contravenía a esta ley, perdía los derechos de socio anseático y de ciudadano.

En Francia se organizaron también las clases industriales, de suerte que pudiesen resistir mejor a los elementos de disolución que entrañaban; y cabalmente este cambio, tan fecundo en resultados, es debido a un rey a quien la Iglesia católica venera sobre los altares. El Establecimiento de los oficios de París contribuyó poderosamente a dar vuelo a la industria, haciéndola más inteligente y moral; y sean cuales fueren los abusos que después se introdujeron sobre el particular, no puede negarse que San Luís satisfizo una gran necesidad, haciéndolo del mejor modo posible, atendido el atraso de aquellos tiempos.

¿Y qué diremos de la Italia, de esa Italia que contaba en su seno las pujantes repúblicas de Venecia, Florencia, Génova y Pisa?

Parece increíble el vuelo que en aquella península habían tomado la industria y comercio, y el consiguiente desarrollo del elemento democrático. Si la influencia del Catolicismo fuese de suyo tan apocadora, si el aliente de la corte romana fuese mortal para el progreso de los pueblos, ¿no es verdad que debían hacerse sentir con más daño allí donde podían obrar más de cerca? ¿Cómo es que mientras buena parte de Europa gemía bajo la opresión del feudalismo, la clase media, la que no tenía más títulos de nobleza que el fruto de su inteligencia y trabajo, se mostrase en Italia tan poderosa, tan lozana y floreciente? No pretendo que este desarrollo se debiese a los papas; pero al menos será preciso convenir en que los papas no lo embarazaban.

Y ya que vemos un fenómeno semejante en España, particularmente en la Corona de Aragón donde era grande la influencia pontificia, ya que lo mismo se verifica en el norte de Europa donde habitaban pueblos civilizados por solo el Catolicismo, ya que lo propio se realizaba con más o menos rapidez en todos los países sometidos exclusivamente a las creencias y autoridad de la Iglesia, lícito será deducir que el Catolicismo nada entraña que contraríe el movimiento de la civilización, y que no se opone a un justo y legítimo desarrollo del elemento popular.



No alcanzo ver con qué ojos han estudiado la historia los que han querido otorgar al Protestantismo el bello título de favorable a los intereses de la multitud.-

566 Su origen fué esencialmente aristocrático, y en los países donde ha logrado arraigarse ha establecido la aristocracia sobre cimientos tan profundos, que no han bastado a derribarla las revoluciones de tres siglos. Véase en prueba de esta verdad lo sucedido en Alemania, en Inglaterra, y en todo el norte de Europa.

Se ha dicho que el calvinismo era más favorable al elemento democrático, y que si hubiese prevalecido en Francia habría sustituido a la monarquía un conjunto de repúblicas confederadas. Sea lo que fuere de tal conjetura sobre un cambio, que por cierto no era muy favorable al porvenir de aquella nación, siempre resulta que no se habría podido ensayar otro sistema que el aristocrático; dado que no permitían otra cosa las circunstancias de la época, ni consintieran diferente organización los magnates que se hallaban a la cabeza de las innovaciones religiosas.

Si el Protestantismo hubiese triunfado en Francia, quizás los pobres paisanos trataran de imitar a los de Alemania reclamando una parte en el pingüe botín; pero de seguro que la proverbial dureza de Calvino no les fuera menos funesta que lo fué a los alemanes el atolondramiento de Lutero. Es probable que aquellos miserables aldeanos, que, según relación de escritores contemporáneos, no comían más que negro pan de centeno, jamás probaban la carne, dormían sobre un montón de paja y no usaban otra almohada que un trozo de madera, al levantarse para reclamar en provecho propio las consecuencias de las nuevas doctrinas habrían sufrido la misma suerte que sus hermanos de Alemania, los cuales no fueron castigados sino exterminados.

En Inglaterra la repentina desaparición ele los conventos produjo el pauperismo; pues que pasando los bienes a manos seglares, quedaron sin medios de subsistencia, así los religiosos arrojados de sus moradas como los indigentes que antes vivían de la limosna de aquellos piadosos establecimientos.

Y nótese bien que el daño no fue pasajero: ha continuado hasta nuestros días, y es aún el mayor de los que afligen a la Gran Bretaña. No ignoro lo que se ha dicho sobre el fomento de la holgazanería por medio de las limosnas; pero lo cierto es que la Inglaterra con sus leyes sobre los pobres, con su caridad mandada, los presenta en muchos mayores números que los países católicos. Difícilmente se me hará creer que sea buen medio para desenvolver el elemento popular el dejar al pueblo sin pan.

Algo había en el Protestantismo que no lisonjearla a los demócratas de la época, cuando vemos que no pudo encontrar acogida en España ni en Italia, que eran a la sazón los dos países donde el pueblo disfrutaba más bienestar, más derechos.

567 Y esto es tanto más reparable cuanto vernos que las innovaciones prendieron fácilmente allí donde preponderaba la aristocracia feudal. Se me hablará de las Provincias Unidas; pero esto sólo prueba que el Protestantismo, codicioso de sostenedores, se aliaba gustoso con todos los descontentos. Si Felipe II hubiese sido un celoso protestante, las Provincias Unidas habrían quizás alegado que no querían continuar sometidas a un príncipe hereje.

Largos siglos estuvieron aquellos países bajo la exclusiva influencia del Catolicismo, y sin embargo prosperaron, y el elemento popular se desenvolvía en ellos sin encontrar que la religión le sirviese de obstáculo. ¿Cabalmente a principios del siglo XVI descubrieron que no podían medrar sin abjurar la fe de sus mayores?

Observad la situación geográfica de las Provincias Unidas, vedlas rodeadas de reformados que les ofrecían auxilio, y entonces encontraréis en el orden político las causas que buscáis en vano en imaginarias afinidades del sistema protestante con los intereses del pueblo. i VER NOTA 34.


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